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El Norte no perdonaba la debilidad, y Cregan Stark era un hombre moldeado por sus piedras.
Para el Guardián del Norte, la vida en Invernalia no se medía en meses o años, sino en el grosor de la leña almacenada y en el sordo crujir del hielo que se acumulaba en los lagos colindantes. El día a día en el asentamiento de los Stark era un ejercicio de resistencia implacable. Desde el alba, cuando el sol apenas lograba teñir de un gris pálido el horizonte, Cregan ya recorría las murallas de granito, sintiendo el viento helado golpear su rostro como una advertencia constante, el invierno se acerca.
A sus veintitrés años, gobernaba con una severidad que ponía a temblar a los señores de los clanes de las montañas, pero también con una justicia tan inquebrantable como la fortaleza que sus antepasados habían erigido miles de años atrás. Sus jornadas transcurrían entre resolver disputas de linderos entre los Umber y los Karstark, revisar las provisiones de grano en los silos subterráneos y entrenar en el patio de armas hasta que los músculos le quemaban.
Su lobo interior, una fuerza primigenia y salvaje, marcaba el ritmo de su rutina. Sus feromonas —un aroma denso a tierra húmeda, agujas de pino y el frío metálico de la escarcha— se filtraban sutilmente por el patio cada mañana, haciendo que los betas bajaran la cabeza y los pocos alfas a su servicio mantuvieran una distancia respetuosa. La vida en el Norte era austera, predecible y solitaria. Cregan no tenía tiempo para los lujos del sur, su única corte eran los lobos huargos que aullaban más allá de los muros y los hombres rudos que daban su vida por la casa Stark.
Aquella mañana en particular, el frío era un manto pesado y húmedo que anunciaba una tormenta de nieve de las que sepultaban granjas enteras. Cregan observaba el patio desde lo alto. El vapor escapaba de las bocas de sus hombres mientras chocaban espadas de madera y acero embotado. El olor a sudor, a cuero rancio y a la resina de los pinos centenarios flotaba en el aire. Todo seguía el orden natural de las cosas en su frío reino, inmune a las intrigas de la corte sureña.
—Lord Stark —la voz del maestre Medrick interrumpió la concentración del señor de Invernalia. El anciano subía los escalones de piedra con dificultad, con sus pesadas cadenas tintineando contra su pecho. En su mano enguantada, sostenía un rollo de pergamino sellado con cera negra.
Cregan se giró lentamente. Sus ojos grises, tormentosos, se clavaron en el objeto.
—Un cuervo, maestre. ¿De dónde? —preguntó Cregan, su voz una vibración baja que resonaba en el pecho.
—De Rocadragón, milord. Venía con tres sables de urgencia. Las alas del animal estaban rotas por la escarcha cuando cayó en el torreón.
Cregan extendió la mano y tomó el pergamino. La cera negra ostentaba el sello de la heráldica de la reina Rhaenyra Targaryen, el dragón de tres cabezas. Rompió el sello con el pulgar, ignorando el frío que le entumecía los dedos, y desplegó la gruesa hoja de papel. Sus ojos recorrieron las líneas escritas con una caligrafía elegante, firme, pero cargada de una desesperación política que solo los sureños sabían disfrazar de cortesía.
La propuesta era tan insólita como pero inusualmente tentadora para cualquier alfa de todo Poniente, un trato que podría cambiar el curso de la inminente guerra civil que se cocinaba en Desembarco del Rey.
Rhaenyra Targaryen buscaba el acero del Norte. Necesitaba los lobos de Invernalia, los hombres del Invierno que no temían a la muerte ni al hambre, para asegurar su legitimidad cuando su padre exhalara el último suspiro. A cambio del respaldo absoluto de los Stark, de sus ejércitos marchando hacia el sur si la guerra estallaba, la princesa ofrecía un pacto de sangre. Una alianza que los Stark no habían tenido desde la Conquista. Ofrecía un de los omegas de su casa para convertirse en la Reina del Norte, uniendo el hielo y el fuego en un lazo matrimonial inquebrantable.
Cregan soltó un bufido que formó una nube de vapor frente a su rostro, procesando la oferta bajo sus propios términos.
Una omega Targaryen. El Norte necesitaba una heredera, una mujer que pudiera dar cachorros fuertes a la casa Stark, pero meter a una delicada dama del sur, una princesa acostumbrada a los jardines perfumados y al calor de los dragones, en las frías y austeras estancias de Invernalia parecía casi una crueldad. Cregan imaginó de inmediato a una muchacha de cabello plateado y ojos violetas, una flor de invernadero que tendría que aprender a vestirse con pieles pesadas y a soportar el aislamiento de las tierras norteñas.
El lobo interior de Cregan dio un vuelco violento dentro de su pecho. No era un rugido de furia, sino una sacudida de pura intriga territorial. El aroma de una valyria, una mujer de sangre pura de la dinastía de los jinetes de dragón, encadenada a las criptas de Invernalia por un contrato de matrimonio. La idea de someter la altivez de una princesa sureña a la ley del Norte encendió una chispa de ambición en sus ojos grises.
—Un matrimonio con la sangre del dragón es una propuesta peligrosa, milord —advirtió el maestre en un susurro, mirando a los lados para asegurarse de que los guardias de la muralla no escuchaban—. Los Verdes verán esto como una alianza directa con Rocadragón. Si aceptáis a esa omega, Invernalia estará en guerra antes de que caiga la primera gran nevada.
Cregan caminó hacia el borde de la muralla, apretando el pergamino contra su mano enguantada. Miró hacia el bosque de los dioses, donde el arciano ancestral observaba en silencio con sus ojos de savia roja. El deber le exigía prudencia, pero la oportunidad de consolidar el poder del Norte y asegurar una línea dinástica bendecida por la magia de la antigua Valyria era un reclamo demasiado poderoso para ignorarlo.
En su mente, el acuerdo era simple, él enviaría sus hombres al sur, y a cambio, una dócil princesa Targaryen sería entregada para calentar su cama y asegurar el linaje Stark.
—Preparad el pergamino y los cuervos, maestre —ordenó Cregan, su mirada gris volviéndose tan afilada como el acero de su espadón, Hielo—. Decidle a la Reina de Rocadragón que el Norte acepta su oferta. Que envíe a su omega. Pero hacedle saber también... que aquí en el Norte, las flores del sur deben aprender a echar raíces en el hielo si quieren sobrevivir.
