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512

Summary:

Manuel cree que maneja el juego con sus escenas de celos, pero a Lautaro le encanta recordarle quién tiene el control.

O

Donde una noche entera jugando a provocarse adelante de todos termina de la única forma en que ellos saben resolver sus cosas. Nadie en el departamento se da cuenta de que el juego se les fue de las manos, y mucho menos de quién está durmiendo en los brazos de quién.

Notes:

escribí esto ~ovulando hace un tiempito y pensé que nunca iba a ver la luz pero alguien me comentó que querían a moski cabalgándolo a mernuel en pedo y yo me debo a mi público...
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Work Text:

El click sutil de la llave girando el pestillo se perdió casi de inmediato bajo el ruido de la música retumbando en los parlantes del interior. Ya eran pasadas las doce cuando Lautaro cruzó la puerta principal del departamento, adentrándose de lleno en la joda a medio empezar por el cumpleaños de su amigo. Venía de una especie de “cita” con la chica que estaba saliendo, Pilar; estaba bastante cansado por el viaje y la salida, pero la culpa y el cariño que tenía por Santiago pudieron más, así que no quiso faltar. El plan original de los tres era arrancar con una cena tranquila, charlando hasta que se hagan las doce y festejar después saliendo de joda, pero entre el escabio y la gente que cayó de imprevisto, la previa “íntima” rápidamente se había transformado en una joda entre amigos y personas del ambiente.

Aprovechando el poco protagonismo que le daban las luces bajas y de colores, junto al tumulto de gente y la mezcla de voces y música, se escabulló con rapidez por el pasillo hasta su pieza. Dejó el suéter que antes tenía en los hombros sobre la cama, se cambió la ropa por algo un poco más cómodo y manoteó de la mesita de luz la bolsa con cajas de perfume que había comprado para su amigo como regalo.

Saliendo de su pieza, el pasillo lo recibió con personas esparcidas y vasos de plástico pasándose de mano en mano entre caras conocidas.

– ¡Epa, miren quién apareció! Pensé que hoy ibas a dormir afuera –le gritó Balza, cruzándoselo de frente con un vaso de Fernet a la mitad en la mano y una sonrisa gigante plasmada en su cara. Agustín lo manoteó del hombro, dándole palmaditas y un sacudón que hizo a Lautaro soltar una carcajada, chocando sus manos en forma de saludo.

– Pará, boludo, que vengo hecho mierda. ¿Santi está muy puesto? –preguntó el rubio a los gritos para que su amigo lo escuche, tapándose una oreja con la mano.

– Y… ya se bajó como cinco birras, buscalo antes de que se olvide su nombre –soltó con una risa, despidiéndose con palmaditas en su espalda antes de continuar su camino al baño.

Lautaro avanzó esquivando gente hasta que al fin pudo ver la reconocible espalda de Santiago cerca de la barra improvisada que armaron en el living.

– ¡Gordo chochán! ¡Feliz cumple! Tomá, guarda esto antes de que algún vivo te lo afane –saludó Moski con una sonrisa ladeada, entregándole la bolsita con perfumes. Santiago agradeció con un abrazo medio desprolijo, con los ojos brillantes por el alcohol y respondiendo a los gritos algo que no pudo descifrar.

El rubio asentía, intentando prestar atención a lo que su amigo le decía a pesar de no entender más de la mitad de sus balbuceos, mirando a su alrededor como si estuviera buscando algo, a alguien. Fue ahí cuando sus ojos fueron hacia el sillón principal.

Manuel estaba sentado ahí, el cuerpo relajado con su espalda recostada en el sillón y un vaso con un trago que parecía vodka con jugo sostenido flojo entre sus dedos largos. En su regazo, casi como marcando territorio ante la masa de gente que los rodeaba, estaba sentada su novia, riéndose y hablando animadamente con el grupo de pibes que rodeaba el mueble. La mano delgada estaba sobre la nuca del pelinegro, jugando con sus afiladas uñas rojas con el pelo corto de la zona. Fiorella estaba toquetona, resguardona, con una actitud que a Lautaro le puso los nervios de punta.

Fue un segundo. Justo en el momento en que Lautaro desvió la mirada de la mano de la pelinegra. Manuel levantó la cabeza, como si tuviesen un imán integrado que les indicaba cuándo el otro estaba cerca, como si algo en el rubio lo llamara siempre.

Las miradas se chocaron en seco sin importar la distancia y la gente que se cruzaba en medio por segundos. No hubo un saludo, ni un gesto con las manos, un cambio de expresión o siquiera una sonrisa para disimular frente a los demás. Simplemente se quedaron mirando fijo, hipnotizándose de forma mutua, alejándose de todo el quilombo de alrededor. El pelinegro siguió sosteniendo el vaso y asintiendo de forma automática a lo que su novia estaba diciendo en su oído, pero sus ojos verdosos ya no estaban ahí; estaban fijos en el rubio, recorriéndolo con la mirada de arriba a abajo casi de forma hambrienta, como si fuera un cazador que visualizó a su presa. Lautaro, por su lado, sintió el típico tirón en el estómago, sobreestimulado por la repentina tensión formada entre los dos incluso a metros de distancia, con tanta gente alrededor. Y, aunque Santiago seguía al lado suyo reclamando su hora de llegada, se quedó mudo, sosteniendo la mirada del tatuado en un desafío visual para demostrar que no iba a achicarse, no hoy.

Sintiéndose de repente muy caliente y expuesto bajo el control de Manuel, Moski cortó el contacto visual de golpe, pasando la lengua por sus labios con la boca seca.

– Che, ya vengo. Voy a buscar algo para tomar, estoy seco –le avisó a su amigo, dándole una palmadita en el hombro para zafar de la situación y escapar rápido a un lugar donde la mirada de Manuel no le queme la piel.

Caminó hacia la cocina con paso apresurado, agradeciendo que se encontraba vacía y la música no retumbaba tanto en sus tímpanos. Apoyó su cadera contra la mesada, soltando un suspiro mientras buscaba un vaso limpio. Agarró una botella abierta de vodka que estaba abandonada en la heladera y sacó la cajita de jugo de naranja al lado, dispuesto a preparar una bebida que mantenga sus manos ocupadas. No pasó ni un minuto antes de que reconociera, incluso con el quilombo de fondo, los pasos pesados acercándose.

Al levantar la vista, Manuel estaba cruzando por el marco de la puerta. Tenía el vaso casi vacío, los ojos ligeramente oscurecidos por el alcohol y las mejillas, al igual que la punta de su nariz, sonrosadas, adelantando que quizás llevaba mucho tiempo tomando. Una vibra oscura se sentía en él, como la de un pibe celoso viniendo a reclamar.

– Al final viniste… –murmuró Manuel, arrastrando un poco las palabras mientras se acercaba peligrosamente a él, apoyando el vaso en la mesada donde estaba recargado–. Pensé que ibas a preferir quedarte toda la noche con la chetita esa en vez de pasar la noche festejando con tus amigos.

Lautaro soltó una risita baja, poniendo algunos hielos en su trago con tranquilidad, disfrutando ver la cara del pelinegro transformarse de la bronca.

– ¿Y a vos qué te importa con quién paso la noche, Manu? –le contestó el rubio, enfrentándolo con los brazos cruzados, disminuyendo un poco más la distancia entre los dos–. Cuidala a Fiore mejor, la tenías sentada arriba pero ni así podías dejar de mirarme a mí. Se te nota un montón, gordo, disimulá.

Manuel tragó saliva, dando los últimos pasos para acortar la distancia entre ellos, acorralándolo contra la mesada con sus manos apoyadas a la altura de su cadera y sus ojos casi tornándose negros por la profundidad de sus pupilas.

– Sos un hijo de mil puta, Lautaro. Te ví cómo… 

Antes de que pudiera terminar la frase o hacer algo de lo que se arrepentiría después, unos pasos rápidos y el sonido de tacos los hicieron reaccionar, alejándose un poco. La novia de Manuel entró a la cocina, interrumpiendo el aire espeso formado entre los dos amigos. Le dedicó una sonrisa algo forzada a Lautaro como saludo, colgándose enseguida del brazo del pelinegro, posesiva.

– Amor, te estaba buscando… Los chicos querían brindar en el living –le dijo ella en un tono dulce pero irritable, tironeando su mano despacio.

Manuel miró al rubiecito una última vez, con los ojos delatando su frustración y las ganas contenidas, antes de dejarse llevar por Fiorella a donde estaban sus amigos, dejando a Lautaro sólo en la cocina, con una sonrisita victoriosa en sus labios y el control de la situación en sus manos.

Salió de la cocina un par de minutos después, sosteniendo su vaso con la energía renovada. No tenía intención de irse a acostar a su pieza como había planeado antes de llegar, el juego recién empezaba y él tenía que ganar.

En el medio del living, el ruido de la música era acompañado por las risas de un grupo que se había amontonado alrededor de la mesa de ping pong, donde habían improvisado una partida de UNO para agitar la noche.

– ¡Dale, pelotudo, dale! ¡Tirá que venís durmiendo! –le gritó Santutu a Ian Lucas, alegre. Su brazo rodeaba al rubio por los hombros mientras lo sacudía un poco, con Coker riéndose al lado.

Lautaro se acercó al grupo a pasos lentos pero decididos. Ian lo miró con una sonrisa gigante casi tatuada en su boca y, con esa confianza y alegría que lo caracterizaba, estiró el brazo libre y rodeó la cintura del rubio con una sola mano, pegándolo a su cuerpo. Le pasó su trago a Coker, sentado al lado de Juli. Al lado de Ian, Lautaro se veía diminuto, y decidió usar la diferencia de tamaño a su favor de inmediato.

Rompiendo cualquier barrera de timidez, sabiendo que Manuel lo miraba desde el sillón, Moski decidió empezar a jugar por completo: se movió con una delicadeza casi calculada y se sentó entre las piernas del rubio bronceado, acomodando su espalda contra el pecho de Ian con naturalidad. El más grandote, encantado con la situación, no tardó en volver a rodear la cintura con los brazos, dejando sus cartas en las manos de Lautaro dispuesto a dictarle al oído qué carta jugar.

El más pequeño se acurrucó a su lugar a propósito, haciendo contacto visual con el pelinegro por unos segundos. Descarado, sostuvo las cartas con una mano mientras la otra iba al muslo de Ian, acariciándolo mientras ladeaba un poco su cabeza, dejando expuesto su cuello para que el otro se asome sobre su hombro. 

– Tirá el +4 y les cagas la vida, dale –le dijo al oído, rozándole el cuello con el aliento mientras una pequeña carcajada se escapaba de sus labios.

Lautaro tiró la carta sobre el pilón. Estaba sobreestimulado, no sabía si por el alcohol que tomó de golpe siendo que apenas había comido antes de llegar o por la mirada fija de Manuel quemándole el costado de la cara. Así estuvieron un par de rondas, ya acalorado gracias a que Mathias, al lado suyo, le había pasado un trago fuerte entre turnos. Distraído del juego, tiró una carta que le regalaba la jugada al siguiente, haciendo enojar a Ian detrás suyo.

– ¿Qué hacés, Moski? Te dije que esa no, tenías que cambiar a amarillo, ahora Carre nos va a romper el ojete –se quejó, molesto. 

Aprovechando esa situación y queriendo redoblar la apuesta para terminar de prender fuego todo, el más pequeño inclinó la cabeza hacia atrás, pegando la nuca al hombro de Ian. Lo miró de reojo, risueño y, de la nada, estiró el cuello y mordió de forma juguetona pero firme la línea de su mandíbula. El más alto soltó un quejido por lo bajo, sintiendo como sus mejillas se tornaban rojizas mientras sus amigos alrededor vitoreaban.

– Na, no lo puedo creer –escucharon a Santutu–. La Moska se enteró que Ian está soltero y se mandó con todo…

– Che, me parece que hoy duermen en compañía –siguió Rodrigo, a su izquierda, señalando la mano del de musculosa sobre la cadera de Lautaro, apretando tanto sus dedos que los nudillos se veían blancos. El grupo se carcajeó al unísono, sin ser conscientes de lo que estaba pasando en realidad.

Del otro lado, el aire parecía de plomo. 

Manuel sentía que la sangre le hervía en las venas. El enojo lo estaba dejando ciego y los celos posesivos se le habían trepado a la cabeza de golpe, potenciados por el alcohol que ya lo estaba entorpeciendo de más. No podía dejar pasar lo de la mordida, ver a su Lautaro regalándole a Ian Lucas una marca que supuestamente era un secreto exclusivo de ellos dos lo había dejado al borde del colapso. Tenía ganas de levantarse y encajarle una piña al bronceado, pero sabía que irse de la nada o armar un quilombo iba a arruinar la noche de su mejor amigo, que estaba preparando las cosas para un karaoke después de la partida del UNO.

Tragando saliva con dificultad y forzando una sonrisa que era puro veneno, Manuel apretó la cintura de Fiorella para llamar su atención. Le indicó que se levantara con unos golpecitos en su cadera y, agarrándola de la mano, la guió con el grupo.

– Che, nos queremos sumar con Fiore. ¿Hay lugar para uno más o tienen miedo de que les ganemos? –dijo con la voz ligeramente rota, ronca de la bronca pero intentando sonar divertido frente al grupo y, en especial, su novia.

– ¡Olvidate! Métanse acá que la Moskita está regalando el partido por chamuyárselo a Ian –los invitó Iván, sentado frente a Rodrigo y Lautaro con Ian Lucas, corriéndose un poco para dejarles una silla libre.

Manuel sonrió y le dedicó un guiño disimulado a Lautaro que lo miraba serio desde su lugar, acomodándose frente a ellos en la silla y volviendo a sentar a Fiorella sobre sus piernas. 

A partir de ahí, la mesa del UNO se transformó en una guerra fría, silenciosa y desquiciada. Con cada ronda que pasaba, los vasos se siguieron vaciando, la tensión entre Ian y Lautaro crecía en roces descarados; el rubio se dejaba acomodar por el más alto, deslizándose en movimientos lentos que hacían que los ojos de Manuel se inyecten en sangre. 

Con tal de no quedarse atrás y dejarse ganar tan fácil, el pelinegro empezó su propio juego sucio. Con su mirada sin despegarse de los ojos marrones, empezó manoseando a su novia sin disimulo; subiendo sus manos por los muslos y dándole besos ruidosos en el cuello cuando era el turno de la pelinegra de tirar, intercalando entre turnos por pequeños besos en sus labios. Fiorella, igual de ajena al juego psicológico que los demás, y concentrada en la partida, se dejaba querer, soltando risas mimosas por lo bajo.

Era un ambiente perverso. Los dos eran conscientes de que eran los únicos que conocían el motivo real de sus actitudes: Manuel guiado por el alcohol y los celos enfermizos, y Lautaro prendido fuego por la sed de venganza y la adrenalina pura corriendo por toda su espina dorsal.

Lejos de achicarse con la actitud de Manuel, el vodka terminó por darle la seguridad necesaria a Lautaro. Necesitado de que el pelinegro se rinda y deje atrás el poco autocontrol que le quedaba, decidió hacer algo que sólo hacían ellos dos. Santutu bloqueó el turno de Ian y Lautaro con el mismo color que el último insistió en cambiar la ronda anterior pero que el bronceado no permitió, y Lautaro, aprovechando la oportunidad de quejarse, se dió la media vuelta acomodándose en su regazo para poder enfrentarlo.

Encaprichado y haciendo berrinche, arqueó las cejas y arrugó la nariz de forma infantil que sabía que a Manuel lo volvía loco. Empezó a discutirle por las cartas, empujándolo con el dedo sobre el pecho mientras el bronceado intentaba defenderse agarrándolo de las muñecas, pensando que el bajito estaba quejándose de verdad. Fue ahí cuando empezó a ladrarle de forma juguetona, amagando con morderlo hasta llegar con su boca al hombro descubierto, clavando sus dientes ahí.

– Lauti… –jadeó Ian, sorprendido, soltando sus muñecas para llevar las manos a la estrecha cintura para sostenerlo.

El living estalló en jodas sobre la “nueva parejita”, pero para Manuel el mundo se detuvo en ese momento. Ver a Lautaro actuar tan sumiso, alegre y berrinchudo con alguien que no era él, después de tanto tiempo, le provocó un cortocircuito.

Ya no le importaba seguir careteando, ni con Fiorella, ni con sus amigos y, mucho menos, con Lautaro.

– Bueno, loco, ya fue. Me cansé de jugar esta mierda, jueguen ustedes. –soltó Manuel de golpe, bajando a su novia de sus piernas con un movimiento tan brusco que la pobre casi pierde el equilibrio–. Me voy al baño, seguí jugando si querés. –Dijo simplemente cuando la pelinegra lo miró confundida.

Dejó el vaso sobre la mesa en un golpe seco y, sin mirar a nadie, caminó a pasos pesados, descoordinados y apurados directo al pasillo oscuro que lo llevaba al baño, necesitando tomar aire y mojarse la cara.

Desde el regazo de Ian, Lautaro vió la secuencia completa. El corazón latiendo a mil por hora, desbocado por el morbo de haber quebrado al pelinegro por completo. Ahora, dependía de lo que él vaya a hacer después, ya había ganado y sería él quien decidiría el premio.

Esperó un par de minutos, hasta que sus amigos se olvidaron de esa pequeña escenita, fingiendo prestar atención a la jugada que su compañero le planteaba al oído pero mirando varias veces hacia el pasillo con la ilusión de ver a Manuel. Al darse cuenta que no iba a salir del baño, descolgó los brazos de su cintura y le regaló una última sonrisa a Ian, dándole las cartas y levantándose.

– Che, ya vengo… Voy a buscar un poco de hielo para el Fernet a la cocina. –mintió en un balbuceo rápido, alejándose del grupo. Cuando se dió vuelta y vió que nadie lo estaba mirando, apresuró sus pasos desviándose por el pasillo donde había desaparecido Manuel. 

Al llegar, sonrió viendo que la puerta estaba entreabierta y por la rendija se escapaba la luz blanquecina del baño, indicando que su amigo seguía ahí. Ni siquiera se tomó la molestia de golpear la puerta, empujó la madera de un solo movimiento decidido, se metió y cerró la puerta con el seguro del picaporte. El ruido retumbó en los azulejos del baño, que tapaban gran parte del quilombo del living, donde los demás ya estaban a los gritos conectando los micrófonos para arrancar el karaoke.

Manuel estaba apoyado contra el mármol del lavamanos, dándole la espalda al espejo con los ojos cerrados y la respiración pesada, tratando de que el baño dejara de girar alrededor producto del alcohol. Cuando escuchó el ruido de la traba, abrió los ojos de golpe. Su mirada verdosa, casi transparente por la luz blanca del baño reflejada en sus iris, destacaba lo rojos que estaban sus ojos, ligeramente llorosos de la bronca contenida que le quemaba el pecho.

– ¿Qué carajo hacés acá? –soltó con la voz pastosa, arrastrando un poco las palabras con brusquedad e intentando caretear una firmeza que claramente no tenía–. Volvé con tu nuevo noviecito si tanto te gusta marcarlo… Salí de acá, Lautaro.

Quiso hacerse el difícil por puro orgullo, amagando a empujarlo para que se vaya, pero a Manuel no le duró nada el amague. Lautaro dió un paso al frente, intentando contener una sonrisa, lo acorraló contra la bacha y negándole cualquier intento de distancia. Sin decir una sola palabra, el rubio estiró sus manos, agarrándolo de la nuca con una mientras la otra se apoyaba en la parte baja de su abdomen y estampó sus bocas. Fue un beso sucio, húmedo y posesivo, donde sus dientes chocaron un par de veces.

En un principio, Manuel había quedado congelado, amagando con resistirse con un quejido sordo contra los finos labios de Moski, pero estaba completamente indefenso contra el rubio. El sabor a vodka mezclado contra los que intentaba pelear lo terminaron de romper. Enseguida se dejó llevar, con un gemido ronco perdiéndose entre sus bocas. Sus manos, pesadas y torpes por la mezcla de alcohol, bajaron directo a la cintura del más bajo, apretándolo con una fuerza desesperada, clavando sus dedos en la piel bajo la chomba como si tuviese una necesidad mortal de grabarse cada curva de Lautaro en su mente. El pelinegro lo manoseaba con torpeza y urgencia, intentando borrar con violencia cualquier huella de Ian lucas, cualquier rastro de Pilar, reclamándolo como suyo en medio del desastre de su cabeza.

Lautaro disfrutó el cortocircuito en la mente de su amigo, sintiendo la erección de Manuel posicionándose contra la suya sobre sus ropas. Queriendo cobrarle cada escenita de celos de la noche y dejarle en claro quién estaba al mando, el rubio se separó del beso con un quejido desesperado escapándose de los labios carnosos de su amigo y bajó directo a su cuello. Empezó a marcarlo sin cuidado, dejándole chupones que por cada segundo que pasaba se volvían más oscuros y menos disimulables, mordidas firmes en la piel sensible de su mandíbula y sus clavículas, procurando por hacerlas en zonas donde a Manuel le iba a ser imposible esconder de Fiorella, adueñándose de él al completo por esa noche.

Manuel era un desastre, jadeaba con la cabeza tirada hacia atrás contra el espejo, completamente entregado y balbuceando insultos que se perdían en gemidos cada vez que los dientes del rubio lastimaban su piel. Aprovechándose de la debilidad del pelinegro ante su toque, metió la mano debajo de su remera para tocar su abdomen a su antojo, bajando hasta la cintura de su pantalón. Con sus grandes ojos fijos en la mirada nublada de su amigo, desabrochó el botón de su jean, tanteando la cremallera donde Manuel estaba durísimo.

Ahí fue cuando el pelinegro, en un último rastro de lucidez borracha y un repentino pánico, le frenó la mano con dedos temblorosos.

– Pará, Lauti… Pará. Acá no… –jadeó Manuel con el aliento corto, la desesperación tiñendo su voz, intentando sostenerle la mirada arrogante mientras el corazón golpeaba con fuerza en su pecho–. Fiore… Fiorella me va a venir a buscar acá… Nos va a enganchar, boludo.

Lautaro sostuvo la mano sobre el jean de Manuel unos segundos más, masajeando la erección sobre la ropa, mirándolo de arriba a abajo con una sonrisita sobradora, disfrutando verlo tan desesperado, caliente y sumiso bajo su control. Él ya había comprobado lo que quería desde que lo dejó solo en la cocina.

– Sos un cagón, Manuel. –le susurró con malicia, aunque la sonrisa triunfadora de sus labios delataba que no estaba ni un poco enojado.

Con una lentitud tortuosa, unió sus labios en un beso que lo deshizo. La lengua de Lautaro lo acarició con una delicadeza que le fue imposible no dejarse llevar, empujando su cadera contra la mano del rubio. Cuando se separaron y Moski lo agarró del mentón, se deleitó con la imagen enfrente suyo: Manuel despeinado, con la boca hinchada y sus labios de un rojo carmesí que iban a juego con el sonrojo de sus mejillas, sus pupilas dilatadas casi sin dejar ver el verde, su remera desacomodada dejando a la vista los chupones decorando su cuello y hombros, su respiración agitada y su erección asomada por sus pantalones a medio abrir.

Le dejó un último besito en sus labios y se separó. Acomodó el cuello de la remera de Manuel, pasándole los dedos por el pelo corto para dejarlo prolijo, intentando ocultar el desastre en que lo había transformado. Por último, abrochó sus pantalones y se miró en el espejo, peinando los cabellos rubios y acomodó como pudo su propia ropa. 

Una vez “prolijo”, el rubio destrabó la puerta sin hacer ruido y se asomó. Afuera, la base distorsionada de una canción del karaoke ya había empezado a sonar al palo en el living, tapada por los gritos y aplausos de Santutu y Carrera arrancando a cantar, dándoles la oportunidad perfecta para desaparecer sin que nadie se diera cuenta.

Laurato se dió vuelta, estirando su brazo y agarrando la mano de Manuel, entrelazando sus dedos dijo, en un susurro apurado: – Vamos.

Abrió la puerta del baño por completo y lo arrastró por el pasillo a pasos rápidos y descoordinados, perdiéndose en la oscuridad, Lautaro lo llevó directo a su habitación para encerrarse a terminar lo que habían empezado.

Empujó la puerta de su pieza con el hombro, arrastrando a Manuel al interior antes de cerrarla con un portazo firme. El ruido metálico de la llave dando vueltas en la cerradura puso un punto final al murmullo distorsionado del living. La oscuridad en el cuarto estaba a penas cortada por la luz que entraba por el ventanal a través de las cortinas.

El pelinegro ni siquiera esperó a que se acomodara. Completamente drogado por los celos y la marea del alcohol, dió un paso firme para abalanzarse sobre él, estirando las manos con torpeza para enredarlas en su cintura en un intento de tomar el control, empujándolo contra la pared para cobrarse de una vez la humillación del living. Pero eso no estaba en los planes de Lautaro. El rubio plantó una mano firme y abierta en su pecho, ladeando la cara para esquivar el beso, frenándolo en seco. Con un empujón firme, hizo que Manuel se tambaleara hacia atrás un par de pasos con la mirada confundida. Moski lo guió hasta que sus pantorrillas chocaron contra el borde del colchón y lo sentó de golpe en la cama, mirándolo desde abajo con la respiración entrecortada y las pupilas dilatadas al máximo.

Se paró entre sus piernas abiertas. No usó las manos en ningún momento. Se inclinó despacio, manteniendo la mirada fija en los ojos verdes y, con sólo sus dientes, enganchó el botón metálico del jean hasta zafarlo. Manuel tragó saliva, sintiendo el aliento caliente del rubio directo en su parte baja mientras veía como, con soltura, Moski usaba la boca para bajarle la bragueta centímetro a centímetro. Metió la nariz entre la tela rígida hasta que su pene, que empujaba duro y caliente contra el calzoncillo, saltó hacia afuera. Se ayudó con las manos para dejarlo libre, erguido en su espera.

Lautaro la recibió directo con sus labios, hundido de rodillas en el piso sin sacarse ni una sola prenda de ropa. Metió su pija entera en la boca en un movimiento devorador, succionando con fuerza, usando la lengua para chupar la base y las venas que se marcaban mientras sus ojos subían para sostenerle la mirada con soberbia. Manuel soltó un gemido ronco, un quejido sordo que se le escapó de la garganta al sentir la humedad de la boca del rubio envolverlo por completo, asfixiándolo. Sintiéndose morir por aguantar toda la noche, el pelinegro estiró su mano izquierda y enterró los dedos en los mechones rubios, tironeándolo con desesperación hacia atrás para sacarle la pija de la boca. 

El rubio se dejó llevar hacia atrás, quedando arrodillado entre sus muslos con la cabeza levantada y la boca entreabierta. Manuel no aguantó más que eso, con su mano derecha agarró su verga, le abrió la boca con la punta y, después de dar un golpecito sobre su lengua, empezó a masturbarse con rapidez. Lautaro no despegó sus ojos de los verdes, llevando sus manos al borde de la remera para levantarla y acariciar el abdomen que se contrae bajo sus dedos. Con dos bombeos rápidos, el pelinegro explotó en su cara; la leche espesa y caliente le cayó directo en la lengua, salpicando su boca y parte de su nariz. Jadeando, tiró la cabeza hacia atrás para romper el contacto visual con el rubio por unos segundos antes de volver a verlo tragarse todo el semen sin romper el contacto ni hacer ninguna cara. 

Con una sonrisa cínica dibujada en su cara todavía manchada, Lautaro estiró la mano y con fuerza agarró el borde de la remera de Manuel para limpiarse los restos de la cara, como si fuese un trapo que casualmente le estaban extendiendo para limpiarse la boca al terminar de comer. Con una risita, se sentó en su regazo y lo empujó hasta caer acostado en la cama, donde el pelinegro los acomodó en el centro de las sábanas, dándolos vuelta para subirse encima suyo.

La necesidad de tocarse se volvió insostenible. Sus labios chocaron con intensidad en un chape salvaje y húmedo. Las lenguas se buscaron con una violencia contenida de horas, sino meses, enredándose en un roce húmedo y caliente que llenó la habitación con los chasquidos sucios atrapados entre sus bocas. Intercambiaban aire caliente, casi asfixiándose mutuamente, mientras las manos del pelinegro subían y bajaban con urgencia por los costados del cuerpo de Lautaro, necesitado de rozar la piel desnuda para borrar cualquier rastro que Pilar pudo haber dejado más temprano.

Antes de subirse por completo a la cama, la desesperación los obligó a moverse con torpeza para deshacerse del calzado; Manuel pateó sus zapatillas hacia algún rincón de la habitación, mientras Lautaro, con la respiración entrecortada, usaba los talones para sacarse las suyas, dejando que cayeran con un golpe seco antes de arrastrarse hacia el centro de la cama deshecha.

El pelinegro volvió a subirse encima suyo, derribándolo por completo, hundiéndose sobre él con todo el peso de su cuerpo. Sus labios volvieron a encontrarse en un beso hambriento, mezclando el gusto amargo del Fernet de la boca de Mernuel con el dulce del vodka con jugo de Moski, mientras el sonido del karaoke parecía desvanecerse ante el zumbido de sus propias pulsaciones.

Estaba completamente necesitado de tocarlo, arrastrado por una urgencia tosca. Sus dedos largos se metieron debajo de la chomba color crema de Lautaro, recorriendo la piel caliente de sus costados con una fuerza desmedida que buscaba dejar marcas con sus uñas desde el primer segundo. Subió los brazos del rubio por encima de su cabeza, atrapando sus muñecas con una sola mano mientras con la otra tironeaba el cuello de la chomba, desesperado por despejar la zona. Soltó sus muñecas para sacarla sobre su cabeza, provocando que Lautaro arquee su espalda con un quejido agudo contra los labios carnosos de Manuel al sentir su pecho descubrirse, ayudando al ojiverde a tirar la prenda a un costado.

La camiseta blanca de Manuel, todavía con la mancha húmeda, estorbaba entre los dos. El rubio, libre del agarre, le metió las manos por la espalda baja y empujó la tela hacia arriba con brusquedad. Despegaron sus bocas a penas unos centímetros, los necesarios para pasar la remera por su cabeza con un movimiento rápido y tirarla lejos, dejando su torso tatuado a la vista, con la piel de sus hombros tiñéndose del rojo carmesí de los chupones que traía de la escenita en el baño. El contacto directo de sus pieles desnudas los hizo jadear.

La desesperación bajó rápidamente a los pantalones. Las manos pálidas, torpes por la mezcla de alcohol, bajaron con prisa a la cintura del pantalón suelto que llevaba el rubio. No perdió tiempo en ser gentil; enganchó los dedos en la tela elástica y se la bajó de un tirón tosco por las piernas junto a los bóxers negros de algodón, dejándolo completamente expuesto. Lautaro soltó un gemido tembloroso contra sus labios, contraatacando al segundo; con sus piernas a los costados de la cadera de Manuel, llevó sus manos hasta el jean, metiendo los dedos debajo de la tela rígida para enganchar también sus bóxers, bajándolos hasta la mitad de sus muslos, obligando a Manuel a patearlo con fastidio para terminar de sacárselo y dejarlo caer a los pies de la cama.

Quedando completamente desnudos, con sus pieles chocando y el calor corporal concentrado entre las sábanas. El pelinegro volvió a aplastarlo contra el colchón, buscando su boca otra vez en un beso más desesperado, rozando su erección dura y descubierta contra la parte baja del abdomen del rubio en un vaivén casi involuntario que hacía crujir los resortes de la cama. Sus manos estaban por todo su cuerpo, clavándole las uñas en las nalgas y los muslos, gimiendo contra sus labios, dejándose consumir por la situación.

Aún así, Lautaro no iba a dejar  que Manuel manejara el ritmo de su propia calentura. En medio de ese chape desesperado que lo estaba asfixiando, estiró su brazo hacia la mesita de luz, manoteando la botellita de lubricante. Con un movimiento rápido y ágil gracias a su sobriedad, giró sus cuerpos para quedar a horcajadas sentado en los muslos del pelinegro, con sus piernas a cada lado. Manuel intentó agarrarlo de la cintura para acercarlo y manejar su movimiento, pero el rubio le pegó un manotazo en la muñeca, frenándolo.

– ¿Qué…? –balbuceó el pelinegro, ajeno a lo que el rubio había hecho mientras él perdía la cabeza intentando seguir el ritmo del beso. 

Sin responder, abrió la botellita y volcó una cantidad considerable de gel en sus dedos. Con fuerza, rodeó la nueva erección de Manuel con su mano fría, robándole un gemido desesperado. Despacio, empezó a masturbarlo asegurándose de embadurnarlo bien en lubricante. 

– ¿Qué pasa, gordo? ¿Tanto te dolió verme afuera con Ian? Mírame a mí… –le susurró, inclinándose hacia adelante con malicia mientras el pelinegro lloriqueaba para que vaya más rápido. Su mano libre subió al hombro de Manuel, clavando sus uñas en él–. Te hacías el difícil de conformar, pasando de mina en mina antes de Fiorella, y ahora estás acá llorando por un poco de atención. –soltó una risa burlona, apretando el glande con fuerza para robarle un gemido lastimero–. Tu novia es una densa, Manu, re pegote… Seguro te cuesta que se te pare con ella y conmigo no durás ni un minuto… Sos un regalado.

Para rematar la humillación, Lautaro subió la mano de su hombro a su rostro, acariciando con delicadeza la mejilla antes de pegarle un cachetazo que le hizo girar la cara del impacto. Sin siquiera poder reaccionar, la mano bajó ágilmente hasta su cuello, ahorcándolo con la fuerza justa para cortarle el aire y dejarlo más pelotudo de lo que estaba. Un jadeo débil se escapó de los labios gruesos, mirando cómo la mano del rubio no dejaba de masturbarlo en ningún momento. Se inclinó nuevamente mientras su mano lo soltaba, usando su pecho como apoyo para hundir la cara en su cuello para marcarlo de forma despiadada. Lautaro le clavaba los dientes en la mandíbula, le dejaba chupones que al instante se ponían violetas y le rasguñaba el pecho y los hombros, llenándolo de marcas imposibles de disimular o justificar.

Sin darle tiempo a recuperarse del dolor y el placer hábilmente mezclados, acomodó la punta de su verga en la apretada entrada, bajando de un solo golpe para hundírsela hasta el fondo. El gemido agudo de Lautaro le hizo morderse el labio mientras sus manos iban a los lados de su cadera, buscando sostenerse de algo para no correrse en ese instante.

– ¡Ah! La puta madre, Lauti… –el grito de Manuel se cortó en un gemido quebradizo al sentir el interior caliente, sin ninguna barrera separándolos.

– Te encanta cogerme así, ¿no? A pelo, Manu… Sentir cómo te envuelvo… –habló en su oído con la voz rota, apoyando sus manos en el pecho maltratado antes de empezar a mover sus caderas a un ritmo desesperado, en círculos perfectos y aplastantes que lo volvían loco.

A Manuel se le nubló la cabeza por completo. Los mareos desaparecieron y ver al rubio moverse con tanta destreza con sus ojos en blanco, usándolo de juguete… Estaba tan sobreestimulado que ni siquiera podía procesar de dónde carajo Lautaro aprendió a moverse y cabalgarlo así, como si su vida dependiera de eso. No tenía espacio mental para los celos ni para nada que no fuera la fricción salvaje de sus cuerpos chocando de forma ruidosa, el sonido de la piel húmeda chocando con los muslos del rubio y el eco de los resortes de la cama tapando el karaoke de afuera.

La intensidad empezó a ser tanta que Manuel sintió como perdió cualquier control en su cuerpo, sus dedos enterrados en la piel lechosa del bajito en un intento desesperado de que sienta piedad por él. Sintiéndose al límite por el calor del rubio abrazándolo en cada sentada, clavando sus uñas en la piel.

– P-Pará… Lauti, por favor, pará un toque… Dejame correrme, no doy más, te lo pido por favor… –lloriqueó desesperado, sus ojos llorosos mientras de sus labios salían súplicas por puro morbo. Le encantaba decírselo, le daba un placer enfermo pedirle que frene y llorar sabiendo perfectamente que a Lautaro no le importaba, que seguiría saltándole arriba de la chota sin preocuparse por él, sólo enfocado en su propio placer.

Lautaro llevó su mano a su propia erección y empezó a montarlo más rápido, masturbándose al mismo ritmo. Cuando el orgasmo lo golpeó, dejó que su semen chorree sobre el abdomen del pelinegro y siguió saltando sin piedad. Con una de sus manos, juntó un poco con sus dedos y lo llevó a la boca de Manuel, que abrió la boca sin chistar y recibió ambos dedos con obediencia para empezar a chuparlos.

– Dios, Manu… Tan grande –gimió acomodando sus piernas cansadas.

Con una destreza impresionante, cambió la postura en cuestión de segundos, sin cambiar el ritmo; pasó de estar de rodillas a ponerse de cuclillas, con sus pies firmes al costado de las caderas de Manuel. Ahora, más alto, libre y con más poder, sacó los dedos de su boca y llevó la mano a su pelo para enredar los dedos ahí, tironeando a su gusto. 

– Lau… Por favor, gordo –rogó el pelinegro, ya afónico. Sus mejillas empapadas con lágrimas, su flequillo oscuro ahora pegado en la frente por el sudor. El cuello repleto de marcas que bajaban por su pecho, mezclándose con el camino de rasguños que bajaban hasta la parte baja de su abdomen, donde el semen había empezado a secarse y tornarse más transparente. Los gemidos salían de sus labios sin control, sin importar que alguno en ese departamento los escuche.

Al verlo completamente deshecho debajo suyo, con la boca abierta buscando aire y las cejas fruncidas en un intento de concentrarse para no fallarle, supo que era el momento de terminar de romperlo.

– Está bien, gordo… C-Cogeme, venite adentro, dale –le dió permiso entre gemidos desafinados, volviendo a apoyarse en sus rodillas para inclinarse a unir sus labios en un beso.

Al escuchar la orden que tanto estaba esperando, Manuel perdió la poca cordura que le quedaba. Apoyó la planta de los pies con firmeza sobre el colchón, doblando las rodillas para poder ganar estabilidad, usó la fuerza de sus piernas para impulsar su cadera de arriba a abajo con fuerza. El ruido de sus pieles chocando retumbaba en toda la habitación. Se lo cogió desde abajo con embestidas salvajes y desesperadas, masacrando la próstata de Lautaro en cada impacto. Sobreestimulado, el rubio rompió el beso y apoyó su frente contra la sien del pelinegro, gimiendo contra su oído.

El placer los desbordó a los dos al mismo tiempo; Manuel se corrió adentro con un gemido ronco mientras sus manos apretaban el culo de Lautaro, que sintió el orgasmo golpearlo sin necesidad de tocarse, volviendo a manchar el abdomen del pelonegro. Los chorros interminables y profundos lo llenan por dentro, chorreándose hacia fuera de su entrada cuando el pene de Manuel se salió del interior por los fluidos. 

Lautaro sollozó ligeramente adolorido y se abrazó al cuello de Manuel, acurrucándose contra él mientras el pelinegro acariciaba su espalda con cariño.

Quedaron desparramados sobre el colchón, con los cuerpos pesados, brillando por el sudor y envueltos en el olor espeso del sexo mezclado con alcohol. El rubio seguía arriba suyo, con la cabeza apoyada en el hombro de Manuel y recuperando de a poco el ritmo de su respiración. El pelinegro, todavía en un ensueño post-orgasmo y el alcohol en su sistema, subió sus manos grandes por la espalda estrecha. Con una delicadeza que contrastaba con la situación en la que estaban envueltos minutos atrás, lo fue bajando de arriba suyo despacio, acomodándolo a su lado en la cama. Lautaro agarró el papel de la mesita de luz y limpió los últimos restos de sus cuerpos, tirando los papeles a un costado de la cama para levantarlos después.

Manuel giró su cuerpo para quedar acostados frente a frente y le dedicó una pequeña sonrisa. El rubio, correspondiéndola, dejó un besito sobre sus labios y entrelazó sus piernas, acurrucados en los brazos del otro. El ambiente de la habitación cambió por completo; pasó de lo salvaje a una atmósfera tranquila, mimosa y hasta romántica. Fue ahí que se buscaron para darse un beso completamente diferente a todos los que compartieron esa noche. No había apuro, ni saña, ni la necesidad de poseer al otro; se unieron en un beso largo y tendido, cargado de una delicadeza que sólo pudo salir al olvidarse por un momento de lo que podría estar pasando fuera de la habitación. Las lenguas se deslizan una sobre la otra, saboreando el cansancio y la intimidad del momento en un roce húmedo y pausado que los desarmó.

Cuando la falta de aire los obligó a separarse del beso con un suspiro lento, se quedaron mirándose a los ojos, manteniendo pocos centímetros de distancia entre ellos. Manuel estiró los dedos de la mano izquierda y, de forma inconsciente, empezó a hacer mimos suaves en la pancita de Lautaro. El rubio, al sentir el mimo, sonrió con ternura y llevó sus brazos alrededor de su cuello, enredando sus dedos en los pelitos cortos de su nuca. Los acarició despacio, atrayéndolo a recostar la cabeza en su pecho mientras desenredaba los mechones oscuros.

Bajo esa seguridad, Manuel frunció ligeramente el ceño antes de hablar. – Sos un hijo de puta, Lauti… –murmuró con la voz ronca–. Te vas con Pilar a una cita, después volvés acá, te ponés re trolita con todos y te hacés el vivo con Ian para ponerme celoso, para después terminar haciendo este desastre conmigo. Me volvés loco, no podés ser así

Lautaro soltó una risa por lo bajo, mimoso, deleitándose con su reclamo. Se reincorporó para dejar un último besito en sus labios.

– Vos empezaste en la cocina, gordo. Después no te la bancaste –respondió en un susurro–. Ahora dormite un rato, dale. 

Manuel soltó un suspiro pesado, rindiéndose ante el sueño. Cerró los ojos y sus dedos en la panza del rubio se movieron cada vez más lento y pesado, ganados por el cansancio físico y todo el alcohol en su sistema, hasta que su respiración se tornó profunda y regular, indicando que se había quedado dormido. 

Lautaro esperó unos minutos en silencio, mirando el techo. Cuando pensó que ya estaba dormido, amagó con zafarse despacio del abrazo para poder ir a bañarse así no los enganchaban dormidos de esa forma. Pero no pudo ni moverse, la mano de Manuel se aferró con fuerza a su cintura, trayéndolo de vuelta entre sus brazos con un apretón posesivo. El rubio sonrió para sí mismo en la oscuridad y se volvió a acomodar con el pelinegro, ¿qué podía pasar si se quedaba un ratito más? Total, la puerta de la pieza estaba con llave…

Unos golpes firmes y ruidosos en la madera de la puerta hicieron que los dos se reincorporaran en la cama con rapidez inhumana. Manuel lo miró desorientado y Lautaro se sentó en la cama de un salto con la adrenalina al palo.

– ¡Moska! ¡Che, Moska, abrime, soy Santi! ¡Es un rato nomás! –gritó Bauleti desde el pasillo, arrastrando las palabras con el tono alegre del alcohol.

El rubio le hizo una seña rápida a Manuel para que se quedara quieto en la cama y no hiciera ruido. Con el corazón todavía en la garganta, manoteó una bata que tenía cerca de la puerta y se la puso apurado para tapar su cuerpo desnudo. Se acercó a pasos rápidos y destrabó, entreabriendo la puerta lo suficiente como para asomarse por ella y cubrir el paso con su cuerpo, asegurándose de que su amigo no pudiera ver nada hacia el interior, donde Manuel estaba durmiendo en bolas, tapado a medias y lleno de marcas. 

Santiago lo miró de arriba a abajo. Al ver a su amigo con la bata mal puesta, el flequillo re contra despeinado, los cachetes colorados y los labios hechos mierda, soltó una carcajada cómplice, tentado.

– ¡Epa, Moskita! Con razón desapareció Ian Lucas cuando empezó el karaoke… –lo cargó en voz alta, guiñándole un ojo–. Lo tenés escondido acá adentro rompiéndote el ojete, caradura. No perdés el tiempo, eh, ¿por eso no querías que venga Pilar?

El rubio sostuvo el malentendido con una sonrisa pícara y cansada, dejándolo pensar lo que quisiera con tal de que no mire para dentro y descubra el verdadero culpable de su estado.

– Callate, boludo, ¿qué decís? –balbuceó, piloteándola como un campeón–. ¿Pasó algo?

– Sí, ¿sabés dónde está Manu? –le preguntó, poniéndose un poco más serio–. Fiorella lo está buscando como loca por todo el departamento porque desapareció hace rato y tiene una cara de orto que da miedo.

– Ni idea, gordo. Yo me vine a la pieza hace un rato porque se me reventaba la cabeza y me colgué. Capaz se fue a dormir a la pieza… –mintió Lautaro con total tranquilidad, sin que se le moviera un pelo. 

– Bueno… si te lo cruzás decile. Sigan en lo suyo, cochinos –se despidió con una sonrisa, dándose la vuelta para volver al living.

Volvió a cerrar la puerta con llave con un suspiro de alivio, apoyando la espalda contra la madera. Miró de reojo a Manuel, que lo observaba desde la cama con una sonrisa floja al descubrir que, en realidad, era un gran mentiroso. El rubio no perdió tiempo y empezó a acomodar la pieza, tirando los papeles a un tacho y juntando la ropa sucia en el canasto en el closet. Vió que el pelinegro ya se había dormido abrazando una almohada entonces decidió ir a darse un baño rápido para volver en la joda y no levantar sospechas. 

Salió de la pieza con sigilo y cruzó el pasillo oscuro hasta la habitación de Manuel. Entró a su baño en suite y se pegó una ducha rápida con agua tibia, se lavó los dientes con el cepillo que el pelinegro guardaba para él en el cajón y salió a buscar algo para ponerse, con una toalla en la cintura.

Abriendo el placard de su amigo con naturalidad, manoteó un buzo oversize que le quedaba gigante y unos pantalones cómodos, sin preocuparse por ponerse ropa interior. Se vistió sin darle importancia a cubrir los chupones ni rasguños, total, los pibes afuera iban a seguir jodiéndolo con Ian Lucas y su desaparición. Nadie iba a sospechar que eran obra del novio de Fiorella.

Salió de la pieza después de ponerse unas pantuflas, también de Manuel, y caminó a paso firme hacia la cocina, dispuesto a buscar el famoso hielo por el que había desaparecido en un principio. Mientras agarraba un vaso y lo llenaba con agua, sacó el celular del bolsillo para mirar la hora.

5:12 A.M.

Justo en ese momento, la música en el living reemplazó la pista de karaoke que estaba sonando segundos atrás. La base distorsionada de la canción de Mora empezó a retumbar al palo a través de las paredes, haciéndolo esconder una sonrisa en su vaso de agua. Lautaro levantó la vista cuando escuchó el repiqueteo apurado y furioso de unos tacos acercándose. Fiorella entró a la cocina con los brazos cruzados, el pelo algo desprolijo y una cara de malhumor que ni siquiera se esforzó en ocultar. Al verlo con el buzo que semanas atrás le había regalado a su novio, se quedó mirándolo fijo, irritada. 

– Che, Lautaro. ¿Vos no lo viste a Manuel? Desapareció cuando estábamos jugando al UNO y no me atiende el celular –le reclamó ella en tono seco.

Justo cuando terminó de hablar, las voces de Mora y Jhayco sonaron nítidas y con toda la fuerza desde los parlantes del living, inundando la cocina con versos que parecían musicalizar el secreto que compartían a escondidas: 

Ella mueve el culo pa’ que se lo gocen
Pa’ que se lo gocen, pa’ que se lo gocen

Lautaro sostuvo el vaso entre sus dedos, manteniendo la mirada fija en los ojos de la pelinegra con un descaro absoluto. El parlante seguía escupiendo la letra, resonando con una ironía despiadada en medio del silencio espeso de la cocina:

Siempre le da al vino y a la 5 12
Y a la 5 12, y a la 5 12

Fiorella dió un paso al frente, esperando una respuesta, ajena por completo al hecho de que el rubio todavía tenía el sabor de su novio en la boca y las marcas violetas de sus dedos ocultas bajo la tela del buzo que ella le había regalado. Y fue ahí cuando llegó el remate:

A la’ 5 12
Chica, dile a tu novio que salga del clóset

Al rubio se le escapó una sonrisita ladina, irónica y morbosa que tuvo que esconder mordiendo su labio. Miró a la pelinegra a los ojos con una tranquilidad resguardada por la soberbia y le soltó la mentira final, casi al ritmo de la música:

– No, sí… Lo encontré en el baño hace un rato largo, estaba quebrando –mintió, volviendo a servirse un poco de agua con total naturalidad–. Como estaba re puesto, lo mandé a mi cama a dormir para que no jodiera a nadie en el living. Dejalo dormir ahí, Fiore, porque seguro siguió quebrando y está hecho mierda. Si querés, vos podés ir a dormir a su pieza que está vacía…

A veces bebe tinto, a veces bebe rosé
Borracha toíta’ cantando me conoce

Con las voces de fondo, la secuencia tuvo un cierre perfecto. 

Fiorella bufó frustrada pero comprándose por completo al saber cómo se ponía Manuel cuando tomaba de más.

– Qué pelotudo, siempre hace lo mismo… Gracias, Lauti –dijo ella, dándose la vuelta resignada para caminar a la habitación de Manuel a acostarse sola en la cama vacía del morocho.

Lautaro esperó a verla desaparecer por completo por el pasillo. Con el vaso en la mano, una sonrisa triunfadora flotando en sus labios y el control absoluto de la noche, caminó de vuelta hacia su propia habitación. Destrabó la puerta con cuidado, volviendo a cerrarla con llave con cuidado al adentrarse en la oscuridad y dejó el vaso de agua en la mesita de luz, junto a una pastilla que había sacado del cajón. Se sacó el buzo y se metió bajo las sábanas calientes, acurrucándose contra el cuerpo desnudo del pelinegro. Manuel aún dormido, al sentir su calor, estiró el brazo y lo atrapó contra su pecho con un gruñido bajo, acomodándolo contra él. Lautaro cerró los ojos con total tranquilidad, listo para dormir el resto de la noche con el novio de la chica que descansaba en la habitación de al lado.

 

Notes:

holi esto lo hice ANTES de los comentarios de cierto y de las confirmaciones de noviazgo pero nunca me animé a subirlo pq pensé q nadie lo iba a leer. releyéndolo cambié un par de cosas en un intento de "actualizarlo" pero hice lo que pude porque estoy alejadísima del fandom, mi fuente d info es twitter, tenganme paciencia porfa 🙏🏻
+ estoy dispuesta a llenar el tag de Infidelity porque siento que no lo explotan lo suficiente...