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Luna

Summary:

Aerion odia a los alfas, son tontos, arrogantes, violentos y solo usan a los omegas para su diversión. A pesar de eso es obligado a casarse con el hombre que lo humilló en el juicio de siete. Aborrece la unión, pero Duncan es demasiado atento y dispuesto a cuidar de él. De pronto Aerion se encuentra deseando más de lo que el alfa le da.

 

O donde Aerion se enamora de Duncan, pero es un tonto que no sabre comunicarse.

Notes:

La historía surgió de los fanarts de Louis Bach mezclado con la canción de Luna de Zoe, después de que me despidieran de mi trabajo. Quería hacer una historia sencilla con omegas fugados y aquí estamos. Espero que los disfruten.

Chapter Text

AERION

La tela se sintió rasposa contra su piel. Era un jubón de terciopelo rojo con bordados dorados que llegaba casi hasta la altura de sus tobillos; Recordaba más un vestido que un traje. Contrastaba ampliamente con la armadura negra con rojo que estaba acostumbrado a usar y que prefería sobre el ropaje que traía puesto. Parecía más una burla para él que un traje ceremonial como pretendía. 

Esperaba sentado en un sillón frente al fuego, la única fuente de iluminación de la habitación. Quería que todo este desastre terminara. Había perdido el torneo en Vado Ceniza y ahora estaba atorado en aquella absurda situación. Era surrealista que Maekar, su padre, hubiera aceptado aquel trato; pero había dicho que sí y ahora estaba atado a esa bestia que se hacía llamar caballero. lamentablemente, estaba en su derecho de hacerlo; su tío Baelor lo había prometido, antes del juicio de siete, por razones que desconocía. Ahora estaba muerto, pero era turno de su padre de hacer valer el acuerdo. Creía que era injusto. Era un príncipe Targaryen, pero ahora estaba en la habitación del alfa al que había sido comprometida, como una moneda de cambio. 

Permanecía en la habitación, junto a la sirvienta que le había ayudado a ponerse aquel vestido ridículo. Sería su ceremonia de enlace, no una boda como tal, lo que era mil veces peor. Las ceremonias de enlaces eran utilizadas en las tierras de la corona, Dorne y el Dominio, para sellar pactos matrimoniales sin que realmente hubiera un matrimonio. Carecían de validez legal y los hijos nacidos de esas uniones eran bastardos, pero eran más aceptados que otros actos sexuales porque significaban una promesa a largo plazo. Era lo que Duncan había pedido. Era su forma de castigarlo y humillarlo por lo sucedido en Vado Ceniza. 

Sus manos estaban entrelazadas sobre sus muslos, mientras su pierna derecha se movía de arriba abajo. El hombre con el que lo habían condenado aún no llegaba y estaba impacientándose. Sospechaba que hablaba con su padre sobre él, de la misma manera que se hablaba de los servicios con una señora en la calle de la seda. O algún alfa lo había detenido en los pasillos para felicitarlo por lograr llevarse a la cama a un príncipe Targaryen. 

“Mi príncipe… si gusta puedo…” habló la sirvienta a sus espaldas.

“No te he dado el permiso de hablar”, interrumpió. 

“Lo lamento, mi…” 

“Sigues hablando sin permiso”. No estaba de humor para intercambiar palabras con nadie. Sentía que explotaría en cualquier momento y podría hacerlo con la chica si esta no guardaba silencio. 

La puerta se abrió de golpe y apareció la persona que más odiaba en ese momento. Sus manos parecían buscar la correa con la que cargaba su escudo, solo que este no se encontraba ahí. Vestía ropa de seda; las botas que traía puestas eran nuevas y su cabello había sido peinado; ya no era ese nido de pájaros que traía. 

Vestía como un señor de buena cuna y eso le molestaba. Deseaba mucho haber terminado su trabajo aquel día en el juicio o haberlo matado ese mismo día cuando lo conoció en los establos de Vado Ceniza y lo confundió con un sirviente cualquiera. Recordaba haberlo visto a los ojos. Su mirada le incomodaba y le había arruinado el resto del día. Ahora comprendía que los dioses le anunciaban que se alejara de ese hombre. 

Maldecía a aquella estúpida titiritera con sus historias de dragones muertos. Maldecía al inútil de su hermano por pedirle a Duncan que la salvara. Maldecía a su padre por entregarlo tan fácilmente al hombre que lo había derrotado en combate y se maldecía a sí mismo por haber permitido que esa bestia viviera. 

"Llegas tarde. Espero que tengas una buena razón para que me faltes el respeto". Se levantó de su asiento con la fuerza suficiente para que el sillón se arrastrara unos milímetros.  

“Yo me disculpo…” empezó. Trató de mirarlo a los ojos. Pocos podía sostener su mirada y él lo intentaba. Eso lo molestó aún más. “Su padre pidió hablar conmigo en privado, mi príncipe”, explicó.

Terminó de cerrar la puerta y se acercó a él. La duda era notable en sus pasos y el miedo era fácilmente visible en sus ojos. Bien, el miedo era algo con lo que podía trabajar. Despidió a la joven que seguía en la habitación, ella se retiró con una reverencia. Ahora estaban solamente ellos dos. El silencio que se creó entre ellos era asfixiante.

“Debió de ser una plástica muy provechosa si es que se ha sentido cómodo dejándome tirado aquí más de una hora.” 

“Su padre me ha llamado, dijo que era una urgencia”.

“¿Y las palabras de mi padre valen más que mi tiempo?”, se acercó a una mesa donde había una botella de vino y copas vacías. Sirvió un poco del líquido en ellas y tomó un sorbo, esperando la respuesta del alfa. 

“Sí… No, mi príncipe, es solo que…” 

La respuesta rápida y correcta a la pregunta era 'Sí'. Cualquier deseo de su padre estaba por encima de los suyos. Su padre era el hijo de un rey, Aerion era el nieto de un rey y además un omega, por lo que sus opiniones valían mucho menos de manera general. Su única aspiración debía ser casarse con un alfa de una buena familia, al que le daría preciosos hijos. Pero ahora ya ni a eso podía aspirar. Incluso si fuera posible para él romper el lazo, ¿quién querría a un omega usado por un caballero errante originario de Flea Bottom? Pero el caballero no estaba consciente de todas esas reglas de etiqueta y poder. Era ignorante y torpe, así que solo se divertía con verlo tratar de pensar en una manera de hablar sin salir perjudicado.

“Será mejor que terminemos con esto antes de que acabes con mi paciencia”, dejó la copa aún llena, con estrépito sobre la bandeja. El resto de las copas chocaron entre sí y unas gotas de vino cayeron sobre su mano.

El hombre se acerca y se acerca a él con cuidado. Quedaron a centímetros el uno del otro. Necesitaba alzar la vista para ver directamente al rostro del hombre y este a su vez debía encorvarse ligeramente para verlo a él. Un olor a jabón inundó su nariz. Estaba mezclado con un olor que le recordaba la lluvia ya tierra mojada. Era un que podía sentir, pero era igual de intenso al del día en que se habían conocido.

Se mantuvo en su lugar, quieto. No pensaba dar el primer paso. Si iba a atar su vida a la de ese hombre a pesar de sus propios deseos, pelearía hasta el final como el caballero que era. El alfa tardó en darse cuenta de sus intenciones hasta que pasaron lo que se sintieron como muchos minutos. 

Acortó la distancia para tomar con sus manos temblorosas la cara de Aerion. El agarre sobre él se volvió firme, como si lo más difícil ya hubiera sucedido. El hombre lo miró directo a los ojos. Eran azules claros y podía verse reflejado en ellos, pero era incapaz de adivinar qué significaba aquella imagen para el caballero. 

El beso que siguió fue suave. Notó que era un permiso que pedía para continuar. Su respuesta fue tomar al hombre del cuello de su jubón y jaló para que este se agachara. Juntó sus labios con poco cuidado, que pensó haber lastimado el labio inferior por un momento. El beso se intensificó y Duncan empezó a bajar sus manos de sus mejillas al cuello, luego por sus hombros hasta terminar ambas manos sobre sus caderas. Lo presionó contra él para poder intensificar el contacto con Aerion.

Debía admitir que, para ser el tonto que era, sabía besar bien. Sintió que las manos del hombre bajaban más, por debajo del jubón, hasta posarse en la parte trasera de sus muslos. Con rapidez, Duncan lo levantó del suelo, intentando no romper el beso. Por inercia, Aerion enredó ambas piernas en la cintura del alfa. Sin darse cuenta, el hombre lo había llevado hasta la cama. Lo recostó sobre la tela sin quitar el toque sobre sus muslos. La existencia de Duncan lo cubría por completo y daba una sensación de cosquilleo sorpresivamente agradable. Pero Aerion jamás admitiría que se sentía de esa manera; era vergonzoso estar así con alguien de baja cuna. 

Duncan rompió el beso y Aerion se sorprendió a sí mismo buscando conectar sus labios otra vez. Tenía la respiración agitada y la cara la podía sentir caliente. Quería cubrirse el rostro, esperaba ocultar las reacciones de su cuerpo, pero en vez de eso miró directamente a los ojos del hombre. Muchas veces en su vida se había encontrado con cientos de alfas que iban y venían a la Fortaleza roja oa Summerhall. En cada uno la mirada era la misma, lujuria; el deseo de poseer a un príncipe Targaryen y el poder que venía con ello. Pero aquellos dos orbes eran diferentes. Le recordaban al cielo de un día soleado, donde las nubes estaban hechas de anhelo y dulzura. ¿Cómo podía alguien desear algo con tanto esmero? 

De repente se sintió sobrepasado por una emoción desconocida. Era diferente a aquel cosquilleo de antes; Esto era más peligroso. Elevó su mano derecha antes de comprender qué buscaba con tal acción. Quería acariciar aquellas mejillas, sentir esa piel áspera, conocer la historia que contaría cada centímetro de piel por el que sus manos pasaran. Quiso retirar su mano, pero fue demasiado tarde. El hombre atrapó su muñeca a medio camino. 

“¡Suéltame!”, exigió. Tiró de su brazo para zafarse. 

No le permitirán liberarse. En cambio, acercó su mano a sus labios y dejó un beso sobre la palma. Aerion sintió su cara arder y creía que en cualquier momento esta explotaría, al igual que su corazón, que latía con fuerza en su pecho. Se burlaba de él. Pero si era así, ¿por qué cada acción parecía ejecutada con delicadeza? ¿Por qué los besos eran como el de un amante agradecido? La imagen del hombre torpe que había tropezado al entrar con sus propios pies era incompatible con la que Aerion veía, un amante entregado.

“Te estás volviendo muy descarado”, sostuvo la mirada a Duncan mientras hablaba. Retorcía su muñeca, pero el hombre solo escuchó.

“¿Eso cree, mi príncipe?”

Volvió a besarlo y con cuidado quitó el cinturón de cuero. Desabotonó el jubón y le ayudó a quitárselo. Aún traía puesto el resto de la ropa, camisa, botas, pantalón, pero ya se sentía por completo expuesto. Duncan no esperó y terminó de deshacerse de la ropa entre besos descuidados hasta quedar desnudo sobre el jubón rojo que estaba extendido en la cama como una manta más. Duncan seguía vestido de pies a cabeza, incluso traía consigo su espada envainada en su cinturón y una capa negra. Aerion quería hacer las trizas. Era injusto que él estuviera desnudo a merced de él. Acercó la mano a sus hombros y tironeó de la tela; Intentó despojar de sus ropas al alfa. 

“Mi príncipe, creo que hay algo que quiere que haga”, miró a Aeron a los ojos. "Solo debe pedirlo. No haré nada que no quiera", la sonrisa en su rostro era juguetona. La bestia disfrutaba de su desesperación. 

Se mantuvo en silencio un momento. No fue por mucho, pero sí lo suficiente para que esa sonrisa flaqueara un poco y sus ojos perdieran aquella seguridad de antes. Probablemente se debatía si había sobrepasado los límites con sus palabras. Aerion sintió que la presión del cuerpo de Duncan sobre el suyo disminuía y, antes de que se apartara por completo, logró formular una media frase.

“Mucha ropa…” dijo y jaló otra vez de la capa. 

Sin pensarlo dos veces, el hombre empezó a quitarse las prendas que traía puestas, mientras Aerion esperaba con su respiración agitada y la piel tan roja de vergüenza que podría perfectamente confundirse con la tela de su jubón. Cuando Duncan terminó, volvió a besar a Aerion. Ahora era más fiero que antes. Besaba con fuerza y ​​sed, como un hombre que había vagado por el desierto y al fin encontró agua. 

Duncan dejó de besarlo y se enfocó en otras partes de su cuerpo. Besó sus mejillas, su cuello y hombros; jugueteó con sus pezones un poco y bajó por su abdomen hasta su ingle. Aerion ya no podía pensar con claridad. Cada que sus labios tocaban su piel, su mente dejaba de razonar y se entregaba a la sensación. Eran muchas a la vez: los besos, las caricias, la imagen de Duncan desnudo, era mucho para digerir y su cerebro simplemente se derretía en vez de generar algún pensamiento coherente. Era la primera vez que se sentía de esa manera, era confuso; solo estaba seguro de que si el hombre delante de él se detenía, lo mataría ahí mismo. Quería mucho más de aquello que el hombre le estaba dando. Tenía miedo de que a largo plazo se convirtiera en una necesidad, como el agua que bebía o la comida que consumía. 

El alfa se acomodó entre sus piernas. Comenzó a prepararlo con cuidado, para que al recibirlo dentro de él no fuera tan doloroso. Cualquier alfa normal hubiera dejado de lado la satisfacción del omega y lo reclamaría sin cuidado, pero Duncan era raro en todos los sentidos. 

Cuando Aerion empezó a mecerse de atrás hacia delante y trató de profundizar aquel placer, el alfa supo que estaba listo. Se deslizó por su entrada con lentitud y Aerion fue reclamado. La intrusión fue más de lo que esperaba. Abrazó al caballero con fuerza, quería que el dolor desapareciera. Duncan entró por completo en él y esperó que Aerion se acostumbrara a la sensación. 

Evitó ver al hombre. Se sentía avergonzado y esa no era una emoción compatible con alguien de su estatus; también estaba hecho un desastre y no quería que Duncan lo notara. Pero el alfa no le permitió evadir el contacto visual. Tomó su barbilla y lo obligó a mirarlo. Comprendió lo que buscaba, así que asintió para darle permiso. 

Al inicio, las estocadas fueron lentas. La intrusión no fue cómoda hasta que su cuerpo comenzó a recibir a Duncan con mayor facilidad. Sintió su frente ser besada. Los gemidos escaparon de su boca; primero eran silenciosos, como si tratara de mantener un secreto para sí mismo, pero la fuerza y rapidez de las estocadas aumentó y los gemidos elevaron su volumen. No se sorprendería si lo hubieran escuchado hasta el otro lado del muro en el norte. La idea de que alguien supiera que estaba siendo reclamado en ese momento lo encendió más.

La habitación era una mezcla entre los jadeos del alfa, sus gemidos y la piel chocando, que resultaba en sonidos obscenos. El sudor de su cuerpo hacía que la tela a su espalda se pegara a su piel, como si se fundiera con la cama. 

Percibió el aumento en su sensibilidad. Estaba cerca de su propio orgasmo e intuía que el alfa también. Por instinto giró su cabeza; dejó su cuello al descubierto, listo para ser reclamado. El caballero se acercó su rostro al cuello del omega y olfateó para sentir el olor de la persona que se entregaba a él. Lamió la piel y mordió con fuerza, dejó escapar un hilo de sangre que cayó hasta caer sobre la cama. La estimulación fue suficiente para que Aerion se corriera sobre su abdomen. Duncan lo siguió después cuando el nudo se formó en su interior. Aerion se regocijó con la sensación y abrazó a su alfa; entrelazó sus piernas en las caderas del alfa, quería sentir su calor. 

Con sus respiraciones agitadas y la negativa de Aerion de dejar ir a su alfa, Duncan cargó a su omega con cuidado y lo acomodó mejor para que no estuviera incómodo. El hombre se acostó sobre la cama desordenada y acomodó a Aerion encima de su pecho. Aerion escuchó un tiempo los latidos del corazón de Duncan, acompañados de su respiración. Se sintió ligero, como si todos sus problemas hubieran desaparecido ahora que estaba entre los brazos de su omega. Una mano acariciaba su espalda de arriba abajo. No sé cuánto tiempo pasó. Los párpados se sintieron un poco pesados ​​y cerraron los ojos. Su respiración fue más despacio hasta caer en un profundo sueño.

Esa noche no tomé té de luna.