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La suave brisa marina acarició la cara de Álvaro tan pronto como cerró tras de sí la vieja puerta de madera que custodiaba el patio de su casa. Desde aquel terreno elevado, la vista del pueblo era hermosa: las casas blancas brotaban por toda la montaña que bordeaba la cala, creando callejuelas estrechas llenas de vida, coronadas por una imponente iglesia y su campanario que parecían acariciar el cielo.
Cadaqués era un sitio especial: ni Álvaro ni su madre se habían acostumbrado aún del todo al nuevo idioma, pero no había habitante que se negara a hacerse entender y, pese a ser gente de carácter más cerrado que en su tierra natal, ambos no habían encontrado más que ternura en su nuevo hogar.
Aquella noche, la mujer le había despedido con un beso y una mirada pícara, acariciándole una vez más el pelo mientras se encargaba de remover una gran olla de caldereta de pescado que se cocía a fuego lento y él acababa de prometer volver pronto con su invitado.
Lleno de orgullo, el joven se acercó al edificio colindante de su casa y enderezó el cartel de la puerta.
La sastrería de los Mayo era un negocio próspero y estimado por toda la gente del pueblo: allí, la mayoría de las mujeres y hombres de la localidad acudían a hacerse sus ropas más elegantes, confiando en el gusto exquisito del sastre y de su madre, quien a su edad se limitaba mayoritariamente a hacer algún que otro aporte esporádico. Cuando madre e hijo habían desembarcado en Cadaqués aquella primavera de 1915, no habían estado nada convencidos de poder hacerse un hogar allí, pero ahora, casi una década después, no había quien no les dedicara un gesto de aprecio al encontrarlos por la calle.
Aquello, sin embargo, podía cambiar si alguno de sus vecinos descubría su secreto, ese que yacía en lo más profundo del mar.
Recuperando el trayecto de su desvío, Álvaro giró en banda y desde su casa situada en mitad del enorme cabo que se adentraba hacia al mar, se tomó el camino que apuntaba hacia el sonido de las olas. Estaba tan nervioso que le sudaban las manos y el fuerte rubor en las mejillas hacía que el gélido aire nocturno se le hiciera aún más helado contra su piel frágil. No sabía por qué se seguía poniendo así durante sus visitas: su… ¿estimado?, era un viejo conocido ya, con quien había pasado adversidades mucho mayores de las que dos personas estaban destinadas a pasar juntas. Pero aquel… ¿hombre?, tenía la capacidad de hacer que mariposas inundaran su estómago, de hacerle querer deshacerse como un muñeco de nieve al sol y a la vez convencerle de que era el ser más importante de la tierra. Nunca le habían puesto nombre, pero fuera cual fuera la naturaleza de su… ¿relación?, merecía la pena jugarse la reputación de una vida por el amor que se profesaban.
Cuando Álvaro llegó a final del camino, el cual se alzaba ligeramente en el horizonte, miró hacia abajo desde la verja que intentaba prevenir a los más atrevidos: unas escaleras talladas en la roca relucían húmedas en toda su precariedad llevando hacia un espigón de madera que resistía el oleaje incluso en las noches más movidas. Al final de aquella escueta pasarela, la luna dormía sobre el mar, aquella noche en calma, creando una estampa que bien podría haber sido lo más bello que Álvaro había visto jamás.
De no haber sido, claro, por aquella criatura que le esperaba al final bajo los tablones, sumido en el agua.
El sastre bajó a toda prisa los escarpados escalones aferrando la bolsa de tela contra su pecho. Intentó no pensar en la superficie resbaladiza que tenía bajo los pies y dio gracias a Dios cuando sus pies tocaron la madera del espigón, mucho más seguro bajo su peso. El silbido del mar llenaba un silencio y por un momento, como todas las noches, Álvaro se planteó si se lo había imaginado todo.
—¿Paul? —Preguntó al aire.
No hubo respuesta, al principio, solo el crujido del viejo muelle mientras algo se movía por debajo. Lejos de asustarse, el joven le sonrió a la luna mientras una figura se asomaba muy poco a poco a la punta del espigón, acechando como una fiera a su presa, su sombra trazada por la tenue luz sobre el mar.
—Deja de hacerte el misterioso. —Le reprendió con una risilla, jugueteando nervioso con el collar que llevaba al cuello, guardado bajo la camisa.
Álvaro recorrió los pocos pasos que le separaban del límite de la pasarela, acercándose a la criatura con el corazón a mil.
—¿Te he asustado? —Preguntó aquella voz que tanto adoraba. Era melódica como un cántico, como si siempre estuviera reverberando en las rocas, pero dulce y tierna como la miel.
El chico se cernió sobre su amado, observándolo con todo el cariño que su corazón podía aunar.
—Ni lo más mínimo.
Paul se deshizo en una sonrisilla traviesa, apoyando ambos brazos sobre la madera y estirando el cuello, pidiendo su saludo. El sastre se inclinó aún más rozando su nariz contra la del otro en un beso esquimal que hizo que él se estremeciera sacudiendo las aguas calmadas a su alrededor.
—Ay, ¡Pablo! —Se quejó cuando un enorme salpicón le mojó el frente de la camisa y el pelo, chafándole un poco los rizos.
Aquellos ojitos oscuros le devolvieron una mirada tierna y culpable que hizo que Álvaro se derritiera por dentro. La responsable del estropicio, aquella enorme cola llena de escamas, se hizo presente tras el torso de Paul, asomando la espléndida aleta caudal casi como en un saludo.
El tritón se sonrojó un poquito.
—Lo siento, amor, —Murmuró. —Ya sabes que cuando haces eso me… m-me… No puedo controlarme. —Sus mejillas se oscurecieron. —No puedo controlarla.
Durante aquellos años, Álvaro había aprendido muchas cosas sobre sirenas, tritones, y todo tipo de gente de mar. La piel de Paul, tanto la de su cuerpo “humano” como la de aquella majestuosa mitad “de pez” era extremadamente sensible, especialmente al tacto fuera del agua. Por aquel motivo, Álvaro intentaba racionar el tacto, ya que sabía que si no tenía cuidado, el otro se volvería loco.
La fuerza, sin embargo, que le daba al tritón su cuerpo era digna de envidiar: Paul era más bien tirando a delgaducho, con un torso esbelto y unos brazos elegantemente delicados, pero Álvaro le había visto resistir a la más encabritada de las mareas con él a cuestas y empujar una pesada ruina de barca hasta la superficie.
Su cola, aquella parte tan intrigante de su anatomía, era majestuosa: de cintura para abajo, Paul estaba hecho de dos metros de algo parecido a la silueta de un delfín, pero lleno de escamas en color verde botella y una gigantesca aleta que, en un tono translúcido, se extendía como el abanico de plumas de un pavo real. A su espalda y costados, en la misma textura, unas aletas de menor tamaño adornaban su cadera, dándole un aspecto aún más hermoso.
A conjunto con ella, algunos detalles delataban que no era del todo humano: los dedos de sus manos estaban ligeramente palmeados, con una capa extra de piel acuosa que los unía a la altura del nudillo para nadar mejor. También sus ojos, tan solo un poco más grandes que los de una persona, eran para captar mejor la luz bajo el agua, y sus colmillos estaban pensados para destripar el pescado crudo como si fuera lo más común.
Sin embargo, Álvaro pronto había descubierto que, cuerpo aparte, las sirenas y tritones no eran tan diferentes a los humanos, al menos no tanto como él había pensado. No había nada de esas criaturas manipuladas que los cuentos de marineros retrataban con terror, no.
No podía mentir: se había sorprendido cuando, en vez de la bestia feroz que cabía esperar, se había encontrado con un chico tímido y de carácter melancólico. Al principio, aunque comprensible, había sido esquivo con él, rehuyéndolo y sin dejarle acercarse más de la cuenta. Pero tan pronto como se había abierto a él, Paul había demostrado ser la criatura más dulce del planeta, ofreciéndole descubrirle su mundo y enseñándole su amor por su hogar, el mar, y su gran pasión, la música.
Paul era tan complejo como cualquier humano que Álvaro hubiera conocido.
El chico sonrió burlón, quitándole importancia con un gesto a la vez que se sacudía el agua del pelo.
—Está bien, cielo. —Susurró de vuelta. —Vamos, que mi madre nos está esperando.
El tritón sonrió encantado ante la mención de la mujer: ambos se habían vuelto grandes amigos desde el momento en el que Paul se había convertido en el responsable de devolverle a ella a su pequeño y Ángeles le había demostrado toda la bondad y comprensión que un humano podía llegar a tener.
Con aquellos ojos enormes abiertos de par en par, Paul levantó los brazos, aún apoyado en el muelle, esperando que Álvaro le ayudara.
—Ah, no. —Este se echó a reír. —Ni de broma, mi amor. ¿Sabes lo que pesas fuera del agua con esa cola tuya? No voy a subirte hasta aquí otra vez. Haz un esfuerzo, que sé qué capacidad no te falta. Encima, como te tengo que sujetar demasiado fuerte, luego se te queda la piel sensible y vas gimoteando como un cachorrito.
Paul hizo un puchero, decepcionado de que su estimado lo hubiera calado tan rápido.
—Va, sube aquí. —Pinchó. —¿O es que no quieres venir conmigo?
El tritón bajó la cabeza, resignado, y apoyando sus manos palmeadas, presionó la madera del muelle, impulsando su largo cuerpo y saliendo del agua de un salto. El espigón entero tembló cuando Paul se sentó en el borde con tanto ímpetu, pero la criatura sonrió mostrando sus afilados colmillos como si estos no tuvieran un poder letal: si Álvaro no hubiera sabido qué hombres y sirenas envejecían igual, hubiera sospechado que Paul no era más que un niño atrapado en el cuerpo de un joven adulto, jugando a entender el mundo mientras que su corazón aún estaba lleno de inocencia.
—Estoy feliz de verte. —Confesó Álvaro, y la sonrisa del otro se ensanchó aún más. —Te he echado de menos.
—Yo también. —Contestó Paul con una sonrisa radiante, y se acercó en un arrebato a darle otro beso en la punta de la nariz. —Amor.
Álvaro le devolvió la sonrisa de felicidad y le acarició el contorno de la cara, provocando que su aleta hiciera otra vez de las suyas, salpicando esta vez mar adentro una enorme cantidad de agua.
—Amor. —Repitió él, con la intención de ponerlo aún más nervioso, y el tritón se removió en el sitio con las mejillas ardiendo. Álvaro notó el tacto de las escamas contra su pierna cuando la cola de Paul hizo amago de enroscarse en torno a él, probablemente en un gesto instintivo. —Tenemos que irnos.
La idea de entrar y sacar de su casa a altas horas de la noche a un hombre misterioso ya era suficientemente peligrosa y comprometedora para Álvaro, quien definitivamente no quería llamar la atención de sus vecinos. Pero la posibilidad de que alguien pudiera ver a Paul en su forma real era mucho más peligrosa.
—Paul, tienes que cambiar. —Le recordó, enfatizando la última palabra.
El tritón asintió, pero no hizo gesto alguno.
—Vamos. —Apresuró Álvaro.
El otro se negó, entonces, sonrojado.
—Vale, pero no mires.
—Oh, ¿estás hablando en serio? —Exclamó el humano sin poder contener una risa. Tantos años después, aquello le seguía causando a Paul un enorme reparo.
—Me da vergüenza. —Murmuró el pequeño. Era más que evidente que a él no le hacía gracia alguna. —No quiero que me veas así.
Álvaro suspiró.
—Mi amor…
—No. —Le cortó inmediatamente. —Cuando soy yo, soy yo. —Explicó. —Cuando me transformo en humano, no… No estoy mal.
El mayor se ofendió un poco.
—Eres guapísimo…
—Pero mientras me transformo… —Su voz se quebró un poco. —Soy una cosa horrible. No quiero que me veas de esa forma, quiero ser bonito para ti.
El humano lo miró apenado.
—Tú siempre eres la cosa más bonita del mundo para mí. —Le aseguró, pero sabía cuál sería la respuesta. —No vas a ceder esta noche tampoco, ¿me equivoco?
Paul negó.
—Tápate los ojos. —Pidió. —No mires, ¿vale? Promételo.
Álvaro obedeció.
—Lo prometo.
Un ruido algo grotesco, a la mitad entre el sonido de unos huesos quebrándose y una ola rompiendo contra las rocas, llenó el silencio de la noche. Paul soltó un quejidito casi imperceptible antes de dejar ir un suspiro de alivio que hizo que al Álvaro se le erizara la piel. El cambio de peso sobre la madera del espigón fue evidente, cuando por arte de verdadera magia la cola de Paul desapareció y en su lugar quedaron dos esbeltas piernas, acorde con el delicado torso del chico.
Álvaro se retiró las manos de la cara cuando el otro le dio permiso con la voz aún ahogada: suponía que un cambio así era un esfuerzo enorme para el cuerpo de su estimado, pero era algo que Paul ya tenía dominado.
—Cielo, ¿te encuentras bien? —Preguntó igualmente en un susurro, a lo que el otro asintió tímidamente. —Sabes, ya la echo de menos… —Hizo un gesto vago hacia sus piernas, donde antes había estado su cola. —Tiene mucha… personalidad.
Paul estalló en una risita.
—A veces creo que ella me controla a mí.
Álvaro entonces se giró hacia la bolsa que había traído consigo, y de ella extrajo una suave toalla que siempre se encargaba de lavar con sumo cuidado para que se mantuviera suave.
—Vamos, sécate mientras te reaccionan las piernas. —Y sin dejarle hacerlo, empezó él mismo a darle pequeños toques por todo el cuerpo, secando la humedad extra del cuerpo del tritón. Por su condición, Paul nunca llegaba a estar seco del todo, al menos al tacto.
El pequeño aceptó la atención dejándose cuidar, en total confianza de que Álvaro jamás le haría el más mínimo daño. Intentó estirar las piernas, pero estas aún no le respondían del todo, sufriendo pequeños espasmos mientras el humano le dejaba algún que otro beso en la sien, ligero como el batir de alas de una mariposa.
—Te he traído ropa. —Le explicó Álvaro haciendo un gesto hacia la bolsa, que aún lucía medio llena.
Paul puso una plena cara de disgusto.
—No puedes ir desnudo hasta mi casa. —Le recordó. —Allí ya sabes que en la piscina puedes chapotear todo lo que quieras, pero no puedo arriesgarme a que alguien me vea escondiendo a un guapo extranjero desnudo en mi hogar.
El tritón arrugó la cara.
—Pero me pica. —Insistió con un gesto arrugado.
—¿Ah sí? —Se burló Álvaro, sacándole la lengua, evitando específicamente mirar hacia abajo. —¿Y dónde te pica, si se puede saber?
Paul se sonrojó hasta parecer una estrella de mar. Abrió la boca para contestar, pero solo consiguió que un titubeo tembloroso saliera de ella. La desnudez no le provocaba sonrojo alguno al tritón, pero aquella diferencia en su anatomía al tomar la forma humana era algo a lo que no estaba acostumbrado.
—Y-Yo… —Tartamudeó.
Álvaro se echó a reír.
—Ya sé que no te gusta, amor. —Le explicó. —Por eso te he cosido ropa interior. Toca, es muy suave.
El chico asintió, echando mano a la tela que se le hizo dulce al tacto. Decidido, aunque aún algo inconforme, Paul hizo un sobreesfuerzo para conseguir ponerse de rodillas, a lo que Álvaro le ofreció ambos brazos para ayudarle a ponerse de pie. Cuando el tritón consiguió mantenerse erguido, el otro le dio un leve masaje en la cadera con un gesto reconfortante.
Álvaro lo ayudó a vestirse, ayudándole con los pantalones y a abrocharse la camisa botón a botón. Cuando ya estuvo arreglado, el sastre esbozó una sonrisa dulce y orgullosa, observando lo absolutamente arrebatador que estaba con la ropa que él le había hecho. Paul arrugó la carita con una mueca adorable cuando se dio cuenta del pequeño detalle que su chico había incluido: los puños de las mangas estaban decoradas con un bordado en hilo azul que simulaba ser las olas del mar.
—¡Me encanta! —Exclamó con voz bajita. —Es preciosa, Álvaro. ¿Cómo te ha quedado tan bien?
—Soy un hombre de muchos talentos. —Contestó él con una sonrisa pícara.
El tritón soltó una risita, inclinándose hacia adelante para robarle a Álvaro otro beso, esta vez en los labios.
Aquel contacto fue casi como una descarga eléctrica: Álvaro sintió como se le escapaba el aire de los pulmones y su cuerpo se estiró por instinto, buscando acercarse más a Paul, que hizo un ruidito de pura felicidad, agarrándose a él con cuidado a la altura de los hombros. El pequeño se encargó de profundizar el beso, tirando del sastre hacia sí para hundir una mano entre sus rizos.
—Te he echado de menos. —Repitió con voz ahogada.
—Yo también, amor. —Contestó Álvaro entre besos, jadeando cuando sintió el suave tirón en el pelo. —Pero tenemos que irnos o… Ya, Pablo… O no llegaremos a ninguna parte.
—Pero…
Intentando fortalecer su punto, Paul pasó sus afilados colmillos por el labio del sastre, provocando que le temblaran las piernas. Álvaro sabía que el chico era perro ladrador, pero poco mordedor: él y Paul nunca habían compartido intimidad física más allá de una intensa sesión de besos y todas sus caricias se solían limitar de cintura para arriba. El humano no estaba aún seguro si aquello era un reflejo del extraño estado de su relación a lo largo de los años, ya que nunca le habían puesto un nombre a fuera lo que fuera que había entre ellos, o de las diferencias que los mantenían distantes al ser de mundos completamente separados.
—Pablo… —Avisó con voz severa, cediendo ante un último beso sumamente dulce. El pequeño intentó engancharse a ello, ladeando la cabeza en búsqueda de más intensidad.
Álvaro jugó un poco con él, dándole lo que quería durante unos breves instantes antes de pasar las manos por la cintura y bajar una delicadamente hasta dejarle una mano en el vientre, peligrosamente abajo. El otro reaccionó casi de inmediato, soltando un suspiro contra la boca del sastre, que sonrió durante el beso para luego apartarse de golpe. Paul prácticamente tropezó hacia adelante, aun aguantándose en Álvaro, y lo miró como si este le hubiera traicionado.
—He dicho que vamos. —Dijo, cortante, pero sin poder contener una sonrisa. —Va.
Finalmente, Paul se dio por aludido, asintiendo con un rubor intenso en las mejillas, y se agachó una última vez para recoger una bolsita que, sin que Álvaro se diera cuenta, había dejado en el suelo. Estaba hecha de algas tejidas de un macramé sencillo, pero parecía muy resistente y no dejaba ver lo que había en el interior.
—No me iba a presentar en tu casa con las manos vacías. —Explicó con dulzura. —Pero es para tu madre, lo siento. Mi regalo para ti soy solo yo.
—Tendré que conformarme, supongo… —Suspiró con falso fastidio, esbozando entonces una sonrisa.
…
—Que ehm… chico más educado. —Se echó a reír Ángeles, sentada en el borde de la piscina que reinaba en el patio.
No era para nada común tener semejante ostentosidad en casa, mucho menos en un hogar en el que solo residían dos personas, pero Álvaro había hecho mucho más dinero como sastre del que cabía esperar. Su aventura en el mar tantos años atrás, además, había sido recompensada no solo con haber conocido al amor de su vida, sino también con una suma enorme de dinero en forma de un tesoro que, para ser justos, casi le había costado la vida. Por ese motivo, cuando había comprado el terreno del pueblo y la casa decrépita que venía con él, se había empeñado en convertirla en un hogar y darse el lujo de que lo fuera también para su tritón favorito. Al fin y al cabo, el agua salada también era buena para la salud de su madre.
Paul esbozó una sonrisa diminuta, poniéndose un poco rojo ante el cumplido. Él adoraba a Ángeles como a una madre, y ella, si bien no acababa de entender como alguien como Paul podía ser real, lo quería con locura. El chico le había traído una pulsera de coral hecha por él, y se había comido tres raciones de su caldereta seguidas antes de confesar con voz diminuta que estaba lleno y no podía aceptar que Ángeles le rellenara el plato otra vez más. Tras la cena, Álvaro le había recordado que tenía permiso para meterse en el agua si estaba más cómodo y tras un estallido de espuma, Paul volvía a ser él en todo su esplendor, chapoteando felizmente y haciéndole aguadillas al sastre cuando este se acercaba demasiado.
Ángeles lo había estado observando fascinada un largo rato hasta que la curiosidad y el cariño vencieron al ligero miedo que aún le daba observar a la criatura en su forma real y decidió meter las piernas en el agua. El tritón había pedido permiso con la mirada para ir acercándose progresivamente mientras los tres hablaban, consciente de que su presencia imponía aún a la mayoría de humanos.
Álvaro se vio obligado a dejarlos solos cuando tuvo que ir a buscarse ropa más cómoda con la que bañarse. En su habitación, sacó del armario una suave camiseta de algodón y un pantalón muy corto de la misma tela que sabía, gracias a su habitual sonrojo, que Paul apreciaba. A un lado, dejó su preciado collar para que no se dañara: la pieza central, un cristal de color azul oscuro, pulido por el mar, había salido precisamente del fondo del océano, y Álvaro la había mandado engarzar en un cordón negro con un hilo plateado. Siendo su objeto más preciado —junto con la máquina de coser que le había comprado su madre— le daba pánico que pudiera pasarle algo. Ya vestido, volvió al patio y se topó con una sorpresa.
—Pero bueno… —Soltó riéndose, sentándose cerca de su madre con una expresión divertida.
Paul tenía la cabeza apoyada en el regazo de la mujer mientras esta le hacía caricias en el pelo. Visto así, el tritón no parecía más que un cachorro, algo sobredimensionado pero igual de dócil y adorable. Escuchaba atento los cotilleos que Ángeles le contaba, todo lo que se estaba cociendo en las calles del pueblo, y pese a que no conocía ni un solo nombre, el chico asentía con los ojos cerrados a todo lo que ella le iba explicando.
Las criaturas del mar, Álvaro había aprendido, no eran lo más cariñoso del mundo entre ellas, al menos que el otro perteneciera a su entorno directo. Paul le había contado cientos de veces como sus padres lo llevaban a él y a sus hermanas a las corrientes más profundas, donde el agua helada les hacía cosquillas entre los dedos y podían deslizarse sobre ellas como si fueran toboganes, y como cuando estaba tan agotado que ya no podía ni nadar, su madre lo cargaba en brazos de vuelta a casa. Le había explicado como él había crecido testigo del amor entre sus padres, de la ternura que se profesaban, pero como no había tenido la misma suerte hasta, según sus palabras, el día en el que se habían conocido.
Pero por mucho que se quisieran seguían siendo de mundos distintos, y en el mar, Álvaro sabía que Paul se encontraba un poco solo, lejos de su familia y alienado de los pocos de su especie que quedaban en las zonas costeras, donde cada vez empezaba a haber más embarcaciones con motores ruidosos y que llenaban mar y aire de polvo oscuro. En otras palabras, el chico entendía por qué Paul estaba desesperado por encontrar un hogar y a alguien cuidara de él como si fuera parte de la familia.
El tritón levantó la cabeza, sobresaltado, con carita de culpabilidad al sentirse atrapado, pero Ángeles ni siquiera cortó aquello que estaba explicando mientras le hacía volver a la posición inicial. Álvaro aún podía ver su expresión preocupada mientras en aquellos ojitos que lo miraban, desenfocados y llenos de pena, hasta que él se inclinó para acariciarle el perímetro de la cara. Con gesto decidido, se sentó al lado de su madre con una sonrisa, metiendo al igual que ella las piernas en la piscina, y dejando que la mujer le diera un beso en la sien. Cuando se hubo acostumbrado a la aún fría temperatura del agua, se preparó para meterse dentro.
—No te constipes. —Le avisó su madre.
—Vale, mamá, —Respondió. —No es como si fuera a… —Y sin acabar la frase saltó de cabeza al agua, con un gesto elegante perfeccionado por la práctica. Cuando salió a la superficie de nuevo, no pudo contener un gesto soberbio, contento con su gracieta. —Esta templadita.
Paul arrugó la cara, mirándolo muy seriamente.
—No ha tenido gracia, Álvaro.
El sastre dio un salto metiéndose dentro del agua, ignorando las muecas de apuro de ambos. Dio un par de brazas, nadando por el centro de la piscina y regresó hasta donde su madre aún estaba cuidando de Paul. Cuando se acercó, sintiéndose ya un poco culpable, este le giró la cara con evidente enfado.
—No ha tenido gracia. —Repitió en un farfullo.
—Claro que no. —Se metió Ángeles, también indignada, arrullando al tritón con un gesto protector. —Por eso tú eres ahora mi favorito.
Álvaro suspiró.
—Sí, venga, —Se echó a reír, pinchando ligeramente a Paul en el costado. —Aliaros contra mí los dos. —Sin embargo, no pudo contener un puchero. —Lo siento… Es que no quiero que os dé por tratarme como a una figurita de cristal.
Paul se incorporó esta vez, mirándolo con clara confusión en los ojos.
—Solo no queremos que te enfermes. —Explicó en un murmullo, su voz casi quebrada.
—Ya estamos en abril, Pablo, y es mi piscina. No es el agua del ártico. —Dijo, intentando acercarse.
—Pero…
—Basta los dos. —Intercedió la mujer, dulce pero firme. —Paul tiene razón, Álvaro. Solo queremos protegerte, cariño, sabemos que no eres de cristal. Pero solo de pensar que podría pasarte algo me pongo mala, y sospecho que aquí hay alguien a quien le pasa igual. Y tú, —Se giró hacia Paul un instante. —No vas a ganar nada peleándote con él por esto. Es tozudo como una mula y en el fondo tiene derecho a hacer lo que le venga en gana.
El tritón hizo un puchero, claramente sin entender aún del todo por qué Álvaro no iba a ceder.
—Aunque no mientras yo viva en esta casa. —Completó ella. —Cuando salgáis los dos de aquí, señoritos, os vais a ir directos a por ropa seca y al lado de la chimenea. ¡Sin peros! Sireno o no, no pienso dejar que ninguno de los dos se quede pajarito. Os sacaré las mantas y os quiero a los dos bien tapados, ¿entendido?
Álvaro soltó un bufido, pero asintió, y no pudo evitar echarse a reír cuando vio que a Paul se le iluminaban los ojitos.
—¿Mantas? —Preguntó.
Al humano nunca se le había ocurrido que una cosa tan banal pudiera hacerle tanta ilusión, pero aparentemente Paul no había tenido en su vida la oportunidad de experimentar lo que era acurrucarse en un lugar cálido bajo un amasijo de mantas hasta que Álvaro lo había traído a casa por primera vez. El chico se apuntó mentalmente que tenía que hacer un hueco en su agenda para acordarse de hacerle una para él, bordada a juego con la camisa.
Muerto de la ternura y pillando a Paul por sorpresa, el otro consiguió acercarse lo suficiente como para atrapar el torso del chico entre sus brazos, y luego dar un saltito hasta pasar sus piernas alrededor de su cintura, ligero como una pluma. Habiendo olvidado ya el pequeño rifirrafe, el tritón se echó hacia atrás, llevándoselo con él y dando un pequeño sprint en el agua, haciéndole reír de felicidad.
—Todas las que quieras, amor. Puedes dormir momificado, si te apetece. —Álvaro había obviado el hecho que Paul no sabía realmente que era una momia, pero a este no pareció importarle, demasiado ocupado con arrastrándolo de un lado al otro de la piscina.
—Entonces, Paul, ¿te quedas a dormir? —Preguntó Ángeles desde el borde de la piscina, feliz de verlos a ambos contentos.
La mujer no había tardado nada en aceptar la extraña relación. En el fondo siempre había sabido que su hijo era diferente a muchos de los otros niños de su edad, así que cuando Álvaro le había hablado por primera vez de quien que le había robado el corazón, no le había sorprendido descubrir que era, hasta cierto punto, un “hombre”. En aquel momento había estado demasiado conmovida con la idea de que casi había perdido a su hijo para procesar que quien le había devuelto a su pequeño no era exactamente humano. Total, para cuando lo había hecho Paul, ya se había hecho un huequito en su corazón después de traerle a Álvaro sano y salvo.
Paul los miró a los dos, madre e hijo, pidiendo permiso por la mirada.
—Claro que te vas a quedar, amor. —Completó el humano por él.
—Gracias. —Murmuró el otro, muy sincero.
—No hay de qué. Siempre eres bienvenido.
El cielo se oscureció por completo conforme la noche caía sobre ellos: pasando del azul oscuro, al añil, y luego al negro más intenso. Ángeles no tardó en disculparse con los chicos, alegando que quería salir del agua antes de que las piernas “se le arrugaran como pasas”, y prometiendo que les esperaba dentro. No tan secretamente, sin embargo, era más que obvio que quería darles un rato de espacio para ellos solos. Aprovechando el tiempo para hacer el tonto, no tardaron en empezar a hacerse aguadillas, persiguiéndose el uno al otro por dentro de la piscina durante una pequeña eternidad, hasta que Álvaro estaba falto de aliento y decidió sacar una pelota de cuero que estaba tirada por el patio.
—No vale. —Se quejó el mayor cuando la pelota pasó por encima de él, después de que Paul le diera un toque con la cola. —¡Yo no puedo hacer eso!
Paul se echó a reír, ignorando sus quejas y sumergiéndose debajo del agua hasta agarrar a Álvaro y levantarlo, sacudiéndolo hasta que el humano olvidó su enfado. Este último no tardó mucho en no poder más, pidiendo un descanso y sentándose en el borde de la piscina, tirándole la pelota a su chico para que se entretuviera yéndola a buscar y trayéndosela, a lo que sastre tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no compararlo con un cachorro.
—¡Buen chico! —No pudo contenerse al fin, aguantándose la risa. Los ojitos del tritón centellearon de felicidad hasta que la sonrisa de Álvaro lo delató, y Paul se sonrojó hasta las orejas.
—Oye… —Se quejó, haciendo un puchero, verdaderamente dolido. El sastre no tardó en inclinarse para tirar de él y borrarle la carita triste a besos suaves.
—Lo siento, amor. —El mayor se disculpó sincero. —Es que eres verdaderamente adorable. ¿Me perdo…
Antes de poder acabar la frase, Álvaro se encontró de nuevo en el agua, arrastrado por su chico que tiró de él hacia abajo hasta hacerle perder el equilibrio. Pillado totalmente por sorpresa, el sastre notó como el agua inundaba sus pulmones por un breve instante y sintiendo como se hundía en la piscina hasta que unos brazos lo arrastraron de nuevo hacia arriba. Tosió un par de veces, algo molesto, pero el enfado se le pasó enseguida cuando observó la carita picara de Paul mirándole aún algo resentido.
—Te estabas riendo de mí. —Murmuró él.
—Solo un poco. —Reconoció, subiéndose otra vez a sus brazos y rodeando con sus piernas su cadera. —Es que eres tan dulc… ¡Ay! —Gritó de pronto, llevándose la mano al hombro. —¿¡Me has mordido!?
Paul le sacó la lengua, repasando sus afilados colmillos con gesto socarrón.
—Solo un poco.
Álvaro se sonrojó de un tono rojo intenso, casi granate, y miró a Paul con la expresión más serena que pudo conjurar.
—Hazlo otra vez.
—¿Qué? —Preguntó el tritón con los ojos muy abiertos, su suficiencia totalmente desaparecida.
—Solo un poco. —Insistió, guiándole un dedo hacia su cuello. —Más arriba, aquí.
—¿Seguro?
—Sí. —Titubeó. —No… No lo sé. —Reconoció. —Me ha gustado, muérdeme otra vez. Bueno… sin pasarte, por favor.
Reticente, Paul se acercó poco a poco, inclinándose sobre Álvaro ahí donde él le había pedido, y cerró sus labios sobre la piel tersa, clavando luego parcialmente sus dientes. Succionó casi por instinto y el humano soltó un quejido, dejando que su mano se enredara en el pelo húmedo del tritón y forzándolo ligeramente hacia abajo.
—Más. —Pidió, casi con lágrimas en los ojos. Sus piernas habían perdido fuerza y se resbalaban poco a poco sobre el cuerpo del tritón, ya descansando sobre las primeras escamas de la cola. —P-Por favor…
El pequeño, que le había pillado rápidamente el gusto, obedeció una vez más: no sabía qué se le había pasado por la cabeza la primera vez para usar los dientes sobre Álvaro. Lo que aquello significaba… era mucha más intimidad de la que habían compartido nunca, pero ya llevaban mucho tiempo juntos y… En un gesto instintivo, agarró al chico de las piernas y lo pegó más a él: la piel ya le ardía, aunque sin dolor alguno, y el agua a su alrededor había empezado a agitarse, por lo que dedujo que su aleta ya estaba haciendo de las suyas.
Su cuerpo empezó a vibrar con la idea: nunca lo había hecho, mucho menos tenía idea de cómo podía funcionar entre ellos, que eran de dos universos tan separados. En todo caso, sabía que estaba listo, que aquello significaba que Álvaro y él estarían juntos para siempre.
Los dedos del sastre se relajaron sobre su cabeza, dejando de presionar, y él lo tomó como una indirecta para que relajara al fin la mandíbula. Cuando se separaron, aunque apenas unos centímetros, Álvaro sonrió con una expresión completamente conmocionada. Incluso a la suave luz de la Luna, la marca en su cuello era perfectamente visible, roja y ardiente, marcando al humano como suyo, y Paul le devolvió la sonrisa. Pronto notó, sin embargo, como bajo la ropa el chico empezaba a temblar, tanto y con tanta intensidad como una hoja al viento.
—¿Estás bien? —Preguntó el pequeño, intentando sujetarlo con más fuerza para calmarlo.
Álvaro respondió con un jadeo, asintiendo con un gesto muy torpe, dejándose abrazar. El tritón descartó todas las ideas que se habían ido formando en su cabeza, pensando a la preocupación de un momento al otro.
—¿Tienes frío? —Insistió. —Deberíamos entrar dentro.
—Vale. —Murmuró el mayor con apenas un hilillo de voz.
Ninguno de los dos tardó mucho en desistir ante la idea. Paul lo subió con gracia al borde de la piscina y acariciándole la cadera con gesto suave, le pidió que por favor no mirara una vez más para poder cambiar de nuevo a su forma humana. Álvaro se sacó la camisa que se había puesto para bañarse: el algodón estaba completamente calado, por lo que optó porque era mejor dejar la prenda secar al aire durante la noche, estirada en las cuerdas del patio para que no perdiera la forma.
Antes de eso, sin embargo, optó por usarla de toalla una última vez, secándose el pelo mojado y las gotas que le deslizaban por el cuello desnudo.
—Álvaro. —Soltó Paul de repente, serio, como si algo horrible hubiera ocurrido.
El sastre se giró de inmediato, buscándolo con mirada interrogante, justo a tiempo para verle acercarse a él a toda prisa, completamente al desnudo. Paul se encaramó a él, mirándolo a los ojos con un gesto horrorizado, analizándolo centímetro a centímetro.
—¿Qué ocurre, mi amor? —Murmuró, lleno de agobio.
Algo indescriptible cruzó sus ojos: había algo que al tritón lo perturbaba, pero Álvaro no sabía que era.
—¿Qué pasa? —Insistió.
Paul abrió la boca varias veces antes de responder.
—Nada. —Contestó al fin. —Nada.
…
El interior de la casa era de lo más encantador: las paredes blancas estaban llenas de tapices, algunos hechos con patchwork por la propia Ángeles, que se negaba a estar un periodo prolongado de tiempo sin hacer nada. Había retazos de tela por toda la casa, múltiples cestas de costura y cojines pinchados por decenas de agujas en cada superficie plana. Los muebles eran de madera y mimbre, y en el salón se cernía sobre una chimenea que le daba calor a la casa, convirtiéndola en el lugar más acogedor en el que Álvaro había vivido jamás.
Nada más haberse puesto ropa seca, el sastre había en tomar asiento en un pequeño sofá justo en frente del fuego, insistiéndole a Paul que se tumbara con él. Apenas un rato después, ambos estaban envueltos en un amasijo de mantas, y Paul casi se había rendido al sueño mientras el mayor pasaba las uñas por su espalda. Álvaro sabía que no tardaría mucho en caer, y se sospechaba a sí mismo cerca, mecidos por la suave voz de la mujer en el sillón de al lado, que hablaba en voz baja con su hijo mientras zurcía un calcetín.
—A la hija de los Fernández le están buscando un marido. —Explicó finalmente con la mayor suavidad posible.
Álvaro sabía que su madre llevaba un tiempo tratando de sacar el tema de la forma más suave posible, pero aun así no pudo evitar tensarse bajo el peso de Paul, que parecía bastante ajeno a la conversación, estremeciéndose bajo sus mimos. Suspiró agotado ante la idea de hablar de ello e intentó hacerse el loco.
—Me alegro.
Ángeles chasqueó la lengua con tono de reprimenda.
—No me trates de tonta. —Se quejó. —Soy tu madre.
El sastre se encogió de hombros, centrándose intensamente en la piel húmeda de su estimado, que estaba empezando a respirar profundamente. Sintió la mirada intensa de su madre sobre él y se limitó a quedarse en silencio, a la esperanza de que ella dejara el tema aparte.
Conocía a Bea Fernández a la perfección. Al fin y al cabo, ella era, probablemente, su mejor amiga y una de las personas a las que Álvaro más quería en este mundo. Se habían conocido el mismo día de su llegada, cuando de entre todas las miradas curiosas, el joven había distinguido a una chica de su edad apartada y enfrascada en una novela, sentada en un banco a orillas del mar. La paz que le había prometido su imagen dulce y calmada, habían incitado al chico a acercarse a ella tan pronto como le había sido posible, y enseguida ambos habían encontrado en el otro esa compañía que a los dos les hacía tanta falta.
No era una novedad para él, saber que su amiga estaba pendiente de que su familia le encontrara un marido. La misma Bea se le había quejado múltiples veces de ello, llegando a romperse en lágrimas entre sus brazos, muy descontenta con la idea. No había que ser demasiado intuitivo para entender que la chica no tenía ningún tipo de interés en tomar el papel que tanto el pueblo como su familia esperaban de ella: para ella solo existía su música y, encerrado en lo más profundo de su corazón, las muy contadas personas que se las habían apañado para hacerle sentir mariposas en el estómago. Y si en ningún caso ninguna de ellas hubiera sido una pareja aceptable, eso Álvaro podía entenderlo mejor que nadie.
—A lo que voy es que a veces la gente habla. —Prosiguió Ángeles con tono contenido, como si no supiera muy bien como explicarse. —Y que empiezan a escucharse comentarios poco corteses sobre porque ella no ha encontrado aún una pareja.
Aquella última parte era, cuanto menos, mentira: por un lado, los Fernández eran una de las familias más influyentes del pueblo. Ese era, principalmente, el mayor de los problemas de Bea, que tenía una cola demasiado larga de pretendientes a sus puertas que atraídos por su apellido intentaban acercársele de todas las formas posibles. Más de uno había llamado la atención de sus padres, y de hecho la última vez que se planteó un compromiso, este se hubiera llevado a cabo si no hubiera sido por la semana entera que la chica se encerró en su habitación entre lágrimas y sin probar bocado. Álvaro se había colado por la ventana de su cuarto todas y cada una de esas noches, acogiéndola contra él y prometiéndole que nunca dejaría que nadie le pusiera un dedo encima si ella no quería, empezando a planear una forma de escapar hasta la mismísima mañana en la que el padre de Bea confesó que había rechazado la propuesta.
—Álvaro, a mí me consta que la señorita Fernández prefiere la compañía de otras mujeres.
Álvaro sintió como se le cortaba la respiración al instante. ¿Cómo podía ser que su madre tuviera acceso a esa información? Solo él y aquellas jóvenes a las que Bea había concedido una parte de su corazón lo sabían. Incluso él había tardado tiempo en descubrirlo: después de tantas horas compartidas en su sastrería, aquel secreto, aquel tímido “tú eres como yo” había sido una confesión inevitable que los había unido para siempre.
Un pesado silencio se instauró en la sala, solo roto por el crepitar del fuego y el sonido de los suaves ronquidos de Paul, que finalmente había caído rendido ante el sueño. Con mucho cuidado, Álvaro se zafó de su agarre, dejándolo tumbado sobre el sofá y cubriéndolo por completo con una de las mantas. El tritón hizo un ruido bajo, casi como el ronroneo de un gato, pero no se despertó.
—Mamá… —Empezó, poniéndose de pie, sin saber realmente qué decir. —No…
—No se lo he dicho a nadie. —Cortó ella muy seriamente. —He oído algunos rumores, pero de nadie a quien el pueblo suela tomar en serio. Pero mi pequeño, —Explicó. —Tú eres mi hijo. Y supongo que una madre se acostumbra a identificar estas cosas. Sé que te da miedo lo que le pueda pasar, que las últimas veces que has venido de visitarla… puedo ver la preocupación en tus ojos.
La voz de la mujer se suavizó casi de una frase a la otra.
—Tienes que entender a la familia de Bea. —Argumentó con suavidad. —Es lógico que quieran asegurar que su hija tenga el mejor futuro posible y…
El sastre abrió los ojos como platos, sin poder creer lo que estaba escuchando. Si su madre sabia el verdadero motivo por el cual a Bea le atemorizaba que le encontraran un marido, ¿por qué justificaba a sus padres? No solo la felicidad de Bea estaba en juego: ¿cómo sería su vida si su futuro esposo era un fanático conservador a quien no le parecía correcto que Bea trabajara dando sus clases de piano? ¿Pensaría ese hombre misterioso apartarla de él, aunque Álvaro no fuera realmente ninguna amenaza? Pero a él lo que más le preocupaba era la seguridad de su amiga: ¿Y si su marido se enteraba? ¿Qué pasaría cuando el hombre decidiera que quería tener hijos? La sola idea le retorcía el estómago.
—Mamá, no voy a dejar que vendan a Bea al mejor postor, solo porque venga de buena familia. —El sastre se acercó a la mujer intentando no alzar demasiado la voz para no despertar a Paul, que ajeno a la tensión de la conversación seguía abrazado a una almohada. Ella es mi amiga y pienso protegerla, aunque eso signifique…
—Deberías pedírselo tú.
Álvaro se quedó mudo en seco.
—¿Qué?
Ángeles dejó su labor aparte, en el brazo del sillón, suspirando antes de hablar con total seriedad.
—Ven, —Le ordenó, señalando el taburete que tenía al lado, que normalmente usaba de mesilla. —Siéntate. —El chico obedeció sin rechistar, y cuando ella lo tuvo cerca le tomó de la mano. —Tienes razón, cariño. Bea es una chica maravillosa que se merece ser feliz al lado de quien su corazón desee, sea quien sea, no de quien sus padres escojan. Y mucho menos si esa decisión significa ponerla en peligro. Pero quedarse sola la deja también en una posición vulnerable, sobre todo en un lugar pequeño… Quizás en una ciudad grande nadie la miraría dos veces, pero creo que aquí ella es feliz, ¿me equivoco?
El chico negó.
—Y tú, cariño. —Continuó. —Tú al ser un hombre puede que tengas más suerte. Pero me preocupa que alguien pueda querer hacerte daño. Ya me han preguntado muchísimas veces porque no estás casado. Que si tienes una novia secreta, que si eres viudo y estás… traumatizado por la muerte de una mujer de la que no quieres hablar. Y no quiero saber nada de las teorías que se habrán hecho y que no tienen el valor de preguntarme a la cara.
Ángeles dejó ir un suspiro, pero su expresión de soslayo cambio, convirtiéndose en un gesto pícaro.
—No has pensado, por eso, que quizás os iría bien… ¿Aliaros?
Álvaro necesitó un largo instante para digerir la pregunta: casarse con Bea sonaba a una locura absoluta. Mentiría si dijera que no la consideraba algo así como una alma gemela, pero de ahí a tener que fingir que eran una pareja romantica… ¿Había un salto, no? No podía negar que tenía sus ventajas. Juntos, nadie podría ponerlos en duda y tendrían siempre en el otro a una persona en quien confiar. Ninguno de los dos tendría que volver a pasar miedo, Bea estaría a salvo con él, y Álvaro no tendría que aguantar comentarios cotillas.
—Amor no os faltaría, sea del tipo del que sea. —Explicó Ángeles. —Estoy convencido de que hay muchas más parejas en este pueblo que se quieren… bueno, que se gustan mucho menos de lo que os adoráis Bea y tú el uno al otro. Quizás sea la forma de que estéis más seguros. Los dos podríais seguir teniendo, aunque sea en secreto, la compañía que os apetezca.
—Es… —Álvaro no podía creerse que estuviera a punto de decir aquello. —Buena idea, supongo.
El joven se encogió durante sí mismo unos instantes, poniendo la cabeza sobre sus manos y los codos contra las rodillas. Poco a poco, la idea fue cobrando sentido en su cabeza. ¿Cómo no se les había ocurrido antes? Ya habían sido la comidilla del pueblo un par de veces, sorprendiendo a los vecinos más cotillas con su cercanía. ¿Qué tan poco creíble sería que fingieran que había surgido el amor?
—Lo hablaré con ella. —Murmuró con voz compungida. —Si ella quiere, creo que… Que podría salir bien.
La mujer le acarició la espalda un par de veces con un gesto tranquilizante.
—Es solo una idea, cariño, —Aseguró. —Pero creo que es algo que os podría ayudar a ambos. Solo habría una cosa que me preocupa.
El chico se incorporó, mirando a su madre, para ver a qué se refería, a lo que la mujer frunció los labios con un gesto claro, señalando al sofá.
Paul dormía como un bebé, envuelto en varias capas de mantas, como una mariposa en su crisálida. Sus pestañas, a la luz de la chimenea, creaban sinuosas formas sobre sus pómulos, dándole ese aspecto mágico que hacía recordar a Álvaro su verdadera naturaleza. Sin embargo, pese a ello, el pelo revuelto y la expresión fruncida en un puchero con la que se había quedado frito, le hacían tan vulnerable a la vista que incluso le restaban varios años.
—No sé cómo debe ser… esto. —Dijo Ángeles con mucho cuidado. —Para alguien como él.
Seguía siendo un ser de carne y hueso, pensó Álvaro. Alguien con sentimientos complejos y un universo en su interior como cualquier otra persona, y aquello abría un abanico de posibilidades en como una idea así podía sentarle a Paul. Durante todos aquellos años, el sastre había aprendido cuan dulce y tierno el tritón podía ser, como llevaba el corazón en la manga, como experimentaba cada sentimiento en su máxima potencia. Y para hacerlo más difícil, nunca se habían explicado mutuamente sobre sus respectivas costumbres: ¿sabía Paul siquiera lo que era un matrimonio? Álvaro nunca había encontrado un motivo razonable para explicárselo, puesto que siempre sería algo intangible para ellos.
—No lo sé. —Confesó Álvaro en un murmuro. —Puedo hablar con él. Explicárselo y ver que le parece. Es… siempre ha sido comprensivo. Supongo que si entiende que es por mi seguridad, dirá que sí.
La mujer no dijo nada, solo asintió.
—Ojalá fuera diferente. —Explotó finalmente en un suspiro.
—Ojalá fuera diferente. —Repitió Ángeles con soslayo. —Lo siento muchísimo, mi pequeño.
Sin una palabra más, la mujer se levantó y le dio un beso en la sien, desordenándole el pelo con un gesto tierno, y decidió retirarse, no sin antes hacerle una caricia a Paul en la mejilla. El tritón sonrió en sueños, pero no hizo movimiento alguno que diera a entender que iba a despertarse.
Álvaro se quedó inmóvil, escuchando a lo lejos de la casa cada paso de la rutina nocturna de su madre, hasta que finalmente la mujer cerró la puerta de su habitación, dejando el hogar en completo silencio. Aún estaba sentado sobre el taburete cuando la luz de la chimenea empezó a apagarse poco a poco, las llamas hundiéndose entre las brasas. Se quedó a oscuras con sus pensamientos, acompañado por la tímida iluminación de la Luna a través de la ventana y el suave ronquido de Paul.
Sabía que su madre tenía razón: que su idea era la más idónea para Bea y para él, una forma de estar protegidos uniendo fuerzas. Podrían ser felices juntos, Álvaro lo sabía, pero también era consciente de cuan injusto podía llegar a ser para su verdadero…
Entonces dudó.
Nunca había tenido muy claro que eran, Paul y él.
No le habían puesto un nombre, especialmente cuando después de aquella aventura, celebrar que estaban vivos y llevar a Álvaro de vuelta a casa parecía una prioridad mucho mayor.
Él sabía que querría a Paul para siempre, que nunca habría nadie más. Para él, lo que fuera que ellos dos habían construido, era mucho más importante que lo que podía forjar cualquier anillo.
Por eso le daba tanto miedo romperlo con uno.
Álvaro se inclinó muy ligeramente sobre el sofá, sonriéndole a la figura dormida de su estimado, dejando que sus dedos se hundieran sobre su pelo castaño. En un gesto de despiste, se llevó una mano al cuello, buscando su collar en un gesto crispado, para darse cuenta de que tenía el cuello al desnudo. Resignado, suspiró, y simplemente se mantuvo así un buen rato, en silencio, acariciándolo muy poco a poco mientras él aún dormía plácidamente. Estaba a punto de dejarse caer encima de Paul y dormirse él también, acurrucados en el diminuto sofá, pero aquella inquietud lo mantuvo despierto durante tanto rato que al final tuvo que darse por vencido.
—Paul. —Murmuró. —Eh.
El tritón a duras penas se removió en sueños, pero Álvaro insistió.
—Amor, va. Necesito hablar contigo.
Le costó varias sacudidas conseguir que el otro reaccionara, pero finalmente Paul abrió un ojo, soltando un ruidito incomprensible.
—Amor. —Repitió.
—Álvaro. —Contestó en un susurro. —¿Qué pasa?
—Vámonos a la cama. No vas a dormir aquí encajado. Además, quiero tener espacio para abrazarte bien.
La pequeña porción de su cara que no estaba sepultada bajo capas de felpa, se iluminó como los rayos del sol. Paul se incorporó como pudo, intentando torpemente sentarse. Aquella era una de las cosas favoritas de Álvaro, cuando el tritón aún demasiado adormilado no controlaba su cuerpo humano y era incapaz de no moverse como un pingüino mareado. Conteniendo la ternura, sintió la necesidad de ponerse serio para intentar sacarse aquella angustia del pecho.
—Pero tenemos que hablar. —Dijo, intentando sonar asentado, pero no arisco. —Necesito hablar contigo, amor.
Paul se tensó, y el sastre no pudo evitar que le hiciera gracia la reacción tan humana a una frase que, aparentemente, era capaz de enervar a todas las especies. El sueño se despejó de sus ojos casi de inmediato, buscando en Álvaro una respuesta con la mirada. El mayor intentó mantener una expresión neutral: no quería asustar a Paul innecesariamente, pero a la vez sabía que las implicaciones de lo que le estaba a punto de pedir eran lo suficientemente grandes como para tener que mantener cierta seriedad.
—¿Qué pasa? —Contestó el tritón con voz pequeña, rascándose los ojos con el dorso de la mano en un gesto adorable.
Álvaro tragó saliva.
—Amor, ¿qué pasa? —Insistió el pequeño.
El sastre se levantó, haciéndole un gesto con la cabeza, e indicándole que le siguiera. Paul no parecía convencido en absoluto, pero, reticente, se puso de pie con torpeza y buscó con sus dedos el brazo de Álvaro, agarrándose con cuidado a él. En cualquier otra situación, el mayor hubiera pensado que estaba buscando apoyo para no caerse, pero pudo verlo en sus ojos. Incluso a la tenue luz de la chimenea, la mirada ansiosa de Paul lo delataba: tenía miedo de lo que él fuera a decirle.
Con su gesto, el tritón quería saber si aún estaban bien.
—Amor. —Murmuró el mayor.
Álvaro dejó que sus dedos se enredaran en un gesto firme y le dedicó una sonrisa.
Salieron de nuevo al patio en silencio, cerrando la puerta de madera tras de sí y sumergiéndose en la noche estrellada una vez más. Una suave brisa, ahora ligeramente más fría, acarició la piel de Álvaro, haciéndose estremecerse por el cambio de temperatura. Paul no parecía muy contento con el cambio tampoco, enroscando las mangas de su camisa en torno a sus muñecas para evitar que le entrara el aire, y cruzando el brazo que tenía libre a la altura del estómago para protegerse del frío.
Convencido de que lo mejor era hacer las cosas bien, Álvaro se contuvo de acercarlo a él para abrazarlo y protegerlo, optando porque era mejor que cada uno mantuviera su espacio. Prolongando unos segundos el momento, el sastre se sentó en los escalones que presidían la puerta de la casa: a duras penas sabía como empezar.
—Necesito… comentarte una cosa, ¿de acuerdo? —Murmuró al fin. —Y no quiero que te sientas mal, de veras. Por eso quería hablarlo contigo cuanto antes.
Paul lo miró con aquellos ojos enormes llenos de confusión y Álvaro pensó que se moría un poco.
—Aquí… —Empezó. —Sabes que no podemos estar juntos.
La mirada del tritón se tiñó de horror absoluto.
—No. —Suplicó, y la forma en la que lo hizo provocó que a Álvaro se le esfumara el aire de los pulmones. La mano de Paul se ciñó sobre la suya, apretando tanto que pronto el humano no pudo evitar soltar un jadeo de dolor. En cuanto lo escuchó, Paul lo soltó enseguida, sacudiendose durante un pequeño segundo casi como si estuviera ahogando un sollozo. —Por favor.
Álvaro, aterrado, le cogió la mano de nuevo con cuidado, como si se tratara de un animal asustado.
—Amor, escúchame, —Sentenció. —Necesito que me escuches hasta el final.
El pequeño bajó la mirada a sus dedos entrelazados y asintió en un movimiento casi casi imperceptible.
—Sabes que aquí no podemos estar juntos. —Repitió, y el tritón se estremeció. —No solo porque tú seas… Porque seamos de mundos distintos. También porque eres un chico. O bueno, eso es lo que pareces. —Rectificó. —Y aquí eso está mal visto. Lo sabes, ¿verdad?
Paul asintió: ya habían hablado de aquello, y aunque el tritón nunca acababa de entenderlo, tampoco quería desobedecer a Álvaro.
—Que nos miren mal entonces, ¿no? —Dijo esta vez, su voz tan frágil que apenas sonaba a un eco. —Mientras no sepan que soy… a mi no me da miedo.
Álvaro negó.
—No se trata de eso, amor. Es peligroso. —Aclaró. —Para ti y para mi. Podrían…
El humano no veía la necesidad de aterrar a Paul con todas las cosas horrorosas que él había leído que podrían pasarle si alguien descubría su condición. Suficiente miedo le daban al tritón la mayoría de los humanos, después de sus aventuras en aquel barco.
—Hacernos daño. —Dijo sin más. —Yo no podría seguir teniendo mi vida tal y como es ahora mismo y mi madre tampoco estaría segura si se supiera, no… No es una opción, mi amor. Además, si llamáramos mucho la atención, alguien podría acabar averiguando lo que eres y no podemos ponerte en peligro. Juro que me moriría si alguien te hiciera daño.
Paul no contestó. Era más que obvio en aquellos ojitos oscuros que no entendía a donde el mayor quería llegar.
—Hay gente que sospecha. —Explicó muy poco a poco. —Les extraña que no esté casado.
El tritón arrugó la cara de repente, en un gesto sorprendido, pero sobre todo dolido.
—La mayoría de personas de mi edad ya han formado una familia, están casados, o como mínimo prometidos. —Se aclaró la garganta. —Tu eres mi familia.
Paul asintió.
—Tengo una familia pequeña. —Sonrió, notando como se le humedecían los ojos. —Mi madre y tú. —Murmuró. —Pero es la mejor familia que podría haber tenido.
Hubo un silencio, una pausa que los cubrió a ambos mientras trataban de digerir lo que Álvaro acababa de decir. El pequeño esbozó una sonrisa tímida.
—Tu también eres mi familia. —Contestó al fin. Álvaro sabía que aquel era un tema sensible para él, al vivir tan apartado de sus padres y hermanas.
El mayor cedió ante el impulso de dejarle un beso reconfortante en la mejilla.
—Pero para la gente de aquí… es diferente. Ellos no lo saben. Y siempre han sido buenos con mi madre y conmigo, pero si supieran lo nuestro quizás cambia… no, todo cambiaría.
Hizo una pausa e inspiró.
—La mejor idea para que eso no pase es… casarme. —Carraspeó incómodo. —Con una mujer. Humana, claro. Con una mujer humana.
Álvaro fue incapaz de procesar de primer momento el dolor que sintió cuando Paul le soltó la mano inmediatamente, casi como si se hubiera quemado.
—No sería un matrimonio de verdad. —Aclaró, notando un sudor frío. —Bueno, legalmente si. Mi amiga Bea… te he hablado mucho de ella. Ella aceptaría lo que…
Paul se había quedado congelado en el sitio, mirándolo con nada más que absoluto horror en aquellos ojos, ahora húmedos. Un puchero que claramente precedía al llanto se formó en sus labios, entreabiertos, dejando ver sus colmillos afilados a cada lado. Aquella imagen sin embargo no le daba miedo, solo una tristeza absoluta que le incitaba a acoger al pequeño en sus brazos para suplicarle que olvidara todo lo que acababa de decir.
—Paul, no hay nada hablado aún. Solo quería saber si tú estarías de acuerdo en que yo… —No había forma suave de decir aquello. —Le pidiera matrimonio para protegernos. Para protegerla a ella también y…
El tritón se apartó de golpe, poniéndose de pie de inmediato.
—¡No! —Gritó, mucho más fuerte de lo que estaba permitido a aquellas horas de la noche.
El desgarre de su voz pillo a Álvaro por sorpresa: había rabia, como él había anticipado que podía pasar, pero lo que más le llegaba era el dolor absoluto que parecía brotar directamente de Paul como un manantial de entre las montañas. Le miraba con algo más, como si se sintiera traicionado. Como si las palabras de Álvaro hubieran roto una promesa.
El humano supo que no se había expresado bien.
—Amor, entiendo que… —Contestó, aceptando su rabia con dulzura para calmar las aguas.
—¡No puedes hacer eso! —Chilló de nuevo, su voz tan agrietada que parecía que se dañaba al instante y a Álvaro se le ocurrió que nunca le había escuchado gritar. —¡No puedes hacerlo!
Álvaro se levantó detrás de él intentando acercarse.
—No lo he explicado bien, amor. —Murmuró, como si le hablara a un caballo encabritado. —No sería de verdad. Bea tampoco querría estar conmigo de esa for…
—¡Pero no puedes casarte! —Paul siguió gritando, aunque enseguida perdió la fuerza. —¡No puedes! No puedes, Álvaro, no…
—Lo entiendo amor, entiendo que no…
Antes de que pudiera añadir nada más, la expresión de Paul se quebró por completo en un sollozo. Su cuerpo se tambaleó, tanto, que el sastre por un breve instante creyó que iba a venirse abajo. Claramente era incapaz de escuchar nada más, así que Álvaro intentó apartar el tema un instante.
—Cielo, respira. —Dijo en un susurro. —Va-Vamos a calmarnos un momento. Se que lo que te estoy pidiendo es demasiado como para exigirte una respuesta concreta. —Dio un paso hacia adelante, pero inmediatamente Paul se apartó. —Pero ahora solo necesito que respires, amor, vamos… Ven conmigo. —Lo intentó. —P-Por favor.
Paul lloraba con un dolor de pérdida: sus mejillas húmedas relucían a la luz de la Luna mientras intentaba protegerse a sí mismo inútilmente con los brazos, claramente incómodo en aquella forma que no era la de su verdadero cuerpo. Se encogió como un niño asustado, sollozando totalmente desconsolado. En más diez años, incluyendo el momento en el que ambos habían pensado que morirían en alta mar, Álvaro nunca lo había visto así.
—Por favor. —Insistió.
Paul negó con la cabeza.
—N-No… No p-puedes.
—Amor, ven aquí.
El tritón volvió a sacudir la cabeza firmemente.
—No puedes casarte con a-alguien m-m-más.
—No sería un matrimonio de verdad. —Reiteró Álvaro, rindiéndose. —No es el momento, amor, siento tantísimo haberlo sacado ahora. Vamos a dormir, hablaremos de esto otro día, ¿te parece?
—¡No! —Gritó otra vez, enfurruñado. —¡No quiero que lo hagas! No quiero que me dejes…
El mayor abrió los ojos, escandalizado.
—¡No te dejaría! —Elevó la voz. —Paul, ¡no estoy hablando de eso! No has entendido lo que te he dicho… es normal, amor, es difícil, sobre todo si uno no está acostumbrado a…
—¿Ya no me quieres?
Álvaro se heló.
—Paul. —Dijo muy serio, aunque pronto se encontró a sí mismo sin saber que más decir.
¿Cómo podía Paul pensar eso?
Sin esperar respuesta alguna, el tritón se abalanzó sobre él, llevando sus manos al cuello de Álvaro con un gesto decidido. Álvaro no reaccionó de primer momento, jamás se le habría pasado por la cabeza tomarlo como un peligro, así que simplemente se dejó hacer, sorprendido, pero sin resistencia. Los dedos gélidos del tritón arañaron el cuello de la camisa de Álvaro, estirando de él hacia un lado, casi como si Paul estuviera buscando algo. Al no encontrarlo, estiró hacia el otro lado, pasando entonces las yemas por su piel tersa, de sus clavículas.
Murmuró algo casi incomprensible.
—No está.
—Paul, ¿qué…? —Intentó preguntar, cerrando sus manos sobre los brazos del chico.
Pero entonces el tritón se apartó de golpe, con tanto dolor en los ojos, que Álvaro pensó que quizás se había hecho daño. Hubo entonces un instante, un breve momento en el que todo pareció pararse, congelarse en el tiempo. Cruzaron miradas, entonces, observándose el uno al otro, mezclando el sufrimiento con la confusión, hasta que el tritón finalmente perdió la batalla, girando la cabeza de sopetón. Álvaro buscaba frenéticamente algo que decir, algo que pudiera apaciguar a su estimado sin causarle aún más daño, pero antes de que pudiera abrir la boca, Paul se dio la vuelta y salió corriendo.
Álvaro tardó más de lo que hubiera deseado en reaccionar.
—¡Paul!
La puerta de la entrada al patio de la casa se abrió de golpe y la figura del menor desapareció en la oscuridad. Sin dudarlo ni un solo instante, Álvaro salió corriendo detrás de él. Le sorprendió la velocidad del tritón, que pese a no estar acostumbrado a sus piernas, se las apañó para tomarle una gran ventaja: para cuando el sastre consiguió salir a la calle, Paul ya había casi salido de su rango de visión, su sombra alzándose en la lejanía.
Estaba huyendo hacia el espigón.
Álvaro corrió, siguiendo el mismo camino, dándose cuenta rápido de que había salido de casa descalzo. Gritó su nombre varias veces, a la espera de que Paul frenara su paso, al menos dándole una oportunidad de explicarse, pero el tritón parecía dispuesto a huir. En aquel momento, la idea de molestar y llamar la atención de alguno de los vecinos, era lo que menos le preocupaba: no podía dejar que el amor de su vida se marchara pensando que no le importaba.
Tenía que llegar a hasta él.
La fatiga debió de empezar a afectar a Paul, ya que en los últimos metros hasta el mar la distancia entre ellos se cerró: su figura, sin embargo, desapareció hacia abajo en la línea del horizonte. Pronto los escalones de piedra se clavaron en los pies de Álvaro mientras los bajaba a toda velocidad, y por una vez no sintió el pánico de resbalar y caerse hacia el vacío al pasar.
—¡Paul! —Gritó otra vez.
El menor le ignoró, pero cuando ambos llegaron a la madera, Álvaro se sorprendió al ver que ya lo tenía a tan poca distancia que pudo alcanzar su brazo.
—¡Paul! —Dijo una última vez, a la par que estiraba de él hacia sí y el tritón intentaba zafarse. —Escúchame, por favor.
El tritón se giró y Álvaro contuvo un jadeo: tenía toda la cara llena de lágrimas.
—¡No! —Le chilló a la cara. —¡Suéltame!
—Amor…
—¡Suéltame! ¡Quiero que te vayas, déjame! —Paul tiró de su brazo, pero el mayor no cedió. —¡Deja…!
Paul se quebró en un sollozo, su voz cortada mientras intentaba seguir huyendo, retorciéndose sin parar.
—¡Ya no me quieres! —Se lamentó, bajando la cabeza. —Y-Ya no me quieres… déjame ir, por favor.
—Paul, claro que te quie…
Aquello pareció reactivarlo.
—¡No! —Gritó otra vez. —¡Vas a casarte con otra persona!
Álvaro abrió la boca para explicarse.
—¡Y ya no llevas mi piedra!
El mayor pausó.
—¿Cómo?
—Te di mi piedra. —Le recriminó el tritón con voz raspada. —Eso significaba que estaríamos juntos t-toda la vida.
—¿Tu piedra? —Murmuró, casi para sí, e instantáneamente se llevó una mano al cuello, soltando al otro. —Paul…
—No puedes casarte. —Repitió una vez más, tomando distancia como si estar cerca de Álvaro en ese momento le pusiera enfermo.
—Yo… —Álvaro le siguió, demasiado confuso con aquella situación como para entender nada más que no fuera la certeza de que no quería que Paul se fuera. —Paul, no me refería a lo que…
El tritón negó con la cabeza, sin querer oírlo, dando entonces un paso hacia él, recriminándolo con lágrimas en los ojos.
—¡Eres mi marido!
Álvaro se quedó en blanco.
—Eras mi marido. —Dijo otra vez, su voz habiendo perdido toda la fuerza. —Te salvé la vida y tú me salvaste a mí, como en los cuentos. Te di mi piedra y la aceptaste. Estamos casados, Álvaro. Y debería ser para siempre, pero te vas a casar con o-otra p-persona… —Murmuró, como si se hablara a si mismo. —Y te has q-quitado m-mi piedra. Ya no me quieres.
Como si haberlo dicho en voz alta fuera la revelación que necesitaba, Paul apenas tardó un instante en incorporarse, casi como hechizado, y recorrió los últimos metros del espigón a toda velocidad. Antes de que Álvaro pudiera hacer nada para impedirlo, el tritón saltó al mar, su figura trazándose en aquella suave luz blanca durante el suspiro que estuvo en el aire. Álvaro no llegó a tiempo de verlo siquiera caer en el agua: para cuando pudo asomarse, a tan solo quedaba un remolino de espuma allí donde Paul había desaparecido.
Sin pensarlo dos veces, Álvaro saltó detrás.
El agua del mar sí estaba fría. Aquello no tenía nada que ver con su piscina, calmada y algo más tibia por su escasa profundidad y las largas horas de luz del sol. El mar seguía gélido a aquellas alturas del año, y las olas habían empezado a aflorar bajo la influencia de la Luna, arrastrando a Álvaro mar adentro para luego empujarlo hacia abajo y de vuelta hacia la costa.
El joven intentó nadar a contracorriente.
—¡Paul! —Gritó, pero su voz se fundió a escasos metros, rebotando vagamente solo en las rocas que le quedaban detrás. Sin querer, tragó agua y se vio forzado a toser. —¡Paul, vuelve!
Sin quererlo se rompió en un sollozo.
—¡Por favor!
Estaba hablando solo.
—Por favor…
Cada vez le costaba más mantenerse a flote.
—Paul… —Dejó escapar un susurro.
Álvaro sintió que se hundía y el miedo lo apresó por un instante. Desesperado, el sastre nadó como pudo de vuelta a la vieja madera que formaba el espigón, agarrándose a uno de los postes que se hundía en el agua. Una presión en el pecho le obligó a toser otra vez y escupió agua salada, notando justo después dos tímidos regueros en sus mejillas que, a diferencia del agua del mar, estaban calientes. Con la escasa fuerza que le quedaba, se quedó ahí, sujeto a las tablas, hasta que algo le tocó el brazo.
Lo agarró: era la camisa que le había bordado a Paul.
Paul se habia ido.
