Chapter 1: Distancia
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El reloj en la muñeca de Manuel marcaba las nueve y cuarto de la noche cuando el olor a milanesas recién hechas terminó de inundar el hogar del trío. No había apuro, pero el ritual previo a prender directo siempre requería su tiempo de descompresión. Sentados en el sillón del living, con los pies descalzos y los platos apoyados en su regazo, Manuel y Lautaro compartían un silencio cómodo, roto únicamente por el murmullo de un programa de televisión de chimentos tontos al que ninguno de los dos le presta verdadera atención.
– Eu, de verdad te digo. No me dejes solo si el chat se pone denso con el tema del evento de Spreen –pidió Lautaro, pinchando una papa frita con el tenedor.
– Dejá de llorar, Moski, si sabés que no te vamos a quemar en stream. Menos yo –respondió Manuel, estirando el brazo sin el menor descaro para robarle una papa del plato, llevándosela a la boca antes de que el rubio pudiera evitarlo.
– ¡Eh, hijo de puta! –lo insultó entre risas, amagando con pegarle un manotazo en la muñeca, aunque sin fuerza real.
Manuel soltó una carcajada, masticando con la boca medio llena mientras se acomodaba mejor contra el respaldo del sillón. Había una complicidad ciega entre los dos, una dinámica pulida por la convivencia que les permitió conocerse de memoria, compartir códigos que nadie más entendía. Para Lautaro, esos momentos previos al stream eran su refugio; el único lugar en el mundo donde sus alertas constantes se apagaban por completo y podía ser simplemente él, un pibe más cenando con su mejor amigo.
La atmósfera cambió cuando, cerca de las diez de la noche, Santiago llegó haciendo ruido, apurándolos para acomodar las luces arriba y prender antes de que se les siga haciendo tarde. El stream empezó con la energía habitual: los chistes rápidos y los mensajes del chat moviéndose a mil por hora en el monitor. Lautaro empezó bien, participando de las jodas y metiendo cizaña en los momentos necesarios, pero pasando las once y media de la noche, el cansancio mental o la propia inercia de la rutina hicieron que ponga el cerebro en automático. Se limitaba a sonreírle a la cámara de vez en cuando, a tirar risas cómplices por los comentarios de sus amigos y a dejar que el directo fluyera casi sin su intervención.
Fue poco después de la medianoche cuando el rumbo del stream se desvió por completo. El chat empezó a ponerse pesado, insistiendo con preguntas de doble sentido sobre la intimidad de los chicos. Buscando seguirle el juego al público y armar el circo habitual, Bauleti tomó la palabra de forma humorística.
– No, bueno, pero hablemos con propiedad –soltó Santiago, acomodándose en su silla mientras miraba el chat–. Para mí, el emo tiene cara de tenerla gigante y venosa pero re contra mil peluda, así bien asqueroso, ¿entendés? En cambio, acá mi compañero Moski… de acá a la China te das cuenta que la tiene depiladita, prolijo el pibe. Aparte vive encerrado, se debe pajear todos los días, los pelos le molestarían.
Lautaro soltó una carcajada un poco forzada, asintiendo como para no quedar como un amargo, esperando que Manuel saltara a defenderse. Pero el pelinegro, compenetrado con su faceta más degenerada y morbosa como cada que buscaba entretener al chat, ni siquiera giró a verlo. Fijó los ojos verdes en la pantalla, con una sonrisa sobradora y divertida, borrando de un plumazo lo que Santiago acababa de opinar.
– ¿Qué decís? Estás flasheando cualquiera –boconeó Mernuel, ensanchando la sonrisa mientras empezaba a gesticular con las manos–. Dejá de inventar… Yo a Lautaro no me lo imagino con pija ni ahí. Para mí que este entre las piernas lo que tiene es una conchita. Bien cerradita y chiquita.
El chat explotó casi al instante. Una catarata infinita de “JAJAJA”, emotes bobos y alertas invadió la pantalla.
Para Lautaro, sin embargo, el mundo se detuvo en seco. Fue como si le hubieran pegado un cachetazo helado en medio de la cara. El eco de las palabras de Manuel “no me lo imagino con pija” rebotó en el interior de su cráneo con una violencia ensordecedora. Una oleada de calor asfixiante le subió desde el pecho hasta el cuello, obligándolo a acomodarse la camiseta al sentir que lo asfixiaba y tiñéndole los cachetes de un rojo furioso que nada tenía que ver con la timidez. Ese pánico puro, rancio y paralizante lo aplastó contra su silla. Sintió que la respiración se le cortaba y que los miles de espectadores del otro lado de la pantalla eran repentinamente conscientes de su mayor secreto, que lo estaban señalando, desnudándolo a través del monitor.
Casi por instinto, su lenguaje corporal se modificó de manera drástica. Se achicó en su lugar, encorvando los hombros hacia adelante y cruzando los brazos sobre su pecho con fuerza, apretando los bíceps en un intento desesperado de esconder las cicatrices de debajo de su ropa. Dejó de mirar el chat y fijó los ojos vidriosos en un punto muerto del teclado, completamente ajeno al resto de la conversación. Ni siquiera llegó a escuchar qué opinaba Manuel sobre la anatomía de Bauleti, sólo llegando a recibir las carcajadas lejanas; su mente se había desconectado por completo de la realidad, atrapada en un bucle de terror y disforia.
Pasaron unos diez minutos hasta que los dos amigos registraron el apagón absoluto de Lautaro. La atmósfera en la habitación se volvió espesa, cargada de una tensión incómoda que se podía cortar con un cuchillo. Santiago intentó pilotearla, tirando un chiste rápido sobre otro tema para desviar la atención del chat, y Manuel lo siguió de inmediato, dándose cuenta demasiado tarde que el clima se había roto. Pero el rubio seguía mudo en su silla, rígido como una estatua y con la mirada perdida.
No aguantó más. Con la voz extrañamente temblorosa y forzada, se aclaró la garganta y se forzó a hablar.
– Che, me… me empezó a doler una banda la cabeza. Me está matando. Creo que me voy a ir a acostar un rato –soltó como pudo, levantándose de la silla sin esperar una respuesta de sus compañeros ni despedirse del chat.
Caminó rápido hacia las escaleras y fue a encerrarse directamente a su pieza. Manuel y Santiago se miraron de reojo, visiblemente incómodos. Remaron el directo como pudieron durante unos quince minutos más, pero el ambiente ya no tenía salvación, así que, con la excusa de que estaba por llegar la gente para la previa, apagaron el stream a las doce y cuarenta, mucho antes de lo que habían planeado.
Para la una de la mañana, el primer piso de la casa ya era un caos de música al palo, vasos de plástico y botellas vacías. Habían caído los chicos de siempre y algunas de sus amigas. Lautaro apareció por las escaleras después de un rato largo, pero parecía otra persona. Llevaba puesto un buzo tres talles más grandes de lo normal, completamente tapado hasta el cuello para no dejar a la vista ningún rastro de su cuerpo, y caminaba encorvado, manteniendo los ojos clavados en la pantalla de su celular para no cruzar miradas con nadie.
En un intento desesperado por esconder su malestar y fingir una extroversión que no sentía, se sumó a una ronda de shots que se estaba armando en la mesa de la cocina. Se clavó tres medidas de vodka puro de forma consecutiva, tragando el líquido ardiente sin siquiera pestañear. Pero el alivio que esperaba no llegó, al contrario, la cabeza le empezó a dar vueltas y el nudo en su estómago se volvió más cerrado. Pocos minutos después, aprovechando el descontrol de la música alta, se alejó de la gente y buscó refugio en un taburete al fondo de la barra de la cocina, con un vaso de fernet casi puro en la mano como su compañeros, recurriendo a él en tragos largos como si fuera un vaso de agua.
Desde el otro lado, Manuel no le sacaba los ojos de encima. Sentía una culpa agria que le carcomía el estómago; sabía perfectamente que el chiste estúpido que hizo en stream había desatado ese comportamiento autodestructivo en su amigo, aunque no lograba comprender por qué le había afectado tanto. Intentó acercarse a él en dos oportunidades, pero ninguna funcionó como esperaba. Primero lo interceptó Iván, agarrándolo del hombro para comentarle con entusiasmo las ideas que tenía para el evento de la próxima semana. Manuel intentó prestarle atención, distrayéndose un par de minutos con los detalles técnicos pero con su mirada volviendo cada cierto tiempo a la barra. Cuando terminó de hablar con Spreen y quiso avanzar hacia el rubio, el resto de los chicos lo arrastró a una ronda de tragos en el centro de living. Manuel fue, participó de la previa, pero su concentración seguía fija en su mejor amigo, con una impotencia creciente al verlo hundirse en el alcohol sólo.
A las tres y media de la madrugada, el grupo decidió que era hora de arrancar para el boliche. La salida hacia la calle fue un despliegue caótico de risas, gritos de borrachos y camperas abrigadas para combatir el frío de la noche.
En la vereda, Manuel vió su oportunidad. Llegó a ver la silueta encorvada de Lautaro que caminaba rezagado, esquivó a Coker y a Santutu con paso apurado y lo alcanzó, agarrándolo firmemente del brazo para frenarlo. Vió cómo todo su cuerpo se tensó al sentir el contacto. Tenía los ojos vidriosos, inyectados en sangre, y una expresión hostil plasmada en su rostro sonrojado.
– Che, Lau, pará mi poco –le dijo Manuel, intentando sonar tranquilo pero sin poder disimular el tono preocupado–. Ya estás dado vuelta, boludo. No podés tomar así de rápido, te va a hacer mal. Dale, vamos con Santi a mi auto. Si querés vos vas de acompañante, o también nos podemos quedar un rato más hasta que se te pase un poco…
Lautaro frenó en seco. Por primera vez en la noche, sus ojos se encontraron. Había una frialdad y resentimiento tan crudo en los ojos marrones que a Manuel le congeló la sangre en el pecho. Con un sacudón brusco, zafándose del agarre del morocho, habló.
– No, dejá. Ya le dije a Davo que me voy con él –escupió con voz seca.
Se dió la vuelta de inmediato, caminó con paso inestable al auto que lo esperaba a unos metros con las balizas prendidas junto al cordón y subió al asiento trasero, cerrando la puerta en un golpe seco que resonó en la calle ahora desierta.
Manuel se quedó parado solo en la vereda, congelado bajo el frío de la noche otoñal, mirando fijamente las luces traseras del auto alejarse. Fue ahí cuando sintió que la distancia acababa de abrirse entre los dos, tan gigante que no tenía ni menor idea de cómo iba a hacer para acortarla.
Chapter 2: Paranoia
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Lautaro no supo en qué momento bajó del auto con Davo ni cómo cruzó la entrada del boliche. Su mente había entrado en un estado de disociación tan profundo que el trayecto entero se redujo a un parpadeo borroso. De un momento al otro, la realidad lo golpeó de frente: el retumbar ensordecedor del bajo le pegaba directo en la boca del estómago, el aire denso y caluroso impregnado de alcohol y olor a cigarrillo ajeno se le metía en los pulmones, y las luces estroboscópicas cortaban la oscuridad en fogonazos violentos que le quemaban los ojos.
Todo junto funcionó como el amplificador perfecto para su crisis mental. Lejos de anestesiarlo, la cantidad de alcohol que estuvo consumiendo en la previa destrabaron las cerraduras de sus peores monstruos. Caminaba mecánicamente entre la marea de personas que bailaban a su alrededor, pero por dentro el ruido era insoportable. Una paranoia rancia y asfixiante empezó a tejer hijos en su cabeza. Instintivamente, se pasó una mano por encima del buzo pesado, tocándose el pecho a través de la tela gruesa, preso de un terror repentino. ¿Y si alguna vez, cambiándose en casa, se marcaron las cicatrices a contraluz? ¿Y si se nota demasiado que al ponerse un pantalón suelto no hay nada que se marque? La cabeza le iba a mil kilómetros por segundo, desenterrando recuerdos insignificantes y transformándolos en pruebas incriminatorias. Se acordó de la semana pasada, cuando los chicos en el living se habían puesto a hablar sobre las mujeres con las que habían estado, en cómo se solían pajear al estar solos en casa; él se quedó mudo, fingiendo mirar el celular para esquivar la charla porque no tenía idea de cómo intervenir sin delatar que no había estado con una mujer y que, aunque sí se masturbara con frecuencia, no lo hacía de igual forma que ellos dos. Se dieron cuenta, se repetía a sí mismo, sintiendo un nudo frío y pesado en la boca del estómago. El chiste de Manuel no fue un chiste casual. Lo sabe. Todos lo saben y sólo sienten asco. Desesperado por apagar ese monólogo interno que lo estaba destruyendo, Lautaro estiró el brazo hacia la mesa, manoteando un vaso de plástico con vodka que alguien de su grupo había dejado apoyado, tomándolo de un tirón con una mezcla de ira y ganas de desaparecer.
La autodestrucción del rubio no pasó desapercibida para el resto. El grupo de amigos estaba reunido en un semicírculo alrededor de la mesa que habían reservado en la pista VIP, charlando a los gritos por encima de la música. Lautaro se había incorporado a la ronda de manera casi fantasmal, con el vaso vacío apretado entre los dedos y la mirada perdida en las luces que parpadeaban en el techo. Fue en ese momento cuando las cosas explotaron. Manuel, que venía controlándolo desde la distancia, perdió los estribos al verlo intentar agarrar otra botella de Smirnoff. Sin medir la fuerza, el morocho estiró el brazo y le dió un golpe seco al vaso que Moski tenía en la mano. El plástico voló por el aire y el resto del líquido se desparramó en el suelo, perdiéndose entre los pies de la gente.
El rubio reaccionó por puro instinto físico. El alcohol en sangre le borró la timidez y le encendió un arranque de furia y orgullo ciego. Se dió la vuelta con los dientes y los puños apretados, listo para meterle una trompada a quien fuera, pero se chocó de frente con los ojos verdes de Manuel, que brillaban con una intensidad desencajada, reflejando el enojo nacido del miedo genuino al verlo en ese estado.
– ¿Qué mierda te pasa, pelotudo? –le gritó al oído, acortando la distancia de un paso para agarrarlo del cuello del buzo–. Te borraste toda la noche y no parás de tomar como un enfermo, ¿qué carajo estás buscando? ¿Terminar internado en el hospital?
Lautaro sintió que la rabia le nublaba la vista al escuchar al pelinegro hablarle así. No iba a armar un espectáculo frente a Davo, a Santiago, ni a ninguno de los otros pibes que empezaban a darse vuelta por el disturbio, ni mucho menos se iba a arriesgar a que se le escape algo en medio del grupo. Con un movimiento brusco y coordinado por la adrenalina pura, manoteó la tela de la remera de Manuel a la altura del pecho, empujándolo hacia atrás con fuerza para después arrastrarlo a los empujones hasta la zona del baño, abriéndose paso entre la multitud como si fuera un tractor.
Entraron a los tumbos al baño del sector VIP, que estaba vacío. Lautaro empujó a Manuel contra la pared de azulejos oscuros con violencia, acorralándolo, respirando de forma agitada y ruidosa. Tenía la cara completamente encendida, el pelo rubio revuelto y los ojos inyectados en sangre, brillando con lágrimas de frustración contenidas que amenazaban con desbordarse.
– ¿Y a vos qué carajo te importa? –le gritó en la cara, con la voz quebrada y las palabras enredándose en su lengua por el alcohol–. ¿Qué mierda te incumbe lo que tengo entre las piernas, Manuel?¿Por qué tenés que andar boconeando en stream?¿Qué ganás exponiéndome así adelante de todo el mundo?
Manuel se quedó mudo, pegado a la pared, con los ojos abiertos de par en par. La crudeza del ataque lo tomó desprevenido, pero la furia del rubio duró apenas unos segundos; la energía de la bronca se evaporó tan rápido como había subido, dejándolo vacío y expuesto. Los brazos de Lautaro cayeron flojos a los costados del cuerpo y sus hombros se desinflaron en un espasmo. Se quebró por completo. Sin poder sostener el peso de su propio cuerpo ni de su angustia, dejó caer su cabeza hacia adelante, apoyando la frente contra el hombro del pelinegro, rompiendo en un llanto ahogado, desgarrador y humillante que le sacudía el torso entero.
Desarmado por su embriaguez y el dolor crudo de la disforia, Lautaro empezó a largar palabras sueltas entre sollozos, limpiándose las lágrimas contra la tela de la remera de su amigo.
– Yo… yo se los quise decir antes, de verdad –confesó en un hilo de voz chiquito, ahogado por la desesperación–. No tuve la oportunidad… No quería que me odiaras, Manu. Perdón. Perdóname. No quería que me tuvieran asco…
El pelinegro sintió que el corazón se le partía al medio en un crujido seco. Instintivamente, rodeó la cintura de su mejor amigo con los brazos, apretándolo contra su pecho con fuerza protectora, pero su mente seguía atrapada en el carril equivocado. Como todavía estaba convencido de que Lautaro hablaba de que se sentía menos hombre o que tenía complejos severos con su tamaño por culpa de la joda pesada del stream, lo consoló con frases torpes, desesperado por calmarlo pero completamente lejanas a la situación real.
– Pará Moski, no seas boludo… ¿Cómo te voy a tener asco por eso? Sos mi mejor amigo –le susurró al oído, pasándole una mano pesada por la espalda, balanceándolo un poco–. No le importa a nadie, posta. Fue un chiste del orto que tiré porque soy un pajero, de verdad… Calmate, por favor, no llores así que me hacés mierda.
En medio del llanto, al rubio le terminó de subir todo el alcohol de la previa en un solo golpe. Se separó del pecho de Manuel con un tambaleo, tapando su boca con la mano y señalando los cubículos del baño con la mirada desesperada, el ojiverde entendió al instante. Sin sentir asco, lo agarró de la cintura, lo metió en el cubículo y se arrodilló a su lado en el piso mugriento, sosteniéndole la frente con una mano firme mientras el rubio devolvía todo el alcohol en el inodoro.
Cuando el estómago de Lautaro finalmente se vació, lo ayudó a levantarse, cargando casi con todo su peso. Lo llevó hasta la hilera de lavamanos, abrió la canilla de agua fría y, con muchísima paciencia, le mojó la nuca y le lavó la cara con sus propias manos, buscando borrar el rastro de lágrimas y transpiración. Usó un par de papeles para secarlo con suavidad, acomodándole el flequillo húmedo pegado a la frente. El rubio se dejó hacer, completamente dócil, con los ojos fijos en el piso y la respiración un poco más regulada.
– Bueno, ya está. Nos vamos a la mierda –sentenció Manuel con firmeza, pasándole un brazo del rubio por encima de sus hombros para mantenerlo estable.
Lo sacó del baño a paso lento. Al salir a la pista, divisó a Bauleti junto a Davo que los miraban con preocupación. Manuel les hizo una seña rápida con la mano libre, gritándoles por encima de la música que Lautaro estaba mal y que se lo iba a llevar a casa. Saliendo, lo dejó sentado en un escalón de la entrada bajo el cuidado del patovica, fue rápido a buscar su auto al estacionamiento y volvió a los dos minutos, subiendo al rubio en el asiento del acompañante con cuidado de que no se golpee la cabeza.
En el viaje de la vuelta los acompañó un silencio denso pero protector. Manuel manejaba con cuidado por las calles desiertas de Buenos Aires, tirando miradas de reojo a su copiloto, que se mantenía hecho un bollito contra la ventanilla, mirando las luces de la autopista pasar.
Al entrar al departamento, el ambiente estaba congelado. Manuel lo guió hasta el baño principal mientras prendía el aire y abrió la canilla de la ducha, esperando a que el vapor comience a entibiar las paredes. Lautaro estaba parado en medio del lugar, tambaleándose un poco, con la mirada perdida en las baldosas a sus pies.
Viendo que apenas podía mantener el equilibrio, Manuel avanzó hacia él y estiró las manos hacia el borde de su buzo, amagando de forma natural con ayudarle a sacarse la ropa para que pudiera meterse al agua caliente. Al sentir sus manos rozando la tela a la altura de sus caderas, Lautaro reaccionó con el último rastro de alerta y autodefensa que le quedaba en el cuerpo. Le frenó las manos con un agarre débil, tembloroso, pero cargado de una desesperación palpable.
– No… No, Manu. Yo solo, por favor –le suplicó con una debilidad rota, mirándolo con ojos suplicantes–. Déjame solo, yo puedo.
Necesitaba encerrarse. Necesitaba que Manuel no viera su cuerpo desnudo bajo la luz brillante del baño, que no viera las cicatrices planas alrededor de sus pezones ni la falta de anatomía masculina que su cabeza le juraba arruinaría todo. El pelinegro, desconcertado, dió un paso hacia atrás y asintió en silencio, cerrando la puerta detrás suyo al salir para darle su espacio.
Después de media hora, la puerta del baño se abrió. Lautaro salió envuelto en una nube de vapor, con una bata blanca. Tenía el pelo rubio mojado, goteándole sobre los hombros, y la piel de la cara pálida, con los ojos todavía hinchados y aún con un camino de lágrimas marcado, delatando que el llanto siguió en la ducha.
Manuel lo estaba esperando en la puerta con una muda de ropa limpia en sus manos. Le alcanzó unas pantuflas para que no camine descalzo y lo ayudó a ir al ascensor. Subieron en silencio hasta las habitaciones, caminando juntos hasta donde dormía Lautaro. El pelinegro entró primero, dejando la ropa sobre la cama y entrando al baño a buscar un secador de pelo.
– Vení, gordo, no podés dormir con el pelo mojado. –el rubio asintió sin fuerzas para negarse y, sentados en el borde de la cama, se dejó peinar–. Voy a buscar un vaso de agua y vuelvo, cambiate tranquilo.
Minutos después, volvió con el vaso de agua prometido y se encontró al rubio vistiendo un jogging gris gastado y una remera negra lisa, sentado en el mismo lugar que antes con su mirada fija en la pared. Las luces de la pieza estaban apagadas, solo la lámpara de la mesita de luz alumbraba el cuarto de forma cálida. Dejó el vaso apoyado a su lado, y ayudó a Lautaro a acostarse, arropándolo con las sábanas pesadas hasta el pecho.
Cuando Manuel estiró el brazo para apagar la lámpara e irse a su propio cuarto para dejarlo descansar, la mano de Lautaro salió disparada desde abajo de las mantas. Sus dedos fríos se cerraron firmemente alrededor de la muñeca del pelinegro, frenándolo en seco.
– Perdón… –susurró con la voz chiquita, apretando el agarre–. Perdón por arruinarte la noche. Soy un desastre…
– Dejá de decir pelotudeces, Moski –lo interrumpió con tono suave, sentándose en el colchón.
Lautaro tragó en seco, desviando la mirada hacia la almohada antes de juntar coraje para soltar el pedido que le quemaba la garganta.
– ¿Te… te podés quedar a dormir conmigo esta noche? –pidió en un hilo de voz casi imperceptible, con los ojos vidriosos fijos en él–. Por favor… No me dejes solo.
A Manuel se le aflojó algo en el pecho. No dudó ni un segundo. Se paró, se desprendió el cinturón y el botón del jean y lo dejó caer junto a las zapatillas, quedando únicamente en bóxers con la remera blanca que llevaba puesta. Se metió debajo del acolchado, sintiendo el calor acumulado del cuerpo del rubio.
Estiró el brazo y le arrastró el cuerpo hacia él, acomodándolo de forma tal que la cabeza del rubio quedara apoyada directamente sobre su pecho, justo encima del latido rítmico de su corazón. Lautaro no se resistió, se encajó en el hueco de su cuerpo como si hubiera nacido para estar ahí, escondiendo la cara en el recoveco del cuello del pelinegro, soltando un suspiro largo que delató cuánto necesitaba ese refugio.
Manuel empezó a pasarle los dedos por el pelo corto, desenredando los mechones rubios con una parsimonia infinita, mientras que su otra mano le acariciaba el brazo rodeando su pecho, dibujando círculos invisibles lentos y constantes.
– Ya está, bebote… Quedate tranquilo que está todo bien –le susurró al oído con voz profunda y aterciopelada que funcionó a la perfección como bálsamo definitivo. Dejó un beso sobre su coronilla y se acurrucó para dormir también–. Ya pasó. Estás acá conmigo, no te va a pasar nada.
El rubio cerró los ojos, aferrándose inconscientemente con una mano a la tela de la remera de su mejor amigo. Aliviado por las caricias constantes, el calor del morocho y las promesas dulces que le seguían llegando en murmullos rítmicos, el ruido de su cabeza finalmente se apagó. Dejándose vencer por el cansancio extremo, se quedó profundamente dormido con el rostro hundido en el pecho de Manuel, arrullado por el sonido compasivo de su respiración en la penumbra de la habitación.
Chapter 3: Refugio
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El silencio dentro de la habitación se sentía denso, casi sólido, como si las paredes mismas estuvieran conteniendo la respiración. Cuando Lautaro abrió los ojos, lo primero que lo golpeó no fue el dolor punzante en las sienes por culpa del alcohol de la noche anterior, sino un vacío helado en el pecho. Estaba en su cama. Sólo.
Se quedó estático, mirando el techo blanco mientras los fragmentos de la madrugada empezaban a rearmarse en su cabeza como un rompecabezas perverso. El baño del boliche, las lágrimas deslizándose por sus cachetes, el temblor en su voz y, por encima de todo, sus propias palabras resonando en un eco de humillación: “Me tienen asco”. Se lo había dicho a Manuel. Había llorado frente al pelinegro, exponiendo su miseria más profunda, arrastrándose por la desesperación y las copas de más.
La paranoia no tardó ni un segundo en instalarse, ramificándose bajo su piel. Se fue. El simple pensamiento le comprimió el estómago con una fuerza violenta. Le di tanta pena que se quedó a dormir para que no me vaya, pero ahora se fue porque no me quiere ni ver. Le doy asco.
La certeza de ese rechazo imaginario se le hundió tan profundo en el pecho que el aire le faltó. Una oleada de náuseas, nacidas de la angustia y el desprecio a sí mismo, le subió por la garganta. Lautaro no pudo aguantarlo, se destapó de golpe, trastabillando por la urgencia, y corrió hacia el baño de su habitación.
Se dejó caer con sus rodillas golpeando las duras baldosas frente al inodoro, aferrándose a la loza fría con los dedos temblorosos. El cuerpo se le sacudió en una arcada dolorosa. Como no tenía nada en el estómago, lo único que pudo expulsar fue un chorro amargo de bilis que le quemó la garganta. Tosió, con los ojos llenos de lágrimas, el pecho agitado y una debilidad que le hacía temblar las piernas. Se quedó ahí tirado unos minutos, apoyando la frente contra el borde, llorando en un silencio ahogado, sintiéndose la criatura más patética del mundo.
Cuando el piso dejó de darle vueltas, se arrastró hasta el lavamanos. Se enjuagó la boca varias veces para sacarse el gusto ácido, se cepilló los dientes con movimientos lentos, casi mecánicos, y se miró al espejo. Tenía las ojeras marcadas, los ojos inflados y el pelo rubio revuelto. Intentó acomodarse un poco, respirando hondo para juntar los pedazos de su dignidad, antes de animarse a salir. Tenía que comer algo.
Caminó por el pasillo arrastrando los pies. Bajó las escaleras aferrándose a la pared con el mundo aún dándole vueltas, llegando al primer piso con pereza. Se encaminó a la cocina, esperando encontrarla vacía y lúgubre, con el desastre del día anterior todavía presente. Sin embargo, eso no pasó. El olor a café recién hecho lo frenó en seco al llegar a la entrada de la cocina.
Manuel estaba ahí.
El pelinegro, alto, con sus tatuajes asomando por la musculosa y los ojos verdes fijos en la mesada, se dió la vuelta al escuchar sus pasos. No se había ido. Sobre la mesa estaban dos tazas, una casi vacía, que asumió era de Manuel, y una todavía humeante. A un lado, un par de tostadas con un poco de queso y huevos revueltos encima. Del otro, un vaso de agua con una pastilla y un sobrecito de Alikal listo para ser disuelto.
– Buenas –soltó Manuel con la voz ronca de la mañana, dedicándole una mirada rápida, un escaneo suave que intentaba descifrar el estado del rubio sin invadirlo. Al no recibir mayor respuesta que su cara sorprendida, asumió que no quería hablar y volvió a darse vuelta para seguir lavando lo que había ensuciado.
Lautaro sintió que la garganta se le cerraba. Se sentó en la banqueta alta, haciendo las cosas con una lentitud extrema, estirando cada movimiento. Movió la taza, agarró la pastilla, volcó el polvito en el agua dejando que burbujeara… todo el tiempo esperando. Esperando que Manuel rompiera el hielo, que le dijera algo, que le reclamara por el espectáculo de la noche anterior o que, al menos, tirara un chiste al aire para descomprimir.
Pero Manuel no dijo nada.
Para el morocho, Lautaro estaba destruido por la resaca y lo último que quería era agobiarlo con preguntas pelotudas; pensó que el silencio y los cuidados mudos eran la mejor forma de respetarlo. Sin embargo, en la cabeza paranoica de su amigo, ese silencio doloroso se tradujo de una forma completamente distinta: “No te hablo porque no sé ni cómo mirarte. Me das asco de verdad”.
Cada segundo que pasaba sin palabras era como una puñalada. Lautaro se tomó el Alikal de un solo trago, se tragó la pastilla con el té y terminó su desayuno en silencio, dejando una de las dos tostadas sin tocar y la otra con, máximo, tres mordidas. Sin mirar al pelinegro a los ojos, se paró de la banqueta, apurado.
– Gracias por el desayuno. Me voy a acostar un rato más –murmuró con la voz plana, apagada.
Antes de que Manuel pudiera reaccionar o formular una frase, él ya había desaparecido a paso rápido directo a su pieza. Trabó la puerta con un click suave, se tiró en la cama, tapado hasta la cabeza, y dejó que las horas pasaran en la penumbra. Pasó el mediodía, pasó la tarde entera, oscureció y el rubio no había salido ni una vez. Ni para almorzar, ni para merendar, atrapado en su propio aislamiento.
Cerca de las ocho de la noche, el hambre y la misma asfixia de estar encerrado obligaron a Lautaro a destrabar la puerta. Salió despacio, arrastrando las medias por el pasillo en un silencio absoluto, convencido de que Manuel, al no prender stream esa noche, ya se habría ido o de que, al menos, el living estaría vacío.
Cuando terminó de bajar las escaleras, vió que las luces estaban apagadas y que la única claridad venía del televisor, prendido sin volumen. Manuel seguía ahí, estaba acostado a lo largo del sillón, con un brazo tapándole los ojos y una pierna colgando levemente hacia el piso, inmóvil. Como esperándolo.
Su primer instinto fue dar media vuelta y volver a encerrarse en su cueva, pero algo en su pecho se removió. Estaba cansado de huir. Con el corazón desembocado, caminó a paso lento hasta enfrente del sillón. Manuel sintió el movimiento, se destapó los ojos y, al ver que era él, se acomodó para dejarle un lugar. Lautaro, todavía dudando, se sentó en el borde libre, con las manos metidas entre las piernas y la mirada fija en el suelo.
El pelinegro lo analizó unos segundos. No soportaba más ver a su mejor amigo tan distante, tan roto por dentro por algo que él había dicho. Sin pensarlo dos veces, se estiró para agarrarle el brazo con suavidad pero firmeza y tiró de él hacia su cuerpo.
– Vení acá, dale –dijo con voz suave, ronca por el desvelo.
Lautaro no puso resistencia. Se dejó vencer por el tirón y terminó acostado frente a él, acurrucado en su pecho sintiendo el calor y el latido rítmico de su corazón. Era exactamente el mismo refugio de la noche anterior. Ese gesto de cariño tan puro, tan de Manuel, fue el detonante definitivo: al rubio se le partió la garganta en un sollozo y las lágrimas le brotaron de golpe, empapando la musculosa del pelinegro.
Manuel lo rodeó con los brazos, apretándolo contra sí mientras le acariciaba el pelo en un intento de calmarlo.
– Ey, Lauti, ya está… Perdón, en serio –susurró sobre su coronilla, sonando genuinamente arrepentido–. Perdón por haber sido tan bruto con el chiste del stream. Te juro por mi vieja que no sabía que para vos era un tema tan sensible… lo del tamaño, tu masculinidad, todo eso. Fui un tarado, no pensé. Perdóname por favor.
Lautaro lloró un momento más, escuchando las disculpas desesperadas de su mejor amigo, sintiendo el peso de la mentira deshaciéndose en su estómago. Ya no quería seguir ocultándose, menos con él, algún día lo descubriría y sería peor… Se limpió la cara con el dorso de la mano, respiró hondo y, con el pecho subiendo y bajando de la vulnerabilidad, decidió aclarar las cosas.
– No es por el chiste en sí, Manu… –soltó en un murmullo tembloroso, sin despegar los ojos de la remera cubriendo el pecho de su amigo–. Es que… no entendés. No es un complejo por tenerla chica. –Aclaró dejando escapar una pequeña risita, volviendo a limpiar sus lágrimas.
Manuel se quedó callado, sin dejar de acariciarle el pelo, esperando que terminara.
– Yo… soy un varón trans, Manu –confesó Lautaro. La frase quedó flotando en el aire, pesada, real por primera vez entre ellos. El rubio sintió que el cuerpo le temblaba de miedo, pero siguió hablando antes de arrepentirse–. Por eso las cicatrices que tengo en los pezones… es mi mastectomía. Y… por temas míos, por miedo… nunca me hormoné.
Lautaro tragó saliva, sintiendo como el corazón de Manuel parecía acelerarse un poco bajo sus manos. Cerró los ojos con fuerza y soltó lo más íntimo, lo que lo hacía sentir más expuesto ante el mundo:
– Decidí mantener mis genitales. No busco cambiarlos ni operarme ahí abajo… Por eso, cuando dijiste en el stream que me imaginabas con una… con eso… me mataste. Sentí que me habías descubierto, que me expusiste delante de toda la gente.
La habitación quedó en un silencio sepulcral, roto únicamente por la respiración agitada de Lautaro, que esperaba aterrado cualquier movimiento de rechazo.
El pecho del pelinegro dejó de moverse por unos segundos, congelado por la revelación. Lautaro también contuvo el aliento, sintiendo cada músculo de su amigo tensarse contra su cuerpo. Fueron varios segundos en los que Manuel procesó las piezas que faltaban, la explicación a los silencios, las fotos de la infancia de Moski que a partir de los cuatro hasta los catorce años no existían… Lo que más le dolió fue el peso de lo que el rubio cargaba en completa soledad desde que vino a vivir con él por su capricho.
El frío del shock se derritió de golpe, reemplazado por un instinto protector feroz. Manuel no se alejó ni un centímetro; al contrario, cerró los brazos alrededor de Lautaro con más fuerza, pegándolo a su pecho como queriendo blindarlo del exterior.
– Lauti… mirame –le pidió, bajando la cabeza para buscar sus ojos en la penumbra. Cuando el rubio levantó la vista con timidez, Manuel le dedicó una mirada cargada de ternura absoluta–. Sos un tarado si pensaste que te iba a odiar. Ahora me quiero morir por lo que dije, fui un re pelotudo… Pero, escuchame bien, no cambia nada. Sos mi mejor amigo, sos el mismo de siempre ¿entendés? Me chupa un huevo lo que tengas entre las piernas. Para mí seguís siendo Lautaro, Moski, mi Lauti, y no te voy a dejar sólo nunca.
Lautaro sintió que el peso descomunal que le aplastaba las costillas se disolvía por completo. El alivio fue tan enorme que dejó escapar un suspiro tembloroso, escondiendo la cara en el cuello de Manuel mientras asentía, dejando que las últimas lágrimas caigan para limpiar la angustia que le quedaba adentro.
Por su lado, el ojiverde se quedó un rato largo acariciándole la espalda, dejando que el ambiente se relajara, borrando cualquier rastro de la tensión dolorosa que los había distanciado desde la noche anterior. Cuando notó que la respiración de Lautaro por fin era pausada y tranquila, le dió una palmadita suave en la espalda baja para romper el clima.
– Bueno, che, mucha emoción por hoy –dijo con una risa ronca, recuperando el tono jodón que el rubio había extrañado–. ¿Tenés hambre? Porque ni siquiera comiste el desayuno que te preparé, vago. ¿Pedimos un Mc y nos quedamos acá en el sillón viendo una peli? Santiago no viene.
Lautaro soltó una risita floja, la primera real en horas, y se limpió los ojos, asintiendo.
– Sí, porfa. Me estoy re cagando de hambre –declaró incorporándose en el sillón.
Media hora después, el living ya no se sentía lúgubre ni asfixiante. Con las luces bajas y el televisor encendido de fondo pasando una película que no terminó de engancharlos, los dos estaban desparramados en el sillón con las cajas de hamburguesas y las papas fritas esparcidas en la mesa ratona. Hablaron de boludeces, se rieron de anécdotas viejas y volvieron a conectar en esa complicidad ciega, ese código inquebrantable de mejores amigos que compartían desde siempre. Era como si la tormenta hubiera pasado y todo volviera a su eje, devolviéndole a Lautaro la paz que creía perdida.
Cuando terminó la película y los bostezos se escapaban de la boca del rubio, levantaron los restos de comida casi por inercia. Se despidieron con un abrazo apurado y un par de palmadas en la espalda que intentaban sellar el regreso a la normalidad. Cada uno caminó a su propia habitación, buscando el descanso que arrastraban pendiente desde la madrugada anterior.
Manuel entró a su pieza, cerró la puerta y se tiró en la cama boca arriba, quedando completamente a oscuras. El silencio en la casa volvió a envolverlo, pero esta vez no trajo paz. En el instante exacto en que apoyó la cabeza en la almohada, los engranajes de su cabeza empezaron a girar hacia un terreno imprevisto, denso y cargado de una electricidad peligrosa.
La culpa por haber expuesto a Lautaro en stream era real, sí, pero ya no tenía la fuerza suficiente para drenar las imágenes que se le estaban instalando a la fuerza detrás de sus ojos. La confesión de su amigo le había dinamitado el cerebro. Intentó cerrar los ojos con fuerza y concentrarse en cualquier cosa, en el stream al día siguiente, algún juego, algún clip viejo… pero fue inútil. Un calor espeso y punzante empezó a juntarse en la parte baja de su abdomen.
Se pasó una mano por la cara, frustrado, pero cuando bajó la mirada se dió cuenta de la realidad: tenía la chota completamente dura, golpeando tensa contra la tela del bóxer. Trató de respirar hondo para bajar la calentura, jurándose que era una reacción estúpida de su cuerpo, pero el recuerdo de los labios temblorosos de su mejor amigo, las cicatrices alrededor de sus pezones y la certeza absoluta de la anatomía que guardaba escondida en sus pantalones lo vencieron por completo. Era imposible pensar en otra cosa, el morbo lo estaba consumiendo.
💐
Se metió la mano dentro del bóxer, envolviendo su pija erecta con los dedos calientes, y empezó a pajearse con movimientos lentos en la oscuridad de la cama, rindiéndose del todo a la fantasía.
La escena no empezaba con timidez. Era él mismo acorralando a Lautaro contra el colchón en el que él estaba acostado, devorándole la boca en un beso salvaje, hambriento, sintiendo el cuerpo menudo del rubio temblar debajo suyo. El cruce de respiraciones apuradas llenaba el espacio imaginario mientras Manuel bajaba una mano con desesperación por el vientre ajeno, pensando internamente “¡al fin, la puta madre!” que le hacía latir las sienes.
Deslizó los dedos por la cintura del jogging de Lautaro y se cruzó con una sorpresa que le prendió fuego la sangre: una tanguita de encaje. La tela fina apenas cubría la piel del monte venus, que se sentía ridículamente suave y perfectamente depilado al tacto. Manuel jadeó contra el cuello del rubio, metiendo la mano por completo para abrir con delicadeza los labios mayores usando los dedos índice y meñique. Encontró el clítoris hinchado, latiendo de pura anticipación, y empezó a acariciarlo con los dedos medio y anular con una devoción casi religiosa, ejerciendo una suave presión constante y experta. Lautaro, con los ojos en blanco y los dedos enredados en el pelo negro, empezó a gemir de forma desesperada hasta que el cuerpo se le arqueó por completo, gritando cuando los dedos se deslizaron en su interior. Con un par de empujes, Manuel los sacó al sentir que los apretaba y devolvió sus caricias apresuradas al clítoris, provocando que el primer orgasmo lo sacuda violentamente bajo su peso, humedeciendo aún más la zona.
Sin dejarlo recuperarse, Manuel bajó los pantalones de un solo tirón, deleitándose con la vista. La tela de encaje de la tanga blanca estaba completamente empapada, volviéndose translúcida y dejando asomar los labios mayores regordetes y ligeramente enrojecidos por la excitación. Se inclinó a dejar un besito sobre la tela antes de sacársela con lentitud, acomodándose entre las piernas abiertas de su mejor amigo, hundiéndose en el olor dulzón y caliente que desprendía su intimidad, y bajó la cabeza para empezar con el cunnilingus salvaje. Le lamió la entrada húmeda con pasadas largas de la lengua y succionó el clítoris con una fijeza tan morbosa que Lautaro no pudo hacer más que lloriquear, arañándole los hombros a Manuel mientras se sacudía en el colchón, entregándose al segundo orgasmo consecutivo que lo dejó completamente indefenso y empapado en sus propios jugos.
La paja se volvió frenética, usando su mano libre para bajar sus bóxers y después llevarla a tapar su boca. Manuel apretaba los dientes en su cama, con la respiración entrecortada, acelerando el ritmo de su mano mientras la fantasía llegaba al punto de no retorno.
Ahora estaba de rodillas entre los muslos temblorosos de su amigo. Agarró su propia pija, gorda y con las venas marcadas, y empezó a frotar la punta directamente contra el clítoris hipersensible de Lautaro, escuchando como el rubio lloriqueaba con el contacto. Sin esperar más, la acomodó en la entrada y empujó hacia adelante, metiéndola en un movimiento fluido. El interior era un canal apretadísimo, caliente al extremo y tan húmedo que envolvía su pene como un guante de seda. Manuel empezó a embestir contra él, profundo y rítmico, haciendo que los cuerpos chocaran con un eco húmedo. Al mismo tiempo, su mano izquierda le rodeaba el cuello, sin apretar, para que lo mire a la cara, y la derecha bajaba hasta su clítoris, masajeándolo con el pulgar en cada estocada hasta llevarlo hasta el límite absoluto. Lautaro explotó a chorros en su tercer y último orgasmo, gritando su nombre en la oscuridad mientras las paredes de su vagina se contraían con una fuerza deliciosa alrededor de su pija…
El impacto de esa última imagen mental devolvió a Manuel de golpe a la realidad de su pieza. La ensoñación fue tan intensa que el pelinegro arqueó la espalda en el colchón, masturbándose con una rapidez desesperada durante tres o cuatro segundos más hasta que la vibración en la pelvis se volvió insoportable.
Soltó un gemido ahogado contra su mano y se corrió en tiras espesas y calientes, manchando con violencia su propio abdomen y la palma de su mano.
💐
Se quedó congelado, con el corazón latiéndole a mil en las costillas y el pecho subiendo y bajando de forma errática. El silencio regresó, pesado, cargado con el olor a semen subiendo desde las sábanas. Se incorporó despacio, mirando la mancha en su musculosa con una mezcla densa de calentura residual y culpa clavada en el estómago por haber deseado de esa forma tan explícita a su mejor amigo.
Se paró a tientas, caminó hasta el baño y se pegó una ducha rápida con agua tibia, lavándose el sudor y los restos de eyaculación. Cuando volvió a acostarse, limpio pero con la mente en blanco, se tapó hasta el pecho. Miró el techo una última vez antes de cerrar los ojos, sabiendo que, a partir de esa noche, ya nada iba a ser igual cuando mirar al rubio a la cara.
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El calorcito ajeno lo trajo de vuelta a la realidad de manera lenta, difusa. Manuel parpadeó un par de veces, sintiendo el peso de las sábanas y una presión familiar, cálida y constante contra el pecho. Le tomó unos segundos reubicar el cuerpo y darse cuenta de que no estaba solo en la cama. El pelo rubio y revuelto de Lautaro estaba cosquilleándole en el mentón, desparramado sobre la misma almohada que al parecer compartían.
En algún momento de la madrugada, Moski se escabulló en su pieza, buscando refugio, probablemente después de una pesadilla, y se había acomodado en una perfecta cucharita menor.
Manuel contuvo el aliento. Intentó no moverse, pero la inercia del despertar activó de inmediato su típica erección matutina, punzante y tensa contra el bóxer, recordándole de forma implacable que tenía que levantarse para ir al baño. Quiso zafar, pero se dió cuenta de que tenía su propio brazo izquierdo atrapado bajo la cabeza del rubio y, para colmo, los dedos de Lautaro estaban entrelazados con los suyos de una forma ridículamente íntima sobre el colchón.
Tratando de mantener la cordura, estiró la mano libre y bajó un poco las mantas para ver cómo estaban acomodados y calcular el escape. Primer error fatal…
La luz de la mañana entraba de lleno por la ventana frente a la cama, iluminando toda la habitación. Lautaro dormía con una remera bastante suelta que se había levantado en sueños hasta las costillas, dejando al descubierto la curva limpia de su cintura, la espalda baja y un abdomen plano donde los finos vellos rubios brillaban casi dorados bajo el sol. Tragó saliva, con el pulso empezando a acelerarse, pero el golpe de gracia vino cuando bajó más la vista. El shortcito deportivo del rubio se había desacomodado con el movimiento nocturno, cediendo lo suficiente para revelar el borde sutil, delicado y labrado de una tanguita de encaje rosada. La lencería contrastaba de una forma tan jodidamente hermosa con la piel suave de sus caderas que la fantasía explícita de la noche anterior se le materializó en el cerebro como una cachetada.
La pija le dió un latido violento, endureciéndose aún más, ahí se dió cuenta de que las redondas nalgas del rubio habían formado una especie de funda para su erección, encerrándola entre ambos cachetes. Desesperado por salir de esa situación antes de que el rubio se despertara y sintiera aquel bulto caliente y rígido presionándole en el culo, Manuel intentó tirar de su brazo dormido con suavidad para soltar el agarre de sus dedos. Segundo error fatal…
El movimiento hizo que Lautaro se removiera entre sueños. Buscando más calor, Moski tiró el cuerpo hacia atrás en un acto reflejo, frotando directamente el culo contra la asfixiada erección de su amigo.
El contacto directo fue tan imprevisto y malditamente eléctrico que a Manuel no le dió ni la oportunidad de contenerse. Un gemido ronco, ahogado y cargado de pura frustración sexual se le escapó de la garganta, saliendo directo sobre el oído de su amigo.
Lautaro soltó un quejido suave, parpadeando con pereza mientras la consciencia lo devolvía a la realidad. Sintiéndose confundido por el sonido y el calor repentino, se separó un poco y se empezó a dar la vuelta sobre el colchón para enfrentarlo.
Con la velocidad de un rayo, el pelinegro tiró las mantas hacia arriba, tapándose hasta la cintura en un movimiento brusco para camuflar la carpa innegable que tenía entre las piernas.
– Pe-Perdón, Lauti… –tartamudeó, rascándose la nuca con la mano libre, forzando una sonrisa torpe mientras la cara le seguía hirviendo–. Tenía el brazo re dormido… una tortura.
Lautaro, todavía con los ojos achinados por el sueño y la luz repentina, asintió sin sospechar nada de la vil mentira.
– Uh, bajón… –murmuró el rubio, acomodando la cara de vuelta en la almohada con un bostezo largo–. Dejame dormir un ratito más…
– Sí, dale, de una. Yo… voy al baño.
Manuel saltó de la cama como si el colchón se quemara. Cerró la puerta del baño tras de sí, apoyó la espalda contra la madera y soltó el aire que no sabía que estaba guardando en los pulmones, con el corazón dándole golpes violentos a sus pobres costillas. Se miró al espejo, completamente sobrepasado por la secuencia, antes de abrir la canilla para lavarse la cara y los dientes, hacer pis y, de forma inevitable, clavarse una paja rápida y furiosa bajo el agua de la ducha para poder bajar la locura y encarar el resto del día con una cara decente.
Cuando volvió a la habitación, se puso unos bóxers y un pantalón suelto junto a una camiseta sin mangas. Se puso perfume y, cuando se estaba poniendo el desodorante, miró al rubio por el reflejo del espejo del placard, encontrándolo sonriendo adormilado. Se acercó a la cama y volvió a meterse entre las mantas, haciendo que el rubio le dedique una sonrisa gigante y limpia, de esas Manuel tanto extrañaba.
– Perdón que me metí a la madrugada –empezó a hablar, estirando un brazo para acariciarle el hombro con naturalidad–. Tuve una pesadilla y no quería estar solo. Gracias por bancarme anoche…
El pelinegro le dedicó una pequeña sonrisa, sintiendo que la culpa y el afecto le ganaron la pulseada al morbo por unos instantes, y le revolvió el pelo con cariño.
– Te dije que te bancaba en todas, tarado. No pasa nada –respondió suave–. Ahora anda a lavarte la cara así vamos a desayunar que tengo un hambre de la puta madre.
Para cuando bajaron al primer piso, el mediodía ya los estaba alcanzando. Lautaro andaba por la casa con una energía completamente renovada, como si el haber soltado toda la angustia de su secreto la noche anterior le hubiese quitado un piano de la espalda. Se lo veía radiante, suelto y, para desgracia de la estabilidad mental de Manuel, extremadamente mimoso.
El rubio no paraba de buscar el contacto físico. Mientras ponían la pava en la cocina, Moski se le colgaba del brazo, le daba empujones suaves con la cadera para moverlo de lugar o se le apoyaba directo contra el pecho para estirarse a agarrar una taza de la alacena. Para Lautaro, Manuel ahora era su lugar seguro definitivo; para Manuel, cada roce inocente de la piel del rubio era una corriente eléctrica que lo dejaba al borde del colapso.
– Che, tenés que probar esto –anunció Lautaro con una sonrisa brillante, apareciendo en el living con el termo bajo el brazo y el mate en la mano–. Sentate que te convido.
Manuel se dejó caer en el sillón, soltando un suspiro cansado pero divertido.
– Gordo… te agradezco una banda, pero sabés perfectamente que no me gusta el mate –le recordó, cruzándose de brazos–. Menos amargo, una porquería. Tomá vos solo.
Se frenó en seco frente a él, clavándole los ojos marrones. En lugar de rendirse, armó el pucherito más exagerado, tierno y letal del que tenía memoria: estiró el labio inferior, achinó los ojos y ladeó la cabeza, mirándolo desde abajo con una expresión de perrito abandonado que a Manuel le desarmó las defensas al instante.
Cerró los ojos, tragándose un insulto cariñoso. Era una causa perdida. Nadie en este mundo podía decirle que no a Lautaro cuando se ponía así, y menos él, que lo único que quería era complacerlo en absolutamente todo.
– Sos un hijo de puta, Moski. Jugás sucio… –refunfuñó, aunque la sonrisa delatora ya se le marcaba en la cara. Estiró la mano y le arrebató el mate, dándole un sorbo–. Puagh… Un desastre esto, está re amargo.
Lautaro soltó una carcajada limpia y ruidosa, festejando el triunfo mientras se sentaba pegadito a él, apoyando la cabeza en su hombro sin pedir permiso.
La tarde cayó rápido entre risas y charlas colgadas, y para cuando el estómago le empezó a reclamar algo dulce, al rubio se le ocurrió la brillante idea de que cocinaran algo para compartir cuando Bauleti llegara.
– Che, ¿y si hacemos unos alfajores de maicena caseros o unos panqueques con dulce de leche? –entusiasmado, lo llevó a la cocina del brazo–. Se me re antojó algo rico para la merienda, dale…
– Mirá que somos dos discapacitados motrices para la cocina, Lauti, no esperes mucho… –le advirtió en tono divertido, arremangándose el buzo–. Lo máximo que sé hacer sin quemar la casa son fideos con manteca.
– Shhh, buscamos una receta en tiktok y la seguimos al pie de la letra, vas a ver que nos sale.
El intento empezó bien, pero se convirtió en un caos absoluto a los cinco minutos. Decidieron ir por los panqueques porque parecía lo “más fácil”. Lautaro medía los ingredientes con una taza mientras Manuel intentaba batir la mezcla, pero en un movimiento torpe del rubio intentando agarrar algo de la alacena, empujó el paquete de harina abierto sobre la cabeza de su amigo, dejándolo con el pelo negro completamente canoso y la cara manchada.
– ¡Boludo! ¡Mirá lo que hiciste! –exclamó Manuel, tentado de la risa, limpiándose los ojos.
– ¡Perdón, perdón! –se disculpó mientras se descostillaba de la risa. Se acercó rápido y, con total confianza, usó sus dedos para limpiar suavemente los pómulos de Manuel, soplándole la cara–. Ahí está, quedaste hermoso, Merno.
El tacto de los dedos suaves del rubio sobre su piel le congeló la risa al pelinegro, reemplazándola por ese calor pesado que le nacía en el estómago cada vez que lo tenía cerca.
Para colmo, la distracción fue fatal. Habían dejado el fuego de la hornalla al máximo y la sartén con la manteca ya estaba humeando. Para cuando se dieron cuenta, el primer panqueque que tiraron se pegó de forma violenta y empezó a largar un olor a quemado insoportable.
– ¡Correte, boludo! ¡Se quema, se quema! –gritó Lautaro, agarrando un repasador para abanicar el aire.
Reaccionando al fin, Manuel manoteó la sartén para sacarla del fuego, pero el panqueque ya era un carbón negro, rígido y humeante que apestaba toda la cocina. Los dos se quedaron mirando el desastre en silencio por un segundo, antes de estallar en carcajadas, completamente resignados.
– Te dije, Moski –jadeó entre risas, apoyándose en la mesada, mirándolo con un cariño que ya no podía camuflar–. Somos un peligro culinario. Hay que pedir delivery antes de que tengamos que llamar a los bomberos.
Lautaro, con la cara con restos de harina y los ojos llorosos por la risa, se acercó y le dió un manotazo en el pecho.
– Bueno, se intentó, che. La intención es lo que cuenta –declaró, quedándose peligrosamente cerca, mirándolo con una confianza ciega que a Manuel le prendió fuego el pecho, justo debajo de su mano.
Se quedó congelado, con los ojos fijos en los labios de Lautaro, que todavía tenían un rastro mínimo de harina cerca de la comisura. La respiración se le volvió pesada y el autocontrol que venía arrastrando desde la noche anterior simplemente se desintegró. Ya no importaba el olor a quemado inundando la cocina, ni si iban a pedir un delivery después, ni nada.
Sin pensarlo, estiró un brazo y rodeó la cintura estrecha con firmeza, pegándolo de golpe contra su cuerpo. El rubio soltó un jadeo por la sorpresa, pero antes de poder decir algo, la otra mano de Manuel lo tomó por el mentón y le levantó la cara con una mezcla de urgencia y una delicadeza inesperada.
Manuel se inclinó y le dió un beso.
Al principio, los labios de Lautaro se quedaron estáticos, entreabiertos por el shock de la situación. Pero la sorpresa duró apenas un segundo, sintiendo como el pelinegro se separaba. Enseguida, el cuerpo del rubio reaccionó, deshaciéndose por completo contra el de Manuel; sus brazos subieron de forma instintiva para rodearle los hombros y unió sus labios otra vez, moviéndolos con timidez para devolverle el beso. Fue suave, inocente y un poco descoordinado por los nervios, pero cargado de un magnetismo puro que los hizo olvidarse de dónde estaban.
Cuando se separaron apenas unos centímetros, ninguno de los dos se movió. Se quedaron con las respiraciones mezcladas, mirándose fijo a los ojos en un silencio sepulcral, asimilando el peso de lo que acababan de hacer.
Justo en ese microsegundo de intimidad, un grito los interrumpió.
– ¡Che, qué baranda que hay acá abajo! ¿Qué carajo hicieron? ¿Prendieron fuego la casa? –gritó Bauleti, entrando como un torbellino mientras se tapaba la nariz con la remera.
El ruido los hizo reaccionar instantáneamente. Se separaron de golpe, tomando distancia como si les hubiera dado una patada eléctrica. Lautaro se dió vuelta rápido hacia la mesada, manoteando un trapo cualquiera para disimular, mientras Manuel se rascaba la nuca, con los cachetes rojos y la mirada en el piso.
– Eh… se nos quemó un panqueque –atinó a decir con la voz un poco más rasposa de lo normal, tratando de sonar casual–. Dos mogules. Ya íbamos a pedir delivery igual…
– Menos mal, porque si dependemos de ustedes nos cagamos de hambre –se quejó el castaño, yendo directamente a abrir las ventanas para que se fuera el humo, sin notar la atmósfera extraña y cargada que flotaba entre los dos.
Ninguno dijo nada más. El beso quedó flotando en el aire de la cocina, flotando entre ellos como un pacto implícito de silencio. Hicieron de cuenta que nada de eso había pasado, pero las miradas de reojo que se pegaban mientras limpiaban el desastre y esperaban el delivery decía todo lo contrario.
Unos cuarenta minutos después, el delivery los salvó del desastre en la cocina. Mientras devoraban las empanadas junto a Santiago en el living, el ambiente se sentía cargado de una electricidad invisible. El castaño hablaba sin parar de los planes para el stream de hoy y de una piba con la que se venía hablando hace semanas y hoy finalmente iba a ver, totalmente ajeno a lo que pasaba a su alrededor. Manuel y Lautaro, en cambio, casi no se animaban a cruzar palabra, pero se lo decían todo de otra forma. Se miraban de reojo cuando el otro no se daba cuenta, y cada vez que se pasaban el vaso de gaseosa que compartían o las servilletas, sus dedos se rozaban con una lentitud deliberada. Manuel se quedaba embobado mirando la comisura de los labios de Lautaro, rememorando el sabor y la calidez del beso que se habían dado, mientras el pulso se le aceleraba de solo pensar en los que vendrían después.
Cuando subieron al tercer piso para prender stream, la dinámica no hizo más que potenciar esa tensión contenida. Frente a la cámara, obligados a sentarse pegados por el encuadre del plano, la química entre los dos era tan evidente que el chat empezó a llenarse de comentarios al respecto. “qué onda estos dos hoy?? están re pegotes”, “merno no le saca los ojos de encima a moski”, “🏳️🌈?”, se leía de corrido en la pantalla. Ellos se hacían los boludos y se reían con la complicidad de siempre. Mientras jugaban un juego de terror, Lautaro empezó a moverse demasiado, delatando sus propios nervios, Manuel apoyó su mano pesada sobre el muslo del rubio. No se movió, sólo dejó el calor de su palma ahí, firme, dándole un apretón suave que hizo que a Moski se le cortara la respiración un segundo antes de seguir hablando como si nada.
El directo terminó pasadas las dos de la mañana. Bajaron los tres al living del primer piso con la excusa de ordenar los vasos y los cartones del delivery que habían dejado tirados antes de subir.
– Bueno, muchachada… yo los dejo acá –anunció Santiago, manoteando la campera y las llaves–. Me voy a ver con la piba esta antes de que se me pase el tren. No quemen nada y cierren bien la puerta antes de acostarse.
– Andá tranquilo, gordo. Suerte –atinó a decir Lautaro, tirando la última caja al tacho de basura de la cocina.
Se escuchó el ruido de la puerta principal cerrarse y la casa quedó sumida en un silencio absoluto, quebrado únicamente por el zumbido lejano de la heladera y la luz tenue de la calle que se colaba por el ventanal.
Ya no había cámaras, ni un tercero que los obligara a caretearla. Lautaro se quedó parado en el medio del living, jugando nervioso con el cordón de sus shorts, con los ojos fijos en el suelo. Sentía el corazón latiéndole en la garganta. Manuel lo miró unos segundos, asimilando la vulnerabilidad del rubio, y acordó la distancia con pasos lentos y seguros. Cuando estuvo a centímetros, estiró los brazos y lo arrinconó despacio contra la parte trasera del sillón.
Levantó una mano para acunarle la mejilla, obligándolo a levantar la mirada. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad pesada.
– Ya no nos está mirando nadie, Lauti –le susurró con la voz rasposa, áspera por el deseo acumulado.
Lautaro tragó saliva, sintiendo que las piernas le temblaban. En lugar de responder, levantó la cara para buscar los labios voluminosos. El beso empezó profundo, húmedo, con una necesidad latente que los hizo jadear a los dos. Las manos de Manuel bajaron a su cintura, apretándolo contra su cuerpo con firmeza, mientras el rubio llevaba las manos a su nuca, enredando los dedos en el pelo oscuro.
💐
Entre los besos, con la respiración entrecortada y las mejillas encendidas, Lautaro se despegó apenas unos centímetros y le susurró directamente contra la boca:
– Llevame a la cama, Manu… por favor.
Manuel se quedó congelado un microsegundo, con los ojos abiertos por la sorpresa. No se esperaba que el rubio fuera tan directo, tan decidido. Una chispa de adoración y fuego puro le encendió el pecho.
– Sos hermoso, Lautaro. Voy a hacer todo lo que me pidas –respondió con un beso corto y tierno en sus labios antes de agarrarlo de la mano.
Caminaron hacia el ascensor interno para subir al segundo piso, donde estaba la habitación de Manuel. En cuanto cerraron la puerta y quedaron aislados en el cubículo, la urgencia los desbordó de nuevo. Manuel lo empujó suavemente contra la pared del ascensor, volviendo a devorarle la boca con desesperación, mientras sus manos bajaban por los costados de sus muslos. El rubiecito soltaba pequeños gemidos ahogados entre sus labios, arañándole los hombros sobre el buzo, completamente perdido en las sensaciones del viaje corto que se sentía eterno.
Cuando Manuel abrió la puerta al segundo piso, caminaron casi a tropezones por el pasillo hasta llegar a su pieza. El cuarto estaba en la penumbra, iluminado solo por el resplandor difuso de la ventana. Cerró la puerta con el pie y guió a Lautaro hacia la cama grande, sentándolo en el borde.
El pelinegro se arrodilló frente a él, tomándose todo el tiempo del mundo. No quería apurar nada. Sabía lo importante y sagrado que era este momento para los dos, en especial para el rubio.
– ¿Estás bien?¿Querés que vayamos despacio? –preguntó con voz suave, mirándolo desde abajo con una ternura infinita, buscando sus ojos en la oscuridad.
– Sí… quiero que sea con vos, Manu –susurró con la voz un poco temblorosa por los nervios, pero con una confianza ciega brillando en sus ojos.
Manuel sonrió de lado, con el pecho inflado de amor. Empezó a sacarle las zapatillas y las medias con movimientos pausados. Después, se puso de pie y se estiró para agarrar el borde de la camiseta de Lautaro.
– Te voy a sacar esto, ¿sí?
El más bajo asintió, levantando un poco sus brazos. Cuando la prenda salió, el rubio se quedó solo con sus shorts y su torso desnudo. Al notar la mirada de Manuel fija en él, el instinto de la inseguridad y la disforia lo hizo amagar a cruzarse de brazos sobre el pecho, encogiéndose un poco sobre la cama.
Manuel reaccionó al instante. Con una delicadeza extrema, le tomó las muñecas y se las bajó despacio, impidiendo que se tapara. Se sentó al lado suyo en el colchón, obligándolo a enderezarse. Se quedó mirándolo, contemplando la silueta de su cuerpo con una devoción religiosa. Para el pelinegro, Lautaro era perfecto, una obra de arte.
– No te tapes, mi amor. Mirame –le pidió con un susurro suave, arrastrando las yemas de los dedos por sus hombros–. Sos lo más hermoso que vi. No tenés idea de lo que me hacés sentir.
Manuel se inclinó hacia adelante y empezó a dejarle besitos húmedos y pausados por la clavícula, subiendo hasta el cuello. El rubio soltó un suspiro largo, relajando los hombros, sintiendo cómo las palabras del ojiverde le iban desarmando el nudo de ansiedad formado en la boca de su estómago.
Despacio, con paciencia, lo acostó sobre la cama. Bajó con besos hacia su pecho, deteniéndose justo donde estaban las cicatrices delgadas, casi invisibles, rodeando sus pezones. Con cuidado, como si estuviera besando una herida sangrada, Manuel posó sus labios sobre las marcas, regalándole besos suaves, tibios y cargados de ternura.
Lautaro cerró los ojos, echando la cabeza hacia atrás, sintiendo que los ojos se le humedecían. No de tristeza, sino de la emoción pura de sentirse tan amado y validado en su propia piel.
– Gracias… –susurró contra los pezones, antes de volver a mirarlo a los ojos–. Gracias por dejarme estar acá, Lauti. Por darme el permiso de tomar algo tan valioso… de ser el primero. Te juro que sos mi tesoro, te voy a cuidar siempre.
Al rubio se le escapó un suspiro débil, con el corazón latiéndole a mil. Manuel le acarició la mejilla, limpiando una lágrima rezagada con el pulgar, y lo acomodó suavemente hacia atrás sobre las almohadas. Le terminó de sacar los shorts y la ropa interior con la misma lentitud, dejando que sus ojos verdes recorrieran cada centímetro de su desnudez con adoración.
Se levantó de la cama para desvestirse a él mismo de forma rápida, posicionándose entre sus piernas. Estiró el brazo hacia la mesita de luz para agarrar el lubricante. Volvió a mirar al rubio, asegurándose de que esté cómodo.
– Te voy a preparar un poco. Decime si te duele o si querés que pare, ¿dale? Vos mandás acá.
Lautaro asintió, aferrándose a las sábanas. Manuel puso un poco de gel en sus dedos y, con cuidado, llevó la mano hacia sus genitales. Al primer contacto, el rubio se tensó un poco, soltando un jadeo corto.
– Tranquilo, respirá conmigo –le pidió bajito, inclinándose a darle un beso tierno en los labios en un intento de transmitirle calma.
Acarició el clítoris despacio, con movimientos circulares mientras sus ojos escaneaban el rostro del rubio, tanteando el terreno. Despacio, sus dedos bajaron hacia la entrada de su vagina, introduciendo el primer dedo con cuidado, moviéndolo un ritmo pausado para estirarlo y acostumbrarlo despacio. Mientras lo hacía, dejaba cortitos besos en sus labios.
– Así, gordo, lo estás haciendo bien. –sintió una suave mordida en su labio inferior, robándole una sonrisa–. Sos un sueño, estás suavecito…
Agregó un segundo dedo con la misma paciencia, sintiendo las paredes cálidas y estrechas abrazar su mano. Lautaro pensaba decirle que esa sensación no era nueva, pero no podía negar que los dedos largos y expertos del pelinegro no se parecían en lo más mínimo a los suyos, más pequeños.
La calentura del ambiente era densa, pero Manuel quería hacerlo perfecto. Sin poder aguantar más las ganas de adorarlo por completo, el pelinegro fue bajando los besos por su cuerpo, sin dejar de estirarlo con los dedos. Dejó un besito sobre el monte de venus regordete y puso las piernas de Lauti sobre sus hombros, encerrando su cabeza.
– Manu… ¿qué hacés? –balbuceó inseguro, llevando una mano a su cabeza, enredando sus dedos en el cabello negro para sacarlo de su frente y poner verlo a la cara.
– Te va a gustar, bebote. Si no, me decís y paro.
Manuel bajó su cabeza y posó la boca directamente en su intimidad. Su lengua pasó lenta sobre el botón de nervios y dejó un beso húmedo en la zona. Al mismo tiempo, sus dedos se movían hacia adentro y afuera con suavidad para seguir preparándolo y acostumbrándolo al espacio. Tomándose mayor libertad, su lengua empezó a atender el clítoris con sus dedos tomando más ritmo, impulsado por el repentino temblor de los muslos que ahora apretaban su cabeza con fuerza.
La doble estimulación fue un impacto masivo al cuerpo de Lautaro, que nunca había experimentado algo parecido. Con un gemido agudo, perdió por completo el control. Sus caderas se arquearon hacia arriba, tirando de su pelo y enterrando su mano libre en las sábanas con desesperación. La lengua del morocho trabajaba con una precisión quirúrgica en su clítoris, alternando con succiones suaves que lo hicieron al rubio lloriquear de placer, con la mente totalmente en blanco.
– ¡Ahí, Manu! ¡N-No sé qué… creo que me voy a hacer pis! –balbuceó con la voz rota, la desesperación palpable en su tono, y la respiración agitada.
– Soltalo, amor –susurró sobre su humedad, subiendo la mirada por unos segundos para deleitarse con la imagen desesperada del más joven.
Lautaro no aguantó más. Un espasmo violento le recorrió todo el cuerpo y terminó teniendo su primer orgasmo de la noche ahí mismo, derramándose por completo sobre los dedos y la boca de Manuel. El rubio temblaba entero, suspirando de forma errática mientras el clímax lo envolvía en oleadas de calor puro.
El pelinegro saboreó sus fluidos con total naturalidad, dejando unos últimos besos húmedos en la cara interna de los muslos para calmar los temblores antes de volver a subir por el colchón. El de ojos marrones estaba completamente laxo, con los cachetes colorados y el pecho subiendo y bajando con violencia, mirándolo con los ojos nublados.
Se inclinó a besar los labios y le arrebató un gemido agudo, acariciando con sus manos la cintura. Separándose un poco, lo miró a los ojos intentando transmitirle todo lo que no podía poner en palabras, con un último besito, estiró la mano hacia la mesita de luz, agarrando un preservativo y colocándoselo bajo la mirada atenta de Lautaro, sin apuro. Se volvió a poner entre sus piernas, que seguían abiertas y relajadas gracias al orgasmo previo.
– ¿Puedo entrar? –ni siquiera había terminado la pregunta cuando el rubio asintió repetidas veces, robándole una risita. Puso un poco más de lubricante sobre el preservativo y apoyó la punta en la entrada perfectamente lubricada. Agarró sus manos, entrelazando los dedos sobre el colchón–. Mirame a los ojos.
Le sostuvo la mirada mientras se empujaba hacia adelante con una lentitud extrema, deslizándose centímetro a centímetro dentro suyo, disfrutando como los músculos se apretaban dolorosamente a su alrededor. La sensación de estrechez y calidez absoluta casi hace que Manuel pierda los estribos, pero se contuvo, negándose a lastimarlo. Lautaro dejó escapar un quejido hondo, apretándole las manos con fuerza mientras llenaba su interior por completo, sintiendo cómo lo abría.
Cuando estuvo todo adentro, se quedó quieto, dejando que los dos se acostumbren. Se inclinó y le dió un beso largo, profundo y tierno en la boca, saboreándose mutuamente.
– ¿Estás bien? ¿Te duele mucho? –susurró contra sus labios.
– No… no duele. Se siente… increíble, Manu. Movete, porfa –pidió el rubio con sus ojitos grandes y brillantes, revoloteando sus pestañas gruesas dejando escapar las pequeñas lágrimas que se habían acumulado en ellos.
Manuel se movió con un ritmo pausado, profundo. Cada embestida era cuidada, acompañada de besos en los pómulos, en el cuello y palabras de adoración.
– Sos mío, gordo… No sabés lo perfecto que se siente estar adentro tuyo –gimió en su oído, apretando sus dedos alrededor de los muslos abrazando su cadera–. Te amo, Lautaro.
Al escuchar su nombre completo en ese tono tan grave y cargado de un sentimiento tan real, al rubio se le escapó un sollozo bajito. Las lágrimas bajaron resbalando por sus sienes, perdiéndose en el pelo revuelto con la almohada. No lloraba de dolor, simplemente estaba sobreestimulado y Manuel siendo tan lindo con él lo debilitó. Cuando el susodicho se dió cuenta, detuvo el movimiento de sus caderas por completo, quedándose profundamente enterrado dentro de él, y usó los pulgares para limpiarle las mejillas con una suavidad extrema.
– Ey, mirame, gordo… ¿estás bien? –le preguntó con la voz rota por el esfuerzo de contenerse, buscando los ojos grandes en la poca luz–. Decime si querés que pare, si te duele…
Lautaro negó con la cabeza de inmediato, parpadeando con fuerza para aclarar la vista y sostenerle la mirada, brillando en una preocupación tan pura que le derretía el pecho. Con un movimiento lento, el rubio acunó su rostro entre sus manos, dándole un pequeño beso antes de enredar los dedos en su nuca.
– No pares, por favor… No duele, te juro –respondió con voz temblorosa, entrecortada por los latidos salvajes de su corazón–. S-Se siente muy bien… es perfecto.
El pelinegro sintió que su abdomen se contrajo con fuerza y tuvo que esforzarse mucho para no cogérselo con fuerza en ese momento. Se inclinó a besarlo de nuevo, un beso húmedo, lento, ligeramente salado y con el sabor del deseo puro.
– ¿Puedo ir más rápido? –rogó, rozando la punta de sus narices, manteniendo las manos firmes en sus caderas.
– Tomame como vos quieras –jadeó el rubio, arqueando la espalda en una invitación muda.
Manuel retomó el ritmo, incrementando la profundidad y velocidad de manera gradual. Cada embestida hacía que Lautaro soltara jadeos que se transformaron en gemidos agudos a su oído. Él no dejaba de hablarle, de endulzarle el oído con devoción.
– Sos perfecto… No tenés una puta idea de lo hermoso que es tu cuerpo –le murmuraba entre besos, bajando para lamer y morder suavemente la línea de su cuello–. Sos el pibe más hermoso del mundo, ¿sabías? Me vuelve loco cómo me apretás, como encajamos juntos… Mirá cómo te tengo, todo para mí.
Lautaro sentía que las palabras del pelinegro rebotaban en todo su interior. Sentirse adorado de esa forma, con Manuel reconociendo y venerando su identidad tal cual era, lo hacía flotar. Se aferró a los hombros del tatuado, hundiéndole las uñas en la espalda mientras el placer empezaba a acumularse de nuevo en la boca del estómago, denso y caliente.
– Manu, ah… Manu, ahí… Más –gimió echando su cabeza hacia atrás, apretando las piernas alrededor de la cintura del pelinegro para obligarlo a ir más profundo.
Manuel contuvo el aire, apretando los dientes al sentir la presión deliciosa que Lautaro ejercía sobre él. El roce de sus cuerpos desnudos, el sonido de la respiración compartida y el calor de la habitación creaban una atmósfera tan íntima que el resto del mundo parecía haber desaparecido.
– ¿Te gusta así? –preguntó, buscando otra vez la confirmación en los ojos oscuros de Moski, queriendo asegurarse de que cada segundo fuera perfecto para él.
– Sí, así… no pares, por Dios, seguí… me encanta cuando me hablás, me volvés loco –lloriqueó con el pecho subiendo y bajando rápidamente.
– Te voy a dar todo, mi vida… todo lo que me pidas –a este punto, el morocho estaba perdiendo el control.
Las embestidas se volvieron firmes, seguidas, golpeando con una profundidad arrasante. Manuel se estiró para volver a entrelazar sus dedos con los del rubio sobre la almohada, mirándolo fijamente a los ojos mientras compartían el tramo final de esa sintonía perfecta. El placer los arrastró a los dos al mismo tiempo; Lautaro soltó un grito ahogado contra el hombro de Manuel cuando el orgasmo lo sacudió entero, y, segundos después, el pelinegro se liberó en el preservativo con un gemido ronco en un último empuje largo que los dejó flotando.
💐
Cuando la tormenta de emociones y sensaciones pasó, la habitación quedó sumida en un silencio tibio, roto únicamente por el sonido de sus respiraciones que buscaban tranquilizarse. Manuel, todavía con los ojos fijos en el rostro de Lautaro, se movió con una lentitud casi sagrada. Se separó despacio, cuidando de no romper ese lazo invisible de protección que se había instalado entre los dos. Se sacó el preservativo con movimientos cuidadosos, le hizo un nudo firme para descartarlo en el tacho al lado de la cama y se volvió de inmediato hacia el rubio.
Seguía ahí, completamente fundido entre las sábanas, con las piernas todavía un poco flojas y temblorosas. Tenía las pestañas húmedas por las lágrimas del orgasmo y el pecho subiendo y bajando despacio. Manuel se estiró hacia él, limpiándole las mejillas con los pulgares con suavidad.
—Vení acá, gordo... Vamos a darnos una duchita, dale —le susurró con la voz ronca, pegando su frente a la del menor.
Lautaro apenas pudo asentir, estirándose hacia él con total confianza. Lo rodeó con los brazos tatuados y lo levantó a upa sin esfuerzo, sosteniéndolo firme contra su cuerpo mientras caminaba directo al baño. El rubio escondió la cara en su cuello, respirando su olor y dejándose llevar por completo, todavía un poco mareado por la intensidad.
Al entrar al baño, Manuel abrió la canilla de la ducha y esperó unos segundos a que el vapor empezara a entibiar el ambiente. Se metió con el rubio abajo del agua calentita, dejando que las primeras gotas les golpearan la espalda. Moski soltó un suspiro largo, relajando cada músculo de su cuerpo bajo el chorro de agua. El pelinegro agarró el jabón y, con movimientos pausados y un cuidado milimétrico, empezó a limpiarlo. Le pasó las manos por la espalda, por los muslos y entre las piernas con delicadeza, asegurándose de quitar cualquier rastro de fluidos y transpiración, transformando el momento en un mimo puro. El menor se abrazaba a su cintura, dejándose mimar, sintiéndose cuidado y protegido.
Cuando estuvieron los dos bien limpios, Manuel cerró la canilla. Agarró una toalla grande, secó a Lautaro a toques suaves y cariñosos, y después se pasó la toalla rápido por su propio pelo y cuerpo. Lo levantó por las caderas con un empujón firme, sentándolo sobre la toalla que había dejado en la mesada. Enchufó el secador y minutos después, ambos con el pelo seco y ligeramente despeinado, se envolvieron juntos con el toallón grande.
Volvió a levantar al rubio a upa y lo llevó de regreso a la habitación, que ahora se sentía más fresca. Lo acostó despacio en la cama limpia y lo tapó hasta los hombros. El rubio, rozando la almohada, cayó rendido en un sueño profundo casi al instante, con una expresión de paz absoluta en la cara.
Se quedó mirándolo unos minutos, con el pecho inflado de un cariño que no le entraba en el cuerpo. Despacio, para no despertarlo, se movió como un fantasma en la penumbra para acomodar el lugar. Se agachó a juntar la ropa que había quedado esparcida por el piso. Juntó todo con cuidado, sacudió las prendas y las dobló a un costado, acomodando también las zapatillas cerca del ropero para despejar el camino y dejar el espacio impecable.
Cuando el cuarto quedó ordenado, Manuel fue a la pieza ajena, abrió despacio el cajón de la ropa interior y buscó entre las prendas hasta que encontró una de sus bombachitas, la tela de algodón bien suave que sabía que no le iba a molestar para descansar. Volvió a la cama con movimientos de cirujano. Destapó apenas un poco su cuerpo, le levantó las piernas flojas con una delicadeza extrema y, con paciencia, le fue deslizando la prenda hacia arriba, acomodándosela bien para que estuviera cómodo y resguardado. El rubio apenas soltó un suspiro bajito, acomodándose mejor en la almohada sin llegar a abrir los ojos.
Para terminar de acomodarse él, se puso un bóxer limpio y se metió debajo de las colchas con un cuidado milimétrico, pegándose al cuerpo caliente del menor.
Sintiendo el peso familiar y el olor a limpio a su lado, Lautaro reaccionó por puro instinto: se movió dormido hasta quedar acurrucado bien firme contra su pecho, enredando una de sus piernas con las de él. Manuel lo rodeó con fuerza, le dejó un último beso suave en la coronilla y cerró los ojos, entregándose por fin al sueño más tranquilo, sano y reparador de toda su vida.
Notes:
mientras subo estas 4 partes, estoy escribiendo el último capítulo. es durísimo, se siente como despedirse de un hijo (lo escribí en toda la madrugada de ayer, de un saque)
