Actions

Work Header

Cotidianidad

Summary:

Los creepypastas no son reales. Claro, habías intentado autoconvencer a tu delirante mente de adolescente de que lo eran; pero, siendo realistas, no existen. Sólo son historias de terror que circulaban por internet hace bastantes años.

Entonces... ¿por qué hay un hombre convenientemente parecido a Hoodie apuntándote con su pistola?

Notes:

Lo siento si no tiene mucha coherencia, lo escribí en tres horas y media porque estaba emocionada. He echado de menos este fandom.

Advierto de que la apariencia de los creepypastas va a ser una mezcla de headcanons de Tik Tok y de novelas visuales que he jugado.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Un peligroso acuerdo

Chapter Text

Te dolían los pies, la espalda, todo. Tu cuerpo se hundió contra el asiento del conductor mientras conducías, una mueca de cansancio e irritación a partes iguales se instalaba en tu rostro a medida que dejabas atrás la ciudad. Esta era la parte mala de vivir a las fueras, en el borde del bosque; pero, honestamente, no lo cambiarías por nada. El silencio y la tranquilidad te impulsaban a quedarte allí, relajándote cuánto más te alejabas de la ciudad y de tu monótono trabajo. Y el hecho de que no tenías que pagar alquiler ni hipoteca, pues la casa había sido puesta a tu nombre. Una herencia inesperada y agradable de la que te enteraste hace tan sólo dos semanas, mudándote una después.

No comprendías por qué tus abuelos te habían dejado la gran casa a ti, de todas las personas de tu familia. Claro que habías sido una nieta decente, les habías obedecido cuando eras más joven y los ibas a visitar con cierta regularidad incluso cuando cada vez te ibas adentrando más en la vida adulta, pero tampoco habías sido la más memorable ni la más atenta. Tal vez fue un pequeño gesto de compasión, notando cómo tu rostro risueño digno de una adolescente con sueños y esperanzas se convertía en... lo que eras actualmente. Un cascarón vacío de lo que solías ser. Ya no había tiempo para hobbies, proyectos o personales o incluso tener vida social, lo que había hecho que te volvieras más irritable con el tiempo. Siempre habías tenido cierto carácter, pero definitivamente se notaba la falta de emoción en tu vida.

¿Realmente podías quejarte? Tenías un trabajo estable, te habían heredado una gran casa de dos pisos con múltiples habitaciones que podrías decorar a tu gusto y no tenías vecinos que te molestasen. Eras libre, completamente.

Pero era aburrido. Tremendamente aburrido. Nada te motivaba realmente, dado que, como se había dicho antes, no había tiempo. Tu trabajo te absorbía más energía de la que te gustaría admitir. Si tan sólo fuera tu trabajo soñado. Pero no, era uno mediocre e insulso con el sueldo mínimo.

Tal vez tu vida sería más emocionante si tuvieras amigos, pareja, algo. Incluso una maldita mascota haría tus mañanas un poco mejores. Deberías conseguir una cuando hayas terminado de limpiar todo el polvo de la vieja casa. Tal vez. Si es que alguna vez terminas, claro.

Aparcaste la furgoneta blanca en cualquier lado, porque de todas formas nadie podía decirte nada. Notaste el ambiente extrañamente electrizante y tenso, más silencioso de lo habitual. No le tomaste mucha importancia mientras te encogías de hombros, mirando al cielo con desinterés. Tal vez iba a haber una tormenta esta noche.

Te bajaste y cerraste la puerta con un portazo cansado, caminando hacia la puerta de entrada con los hombros hundidos y encorvada, sintiendo un dolor de cabeza cada vez más fuerte avecinándose. Sólo querías quitarte los zapatos, el maldito sujetador y tomar algo para el dolor. Miraste la fachada desde fuera, todavía impresionada por el tamaño de la casa de tu infancia. Habías estado aquí muchas veces antes cuando eras pequeña, pero la calidez había sido reemplazada por el silencio atormentado de la soledad. Ya no se sentía igual. Nunca lo haría.

Observaste lo destartalada que estaba. Bueno, no era ninguna sorpresa, el edificio tenía más de cincuenta años. Era viejo, el típico en el que los escalones chirriaban, las ventanas lloraban cuando el viento soplaba con fuerza y las antiguas y amarillentas bombillas parpadeaban de vez en cuando. Era un poco escalofriante, si lo pensabas bien. Tal vez con una capa de pintura nueva y un par de renovaciones sería un poco más acogedor. Pero eso lo dejarías para cuando tuvieras tiempo. Y ganas.

Deberías dejar de mirar la casa –tu casa– mientras disocias en una miserable espiral de cuánto detestas tu vida y entrar de una vez. Así que eso hiciste, metiendo las llaves y abriendo la puerta con un suspiro de alivio. Dejaste tu bolso en el suelo justo antes de que te apuntaran con una maldita pistola en toda la cabeza, el dolor de tu cabeza haciéndose extrañamente insoportable. No pudiste evitar sobresaltarte, rápidamente levantando las manos con la mirada fija en el arma.

El silencio que le siguió era pesado e incómodo, deslizando tus ojos lentamente hacia la persona que te amenazaba. Fue entonces cuando viste a un hombre, tal vez de metro ochenta, con una descolorida sudadera amarilla y un pasamontañas negro con una sonrisa triste pintada. Lo miraste con incredulidad, abriendo la boca ligeramente, pero sin decir nada. No era que pudieras decir mucho de todas formas, estabas demasiado atónita.

¿Te habías vuelto loca? ¿Finalmente el aburrimiento había hecho que comenzaras a delirar? ¿O habías desarrollado algún tipo de esquizofrenia?

¿Qué hacía el puto Hoodie en tu casa?

Claro que podría ser cualquier otro loco intentando hacer cosplay. No era la primera vez que las personas más dementes mataban por creepypastas o se creían uno de ellos, pero no pensabas que eso fuera a pasarte a ti. Otra desventaja de vivir apartada de la sociedad: había más probabilidades de que loquitos te ataquen. También notaste al hombre enmascarado con una chaqueta de color mostaza y al de sudadera marrón, bozal y gafas con los cristales tintados de naranja. Casi dejaste pasar al puto críptico de tres metros con traje y tentáculos en medio de tu salón.

¿Qué coño era todo esto?

—¿Qué coj-?

Masky te interrumpió con brusquedad, dando un paso hacia ti, aún manteniéndose detrás de Hoodie, lo que te irritaba. No tenías suficiente con tu mísero trabajo como para tener que estar aguantando asesinos y monstruos.

—¿Quién eres?

Su voz era autoritaria y firme, amortiguada por la máscara blanca que llevaba puesta. Imponía bastante. Todos los hacían, en realidad, pero estabas demasiado cansada para aguantar esta mierda. Bajaste los brazos y los miraste con molestia.

—¿La dueña de la casa, tal vez?

Tal vez deberías ser más educada, para que, no sé, no te disparen en la cabeza; pero no te importaba mucho ahora mismo. Además, ¿tan malo sería si te mataran? No valorabas tu vida lo suficiente.

—¿Desde cuándo? Hasta hace poco estaba abandonada.

Resoplaste, preguntándote cuánto va a durar su interrogatorio y si Hoodie no se cansaba de mantener el brazo en alto tanto tiempo.

—No estaba abandonada. Mis abuelos murieron hace unos meses y mientras se tramitaba todo el papeleo y el funeral nadie vino a hacerse cargo de ella, como siempre —murmuraste lo último con sarcasmo, dirigido a tu familia más que a ellos. Te recompusiste rápidamente—. Pero seguía funcionando perfectamente.

—E-eso explica por qué l-las luces funcionaban...

Asentiste hacia Toby. Masky, por otro lado, lo fulminó con la mirada, indicándole sin decir palabra que se mantuviera en silencio. Frunciste el ceño, apartando ligeramente la pistola con el dorso de tu mano. Fue un movimiento muy arriesgado por tu parte y todos en la sala se tensaron, pero no hiciste nada más.

—Deja de apuntarme con la maldita pistola, se te va a cansar el brazo.

Hoodie miró hacia atrás por un corto instante. Masky asintió, por lo que el de sudadera amarilla bajó la pistola lentamente, todavía alerta. Te cruzaste de brazos, ignorando cómo tu cerebro palpitaba, con ganas de devanartelo para aliviar el dolor, y la tele encendida con estática. Nadie dijo nada más, por lo que volviste a resoplar con cansancio. En serio, estabas MUY cansada.

—¿Puedo saber qué hacéis en mi casa? Esto es allanamiento de morada.

—No —Masky volvió a hablar, con tono cortante. Le miraste con expresión de “¿en serio?” mientras le echabas breves vistazos de reojo a Slenderman, que no se había movido en ningún momento, más allá de ladear la cabeza con lo que supusiste es curiosidad.

—...Vale. ¿Podéis iros? Quiero dormir.

De nuevo, nadie se movió ni un milímetro. Estabas comenzando a hartarte de la situación, todavía sin asimilar del todo lo que estaba pasando. ¿Eran los creepypastas reales? ¿Realmente existían? No había forma de que algunos de ellos existieran, su historia no tenía ningún sentido. Por ejemplo, Jeff The Killer definitivamente no pudo sobrevivir a ser quemado vivo con lejía.

Pero aquí estaban, tres proxies y el mismísimo Slenderman, en carne y hueso, de pie en la entrada y parte del salón de tu casa. Tenías que estar alucinando. Cuando te vayas a dormir, te despertarás y todo esto habrá sido sólo un extraño sueño creado por tu cerebro para darle más emoción a tu vida. Sólo eso. No estabas lidiando con asesinos seriales y críptidos reales, ¿verdad?

¿...Verdad?

En fin, no importaba. Tú sólo querías quitarte la ropa de trabajo y dormir.

—Mira, sólo hay dos opciones. O me contestais a mis preguntas u os marcháis —dijiste con impaciencia, haciendo todo tu esfuerzo por ignorar el dolor de cabeza. Estúpido Slenderman.

—También podemos matarte —de nuevo, Masky habló. ¿Era el único que podía hablar o qué?

Tus músculos se tensaron rápidamente, quedándote paralizada. Tu corazón comenzó a latir con mucha velocidad, intentando navegar entre la neblina del dolor para que tu cerebro pensara en alguna forma de ganar tiempo. Habías dicho que querías morir, pero mierda, no así. Habías dicho que renovarías esta estúpida casa y conseguirías una mascota. Tenías que convencerlos de alguna manera. Tal vez deberías haber sido más educada.

—No, no, no. Espera, espera. Lleguemos a un cuerdo, ¿si? —casi suplicaste, con pánico en tu voz. Necesitabas encontrar la forma de echarlos sin que te mataran.

Masky estuvo a punto de negarse, pero una voz sepulcral y profunda se escuchó por toda la sala, viniendo de todas direcciones y de ninguna a la vez. Cerraste los ojos, el dolor intensificándose aún más, si es que era posible. Lo estabas pasando muy mal.

—Déjala hablar.

Fue cortante, seria y monótona. No había intenciones tras ella, aunque jurarías que había cierta curiosidad. Tal vez estabas delirando. No te extrañaría.

Bien, Slenderman, de entre todos, te estaba dando una maldita oportunidad. Genial. Perfecto. Si la cagabas te arrancaría las extremidades una a una con sus tentáculos, probablemente. Ya no sabías qué preferías, si eso o el balazo. Miraste a los demás, que no parecían muy afectados por el dolor. No es como si pudieras saberlo realmente, llevaban la cara completamente tapada.

Okay, era hora de pensar en algo. No tenías mucho que ofrecer, honestamente. El dinero que ganabas era bastante justo, no creías que fueras tan guapa ni tan elocuente como para salirte con la tuya sólo con tus palabras. Tus habilidades físicas eran deprimentes y tu inteligencia era más bien la del promedio, siendo optimistas.

Definitivamente ibas a morir.

Rememoraste la conversación anterior. Algo se te vino a la cabeza, pero no estabas segura. Era una idea bastante estúpida, pero la única que se te ocurría ahora mismo. El dolor de cabeza no ayudaba a que tus pensamientos fueran exactamente claros, así que no había otra opción. Era esto o morir. Nada podía ser peor que la muerte, ¿no?

—Dijisteis que las luces de mi casa funcionaban. Así que habéis estado habitándola por algún motivo, ¿no? Bueno, eso no tiene por qué cambiar. Podría seguir ofreciendo mi casa para... lo que sea que estabais haciendo.

Sonreíste con nerviosismo, sintiéndote realmente imbécil y juzgada. Era pésimo. Te iban a matar.

Aunque ahora que lo pensabas, cuando llegaste el polvo no era tan denso como uno esperaría y las cosas estaban movidas, como si alguien hubiera estado allí antes durante periodos los suficientemente largos. No le diste muchas vueltas ya que no había nada robado –tampoco había mucho que robar–, pensando que algún miembro de tu familia se había pasado por allí para ver qué tal estaba la casa. Pero ahora tenía sentido. Habían sido ellos.

Esto estaba destinado a pasar tarde o temprano, al parecer.

Todos se quedaron pensativos mientras esperabas su veredicto, preparándote mentalmente para ver a Hoodie levantar el brazo nuevamente y apretar el gatillo.

Para tu suerte, eso no pasó. En su lugar, Masky habló.

—¿Y qué?

Lo miraste con irritación. Dios, te estaba empezando a caer muy mal.

—¿Cómo que “y qué”? Os estoy ofreciendo mi puta casa para que vivais. De esa forma no tendréis que ir de edificio abandonado en edificio abandonado como los vagabundos que sois.

—Ten más respeto —ladró, dando un paso en un intento de intimidarte. Para su sorpresa y molestia, no funcionó del todo.

—¿Qué? Estoy diciendo la verdad. ¿O prefieres vivir a la intemperie sin poder ducharte y oliendo a perro muerto?

—E-ella tiene un p-punto... —Toby susurró, aunque se le pudo oír perfectamente. Tú sonreíste orgullosa, sintiéndote menos insegura de tu idea gracias a la validación del moreno.

Masky giró la cabeza y le fulminó de nuevo, haciendo que los tics de Toby aumentaran.

—Cállate, joder.

—Pero tiene razón, Masky, ya hemos estado usando esta casa como punto de encuentro y reunión. Si El Operador lo permite, no considero que sea mala idea.

Esta vez fue Hoodie quién habló, con la voz ligeramente rasposa por estar tanto tiempo sin hablar. Masky se relajó un poco, esta vez dirigiendo su mirada hacia el de sudadera amarilla. Toby puso los ojos en blanco, un poco enfurruñado al ver que no se le tomaba en serio. Como siempre.

Suspiraste con alivio, pudiendo relajarte. No pensabas que esto realmente fuera a funcionar. Tal vez sí eres más inteligente de lo que pensabas.

—¿Y si es una trampa? —preguntó al aire, aunque le dirigió un vistazo a Slenderman, quién parecía totalmente sumido en sus pensamientos. O no, no podías saberlo con certeza, no tenía cara.

—Estoy bastante segura de que no me dejaríais ni aunque lo intentara. Ya habéis escapado de la policía antes, de todas formas. Además, no son especialmente competentes —susurraste con cierta burla lo último para ti misma.

Masky te miró fijamente, lo que te puso nerviosa. Parecías muy tranquila, pero en realidad daban MUCHO miedo. Sólo intentabas mantener la farsa para mantenerte a flote. Hacerte la valiente y tomarlo con humor era tu mecanismo de defensa favorito.

—¿Qué? Soy débil y no corro desde que tenía dieciséis años, así que soy lentísima y mi aguante es horrible. Además, me ganáis en número y no soy tan inteligente como para escapar de tantos asesinos y... criaturas —dijiste lo último con una mueca, intentando no mirar a Slender. Era al único al que verdaderamente no querías ofender, porque no sabías cómo reaccionaría.

Hoodie te evaluó, mirándote de arriba a abajo un par de veces.

—Es cierto que no tiene un cuerpo atlético y tampoco es tan alta. Creo que estaremos bien.

—No te confíes —advirtió Masky. No podías culparlo, tú hoy no podrías dormir bien después de toda esta situación.

Continuaste tu palabrería como si tu vida dependiera de ello. Bueno, de hecho, lo hacía.

—Además, como punto a añadir a mi idea, si me matáis notarán mi ausencia en el trabajo y la policía vendrá a investigar, por lo que os quedaréis sin sitio de reunión de todas formas —añadiste, con una ligera sonrisa orgullosa. Esto te estaba saliendo más bien de lo que pretendías, ganando confianza cuánto más derribabas sus motivos para matarte.

Masky suspiró con cansancio, derrotado. Después, se giró hacia Slenderman y asintió con respeto.

—Se hará lo que El Operador considere.

Bien, habías conseguido convencer a los tres proxies presentes. Ahora faltaba la misteriosa criatura que se mantenía erguida en tu salón, observando todo como un espectador omnisciente. Pasaron unos segundos de silencio tenso en los que nada ocurrió, hasta que repentinamente Slenderman se teletransportó en un parpadeo. Ahora estaba frente a ti.

Diste un paso hacia atrás, aterrorizada por la repentina cercanía. Tenías que levantar la cabeza todo lo que podías para mirarle a la cara, sintiendo cómo se te secaba la garganta y tu cuerpo se tensaba tanto hasta el punto de no responder. Tragaste saliva mientras él se inclinaba hacia ti hasta quedar a tu altura, hablándote telepáticamente. No sabías si los demás también podían escucharlo o solo eras tú, pero mierda, era la sensación más extraña y confusa que habías experimentado hasta ahora.

—Eres un mortal extrañamente curioso. No recuerdo haber lidiado nunca antes con un humano como tú —no pudiste responder, demasiado asustada y adolorida mentalmente como para hablar—. Aun así, aprecio tu inteligencia. ¿Tenemos un trato?

Te extendió su mano derecha, blanca como la leche, con dedos largos y afilados. La miraste por unos segundos, pero no la tomaste de inmediato. Todavía no. Te aclaraste la garganta y respiraste hondo antes de hablar, sin saber cómo acabaría este intercambio.

—Antes de aceptar, me gustaría proponer unas determinadas... condiciones.

Slenderman ladeó la cabeza, sintiendo ganas de llorar del puro pánico y terror que esta criatura ejercía en ti. Masky resopló indignado detrás de él.

—No estás en posición de exigir nada.

Miraste por encima del hombro de Slenderman, con el ceño fruncido por la irritación.

—Cállate y déjame terminar.

Masky cerró los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos por la furia, totalmente indignado por tu insolencia. Le miraste mal una última vez antes de dirigir tus ojos hacia Slenderman de nuevo, toda tu bravuconería desvaneciéndose al instante en cuanto te encontraste con su cara vacía otra vez.

—C-como iba diciendo... no pido mucho. Tan sólo protección frente a otros asesinos y seres más... violentos. Además, a parte de dejar mi casa como punto de reunión, me ofrezco a alimentar, limpiar y curar heridas de las personas y “cosas” que lleguen aquí. Aunque tal vez necesite algo de dinero periódicamente para mantenernos a todos... —susurraste lo último con cierta vergüenza, sintiéndote como una interesada, incluso si tu punto era muy válido.

Sabías que Slenderman te había escuchado, incluso si no tenía orejas. Espera, ¿no tenía orejas? Te acababas de fijar... Eso sólo lo hacía incluso más raro. El hombre se enderezó y lo pensó unos segundos, para después sacar de su traje un fajo de billetes de dudosa procedencia y ofrecértelo. Lo miraste con la boca abierta, totalmente estupefacta. Claramente eran ilegales, pero mierda, dinero era dinero.

Lo tomaste con manos temblorosas y contaste los billetes. Era una suma MUCHO más alta de lo que esperabas. Pensabas que sólo te daría lo mínimo indispensable.

No te quejabas.

—¿Esa cantidad es suficiente?

—¡Joder, sí! —exclamaste, todavía impresionada. Te aclaraste la garganta, consciente de ti misma por haber gritado—. Digo, sí. Gracias. Esto será suficiente.

Te extendió de nuevo su mano. Ya sabías lo que significaba, así que la estrechaste sin contemplaciones mientras lo mirabas a la cara. Todavía te temblaba la mano, pero estabas decidida a no dejarle ver todo tu miedo. De todas formas, la emoción del dinero nublaba tu mente lo suficiente como para no sentirte tan asustada.

Se soltaron las manos. Slenderman se giró hacia los proxies, quienes enderezaron la espalda, y les dijo algo mentalmente. Lo sabías porque, aunque tú no hubieras sido capaz de escuchar nada, ellos asintieron. Después, se marchó sin decir una sola palabra. Rápidamente te agarraste a la pared a tu lado, jadeando por oxígeno, sintiendo que el aire se volvía muchísimo menos tenso y la presión desaparecía. Tu dolor de cabeza se fue desvaneciendo poco a poco, pero te dejó un revoltijo en el estómago que te dio náuseas. Observaste a Hoodie, Masky y Toby, quienes ahora estaban visiblemente más relajados. La televisión dejó de emitir estática y se mantuvo en un canal de noticias aleatorias.

Te tomó mucho más tiempo del que te gustaría admitir mover las piernas, que se sentían temblorosas. Te quedaste viendo el suelo, asimilando todo lo que acababa de ocurrir. Eran ellos. Joder, tenías a tres creepypastas en tu casa. Y acabas de hacer un puto trato con Slenderman. Si lo pensabas, el cómo vestía y el hecho de que parecía que tenía mucho dinero lo convertía en algo así como el CEO de los creepypastas. Te reíste ante tu tonto pensamiento, olvidando que esos tres seguían ahí. Hoodie se giró hacia los otros dos.

—Creo que se ha vuelto loca.

Frunciste el celo y te enderezaste, dejando tu bolso en un mueble del pasillo de la entrada, quitándote los zapatos para tirarlos por ahí y quitándote la ligera chaqueta que llevabas, colgándola en un perchero de madera.

—No estoy loca. Sólo... intento tomarme todo esto con humor. Es mucho que procesar —dijiste, tu voz más suave, teñida de un cansancio que aparecía una vez la adrenalina se había desvanecido.

—Nunca he visto a nadie reírse después de un encuentro con El Operador. De hecho, casi nadie ha siquiera sobrevivido para ello. Debo admitir que eres más inteligente de lo que parece —murmuró lo último, claramente molesto por tener que admitirlo en voz alta, pero debía darte crédito.

Te escogiste de hombros mientras ibas a la cocina.

—Tengo mi carácter, pero no soy tonta.

Estabas hablando con creepypastas. Dios mío, tu yo de trece años estaría gritando de la felicidad en este momento. ¿Cómo es que has llegado a esto? ¿Y VIVA? Debías tener muy buena suerte, aunque si lo pensabas con detenimiento, era mala suerte. Ahora tendrás que mantener a asesinos seriales y otras posibles criaturas, con todos los riesgos que eso conllevaba. Suerte que pediste protección, aunque no sabías qué tan segura estabas de que eso realmente lo fueran a cumplir.

Pegaste un salto cuando entraste en la cocina, encontrándote con una mujer de pelo y vestido negro, una máscara parecida a la de Masky en su cara. Su piel estaba roja, llena de graves quemaduras. O más bien las cicatrices de dichas quemaduras. A su derecha estaba otra mujer, de cabello castaño ondulado y un ojo verde, el otro era un reloj que marcaba la hora con exactitud: las 19:12. ¿Tanto tiempo había pasado desde que llegaste a casa? Wow. El tiempo pasa volando cuando estás haciendo tratos raros con criaturas con las que definitivamente no deberías hacer tratos.

Jane asintió con la cabeza en señal de saludo. Clockwork hizo un ademán con la cabeza.

—Hey.

—¿Cuánto... cuánto tiempo lleváis a ir? —preguntaste, agarrándote el pecho por el susto. No necesitabas más emociones por hoy, gracias.

—Estuvimos aquí todo el tiempo. Lamentamos la intrusión —dijo Jane, genuinamente arrepentida. Al menos un poco. Parecía la más amable de todos.

Si lo pensabas bien, podría haber sido peor. Te habían tocado los creepypastas más “dóciles”, por así decirlo. Suspiraste resignada.

—Ya no importa.

—¡Y no te olvides de mí! —exclamó una voz desde tu televisión.

De la pantalla apareció un hombre rubio con ojos rojos y la esclerótica negra, llorando sangre. Tenía orejas y un sombrero verde de duende. En apariencia física, parecía igual de joven que tú.

—¡¿Ben Drowned?! —exclamaste, sorprendida. Le echaste un vistazo al resto de tu salón, desconfiada. Resoplaste con cierta burla—. ¿Falta alguien más o ya sois todos?

—¿Cómo sabes nuestros nombres? —preguntó Jane, ladeando la cabeza.

—¿No me digáis que no sabéis que sois conocidos por todo internet? —los miraste a cada uno, un poco incrédula.

—¿Nosotros qué? —preguntó Masky, esta vez. Su tono parecía irritado.

—Yo sí lo sabía. También sabía de tu existencia, desde que te mudaste —dijo Ben, señalándote juguetonamente.

—¿Y no se te ocurrió decirlo antes? —ladró Masky, adoptando una postura ofensiva. Parecía muy dispuesto a golpear a Ben.

Él se encogió de hombros con desinterés.

—No tengo por qué, yo no soy el perrito faldero de Slenderman —se burló, sacándole la lengua. Masky apretó los puños, siendo detenido por Hoodie, quien había puesto una mano en su hombro. Tú también interviniste.

—Basta, no os vais a pelear y destrozar mi casa. Uf, debería haber añadido la condición de no pelearos entre vosotros dentro cuando estaba negociando con Slenderman.

—Tú no te confíes demasiado, simplemente has tenido mucha suerte de salir viva de esta —esta vez se dirigió a ti, señalándote con el dedo. Frunciste el ceño, cruzándote de brazos.

—¿Es porque soy inteligente o porque tuve suerte? Decídete.

—Sigue probando mi paciencia y verás.

—Oh, qué miedo tengo —te inclinaste, sacándole la lengua como lo había hecho Ben. Estuvo a punto de gritarte algo, pero rápidamente te diste la vuelta, ignorándolo, lo que te ganó un gruñido furioso por su parte—. En fin. Supongo que os quedaréis por esta noche, así que nos haré algo de cenar. Es parte del trato, al fin y al cabo.

—¿Es por eso que cada vez han habido más idiotas buscando cosas paranormales o haciendo de Cazafantasmas por el bosque? —preguntó Clockwork, dirigiéndose a Ben, aunque tú respondiste antes que él.

—Vuestra “época de oro” —hiciste comillas con los dedos, girándote hacia ella— fue hace años, aunque vuestros fans eran mayormente menores de edad inadaptados. Es cierto que últimamente la fanaticada ha recobrado fuerza, y ahora son adultos, por lo que no sería extraño que hayan decidido tomar acción en lugar de quedarse el margen. Es bastante imprudente, si me lo preguntas.

—Qué estupidez —resopló ella.

Clockwork y Jane comenzaron a hablar entre ellas, mientras Ben cambiaba de canal con aburrimiento. Toby lo observaba sentado en el salón, retorciéndose y con tics azotando su cuerpo, visiblemente incómodo. Hoodie y Masky se habían ido a la esquina más apartada, susurrando algo que no alcanzabas a escuchar por culpa del sonido de la tele.

Decidiste dejarlos así y te lavaste las manos, después te diriges a la nevera, encontrándote con que estaba... vergonzosamente vacía. Ya que llevabas un tiempo deprimida, no comías mucho que se diga. Probaste suerte en el congelador, encontrándote con algo de pescado, aunque no había mucho. Hiciste una mueca, esperando que fuera suficiente.

Esta iba a ser una noche muy larga.