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Memorias de Valyria
—¿Te gustaría casarte en un futuro, Qȳbor? —preguntó distraídamente el pequeño omega Lucerys, mientras ambos presenciaban el ritual conyugal de unos familiares lejanos.
Las madres de Lucerys estaban demasiado ocupadas intentando que Helaena dejara ir a la araña que había encontrado y de la cual la niña no quería separarse. Pero quien sí estaba presente era el padre del pequeño, Laenor Velaryon, que desde una esquina le dirigió a su hijo un intento de mirada severa para que el niño dejara de hablar. Aemond pareció no haber visto el gesto de Laenor, porque el peliblanco simplemente respondió:
—No.
—¿Por qué no, Qȳbor? —continuó preguntando Lucerys en cuanto vio que su padre Laenor había desviado la mirada.
Aemond estaba absorto viendo cómo Jace y Aegon fingían ser los novios mientras susurraban tonterías con voz ridícula: —Te tendré en mi cama esta noche, omeguita. —¡Oh, no, mi alfa, tenga cuidado, soy virgen!
En ese momento, a Lucerys no le parecieron graciosas las bromas de Jace y Aegon; al contrario, a él le pareció un lindo momento. Al pequeño le gustaba cómo se miraba la pareja del ritual. Había un anhelo extraño y burbujeante en ese lazo que lo atraía, aunque el niño no sabía realmente qué estaba viendo. Lucerys había notado esa misma mirada en las expresiones de sus dos madres, Rhaenyra y Alicent, cuando se veían una a la otra. Era lindo; sus madres se apreciaban la una a la otra.
Pero a veces la situación confundía al pequeño. Si ellas se miraban de esa forma, ¿entonces por qué no estaban casadas? El niño no había visto a su madre Rhaenyra y a su padre Laenor verse con la misma expresión, ni a la reina madre ver a su abuelo, el rey con el mismo cariño.
—Porque tendría que irme de aquí —explicó Aemond.
La mirada preocupada del pequeño omega se dirigió rápidamente hacia su tío, apresurándose a preguntar el porqué.
—Soy el segundo hijo. No poseo un dragón y no heredaré absolutamente nada —continuó Aemond—. Probablemente me unan a la casa de algún omega y pase hasta el final de mis días allá..
Lucerys se apresuró a tomar la mano de Aemond entre las suyas. —No quiero que te vayas. Eres mi tío favorito —susurró el niño esto último con mucho cuidado para que Aegon no lo escuchara, provocando que Aemond sonriera con complicidad.
—Se lo voy a restregar más tarde, querido sobrino —bromeó el alfa, fijando sus ojos en Lucerys.
Al omega le encantaba cuando los ojos de su tío se fijaban en él, un bello color amatista. Era algo que envidiaba de sus tíos y de su madre; eran los ojos más hermosos del mundo. Pero los de Aemond tenían una ternura dirigida exclusivamente a él, una que le hacía doler la tripa como cuando comía demasiados pays de limón.
—Pero la verdad es que yo tampoco me quiero ir —confesó Aemond, estrechando la mano de Lucerys antes de volver a mirar a la pareja. Entonces, a la pequeña mente de Lucerys se le ocurrió una idea. —¡Podríamos casarnos entonces! ¡Así ninguno tendría que irse jamás! —elevó el niño la voz, emocionado por su brillante ocurrencia.
El grito causó que sus dos madres le dirigieran una mirada de pocos amigos, por lo que guardó silencio rápidamente. Fue la reina madre, Alicent, quien se acercó, tomó las manos de ambos y se interpuso entre ellos.
—A ver, ustedes dos. Guarden silencio, señoritos. —Alicent se dirigió también a Jace y a Aegon, quienes intentaban no reírse mientras el alfa mayor volvía a bromear.
Pero cuando Lucerys miró a Aemond por detrás de la espalda de la madre Alicent, el pequeño vio la respuesta en los ojos de su tío. Aemond estaba de acuerdo.
La mayor parte del tiempo, Lucerys era infantil. A pesar de su corta edad, al niño no le daba miedo mostrar su descontento con los demás cuando algo no le gustaba o simplemente cuando las cosas no salían como él quería. Al ser uno de los pocos omegas pertenecientes a la realeza, el pequeño tenía la libertad de comportarse de forma muy malcriada y nadie podía realmente reprochárselo. Debido a la escasez de omegas después de la gran plaga Zōbrie Kēliar, estos integrantes de la dinastía pasaron a ser respetados y venerados. La madre del niño, Rhaenyra, y su querida mami, Alicent, decían que eran pocos los alfas y betas que podían crear nuevas vidas y dar a luz niños sanos. Por lo tanto, era natural que Lucerys fuese el consentido de todo el reino y más allá.
Pero ni siquiera todo el oro ni los privilegios con los que el pequeño había nacido lo iban a librar del desastre que acababa de cometer.
Lucerys Velaryon había asesinado a su tío Aemond. Había asesinado al mismísimo hermano del futuro rey. A la corta edad de siete años, el niño se había convertido en un asesino de parientes, el peor de los pecados ante los ojos de todos. El derramamiento de sangre Targaryen no tenía perdón.
—¿Tío Aemond? ¡¿Qȳbor?! ¿Está usted bien? —El grito desgarrador del pequeño Luke resonó en el lugar. Segundos antes, cegado por el pánico y en un acto completamente impulsivo, el niño había arremetido con el cuchillo sin siquiera abrir los ojos—. ¡Qȳbor! Lo siento, lo siento tanto, perdóname... —clamó de rodillas frente a Aemond, quien no hacía más que retorcerse de dolor en el suelo, intentando proteger su rostro ensangrentado de un ataque que ya había terminado.
Luke sintió un dolor sordo en su propia mejilla, pero no podía prestarle atención a eso. Lucerys no podía escuchar lo que su hermano Jace y su tío Aegon estaban gritándole; la atención del niño solo estaba enfocada en lo que sus manos habían hecho. El pequeño acunaba las manos de Aemond en un pobre intento de detener la sangre. Había tanta sangre; Lucerys nunca había visto tanto líquido rojo salir del cuerpo de alguien. Salía del ojo de su tío. Lucerys había asesinado a su tío; por ende, el niño merecía morir. Lucerys merecía morir.
El menor, en su desesperación, no se dio cuenta de cuándo llegaron los adultos con sus gritos, exigiendo una explicación para lo que había pasado. Lucerys no tenía ninguna.
—Perdóname, Qȳbor… —sollozó el menor mientras sentía unas grandes manos alejarlo a la fuerza del cuerpo de su tío, el cual había dejado de moverse segundos atrás.
Lo había asesinado.
La princesa Rhaenyra no había llegado todavía. Lucerys se encontraba arrodillado frente a la gran reina madre en la sala del consejo, un lugar que el niño había pisado innumerables veces. Era el mismo sitio donde sus tíos y él solían jugar a las escondidas hasta el anochecer, y donde el pequeño solía colarse junto a sus hermanos para escuchar los secretos de los adultos. Era un lugar normal y tranquilo; una gran diferencia con esa noche, pues hoy ese espacio familiar le provocaba al niño un miedo terrible. La sala estaba abarrotada de gente, pero se sentía asfixiante, angosta y helada. Luke experimentaba una soledad absoluta a pesar de la presencia de Jacaerys a sus espaldas. Su hermano mayor estaba allí, siempre a su derecha, siempre dispuesto a defenderlo, incluso en un momento tan oscuro donde el propio omega menor sabía que merecía la muerte.
Lucerys sabía perfectamente la difícil posición en la que se encontraba su hermano Jace. Sin tener que verlo directamente, el niño ya podía sentir la indecisión del alfa: levantar a su hermanito y proteger su dignidad, o arrodillarse junto a él y pedir perdón a la reina Alicent, quien había sido como una madre para ellos. Esta tragedia separaría a la familia; rompería los lazos que Rhaenyra y la madre Alicent habían construido con tanto cuidado y amor a lo largo de los años. Todo por culpa de Luke, el querido omega del reino. Qué ironía tan cruel y retorcida que fuese justamente él quien destruyera a la familia. Un omega, cuando se suponía que su naturaleza misma debía mostrar la unión, el hogar y el cuidado mutuo. Un omega asesino de parientes.
De rodillas en el centro del salón, con las finas y costosas sedas de su túnica valyria arruinadas con la sangre que él mismo había provocado —sangre carmesí que aún no se secaba del todo en sus manos—, el omega no quería que lo levantaran. Lucerys sentía que el peso de su pecado lo aplastaba contra las frías piedras del suelo. El niño intentaba contener sus feos sollozos mientras presionaba las palmas y el rostro contra la roca, en una postura de sumisión absoluta. El menor no sabía qué decir, ni por dónde empezar a pedir clemencia.
Una sola frase de la reina madre Alicent lo hizo estremecerse y subir la mirada: —¿Qué has hecho, Lucerys?
La respiración de la reina era errática y sus ojos reflejaban un dolor insoportable. Al verla, el dolor en el corazón de Luke creció. El niño avanzó a gatas, sin importarle la estricta etiqueta que la mismísima soberana frente a él le había enseñado: un omega no se arrodilla ante nadie, un omega no se muestra rogante ni asustado, un omega simplemente es. Olvidándose de los modales reales, el castaño gateó y arrastró las costosas telas por el suelo hasta quedar a los pies de su madre reina, sollozando sin control. El niño quería huir a los brazos de sus madres, pero incluso el pequeño Luke entendía la dolorosa diferencia en ese instante. Rhaenyra le había dado la vida, pero Alicent lo había criado con el mismo fervor. Y fue él, su consentido Lucerys, quien acababa de arrebatarle a la reina su segundo hijo. A su querido Aemond.
—¡Asesiné a Qȳbor! ¡Mamá, no se mueve, lo dañé! —gritó Lucerys.
El niño levantó su rostro bañado en lágrimas, ajeno a la fea marca que comenzaba a tornarse morada en su mejilla. En el caos de los establos, ciego por el pánico mientras unas manos grandes lo arrancaban de encima de Aemond, Luke solo había sentido un golpe seco y sordo que lo hizo tambalearse; en ese instante no había entendido nada, pero después de ver a su tío Aegon furioso y temblando al fondo del salón, el niño comprendía de quién había venido el golpe. Aun así, el dolor físico no le importaba al omega. Nada importaba.
—Yo... yo solo quería que Aemond soltara a Jace, él iba a pegarle con la piedra... ¡Lo siento, lo siento tanto! No merezco su perdón, ma… madre.
La última palabra murió en un murmullo quebrado. Luke bajó la cabeza, tan avergonzado y dolido, temblando por la duda de si todavía podría llamarla así, de si un monstruo como él tenía permitido buscar refugio en la mujer que lo había acunado desde bebé. Al juntar el valor para alzar la vista hacia la mujer que por tantos años lo había criado, la respuesta clara pareció romperle el corazón al niño. La rigidez en el rostro de Alicent y el ruidoso silencio que los rodeaba, de omega a omega, eran la peor tortura. Recibir el rechazo de su segunda madre era el dolor más grande que Lucerys podría experimentar jamás.
—Yo.. Yo merezco morir... Perdóneme, reina.
Fue lo último que el niño estuvo dispuesto a pronunciar: su gran pecado y condena. Hasta ese momento el menor no lo había admitido en voz alta, pero apenas las palabras abandonaron sus labios, un espasmo de total horror recorrió a todos los presentes. Jace de inmediato se plantó al lado de su hermano e intentó levantarlo por los hombros, pero Luke se resistió, aferrándose a sus túnicas sucias con la sangre de su difunto tío, aferrándose al sucio suelo.
Un feo y alto murmullo viajó por toda la sala del consejo; todos los señores se miraron entre sí, estupefactos, y hasta los guardias reales parecieron sentirse incómodos bajo sus armaduras, expectantes a las palabras de la reina. Ni siquiera el frío Otto Hightower estaría dispuesto a mandar a la muerte a un omega real; para un omega con sangre Targaryen aquello era un sacrilegio. Así que escuchar a un pequeño príncipe omega sentenciarse a sí mismo a la muerte era una aberración que nadie en esa sala estaba preparado para presenciar, mucho menos para permitir.
Pero los menores Velaryon no sabían esto.
—¿¡Qué haces, Luke!? —Jace intentó zarandearlo, desesperado por ir en busca de su madre Rhaenyra, pero rehusándose a dejar a su hermano solo.
Incluso el propio Aegon se adelantó a grandes zancadas. La rabia golpeó al joven alfa como un balde de agua fría. Hacía apenas unos minutos, lleno de furia en los establos, le había dado un merecido puñetazo en la mejilla a su sobrino; pero ahora, verlo y escucharlo suplicar por su propia muerte lo hizo reaccionar. En la mente de Aegon llegó el claro recuerdo de siete años atrás, cuando un bebé castaño recién nacido y envuelto en mantas de seda fue depositado en sus brazos de niño. El alfa recordaba el aroma suave del bebé a leche y la promesa que su madre Alicent les hizo hacer a todos. Ahora parecía que el príncipe debía cumplir esa promesa.
Con el cuerpo temblando por la adrenalina y el dolor, Aegon se interposo firmemente entre su madre Alicent y su sobrino Luke, plantando cara a la reina como un escudo humano e inesperado.
—Madre, mi sobrino se está excediendo, esto no es…
Sin permitirle a Aegon terminar, las pesadas puertas del salón se abrieron de par en par con un golpe seco. La princesa Rhaenyra Targaryen cruzó el umbral con la respiración agitada, con Laenor Velaryon y con el príncipe Daemon Targaryen pisándoles los talones, cuya mirada asesina barrió la sala al instante.
Rápidamente, la princesa Rhaenyra y su grupo se acercaron al pequeño omega y lo arrancaron del suelo. Rhaenyra acunó el rostro de su hijo menor entre sus manos, con el corazón en la garganta al ver la mirada vacía del pequeño; la luz parecía haber abandonado por completo los ojos de su hijo.
—Déjame ver... déjame ver —pidió la princesa Rhaenyra con la voz quebrada por la angustia, mientras examinaba la marca morada en las facciones del niño y revisaba toda la sangre en la vestimenta del omega—. ¿Quién hizo esto? ¿¡Quién le hizo esto a mi hijo!?
A unos pasos, Aegon II se removió incómodo, encogiéndose bajo su propia armadura. La rabia hacia su sobrino y la culpa lo carcomían por dentro; el peso de la mirada de su media hermana Rhaenyra, sumado a la imponente y peligrosa silueta de Daemon al fondo, ponían nervioso al joven alfa.
Antes de que las cosas empeoraran, Jacaerys se plantó frente a su madre Rhaenyra, hablando a toda prisa con la voz entrecortada por el miedo:
—¡Fue un accidente, madre! ¡Aemond tenía a Luke en el suelo! —explicó Jace rápidamente, agitando las manos en el aire, desesperado, sin saber a quién señalar en medio de tanta gente—. Luke solo quería que Aemond lo soltara... ¡Solo quería defenderme! ¡Él no quería hacerlo, lo juro! Él... Él mató a nuestro tío... —sollozó el pequeño alfa, asustado de que asesinaran a su hermano.
La horrorizada expresión de Rhaenyra hizo por fin reaccionar a la reina Alicent. Dando un paso al frente, la reina omega dejó de lado la rigidez de su postura y miró directamente al pequeño Luke que se aferraba a los brazos de su madre.
—Mi hijo no está muerto —declaró Alicent con una firmeza que pretendía apaciguar el corazón de Lucerys, pues nunca lo había visto tan triste—. ¿Quién te informó que Aemond murió?
Alicent soltó lo último dirigiendo su mirada seria hacia el menor. Luke la miró de vuelta con sus tristes y desolados ojos; unos ojos que, hasta hacía apenas unas horas, siempre habían mostrado tanta luz y felicidad cuando el niño correteaba por los pasillos de la Fortaleza Roja. Ver esa chispa completamente apagada en el niño al que había ayudado a criar y a consolar provocó una punzada horrible en el pecho de la reina; un dolor punzante que la sacudía por dentro, pero que su rabia se negaba rotundamente a mitigar. Pues esa noche, para Alicent, Lucerys Velaryon había dejado de ser su hijo.
—Él... él... —El pequeño omega volvió a romper en llanto, mientras su cuerpecito se estremecía de pies a cabeza con unos feos temblores que Rhaenyra intentaba calmar en vano—. Dejó de moverse, madre... —se apuró a corregir el niño— reina.. había... había mucha sangre. ¿No murió? ¿De verdad no murió?
Alicent no podía, o quizás no quería, sentir odio hacia el pequeño omega. El ser de la reina parecía no querer albergar desprecio hacia el niño al que había cuidado y protegido durante tanto tiempo. A pesar de que su mente ya lo había dejado ir, su propio instinto omega no encontraba paz al ver al cachorro en ese estado tan lamentable.
—Le has quitado el ojo a mi hijo —dijo la reina.
Con el corazón dividido, Alicent analizó al niño que lloraba intentando acercarse a ella. Él también había sido su niño.
No.
No había malicia en esos ojos castaños, solo un terror ciego y horrible. El veneno y la rabia que amenazaban con necer en el pecho de la reina se derretían al instante ante la mirada de Luke, para luego volver a formarse con la misma rapidez y ferocidad al recordar la cruel realidad: su propio hijo de sangre, su Aemond, había perdido la vista en su ojo para siempre. Y eso, ninguna ternura omega podría traerlo de vuelta.
No.
—Alicent... —susurró Rhaenyra. Fue una súplica. La princesa rogaba por que no se iniciara un ritual de "ojo por ojo". Rhaenyra sabía que su hijo merecía ser castigado, estaba consciente de la gravedad de sus actos, pero el dolor la desgarraba por ambos lados; Aemond había resultado gravemente herido, y ese pequeño, al igual que los demás niños de la casa, era como un hijo para la princesa mayor.
Alicent y Rhaenyra los habían criado juntas. Los niños las llamaban madre a las dos.
El tenso silencio que siguió al ruego de la princesa fue interrumpido por el eco pesado de las puertas principales. El actual gobernante, el rey Viserys I, entró al salón arrastrando sus pesadas ropas reales, apoyado en su bastón y flanqueado por un imponente séquito de la Guardia Real y maestres. Su rostro reflejaba el cansancio de los años y el poco impacto aparente de la noticia. Ser Otto Hightower se apresuró a salir a su encuentro, interceptando al monarca a mitad del salón. Con pasos rápidos y voz veloz, la Mano del Rey se inclinó hacia el oído de Viserys, susurrándole con urgencia absoluta cada detalle de lo ocurrido en los establos, la pérdida del ojo de Aemond y lo proclamado por Lucerys.
El rey escuchó en silencio, enderezando su dolorida espalda con una dignidad que rara vez mostraba. Su mirada recorrió el salón, deteniéndose en el pequeño omega que todavía temblaba; parecía que el cuerpo del niño no había procesado la noticia de que su tío vivía.
—Una desgracia terrible ha caído sobre nuestra casa esta noche —declaró Viserys, y su voz resonó con autoridad. En Poniente, la palabra del rey era la ley—. Pero no permitiré que la ceguera del dolor dé paso a más mutilaciones. Mi nieto omega no será dañado. Nadie pondrá un solo dedo sobre Lucerys. Esa es mi última palabra.
A pesar del decreto real que aseguraba y pactaba la vida de Luke, el cuerpo de Rhaenyra permaneció rígido como una piedra. La princesa sabía que las palabras de su padre eran ley, pero para ella la opinión de Alicent importaba más; siempre fue así. Siempre juntas.
Fue entonces cuando Alicent desvió los ojos de Luke y miró directamente a Rhaenyra. La reina sostuvo la mirada de la princesa durante un segundo eterno y, con una rigidez dolorosa pero firme, asintió levemente con la cabeza. Ella daba su consentimiento para dejar el castigo físico de lado. Solo en ese instante, la princesa mayor se permitió dejar salir todo el aire que había estado conteniendo en sus pulmones. Los hombros de Rhaenyra cayeron, las lágrimas de puro alivio rodaron por sus mejillas y, apretando a Luke contra su regazo, miró a la reina con una gratitud infinita.
—Gracias... Alicent —susurró Rhaenyra con un hilo de voz, apenas audible en la inmensidad del salón, pero que llegó hasta los oídos de la reina, que al final era la única que realmente importaba.
Entonces, en medio de aquel respiro, el Gran Maestre entró, limpiándose las manos temblorosas en un paño.
—Mi Reina... el príncipe Aemond ha despertado —anunció el anciano, atrayendo la atención de toda la sala hacia su persona—. El dolor ha hecho perder el conocimiento al príncipe por momentos, pero vivirá. Sin embargo... como ya le dije a su Gracia, el ojo se ha perdido para siempre.
Lucerys Velaryon alzó la mirada lentamente hacia el fondo del salón, con el pecho agitado por los hipos del llanto, y en su mente supo que el destino de su tío ya estaba sellado.
Aemond viviría. Su tío no estaba muerto. Luke no era un asesino de parientes... El niño miró sus propias manos manchadas de rojo e intentó limpiarse con su túnica sucia, sintiendo que algo había cambiado en todo su ser. El pequeño ya no se sentía como el mismo de antes. Y el menor podía apostar que Aemond se sentiría igual que él.
Nada volvería a ser igual; eso fue lo que la mirada de su tío herido le susurró en la mente. Y todo era culpa de Lucerys.

