Chapter Text
Más de cien años habían pasado desde que la guerra había comenzado.
Después de meses de peleas, el reino blanco llevaba la ventaja en el tablero gracias a su estrategia y fuerza bruta.
En el reino negro, Katsuki Bakugou, el monarca y estratega de guerra actual, lanzaba su ataque final para terminar esta disputa de una vez por todas.
Lo estaba apostando todo: Ganar o morir.
Miles de peones fueron reclutados para este momento. Si cualquiera de ellos lograba llegar al castillo blanco, ganarían y todo habría valido la pena.
—¡Bienvenidos al infierno, soldados! Este es el día donde todo se decide, donde sabremos si su entrenamiento dio frutos. Hoy, van a demostrar el amor que le tienen al reino ¡Den todo de ustedes, si caen, que sea por un mejor mañana!
El consejero de guerra, Kirishima Eijirou, daba un discurso al frente de la tropa.
Los soldados esperaban ansiosos el ataque. Muchos ya no regresarían a sus casas a pesar del resultado, otros podrían ser esclavizados o libres, dependiendo de lo que pasara.
Katsuki, el rey, pasó al frente del ejército montando su caballo. Estaba listo para romper las cabezas que fueran necesarias.
Lo único que necesitaba es que un soldado, el que fuera, tocara el castillo enemigo. Sólo eso.
Una trompeta se escuchó a lo lejos, los hombres cerraron sus ojos con fuerza. Estaban listos para entregarse por completo a su reino y ser los héroes anónimos que necesitaban en ese momento.
—¡Ataquen!
Una avalancha de caballos, soldados y espadas cayó al campamento militar del ejército blanco. Los pobres hombres no esperaban que, al amanecer, serían emboscados.
Avanzaron con facilidad sin muchas bajas por unas cuantas horas.
Y fue fácil hasta que el reino blanco contraatacó.
—¡Estamos muy cerca, no se rindan ahora!
Los golpes de los metales chocando en el aire venían de todas partes.
Ambos bandos perdían soldados pero, por la cercanía al reino blanco, sus soldados seguían llegando y las tropas del reino negro se mostraban cada vez más cansadas.
—¡Kirishima! —rugió el rey, cubierto de sangre.
—¿Sí, Bakugou? —atravesó el pecho de un hombre con su espada.
—Selecciona algunos soldados y cúbrelos. Estamos cerca de lograrlo y no vamos a morir ahora.
—Como diga, majestad. —El pelirrojo se movió con agilidad en medio de los espadazos. —¡Escuadrón, es hora!
Un puñado de soldados corrió en su dirección.
—¡Protéjanlos!
Abriéndose paso entre la multitud, algunos hombres corrían detrás de Kirishima mientras sus compañeros los defendían.
Algunos soldados blancos entendieron sus intenciones, atacando directamente a aquellos que iban hacia el castillo.
Un peliverde notó esto, defendiendo de cerca a sus compañeros de batalla.
—¡Midoriya, regresa a tu posición!
—¡No, van tras ustedes! Voy a defenderlos
Los soldados blancos caían a manos de las veloces manos del peliverde.
Sentían que la victoria estaba a un paso de ellos… Hasta que una lanza atravesó el pecho de uno de los peones, seguido de otras más que eran arrojadas desde las murallas del castillo.
Algunos hombres de la formación perecieron, otros corrieron asustados. La lluvia de lanzas siguió, haciendo que Eijirou también tuviera que esconderse.
Estaban cerca, demasiado cerca como para perder.
Izuku tomó rápidamente el casco de un compañero empalado, viendo sus ojos sin brillo, sin vida. Con cuidado y respeto cerró sus párpados. Aquel chico lo había recibido con mucho entusiasmo cuando lo llevaron a la milicia.
Vistió el casco, tomó un escudo y su espada para ir tras el objetivo.
Las flechas voladoras, dirigidas a su persona, no tardaron en llegar. Para su buena suerte, el entrenamiento forzado de meses le había servido.
—“Tú puedes Midoriya” —pensó el pelirrojo mientras le cubría la espalda.
Sus pies volaban y esquivaban trampas con elegancia y agilidad.
Esto lo hacía por todos sus compañeros que cayeron en el camino. Después de años intentando, descubrieron que sólo los soldados, peones, personas comunes podían terminar esta guerra.
Sólo una persona común, un soldado promedio, alguien como él, podría hacerlo.
Extendió sintiendo la proximidad de su objetivo.
Saltó lleno de adrenalina, su corazón se aceleró por completo al tocar el frío de la pared.
La sonrisa de satisfacción apareció en su rostro cuando impactó completamente en el muro, había logrado su objetivo ¡Lo había hecho!
Sin embargo, la sensación no duró mucho. Una explosión de luz, emitida de la cercanía del peliverde con el castillo, dejó ciegos a quienes estaban presentes.
El pecoso cayó inconsciente al duro y frío campo de batalla sin saber que ese momento cambiaría el resto de su vida.
