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Milán en primavera tenía algo especial. El clima templado, el murmullo elegante de la ciudad colándose por la ventana, y esa calma que se palpa justo antes de una semifinal de Champions era toda la tensión exquisita que necesitaban para funcionar. Todo el equipo andaba concentrado, repartidos por uno de los pisos reservado solo para ellos, y el ambiente era casi de casa: puertas entreabiertas, el pasillo oliendo a una mezcla de perfumes caros, los días disolviéndose entre entrenamientos, nervios y ratos robados para desconectar.
Pedri entró descalzo al salón y se encontró exactamente con lo que ya se imaginaba. Ferran y Fermín, una vez más, enganchados a la Play. Por supuesto que sí. Pero no le molestaba, al contrario, le parecía chistoso cómo se picaban entre ellos cada vez que uno perdía, cómo se ponían de malas y luego se volvían insoportablemente creídos cuando ganaban, asegurándose de que cualquiera a diez metros a la redonda se enterara. Ruidosos, sí. Pero les quería. Le daban vida al lugar.
Ahora mismo, sin embargo, por mucho cariño que les tuviera, necesitaba otra cosa. Necesitaba afecto físico. Estaba en un estado de sensibilidad total, de esa vulnerabilidad silenciosa que lo aplastaba de vez en cuando sin previo aviso, y salir de su habitación a buscar un poco de consuelo le había costado horrores. Era, probablemente, el que más dependía de los abrazos y las caricias, una de sus formas de demostrar cariño, pero a veces también necesitaba recibirlo. Pedirlo cuando se sentía bien o juguetón era fácil. Ahora, en cambio, estaba avergonzado. Necesitaba que lo abrazaran, que lo mimaran, que lo cuidaran. Y esa necesidad era más grande que cualquier vergüenza.
Quería sentirse pequeño. Protegido.
Cuando Pedri se ponía así, los demás lo notaban y se acurrucaban con él, sobre todo Fermín, fan número uno de repartir abrazos a todo el mundo, pero esta vez Pedri necesitaba algo más específico. Algo que viniera de otra persona.
Necesitaba a Ferran.
Y estaba dispuesto a dejar de lado el flechazo que arrastraba desde hacía tres años. Solo iba a pedir un poco de cariño, nada más, porque no era iluso. Ferran no sentía lo mismo por él, y si lo sintiera, Pedri ya se habría dado cuenta.
Se detuvo en el umbral del salón. Una mano, escondida dentro de la manga de su sudadera, subió sola hasta rozarle el labio inferior. La sudadera enorme que llevaba casi se le caía del hombro, acababa de salir de la ducha, con el pelo aún húmedo, el cuerpo envuelto en ropa tallas más grande, intentando así sentirse aún más pequeño.
Con ojos llorosos, labios un poco hinchados y el pelo hecho un desastre, se fue acercando despacio al sofá donde Ferran y Fermín seguían discutiendo sobre quién había ganado más veces y quién debería ejecutar el castigo que habían pactado antes de jugar. Pedri se mordió el labio y los observó desde la distancia justa.
Fue Fermín quien lo notó primero.
—Oh, hola, hermano —le sonrió—. ¿Quieres jugar?
Negó suavemente con la cabeza. Entonces Ferran se giró, y en sus ojos apareció de inmediato esa expresión de preocupación sin alarma y ternura sin condescendencia que solo Pedri sabía leerle.
—¿Estás bien? —preguntó con dulzura, extendiendo una mano hacia él, sabiendo sin que nadie se lo dijera que Pedri siempre necesitaba contacto físico para poder hablar de verdad.
—Sí, es solo que... —Pedri se interrumpió. Apartó la mirada, sonrojado.
—¿Necesitas mimos? —Fermín sonrió con complicidad. Lo conocía bien. Pero sus ojos, atentos, captaron que esta vez Pedri buscaba algo más concreto. El pelinegro asintió, visiblemente tímido al reconocerlo en voz alta.
—No quiero molestar —dijo, dando un paso atrás, soltándose del agarre de Ferran—. Puedo esperar a que terminen.
—No estás molestando —respondió Ferran tranquilamente, con la misma voz suave de antes—. Ven aquí. O espera... ¿necesitas a Fer?
A Pedri se le aguaron los ojos. No por la pregunta en sí, sino por cómo Ferran la hizo. Ferran sabía que a Pedri le gustaba pasar tiempo con Fermín, pero no sabía que lo que menos quería en ese momento era proteger. No tenía fuerzas para eso.
En lugar de responder, dio unos pasos hacia el sofá y se acercó a Ferran, respondiendo a su pregunta. Observó cómo Ferran dejaba el mando a un lado y abría los brazos, y algo en el pecho de Pedri se aflojó antes incluso de llegar. Se sentó a horcajadas sobre él, rodeó su cuerpo con los brazos, escondió la nariz en su cuello. Inspiró hondo ese olor que le nublaba el pensamiento como si fuera una droga, y sintió el corazón de Ferran acelerarse contra su pecho. Sonrió contra su piel. Los brazos del castaño se cerraron con fuerza alrededor de su cintura, envolviéndolo en un abrazo firme y reconfortante. El cielo debía sentirse así. Nadie abrazaba como Ferran, y eso era un hecho.
—Voy a ducharme —susurró Fermín, y se escuchó recoger los controles y guardarlos.
—Vale —asintió Ferran.
Pedri lo sintió acercarse. La mano de Fermín se posó sobre su brazo, acariciándolo con suavidad, un intento de reconfortarlo también. Pero Pedri emitió un pequeño quejido y se apartó, incómodo.
Fermín soltó un suspiro sorprendido y buscó una explicación en la cara confundida de Ferran.
—Uy, lo siento, Pedri —se disculpó en voz baja, mientras Pedri se pegaba más a Ferran, apretando aún más el abrazo.
Era la primera vez que Pedri se comportaba así. No era la primera vez que buscaba los brazos de Ferran, pero nunca se había aferrado tanto, y el mayor claramente no sabía cómo reaccionar.
—Tranqui —le dijo Ferran a Fermín—. Está bien.
Pedri sintió a Fermín alejarse. Esperaba que no estuviera herido por el rechazo, pero estaba demasiado sensible para explicarlo.
—Pepi, ¿estás bien? —preguntó Ferran en voz baja, unos minutos después, cuando el silencio ya se había asentado entre ellos como algo cálido.
Pedri asintió contra su cuello.
—Solo necesito que me abraces —murmuró.
Ferran emitió un leve sonido de comprensión, y el silencio volvió. Poco a poco aflojó el abrazo, lo que arrancó una leve protesta de Pedri, pero lo calmó enseguida, comenzando a frotarle la espalda en círculos lentos. Pedri suspiró contra él, derritiéndose bajo ese toque, y giró la cabeza, apoyando la sien en el hombro del otro, la nariz rozando aún su cuello. Una de sus manos se soltó del abrazo y sus dedos comenzaron a explorar, despacio, su cuello y su clavícula, sintiendo la suavidad de esa piel bajo las yemas.
Tan concentrado estaba que no notó cómo se le entrecortaba la respiración a Ferran.
De pronto, sintió el impulso. Inclinó el rostro y dejó besos delicados en el costado de su cuello, y la mano que antes dibujaba sobre su piel subió hasta el lóbulo, jugando con él entre los dedos. Pudo sentir cómo Ferran sonreía y lo abrazaba aún más fuerte, pegándolo a su cuerpo. Pedri levantó la cabeza para mirarlo a los ojos. Las manos de Ferran bajaron por su espalda hasta posarse, con toda la naturalidad del mundo, sobre sus glúteos. Pedri se sonrojó, mordiéndose el labio inferior para contener una sonrisa.
Los pensamientos que antes le nublaban la mente comenzaron a disiparse, reemplazados por la seguridad y el calor que Ferran le ofrecía. Tocándolo sin dudar, consolándolo con facilidad. Devolviéndole la calma sin que Pedri tuviera que pedírselo con palabras. Sentía que flotaba, fuera de sí y a la vez más presente que nunca. Abrumado, pero de la mejor manera posible.
Quería sentir todo. Necesitaba que Ferran lo sintiera a él. Dudó antes de seguir a su corazón, deseando poder inclinarse y besarlo, poder pedirle que lo llevara a la cama y lo desnudara por completo, pero la duda era más grande que él.
Una de las manos de Ferran subió a su mejilla y la acarició con una ternura infinita.
—Ferri... —susurró, con la voz débil.
—¿Hm? —respondió él, escaneando su rostro, atento a cada detalle.
—Te necesito... —murmuró.
—¿Cómo? —la otra mano de Ferran se coló por debajo del polerón y sujetó su cintura desnuda—. ¿Así?
—Sí... —asintió, con los ojos vidriosos—. Más.
Pedri apoyó sus frentes juntas, cerrando los ojos, respirando hondo para no perder el control.
—Pedri... —lo llamó Ferran, con una voz profunda pero baja, lo justo para hacerlo abrir los ojos—. ¿Puedo besarte?
Pedri casi jadeó. Sus ojos se abrieron de par en par y su mente se quedó en blanco. Asintió de todas formas, cerrando nuevamente los ojos. Entonces lo sintió moverse. Empezó besándole la mejilla, luego los párpados, la frente, la nariz, la mandíbula, el cuello... Pedri debería estar disfrutándolo, pero en lugar de eso, sentía una decepción silenciosa instalarse en su pecho.
Ahora no pudo evitar que esas lágrimas que llevaba tanto rato contenidas se escaparan. Lloró en silencio, y eso hizo que Ferran se detuviera.
—Pedri, bebé, ¿qué hice? —preguntó con preocupación, sujetándole la cara con ambas manos.
—No me estás besando —respondió Pedri, avergonzado, sintiéndose desprotegido por la falta de calor en su cuerpo—. Tengo frío también.
—Pero sí te estoy besando —intentó razonar Ferran, aunque Pedri negó con la cabeza, cerrando los ojos.
—Te necesito —repitió—. Muchísimo.
—Dime qué quieres, Pedri —suplicó Ferran—. Con palabras.
—Bésame —hizo un mohín—. Abrázame.
Ferran lo estrechó contra sí, ambas manos bajo la prenda, presionando sus pechos juntos. Pedri apoyó su frente contra la de Ferran, cerró los ojos, y entonces ocurrió. Lo que había estado buscando, lo que quería, lo que necesitaba. Ferran unió sus labios en un beso casto, inocente. Se separó un momento para comprobar su reacción, asegurándose de que era eso lo que Pedri pedía, y cuando lo vio perseguir sus labios, lo besó de nuevo, esta vez con más intención, encajando suavemente.
Pedri le correspondió. Sus manos subieron al pelo de Ferran mientras un fuego nuevo se encendía en su interior. Ahora que lo había probado, no podía soltarlo. Y no lo hizo.
Se besaron durante lo que parecieron horas sin cansarse el uno del otro, al contrario, volviéndose más unidos, más adictos, el calor de sus cuerpos aumentando, jadeando por aire entre beso y beso. Pedri se perdió por completo en Ferran, las manos del otro aferrándose a él como si su vida dependiera de ello, y aun así sentía que no era suficiente.
Entonces el mayor se movió, cambió de posición, sostuvo a Pedri y lo recostó en el sofá quedando encima de él, y siguió besándolo, sus manos subiendo por su abdomen y su pecho. Las manos de Pedri encontraron su camino bajo la camiseta de Ferran, sus yemas desesperadas por conocer más de esa piel.
—Oh —escucharon de repente.
Se detuvieron por completo, pero no se soltaron. Tampoco se giraron hacia su amigo. A Pedri le resultó más fácil, oculto como estaba bajo el cuerpo de Ferran; cerró los ojos y volvió a esconder el rostro en su cuello, sintiendo el calor de esa vergüenza mezclada con algo que no quería nombrar.
—Me alegro por vosotros, pero... —continuó la voz de Eric—. Ojalá os consigáis una habitación.
No se movieron ni dijeron nada hasta que los pasos de Eric se alejaron y la puerta de su cuarto se cerró al fondo del pasillo. Esperaron unos segundos más. Fue ahí cuando Pedri se apartó del cuello de Ferran y lo miró, luchando por contener la risa que quería soltar.
—¿Te acompaño a tu habitación? —preguntó Ferran tímidamente, todavía increíblemente cerca.
—Sí —asintió, con una sonrisa pequeña en los labios.
Ferran lo levantó en brazos, como siempre había hecho, pero ahora con otro significado. Pedri se aferró a él, rodeándolo con brazos y piernas, y Ferran lo sostuvo por los muslos mientras caminaba hacia la habitación, casi chocando contra la pared porque Pedri le robó un beso a mitad del pasillo, claramente incapaz de esperar treinta segundos más.
Ya dentro, Ferran cerró la puerta con el pie y fue directo a la cama, acostando a Pedri como si fuera de cristal, subiéndose encima de él e imitando la posición de hace un momento. Estar así, a puerta cerrada, definitivamente cambiaba el ambiente. Se ponía más serio, pero ninguno de los dos tenía miedo.
Ferran se inclinó y atrapó los labios de Pedri en un beso apasionado, con una presión más firme y segura, que le quitó el aliento, haciendo que Pedri rodeara su cuello con los brazos y lo acercara más, necesitando siempre más. La lengua de Ferran rozó la comisura de sus labios y Pedri los entreabrió sin dudar, dejándolo explorar, bebiéndose los suaves gemidos de placer que escapaban de su garganta.
La mano libre de Ferran encontró su lugar en la cintura del menor, haciendo que su espalda se arqueara para presionarse contra su cuerpo. Pedri, entre besos, se preguntó si Ferran también anhelaba más. Se separó levemente para comprobarlo, su labio inferior atrapado entre los dientes del mayor, y cuando Ferran lo soltó, Pedri sonrió.
—Pepi —respiró Ferran, agitado. Pedri también lo estaba, pero él se veía irresistible. Exactamente como en sus sueños, o incluso mejor, aunque la duda en sus ojos hizo que Pedri frunciera el ceño—. Lo siento, me dejé llevar.
—Ferri —lo interrumpió antes de que siguiera—. Más, porfa.
—Oh —los ojos de Ferran se abrieron de par en par y su rostro se tiñó de rosa en un segundo.
Pedri no quería tomar la iniciativa ahora, pero sentía que Ferran necesitaba un empujoncito. Probablemente era por todo lo que sentían, una mezcla de cariño, miedo y dudas que aún no terminaban de resolverse. Pedri lo amaba precisamente por eso, por ese respeto silencioso que demostraba al no precipitarse, la delicadeza que le impedía cruzar ciertos límites sin estar seguro.
Empujó sus caderas hacia arriba, encontrándose con las de Ferran, lo que le arrancó un jadeo al último. Ese simple movimiento hizo que los ojos de Ferran se oscurecieran, y sin embargo una nueva luz brillaba en sus rasgos. Se sentía deseado, y le encantaba.
Ferran se incorporó para quitarse la camiseta, dejando su torso desnudo. Pedri lo había visto así más veces de las que podía contar o recordar, pero verlo en ese contexto era definitivamente diferente. En cualquier otra situación no lo tocaba, o si lo hacía, era para provocarlo, pellizcarlo, darle palmadas. Ahora podía tocar y sentir sin necesidad de bromas ni excusas.
Sus manos, aún casi cubiertas por las mangas del suéter, subieron por sus hombros y comenzaron a recorrer sus clavículas, su pecho y abdomen. Ferran lo miraba, dejándole hacer lo que quisiera. Una de sus manos encontró nuevamente la cintura de Pedri y la apretó con firmeza, haciéndolo jadear y levantar la vista de su pecho a su rostro.
—¿Puedo? —preguntó Ferran, con la voz ronca, tirando del dobladillo de la prenda.
Por instinto, Pedri se cubrió el pecho al quedarse sin prenda, pero Ferran le sonrió con cariño y se inclinó para besarlo de nuevo. Lo tranquilizó con caricias suaves en los costados, dedos cuidadosos, sin brusquedades, y lentamente los brazos de Pedri abandonaron su pecho y encontraron el cuello de Ferran, atrayéndolo para que sus pechos quedaran pegados.
Con la misma lentitud, Ferran movió las caderas, dudando un poco. Sus entrepiernas se rozaron y Pedri volvió a jadear dentro del beso, apretando los brazos alrededor del otro. Eso le dijo a Ferran que le gustaba, así que lo intentó de nuevo, esta vez presionando con más intención, y Pedri gimió, separándose del beso.
—Shh... —Ferran también estaba sin aliento, pero ese simple sonido había hecho que la excitación creciera aún más.
—P-por favor —Pedri casi sollozó, desesperado.
Ferran no lo hizo suplicar más. Con movimientos calculados pero lentos, comenzó a besar su mandíbula como si ya tuviera planeados todos sus movimientos, como si tuviera el cuerpo de Pedri memorizado de memoria. Besó su cuello, enfocándose en los puntos que lo hacían temblar pero cuidando de no dejar marcas visibles; eso lo guardaba para zonas más escondidas. Sus besos se transformaron en pequeñas lamidas mientras bajaba por su pecho, y cuando llegó a la cintura ya dejaba besos con la boca entreabierta, convirtiendo a Pedri en un manojo de escalofríos.
Sus dedos se engancharon bajo el borde de su pantalón y calzoncillos al mismo tiempo, y los bajó mientras seguía besando el hueso de la cadera, su pubis y la parte interna del muslo. Se detuvo solo para deshacerse de la ropa, lanzándola a algún rincón de la habitación. Pedri sollozó por la hipersensibilidad, pero no le pidió que se detuviera; seguía queriendo más, aunque era demasiado tímido para pedirlo con palabras. Dejó que su cuerpo hablara por él. Sus caderas se elevaron, su erección completamente dura, pidiendo atención sin que Pedri tuviera que decir nada.
Ferran le sonrió desde esa posición, y su mano envolvió su longitud, haciéndolo sentir diminuto aunque no lo fuera.
Ferran no se demoró más. Lamió desde la base hasta la punta, arrancándole un gemido bajo a Pedri que se convirtió en un jadeo silencioso cuando el mayor envolvió la punta con los labios, succionando suavemente. Lo tomó por completo en su boca, moviendo la cabeza despacio, lo que hizo que Pedri respirara entrecortado mientras se acostumbraba a la sensación.
Su mano libre subió hasta la mandíbula de Pedri, y este la tomó entre las suyas solo para poder aferrarse a algo, la llevó a sus labios y los entreabrió, chupando dos de los dedos de Ferran con los ojos cerrados, esperando que eso ayudara a contener sus gemidos. Ferran, sin embargo, se detuvo ante esa acción y lo miró con las mejillas encendidas, observando cómo Pedri chupaba su dedo índice y medio mientras su otra mano seguía acariciando despacio su erección.
—Joder —maldijo en voz baja, y Pedri abrió los ojos, húmedos por las lágrimas del placer. El mayor empujó un poco más sus dedos dentro de su boca, y Pedri siguió chupando y volvió a cerrar los ojos, suspirando satisfecho.
Ferran retomó lo que estaba haciendo, succionando un poco más mientras Pedri mantenía los gemidos contenidos gracias a los dedos en su boca. Lamió por todo su largo, bajando aún más. Retiró sus dedos con cierta desgana, pero los necesitaba para lo que venía. Tomó las piernas de Pedri y las levantó, doblándolas por las rodillas, dejándolo completamente expuesto.
Sin dudar, lamió hacia abajo, dándole una breve lamida de prueba para ver su reacción.
Tal como esperaba, Pedri jadeó y se llevó la mano a la boca, tratando de no ser tan ruidoso. Ferran sonrió y volvió a lamer, esta vez con más intención, abriéndolo poco a poco. Luego llevó los dedos que Pedri había estado chupando y los presionó suavemente contra su entrada, deslizándolos con cuidado.
—Ferran... —Pedri apenas podía hablar, pero necesitaba pedir lubricante porque sabía que dolería. El mayor lo miró con atención y vio cómo estiraba la mano hacia el velador, sacando una botellita del cajón superior.
Ferran sonrió, comprendiendo, y tomó el frasco, vertiendo suficiente en sus dedos. Introdujo uno con cuidado, el deslizamiento, esta vez, fue suave, y Pedri suspiró aliviado. La otra mano volvió a su erección, acariciándola mientras movía su dedo dentro de él. Pronto añadió otro, y antes de que se diera cuenta, ya tenía tres dentro, abriéndolo con movimientos en tijera.
Pedri clavó las uñas en su pecho, marcándolo, y gimió con fuerza jalándolo del cuello para que se acercara. Ferran tuvo que soltar su erección para sostener su peso, justo cuando había tocado el punto más sensible. Lo besó con una sonrisa orgullosa, acallando cualquier otro sonido.
Eventualmente, sacó los dedos y se bajó los pantalones de un solo movimiento. Y cuando lo hizo, Pedri lo miró fijamente y se le hizo agua la boca. Sí, ya había visto a Ferran desnudo, pero nunca así. Nunca con su miembro completamente erecto, firme y goteando.
Pedri extendió una mano, envolviendo su palma alrededor de él con cuidado, y sus ojos se abrieron al notar que no podía cerrarla del todo. Se lamió los labios con anticipación, y se perdió la tierna sonrisa que Ferran le dedicó.
—Puedes, si quieres —dijo Ferran, leyéndole la mente. Pedri lo miró con ojos inocentes y asintió.
El más alto se recostó boca arriba, manejando a Pedri entre sus piernas después de besarle de nuevo, ya extrañando sus labios aunque apenas se hubieran separado hace un par de minutos. Pedri se acomodó de rodillas y bombeó el miembro de Ferran con ambas manos un par de veces, antes de inclinarse y envolver la punta con sus labios, lamiéndolo. Le encantó. Abrió más la boca, dejando que la longitud se deslizara adentro, con la lengua plana, absorbiendo todo lo que pudo. Lo miró mientras lo hacía, y Ferran maldijo en voz baja.
—Pepi, cariño —jadeó.
—¿Sí? —preguntó Pedri inocentemente, con los labios brillando y las manos todavía sosteniendo su miembro erecto.
—Si sigues, voy a... —se detuvo, desviando la mirada para controlarse.
Pedri se sonrojó y asintió, soltándolo y gateando de vuelta a su regazo, montando sus caderas por segunda vez esa noche. Tomó el lubricante y cubrió el miembro de Ferran. El mayor se incorporó y sostuvo su cintura, observándolo con ojos abiertos.
—Espera, ¿no quieres usar condón? —preguntó, y Pedri negó con la cabeza mientras levantaba las caderas lo suficiente para alinear la punta con su entrada.
—Te necesito —murmuró—. Sé que los dos estamos sanos.
Era cierto. Sus chequeos médicos frecuentes se lo confirmaban. Entonces Pedri presionó la punta y se deslizó lentamente hasta el fondo, suspirando aliviado cuando se sintió lleno. Ferran soltó un suspiro profundo y lo rodeó con los brazos, atrayéndolo para besarlo. Pedri se derritió en el beso y sus manos subieron a la cabeza del otro, desordenando más su lindo cabello.
Luego Ferran agarró sus glúteos y ayudó a Pedri a moverse arriba y abajo con un ritmo lento y constante, sin buscar todavía la liberación, sino el placer. Se separó del beso y fijó la mirada en él, transmitiendo mil emociones a la vez y Pedri las sintió todas.
Confianza, comodidad, seguridad, deseo, admiración, respeto...
Amor.
Los ojos de Pedri se abrieron cuando entendió la última, oculta en el rincón más oscuro de la mirada de Ferran.
—Te amo —dijo Ferran, ya sabiendo que Pedri acababa de sentirlo—. Me daba miedo decírtelo.
—Yo también te amo, Ferri —respondió Pedri, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás cuando Ferran se hundió más profundo.
Ferran aprovechó para besar y lamer su cuello, y Pedri le permitió tocar cada centímetro de su cuerpo como quisiera. Después de todo, era todo de él.
Pronto Ferran lo levantó otra vez, con mucha energía todavía, y los giró, con la espalda de Pedri contra el colchón, sus cuerpos todavía pegados, pero ahora era Ferran quien marcaba el ritmo. Aceleró sus embestidas y Pedri sonrió ante eso, antes de presionar esa sonrisa contra sus labios. Estaba bastante seguro de que todos podían escuchar la cama golpeando la pared, pero no le importaba. Luego lidiarían con las miradas incómodas y las risas nerviosas. Lo único en lo que podía pensar ahora era en Ferran.
Ferran. Ferran. Ferran.
El mayor metió la mano entre sus cuerpos y agarró el miembro de Pedri, bombeándolo mientras seguía con las caderas, aumentando el ritmo en ambas partes, haciendo que Pedri se apartara del beso para soltar un suave gemido.
—Ferri, joder —llamó Pedri, con los ojos vidriosos.
—Adelante, bebé —resopló Ferran—. Hazlo por mí, cariño.
Con un gemido silencioso, Pedri se derramó entre sus estómagos, aferrándose a Ferran como si fuera lo más importante, besándolo otra vez. Unos segundos después sintió a Ferran embestir profundo y quedarse quieto un momento mientras se vaciaba dentro de él, el gemido ahogado por el beso.
Pedri se apartó y enterró su rostro en el cuello de Ferran, los brazos apretándolo con fuerza, impidiéndole moverse.
—Quédate así un minuto, por favor —susurró, y Ferran asintió contra él, dejando caer todo su peso.
—Perdona, te estoy aplastando —se disculpó.
—No pasa nada —le aseguró Pedri.
Los giró para tumbarse de lado, con la pierna de Pedri subiendo para rodear su cintura y mantener la posición. Salió de su escondite en el cuello de Ferran y lo miró, con una sonrisa tonta en los labios, bastante seguro de que tardaría un buen rato en dejar de sonreír así.
—Ey —se rió Ferran.
—Hola, guapo —respondió Pedri, volviendo lentamente a su actitud juguetona habitual.
—¿Puedo salir ya? —preguntó Ferran.
—Hmm —lo pensó Pedri, con una sonrisa pícara.
—Me pondré duro otra vez —añadió Ferran.
—¿Eso es un problema? —le provocó Pedri, haciéndolo reír.
—Para mí no. Pero los demás nos matan fijo.
—Venga, venga —cedió Pedri, y le plantó un beso rápido en los labios. Cuando Ferran lo sacó, ambos soltaron un suave suspiro.
El más alto buscó en el cajón y sacó un paquete de toallitas húmedas, limpiándolos a ambos. Fueron al baño y se volvieron a vestir, solo con los bóxers y las camisetas, metiéndose ambos bajo las sábanas para tumbarse mirándose, con las manos explorando otra vez los cuerpos del otro.
—¿Por qué te daba miedo decirme lo que sentías? —preguntó Pedri, mirándolo hacia arriba con ojos agotados.
—No estaba seguro de si siquiera te podía llegar a gustar. Eras cariñoso con todo el mundo y lo sentía como un trato normal, no uno especial, ¿sabes?
Pedri sonrió juguetonamente —Mm, ¿querías mis cariños solo para ti? ¿Estabas celoso?
Ferran se sonrojó, y estaba a punto de responder, cuando escucharon ruidos a lo lejos.
—¡Chicos! —gritó Gavi desde el salón, y los dos se quejaron al mismo tiempo.
—¿¡Qué?! —respondió Pedri alzando la voz. Ferran se tapó los oídos.
Escucharon a Gavi acercarse a la puerta y abrirla, arrugando la nariz.
—Abrid la ventana, anda, esto huele a sexo —dijo Gavi, y Ferran le lanzó una almohada.
—¿Viniste solo para confirmar que todos nos han oído? —respondió Ferran, con tono seco.
—Sí y no —dijo él con tranquilidad—. Vine a preguntar si teníais hambre, porque estamos pidiendo comida, y visto que acaban de hacer eso, seguro que sí.
—Tengo bastante hambre —confesó Pedri y se giró hacia Ferran, acariciándole las mejillas con delicadeza—. Lástima que Ferran no pueda satisfacer ese tipo de hambre.
Ferran lo miró con la boca abierta, sin poder decir nada.
—Vamos, Ferri, es una tontería fingir que no pasó nada —dijo sentándose.
—Pero que guarro, Pedri. Claro que oímos, pero no queremos oírlo otra vez, así que —levantó una mano Gavi—. Hagamos como si nada, ya está.
—Está bien, pero en el piso voy a besarlo cuando quiera —Pedri se encogió de hombros y se inclinó para darle un pico en los labios.
—Ya contaba con eso —respondió Gavi restándole importancia.
—Vale, ¿de dónde van a pedir? —Pedri se levantó de la cama y tiró de Ferran con él.
