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Emilio despertó tarde, por alguna razón se sentía más cansado de lo habitual, como si hubiese dado un largo paseo por la madrugada, tal vez era sonámbulo, no le sorprendería nada a este punto. Meditaba si levantarse o no cuando escuchó las puertas abrirse de par en par.
—¡Buen día!
Abajo Hernan había entrado, sostenía una caja finamente envuelta y sonreía como si algo bueno estuviera por pasar.
—¿Aún no sales de tu cama? Pediré que te traigan el desayuno aquí entonces.
Emilio observó a Hernan moverse de un lado a otro, estaba diciendo algo pero en realidad no estaba escuchándolo. Fijó su vista en la caja justo cuando Hernan tomaba asiento en la cama y dejaba el paquete a su lado.
—¿Te sientes bien?
Emilio asintió, más callado de lo usual, no sabía como decirle a Hernan que le había prometido toda la tarde a Iscolon y sus amigos.
—Ayer yo... baile con un Susto y sucedió algo.
Hernan forzó una sonrisa y estiró su mano para acariciar el cabello de Emilio.
—Está bien querido, lo importante es que fue un momento solamente, hoy yo estaré contigo y te prometo no separarme ni un momento.
Emilio se removió en la cama, incómodo, evitó su mirada por largos segundos. Hernan percibió la incomodidad, lleno de una sensación indescriptible.
—Me comprometí a pasar la tarde con él, quiere presentarme a sus amistades, pensé que estarías ocupado y no quería...
—Está bien— Hernan lo interrumpió, forzando una sonrisa, tensando sus músculos y agitando ligeramente las plumas—. Lo que te dije no era mentira, aunque este sea mi reino quiero que lo consideres tu segundo hogar, y esta bien que te relaciones con los Sustos importantes si vivirás aquí y...
—¿Disculpa?
Hernan no había pensado bien sus palabras, y Emilio se había levantado de la cama estrepitosamente.
—Dijiste que regresaría a mi casa al finalizar las fiestas, ¿mentiste?
—Claro que no— Las palabras se tropezaban en su boca con nerviosismo—. Lo que quiero decir es que el mundo humano es tan superficial, esta tan vacío; ahí no hay nada para nosotros querido, ¿pero aquí? Aquí serás mi esposo, serás el Principe Consorte y...
Hernan se inclinó de manera casi desesperada, tomando entre sus manos los dedos de Emilio.
—¿Y mis padres? Esto no fue lo que hablamos, no puedo solo desaparecer
—Yo se que no, pero con el tiempo...
—¿Con el tiempo qué? ¿Me prohibiras cruzar de nuevo al Plano de la Existencia? Tú madre lo hace todo el tiempo para ver a tus tíos, ¿o acaso finges amar a tu familia humana?
Hernan sentía como la desesperación le corría por los brazos, no había querido decir eso y ahora Emilio estaba confundido.
—Tus padres jamás van a aceptarlo querido
—Mis padres me aman, y no me digas querido— Se quejó, apartando sus manos de las contrarias—. ¿Cual era tu idea? ¿Dejarme aquí sin posibilidades de volver? Me mentiste todo el tiempo
—No es lo que estás pensando
—Vete
—Querido...
—¡Vete ya, Hernan!
Emilio tomó la caja y se la lanzó con fuerza, Hernan retrocedió, visiblemente consternado. Pero su confusión pasó rápidamente al enojo, dejó la habitación sin mediar más palabra. Emilio sintió que el mundo iba lento, no entendía como había pasado todo en tan poco tiempo, ¿quedarse ahí para siempre? No, sus padres estarían muertos de miedo si no volvía.
Bajó lentamente su mirada, en el suelo la caja se había abierto y derramado su contenido. Dentro había un libro con un suave encuadernado de cuero, una tinta se había desperdiciado a su alrededor.
—Ay no—. Susurró.
Se acercó con lentitud y rescato el cuaderno, estaba intacto, tan solo un mar de minúsculas manchas pero nada más que eso. En la esquina inferior tenia grabadas las iniciales E.D. Emilio Damastes. Abrió la tapa y sus ojos se llenaron de lágrimas al ver la primer página. Era un hermoso dibujo, había pasado gran parte de su vida dibujando al Príncipe de los Sustos, y ahora él lo había dibujado; sereno y apacible. Debajo había una inscripción.
Para el futuro Rey de mis pesadillas, con amor, tú Principe de los Sustos.
...
Para la muy mala suerte de Hernan su discusión con Emilio no era una razón válida (según su madre) para faltar al té de la tarde. Así que ahora debía fingir estar contento y ser tan encantador con quienes lo rodeaban mientras a lo lejos podía ver a Emilio convivir con Iscolon y sus amistades, había pedido a Mitelitas acompañarlo, necesitaba asegurarse de que todo estaría bien. Claro que Yalabus tenía comentarios, los tenía siempre.
—¿No cree que se alteró un poquito mucho?
Y es que Yalabus había estado esa mañana en la puerta, escuchando prácticamente todo.
—Gracias Yalabus, siempre es refrescante escucharte
—Lo sé, no debe agradecerme.
Hernan apretó los labios en una mueca, ni siquiera le gustaba el té.
Por su parte Emilio definitivamente estaba disfrutando la tarde, si no fuera por que Mitelitas parecía estar encima de él cada que alguien se acercaba a presentarse.
—¿De verdad su padre cree que nuestro Principe es el Demonio?— Repitió Barnabine, una Susto del clan de la Magia—. Debe ser un hombre muy ocurrente, los humanos son muy divertidos
—Oh no— Se apresuró a interrumpir otro, bajando ligeramente la voz—. La Reina me aterra.
Emilio ladeo ligeramente la cabeza, curioso.
—¿Y eso? Ella es muy dulce
—No niego que su Majestad sea enteramente encantadora, sin embargo tiene un talento extremadamente abrumador, uno de esos que se ve una sola vez en una generación— Explicó —. Tiene tanto poder que puede provocar pesadillas incluso a nosotros los Sustos
—Es cierto— Dijo Iscolon, luego, como si fuese un sucio secreto miró a ambos lados y soltó en voz baja—. Dicen que el Principe tiene ese mismo poder
—Imposible, el Principe Hernan no toca el Arparaña, tampoco escribe
—No, cuentan los sirvientes que lo hacía de niño. Fue capaz de crear una pesadilla incluso para la Reina, una tan terrible que no descanso en semanas.
Los presentes guardaron silencio, Emilio no sabía en realidad si Hernan escribía o no así que no podía contribuir a lo dicho.
—¿Entonces por qué ya no? Un poder así debería ser usado, y que yo sepa solo la Princesa Ingrid toca el Arparaña
—El Principe ni siquiera se acerca al Araparaña, tal vez deberíamos agradecerlo
—¿Por qué?
—Es medio humano, uno nunca sabe.
Emilio levantó la vista y entrecerro los ojos, ligeramente turbado. Iscolon notó rápidamente su incomodidad y se acercó ligeramente.
—Discúlpanos Emilio, no estamos acostumbrados a los humanos, sigue siendo diferente para nosotros.
Él asintió e intentó forzar su sonrisa, detrás suyo podía sentir la presencia de Mitelitas, sabía que si se sentía incómodo el buscaría alguna excusa para alejarlo del grupo.
—No encuentro atractivo en los humanos, pero usted es muy elocuente— Le susurró Iscolon, intentando hacerlo sonar como un cumplido—. Puedo entender por que él Principe le tiene tanto afecto.
Iscolon tomó su mano, la levanto a la altura de su rostro y se inclinó para besar el interior. Emilio se sorprendió, tanto que su primer instinto no fue alejarse, solo observar con curiosidad. Entrecerro los ojos, analizando la situación, ¿era un coqueteo o era amabilidad? No lo sabía, él único hombre que le había coqueteado antes era Hernan, aunque ahora estaban muy molestos, o al menos él.
Apartó la vista de Iscolon, pero ojalá no lo hubiese echo. Al otro lado del salón, pasando entre Sustos y mesas de té pudo ver a Hernan, tenía una expresión endurecida, de esas que pocas veces le había conocido, sus ojos estaban fijos en él como si con eso pudiese intimidarlo. Emilio le sostuvo la mirada, si él creía que lo haría sentir mal estaba equivocado.
El té paso como un borrón después de eso, y no le pasaron desapercibidas las atenciones de Iscolon, pero con cada una Emilio iba sintiéndose más y más como un traidor, pues la mirada de Hernan volvía cada tanto; molesta, herida, furiosa. A su misma vez no podía no parar, Hernan le había mentido, ¿como podía entonces comportarse así? Le daba tanto coraje pensarlo. No habló mucho, y aunque se esforzó en ser amable pudo haber pasado como un mero fantasma, de manera casi literal.
—¿Se siente bien?—. Preguntó finalmente Mitelitas mientras caminaban a su habitación
—¿Se me nota mucho?
—Usted luce muy molesto, si— Admitió con una sonrisa—. ¿El Principe fue grosero?
—¡Él me mintió Mitelitas!— Se quejó en voz alta, levantando las manos casi con exageración—. Dijo que me regresaría a casa y fue mentira, su plan era tenerme aquí, ¡no soy objeto! ¿Por qué quiere decidir por mi? Él es tan... ¡ugh!
Mitelitas río ligeramente mientras asentía de manera comprensiva.
—Él Principe tiene un actuar diferente, y usted es muy humano para entenderlo
—No me salgas con eso Mitelitas, ¡aquí, en el Plano de la realidad y hasta en China es secuestro!
—Vamos, dele otra oportunidad, solo le quedan dos días aquí, no me gustaría que se vaya molesto. Déjelo que se explique, y tal vez le vendría bien no hablar muy golpeado.
Emilio se cruzó de brazos, claramente molesto.
—Tú estas de su lado
—Bueno, no por nada soy el tío favorito, ¿no lo cree?
Emilio estaba por replicar hasta que levanto la vista, en la puerta de su habitación estaba Hernan.
Unos momentos atrás Hernan iba más que molesto por los pasillos, y Yalabus apenas le seguía el ritmo correctamente.
—Tal vez debería cambiar esa cara—. Sugirió
—¿Otro comentario ingenioso? Bien
—Principe, si va así a ver al señor Damastes no conseguirá nada—. Advirtió
—Es que no tiene sentido— Se quejó—. Estoy intentando cuidarlo, quiero que tenga lo mejor, ¿que hay mejor que todo un reino para él? No soportaría verlo sufrir si sus padres lo repudiaran, ¿entiendes eso? Los humanos siempre son tan...
—¿Egoístas?
—¡Si, justo eso!
—¿Y no cree que tal vez usted está siendo egoísta justo ahora?— Cuestionó el guardia, con un sonrisa burlona asomándose entre sus labios—. Esta haciendo las cosas al revés, tal vez debió preguntarle a Emilio primero qué quería él, no decidir en su nombre. Y le recomendaría que no mencione las atenciones de Iscolon el día de hoy, podría hacerlo sentir algo... vigilado.
Hernan suspiró, era cierto, había lastimado a Emilio. Al llegar notó con particular molestia que la habitación aún estaba vacía, decidió que esperaría afuera, le pidió a Yalabus retirarse.
Quería cuidar de Emilio, era todo lo que deseaba, pero podía entender tal vez por que él estaba molesto, tal vez Yalabus tenía razón.
Minutos pasaron y se volvieron a encontrar, aunque el ambiente se sentía tenso, y definitivamente había algo volando entre ellos que no les permitía acercarse del todo.
—¿Tuviste un buen día?
—Lo tuve, no me sentí acosado en ningún momento
—¿Ah no? ¿Ni siquiera cuando Iscolon estaba toqueteando?
—Él al menos pide permiso
—¿Y qué, te gusta acaso?
—¡Claro que no! Pensé que venias a hablar pero solo vienes a molestar.
Emilio atravesó la puerta directamente a su habitación, eso no iba a detener a Hernan, era su palacio y podía estar donde quisiera.
—No me dejes hablando solo
—¿Eso hacías? Pensé que estabas molestando solamente
—Quiero hablar contigo
—Pero yo no quiero, me traicionaste, yo no puedo confiar en ti.
Hernan bajó los brazos, decaído y lleno de incertidumbre.
—Yo solo quería cuidarte— Suplicó—. Ahora yo entiendo, lo hice mal, por favor Emilio por favor dame otra oportunidad, solo quería que estuvieras bien; quería que... pensé que si te entregaba todo lo que era mio, aunque no lo quisieras, estaríamos bien.
Emilio lo ignoró y floto directamente hasta su cama como si así fuera a desaparecer Hernan.
—No me estas escuchando
—Ese es un privilegio no ganado, ¿no crees?
Hernan tragó saliva y se elevó hacia la cama, parándose al lado de Emilio aún cuando este lo ignoraba. Se arrodillo a su lado y le tomó suavemente la mano.
—Te contaron que no tocó el Arparaña, ¿verdad?
—¿Como sabes?
—Se todo lo que pasa en el Palacio, sin excepciones— Murmuró, apretó ligeramente su agarre sobre la mano de Emilio y ahí finalmente el chico volteó a verlo—. Cuando era más niño, un poco antes de conocerte tenía algo así como... ataques, me despertaba sonámbulo en las noches como poseído y escribía en arrebatos desquiciados, terminaba tocando el Araparaña por horas y liberaba tanta energía qué mis abuelos estaban asombrados, nunca habían visto nada similar, la suposición era que al ser hijo de una humana y un tecotia era diferente... especial dijeron ellos, hasta que lastimé a alguien
—¿Por qué?
Hernan largó un suspiro, como si le pesará decir la verdad en voz alta, se mordió los labios con vacilacion.
—¿Sabias que tú padre y mi madre estuvieron comprometidos? Antes de que mi mamá se fugara para casarse con mi padre, yo no lo sabía, ni siquiera había escuchado de él en mi vida y una noche simplemente la pesadilla surgió. Una pesadilla donde este reino había caído y mi madre caminaba al altar de la mano de Augusto Damastes, consciente de que mi padre estaba muerto. Fue ahí cuando las alarmas sonaron, mi madre me empezó a creer peligroso y mis súbditos susurraban mi anormalidad... la Dama Coyote dijo que mis desplantes estaban levantando demasiado poder hacia lugares inesperados
—¿Qué lugares?
—Procustes, intentaba dominar mi poder por medio de mis sueños, quería herir a mis padres usándome en el proceso— Hernan titubeo con la voz ligeramente apagada—. Dama Coyote recomendó que debía ser vigilado con más severidad, empezaron a hacer guardia cada noche fuera de mi habitación e impedían que me levantara a medio sueño para ir hacia el Arparaña, era como si me hablara en susurros. Después de un tiempo dejó de suceder, cuando te conocí.
Emilio estaba confundido, y aunque se había hablandado un poco seguía muy molesto.
—Esa no es una excusa
—Lo sé, nada es excusa. Yo estaba... asustado, lo he estado siempre. Mis miedos suelen ser muy pequeños, vencibles, pero hay uno en particular que no puedo vencer, la sola idea de perderte a ti me enloquece— Confesó—. Eres una calma desconocida, una que no había contemplado jamas; conocerte fue como respirar por primera vez, incluso de niños cuando no sabía lo que era estar enamorado sabía que era algo especial, hasta podría admitir algo obsesivo.
Emilio regresó el agarre sobre la mano de Hernan, intentando transmitirle esa calma de la que hablaba.
—Si me amas confía en mi... déjame ir al terminar el festival, como habíamos quedado.
Hernan se lanzó a darle un abrazo, con tal fuerza que cayeron ambos a la cama, Emilio correspondió con la misma fuerza, como si quisiera enfundarse eternamente contra el cuerpo de su amado.
—No quiero perderte, quiero que te quedes conmigo
—Lo sé, pero esa decisión me corresponde.
Hernan levantó su cabeza y observó a Emilio, su cabello aplastado contra el edredón y sus ojos llenos de una determinación que usualmente escondía.
—Está bien, pero déjame disfrutarte el tiempo que nos queda.
Hernan se inclinó y le robo un beso, un beso diferente del usual, bajó su mano derecha al muslo de Emilio y apretó con fuerza, el lanzó un gemido ronco mientra apartaba la mirada.
—Hernan...
—Está bien, cuidaré de ti.
Como si el tuviese alguna experiencia, ninguna. Emilio se reacomodo en la cama mientras observaba a Hernan retirarse la camisa, intentó guardarse cualquier comentario sucio que comenzaba a pasar por su mente mientras torpemente deseaba desabrochar su propia camisa.
—Deja que te ayude querido.
Todo iba muy rápido, pero a su vez estaba a la expectativa, lo que se había convertido en una pelea pronto libero un deseo inconfundible muy en su interior, aún cuando horas atrás se derretía de vergüenza pensando que Hernan lo vería a mitad de baño, ahora esa vergüenza se mitigaba en el ardor del toque contrario.
Volvieron prontamente a los besos mientras Emilio pasaba sus manos con adoración por entre el cabello y plumas de Hernan, él aliento cálido se entremezclaba conjuntamente mientras con brusquedad chocaban sus pechos denudos. Hernan apretó su muslo y recorrió el camino hasta su cadera, jugando activamente con el dobladillo del pantalón. Emilio podía sentir los colmillos que rozaban suavemente contra sus labios, y la partición de la lengua recorriendo su cavidad.
Como una especie de pacto el cielo tronó con fuerza y la lluvia se lanzó de manera torrencial sobre el reino, las sombras jugaban por las ventanas y las velas de la habitación se agitaban con locura. Hernan fue cuidadoso y lento al deshacerse de las prendas inferiores, cuidando la comodidad de Emilio antes que nada. Su desnudez era un nuevo nivel de adoración, el cuerpo que había soñado tener entre sus brazos por fin era suyo, podía poseerlo y haría con él justo eso. Fue en ese momento cuando Emilio se sintió como una presa recién cazada, la mirada de Hernan aunque amorosa tenía más que nunca ese salvajismo animal que se entremezclaba con el deseo, era una exitacion a niveles distintos, hacia remover sus entrañas con expectativa y curiosidad, no lo hacia sentir con miedo, lo hacía sentir deseado.
Las manos de Hernan recorrían hasta su centro, moviéndose con lentitud en su entrada, ansioso y ardiente, Emilio ahogaba sus quejidos entre dientes evitando soltar un grito descarado ante la intrusión. La imagen de Hernan trabajando su entrada era lo más ardiente que hubiese visto, y la emoción aumentó cuando Hernan se inclinó y le robo un beso lleno de desesperación, rasguñando su labio en el proceso, el sabor metálico de la sangre cruzando por su lengua. Se enredaron en una lucha de besos, apretandose el uno al otro buscando el contacto cercano.
Por un momento Hernan sintió que con sus plumas podía rozar la punta del cielo, no de manera literal, más bien figurativamente. La manera en que el cuerpo de Emilio se contraria contra el suyo, como se removia entre las sabanas, sus sonidos huecos y el sudor qué perlaba su cuerpo con aparentes movimientos esporádicos controlados únicamente por la desesperación.
Hernan lo observó fascinado, era aquella ilusión que había tenido desde sus quince años, él tener el cuerpo de Emilio a su merced. Sus labios soltaron un par de palabras en un susurro.
—Te amo Emilio.
Emilio abrió sus ojos y lo observó, sus ojos brillantes de emoción; se inclinó un poco al frente y susurró contra los labios de Hernan.
—Te amo Hernan.
La intrusión del miembro fue la sensación más rara y placentera que hubiese tenido, fue ahí donde el punto de no retorno se marcó, se pertenecían el uno al otro en carne y alma. Fiel a su promesa Hernan fue gentil, aún cuando estaba desesperado por hundirse en el cuerpo contrario con fuerza. Emilio se aferraba a los hombros de Hernan, palpando lentamente las plumas nacientes de sus omóplatos, con los roces Hernan sentía un extasis irrevocable.
Afuera la lluvia azotaba con fuerza las ventanas mientras ambos jovenes se disfrutaban el uno al otro. Besos, manos indiscretas, apretones entre ellos. Alcanzando el extasis Hernan se liberó en el interior de Emilio, y ante la sensación Emilio no pudo evitar terminar justo después que su amante... su novio, Hernan era eso, su novio.
Hernan acarició el rostro de Emilio con calidez mientras el intentaba recuperar su aire. Se abrazaron, Hernan los arropó a ambos y Emilio se acomodó en su pecho con cariño.
—Te amo.
El deseo permanecía, pero habia a su vez una calidez y un jubiló qué se instauraba en la habitación.
—Quédate conmigo, pero quédate por que así lo decides—. Suplicó Hernan.
Emilio asintió, cerró sus ojos mientras escuchaba el corazón del contrario ir con velocidad, esperando una respuesta.
—Lo haremos funcionar, y créeme que mis padres van a querer una explicación
—Lo sé.
Emilio quería seguir hablando, pero de pronto sintió una especie de tirón, como si alguien le ordenase dormir. Cerró los ojos, acurrucandose en el cuerpo contrario.
