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Mira más de cerca hasta que mi daga toque tu piel

Summary:

Aunque juré no hacerlo finalmente sucedió, le pedí a la IA una historia de este fandom. Y si a alguien le ofende que esté escrito por IA, amigo mejor ahorrese su veneno. Estas historias son hechas por esa IA en mi tiempo libre para mí, porque las disfruto y si las publico es porque así lo quiero. Comentarios despectivos serán eliminados.

 

Viserys viaja en el tiempo pero eso no es todo lo que hace.

Chapter Text

La muerte no fue el alivio silencioso que Viserys Targaryen había esperado tras años de agonía y podredumbre. Al exhalar su último aliento, no hubo un reencuentro con Aemma en los jardines del eterno verano; en su lugar, se vio condenado a una existencia etérea, un observador impotente encadenado a los muros de la Fortaleza Roja. Como un susurro en el viento, vagó por los pasillos que una vez gobernó, viendo cómo los cimientos de su legado se desmoronaban bajo el peso de la ambición que él mismo había permitido florecer.

Vio a Otto Hightower, con esa expresión de fría eficiencia que tanto había confundido con lealtad, manipulando al Consejo antes de que su cuerpo estuviera siquiera frío. Vio a Aegon, su primogénito varón, ser ungido con una corona que no le pertenecía, mientras la sombra de la traición oscurecía el Trono de Hierro. Pero lo que fracturó su alma espectral fue el regreso de Aemond desde Bastión de Tormentas. Viserys presenció la llegada del joven príncipe, con el ojo de zafiro brillando con un orgullo oscuro tras haber derramado la sangre de Lucerys, el dulce y joven Luke. Esperaba horror en los ojos de Alicent, esperaba castigo de Aegon, pero solo encontró una celebración grotesca. Aegon brindaba por la muerte de su sobrino mientras Helaena, tonta e inútil Helaena, levantaba una copa con una sonrisa vacía que heló la sangre invisible del fantasma.

En ese momento de lucidez póstuma, Viserys comprendió la magnitud de su fracaso. Los Hightower no eran aliados; eran una plaga que se había alimentado de la fuerza del dragón hasta dejarlo como un cascarón vacío. Sus hijos con Alicent no eran los salvadores de su estirpe, sino un desperdicio de la sangre de la Antigua Valyria, seres moldeados por el rencor de un abuelo ambicioso y la amargura de una madre que se creía mártir.

—Son parásitos —susurró el espectro, aunque nadie podía oírlo—. He entregado mi reino a los buitres.

Entonces, la oscuridad lo reclamó. No fue un desvanecimiento, sino un tirón violento, como si una mano invisible lo arrancara de la corriente del tiempo.

Cuando Viserys volvió a abrir los ojos, el peso de su cuerpo lo abrumó. No sentía el vacío de la muerte, sino el dolor sordo de una espalda que aún no estaba encorvada por la lepra, y la extraña plenitud de tener dos brazos y un rostro completo. El aire olía a incienso y cera de abejas.

—Majestad, es hora —dijo una voz joven y familiar.

Viserys giró la cabeza con lentitud, sintiendo el crujido de sus articulaciones. Un sirviente, cuyo nombre apenas recordaba de las décadas pasadas, estaba de pie junto a su lecho, sosteniendo una bandeja con vino y frutas.

—¿Hora de qué? —preguntó Viserys, su voz sonando profunda y fuerte, carente de la debilidad de sus últimos años.

—Para ir al Septo, mi señor. Los invitados ya están llegando para asistir a su matrimonio.

El sirviente señaló hacia la cama, donde reposaban las vestiduras reales. Eran de una seda roja vibrante, con bordados en oro que representaban al dragón de tres cabezas, diseñadas para un hombre que celebraba una nueva unión y la esperanza de una paz duradera. Viserys las miró con un asco que apenas pudo contener. Recordó ese día. Recordó la mirada triunfante de Otto bajo su máscara de humildad y la timidez calculada de Alicent tras sus velos de seda.

—Retírate —ordenó Viserys, su tono cortante como el acero valyrio.

—Pero Majestad, los preparativos...

—¡He dicho que te retires!

El sirviente salió a toda prisa, dejando al Rey a solas con sus recuerdos y su nueva realidad. Viserys se levantó, sintiendo la vitalidad de su cuerpo joven, pero su mente era la de un anciano que había visto el fin del mundo. Se acercó al espejo y se contempló. Todavía tenía su cabello plateado en abundancia, sus ojos estaban claros y su piel intacta. Era un hombre en la cima de su poder, y por primera vez en toda su vida, sentía que sabía exactamente qué hacer con él.

Caminó hacia su armario personal, ignorando las galas matrimoniales. Sus dedos buscaron entre las perchas hasta encontrar lo que deseaba: una túnica de lana negra, sencilla, sin más adorno que unos discretos cierres de plata. Era la ropa de un hombre de luto, no la de un novio. Se vistió con movimientos mecánicos, sintiendo que cada capa de tela era una declaración de guerra.

Su mirada recayó entonces sobre la capa de novia que descansaba en un baúl de madera de cedro. Estaba destinada a ser la capa de Alyssa Targaryen, una reliquia de su madre que debía simbolizar la aceptación de Alicent en el seno de la familia real. Viserys la tomó en sus manos, sintiendo la suavidad de la seda, y un arranque de ira sagrada lo poseyó.

—No —gruñó—.

Buscó en el fondo del arcón, revolviendo mantas viejas y harapos que se usaban para limpiar el polvo de las armaduras en los niveles inferiores, hasta que encontró lo que buscaba. Era una capa antigua, una que pertenecía a un antepasado menor, cuyo tejido estaba tan desgastado que el color negro se había vuelto un gris ceniciento. El emblema del dragón en la espalda estaba deshilachado, con hilos sueltos que colgaban como miembros amputados, y el color rojo de las alas se había desvanecido hasta parecer una herida vieja y seca.

Con la capa bajo el brazo y el corazón latiendo con una furia fría, Viserys salió de sus aposentos.

El trayecto hacia el Septo fue un camino de murmullos. Los guardias y cortesanos se detenían al verlo pasar, intercambiando miradas de confusión al ver a su Rey vestido de negro absoluto, como si caminara hacia su propio funeral. Pero Viserys no veía a nadie. Su mente estaba fija en la imagen de un joven Lucerys cayendo hacia las olas, y de una Rhaenyra llorando ante una pira funeraria.

Al llegar a las puertas del Septo, Otto Hightower lo esperaba. La Mano del Rey lucía su mejor túnica de terciopelo verde, con la insignia del cargo brillando en su pecho. Su sonrisa era amplia, la sonrisa de un hombre que creía haber ganado el juego de tronos antes de que comenzara.

—Majestad —dijo Otto, inclinándose—, estáis... curiosamente vestido. ¿Acaso ha ocurrido algún contratiempo? De ser así, yo...

Viserys lo miró directamente a los ojos. Otto vaciló por un instante ante la intensidad de esa mirada, una que nunca había visto en su amigo y soberano. No era la mirada de un hombre complaciente, sino la de un dragón que observa a una presa.

—Es el atuendo adecuado para un sacrificio, Otto —respondió Viserys con voz gélida—. ¿No es eso lo que estamos haciendo hoy?

Antes de que la Mano pudiera responder, las puertas se abrieron.

El interior del Septo estaba lleno de la nobleza de los Siete Reinos. Al final del pasillo, junto al altar del Padre, esperaba Alicent. Vestía de blanco y dorado, con una corona de ridícula en su indigna cabeza y una expresión de sumisión que a Viserys ahora le resultaba repugnante. Sabía que bajo esa fachada de deber religioso se escondía la mujer que pasaría años envenenando el corazón de sus hijos contra su propia hermana.

Viserys comenzó a caminar. A su lado, divisó a Rhaenyra. Su hija estaba de pie entre la multitud, con el rostro pálido y los ojos rojos de tanto llorar. La culpa lo golpeó como un mazazo físico. Quería detenerse, abrazarla y pedirle perdón por la traición que estaba a punto de consumar, pero no pudo. Si se detenía ahora, si flaqueaba ante su amor por ella, el resto del plan se desmoronaría. Apartó la vista de ella con un esfuerzo supremo y continuó hacia el altar.

Alicent le dedicó una pequeña sonrisa temblorosa mientras él se posicionaba a su lado. El Septon Supremo comenzó la ceremonia, recitando las letanías habituales sobre la unión de dos almas y la fuerza de la corona. Viserys permanecía como una estatua de piedra, su rostro una máscara de indiferencia absoluta.

Cuando llegó el momento de colocar la capa de protección sobre la novia, Viserys hizo un gesto brusco. Otto, que sostenía la capa de la princesa Alyssa, se adelantó con paso firme, pero Viserys lo detuvo con una mano extendida.

—No —dijo, lo suficientemente alto para que los primeros bancos lo oyeran—. Esa no.

Sacó la capa raída y decolorada que llevaba oculta bajo su propio brazo. Un murmullo de asombro recorrió el Septo. Alicent parpadeó, confundida, mientras Viserys desplegaba la tela deshilachada. Sin una pizca de ternura, la arrojó sobre los hombros de la joven, cubriendo sus finas sedas con el trapo ceniciento.

—¿Majestad? —susurró Alicent, su voz quebrada por la humillación—. ¿Qué es esto?

—Es la medida de tu valor en esta casa, Lady Alicent —respondió él en voz baja, solo para ella—. No esperes más de lo que mereces.

El Septon, visiblemente nervioso, continuó con los votos. Cuando llegó el momento de la confirmación, Viserys pronunció las palabras de manera mecánica, como quien lee una sentencia de muerte.

—Yo, Viserys de la Casa Targaryen, te tomo a ti, Alicent de la Casa Hightower...

No hubo calidez. No hubo el brillo de esperanza que había sentido la primera vez que se casó con ella. Solo una resolución férrea. Al terminar los votos, el Septon anunció:

—Ahora, podéis sellar esta unión con un beso.

El silencio se apoderó del lugar. Los invitados se inclinaron hacia adelante, esperando el gesto tradicional. Alicent cerró los ojos y se inclinó levemente hacia él, ofreciéndole sus labios. Viserys, sin embargo, dio un paso atrás. La miró con un desprecio tan evidente que la joven retrocedió como si hubiera sido golpeada.

—No habrá beso —declaró Viserys al Septon y a la audiencia—. El deber ha sido cumplido. Los votos han sido dichos. No hace falta teatro.

El escándalo fue inmediato, un murmullo creciente que amenazaba con devorar la solemnidad del acto. Otto Hightower dio un paso al frente, con el rostro rojo de indignación contenida, pero el Septon, apresurándose a terminar para evitar un desastre mayor, levantó sus manos.

—En presencia de los Siete, presento ante ustedes al Rey Viserys y a su... a la Reina Alicent.

—¡Silencio! —La voz de Viserys tronó, rebotando en las bóvedas del Septo. Se giró hacia el sacerdote, su mirada ardiendo—. Corrija sus palabras, Septon. No ha presentado a una reina.

—Majestad... no entiendo... —balbuceó el hombre.

—Lady Alicent no es reina. Ni lo será jamás —declaró Viserys, volviéndose hacia la multitud de nobles—. El título de Reina es uno de honor, de linaje y de derecho. Esta mujer es mi segunda esposa, y como tal, a partir de este momento, será conocida única y exclusivamente como "La Segunda Consorte".

Un jadeo colectivo llenó el aire. Otto Hightower finalmente perdió la compostura.

—¡Viserys! Esto es un insulto sin precedentes... es vuestra esposa, la madre de los futuros príncipes...

—Es la hija de una casa vasalla que ha ascendido por encima de su posición —le espetó Viserys, silenciándolo con una frialdad que nadie creía posible en él—. Su origen es demasiado humilde para que su cabeza soporte el peso de una corona. Rhaenyra es mi heredera, y ella es la única que ostentará el título de reina algún día en esta corte. Dirigirse a Lady Alicent como "Reina" será considerado, desde este instante, un acto de sedición y traición contra la corona.

Alicent comenzó a sollozar abiertamente, sus manos apretando la tela sucia de la capa vieja sobre su pecho. La humillación era total, pública y devastadora. Viserys no sintió lástima. Recordó a Alicent exigiendo el ojo de Lucerys en el salón de Marcaderiva, recordó su amargura destrozando la infancia de Rhaenyra, y su corazón se mantuvo firme.

—La ceremonia ha terminado —dijo Viserys.

Sin mirar atrás, sin ofrecer el brazo a su nueva consorte, Viserys bajó del altar y caminó por el pasillo central. Los nobles se apartaban a su paso como si fuera un espectro de la fatalidad. Al salir a la luz del sol, sintió el aire fresco de Desembarco del Rey, pero no se detuvo. Subió a su litera real solo, dejando que Alicent tuviera que ser escoltada por su padre, caminando tras el Rey como una suplicante más que como una consorte.

Al llegar a la Fortaleza Roja, el caos ya se había adelantado. Los criados corrían de un lado a otro preparando el gran banquete de bodas que Otto había planeado durante semanas. Mesas cargadas de faisanes, jabalíes, vinos de postre y fuentes de oro llenaban el gran salón.

Viserys llamó al Lord Mayordomo de inmediato.

—Majestad, felicidades por...

—Reducid el banquete a la mitad —ordenó Viserys sin detenerse—. No, a menos de la mitad. Quitad los vinos caros, llevados la comida de lujo.

—Pero, señor... los invitados... la familia Hightower...

—He dicho que se reduzca. Todo lo que sobre, todo lo que se ha preparado en exceso para esta farsa, que se cargue en carros de inmediato. Quiero que se reparta en el Lecho de Pulgas. Que el pueblo llano coma en nombre del Rey y de su única y verdadera heredera, la Princesa Rhaenyra. Que sepan que su Rey no gasta el tesoro en vanidades mientras ellos pasan hambre.

El mayordomo asintió, aterrorizado, y comenzó a dar órdenes a gritos.

El banquete que siguió fue una sombra lúgubre de lo que debería haber sido. Las mesas esaban llenas pero el ambiente era tan tenso que el menor ruido de un cubierto contra un plato sonaba como un disparo. Viserys se sentó en el centro de la mesa alta, ignorando la silla vacía a su derecha donde Alicent debería haber estado radiante. Ella llegó más tarde, con los ojos hinchados y la capa vieja aún sobre sus hombros, pues no se había atrevido a quitársela por miedo a una represalia mayor. Se sentó en silencio, una figura marchita en medio de la opulencia reducida.

Otto se sentó cerca, intentando mantener una conversación con otros señores para salvar las apariencias, pero sus ojos no dejaban de buscar los de Viserys, buscando al amigo que creía conocer, al hombre que podía manipular con un susurro sobre el deber y la tradición.

Viserys bebió agua, negándose a tocar el vino. Observaba a Otto desde la distancia de su conocimiento futuro. Veía cada movimiento de la Mano, cada inclinación de cabeza, y en su mente, veía al parásito que era. Pero por ahora, fingiría. Mantendría al enemigo cerca, no por afecto, sino para asegurarse de que cuando llegara el momento de aplastarlo, no quedara nada más que cenizas.

Rhaenyra estaba sentada al otro lado del salón, observando a su padre con una mezcla de asombro y terror. Sus ojos se encontraron por un breve segundo. Viserys no sonrió, pero en la profundidad de su mirada, le envió una promesa: Esta vez, hija mía, el reino no te será arrebatado. Esta vez, el dragón se despertó antes de que fuera demasiado tarde.

El Rey se puso en pie, haciendo que el silencio en el salón fuera absoluto. No miró a Alicent, no miró a Otto. Miró a su hija.

—El día ha sido largo —dijo con voz clara—. El banquete ha terminado. Que cada cual busque su descanso. Yo tengo mucho en lo que reflexionar.

Se retiró dejando atrás el murmullo de una corte que, por primera vez en años, sentía verdadero miedo de su Rey. Viserys caminó hacia sus aposentos, sintiendo el peso de la corona sobre su cabeza, pero esta vez, no le pesaba como una carga, sino como un arma.

La noche en la Fortaleza Roja siempre había sido un laberinto de secretos, pero para Viserys, esta primera noche de su nueva vida era una vigilia de guerra. Se encontraba solo en sus aposentos, contemplando la maqueta de la Antigua Valyria que tanto tiempo le había robado en su existencia anterior. Aquella maqueta era el símbolo de su obsesión por el pasado mientras el futuro se le escapaba de las manos.

Con un movimiento lento, tomó una de las pequeñas torres talladas en piedra y la apretó en su puño. Recordó las visitas de Alicent a esta misma habitación. Recordó cómo ella se deslizaba entre las sombras, enviada por su padre, vistiendo los vestidos de su madre muerta, fingiendo consolar a un viudo quebrado mientras tejía la red que atraparía a su dinastía.

"Sabía exactamente lo que hacía", pensó Viserys con una amargura que le quemaba la garganta. "No era una niña inocente del campo siguiendo órdenes. Era un peón que disfrutaba del tablero".

Un golpe suave sonó en la puerta. Viserys no necesitó preguntar quién era. La cadencia del golpe, la vacilación antes del impacto... era ella.

—Adelante —dijo, su voz desprovista de cualquier emoción.

Alicent entró. Ya no vestía la capa vieja, sino una bata de dormir de seda fina, de un color verde pálido que en la penumbra parecía casi gris. Su cabello caía sobre sus hombros en cascadas castañas y sus manos temblaban mientras las entrelazaba frente a ella. Era la imagen misma de la vulnerabilidad, la misma imagen que lo había seducido años atrás tras la muerte de Aemma.

—Majestad —susurró ella, deteniéndose a unos pasos de él—. He venido... he venido a cumplir con mi deber como vuestra esposa.

Viserys no se dio la vuelta. Siguió mirando las ruinas de piedra de la maqueta.

—¿Tu deber, Lady Alicent? —preguntó—. ¿Y qué crees que es tu deber esta noche? ¿Consolarme? ¿Darme un heredero que tu padre pueda usar como un mazo contra mi propia hija?

Alicent retrocedió un paso, el miedo brillando en sus ojos.

—No entiendo por qué me habláis así. Yo solo he buscado seros fiel... mi padre dice...

—Tu padre dice muchas cosas, y todas ellas están diseñadas para poner la sangre Hightower en un trono que no le pertenece —Viserys finalmente se giró. La luz de las velas proyectaba sombras largas y distorsionadas en su rostro, haciéndolo parecer un juez ancestral—. Te enviaba aquí, noche tras noche, cuando mi dolor por Aemma aún estaba fresco. Te enviaba con libros y palabras dulces, mientras Rhaenyra lloraba sola. ¿Me vas a decir que no sabías lo que eso significaba? ¿Me vas a decir que no sabías que estabas robándole el espacio a mi hija en mi corazón?

—¡Yo tenía miedo! —exclamó ella, las lágrimas empezando a correr de nuevo—. ¡Era una orden! ¡No podía negarme!

—Pudiste haberme dicho la verdad —le espetó Viserys, dando un paso hacia ella—. Pudiste haber ido con Rhaenyra, haber sido su amiga de verdad, en lugar de convertirte en la mujer que usurparía el lugar de su madre. Pero elegiste la ambición. 

Se acercó tanto que ella pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un calor que no era el de un amante, sino el de un fuego que amenaza con consumir.

—No habrá cama compartida esta noche —sentenció el Rey—. Ni mañana. Ni nunca. Eres la Segunda Consorte por ley, pero no serás mi esposa en el sentido que tu padre espera. Si quieres un deber, aquí tienes uno: mantente alejada de Rhaenyra. No le hables si no es para pedirle perdón, no interfieras en sus asuntos y no intentes sembrar discordia en mi consejo. Si descubro que estás conspirando con Otto para posicionarte por encima de ella, te enviaré a un convento de Hermanas Silenciosas antes de que puedas decir "Siete".

Alicent cayó de rodillas, sollozando con fuerza, ocultando su rostro entre las manos. Para cualquier otro hombre, la visión habría sido desgarradora. Para Viserys, era solo una actuación más en un teatro que ya había visto terminar en sangre.

—Vuelve a tus aposentos —ordenó—. Y reza, Alicent. Reza a tus dioses por la misericordia que yo no estoy seguro de querer darte.

Cuando ella salió de la habitación, huyendo prácticamente, Viserys se quedó solo con el silencio. Se sentó en su silla de trabajo y tomó un pergamino en blanco. Tenía mucho que escribir. Tenía que enviar mensajes a Daemon, a Corlys Velaryon... tenía que deshacer los nudos que él mismo había atado.