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[Arco I: Incomodidad]
Habían pasado poco más de dos semanas desde aquel día en el que hiciste un trato con Slenderman y básicamente te convertiste en la ama de casa de varios creepypastas, aquellos asesinos seriales que te habían demostrado que eran más que historias de terror de internet.
No ibas a mentir, se te habían hecho eternas. Habías estado contando los días para dejar tu maldito trabajo, impacientándote con cada hora que pasabas allí encerrada. El hecho de que los creepypastas te molestaran constantemente no ayudaba en nada.
Primero, te habías presentado en la oficina de tu jefe con los hombros encorvados, ojos hundidos, ojeras y una expresión exhausta. Había sido un poco gracioso cuando te observó con preocupación, como si hubiera visto a un fantasma. Eso te pasaba por quedarte hasta tarde hablando con Ben y leyendo historias de terror en internet.
—En dos semanas dimito.
Fue lo único que dijiste. No hubo agresividad o remordimiento en tu voz, sólo un profundo cansancio. Tu jefe te miró con los ojos abiertos en sorpresa.
—¿Por qué? —preguntó, con genuina curiosidad. No parecía enfadado ni decepcionado, lo cual estaba bien. Agradecías que no fuera un imbécil.
Te encogiste de hombros. Habías pasado todo el camino de 20 minutos de ida al trabajo en tu furgoneta pensando en excusas y explicaciones convincentes, tanto si tu jefe te preguntaba por qué justo como estaba ocurriendo ahora, como si de alguna forma tus compañeros de trabajo se enteraban antes de que pudieras marcharte. Por supuesto que no pensabas anunciarlo ni nada por el estilo, pero nunca se sabía.
—Lo siento, pero... he encontrado un trabajo relacionado a lo que estudié que me apasiona más.
La mentira se deslizó de tu lengua con facilidad, aunque por dentro tu corazón bombeaba sangre rápidamente y tus manos sudaban, sintiéndote ansiosa. Incluso con los nervios interiores que te carcomían, siempre habías sido una buena mentirosa.
—Ya veo.
Tu jefe simplemente asintió y no pidió más explicaciones. Eso fue un verdadero alivio y te calmó lo suficiente como para que pudieras salir de la oficina sin temblar.
A partir de ese momento comenzaste a contar los minutos, rogándole a cualquier dios que se te viniera a la mente que acabara con tu tortura de una vez por todas. Sabías que a partir de aquí ya no había vuelta atrás y, en el improbable caso de que pudieras escapar con vida de tu situación actual y empezar de cero, no tendrías forma de justificar todo este tiempo que ibas a pasar desempleada. En serio te habías metido hasta el fondo, ¿eh?
En fin. El último día no te despediste de absolutamente nadie, simplemente te fuiste como si fueras a volver al día siguiente. Excepto que no lo hiciste.
En cuanto a los creepypastas... estuviste más tranquila de lo que creías. Jane y Clockwork se fueron poco después, al igual que los proxies. El único que se quedó fue Ben, bajo la excusa de que sería divertido molestarte. Lamentablemente para ti, lo cumplió. Te asustaba todo el tiempo, movía las cosas de lugar para irritarte y encendía dispositivos digitales de la nada, haciendo que te sobresaltaras. También te pedía que jugaras a videojuegos con él, pero siempre llegabas del trabajo demasiado agotada y no tenías tiempo libre por estar limpiando el barro que los idiotas de Masky, Hoodie y Toby dejaban por toda tu casa. Aparte, tenías que hacer la cena para ti y los demás cuando estaban.
Finalmente, cediste hace unos poco días, cuando ya habías dejado tu trabajo y no había nadie más en la casa que vosotros dos, por lo que podrías tomarte un descanso. La cosa empezó bien, aunque Ben te daba codazos constantemente para hacerte perder a propósito, lo cual conseguía con éxito.
—¡Para! ¡Estás haciendo trampas! —exclamaste, fingiendo estar enfadada, pero tu risa te delataba.
—No sé de qué hablas. Yo no estoy haciendo nada —dijo, haciéndose el loco, aunque tenía una sonrisa traviesa.
Así que como venganza hiciste lo mismo, haciéndole perder. Ben se giró para mirarte, ofendido de manera dramática y exagerada. Nunca se tomaba nada en serio, lo que significaba un cambio refrescante para ti; en contraste con los demás creepypastas que eran muy serios y hasta amenazantes, Ben bromeaba siempre.
—¡Oye!
Sólo pudiste reírte de él. Contra tu buen juicio, te encontraste disfrutando mucho de tu extraña amistad con Ben, incluso si te irritaba a más no poder. Realmente habías estado aislada durante mucho tiempo. Por desgracia para ti, no todo era tan divertido.
Si Ben te molestaba porque habías formado una especie de amistad con él y sólo estaba siendo juguetón contigo, entonces Masky, Hoodie y Toby lo hacían porque estaban decididos a hacerte la vida imposible en tu propia casa. Ya que no podían dañarte físicamente por culpa del trato, entonces conseguirían hacerte fallar y que te hartaras. No era muy difícil darse cuenta de que lo estaban haciendo a propósito, especialmente Masky.
Embarraban TODO el suelo de tu casa con sus botas, tiraban cosas “accidentalmente” y luego no las recogían, te daban empujones con el hombro de forma pasivo-agresiva, te asustaban con regularidad, entre otros. Pequeñas cosas que te hacían estar en alerta todo el tiempo, lo que te estresaba. Al principio intentaste ignorarlo, decidida a no darles la reacción que querían, pero tu paciencia tenía un límite y acababas explotando.
Una vez les gritabas todo lo que llevabas guardado, cada uno tenía diferentes reacciones. Hoodie simplemente se quedaba allí parado, sin moverse, sin hablar, absorbiendo toda tu palabrería. Una vez ya no tenías nada más que decir y simplemente te quedabas en silencio con ligeros jadeos, ladeaba la cabeza y preguntaba:
—¿Has terminado?
Oh. Oh, cuánto te enfurecía esa pregunta. Y sabías perfectamente que debajo de su estúpido pasamontañas, había una sonrisita de come mierda que te encantaría borrar con un puñetazo. Pero no lo hacías, porque eras demasiado consciente de la pistola en su cinturón.
Después, tus peleas con Masky. Eran... explosivas, por decirlo de forma suave. Gritos a todo pulmón que ahuyentaban a cualquiera que estuviera cerca de vosotros. Incluso Ben se largaba, demasiado asustado como para hacer algún comentario burlón. Una vez le agarraste del cuello de la chaqueta y levantaste el puño, pero te detuviste en cuanto habló:
—Adelante. Ten cojones.
Te miraba fijamente a los ojos a través de la máscara, el tono desafiante enfureciéndote aún más. Pero lo que te paralizó realmente fue el pequeñísimo detalle del cañón de su pistola clavándose en tu costado. En el fondo, sabíais que ninguno lo haría realmente. Estabais demasiado temerosos de las consecuencias, mejor conocidas como el castigo inimaginable que Slenderman os impondría.
Tus gritos nunca duraban mucho cuando se trataba de Toby. La forma en la que se encogía y te ponía esa expresión lastimera de perrito regañado hacía que toda tu furia se esfumara. Al final suspirabas, te disculpabas por gritar y Ben se burlaba de ti por ser tan blanda. Sabías que Toby era perfectamente capaz de matarte como los otros, pero teorizabas que las discusiones fuertes le recordaban a su padre, por eso reaccionaba de esa manera. Lo mejor era no llevarle al límite, tenías miedo de que acabara perdiendo el control como en el pasado.
Pero no era unilateral. Con el tiempo, Toby había dejado de molestarte con crueldad a medida que le defendías de Masky cuando discutían o de las burlas de Ben, siempre mostrándote amable con él a pesar de todo. Todavía se burlaba de ti un poco, pero era más bien como Ben, de forma juguetona y sin verdadera intención de lastimarte.
Siendo como es, en algún punto se le escapó que hacían todo esto porque era algo que se le había ocurrido a Masky para echarte de tu propia casa.
—¿Qué? —preguntaste, con el ceño fruncido. Ibas a matar a Masky.
Él te miró con los ojos muy abiertos cuando se dio cuenta de lo que había dicho, negando con la cabeza repetidamente y sin a mirarte a los ojos.
—¡M-mierda! Masky va a matarme... —susurró para sí mismo, un tic azotando su cuello. Cuando se ponía nervioso era más propenso a tener tics con más frecuencia.
Diste un paso hacia él, buscando su mirada, atenta a que intentara escaparse para impedírselo.
—Suéltalo, Tobías. No pienso dejar que te vayas hasta que no me expliques todo esto —dijiste, de forma dura y determinada, cruzándote de brazos.
Él sólo suspiró resignado y dejó caer los brazos a los lados. Te explicó que no deberías haberte involucrado de esta forma y que eras una entrometida, lo cual no negaste porque era cierto que habías escuchado descaradamente alguno de sus planes para las misiones. A Masky se le había ocurrido echarte de manera más “pacífica” para que no tuvieran el trabajo extra de tener que vigilarte para que no le contaras nada a nadie o intentaras delatarlos con la policía, así que decidieron molestarte hasta el cansancio para que te fueras de forma voluntaria. La parte mala de este plan para ti era que, si de alguna forma conseguías escapar con vida, Slenderman te alcanzaría y acabaría contigo independientemente de lo mucho que te escondieras.
Suspiraste fuertemente con irritación, masajeándote las sienes. Maldito dolor de cabeza y maldito Masky.
—Para vuestra información, no le voy a contar nada a nadie. No tengo amigos, corté relación con mi familia menos con mi hermano pequeño, que tiene doce años y no podría ayudarme de ninguna forma, y hace poco dejé mi trabajo. Estoy casi totalmente aislada del mundo. Así que dile al imbécil de Masky que puede relajarse y dejar de vigilarme.
Toby simplemente se encogió de hombros.
—Él y Hoodie s-son muy paranoicos.
Podías entenderlo hasta cierto punto, pero mierda, estabas segura de que ya habías demostrado que eras al menos un poquito confiable.
Deberías haber enfrentado a Masky por su plan de mierda, pero no lo hiciste. Tal vez porque no tenías ganas de empezar una nueva discusión. Finalmente dejaste a Toby en paz, al mismo tiempo que alguien abría la puerta de entrada con un portazo. Por un momento temiste lo peor: Jeff The Killer finalmente había decidido aparecer. Te asomaste con cierto miedo, con Toby haciendo lo mismo detrás de ti, pero no era Jeff, en su lugar se encontraba una Clockwork muy enfadada.
—¿Q-qué estamos mirando e-extactamente...? —preguntó Toby. Diste un chillido y te apartaste de él, sobresaltada.
—¡Toby! ¡No hagas eso, joder!
Él sólo soltó una risita. ¿Por qué se empeñaban todos en asustarte?
—¿Por qué mierda siempre estás gritando? Si no es a Masky, es a Toby o a Ben — Clockwork escupió con irritación, cruzándose de brazos.
Te giraste para darle una respuesta sarcástica, pero te detuviste con la boca abierta al ver su reloj agrietado y con las manecillas paradas, la piel de alrededor morada y ligeramente hinchada.
—Wow, chica, ¿qué te ha pasado?
Ella sólo resopló y no respondió por unos segundos pero al final lo soltó.
—Nada. Simplemente... estaba cazando a un idiota, ¡y tuvo la valentía de golpearme! Por su culpa se me ha roto el reloj.
Hiciste una mueca. Toby perdió el interés rápidamente y se marchó, alegando que todavía tenía cosas que hacer en el bosque.
—Llamadme c-cuando pase algo interesante de v-verdad.
Clockwork lo fulminó con la mirada.
—Que te jodan, Toby.
Suspiraste.
—Deberías quitarte el reloj y ponerte hielo, se te está hinchando. Ven a la cocina, te prepararé un poco.
La mujer te siguió hasta la cocina, quitándose el reloj con dificultad. La observaste por el rabillo del ojo, notando que no hacía muecas ni sonidos a pesar del obvio dolor que estaría sintiendo. Si lo pensabas, nunca habías visto a Clockwork quejarse. No importaba cuán grande o profunda fuera la herida, nunca pondría caras ni lloraría. En cierto modo la admirabas por ser tan fuerte, tanto física como mentalmente.
Ella dejó el reloj en la encimera y se puso el hielo en la cuenca del ojo. Lo miraste, tentada a cogerlo. Lo mejor sería que pidieras permiso primero, los creepys tenían tendencia a ser un poco... territoriales con sus cosas.
—¿Te importa si lo cojo?
Ella se encogió de hombros.
—Mientras no lo rompas más, puedes hacer lo que quieras.
Con cuidado, lo agarraste con tus dedos y lo examinaste. Querías ayudarla de alguna forma, pero no tenías ni idea de arreglar relojes. No tenías ni idea de arreglar nada, de hecho.
—¿No hay forma de arreglarlo?
Clockwork lo examinó en tu mano por un momento.
—No lo sé. Podría intentarlo, pero no recuerdo dónde dejé mis herramientas —suspiró con cansancio. La entendías perfectamente, tú también olvidabas cosas. Aunque recientemente te habías sentido más olvidadiza de lo habitual.
—Tal vez estén aquí. Puedo ayudarte a buscar en tu habitación, si quieres.
Ella asintió y subieron hasta su habitación, todavía con la bolsa de hielo contra su cara. Rebuscaron entre las sábanas, debajo del colchón, debajo de la cama, por los cajones de la cómoda, detrás de ésta, dentro, debajo, detrás y encima del armario y por todos los sitios imaginables, pero no encontraron las herramientas.
—Supongo que aquí no están —dijo, derrotada. Había dejado caer sus hombros hacia adelante con un suspiro.
—Siempre podemos ir a comprar un reloj nuevo a la ciudad.
Ella levantó la cabeza con rapidez, escéptica.
—¿Estás segura? Puedo apañármelas con el que tengo ahora.
Te encogiste de hombros, restándole importancia.
—Aún es temprano y no tengo nada mejor que hacer. Salir de esta casa me vendrá bien.
Clockwork sonrió.
—Está bien.
Así, ambas se prepararon para salir. Te pusiste unos zapatos y ella una bufanda y un parche que cubrieran las atrocidades de su rostro. Natalie se enorgullecía de quien era, pero sabía que lo mejor era no llamar la atención o Slenderman la regañaría. Ambas subieron a tu furgoneta después de que te despediste de Ben y se pusieron en marcha.
El viaje hasta la ciudad fue mayormente silencioso, pero no del todo incómodo, sólo con el suave murmullo de la música de la radio de fondo. Todavía te sentías un poco extraña sobre la situación en la que te encontrabas, pero te habías propuesto hacerla lo más disfrutable posible. Ya que tenías a los creepys a tu disposición, te ganarías su confianza para que, principalmente, dejaran de amenazarte. Y porque tenías curiosidad por saber su punto de vista sobre... todo, en general. Sería interesante analizarlos.
Finalmente entraron en la ciudad, dando vueltas porque no tenías ni idea de dónde había una relojería. Nunca llevabas relojes de muñeca o de bolsillo, por lo que nunca habías necesitado ir a una. Te aparcaste en un lugar aleatorio para poder buscar en Google Maps y dejar de gastar gasolina. Clockwork te miró con una ceja alzada.
—¿Estás segura de que sabes lo que haces?
Le devolviste la mirada con una sonrisa nerviosa y un poco avergonzada.
—Sí, sí, es que... en realidad nunca he ido a una relojería. No lo he necesitado.
No tardaste mucho en encontrar una no muy lejos de donde estabais, por lo que arrancaste y te dirigiste donde te indicaba el mapa. Aparcaste en una zona cercana y ambas os bajasteis.
La tienda por dentro olía a cuero y madera, con varias estanterías de cristal en los laterales mostrando relojes de distintos tamaños y colores. Más adelante había un mostrador, también de cristal, con un señor de mediana edad de tras de él. Tenía una sonrisa cortés y os saludó en cuanto os vio entrar.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarlas?
Ya que eras la menos sospechosa, decidiste hablar tú por Natalie, aunque te sentías un poco ansiosa y tu voz tembló por unos instantes. Habías estado emocionada por salir, pero ahora te sentías nerviosa de que las personas hicieran preguntas que no podrías responder.
—Eh... Querríamos un reloj de bolsillo para mi amiga.
Le diste una sonrisa demasiado amplia al señor, pero él sólo asintió y comenzó a sacar varios relojes de distintos tamaños y acabados. Cogiste uno y lo acercaste a la cara de Clockwork, a la altura de su ojo. El vendedor os miró con mucha confusión.
—¿Puedo saber qué haces? —su tono no fue enfadado o condescendiente, sino... genuinamente confundido.
Giraste la cabeza hacia él, dándote cuenta de que estabais actuacuando como unas verdaderas raritas. Reíste nerviosamente.
—¡Oh...! Eh... Es que mi amiga está buscando uno que sea del tamaño de... su ojo, aproximadamente.
El hombre asintió lentamente, fingiendo que lo entendía. Justo en ese momento apareció por la puerta otra mujer y se dirigió hacia las estanterías de los laterales, preguntando algo que no registraste. El señor la saludó y salió de detrás del mostrador para ayudarla, diciendoos que le aviséis cuando hayáis encontrado el reloj perfecto. Internamente, agradeciste a la señora por aparecer y disipar el ambiente incómodo.
—Rápido, vamos a ver si los demás te quedan.
En cuestión de segundos, cogiste los demás relojes y se los pusiste en la cara otra vez a Clockwork para comprobar si el tamaño coincidía con el de su cuenca. Al final, parecía que sólo dos tenían el tamaño adecuado. Con uno en cada mano, se los enseñaste.
—Entonces, ¿cuál te gusta más?
Natalie los miró durante unos segundos. Uno era plateado, probablemente de acero inoxidable, con una cadena larga y una tapa de cristal que lo recubría, las manecillas acababan en forma de gota y las horas estaban en números romanos. El segundo era dorado y con una cadena, aunque probablemente de acero inoxidable también, con las manecillas en formas intrincadas y las horas en números normales. La tapa era del mismo material que el reloj.
—Me quedo con este —dijo, señalando al plateado con el dedo índice.
Asentiste con una sonrisa, pues a ti también te había gustado más ese. Además, el plateado le quedaba mejor. Poco después apareció el dependiente, volviendo detrás del mostrador.
—¿Han decidido ya cuál se van a llevar?
—¡Sí! Este de aquí.
Le entregaste el reloj al hombre y él asintió. Guardó el resto de relojes donde estaban con una velocidad digna de quién ya ha hecho esto antes y metió el reloj que os ibais a llevar en una cajita de terciopelo. Dijo el precio y tú miraste a Clockwork, pero ella no dudó en sacar un billete y pagar. No te hubiera importado ayudarla si lo hubiera necesitado, pero parecía que tenía todo bajo control. El señor le devolvió el cambio y metió la cajita con el reloj en una pequeña bolsa de plástico, dándoos las gracias por comprar.
Salisteis de la tienda y volvisteis a la furgoneta. Observaste a Clockwork por el rabillo del ojo, quien se había recostado en el asiento del copiloto y miraba fijamente la bolsa entre sus piernas con una expresión indescifrable. Deduciste que todo su enfado se había esfumado, dado que sus hombros se habían relajado y ya no tenía un ceño fruncido, por lo que supusiste que estaba contenta con su compra.
Arrancaste y te pusiste en la carretera para volver a tu casa, subiendo el volumen del altavoz hasta el máximo mientras sonaba una de tus canciones favoritas, lo que la sobresaltó. Le sonreíste mientras acelerabas más allá del límite establecido, con las ventanillas bajadas y alguien gritando insultos hacia ti por ir tan rápido. Tú te reíste abiertamente mientras girabas bruscamente en una esquina. Clockwork dejó escapar una risita mientras se quitaba la bufanda y el parche, dejando ver una cuenca negra, como si el abismo te devolviera la mirada.
Llegasteis a tu casa en tiempo record. Bajaste un poco temblorosa debido a la adrenalina pero con una gran sonrisa. Clockwork también había sido alcanzada por la adrenalina, pues no estaba muy diferente a ti.
—¿Qué harás con la cadena y la corona del reloj? —le preguntaste mientras caminabais una al lado de la otra hacia el porche.
—Los quitaré con algo después de poner la hora.
Pensaste durante unos segundos.
—Creo que tengo unos alicates en algún lado, puedo dejártelos.
Ella asintió. Tu expresión pacífica se convirtió en un ceño fruncido en cuanto viste a Masky en el porche observandoos con expresión indescifrable, la máscara hacia un lado mientras fumaba un cigarrillo. Admiraste su cara al descubierto, ya que era la primera vez que la veías completa.
Qué guapo era este hombre pero qué mal te caía.
—Relájate Masky, ha estado conmigo todo el tiempo. No se te va a escapar —dijo Clockwork con sarcasmo, antes de que él pudiera abrir la boca para quejarse.
Masky viró los ojos.
—Podrías haber avisado, Natalie.
Ella se encogió de hombros.
—No tengo porqué informarte de todo lo que hago.
Natalie avanzó hasta entrar en la casa, dejándote atrás. Tú subiste los dos escalones del porche y te plantaste frente a Masky. Él te miró por unos segundos sin decir nada, después desvió la mirada mientras exhalaba humo hacia un lado.
—Masky —llamaste, tu tono ligeramente severo. Él resopló con irritación, haciendo que más humo saliera de su nariz, pero finalmente te miró—. No pienso marcharme de mi propia casa.
Sus cejas se levantaron en sorpresa, pero no duró mucho. Frunció el ceño con cansancio, dejando caer los brazos a los lados con resignación mientras el cigarrillo permanecía entre sus labios. Tentador.
—Pero puedes seguir intentando echarme si eso te divierte —sonreíste con cinismo, lo que hizo que su ceño fruncido incrementara.
Se quitó el cigarro de la boca mientras se pellizcaba el puente de la nariz.
—Ha sido Toby, ¿verdad?
Te encogiste de hombros y no respondiste. Pasaste por su lado dándole un ligero empujón con tu hombro, como él solía hacer, antes de entrar dentro sin mirar atrás. No escuchaste que dijera nada, probablemente insultándote a ti y a Toby en su mente. En la cocina estaba Natalie, quien te miró con una ceja alzada.
—Has tardado lo tuyo en entrar, ¿eh?
—Estaba... charlando amistosamente con Masky.
Natalie alzó las cejas, no muy convencida, pero ninguno había gritado así que suponía que estaba bien. Ella ya había sacado el reloj y había puesto la hora correcta, así que rebuscaste en los cajones de tu cocina, buscando unos alicates viejos de tu abuelo.
—¡Ajá! —los alzaste, triunfante. Las puntas estaban un poco oxidadas y los mangos descoloridos, pero servirían.
Cortaste un lado de la cadena y la sacaste mientras Clockwork sujetaba el reloj, dejándola en la encimera. Con la corona, sin embargo, no sabías muy bien qué hacer. Tenías miedo de dañar el sistema interno del reloj.
—¿Cómo quitamos la corona?
Clockwork le dio la vuelta, examinándolo.
—Tiene un tornillo aquí, si lo aflojamos podremos quitarla.
Querías decirle que le darías un destornillador, pero no tenías ni idea de dónde estaba la caja de herramientas de tu abuelo. Y tampoco teníais las herramientas de Clockwork, así que poco podríais hacer. Aunque bueno... tu padre solía quitar tornillos con un cuchillo cuando no tenía destornillador, así que no perdiáis nada por intentarlo.
Sacaste un cuchillo del cajón de cubiertos y se lo diste. Ella lo cogió, mirándote confusa.
—Mi padre usaba los cuchillos como destornilladores. Podemos intentarlo.
Ella examinó la punta del cuchillo, asintiendo.
—Podría funcionar como un sustituto. Es una buena idea.
Y así lo hizo. Le costó un poco, pero consiguió aflojarlo lo suficiente para quitar la corona. Una vez eso hecho, volvió a poner el tornillo como estaba.
—¿Vas a quitar la tapa? —preguntaste, mirando el cristal que recubría el dial.
Ella negó con la cabeza.
—La voy a dejar. Así sí me vuelven a dar un puñetazo no se romperá —dijo, con una sonrisa burlesca. Resoplaste con una sonrisa, pero asentiste.
Entonces se colocó el reloj en la cuenca justo en frente de ti. Hiciste una mueca, ya que no te lo esperabas. Una vez puesto, te miró por unos largos segundos sin decir absolutamente nada, lo que te puso un poco nerviosa.
—Yo... —empezó, pero las palabras murieron en su boca rápidamente. Frunció el ceño y simplemente suspiró—...Gracias. Es que... no estoy acostumbrada a que nadie haga algo por mí.
Desvió la mirada, aunque sonaba un poco triste al decir eso último. Sonreíste con compasión.
—No es nada, Clock-
—Natalie —corrigió, interrumpiéndote antes de que pudieras acabar la frase—. Llámame Natalie.
Asentiste lentamente, probando su nombre en tu lengua.
—Está bien, Natalie.
Te puso una mano en el hombro con una pequeña sonrisa antes de ir hacia el salón y sentarse en el sillón, observando con desinterés a Ben jugar mientras él le hacía algún comentario burlón, siendo respondido con un gruñido.
Miraste por la ventana que daba al porche, notando que Masky seguía ahí, fumando. Te preguntaste qué pasaba por su cabeza. Negaste y decidiste ponerte a hacer la cena, contenta de haberte ganado un poco de la confianza de Natalie.
