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Sunflower

Summary:

Kazuki Onryou siempre se vio como alguien extraña. Destacaba en cosas que los niños de su edad apenas notaban más allá de lo básico, como los duelos de monstruos; pero a ella no le interesaba el combate en sí, sino la tecnología detrás de estos y los avanzados campos de Solid Vision que permitían ejecutar las cartas virtualmente durante las batallas.

Ese mundo la fascinó desde pequeña, y terminó investigando por su cuenta para aprender a fabricar ese tipo de ingeniería; después de todo, su familia se dedicaba a la investigación científica desde que ella era una niña.

Aun así, jamás habría imaginado encontrar una amistad tan improbable con un chico de cabello estilo Kuriboh.

Y bueno, ¿qué podía esperar de eso? Al final de cuentas, apreciaba tenerlo a su lado.

Sí... tener a Juudai Yuuki la hacía feliz.

 

...

 

Nada de copiar está obra, ¡Todos los derechos de autor de Yu-Gi-Oh pertenecen a Konami y a su difunto creador!. Kazuki es totalmente de mi propiedad.

Yo solo me divierto creando esto.

Chapter Text

Kazuki Onryou definitivamente no soportaba los hospitales. Ni un poco. No era por miedo a un chequeo médico ni por algún trauma oculto; Simplemente les tenía un desagrado extraño, difícil de explicar.

 

Estaba allí esperando a que sus padres terminaran de conversar con sus tíos, quienes acababan de recibir a un nuevo bebé en la familia. Un primo más y, siendo bastante menor que ella, probablemente no la recordaría demasiado cuando creciera. Así era siempre con los Onryou: demasiados parientes para recordar nombres y rostros, una cadena infinita de familiares que se acumulaba desde que tenía memoria.

 

Desde que se mudaron a Ciudad Domino, Kazuki no podía evitar comparar la ciudad con Tokio. Los edificios eran tan altos como los rascacielos que conocía, pero faltaban los distritos, los templos y los rincones históricos de su hogar natal. Aquello la decepcionaba un poco. Aun así, Domino tenía algo que sí logró llamar su atención: la tecnología.

 

Sus ojos nunca dejaban de observar las pantallas holográficas gigantes o los nuevos espacios de recreación distribuidos por la ciudad, muchos de ellos construidos gracias a productos de KaibaCorp en colaboración con Horloge Corporation, la empresa de su familia. El lugar estaba lleno de paneles interactivos, sistemas de Solid Vision de última generación e incluso modelos preliminares de Real Solid Vision, la variante capaz de generar hologramas con masa, la misma tecnología que hacía tan realista el daño en los Duelos de Monstruos.

 

Sus padres se habían mudado a Domino pensando que así evitarían los viajes constantes desde Tokio, porque “ahorraba tiempo”. Y terminaron viviendo en un barrio bastante elegante, en una calle donde los departamentos eran tan caros que Kazuki solo podía bufar mentalmente ante el dinero gastado.

 

Así, la niña terminó vagando sola por los pasillos del hospital. Mientras sus familiares seguían con la emoción del nacimiento, decidió explorar un poco. Desde que entró al edificio había notado que la mayoría de los equipos parecían haber sido donados por KaibaCorp: el logo estaba por todas partes. Aunque, pensándolo bien, tenía sentido. Su padre solía comentar, cuando creía que ella no lo escuchaba que Seto Kaiba realizaba donaciones periódicas a hospitales, orfanatos y centros de desarrollo tecnológico. Un mundillo de ricos, como ella pensaba, con sus ventajas y desventajas.

 

Siguió caminando hasta la sala de espera. Médicos corriendo, paramédicos entrando y saliendo, pacientes aburridos en las sillas… nada interesante. Finalmente se sentó y se dedicó a mirar fijamente el reloj de la pared, porque era, honestamente, lo más emocionante que podía hacer.

 

Llevaba el cabello rojizo recogido en una coleta alta, sujeto por un broche con forma de girasol. Aún estaba con su uniforme escolar, ya que la habían retirado temprano de clases para visitar a la familia.

 

—Esto es aburrido… —murmuró, recostándose en la silla, intentando parecer todo lo disgustada que realmente estaba.

 

Pasaron unos veinte minutos antes de que sus padres la encontraran. Volvió a la habitación de sus tíos, saludó y se despidió con la educación que se esperaba de ella y, finalmente, regresaron a casa.

 

El viaje en auto fue silencioso, más allá de las conversaciones triviales de adultos que Kazuki prefería ignorar. Llegaron a su hogar: una casa japonesa moderna, marrón, con tejas negras tradicionales y una puerta metálica con timbre electrónico.

 

Su padre, Jigoku Onryou, un hombre de hombros anchos, cabello negro y expresión perpetuamente seria, salió del auto primero, contestando una llamada antes de desaparecer en dirección a su despacho. Su madre, Makai Onryou (Akarui de soltera), una mujer de cabello pelirrojo ondulado y carácter mucho más cálido, entró junto a ella a la sala principal.

 

Makai miró a su hija con una mezcla de sonrisa amable y ojos preocupados.

 

—¿Por qué te fuiste de la habitación de tu tía Aiko, Kazuki? —preguntó en voz baja.

 

—Ya demostré mi presencia, agradecí por el nacimiento de un nuevo primo… el segundo que tengo por parte de papá. ¿Eso estuvo mal? —respondió Kazuki, mirándola con sus ojos ámbar idénticos a los de su madre.

 

Makai suspiró.

 

—Deberías… socializar más, Kazuki. — 

 

El mismo discurso de siempre. Kazuki nunca había sido buena haciendo amigos. No tenía los intereses “normales” que los niños deberían tener, como el Duelo de Monstruos.

 

En realidad, el juego no le importaba demasiado. Entendía las reglas, conocía los efectos, pero ¿jugarlo? No lo veía en sus planes de vida. Le interesaba mucho más la tecnología detrás: el Solid Vision, la forma en que KaibaCorp lograba dar textura, color, sonido y masa a las proyecciones; los sistemas de Damage Simulation que hacían sentir el impacto de un monstruo o una trampa; los servidores que procesaban en tiempo real la energía usada para estabilizar los hologramas.

 

Eso, para ella, era fascinante. Mucho más interesante que quedarse quieta en un sitio lanzando cartas y recitando efectos durante varios minutos.

 

Su madre volvió a suspirar y negó con la cabeza.

 

— Deberías aprender que, si hicieras amigos, saldrías mucho más que… bueno, que de tus hobbies. — 

 

Kazuki bufó ante sus palabras, pero no respondió.

 

—Ya estoy acostumbrada a que me traten como el bicho raro, madre. Las demás niñas ya estaban juzgándome sobre si incluirme en su grupo o no solo porque no quería jugar un duelo. Cuando les dije que no, simplemente se alejaron. Dudo mucho que encuentre amigos aquí… —murmuró lo último.

 

La mujer la observó fijamente y luego esbozó una sonrisa suave. Se acercó y se arrodilló frente a ella.

 

—Sé cómo se siente eso. No saber cómo encajar, sentir que uno no entra en el molde y terminar excluido. Yo pasé por lo mismo en mi juventud. Pero debo recordarte algo: siempre encontrarás a alguien que pueda comprenderte tal como eres, mi pequeña genio. —Su sonrisa se volvió más esperanzadora, lo que hizo que Kazuki levantara la mirada hacia ella.— Solo tienes que seguir buscando y, eventualmente, aparecerá.

 

Se levantó después de su pequeño discurso y comenzó a tararear, pensativa.

 

—¿Qué tal si sales al barrio y ves si hay niños de tu edad en el parque de la zona? He escuchado que muchos días está lleno de ellos. Tal vez ahí puedas encontrar a un amigo. —Miró a su hija con una sonrisa cálida.— ¿Qué te parece?

 

Kazuki no dijo nada, pero se encogió de hombros. Su madre se alegró y aplaudió ante aquel gesto.

 

—¡No regreses tan tarde, o tu padre se preocupará! —le gritó mientras la niña se alejaba de la casa.

 

Kazuki asintió y agitó la mano en señal de despedida mientras caminaba hacia el parque del barrio.

 

...

 

Ahora Kazuki llegó finalmente al parque. Lo observó por unos segundos y concluyó que era un lugar bonito.

 

Había varios arbustos y árboles naturales repartidos por el área, distintos tipos de juegos infantiles y algunas mesas donde la gente podía sentarse a charlar. Era un sitio tranquilo, en cierto modo.

 

Mientras avanzaba, notó que varios niños jugaban allí; algunos estaban enfrascados en duelos, otros se divertían en los juegos del parque. Sin embargo, ninguno le parecía tener la pinta de convertirse en un “potencial amigo”.

 

Recordó las palabras de su madre y trató de buscar con la mirada a un niño o niña con quien pudiera conectar, pero sus esperanzas se iban apagando poco a poco. No fue hasta que una pelota de fútbol chocó contra sus pies que se detuvo para mirarla.

 

La pelirroja arqueó una ceja y la recogió. Estaba llena de tierra —como debía estarlo— y algo vieja, según las costuras que alcanzaba a ver.

 

Antes de decidir si alguien la había perdido o simplemente la habían dejado ahí, escuchó la voz de un niño detrás de ella.

 

—¡Ah, encontraste mi pelota! ¡Gracias!

 

Kazuki parpadeó ante la voz y se giró, encontrándose con un niño que, por alguna razón, la sorprendió… pero no en un mal sentido.

 

Era pequeño, quizás de su misma edad —entre ocho y diez años— y llevaba una camisa blanca y shorts llenos de tierra. En la camisa había un gran logo rojo de “10 HERO”, contrastando con lo sucia que estaba por el juego. Tenía varias curitas en las rodillas y una herida leve, visible pero no grave.

 

Cuando Kazuki levantó la vista, encontró un cabello… increíblemente parecido al de un Kuriboh. No pudo evitar soltar una risa suave ante el parecido.

 

Pero lo que más la desconcertó fueron los ojos del niño: grandes, marrones como chocolate, y llenos de sorpresa… ¿y miedo? No sabía por qué la miraba así.

 

—…¿Esta es tu pelota? —preguntó con suavidad, extendiéndosela.

 

El niño la tomó con cautela y asintió.

 

—Sí… Vine a jugar, pero olvidé mi deck en casa… —murmuró, con un puchero de tristeza muy marcado, completamente genuino.

 

Kazuki lo observó unos segundos y luego miró alrededor. Algunos niños los señalaban, otros susurraban, varios miraban a Judai con una mezcla de miedo y burla. Fue suficiente para que frunciera el ceño.

 

—¡Ey! ¡Miren para otro lado, no somos un espectáculo gratis! —

 

Su grito retumbó en el parque; varios niños salieron corriendo del susto y otros simplemente dejaron de mirar.

 

El chico de la pelota la contempló con sorpresa absoluta, impresionado.

 

—¡Guau! ¿Eres nueva aquí? —preguntó con los ojos brillando, claramente fascinado y sin rastro de timidez.

 

Kazuki bufó.

 

—Sí… Me mudé hace unas semanas. —Pensó un momento y luego agregó—. Me llamo Kazuki Onryou. ¿Cuál es tu nombre?

 

El niño parpadeó, pero enseguida una sonrisa enorme, luminosa y muy propia de él, apareció en su rostro.

 

—¡Soy Juudai Yuki! ¿Así que no eres de aquí? ¿De dónde vienes? ¿Está lejos? ¡Tu apellido suena súper japonés! ¿Vivías antes en otra parte de Ciudad Domino? ¿Te mudaste hace poco? ¿Te gusta Duel Monsters? ¿Ya te duelaste alguna vez? —

 

Juudai, ahora sabía su nombre, la bombardeó con preguntas como si fueran disparadas por una ametralladora, sin mala intención, solo pura curiosidad y emoción infantil.

 

Kazuki suspir, ya acostumbrndose.

 

—No soy de aquí, soy de Tokio. ¡Y, por supuesto, mi apellido es japonés! ¿Por qué se supone que soy extranjera? —

 

Juudai rió como si no entendiera su propio impulso de hablar tanto.

Y así fue como dos “excluidos” del parque se conocieron… para terminar convirtiéndose en grandes amigos.