Actions

Work Header

La puta privada de Ratio

Summary:

El Doctor Ratio compra a Aventurine en una subasta oscura y descubre su coño empapado y traicionero.

Notes:

Quería escribir esto en ingles pero no me daba la cabeza jeje... No tengo suficiente boypussy de Aventurine así que lo escribo yo (soy malo en las etiquetasQaQ)

Work Text:

El martillo golpeó tres veces.
“Vendido al Doctor Veritas Ratio por 8.7 millones de créditos estelares.”

El murmullo de la sala se apagó casi al instante. Nadie se atrevía a seguir subiendo después de que Ratio levantara la mano con esa calma glacial, como si estuviera comprando un libro raro en vez de una persona.

Aventurine fue arrastrado al centro del escenario todavía encadenado por las muñecas, el collar de metal negro con el número de lote grabado brillando bajo las luces frías. Llevaba solo una tela translúcida que apenas cubría lo esencial, empapada de sudor y del perfume barato que le habían echado encima para “mejorar la presentación”. Sus ojos turquesa estaban vidriosos, pero no por drogas: era pura adrenalina y humillación mezcladas.

Cuando lo bajaron del estrado y lo empujaron hacia Ratio, el doctor ni siquiera lo miró de inmediato. Se limitó a firmar el contrato de transferencia de propiedad con su firma elegante y luego, por fin, giró la cabeza.

—Quítale esa cosa asquerosa —ordenó al guardia sin alzar la voz.

La tela fue arrancada de un tirón. Aventurine se estremeció, pero no por el frío.

Ratio lo recorrió con la mirada clínica, casi científica. Bajó los ojos despacio… y se detuvo.

Allí, entre los muslos ligeramente separados por la postura forzada, no había lo que la mayoría esperaba de un esclavo de “entretenimiento masculino premium”.

Un coño hinchado, depilado, ya brillante de humedad traicionera. Los labios externos gruesos, el clítoris asomando, rojo e inflamado, como si el mero hecho de ser observado ya lo hubiera excitado.

Ratio arqueó una ceja. La comisura de su boca se curvó en algo que no llegaba a ser sonrisa.

—Interesante —murmuró—. Parece que la casa de subastas omitió un detalle en el catálogo.

Aventurine apretó los dientes, las mejillas ardiendo.

—No soy… no es… —intentó, pero la voz se le quebró cuando Ratio dio un paso más cerca y, sin pedir permiso, metió dos dedos directamente entre sus pliegues.

El gemido que salió de su garganta fue instantáneo, agudo, vergonzoso.

—Mentirosos o no, estás empapado —dijo Ratio con tono neutro, como si comentara el clima—. Contráctil. Respuesta hiperreactiva. ¿Te excitó que te vendieran como ganado?

Aventurine intentó girar la cara, pero Ratio le agarró la mandíbula con la otra mano y lo obligó a mirarlo.

—No. Mírame. Eres mío ahora. Vas a aprender a no esconderte.

Lo siguiente fue un borrón.

Ratio no esperó a llegar a ninguna habitación privada. Simplemente lo empujó contra la pared del pasillo trasero de la sala de subastas —un corredor sucio, mal iluminado, usado para mover mercancía—, le levantó una pierna y la apoyó en su cadera. La cadena de las muñecas tintineó cuando Aventurine intentó agarrarse de los hombros de Ratio para no caerse.

—No… aquí no… —susurró, pero su coño ya estaba chorreando contra los dedos que Ratio seguía moviendo dentro de él, abriéndolo sin delicadeza.

—Cállate.

El sonido del cinturón de Ratio al abrirse fue obsceno en el silencio. La polla que sacó era gruesa, venosa, ya goteando en la punta. No hubo preparación más allá de la saliva que Ratio escupió directamente sobre su entrada y la humedad que ya lo empapaba todo.

La primera embestida fue brutal.

Aventurine gritó, la espalda arqueándose contra la pared. Sus paredes internas se contrajeron violentamente alrededor de la intrusión, tratando de expulsar y succionar al mismo tiempo. Ratio gruñó, los dientes apretados, y empujó hasta el fondo de un solo golpe, sin pausa.

—Joder… qué apretado estás… —masculló, casi sorprendido—. Parece que nunca te han usado como se debe.

Empezó a follarlo con fuerza, sin ritmo suave ni caricias. Cada embestida hacía que las caderas de Aventurine chocaran contra la pared, que sus tetillas rozaran el pecho de Ratio a través de la camisa, que las cadenas tintinearan como un metrónomo obsceno.

Aventurine lloraba. No de dolor exactamente —aunque dolía—, sino de la vergüenza absoluta de correrse tan rápido, de que su coño se apretara y chorreara alrededor de la polla de un hombre que literalmente acababa de comprarlo.

—Otra vez —ordenó Ratio cuando sintió el orgasmo—. Córrete otra vez. Quiero sentir cómo me ordeñas.

Le agarró las caderas con ambas manos y lo levantó del suelo, obligándolo a envolverle la cintura con las piernas. Así, empalado hasta el fondo, Ratio podía llegar más profundo, golpear ese punto que hacía que Aventurine viera estrellas y balbuceara incoherencias.

—Di que eres mi puta —gruñó contra su oreja.

Aventurine sollozó, negando con la cabeza.

Ratio se detuvo en seco, enterrado hasta la base, y apretó los dedos alrededor de su garganta.

—Di. Que. Eres. Mi. Puta.

Las lágrimas corrían por las mejillas de Aventurine.

—Soy… soy tu puta… —susurró, la voz rota.

Ratio sonrió por primera vez, una sonrisa fría y satisfecha.

—Buen chico.

Y entonces volvió a moverse, más fuerte, más rápido, hasta que se corrió dentro con un gruñido grave, llenándolo hasta que el semen empezó a gotear por los muslos de Aventurine y caer al suelo sucio.

Cuando terminó, no lo bajó con cuidado. Simplemente lo dejó deslizarse hasta el piso, las piernas abiertas, temblando, el coño rojo e hinchado, semen blanco escurriendo lentamente.

Ratio se abrochó el pantalón con calma, se agachó y le levantó la barbilla con dos dedos.

—Mírame.

Aventurine obedeció, los ojos vidriosos.

—Esto fue solo el transporte —dijo Ratio con voz serena—. Cuando lleguemos a casa… vamos a ver cuánto aguantas realmente.

Le puso el collar de nuevo, esta vez con su propio sello personal grabado en la placa.

Luego tiró de la cadena.

—Camina.

Aventurine se levantó como pudo, tambaleándose, con las piernas temblorosas y el semen resbalando por el interior de sus muslos.

Y Ratio lo llevó fuera de la subasta como quien lleva un trofeo recién adquirido.

Porque eso era exactamente lo que era.

 

El trayecto en el aerodeslizador privado fue silencioso, salvo por el zumbido bajo de los motores y los jadeos entrecortados de Aventurine.

Ratio no le había permitido limpiarse.
El semen seguía resbalando lentamente por sus muslos, mezclándose con su propia humedad, formando charcos pegajosos en el cuero del asiento. Cada vez que el vehículo se inclinaba en una curva, Aventurine sentía cómo se deslizaba más, cómo se enfriaba contra su piel caliente y expuesta. Intentó cerrar las piernas por instinto; Ratio, sin siquiera mirarlo, le puso una mano firme en la rodilla y las abrió de nuevo, dejándolo expuesto como si fuera una mercancía en exhibición.

—No te cubras —dijo con esa voz plana, casi aburrida—. Ya pagué por verte así.

Aventurine apretó los puños en las cadenas. Las muñecas ya estaban enrojecidas, pero no se quejó. Sabía que cualquier protesta solo empeoraría las cosas.

Cuando llegaron a la residencia privada de Ratio —un edificio minimalista y frío en las alturas de la estación, todo vidrio oscuro y metal pulido—, el doctor no lo llevó directamente a una habitación. Lo condujo por un pasillo lateral hasta una sala que Aventurine reconoció de inmediato por los rumores: el “laboratorio privado” de Veritas Ratio.

No era un laboratorio de investigación científica común.
Era una sala de entrenamiento, disección y placer sádico disfrazado de experimentación.

Luces blancas frías. Una mesa de acero inoxidable con correas en las cuatro esquinas. Estanterías llenas de instrumentos que no parecían médicos en absoluto. Y en el centro, una silla de examen con estribos abiertos y ajustables.

Ratio tiró de la cadena.

—Siéntate.

Aventurine obedeció con piernas temblorosas. Apenas tocó el asiento, Ratio le levantó las piernas y las colocó en los estribos, abriéndolo por completo. Los tobillos quedaron sujetos con correas de cuero acolchado. Las muñecas, todavía encadenadas, fueron atadas por encima de su cabeza a un soporte elevado.

Ratio se puso unos guantes negros de nitrilo con movimientos precisos, casi rituales.

—Primera observación —dijo mientras encendía una cámara que apuntaba directamente entre sus piernas—. Estado post-coital inmediato. Dilatación notable, inflamación de labios mayores y menores, clítoris persistentemente erguido, secreción mixta de semen y lubricación natural. pH… —metió dos dedos sin aviso y los sacó cubiertos de blanco— …alcalino, consistente con eyaculación reciente.

Aventurine giró la cara, las orejas ardiendo.

—No soy un maldito espécimen…

Ratio le pellizcó el clítoris con fuerza entre el pulgar y el índice. El grito fue instantáneo.

—Eres exactamente lo que yo decida que seas —respondió con calma—. Ahora mismo, eres mi sujeto de estudio. Y vas a permanecerlo hasta que yo diga lo contrario.

Sacó un speculum metálico frío de un cajón. Lo abrió lentamente frente a los ojos de Aventurine para que viera cada centímetro.

—No… eso no… —la voz se le quebró.

Ratio no contestó. Simplemente lubricó el instrumento con el semen que todavía goteaba de él y lo deslizó dentro sin preámbulos.

Aventurine arqueó la espalda, las cadenas tintineando violentamente. El metal frío contrastaba brutalmente con su calor interno. Ratio giró la válvula, abriéndolo centímetro a centímetro, exponiendo las paredes rosadas y brillantes, el semen acumulado en el fondo, la entrada al cérvix que se contraía con cada latido.

—Muy receptivo —murmuró Ratio, inclinándose para observar de cerca—. Capacidad de dilatación superior a la media. Elasticidad notable. —Metió un dedo junto al speculum, empujando el semen más adentro—. Y retención… excelente.

Aventurine sollozaba ahora, no de dolor, sino de la humillación absoluta de ser abierto y comentado como un objeto de laboratorio.

Ratio dejó el speculum colocado y tomó un vibrador médico grueso, de los que se usan para “estimulación controlada”. Lo encendió en la velocidad más baja… y lo apoyó directamente contra el clítoris expuesto.

El cuerpo de Aventurine se convulsionó al instante.

—¡No— no puedo— ya—!

—Cállate o te amordazo —dijo Ratio sin emoción, subiendo la intensidad un nivel.

El orgasmo llegó en menos de un minuto, violento, empapando la mesa, el speculum, los guantes de Ratio. Aventurine gritó hasta quedarse sin voz, las caderas levantándose solas contra el instrumento.

Ratio no lo apagó.

Siguió.

Segundo orgasmo. Tercero. Cuarto.

Para el quinto, Aventurine ya no gritaba: solo gemía roto, la cabeza colgando, lágrimas y baba mezclándose en su barbilla, el coño hinchado y rojo, palpitando alrededor del speculum, contrayéndose inútilmente.

Ratio por fin retiró el instrumento y el vibrador. Se quitó los guantes y se limpió las manos con parsimonia.

Luego se acercó y le limpió la cara con un paño húmedo, casi con ternura clínica.

—Mírame.

Aventurine apenas pudo enfocar. Los ojos turquesa estaban desenfocados, vidriosos.

—Buen sujeto —dijo Ratio en voz baja—. Has aguantado más de lo que esperaba para la primera sesión de calibración.

Le soltó las muñecas y los tobillos, pero no lo ayudó a bajar. Simplemente lo dejó caer de rodillas en el suelo, temblando, con las piernas abiertas y el coño todavía goteando.

Ratio se agachó frente a él, le levantó la barbilla.

—Esta noche dormirás aquí, encadenado a la mesa. Mañana empezaremos con la fase dos: resistencia a la penetración prolongada y entrenamiento de garganta.

Le puso un plug grueso y pesado en el coño, sin lubricante adicional, solo con lo que ya había dentro.

Aventurine gimió largo y bajo cuando el plug se asentó, sellando todo el semen en su interior.

Ratio se levantó, apagó las luces principales y dejó solo una luz tenue de emergencia.

—Descansa —dijo desde la puerta—. Vas a necesitar fuerzas.

Y cerró con llave.

Aventurine se quedó allí, desnudo, encadenado, lleno, temblando en la oscuridad.

Sabiendo que esto apenas comenzaba.

Y que, por más que lo negara, su cuerpo ya había decidido que quería más.