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Las cadenas de Shamura eran gruesas, cortas y pesadas.
Atadas a sus brazos; muñecas, tobillos, cuello y corazón. Atadas a su voluntad, a su pensamiento, a su alma negra y manchada de icor.
Esas cadenas estaban viejas y crujientes a cada roce de sus eslabones.
Sin embargo, esas cadenas eran más fuertes que las que se usaron para contener a la muerte.
Más fuertes que cualquiera de los Dioses existentes y por venir.
Más fuertes que las aleaciones del metal forjado por Kudaii.
Tan oxidadas como el tiempo las había dejado, permanecieron firmes en su misión de someter a la Guerra y Sabiduría.
Retuvieron sus manos cuando arremetieron contra sus captores, pero guiaron sus garras con fuerza renovada contra quienes fueron amenaza.
Cortaron sus pensamientos como quien corta el tronco del árbol, pero cosecharon sus frutos cuando eran beneficiosos.
Sus cadenas eran viejas, agrietadas y pesadas.
"Shamura, hermano, por favor."
Heket le dice a la araña añeja; quien se sienta sobre pasto esponjoso y verde, renuente a dejar su lugar bajo la luna menguante.
Desde hace horas, postrado frente al orbe de plata; ha levantado su voz apenas octavas del suave susurro al que se redujo tras su liberación del purgatorio.
"...la profeta de los dioses...el presagio del cambio..."
La hambruna suspira, cansada y frotando uno de sus ojos.
Con un gesto más derrotado y débil, toma el hombro de la frágil araña.
Su voz suena un poco más irritada cuando habla:
"Shamura, es tarde. Hay que irnos."
La Guerra aguarda en su lugar, con los pedipalpos crispados en respuesta del viento que se ha vuelto más gélido, con la suave llamada de Yngya atormentando al cordero.
Heket no recibe una respuesta durante los segundos siguientes, hasta que se convierten en minutos.
Estos minutos son suficientes para que los demás hermanos ( a excepción del quinto Obispo) salgan en busca de los dos restantes.
Una presencia se cierne sobre el cordero a la par del gusano y el calamar de sus hermanos.
"¿Por qué no los mataste?"
La cabra, con su habitual hedor a peligro y voz atronadora le pregunta; poniéndose a su lado a una distancia prudente y ligeramente escondida de los obispos.
¿Por qué no los mató?
"Venganza."
El cordero suelta, saboreando las palabras en su lengua.
La mirada de la cabra sobre él se vuelve un poco más aguda. Escrutadora, casi de reproche e incredulidad.
"¿Eso nada más?"
Susurra el cabrito; su voz volviéndose más baja conforme devuelve la mirada al frente; observando con atención a los obispos que eran el equivalente a los suyos.
Los que habían quitado tanto.
"No tenía sentido matarlos cuando podían sufrir aquí; bajo mi mando y con mis reglas."
"¿Qué sentido tiene dejar vivo a Shamura? No es que pueda entender tu venganza."
Las cadenas.
"¡Mura! ¡Vamos a dormir!"
Leshy parlotea, moviendo la cola y agitando los brazos frente al dios púrpura que oscila en índigo, con los otros hermanos somnolientos y frotándose los ojos.
Heket es la primera que rompe un gimoteo bajo y tenue, donde los llamados de tres no eran suficientes, un maullido de la muerte podía acabar tal estupor.
"Parte de Shamura está atrapada."
La oreja negra de la cabra tilda, mientras observan a Shamura recobrar algo de su cordura cuando las lágrimas de deslizan en silencio por el rostro cansino de la mujer.
Sus cadenas, ven ellos.
Como un interruptor que se activa, Shamura recupera luz en sus facciones tristes y desoladas; con los pedipalpos enderezándose en una postura firme y las extremidades adicionales de su espalda actuando como pilares cuando se tambalea para levantarse y estira su mano para rodear la mejilla de la rana.
El velo oscuro del luto se levanta por un momento; deja ver una ternura antigua, dañada y usada.
"Ay, hermana querida. No derrames tus penas fuera de tu templo santo."
La otra mano huesuda sube suave y lentamente, peinando las cruces en la cabeza roja, teniendo que estirarse sobre sus tacones y forzando las agujas en su espalda para ganar altura suficiente y frotar ambas manos desde las mejillas hasta la parte trasera de la cabeza ajena, obligando a Heket a inclinarse ligeramente cuando una vez más, se le es recordado que ya no es más una joven diosa que lucha por tomar la mano de la Guerra.
Heket cierra sus ojos, con las cejas fruncidas en un dolor profundo, reconociendo y apreciando cada momento de la lucidez fugaz de la araña. Disfrutando de la voz retumbante y firme.
Una mano fuerte y carmesí rodea la otra huesuda y morada de Shamura, que lentamente pierde fuerza.
"Has de hallar consuelo en las estrellas; de donde nuestra vida proviene, en donde se fundió con las lágrimas del sol. Nuestros ancestros y nuestra madre han de darte el consuelo con la forma de su eterno firmamento."
Su murmullo termina, con palabras pertenecientes a una mente melancólica.
Cuando el rostro de la niña está seco e impasible, los ojos bicolor de la araña pierden su vida, las manos delgadas de fuerza engañosa pierden su firmeza a la par de los apéndices de la espalda.
Como una flor exótica que se esconde al sol salir, o la luz que se retrae al sol retirarse el horizonte; Shamura es devuelto al luto de una perdida más profunda que la del poder.
Heket, habiendo presenciado episodios similares con anterioridad; se apresura a sujetar a su hermano para estabilizarlo, resoplando con dureza cuando los ojos cambiantes regresan a su velo ciego.
Aún a sabiendas, Heket abre y cierra el hocico un par de veces, un hilo de voz filtrándose con vacile antes de decidir hablar, el corazón en la mano.
"¿Shamura? ¿Me ayudarás a leer las estrellas de esta noche?"
Leshy y Marye se animan detrás de ella, la esperanza filtrándose en sus expresiones y el brillo de magia que conservan en sus cuerpos.
Solía ser algo, una pequeña costumbre que Shamura compartía con todos ellos; sentarse bajo el oscuro manto nocturno con ellos acurrucados en sus ropas, cálidos bajo la tela ligeramente más cómoda tras la intimidad de sus aposentos.
La araña solía tener una amplio domo como techo, coronado con cristal transparente que ofrecía una preciosa vista de la luna en su punto álgido; con millones y millones de estrellas salpicadas a su alrededor, dibujos de oro en las aleaciones metálicas que mantenían unidos los paneles de vidrio.
Hace milenios, cuando todo era más sencillo y de donde lo único que los cuatro jóvenes obispos tenían por preocupación era si la araña mayor se enteraría o no de la travesura del día; se sentaban los cinco bajo el domo de cristal, con fuego de candelabros crepitando de fondo con la perpetua melodía de suaves instrumentos que parecía pegarse a cada pulgada de la habitación. Olores reconfortantes danzando y trabajando en desvanecer el estrés del día, como único dirigente de la Vieja Fe, en aquel lejano presente.
Shamura les contaba historias; de dioses muertos, de profecías, de mitos y cuentos.
Les leía las estrellas. Les decía que contaban historias; reales y falsas, del pasado y del futuro, del presente suyo.
Shamura siempre sonreía con dulzura, arrugando los ojos y la nariz mientras sus antenas vibraban levemente con anticipación. Siempre decía que sí.
Esta vez, sin embargo, no hay ni una sola palabra pronunciada; sino que mira al vasto vacío de la nada mientras sus muchos ojos no enfocan, cerrándose en tristes rendijas, perdiendo el brillo místico amatista y cían que recuerda de un pasado lejano.
Heket suelta un aire que contenía esperanza. Ahora aplastada y pisoteada.
"Shamura está muerto en vida. Y la parte viva que queda; sufre."
El cordero se gira, encarando a la cabra que también lo mira, con su rostro serio y apacible como pocas veces.
De lejos y de fondo, Heket toma a su hermano mayor y se lo lleva a rastras.
"Una vez me dijo que como dios de la sabiduría, está en constante cambio. Pero así no puede cambiar, no puede aprender. No puede hacer nada."
Su voz adquiere un tono más ronco, sacude la cabeza suavemente y cruza los brazos con obstinación, entrecerrando los ojos que brillan con un tenue resplandor de sangre.
"Sus hermanos también lloran al verle así."
