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El Café del Día

Summary:

Debido a ciertos problemas económicos, Armando González se ve obligado a abandonar temporalmente sus estudios en gastronomía. Con la esperanza de reunir el dinero necesario para regresar a la universidad y cumplir su sueño, comienza a trabajar en una pequeña cafetería, un lugar donde cree que finalmente podrá tener un poco de paz.

Lo que nunca imaginó era que, después de tres años, volvería a encontrarse con la última persona que quería ver: Brian Gutiérrez, el demonio que convirtió sus años universitarios en un verdadero infierno.

Aquel que alguna vez consideró su peor enemigo ahora vuelve a aparecer en su vida, trayendo consigo recuerdos que Armando creía haber dejado atrás.

¿Serán capaces de dejar el pasado atrás y empezar de nuevo? ¿O volverán a repetir los mismos patrones?

Notes:

Es mi primera vez publicando una historia, no estoy muy seguro sobre si esto le vaya a interesar a las personas, pero estaré muy agradecido con quién se tome el tiempo de leerlo. ¡Gracias!

Chapter 1: 00

Chapter Text

El día comenzaba siempre ambientado por canciones de jazz romántico, la mayoría provenientes de los años veinte. Por supuesto, no era una elección de Armando; el encargado de la cafetería era un nostálgico casi por profesión y un romántico que rozaba lo absurdo.

Ya acostumbrado a aquello, Armando se limitaba a recorrer el lugar con un trapo húmedo entre las manos, limpiando las mesas de roble antes de que llegaran los primeros clientes. En más de una ocasión podía sentir cómo su propio cuerpo lo traicionaba, cediendo al ritmo de aquella música "añeja", como solía llamarla a espaldas de su superior. 

Su jefe, durante los últimos meses, había comenzado a presentar problemas notorios de salud. Todo empezó con visitas cada vez más frecuentes al médico, hasta que un día le comentó a Armando que probablemente contrataría a alguien más, alguien que pudiera reemplazarlo y de paso, ayudar a Armando con el ritmo agotador de la cafetería.

Armando no podía ocultar su preocupación. Aunque no compartían lazos de sangre, llevaba tres años trabajando allí. En ese tiempo, el viejo había terminado convirtiéndose en mucho más que un jefe. Aún recordaba la tarde en que lo encontré sentado detrás del local, completamente destrozado después de que una compañera de la universidad le rompiera el corazón. Sin decir una palabra, el hombre le preparó un café caramelizado y se quedó a su lado hasta que dejó de llorar, un par de palmadas amistosas en la espalda pudieron levantarlo en tan solo un mes; " Hay muchos peces en el mar " diría cada que su empleado se encontraría cabizbajo, luego le seguirían un par de golpecitos cariñosos en la espalda del menor. 

—Muy bien, mijo. Todo está reluciendo como siempre, ya me voy yendo a mis chequeos; la última vez salí con el azúcar disparada hasta el cielo. —dijo el señor Ochoa, sacando al menor de sus pensamientos.

Armando soltó una risa nasal.

—Don Memo, le dije que no comiera tanto pan dulce, todavía no conforme va y se chinga un atole de chocolate. —Armando negó varias veces con la cabeza, como si ya estuviera resignado.

—De algo nos tenemos que morir. 

Armando rodó los ojos mientras su sonrisa se agrandaba.

El mayor finalmente caminó hasta la salida, apenas cruzó la puerta tomó un taxi. Armando solo pudo observar como el vehículo terminó perdiéndose entre el tráfico de la ciudad.

González esperó unos segundos más antes de apartarse del ventanal. Soltó un suspiro y regresó detrás de la barra. Con un movimiento corto giró el pequeño cartel colgado en la puerta.

ABIERTO .

La máquina de espresso llevaba unos minutos calentándose, así que aprovechó para llenar el molino con granos recién tostados. El aroma del café comenzó a extenderse por el local, la música de jazz y el olor intenso de los granos lo hacían sentirse un poco somnoliento; en esos momentos deseaba más que nada estar metido en sus reconfortantes sábanas.

Revisó el refrigerador, acomodó las botellas de leche, llenó los jarabes de vainilla y caramelo y pasó un último paño sobre la barra, asegurándose de que su jefe pudiera sentirse orgulloso de su gran trabajo. Todo debía estar impecable antes de que llegaran los primeros clientes.

Después de un rato el sistema de la cafetera anunció que había alcanzado la temperatura ideal. Ahora sí, estaba listo para comenzar.

Los clientes no tardaron en llegar; El tintineo de la campana sonó varias veces durante esa primera hora. Primero, una chica que pidió un café con leche de vainilla, luego una anciana que desbordaba de ganas de probar un moka. 

Así, cliente tras cliente, Armando fue atendiendo a cada uno sin perder ni un detalle. 

El día se le había hecho algo pesado. Eran las siete y cincuenta y cinco minutos de la noche; Prácticamente faltaban solo minutos para cerrar.

Se estiró perezoso, mientras tomaba un trapeador y comenzaba a limpiar la suciedad del reducido local. Colocó las sillas una por una sobre las mesitas; y, de alguna forma que hasta él desconoció, terminó bailando al ritmo de la música con el palo del trapeador entre sus manos.

De verdad parecía un lunático.

Le requeriría a Memo un compañero en cuanto llegara a la cafetería por la mañana.

El sonido de la campana lo sacó de su vals improvisado. Dio un pequeño brinquito, lo cual provocó que el trapeador terminara botado en el suelo, su mirada se dirigió hasta la puerta de cristal. 

Un joven acababa de entrar.

Era un güero que le resultaba demasiado familiar. Para ser sincero, no esperaba ni mucho menos deseaba tal reencuentro.

—...¿Gutiérrez? —susurró Armando, anhelaba que solo se tratara de una alucinación debido a su falta de compañía.

Al hombre se le forma media sonrisa burlona en el rostro.

—Que agradable sorpresa, Otaku.

Armando soltó un quejido ahogado, se aclaró la garganta reprimiendo su enfado.

—Por supuesto que sí. ¿Se te ofrece algo? Estaba a punto de cerrar.

Brian echó un vistazo al trapeador que aún descansaba en el suelo y volvió a mirarlo.

—Me pareció que estabas disfrutando plenamente de perder el tiempo con tu lindo acompañante —se burló—.Dame el café más caro que tengas, para tomar aquí.

Su tono sonó más como una orden.

Armando frunció el ceño mientras se colocaba detrás de la barra. Brian lo siguió de cerca, tomando asiento en un banquito frente a esta, sin dejar de observar cada uno de sus movimientos.

Soltó un sonido suspiro esperando que el contrario lo escuche. Brian ni siquiera contuvo la risa que le salió producto de la frustración de Armando.

—Un caramel macchiato será...—murmuró más para si mismo que para su molesta compañía.

Tomó el portafiltro, dejando caer el café recién molido, luego lo compactó con el tamper antes de encajarlo en la máquina. Mientras el espresso comenzaba a extraerse, vertió la leche fría en una jarra metálica y la calentó con la lanza de vapor hasta obtener una espuma suave.

Después de agregar un poco de jarabe de vainilla al fondo de un vaso de cristal, incorporó la leche espumada y dejó caer el espresso sobre ella. Como toque final, dibujó un par de líneas de caramelo sobre la superficie.

Empujó el vaso por la barra hasta dejarlo frente a Brian.

Gutiérrez ni siquiera se molestó en dar las gracias. Agarró la bebida y le dio un sorbo prolongado, después de unos segundos separó sus labios del vaso.

Armando contuvo con todas sus fuerzas una carcajada; la espuma del café se repartía de tal forma que había formado un bigote sobre la boca de Brian. Incluso una persona tan desagradable podía lucir un poco tierna.

— ¿Qué te pasa, güey? —interrogó Brian, claramente molesto.

González sin decir nada deslizó un par de servilletas en su dirección.

—Una afeitada no te haría mal, güero. —dijo sin poder ocultar más su sonrisa.

Brian chasqueó la lengua, aún así tomó una servilleta y se la pasó por la boca.

—Ya estoy demasiado cansado como para soportar tus chistes de pésimo gusto, otaku.

Armando rodó los ojos.

—¿Es neta? Todavía que me haces atenderte a estas horas. Aunque sea un pinche gracias, ¿No?

Gutiérrez lo observará sin decir ni una palabra.

—¿Cuánto va a ser? 

" Era obvio, un niño mimado como él jamás aprendería a tener buenos modales ni aunque pasaran díez años ", pensó, apretando la mandíbula.

—Setenta pesos.

Gutiérrez colocó un billete de quinientos pesos sobre la barra.

—Es el billete más pequeño que traigo —dijo recorriendo el local con su mirada—. Y aquí no hacen transferencias, ¿Verdad? 

—No chingues, cabrón, nada más quieres cagar el palo —pese a su molestia, Armando se dirigió hasta la caja registradora.

—Así déjale, ni me hacen falta, pendejo —Brian dió los últimos sorbos a su café y se levantó sin siquiera voltear a mirar al otro.

La campana tintineo una vez más, anunciando su salida.

Armando se desplomó sobre una silla cuando el local quedó en completo silencio. Algo le decía que esta no iba a ser su última interacción, incluso después de todo este tiempo, Brian seguía siendo un mamón.