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Silencio de Radio

Summary:

"No tuvo muy claro cuanto rato pasó entre que logró tranquilizarse un poco y se abrió la puerta, dejando pasar la luz. Por ahí entró un conscripto joven y moreno, y cuando prendió la ampolleta que colgaba del techo, Manuel le pudo ver su cara de disculpas. Pudo mirarle también el uniforme. Era un pelado raso del Regimiento Buin que hacía el servicio obligatorio.

- Don José Manuel, señor - lo saludó, cuadrándose, y eso bastó para que Manuel tuviera una epifanía completa de la película que se estaba viviendo. Que él estaba viviendo."

El relato abarca las vivencias de Manuel González, personificación antropomórfica de Chile, en los días del Golpe Militar de 1973. Una de las desventajas de ser una Nación: "más allá de lo que pensara personalmente, estaba limitado como todas las Naciones en caso de conflictos internos. Sin facultades para tomar acción directa y colocarse realmente del lado de nadie."

Notes:

Fic sobre el 11 de Septiembre de 1973. Para que tengan en cuenta, yo soy de las personas que a eso lo llaman "Golpe de Estado", y no "Pronunciamiento Militar"; y que cuando dicen "dictadura", no tienen ningún problema en añadirle el "genocida". Di mi mejor esfuerzo en darle toda la profundidad y matices de gris posibles para enriquecer la historia, porque eso es lo que merece, pero lo primero no es negociable.

Notas del 2023: Este fue mi último "mejor fic" en Español. Traicioné mis raíces y me pasé al inglés poco después, pero en serio. Le pasé un pañito pa' abrillantar un par de metáforas, y ahora me da menos vergüenza escribir en shileno - Más allá de eso, está 98% sin tocar. Envejeció bien esta cosa! Bien ahí, Lynx del Pasado.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:


 

 

Cuando Manuel despertó, no se hallaba en su propia cama y sentía la cabeza pesada, pesada de una forma diferente a los rastros del alcohol en las mañanas de domingo.

Abriendo los ojos a duras penas, descubrió que no había demasiada diferencia entre eso y tenerlos cerrados. Estaba en un catre limpio, sencillo, funcional. Por la oscuridad reinante, podía darse cuenta que la habitación en la que se hallaba no tenía ventanas. Garabateó en voz baja, sintiendo la lengua agria, seca, e igual de adormilada que el resto de su cuerpo. Más preocupantemente, no podía recordar cómo carajo había aparecido en aquel lugar. Hacía mucho que no se iba de farra. El ambiente los últimos meses no había estado para eso.

De tanto en tanto, almorzando en La Moneda, había compartido comidas que no llegaban a ser abundantes pero que se hacían con lo que se podía; y una copa de vino nacional con Don Chicho. La escasez que los había tenido en caos desde que comenzara el paro de los camioneros se le notaba en el cuerpo a Manuel. "Cómete eso, tómate eso, Manuel. Estás pálido como los papeles de mi escritorio".

Para cosas mejores... Nadie andaba con las ganas, ni había mucho con qué de todos modos.

Manuel se revolvió en la cama y se tapó un poco mejor, sintiendo tiritones pese a que no hacía frío en la habitación. Con tozudez suprema, se esforzó en recordar sus últimos pasos.

Mierda.

Él tenía una cita.

El Presidente iba a reunirse con el Comandante en Jefe recién nombrado. Iba a decirles lo del plebiscito...

El surtido de trancas mentales de Manuel era uno chico, de verdad, y se disimulaban re-fácil - solo sus amigos cercanos sabían, harto a su pesar, y normalmente los presidentes de la nación se enteraban después de un par de meses en el sillón. Pero andaba con los nervios tomados. Se habían estado volviendo inmanejables desde el Tanquetazo. Y Don Chicho no era un imbécil, sabía que aunque le estuviera llegando información sobre el estado del país en todos los tonos, para despejar contradicciones no había mejor barómetro que Manuel. Manuel era la Nación, y por lo mismo, debía estar presente cuando el Presidente discutiera el plan con las Fuerzas Armadas para pedirles su apoyo.

Domingo por la mañana, él iba saliendo de su casa hacia La Moneda, agarrando el autito escarabajo que Don Eduardo había insistido en regalarle unos años atrás...

— Qué chucha... — puteó despacio.

Se incorporó lentamente, con un quejido que más que de dolor era de frustración. Y se sentó. Y esperó.

Este pozo tenía sabor a quemado, y los segundos venían con filo. Manuel nunca había sido una Nación paciente. Y la sensación de ratones caminándole por el vientre, tensándole los músculos, fue en aumento minuto a minuto hasta que no pudo evitar estar seguro que habían pasado horas, y bajo el sudor helado su agarre en la realidad empezó a desmoronarse. Habían bichos, bichos, bichos escurriéndose por su piel; no estaban ahí, pero él les sentía las patas, vientres, bocas por más que lo gritó callado. Hizo lo posible por mantener en su cabeza instrucciones de cómo se hacía eso de respirar, pero la oscuridad era alquitrán y gas grisú; y el presagio de que algo andaba mal, mal, mal, no se iba; y de a poco fue perdiendo el control de los pulmones hasta que el agua lo agarró pa' no soltarlo. Sus jadeos rebotaron con ruido por las paredes del cuarto - los latidos de su corazón retumbaron en las ventanas que no tenía.

Se aferró los brazos y la puntada de sus uñas comidas le devolvió algo de perspectiva. Siguió rasguñando hasta que la sensación clarísima de su propio flujo sanguíneo y el chispazo de las endorfinas acudieron en su auxilio, recordándole que tenía venas, y consiguiendo que dejara de boquear.

No tuvo muy claro cuanto rato pasó entre que logró tranquilizarse un poco y se abrió la puerta, dejando pasar la luz. Por ahí entró un conscripto joven y moreno; y cuando prendió la ampolleta que colgaba del techo, Manuel le pudo ver su cara de disculpas. Pudo mirarle también el uniforme. Era un pelado raso del Regimiento Buin que hacía el servicio obligatorio.

— Don José Manuel, señor —lo saludó, cuadrándose, y eso bastó para que Manuel tuviera una epifanía completa de la película que se estaba viviendo. Que él estaba viviendo.

— ¿Tú te crees que soy hueón? Saltando con las noticias —escupió, sin devolverle el saludo. No andaba con ánimo para cortesías. El pelado no avanzó ni retrocedió, pero bajó la vista. Manuel insistió— ¡Dámelas!

— Don José Manuel. Mi General me envía por orden directa a averiguar como está, y traerle desayuno, señor —recitó el conscripto, monótono.

Dio media vuelta y tardó cinco eficientes segundos en regresar con un carrito de metal que contenía un tazón grande de té con leche, pan blanco, mermelada, queso, y un jamón que definitivamnte no era Chancho Chino.

Y Manuel, pálido, hambriento Manuel, no pudo evitar el "conchesumadre" que escapó de sus labios; ni su mano subiendo a acunar su frente, como si al sostenérsela pudiera calmar un poco...

— Tu nombre —dijo simplemente, y le clavó una mirada firme al conscripto, a tal punto que este se revolvió en incomodidad y cedió.

— Pedro, señor.

— Okay, Pedro. Te estoy preguntando el nombre porque quiero poder acordarme después sin que seas un pelado anónimo del Buin. Así que tú mírame de una vez igual —Manuel respiró hondo, y lo siguiente no alcanzaba ni para duda—. Te dijeron quién era yo. Si no, no me estarías tratando con tanto respeto.

Silencio de nuevo. Cuando Pedro contestó, su tono había cambiado. Se oía como de la edad que le correspondía, por ejemplo.

— Si. Si me dijeron.

No se suponía que los habitantes "normales" de un país conocieran la verdadera identidad de una Nación. Entre esto y la certeza de lo que pasaba afuera, pese a que desconocía los detalles, Manuel se sintió más enfermo incluso que cuando estaba en pleno ataque de pánico.

— Lo siento —añadió Pedro.

Por eso habían mandado a un soldado mestizo, joven y pobre, pero de confianza; y no a un Alto Mando del ejército. Porque Manuel era Manuel más que nunca cuando podía perderse en medio de las multitudes de su pueblo. Era una clase de conexión diferente, y escaseaba gente con poder que consiguiera enchufarse a comulgar así con él - a menos que la voluntad popular los invistiera primero. De alguna forma, alguien se había enterado, y estaba sacando provecho.

Estaba emputecido de rabia, pero no tanta todavía como para desquitarse con el pobre infeliz al que habían mandado para que lo atendiera.

— ¿No tiene hambre, Don José Manuel?

— Dime "Manuel" a secas —respondió este, y decidiendo que pese a que absolutamente todo se estaba yendo a la chucha necesitaba alimentar sus tripas ruidosas, estiró la mano para acercar el carrito con el desayuno—. Y dime la fecha, y la hora.

— Es martes once de Setiembre, Don Manuel. Y son las ocho y media de la mañana.

En su cabeza, una sarta de maldiciones. Había estado noqueado por más de un día. Pero por fuera, Manuel era una esfinge que hacía honor a la fama de severidad con que le conocían quienes no sabían del caos que podía tener en la cabeza, y un orgullo helado le había afirmado ese Santiaguino Neutro que era más ficción que acento. Se armó un sánguche con jamón y queso y lo comió despacio, sin quitarle la vista de encima a Pedro.

— Tráeme una radio, Pedro —dijo Manuel al terminar—. Quiero escuchar qué tienen ustedes que decir.

No era completamente ajeno a lo que ellos tenían que decir. Manuel era Chile. Estaba sintonizado con todos los habitantes del país, fuesen del lado que fuesen; y en los últimos días había tenido que correr desde La Moneda a colarse a las sedes de todos los partidos sin ser visto, escuchando todo: Partiendo con los Comunistas y terminando con el Partido Nacional.

Solo... Necesitaba las palabras concretas, nomás. Hechos.

Pedro dudó unos momentos, y al final accedió con un suspiro:

— Igual tengo que escuchar la proclama —trató de sonreírle—. En unos minutitos. La van a ponerla en la Agricultura... Mi Teniente Coronel Guillard la va' leer, andaban diciendo anoche.

Salió de la habitación, y Manuel escuchó con claridad esta vez los cerrojos dando varias vueltas en la chapa. Al menos no lo habían dejado sin luz.

Todo esto - la pantomima de ellos, sus propios ladridos, eran las dos caras de la misma estupidez. Porque Manuel, más allá de lo que pensara personalmente, estaba limitado como todas las Naciones en caso de conflictos internos: No tenía facultades para tomar acción directa y colocarse realmente del lado de nadie, escapar no estaba entre sus opciones, y ser inmortal venía con letra chica. ¿Cómo no iban a saber, si ya tenían sus datos?

Se preguntó breve, oscuramente, qué hubiera pasado si hubiese estado en La Moneda con Don Chicho, como se suponía que tenía que estar. Y pese a que decidió con fervor que no quería pensarlo, la sensación de estar atado de manos le amargó la boca. Le dió un trago a su té con leche todavía caliente, con la intención de que la cafeína y el azúcar le quitaran la revoltura del estómago. De esperanza, nada.

Sonido de chapas. Pedro regresó con una radio portátil marca Antú, y la ironía no se le escapó a Manuel. La colocó sobre una esquina desocupada del carrito y la encendió.

— Oye, Peyuco —le dijo Manuel al conscripto, relajando el léxico para ver si lograba que entrara en confianza—. No te quedís parado, oh. Si te apuesto que esto va pa' largo.

Palmoteó un costado de la cama. Pedro lo miró con una expresión de timidez que se veía absurda en un uniformado con las armas en todas sus correspondientes pistoleras. "Es un niño", pensó Manuel, "capaz que teníay los dieciocho recién cumplidos, pendejo hueón. Ay, pobre pendejo hueón, en qué te fuiste a meter..."

Luego de un rato, Pedro se sentó en la cama junto a Manuel sin mirarlo, y las transmisiones normales de Radio Agricultura fueron súbitamente interrumpidas por la grave voz de un locutor:

"A partir de este momento damos paso a una red provincial y nacional de radiodifusión de las Fuerzas Armadas. Se invita a todas las radioemisoras libres a conectarse a esta cadena."

Manuel apretó los labios y se dispuso a escuchar. De tanto en tanto, miraba a Pedro de reojo. Para su sorpresa, en esa habitación sin ventanas, sin cámaras de seguridad, con las puertas cerradas... La expresión del muchacho era tan ilegible como la de él.

Traída vía onda FM, la voz del Teniente Coronel Roberto Guillard resonó helada en la habitación cuando recitó, obviamente leyendo de un documento mucho antes redactado:

"Santiago, 11 de septiembre de 1973. Teniendo presente:
1.°- La gravísima crisis económica, social y moral que está destruyendo el país;
2.°- La incapacidad del Gobierno para adoptar las medidas que permitan detener el proceso y desarrollo del caos;
3.°- El constante incremento de los grupos armados paramilitares, organizados y entrenados por los partidos políticos de la Unidad Popular que llevarán al pueblo de Chile a una inevitable guerra civil, las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile declaran..."

Para cuando terminó, Manuel sólo quería devolver el desayuno que le habían servido en el rincón desocupado más cercano; pero lo mantuvo en el estómago a pura voluntad.

Si La Moneda no era desalojada antes de las 11:00, la iban a bombardear.

Si La Moneda no era desalojada antes de las 11:00, la iban a bombardear; y Manuel conocía a Don Chicho demasiado bien como para no imaginar lo que se venía.

Sólo rogaba que fuese rápido.

Por su mente corrían recuerdos de todo, todo lo que había pasado desde la elección en el 70'. Había trabajado duro. Había trabajado duro, todos habían trabajado malditamente duro. Se había esforzado tanto. Tenía el sonido del "Venceremos" claro en la memoria. Recordaba a la perfección haber coreado el "Vamos por Ancho Camino" con Víctor en las últimas fondas. Él siempre había sido víctima de un pesimismo nefasto, pero se había permitido creer esta vez que tal vez si le ponía lo suficiente a la pega, tal vez si era lo suficientemente bueno...

¿No iba a construír una utopía, acaso? ¿Ser la encarnación de una utopía? Y por la cresta, si no era tan hueón - las cosas se habían comenzado hacía rato a ir a la punta'el cerro, pero había querido creer que era manejable. Se había plantado firme en los cordones industriales. Se había partido el lomo en los trabajos voluntarios.

Y ahora... Ahora había fallado.

Quizás qué cara tenía, pero Pedro apagó la radio y lo miró como pidiéndole disculpas otra vez. Salió de la habitación (el sonido de los cerrojos abriéndose y cerrándose destrozándole los nervios a Manuel), y regresó con un vaso de agua y dos pastillas.

— Me dieron esto para que se lo tomara —saludó—. Nembutal se llama.

— Llévate esa hueá —murmuró Manuel.

— Lo siento, Don Manuel —respondió Pedro, voz monótona y mirada dura: El conscripto que siempre había sido.— Estoy sólo siguiendo órdenes.

Manuel lo miró con odio, pero esta vez el soldado no se amilanó:

— No me haga hacérselo tragar a la fuerza —dijo simplemente.

Subterráneo de mierda. Excusas de mierda. Pero opciones si tenía, ¿verdad? Sopesó las suyas y terminó eligiendo, razonable, las pastillas.

El soldado apagó la luz y salió.

El cuento corto es que a Manuel lo mantuvieron cómodo, tibio y bien alimentado a intervalos regulares, pero carentes de todo reloj.

El cuento corto es que cada minuto en que no estaba acompañado, siempre por aquel mismo conscripto que no volvió a hablarle, le tenían la luz apagada.

Despertó un día en su propia cama, en su casa, con la misma sensación pesada de la primera vez. La misma desorientación plagada de lagunas mentales - y puteó al darse cuenta que precisamente Nembutal era lo que debían haberle dado después que lo secuestraran de su auto aquel domingo nueve de Septiembre.

Revisó su casa frenéticamente en busca de una radio, haciendo correr la perilla del dial hasta que dió con una estación en la que estuvieran dando noticias. La sangre le ardió cuando se topó con la transmisión de un Te Deum al que asistía la Junta Militar en pleno, más la agradecida crema y nata de la élite del país, de paso informándole que era dieciocho de Septiembre.

¡Dieciocho!

Escuchó la radio todo el día, pero la sensación de que había una multitud de cosas que no estaban siendo dichas no lo abandonó ni siquiera cuando se fue a dormir.

El diecinueve de Septiembre, día de las Fuerzas Armadas, fue celebrado con un fasto que Manuel no recordaba de hacía décadas atrás. Recorrió la ciudad a pié y la encontró llena de tanques y uniformados. Caminó hasta el centro, y el ataque de pánico que le bajó al ver las condiciones en que había quedado La Moneda lo contuvo a duras penas, disociado en un portal.

Ya para el veinte de Septiembre, día en que debía presentarse ante la Junta para trabajar y revelar su identidad como mandaba el protocolo, sabía que tendría que ir hasta el Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral, nueva sede del gobierno. Sospechaba que ese nombre no le duraría mucho rato.

Al salir al patio para sacar el escarabajo, notó que alguien le había tirado un paquete al patio de la casa. Era demasiado chico para ser una bomba, se dijo, un poco paranoico, con suerte un cambucho de papel marrón amarrado con piolas que abrió a tirones, ignorando resueltamente las manchas oscuras a un costado. En la manos le quedaron un cassette suelto, y una nota breve que agarró en el aire, escrita con la caligrafía temblorosa de una persona que no tiene costumbre de usar un lápiz: "A lo mejor le iba a interesar."

Con el ceño fruncido, Manuel abrió la puerta, dió el contacto con las llaves, y metió el cassette a la radio.

El corazón se le paró cuando escuchó la voz de alguien a quien sabía diez veces muerto.

"Amigos míos: Seguramente esta es la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación..."

Quieto, insistentemente recordándose cómo se hacía eso de respirar, dejó que la cinta avanzara.

"Seguramente Radio Magallanes será callada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, lo seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos, mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal a la lealtad de los trabajadores."

"El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse."

Tuvo que morderse el labio, aferrar el manubrio. "Cálmate, imbécil. Cálmate. Tienes pega por delante. Tienes mucha, mucha pega por delante". Y desde los parlantes llenos de chirridos de su Volkswagen, Salvador Allende finalizaba:

"Éstas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición."

El cassette siguió avanzando en silencio, tan mudo como Manuel. No tenía idea de qué mierda podría hacer con esa grabación. Sabía bien que no era conveniente que la tuviera, y menos aún encima

Pero tenía que apurarse o iba a llegar tarde. Pa' variar siempre, siempre tarde.

El día fue largo. Mucha gente por saludar, muchos de ellos gente que ya había visto, que menos de dos semanas atrás habían jurado defender al gobierno. Y él, él era un profesional. Profesionalmente se comportó, cortésmente se comportó. Cuando por fin llegó ante la Junta y les reveló su identidad de forma oficial, les manifestó también que estaba dispuesto a trabajar en la forma en que ellos estimaran conveniente.

Porque era lo que siempre hacía Chile.

Porque más allá de lo que Manuel pensara, estaba limitado como todas las Naciones en caso de conflictos internos. Sin facultades para tomar acción directa o colocarse realmente del lado de nadie - Sólo dejarse dar vuelta. Seguir adelante, y adelante, y adelante; y ojalá que no lo desangraran demasiado en el intento, porque sabía que las Naciones eran inmortales de puro nombre. Sabía lo que le había pasado a la psique de Rusia. Y él no bailaba la cueca tan lejos de la locura.

Su rostro tenía una expresión que, sin ser una sonrisa, era calculadamente amable. Tuvo ocasión de examinarla y encontrarla adecuada para la sobrevivencia en el espejo de los anteojos oscuros del General.

Y El General se la correspondió por primera vez únicamente cuando se despidieron. Le dió la mano con la derecha, y con la izquierda se sacó algo del bolsillo del uniforme para depositárselo antes de soltarlo.

Nembutal.

— A mi señora le hace bien —le dijo, con un tono jovial que a Manuel lo sumió en la perturbación más atroz—. No muy tarde, José Manuel. Queremos que te cuides.

Sin decir nada, Manuel se metió el Nembutal en el maletín y asintió para no desencajarse.

Él era una Nación, y como todas, había sido desde siempre capaz de sintonizarse con lo que su pueblo estaba sintiendo. Comprender qué escuchaba era otra cosa, pero el lazo empático, la gran antena, venían gratis. Era un hecho de su biología particular que en más de una ocasión había puteado a gritos. Chile, y ser Chile - ¿No era el origen de sus problemas mentales?

Sólo llevaba dos días despierto afuera de la habitación subterránea. Y ya las cosas que, sin que él siquiera las llamara, podía oír en su cabeza por las noches...

— Gracias por las pastillas, Don Augusto —dijo al fin.

Sospechaba que las iba a necesitar.

 

 


 

Notes:

Notas Finales: Esto está absolutamente lleno de referencias... la verdad, le traté de meter todas las capas que pude. Premio a quien pille más.

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