Chapter Text
—¡Jannhä, esto va a estallar! ¡Te lo juro por mi vida que va a estallar!
El grito de Cassandra apenas logró competir con el zumbido ensordecedor del reactor cuántico-mágico. Las luces del laboratorio titilaban en un rojo violento, tiñendo las paredes de un tono sangriento. Tenía diecinueve años, las manos manchadas de hollín y una ansiedad volcánica bullendo bajo la piel mientras controlaba los niveles de los medidores. A su lado, la anciana Jannhä ni se inmutó; sus manos mecánicas continuaban moviéndose sobre el panel con una calma exasperante.
—Canalizá la energía, Cassandra —ordenó la anciana, su voz filtrada por el respirador—. La ciencia es exacta; es tu magia cruda la que está desestabilizando el núcleo al impacientarte.
Cassandra apretó los dientes, tragándose una sarta de maldiciones. No por miedo a la máquina, sino por el respeto casi sagrado que le tenía a la mujer que la había sacado de las calles cuando era solo una nena indefensa. Respiró hondo, intentando domar ese poder salvaje que siempre le quemaba por dentro.
—Hago lo que puedo, jefa, pero esta porquería no me está haciendo caso —murmuró Cassandra, dando un paso adelante para intentar estabilizar el flujo.
Sintió la presión en el pecho, el olor a ozono, a azufre, a magia antigua mezclada con tecnología que no pertenecía a este mundo. Quiso retroceder cuando el panel soltó un chispazo, pero su instinto de supervivencia fue más rápido: una ráfaga de su propia magia brotó de sus dedos para contener la fuga.
Fue el error definitivo. El poder crudo chocó de lleno contra el núcleo de energía cuántica.
El tejido de la realidad no estalló; se rasgó.
Un vórtice negro y brillante, como una boca de lobo devorando la luz, se abrió en medio del laboratorio. El tirón gravitacional fue instantáneo. Cassandra clavó las botas en el suelo, pero la fuerza era implacable. Sintió cómo sus moléculas se estiraban y el dolor agudo de la desmaterialización. Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue la silueta de Jannhä intentando estirar el brazo hacia ella, perdiéndose en el infinito.
El dolor en las costillas la devolvió a la realidad. Cassandra escupió un bocado de pasto y tierra, incorporándose de golpe con el instinto alerta. No estaba en el laboratorio. El cielo sobre ella era gris, encapotado, y el olor... el olor no era a ciudad ni a metal; era a humedad, a bosque viejo, a la pesadez de la campiña inglesa.
—¿Pero qué carajo...? —murmuró, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
—Identifíquese. Ahora.
La voz era fría, aristocrática y cargada de una hostilidad peligrosa. Cassandra levantó la mirada. Frente a ella, tres figuras vestidas con túnicas oscuras de corte antiguo la apuntaban con varitas de madera pulida. El hombre en el centro, de cabello negro rígidamente peinado y ojos oscuros llenos de desprecio, la observaba como si fuera una plaga.
Cassandra se levantó lentamente. Estaba despeinada, con la ropa del futuro rasgada y sucia, pero no había un solo rastro de miedo en sus ojos color café. Se plantó, cruzándose de brazos.
—Mirá, flaco —soltó, con su habitual lengua filosa y la voz arrastrada de la calle—. Primero, bajame ese palito si no querés que te lo meta por donde no te da el sol. Segundo, ¿quién poronga son ustedes y dónde carajo estoy?
Los tres magos palidecieron, no tanto por el insulto —cuyo dialecto ni llegaron a comprender del todo—, sino por la osadía. El hombre del centro, lord Arcturus Prince, apretó los dientes, ofendido en lo más profundo de su orgullo purasangre.
—Estás en los terrenos de la familia Prince, intrusa mugrienta. Última advertencia: da tu nombre o el veredicto será tu ejecución inmediata.
Cassandra soltó una carcajada seca, carente de cualquier pizca de gracia. Sabía reconocer a los de su especie: aristócratas con oro en los bolsillos y delirios de grandeza. El tipo de gente que en su época la habría dejado morir en una zanja.
—¿Prince? —repitió, hilando los cables en su cabeza con rapidez. Su mente, entrenada por Jannhä, funcionaba a mil por hora—. Qué ironía...
Antes de que los guardias pudieran reaccionar, Cassandra expandió su magia. No necesitó varita. Una onda de choque invisible y violenta barrió el pastizal, obligando a los magos a clavar los pies en la tierra para no ser derribados. Las varitas vibraron en sus manos, amenazando con rebelarse ante la pureza del poder crudo que emanaba de la chica.
Arcturus Prince abrió los ojos, estupefacto. No era la magia caótica de un sangre sucia; era una vibración familiar. Una resonancia de sangre que caló hondo en su propia magia familiar.
—Soy Cassandra —dijo ella, dando un paso al frente, transparente, segura, con la brutalidad pintada en la sonrisa—. Y más vale que me lleves adentro y me sirvas algo caliente, "bisabuelo". Porque tengo una sarta de preguntas y muy poca paciencia.
El gran salón de la mansión Prince apestaba a rancio, a pergaminos viejos y a un orgullo de sangre que a Cassandra le revolvía el estómago. Sentada en un sillón de felpa oscura, ignoraba olímpicamente las miradas de asco de los guardias mientras se tomaba el té caliente que había exigido.
Sobre la mesa de roble, un pergamino de herencia mágica brillaba con un fulgor dorado tras absorber tres gotas de la sangre de Cassandra. Lord Arcturus Prince carraspeó, releyendo las líneas flotantes por quinta vez. Su rostro era un poema de confusión y codicia.
—Esto es... inadmisible. Imposible —murmuró el viejo Lord, acomodándose la túnica—. El árbol genealógico se bifurca en una línea que aún no existe. Sos... una descendiente de una rama futura. Una Prince por vía materna-paterna, unida a un apellido que ni figura en nuestros registros.
—Te dije que vengo del futuro, bisabuelo. No sé qué parte de "colapso cuántico-mágico" no te entró en el cráneo —soltó Cassandra con la voz arrastrada, apoyando la taza con un golpe seco—. No vengo a pedirles plata, ni su apellido de cotillón, ni su aceptación. Solo necesito acomodarme hasta que encuentre la forma de volver a mi época.
Arcturus no la escuchaba. Sus ojos oscuros fijos en la parte inferior del pergamino, donde las letras doradas se habían vuelto de un azul eléctrico y profundo.
—Olvida el futuro por un demonio —siseó el hombre, inclinándose sobre la mesa—. Mirá esto. El pergamino detectó tu compatibilidad mágica elemental. Sos una candidata excepcional... una en un millón. Cumplís con los requisitos exactos para el ritual de la bóveda secreta de Rowena Ravenclaw. Podrías reclamar el título de heredera y cabeza de linaje de esa casa.
A Cassandra se le encendió una chispa en la mirada. Conocía las leyendas de las bóvedas de los fundadores; el conocimiento antiguo, las pociones perdidas y los secretos de magia cruda que podía albergar ese lugar le tentaban el alma. Sería el banquete perfecto para su mente entrenada. Sin embargo, la sonrisa codiciosa de Arcturus la trajo de vuelta a la realidad.
—Por supuesto —continuó Lord Prince, relamiéndose—, la familia Prince financiará el ritual y te dará el respaldo, pero la bóveda, sus artefactos y tu voto político en el Wizengamot como cabeza de Ravenclaw responderán a mis órdenes. Serás la mano derecha de esta casa. Después de todo, lady Rowena es nuestro ancestro también y yo soy el patriarca.
Cassandra soltó una carcajada limpia, ruidosa y cargada de desprecio que hizo eco en las paredes de piedra. Se levantó del sillón, plantándose frente al viejo con la brutalidad pintada en los ojos cafés.
—¿Tu mano derecha? ¿Vos estás del tomate, viejo rancio? —lo encaró, apoyando las manos en la mesa y acortando la distancia—. Allá afuera el mundo es cruel; no vale tu sangre, tu oro o tu inteligencia, el mundo se rige por la ley del más fuerte. Y yo no soy de las que golpea suave. Si tenés los huevos para joderme y querer usarme de peón, más te vale que aguantes mis colmillos.
La magia de Cassandra latía en el aire, haciendo vibrar las lámparas de cristal del techo. Arcturus retrocedió un paso, intimidado por la absoluta falta de miedo de la piba. Ella no mentía; hablaba con una conciencia perfecta de su propia oscuridad.
—A mí nadie me maneja los hilos —continuó ella, bajando la voz a un susurro letal—. Hagamos un trato, o te juro que te quemo la mansión con vos adentro. Me vas a llevar a esa bóveda. Yo voy a hacer el ritual, voy a ser la heredera y la dueña absoluta de todo lo que esté ahí adentro. A cambio, les voy a dar el prestigio de decir que la nueva cabeza de Ravenclaw vive bajo el techo de los Prince, elevando su estatus frente a los demás purasangre. Además de decir que ustedes son una rama secundaría de la descendencia de Rowena. Yo obtengo mi libertad y mis recursos; ustedes, su maldito orgullo político. Es eso, o nos matamos acá mismo. Elegí.
Arcturus Prince apretó los puños, la mandíbula tensa. Odiaba su insolencia, pero la codicia y el miedo a su poder crudo fueron más fuertes. A regañadientes, asintió.
Una hora después, el carruaje familiar los dejó en el callejón Diagon. El ambiente en Gringotts era frío, pero la tensión se disipó cuando entraron a una oficina privada con un duende de alto rango encargado de las cuentas de la familia.
El duende, tras revisar los papeles y entender la situación de Cassandra, sonrió mostrando sus dientes puntiagudos. Los duendes no tenían lealtad a los magos, pero respetaban el poder y los negocios independientes.
—Una viajera con dotes extraordinarios en pociones... —comentó el duende, mirando a Cassandra con interés—. Si necesitamos una coartada sólida para presentarla ante el Ministerio y el colegio Hogwarts como una "pariente lejana criada en el extranjero", conozco a la persona indicada para validarla. Hay una anciana muy respetada en los suburbios mágicos de Europa central... la Dama Jannhä.
Al escuchar ese nombre, a Cassandra se le estrujó el corazón. El miedo a quedarse sola para siempre, a no importarle a nadie en este siglo maldito, retrocedió un milímetro al saber que la red de su mentora era tan grande que incluso en los años 40 existía. Sobre todo por el respeto que irradiaba el duende normalmente osco.
—Yo me encargaré de enviar un pergamino encriptado a la excelentísima Dama Jannhä —continuó el duende—. Ella validará tus credenciales de maestría avanzada. Con su firma y el oro de la bóveda Ravenclaw que estás por reclamar, Horace Slughorn no tendrá más opción que morder el anzuelo. Te aceptará de inmediato como su ayudante de cátedra y aprendiz para tu sexto año.
Cassandra sonrió, una sonrisa de lado, filosa y peligrosa. El plan estaba en marcha. Iba a saquear el conocimiento de Ravenclaw, iba a ser libre, y que Dios ayudara a cualquiera en Hogwarts que intentara cruzarse en su camino.
