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Su cabello estaba húmedo. No era sorpresa que lo estuviera. Su madre la había dejado sola nuevamente. El agua de su bañera se había enfriado hace rato y sus dedos estaban muy arrugados.
Sin quererlo comenzó a temblar. Su nariz chorreaba. No quería limpiársela. Se sentía casi cálido contra sus labios. Tenía tanto frío. El calor de sus mocos no duró lo suficiente en la habitación helada. Lentamente se pasó una de sus manos mojadas contra la parte inferior de su rostro para limpiarse.
Los temblores empezaron despacio solo para volverse más violentos con el tiempo. Cuando se dio cuenta estaba golpeando sus dientes unos contra otros. Le dolían los músculos de intentar mantener el calor. Quería salir de la bañera.
Si salía iba a estar frio por unos segundos y podría cubrirse con la toalla. Pero su madre volvería en cualquier momento. No quería hacerla enojar saliendo cuando le dijo que se quedara quieta. La idea le daba cada vez más miedo. Tenía frío. Tenía tanto frío.
Su padre la encontró llorando así. En la bañera con agua fría. Sus labios azulados. Temblando de piez a cabeza mientras miraba desesperada a la toalla colgada plácidamente en la puerta.
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El agua que habían dejado fuera se congeló. Fue divertido salir y tener un pedazo de hielo esperándola. Le daba mucha gracia.
Tan rápido fue a ver su obra maestra que se olvidó sus ropas de abrigo. Siempre le pasaba, pero usualmente se daba cuenta cerca de su casa.
Entre los árboles más altos de su patio no podía ver donde estaba. Su piel se sentía tirante y sus piernas habían comenzado a chocarse entre ellas.
Con cuidado de no caerse comenzó a caminar hacia donde creía que podría llegar a estar su casa. Sus pies se movían despacio mientras frotaba sus manos para calentarse. Su aliento se dejaba ver en pequeñas nubes alrededor de su cabeza.
Su abuela le había dicho que siempre usara un gorro en invierno. Solo lo recordaba cuando sentía sus orejas frías. Le hubiera gustado tener su gorro puesto. Le dolían los dientes de tanto tiritar.
Después de unos cuantos pasos su pie descalzo se pegó contra una rama o una piedra. No pensó mucho en el objeto cuando sus dedos comenzaban a arder de dolor en el frío intenso. Su cuerpo entero estrellándose contra el suelo. La tierra dura contra su delicada piel logró sacarle lágrimas que se sentían muy calientes en sus mejillas. Dolía. Dolía mucho.
Acostada allí, con su pie entre sus manos y lágrimas empapando su rostro, la encontró su padre. Sus brazos fuertes la levantaron y la llevaron con tranquilidad a su casa. Su desayuno caliente esperando en la mesa.
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Su habitación estaba oscura. Las sabanas eran finas. Tan bellas y tan inútiles como sabanas. Siempre las había odiado.
A veces miraba a su alrededor preguntándose cuál era el chiste de todas las cosas de su madre. Según ella era para que se viera más bello. Pero siempre Xanthe las veía como cosas aburridas que ocupaban las paredes. Ni siquiera podía tocarlas o mirarlas de cerca. Apenas podía caminar por si propia casa la mayor parte del tiempo. Los pasillos estrechados entre muebles, repisas y mesas llenas de cachivaches.
Está noche la estaba pasando mirando una bellísima muñeca en un estante. No la podía tocar, pero era suya. Había sido un regalo de algún familiar del que no sabía el nombre. Le había encantado. Su madre le dijo que no era para jugar y la subió al estante. Siempre que la veía se sentía triste. La pobre muñeca estaba tan sola, al igual que si misma.
Los estornudos no tardaron en llegar. Sacudiendo toda la habitación con su fuerza. Cuando terminó lle dolía la panza. Las mantas decorativas no ayudaban a guardar calor. Pronto volvería a estornudar.
Es probable que pasarla noche así si no fuera por su padre. Tenía una sonrisa en el rostro cuando entró en la habitación con tres lindas mantas para envolverla hasta que estuviera calentita otra vez.
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La pelea se escuchaba por las ventanas. Las voces de sus padres de las llevaba el viento hasta que solo escuchaba un murmullo enojado. Le dolía la cabeza cada vez que se quedaba.
Abrazando sus rodillas se preguntó cómo había terminado allí. No recordaba su camino hacia el techo. Primero estaba en la mesa, viendo cómo sus padres golpeaban la mesa comenzando a alzar la voz. Y después estaba en el techo, dejando a los gritos debajo de sus pies.
El cielo estaba nublado. La luna apenas visible detrás de las nubes. Hubiera sido relajante de no ser invierno.
En su apuro por escaparse de la pelea se olvidó de sus abrigos. Sus medias estaban húmedas, quizás por el rocío de la noche. Sus dedos de los pies se sentían desagradables. Le dolía moverlos.
Sus manos frotaban sus brazos de arriba abajo en un intento inútil de generar algo de calor.
Laxante se cubrió los ojos solo para encontrar su cara húmeda. No sabía desde cuándo estuvo llorando. No sabía si alguien notó su ausencia. Se sentía sola allí. Ni siquiera tenía las estrellas.
Después de varios minutos las voces disminuyeron. Pasos fuertes se acercaban hacia ella, pero no tenía miedo. Su padre fue a buscarla después de todo. Él había notado que faltaba.
Él la rodeó con sus brazos. La apretó contra su costado. Le acarició el pelo. Le secó las lágrimas. Besó su frente diciéndole que todo estaría bien. Y finalmente se sentó a su lado a ver las nubes pasar.
Al final, cuando pasó suficiente tiempo, descubrió como había llegado allí.
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Sola. Estaba sola.
No siempre pasaba. Su madre podía al menos hacer eso bien. Eso era lo que siempre había pensado. Su madre. Volver a la casa de la escuela en el silencio más incómodo posible. Los ojos fríos observándola desde el espejo retrovisor.
Pero era diferente hoy. Su madre no estaba esperándola como todos los días. Su maestra se quedó a esperar con ella un rato, hasta que ella también tuvo que volver a su casa.
El viento se estaba volviendo frío a estas alturas del año y le daba miedo. Le daba miedo no volver a su casa. Le daba miedo la brisa helada en sus piernas. Le daba miedo, tanto miedo.
Aún así, se quedó sentada frente a la puerta a esperar. Las puntas de sus zapatos golpeándose entre si en un intento de entretenerse.
Habían intentado llamar a sus padres. A ambos. Ninguno respondió. Su estómago se encogió al escuchar como ambas llamadas iban al contestador. Se preguntaba donde podrían estar para que ninguno se molestará en aparecer. Quizás tenía que volver sola. Quizás la habían dejado allí.
Las medias solo le llegaban por debajo de las rodillas. Expuestas se sentían frías. Sus manos incapaces de darles demasiado calor o protección. Solo quería volver a su casa y envolverse con las mantas de su cama. Rodearse de almohadones y peluches. Quería abrazarse a su padre mientras trabajaba. Quería tanto y aún así estaba allí.
Al final tiene que esperar media hora más para que llegue su padre. Su rostro triste y desesperado al salir a encontrarla. Sus manos cálidas en sus hombros y en su rostro. Sus ásperos dedos secando sus lágrimas. Un beso en la frente, un abrazo y subir al auto con calefacción.
Solo un viaje en auto para llegar de nuevo a su habitación en brazos de su padre. Su aroma en su memoria al dormirse entre sus sabanas.
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El suelo era áspero. Incómodo y frío. Todo era tan frío.
Su campera no podía defenderla de lo peor del invierno. Podía sentir el viento, tan fuerte, atravesando su ropa. Se sentía como un globo, un pedazo de tela lleno de aire. No podía subir, no podía moverse. Necesitaba aire caliente.
Cada vez que movía los dedos le dolían. Sus manos estaban frías y frotarlas ya parecía una perdida de tiempo. Los dedos de sus pies no los sentía.
Era extraño estar allí. Cómo si estuviera esperando algo o alguien. Cómo si tuviera un lugar a donde ir.
Su nariz estaba helada. Le costaba respirar, dolía. El viento le quitaba el aire de los pulmones con cada soplo. Quizá si se metía en algún lugar donde estuviera protegida del tiempo.
Aunque la verdad no se quería mover. No quería que la vieran irse de allí. Quería quedarse dónde hubiera gente. Dónde a alguien le importaría verla.
Extrañaba su casa. Su cama. Los sillones. El calor. Odiaba el invierno. Odiaba el frío. Tenía miedo y estaba sola. Tan sola. Por primera vez en su vida estaba sola. Y tenía frío. Y nadie vendría a buscarla.
Extrañaba a su padre. Sus abrazos. Su voz. Su rostro. Extrañaba estar dentro con él. Quería estar en su cama mientras el le leía una vez más. Quería que sus padres estuvieran juntos.
Incluso extrañaba un poco a su madre. Su canto. Su sonrisa. Su interés en ella. Al menos siempre le había dejado hacer lo que quisiera. Había comprado su guitarra. Había pagado las clases. La había escuchado tocar.
Pero nadie vendría a buscarla. No está vez.
Tomando su guitarra se levantó de su asiento.
Al menos moverse le calentaría un poco el cuerpo.
