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Bunny

Summary:

Y es que el universo debía estar equivocado con esto, no había otra explicación.

¿Por qué su alma gemela era un niño dieciséis años menor que él?

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

 

La cosa de "las almas gemelas" seguía siendo un fenómeno imposible de explicar por los científicos. Nadie tenía una explicación de en que momento aparecieron en la humanidad, su manera de comportarse era mucho más mágica que razonable. 

 

Pero aún así, todos soñaban con el día que su alma gemela estuviera con ellos. Alrededor de los cinco años de edad, las iniciales de su pareja aparecerán en su muñeca izquierda. Durante toda su vida desde entonces, todo lo que dibujen en su brazo izquierdo se reflejará en el de su alma gemela.

 

Cuando Robert cumplió cinco años, se despertaba todos los días mirando su brazo, esperando emocionado ver las letras grabadas ahí. 

 

Y esperó.

 

Y esperó.

 

Y esperó todavía más.

 

Pero cuando pasaron dos años, su entusiasmo se desvaneció. Su corazón se llenó de decepción al saber que no tenía una marca y durante algunos años, cargó con eso con gran pesar.

 

Mientras crecía, se convenció a sí mismo de que estaba perfectamente bien así, era mejor no tener un alma gemela a quien esperar. Aunque su corazón siguiera vacío y lleno de desilusión infantil.

 

A los dieciséis años, tuvo que mudarse junto con su familia a un nuevo lugar. Un vecindario agradable dónde las casas compartían la misma estructura blanca y no estaban muy lejos de las otras.

 

Sus vecinos eran una pareja agradable con bebé muy pequeño. Robert solo los saludaba de lejos cuando llegaba a verlos, un poco curioso por el pequeño de cabello chocolate que se aferraba a su mamá con fuerza. 

 

A veces aún pensaba en su alma gemela, pasando una mano sobre la piel de su brazo, preguntándose que estaba mal con él para no merecer a nadie.

 

A veces pensaba en eso, en las fiestas a las que iba los fines de semana, mientras se besaba con alguna chica linda que había llamado su atención. 

 

¿Por qué no tenía un alma gemela? 

 

La pregunta abandonó su mente al cumplir diecinueve años. Cubría siempre la zona de su muñeca con pulseras, para evitar dar explicaciones de porque su brazo estaba vacío.

 

Estuvo en relaciones en las que no podía dejar todo su corazón, sobretodo al ver la tinta resplandecer sobre sus muñecas. Siempre evadiendo la pregunta sobre su alma gemela, ignorando el dolor.

 

Se acostumbro, con el tiempo. Se hizo a la idea de que tal vez podría encontrar a otra persona que tampoco tuviera una marca, estarían bien. 

 

Estaría bien.

 

Ahora, cerca de cumplir veintiun años de edad, la cosa de la otra mitad de su alma ocupa un pequeño rincón en el fondo de su mente. Mucho más preocupado por asistir a la universidad para conseguir un lugar en la empresa de su padre.

 

Con las vacaciones de verano, su madre le sugirió buscar un pequeño trabajo, comentando casualmente que los vecinos necesitan alguien para cuidar a su pequeño hijo.

 

Robert no sabe nada sobre niños, pero el dinero suena bien y la oportunidad de tener algo que hacer, mucho mejor. Así que habla con su vecina para acordar la hora junto a los días que el niño necesita supervisión, además de todo lo que necesita saber sobre Pablo Gavira.

 

El primer día, se para frente a la puerta un poco nervioso. Investigó algunas cosas en internet, pero todavía no se siente muy preparado. En una mochila trae un paquete de galletas y un conejo de peluche que encontró entre sus cosas, con lo que espera ganarse al pequeño.

 

Le dijeron que el niño era tímido con las personas desconocidas pero tenía un temperamento tranquilo, no debería ser un problema cuidarlo durante la tarde.

 

Con un suspiro, toca la puerta, esperando hasta que se abre. Baja la mirada cuando ve una mata de cabello castaño sobresalir, el niño lo mira con ojos marrones idénticos a los de un cachorrito asustado.

 

Robert le sonríe cuando el niño lo deja pasar, la puerta se cierra detrás de él y ambos caen en un incómodo silencio. Decidido a no fracasar en su primer día, Robert se agacha para quedar a la altura del pequeño.

 

—Hola. 

 

Pablo se sobresalta, sus ojos se abren todavía más. Parece que quiere correr a esconderse, Robert baja su mochila con movimientos lentos, sacando el conejito para agitarlo frente a su cara.

 

Pablo extiende sus bracitos de inmediato, deteniéndose a solo unos centímetros de tocarlo. Lo mira como pidiendo permiso, así que Robert lo acerca más a él, Pablo se aferra a la cosa rellena al instante, abrazándolo con fuerza.

 

Teniendo algo a lo que agarrarse, parece perder un poco de su timidez, su vocecita infantil a penas se escucha cuando habla.

 

—H-hola...

 

Robert le extiende una mano, queriendo darle un poco más de confianza. El niño la toma, arrastrándolo con él sin importarle que Robert tropieza por tratar de seguirlo.

 

Pablo los lleva a la sala, hay libros para colorear y demás juguetes esparcidos sobre una mesita en el centro. Pablo se sienta, colocando su nuevo peluche con mucho cuidado sobre la mesa, asintiendo satisfecho con los resultados.

 

Vuelve a mirarlo con esos enormes y tiernos ojos, Robert suspira, tomando asiento a su izquierda. Pablo le pasa uno de sus libros para colorear junto a una caja de crayones. Robert observa el dibujo, es un bosque con un conejito acostado sobre el pasto.

 

Pablo toma uno de los crayones, esparciendo el color verde por la hoja blanca. Se detiene al ver que el no está colaborando, mirándolo con un pequeño ceño fruncido. 

 

Toma el crayón azul, pintando rayas en el cielo para apaciguar al niño. Pablo continúa entonces y ambos colorean el dibujo durante un rato. Después de una hora, Robert saca el paquete de galletas, observando con una pequeña sonrisa al niño quedar lleno de migajas.

 

Pablo se sonroja cuando nota que lo están mirando, pasando sus manitas por su cara y solo empeorando el desastre. Con una pequeña risa, Robert levanta al niño, apoyándolo sobre su cadera. 

 

Pablo se agarra a su ropa, sin protestar mientras Robert los lleva a la cocina. Deja al pequeño sentado sobre el mostrador, tomando un paño para humedecerlo y limpiarle el rostro. 

 

Aprovechando que está ahí, busca en el refrigerador hasta encontrar leche y después localiza los vasos. Ayuda al niño a beber un vaso entero, volviendo a pasar el paño por su carita para limpiarlo.

 

—G-gracias...

 

Robert a penas y alcanza a escuchar el susurro, pero asiente de todas maneras. Lleva su mano izquierda a acomodarle el cabello y Pablo la agarra con manitas curiosas que intentan ver más allá de sus pulseras.

 

Robert aleja la mano, sin molestarse por la intriga que el pequeño pueda tener por ver su marca, es solo un niño, después de todo.

 

—¿Emocionado por obtener tu marca? 

 

Pablo asiente, sus ojitos brillando de alegría. Robert sonríe, recordando las ilusiones que tuvo cuando tenía su edad.

 

—¿Cómo te gustaría que fuera tu alma gemela? 

 

Pablo parece considerar su pregunta durante algunos segundos, lo mira intensamente durante todo el tiempo hasta que aparta la mirada con un sonrojo.

 

—Está bien si no lo sabes, no hay prisa.

 

Vuelve a cargarlo. Pablo entierra su carita en su hombro y cuando Robert se sienta en uno de los sillones, está casi dormido sobre él.

 

Acaricia la cabeza del niño, sintiendo que es una gran victoria que se haya ganado su confianza. Cierra también sus ojos, aferrándose al pequeño cuerpo que tiene entre sus brazos.

 

Sin preguntarse porque se siente tan bien tenerlo cerca.

 

Sin cuestionar porque se siente como si una pieza hubiera encajado en su lugar.