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La desaparición de Severus Snape
9 de septiembre de 1977
El sonido de pasos emocionados resonaba por los pasillos, anticipando lo que pondría a Hogwarts de cabeza: risas, bromas y la emoción del inicio de clases. En cada rincón del castillo surgían nuevas amistades y romances, las aulas se llenaban de un bullicio alegre por la emoción de los nuevos alumnos por las clases de encantamiento o pociones.
Lily Evans, una hermosa pelirroja de ojos verde esmeralda, caminaba hacia la biblioteca en busca de un libro para sus clases de transformaciones. Pero al entrar su corazón se detuvo un instante al divisar una figura familiar dentro. Allí estaba su antiguo amigo de la infancia con el cual en su pasado compartieron tantos secretos, Severus Snape, sentado en silencio con un libro en las manos, alrededor de otras pilas de libros. Desde aquella pelea en la que él la llamó "sangre sucia" en su quinto año, no habían vuelto a hablar. No era por falta de oportunidad, sino porque las heridas eran profundas y difíciles de sanar para la joven, ella hace años que ya no reconocía a su ex mejor amigo ahora solo es un conocido.
Snape, conocido despectivamente como "murciélago" por culpa de los Merodeadores, parecía absorto en su lectura, tan concentrado que no notó la presencia de Lily. Sin embargo, algo en su rostro llamó la atención de la joven: un aire de desesperación que no podía ignorar. Su expresión, habitualmente sombría pero aún con un dejo de vida, ahora parecía completamente apagada. Sus ojos carecían de brillo, y las profundas ojeras que marcaban su rostro indicaban noches, tal vez semanas, de insomnio.
Lily lo observó desde la distancia, un torbellino de emociones arremolinándose en su interior. Dudaba de si debía acercarse. Ya no eran amigos; solo dos extraños que compartían un pasado complicado y lleno de heridas. Pero una extraña sensación de inquietud comenzó a invadir, como si una parte de ella supiera que, si no hablaba con él en ese instante, podría arrepentirse para siempre.
A pesar de la sensación en su pecho, la Gryffindor decidió ignorarla y dio media vuelta para marcharse. Más tarde volvería por lo que necesitaba.
—Debe ser solo mi imaginación —murmuró para sí misma tratando de convencerse a sí misma.
Afuera, su novio desde el año pasado, James Potter, la esperaba con una sonrisa. Al verla, el joven Potter percibió de inmediato su expresión abatida como si algo dentro de ella parecía que quería huir de aquella biblioteca.
—¿Estás bien, cariño? —preguntó con genuina preocupación.
Lily solo asintió, forzando una cálida sonrisa que James supo que su sonrisa era falsa; los ojos de Lily no se achinaron como lo hacían con una verdadera. Al final todo había cambiado, ese día fue la última vez que se vio a Severus Snape con vida.
10 de septiembre de 1977
A la mañana siguiente, durante el desayuno, casi nadie notó algo extraño. Solo los más observadores percibieron que algo no encajaba. En la mesa de Slytherin había un asiento vacío. Mulciber y Avery fueron los primeros en darse cuenta, pero optaron por guardar silencio. No tenían el poder, ni la voluntad, de opinar en ese momento. Prefirieron esperar y observar antes de decir algo.
Dumbledore, al igual que Lily, también se percató de la ausencia, aunque ninguno comentó nada. El director sentía que algo estaba mal, pero decidió no alarmar a los demás hasta estar seguro. Lily, por su parte, intentaba convencerse de que Severus aparecería en las clases más tarde o que simplemente estaba enfermo.
Sin embargo, Snape jamás apareció en ninguna de las clases ese día. Los profesores, al igual que los estudiantes, se mostraban desconcertados. No se trataba de un alumno cualquiera; Snape era conocido por asistir a las clases incluso cuando no se encontraba bien de salud. Su ausencia era simplemente extraña.
Aun así, nadie dijo nada, quizá pensando que estaba gravemente enfermo y que pronto se sabría más.
12 de septiembre de 1977
Habían pasado tres días, y aún no había noticias ni información alguna sobre Severus Snape. Su ausencia comenzaba a hacerse notar de manera inquietante, especialmente entre los profesores y los prefectos, quienes se preguntaban en silencio qué podría haberle sucedido. En el segundo día, Dumbledore convocó una reunión sorpresa con los prefectos y algunos alumnos para intentar recopilar cualquier dato que pudiera arrojar luz sobre el paradero del estudiante de séptimo año.
El director había pedido a Hagrid que revisara los alrededores del castillo y las áreas cercanas al Bosque Prohibido, pero no encontró rastro alguno. En el dormitorio de Snape, sus pertenencias seguían en su vieja valija de segunda mano, intactas y sin desarmar. Según Slughorn, no había indicios de algo fuera de lugar o sospechoso en sus cosas, lo que aumentaba aún más el desconcierto.
En la reunión, todos los presentes guardaban un tenso silencio mientras Dumbledore hablaba con voz grave y seria. Ajustándose las gafas, su mirada, por lo general serena, reflejaba preocupación y algo más profundo, algo oscuro.
—A partir de esta semana, nadie podrá salir de Hogwarts ni acercarse al Bosque Prohibido sin supervisión directa —anunció, con una firmeza que no admitía cuestionamientos—. No sabemos qué está pasando, pero debemos considerar todas las posibilidades, incluida la amenaza del Señor Tenebroso o alguna otra situación peligrosa. No podemos permitirnos correr riesgos. Por ahora, pido que este asunto quede únicamente entre nosotros.
Tras terminar, el director pidió que todos se retiraran, excepto Lupin. El joven se quedó en la sala, algo nervioso, mientras Dumbledore lo invitaba a sentarse. El anciano le ofreció un caramelo de limón, que Lupin rechazó cortésmente, más pendiente del ambiente tenso que de la cortesía.
—No quiero acusarlos sin pruebas —comenzó Dumbledore, con tono severo pero contenido—, pero ¿qué broma le hicieron esta vez a Severus Snape?
Lupin levantó la mirada con sorpresa y algo de indignación.
—No hicimos nada, director.
El director lo observó con detenimiento, buscando en su rostro cualquier signo que delatara una mentira.
—Permítame dudar, señor Lupin. Los Merodeadores siempre han estado detrás de él con bromas y burlas. Aunque usualmente Severus las ignoraba, esta situación es diferente. Estamos hablando de una desaparición. —Dumbledore hizo una pausa, su mirada penetrante—. Quiero dejar algo claro: si esto resulta ser responsabilidad de ustedes, no podré intervenir nuevamente para protegerlos. No habrá más acuerdos de confidencialidad como el de quinto año.
Lupin apretó los puños bajo la mesa, conteniendo su enojo. No podía culpar al director por sospechar; las bromas de James y Sirius hacia Snape nunca fueron inocentes ni mucho menos divertidas. Pero que alguien insinuara que ellos pudieran estar involucrados en una desaparición era un extremo que no podía aceptar. Sin embargo, en el fondo, una pequeña parte de él dudaba de sus amigos, y ese pensamiento lo atormentaba.
—Entendido, profesor. —Su voz era baja y contenida.
—Y otra cosa, señor Lupin: no diga nada de esta conversación a sus compañeros. ¿Está claro?
Lupin asintió, sus labios apretados en una línea tensa mientras Dumbledore lo acompañaba hacia la puerta de su despacho. Al salir, el joven sentía una mezcla de rabia y culpa que no lograba disipar.
Para el tercer día, Dumbledore anunció que las salidas a Hogsmeade quedaban suspendidas indefinidamente, bajo el pretexto de "problemas recientes" en el pueblo. También prohibió cualquier acceso al Bosque Prohibido sin la supervisión directa de Hagrid. Los alumnos, aunque extrañados por las medidas repentinas, aceptaron en silencio las instrucciones del director, mientras los rumores comenzaban a circular con rapidez.
Algunos decían que la desaparición de Snape tenía que ver con los mortífagos, otros susurraban que quizá una criatura peligrosa había escapado del Bosque Prohibido y causado estragos. La realidad, sin embargo, era desconocida para todos, excepto para los prefectos, los profesores y el director.
La atmósfera en Hogwarts se tornaba cada vez más pesada, y la ausencia de respuestas empezaba a sembrar miedo y desconfianza entre los estudiantes, nada de lo que esta pasando era normal y de apoco todos lo iban notando.
