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Lugar seguro

Summary:

Acepta que venga con ellos, aunque no sabe a donde. Charles tiene su lujosa mansión en las afueras, él vive en un octavo piso de un área residencial en expansión, ambos son solteros y a penas pueden cuidar de sí mismos, pero el chico ―Alex― no es grosero, solo está asustado y no tiene a dónde más ir ―como unos mil niños más en New York―, además de presentar una anomalía tan clara. Lo arropa con su chaqueta porque no quiere que coja más frío, porque piensa en su propia soledad en los campos de concentración cuando temblaba de hambre y rabia. 

Día 4 y 5: Adopción mutante y De amigos a amantes

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

El niño

La primera vez es casi obvio, el niño está en la calle, están discutiendo sobre lo que quieren hacer, el chico puede disparar rayos por sus ojos. Charles lo mira como si el mundo se estuviera acabando ahí mismo, frente a sus ojos. Erik realmente no está interesado en eso, pero ha entendido en los últimos meses que decirle que no a Charles es difícil, más de lo que debería. 

Acepta que venga con ellos, aunque no sabe a donde. Charles tiene su lujosa mansión en las afueras, él vive en un octavo piso de un área residencial en expansión, ambos son solteros y a penas pueden cuidar de sí mismos, pero el chico ―Alex― no es grosero, solo está asustado y no tiene a dónde más ir ―como unos mil niños más en New York―, además de presentar una anomalía tan clara. Lo arropa con su chaqueta porque no quiere que coja más frío, porque piensa en su propia soledad en los campos de concentración cuando temblaba de hambre y rabia. 

Charles tiene más dinero, pero menos responsabilidad, así que pasan por un restaurante de medianoche para llevar comida y alimentar al niño, antes de que su nuevo volkswagen empiece su travesía por las colinas del Este. 

Él y Charles se conocieron medio año atrás. Después de la guerra, ha sido un activista recalcitrante sobre los derechos que les fueron arrebatados, estuvo en Nuremberg para mirar a la cara a sus agresores, escupiendo a los pies de los verdugos con uniforme en cuanto pudo. La CIA lo llamó por sus habilidades para rastrear a criminales, a Charles lo tenían en la misma dependencia por su facilidad para rastrear patrones y hacer perfiles criminales. Antes de que pudieran darse cuenta, estaban tomando café juntos, charlando entre montones de papeles y sobreviviendo a uno que otro operativo especial. 

Aún así, no tardó en ver lo extraño, en como Charles parecía adelantarse a ciertos hechos, predecir sus antojos de café o baklava, o su predisposición a defender a algunos sujetos aun cuando todas las pruebas los apuntaban. Esto último los hacía chocar todo el tiempo, hasta una discusión bastante grave en la que se alzó sin querer un tenedor en la mesa de al lado. 

―¡Lo sabía! ―había gritado Charles, eufórico, tocando el tenedor como si fuera una reliquia―. No soy el único, no lo soy. 

Entonces se habían desnudado el alma. Sus pasados, sus habilidades, las cosas raras y horribles que habían llegado a experimentar de maneras distintas, la soledad de un secreto que los podía enviar a un psiquiátrico. 

Por eso, mientras maneja entre la soledad de la noche y el campo, viendo al niño que susurra cosas al odio de Charles, no puede evitar la sensación de calma, la idea fatídica de que está entrando en un terreno del que no puede salir fácilmente. Se prometió no pertenecer, no hacer parte de nada más que la masa de personajes indisciplinados, en busca de alguna pelea con el destino, nada que ver con la cotidianidad. 

―¿Y tus padres? ¿A dónde se fueron? ―pregunta su amigo por fin, una pregunta que retrasó y le impidió realizar desde el inicio “no podemos asustarlo”―. ¿Podríamos llamarlos?

El niño suelta un hipido, una cosa desgarradora: ―Ellos me dejaron allí, dijeron que era demasiado peligroso, dia… diabo… diabólico. 

Erik aprieta el volante, antes de girar sobre la última colina. Ese lenguaje, esas palabras, a un pobre chico. Es verdad que lo habían llevado porque se veía descuidado, medio perdido, y Charles leyó algo sobre poderes descontrolados, así que creyeron que podría estar experimentando por primera vez con ellos, pero Erik no esperaba simplemente que unos padres inclementes lo hubiesen abandonado allí. 

―¿Y cómo se llaman? ―intenta sonar amable, sabe que no lo es. 

―No lo sé, no lo recuerdo ―la mirada del niño a través del espejo retrovisor rompe algo en su pecho, algo que creía perdido de manera irremediable. 

Siguen su camino, se mantienen en él. Escucha las conversaciones en la parte de atrás con algo de alivio y curiosidad, los balbuceos dubitativos del niño se convierten con rapidez en respuestas más claras, acompañadas del suave impulso de las palabras amables de Charles. Erik sabe que es bueno con la gente, no solo por su habilidad, sino porque genuinamente se interesa en entender a otros, en apoyarles un poco, en hacerles la vida algo más sencilla, como ha hecho con él. Siente envidia de este niño que lo ha encontrado tan temprano en la vida, que puede, con seguridad, caer dormido a su lado sin temor de nada. 

Cuando llegan a la mansión, apagada, lejana, casi fría, es él quien lo lleva en brazos hasta la única habitación de invitados verdaderamente disponible. No tiene ropa limpia, así que improvisan algo con una camisa de su amigo. No lo bañan, por miedo a que el chico despierte y se asuste; no está limpio, pero tiene el estómago lleno y descansa en una cama caliente. 

―¿Qué vamos a hacer con él? ―interroga, cuando están tomando algo de whisky en la vieja biblioteca. La luz cálida de las lámparas de pie comienza darle algo de sueño. 

―Ni idea ―contesta Charles, antes de bostezar del otro lado del sofá―. Creí que tu tendrías mejor idea de qué hacer con un niño abandonado. 

Sonríe un poco y luego bufa, lo suficiente para convencerse a sí mismo que no se involucrará de más. 

La rutina

Resulta que conseguir un psicólogo infantil es más difícil de lo que esperan. A pesar de que Alex tiene cerca de doce años, o eso pudieron adivinar, aún tiene el suficiente miedo del mundo como para dudar de hacer cosas por sí mismo y confiar en la gente. 

Tampoco podían preguntar en su trabajo super secreto por ello. Lo único que lograron comentar sobre el chico es que es un familiar lejano de Charles que perdió recientemente a su familia, por lo que había quedado en sus manos como tutor. Charles tomó un par de semanas libres para cuidarlo, pero Erik no puede hacer lo mismo sin levantar sospechas o verse un poco mal frente a los demás. Dos hombres y un niño, ya tiene los suficientes problemas como para que también lo señalaran de sodomita. 

Aún así, los visita con regularidad. Contacta con una psicóloga amable, en Manhattan, dispuesta a hablar con un niño  algo raro y hace las veces de taxista para las citas. Compra la comida para Charles, llena sus estantes siempre vacíos, le enseña a usar la estufa. Cocinan juntos la mayoría de las noches, después de que él maneje desde New York hasta la mansión por algo más de una hora. Duerme en una de las muchas habitaciones de invitados y tiene un cambio de ropa en el armario de su amigo para “emergencias” que cada día son más usuales. 

Alex es divertidísimo. El primer sábado lo llevan al lago. Le enseñan a concentrar sus rayos en un punto dentro del agua. Lo hace bien, luego le da miedo. Pasa media hora con los ojos cerrados por temor a perder el control. Lo convencen con trozos de Cheesecake que cocinaron la noche anterior. Después descubren que, aunque su nivel de lectura es el de un niño mucho menor, es muy bueno siguiendo pistas y discutiendo con la gente. 

―¿Qué vas a hacer el lunes? ―pregunta Erik, el viernes siguiente, mientras limpia la encimera de la cocina. Ahora hay tanto de su orden allí qué ha etiquetado los condimentos para guardarlos. 

―¿A qué te refieres? ―en una de sus pijamas cómodas, Charles toma un gran vaso de leche recostado en la barra. Sigue siendo un niño mimado. 

―Tendrás que ir a trabajar, ¿dónde lo dejarás? 

―Lo inscribí en una escuela. Lo llevaré en la mañana, en la tarde, pasará por la oficina y me esperará hasta que salga, ya prometió no preguntar cosas que salten sospechas. 

Erik no le va a decir que es una pésima idea, porque es un niño y los niños son curiosos y si alguien le pregunta de más ―hombre y mujeres entrenados para sospechar de todo el mundo―, lo descubrirán enseguida. 

―¿No te parece bien? ―aunque está seguro de que no están invadiendo su mente, le parece divertido que él pueda adivinar sus pensamientos. 

―No, en algún punto descubrirán que tienes a un niño que no tiene ninguna relación contigo y, aunque él manifieste que es por su voluntad, igual se verá muy sospechoso.

Los ojos de Charles ruedan; seguro él podría invadir la mente de todos, hacerles olvidar todo lo que vean u oigan con respecto a Alex, pero Erik sabe lo desgastante que puede ser mantener todo en acción de forma continua. En sus últimos intentos de probar sus habilidades, Erik se descubrió haciendo a un auto girar sobre sí mismo en el aire, pero no lo pudo arrojar más que unos metros, agitado y con la mente llena de ideas cada vez más devastadoras. 

―Podría preguntar en mi barrio, sé que hay varias chicas que se ocupan de cuidar niños ―es un barrio judio, cercano al centro, donde todos se conocen―. Podríamos dejarle las llaves de mi apartamento y que lo tenga allí. 

Es algo en lo que ha pensado toda la semana. Madeleine es hija de dos inmigrantes húngaros, tiene dieciocho, está comprometida con el hijo menor del dueño de la tienda de electrodomésticos local. Es amable, su puesto en la panadería no le da lo suficiente, si le dice que tiene un ahijado y le paga más, seguro no hará preguntas. Adelaida, su madre, estará agradecida, pues se queja cada día de lo mucho que se expone su hija en un negocio de cara al público. 

―Oh, Erik ―la sorpresa de Charles en el tono lo saca de su divagaciones. Lo mira con una mezcla de ternura y sorpresa inesperadas―. En verdad serías un padre estupendo. 

La casa 

―¡Tío Erik! ―Alex salta desde el sofá en cuanto los ve cruzar la puerta, tiene en su mano una boleta de calificaciones―. ¡Tío Charles! ¡Obtuve A y B en todas mis materias! 

Esgrime el papel como si se tratará de una bandera, agitándola lo más cerca que puede del rostro de ambos. Sus ojos están llenos de felicidad. No puede evitar la ola de orgullo que lo atraviesa, estuvo repasando con él tres fines de semana seguidos antes de sus exámenes de mitad de curso, tratando de adelantarlo en todo aquello que no había conocido por falta de educación, su falta de comprensión la compensa con una aguerrida terquedad. Sabe que viene de la idea de no dejarse vencer, del miedo a volver a la soledad y al dolor. Erik conoce bien ese sentimiento. 

―¡Felicitaciones! ―Charles se agacha para darle un abrazo, orgulloso, pavoneando a su querido pupilo―. Eres el chico más inteligente de todos, te lo he dicho. Llegarás muy lejos. 

“Además eres especial y único” agrega, como un eco en la cabeza del chico que también deja escuchar a Erik “te mereces todas las cosas buenas”. Han trabajado el refuerzo positivo por sugerencia de la psicóloga, eso suena justo como lo que debería decir.

―Es genial, muchacho ―agrega Erik, revolviendo su cabello cada vez más largo―. Solo no te aloques, recuerda que siempre hay que mantener la mente clara.

―Sí, señor ―dice, con una sonrisa enorme que estruje el corazón de Erik. 

Madeleine sale entonces de la cocina, lleva una torre de sandwiches en una bandeja, junto con una jarra de jugo. 

―Sé que me dijeron que no debía cocinar sino para mí y el pequeño Alex, pero ustedes siempre llegan directo del trabajo, necesitan alimentarse bien ―dice, con la autoridad de una matrona, aunque su pequeño cuerpo casi adolescente la contradiga―. Si se enferman, ¿quién cuidará de Alexikém (1)? 

Charles se ríe, acercándose a la mesa por el alimento, le agradece a Madeleine con halagos sobre su cocina y lo bueno que es que desobedezca a Erik de vez en cuando. También menciona que está muy agradecido con que cuide tan bien de Alex. 

—Eres un ángel —dice, con una de esas sonrisas con las que lo ha visto derretir corazones en los bares—. No podríamos hacer nada sin ti.

La chica niega la cabeza. 

—Claro que no, señor Xavier. Hago lo que debo, aunque Alex es un verdadero encanto, podría cuidarlo solo por la mitad del pago. Ustedes son muy generosos. —Sus pequeñas manos blancas juegan con el encaje en el borde de las mangas de su vestido—. He hablado con Henry, con mi dinero y el suyo, es posible que nos podamos casar a finales de este año.

—¡Que genial! —exclama Alex, que está devorando su propio sandwich.

—No hables con la boca llena —pide Erik. Luego se dirige a Madeleine—. Si necesitas un adelanto o que te ayude con algo, no dudes en pedirlo. 

—Oh, no, no. Ya hacen suficiente por mí —dice con prisa—. Debo dejarlos porque Henry me está esperando para ir al cine. Cuiden bien de Alexikém. 

Después de asegurarse de dejar todo en su lugar, cierra la puerta. El apartamento, aunque pequeño, mantiene un orden y una presentación que no serían posibles sin la presencia de la chica y el buen ánimo de Ales para ayudar con él. Se queda allí todas las tardes, algunas noches también, y se ha ganado su propia habitación donde Erik mantenía una oficina privada con fotos de viejos enemigos. Como otros días, cena con Charles en la mesa de la cocina, escuchando la charla de Alex sobre su día en la escuela, las clases extras acompañado de Madeleine y todas las cosas locas que ha imaginado en medio, también sobre sus nuevos amigos. 

Es divertido verlo adaptarse, sentirse seguro de confiar en ellos como personas cercanas. Lo elogian por sus avances, también le advierten sobre algunos temas sensibles con algunos chicos (hay un niño afroamericano al que Alex es cercano, pero que otros detestan, por lo que Erik se siente un poco tentado a hacerles una visita sorpresa si llegan a ser abusivos). Después ven la televisión, una serie sobre un chico y su sirvienta japonesa que le buscan algún tipo de romance al padre viudo del niño (2). Es una comedia entretenida con la que todos se ríen un poco. Al final, también ven una película de terror. 

Para la media noche, Charles está dormido contra su hombro y Alex está tirado en la alfombra como una estrella de mar. No puede enviarlos hasta la mansión, así que arregla el cuarto del niño para ambos. 

La psicóloga  

La última sesión con la psicóloga no sale bien, aunque las lágrimas aún se escurren por los ojos de Alex cuando lo recogen, se abraza a las piernas de Charles con fuerza, gimiendo palabras entrecortadas como “lo siento”, “los quiero”, “no quiero estar solo otra vez”. Erik tiene que cargarlo en brazos para controlarlo, pues empieza a hacerse daño en la cara ante la magnitud de lo que sea que haya hablado con la mujer. 

—Lo siento —dice también ella. Anne Marie, joven y con ideas nuevas. Erik la había escogido porque tenía experiencia en niños adoptados y reubicados—. Creo que deberían tener una discusión seria con él. 

El consultorio, lejos de parecer un hospital, es amigable, lleno de color y algunas actividades para niños. Tiene incluso una pared con libros de ciencia que a él le encantan. 

—¿De qué se supone que deberíamos hablar cuando está así? —Charles, que nunca estuvo muy convencido de dejarlo tratar, parece que quiere insultar a la mujer—. ¿Le dijo algo? 

Ella los mira por turnos, largos turnos, como si dudara a quien de los dos decir lo que tiene en mente. 

—¿Es usted el tutor legal del niño, no? —se refiere a Charles—. Podría quedarse aquí un momento, el señor Lehnsherr puede esperar afuera un momento. 

Se va con Alex en brazos, intentando no doblar ni la manija de la puerta ni las sillas de aluminio en la sala de espera. Se sienta allí, con Alex hipando a su lado, dejando que cada una de las más terribles ideas pase por su cabeza. ¿Y si el niño está siendo intimidado? ¿Y si le pasó algo que no ha sido capaz de contarles a ellos? ¿Y si, de alguna manera, cree que lo van a abandonar? Acaricia los mechones rubios que se disparan hacia todos lados, tratando de transmitir control y seguridad. ¿Qué más puede hacer por un niño como este? 

—Si es algo que hemos hecho, puedes estar seguro que lo hicimos sin intención, sólo hemos querido cuidarte —menciona, repasando los últimos meses a detalle—. Si es algo que alguien te dijo o hizo, tampoco dudes en que puedo encargarme de eso. 

El niño se endereza un poco, ya no mueve sus manos queriendo arrancarse partes. 

—Se supone que a los chicos solo les deben gustar las chicas —dice, pausado, mirando al frente—. No estás casado. El tío Charles tampoco. Robin dijo que eran un par de asquerosos desviados. 

De todas las posibilidades, esa es la que menos espera. No es que no pensara que los demás iban a  tomar todo esto mal de alguna manera, se ha cuidado —no tanto— de parecer lo más normal posible, pero esto. 

—Nos vamos —Charles sale del consultorio realmente enojado. Toma la mano de Alex sin importarle en lo más mínimo esperar a Erik, casi podría decirse que está corriendo de allí. 

La psicóloga lo mira desde la puerta con una expresión de remordimiento que hace mucho no conocía. —De verdad, lo siento —repite—.  Pensé… pensé…

A Erik no le importa que putas pueda pensar una mujer a la que contrató específicamente para ayudar a Alex y no lo está haciendo, lo que también se está llevando de por medio su amistad con Charles, al parecer. Sale de allí sin despedirse. Cruza el edificio y baja al parqueadero, pero su auto sigue allí, aparcado cerca a la entrada. ¿A dónde pudo haber ido un hombre con un niño a esa hora en sábado? Camina hacia el final de la calle, cree haber visto un pequeño parque cuando venían hacia allí. 

—Escúchame bien —Charles está arrodillado en el césped, sus impecables pantalones camel manchandose por el pasto—, tu no tienes que defenderme a mi o nadie ¿entiendes? No me voy a enojar contigo. La gente puede pensar lo que quiere pensar. Y él hecho de que te haya contado eso sobre mí, no quiere decir que Erik sea mi pareja, si lo fuera te lo hubiera dicho. Erik solo es un buen amigo. 

Alex sigue hipando y asintiendo sin parar, con el mismo semblante triste de Charles. 

—Además, no puedes hablar de Erik de esa manera. No es de aquí, tiene un trabajo importante, si alguien escuchará eso… podrían echarlo. Y no queremos que Erik se vaya, ¿verdad? 

—No, es mi mejor amigo. 

—El mío también. 

Da la vuelta y regresa al auto sin interrumpirlos. Una parte suya quiere ir, estrujarlos juntos y prometerles que no le importa en lo más mínimo lo que puedan decir, otra tiene miedo. ¿Qué pasa si dicen algo en la CIA? ¿Qué pasa si por eso le quitan a Alex? Hace que las lamparas de toda la calle se retuerzan hacia atrás en un intento de no convertir al resto de los autos en material de metralla. 

Charles pregunta por ello cuando vuelve, tiene un helado en la mano igual que Alex. 

—Me asusté, pensé que los había pedido —contesta, medio en broma, medio en serio.