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Una de las cosas que Gavi sentía en ese preciso instante era rabia: rabia pura, sin filtro
Una cosa era que ciertos alfas en el fútbol suelen construir carreras enteras basándose en intimidar a cada Beta y Omega que se cruzara en su camino. Pero esto era una final. Se suponía que los argentinos debían coger sus medallas, salir del campo y dejar que los españoles celebraran en paz. No tenía por qué convertirse en una alboroto.
"Pero qué cojones" murmuró Gavi, pasándose las manos por el pelo revuelto mientras giraba por el tranquilo pasillo que llevaba a los vestuarios.
Las celebraciones en el estadio ya se estaban apagando, y sabía que el túnel estaría prácticamente desierto: sin aficionados, sin cámaras, sin prensa. El cuerpo técnico les había dado cuarenta minutos para ducharse, calmarse y recoger las cosas antes de ir hacia el aeropuerto.
Lo que Gavi no esperaba para lo que no estaba ni remotamente preparado era chocarse de frente con nada más ni nada menos que Leandro Paredes.
El mismo tío que lo había empujado y encarado en el campo solo unos minutos antes por haber tenido los huevos de meterse a defender a Eric.
"No me la podés contar" dijo Paredes, con una voz impregnada de una fluida diversión mientras clavaba la mirada en el jugador más joven.
Gavi se quedó helado, y una repentina punzada de presión y nervios cortó de golpe su enfado. No era solo la mera presencia de Paredes lo que encendió las alarmas; era el hecho de que el Alfa estaba completamente sin camiseta. El sudor le brillaba sobre la tinta oscura que le cubría el torso, acentuando una complexión que parecía diseñada deliberadamente para dominar cualquier espacio.
Gavi tragó saliva con dificultad, levantando la barbilla a la fuerza a pesar del instinto que le pedía dar un paso atrás. Ni de coña iba a dejar que Paredes lo viera sudar.
"¿Te has perdido camino del autobús, Paredes?" saltó Gavi, con la voz tensa, tirando de su agresividad habitual de partido para enmascarar la repentina oleada de calor en el ambiente.
Paredes no respondió de inmediato. Se limitó a apoyarse en la fría pared de azulejos, cruzándose de brazos sobre el pecho. El gesto solo sirvió para marcar sus hombros, marcando cada músculo bajo la tenue luz del túnel. Un aroma suave y a la vez intenso cargado con la autoridad implícita de un alfa empezó a posarse sobre el estrecho pasillo.
"Tranquilo, estoy haciendo tiempo no más" respondió Paredes en voz baja, despegándose de la pared. Su paso lento y deliberado lo acercó más, cortando la mitad del pasillo. "Aunque tengo que admitir... que no me esperaba que un omega españolito viniera a buscarme después de lo que pasó allá afuera"
Gavi apretó la mandíbula y le brillaron los ojos con cierta molestia
"Que no te estaba buscando, tío. Y no me llames así"
"¿Ah, no?" Paredes se detuvo a pocos pasos de él, mirándolo desde arriba con una media sonrisa burlona y peligrosa. De cerca, el calor que desprendía el jugador más grande era imposible de ignorar. "Porque en la cancha estabas re desesperado por ponérteme de frente. Te le tiraste encima a ¿como se llamaba? ¿Eric? como si posta creyeras que me podías parar"
"Es mi compañero de equipo" dijo Gavi, negándose a dar un paso atrás a pesar de que el pulso le martilleaba en la garganta. El contraste físico entre los dos era una locura, pero Gavi llevaba toda la vida negándose a dejarse achantar por jugadores más grandes. "Le has agarrado del cuello. ¿Qué quieres que haga, que me quede mirando?"
"Tenés que saber cuál es tu lugar" murmuró Paredes, bajando el tono un tono entero, grave y envolvente. Ladeó la cabeza, pasando la mirada oscura de la rabia de Gavi al pecho del chaval, que subía y bajaba con fuerza. "O al menos saber cuándo estás al horno, no me gusta ser agresivo con omegas pero no me dejaste otra"
Gavi dio un paso firme hacia adelante, recortando la distancia que quedaba hasta quedarse plantado justo en el espacio de Paredes, mirándolo directamente a la cara desde abajo.
"Si? Ponme a prueba, a ver si te atreves"
Paredes soltó una risa baja, un sonido que resonó suavemente contra las paredes del lugar. Ni se inmutó ni dio un paso atrás. En su lugar, le sostuvo la mirada furiosa a Gavi con un destello divertido.
"Posta no sabés cuándo parar, ¿no?" dijo Paredes, con la voz teñida de una mezcla de incredulidad y auténtica diversión. "Ya se terminó el partido y la copa es de ustedes. Ya ganaste, che"
"Pues quítate de mi camino" dijo Gavi con la mandíbula encajada. Era dolorosamente consciente de lo cerca que estaban, y el aire tibio del estrecho pasillo, de repente, se sentía demasiado agobiante.
Paredes levantó ambas manos en un gesto burlón de rendición, aunque la sonrisa perezosa no se le borró de la cara. Dijo un paso lento hacia un lado, pegando la espalda a los azulejos fríos para dejar espacio.
"Pase no más, campeón. No hagás esperar a tu equipo"
Gavi se quedó clavado en el sitio durante dos largos segundos, asegurándose de que Paredes supiera que no estaba huyendo, antes de pasar rozándolo en dirección a los vestuarios. Al llegar a las pesadas puertas dobles del fondo del pasillo, se detuvo con la mano en el pomo y miró por encima del hombro.
Paredes seguía allí parado, viéndolo marchar con esa misma expresión indescifrable, completamente impertérrito ante la tormenta silenciosa que acababa de desatar.
Gavi empujó la puerta y entró. Los cánticos caóticos y atronadores del vestuario español lo envolvieron al instante, tragándose la tensión silenciosa del túnel que dejaba atrás.
Gavi se quedó de pie justo dentro del vestuario, con el ruido ensordecedor de sus compañeros cantando y rociando cava difuminándose en un murmullo de fondo.
Apoyó la palma de la mano contra el metal frío de una taquilla, intentando regular la respiración. Sentía el pecho pesado, vaciado por una sensación extraña y punzante que no tenía ningún sentido para él.
Le habían gritado Alfas en el campo mil veces. Lo habían empujado, le habían entrado con todo, lo habían insultado y mangoneado algunos de los jugadores más agresivos del fútbol mundial, y cada una de esas veces solo había servido para encenderle más la sangre. Él era Gavi: no se quedaba rayado por desconocidos, se la sudaba todo y ni de coña le dolían las cosas que se decían en el campo.
¿Por qué coño las palabras de Paredes se sentían como un golpe físico?
Tenías que saber cuál es tu lugar.
El recuerdo de ese tono suave y despectivo hizo que algo en el fondo del pecho de Gavi se hundiera. Su Omega interior, que solía ser tan peleón y cabezota como el resto de él, se sentía extrañamente magullado, encogiéndose como si en realidad hubiera esperado otra cosa de aquel Alfa validación, respeto, o quizás simplemente que no lo mirase como si fuera un mero estorbo.
¿Pero qué cojones me pasa?, pensó Gavi con rabia, pasándose una mano con fuerza por la cara. Odiaba el repentino e indeseado escozor en los ojos. Era una estupidez. Era Leandro Paredes, un rival al que apenas conocía y que acababa de intentar quitarles la victoria a la fuerza.
Forzó una bocanada de aire en los pulmones, empujando esa tristeza antinatural hacia abajo, y se encajó una chulería en la cara antes de darse la vuelta para unirse al grupo. No iba a permitir que un argentino de mierda le amargara la mejor noche de su vida.
El pasillo que daba a la zona de los autobuses estaba mucho más tranquilo. La mayoría del personal y de la seguridad ya se había retirado, dejando solo el murmullo lejano de los aficionados del estadio perdiéndose en la noche.
Gavi caminaba unos pasos por detrás de sus compañeros, con la bolsa colgada con pesadez de un hombro. Hacía todo lo posible por concentrarse en el peso de la medalla de oro que le colgaba del pecho, pero tenía la cabeza hecha un lío. Ese vacío punzante no se había ido; de hecho, se le había metido hasta los huesos, haciendo que cada paso le pesara una barbaridad.
Entonces, al llegar a las últimas puertas dobles que daban a la zona de carga, lo vio.
Paredes estaba parado cerca de la salida, con el chándal gris de paseo, esperando a que el resto del plantel argentino subiera al autobús. Hablaba de forma distendida con un compañero, con un aire completamente sereno y sin verse afectado en absoluto por la derrota ni por el cruce en el túnel.
Cuando los jugadores españoles pasaron por su lado, Paredes giró la cabeza. Su mirada barrió el grupo hasta dar de lleno con Gavi.
Durante una fracción de segundo, el Alfa le sostuvo la mirada no con hostilidad, sino con esa misma intensidad afilada e indescifrable. Luego, sin decir una palabra, Paredes volvió a su conversación, cruzó las puertas de cristal y desapareció en la noche.
En el mismo instante en que Paredes se alejó, un pellizco agudo y repentino sacudió a Gavi con tanta fuerza que casi le corta el aire.
Fue una humareda abrumadora de pérdida, una pena profunda e instintiva que hizo que su Omega interior se encogiera y quisiera hacerse una bola. Se sintió como un tironazo físico en el pecho, arrastrándolo hacia alguien que se estaba alejando activamente de él.
Gavi se quedó helado cerca de las puertas de salida, con el aliento atrapado en la garganta. Se le pusieron los nudillos blancos de lo fuerte que apretaba la correa de la bolsa.
Estoy loco pensó, sintiendo cómo el pánico se mezclaba con esa extraña tristeza.
Él no quería esto. Si ni siquiera le caía bien, el había sido un arrogante, un despectivo y un dominante. Cada parte lógica del cerebro de Gavi le gritaba que se alegrara de que el argentino se hubiera ido, que se centrara en la copa, que pasara página.
En lugar de eso, se quedó mirando fijamente hacia la puerta vacía, con un desencanto pesado y frío asentándose en su pecho. Por primera vez en su vida, Gavi se sintió completamente incapaz de controlar sus propios instintos, aterrorizado por una reacción que no podía explicar, que no podía frenar y que no lograba entender.
Madre mía, la noche se le iba a hacer larguísima.
