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Lautaro siempre se prometía que esa sería la última vez. La última vez que se dejaría tentar por Manuel, la última vez que besaría esos labios, la última vez pecaría, la última vez que decepcionaría a Dios, la última vez que sería realmente feliz.
Siempre había crecido sabiendo como terminaría su vida, casado con su esposa, viviendo en una casa grande en el campo con 3 o 4 hijos corriendo felices y libres. Libres, como él sabía que no podía ser. Esperaba poder darles a ellos lo que él no tenía. Y es que parece que su felicidad tenía fecha límite, contaba los segundos para que se termine, porque sabía que eventualmente lo haría.
Estar con Manuel era.. complicado. Y no por los motivos que cualquiera podría pensar, cuando estaba con el, todo era sencillo y su cabeza se apagaba de una vez por todas, de ser otra la situación, podría incluso llegar a enamorase. El problema venía después, cuando Manuel eventualmente se iba y él se quedaba solo, con sus pensamientos. Bueno, y con Dios, que como bien sabía cualquier creyente, siempre lo estaba mirando.
Siempre pensaba en que podía estar con Manuel un rato, hasta que tuviera que buscarse una vida en serio. No podía terminar de dejarse llevar, porque sabía que en algún momento tendría que dejarlo, que cortar todo, porque eso no es lo que hacen los chicos buenos. Eso no es lo que le habían enseñado. Eso no es lo que debía hacer. Pero el no era lo suficientemente valiente para cortar todo de raíz. O era su valentía lo que lo llevaba a seguir sus impulsos? Pero entonces, no era lo suficientemente valiente para terminar de cumplirlos. Se encontraba siempre en un limbo donde todo lo que hiciera, estaría mal.
Pero había cierta adrenalina en amar sabiendo que iba a terminarse, besar sabiendo que era incorrecto, que no podían hacerlo para siempre. En querer devorar a la otra persona, por no saber cuándo sería la próxima vez, si es que la había.
Y Manuel también tenía sus pensamientos, respecto a su vínculo complicado con Lautaro. A él no le preocupaba que su Lautaro fuera un chico, sino que era otra cosa, era el simple hecho de que era él.
Porque a Manuel no le hubiera importado estar con un chico, con cualquiera, pero ese chico su mejor amigo, y no solo eso, era demasiado perfecto para él, demasiado puro. Y sabía que jamás le podría gustar otro chico, que para él era solo un error pasajero. Algo de lo que arrepentirse cuando quedará solo con su almohada.
Y realmente a Lautaro no le hubiera importado enamorarse de Manuel, le parecía casi inevitable caer por esos ojos verdes, brillantes como ningunos, pero le pertenecían a un chico. Y él no podía enamorarse de un chico. No cuando su cabeza no lo dejaba en paz por ese motivo.
Sentía que no había nada que valiera la pena esa pensamientos horribles, que lo torturaban y jamás lo dejaban olvidarse de que estaba pecando. De qué no es lo que debería hacer, de qué hay mejores opciones, y era su culpa no elegirlas. Todo siempre era su culpa.
Lautaro creía que todo ese sufrimiento era un castigo divino de Dios, porque le gustaba un hombre. La culpa lo consumía, pero de todas formas no podia alejarse de Manuel, siempre volvía por un poco mas. Sentía como el diablo mismo lo tentaba a besar esos labios irresistibles. Por eso la pasaba tan mal cuando se dejaba llevar por sus fantasías, tanto que las terminaba llevando a cabo. Por eso se sentía tan mal cada vez que se separaba de Manuel, cada vez que salia de la burbuja que había construido a su alrededor. Era una tortura separarse de su amante, los pensamientos volvían, mil veces mas intensos, mas terribles, se ocupaba de recordarse lo malo que era, que el pecado que estaba cometiendo, era el mas grande de todos.
De todas formas, a veces pensaba en qué tan mal podía estar realmente? No había sido Dios mismo el que había hecho que guste de Manuel? Por qué haría eso? Por qué le haría eso? Lo quería ver sufrir? Por qué le daba todo lo que quería en una persona, si no podía estar con dicha persona?
No entendía, se sentía correcto querer tocar a Manuel, pasar las manos por su pelo y los labios por su cuello, la primera vez que se animaron a ir más allá y probar sus bocas, sentía que flotaba.
Hasta que se acordaba, claro. Que esa boca venía de un hombre, que no podía ser realmente el indicado, por el simple hecho de que no era lo que debía estar haciendo. A veces rezaba hasta quedarse dormido, que todo sea más simple. Esperaba levantarse y que Manuel ya no le guste, pero eso nunca pasaba. Sus ojos brillaban cada vez con más intensidad, y su corazón se aceleraba cada vez un poco más. Perdía la noción del tiempo cuando estaba con el, renunciaría a cualquier cosa para quedarse un ratito mas a su lado, donde esas manos lo mimaban y le hacían sentir que todo estaba bien, donde sus pensamientos oscuros no lo alcanzaban.
Pero luego se separaban, y entonces lo ahogaban, no lo dejaban respirar, ni dormir, ni comer. Deseaba levantarse en un mundo donde él fuera normal, como los demás.
Se sentía terrible cuando pensaba en que los suspiros que le hacía soltar, de placer, se parecían bastante a un rezo, estaba mal. Parecía irónico. Que un hombre le sacara gemidos en forma de “Ay Dios”. Todo era como una burla, a él, a su situación. Y a su debilidad, a su incapacidad de escapar por más de que sabía que tenia que hacerlo, que no podia vivir en esa mentira para siempre.
Lo peor era cargar con ese sufrimiento en silencio, él solo. Porque si algo estaba claro, era que nadie se podía enterar, nadie podía saberlo, tenía que ser su secreto mejor guardado. Capaz eso era parte del castigo.
No importaba cuánto Manuel le dijera que podia hablarlo con el, sabía que no era asi. Eso siempre terminaba en una discusion, y por supuesto que su amante tenía razón, debía ser exasperante intentar construir un vínculo con alguien que sabe que no van a llegar a ningún lugar. Pero no podía evitar pensar así. Manuel le decía que no pasaba nada, que podria afrontarlo juntos, de la mano. Pero Lautaro sabía que no era así. Porque el problema no eran solo los demás, estaba dentro suyo. Su propia voz que le decía que pecaba, que no debía, que era solo un desliz en su camino de bien. Y contra su propia voz, nadie podía luchar. Ni siquiera ese chico con ojitos que brillaban de ilusión, que creía que podía llevarse todo por delante.
De todas formas hay algo íntimo, en dos personas que comparten un secreto, mas aun uno de esa magnitud, con esa carga. Eran un secreto, pero eran su secreto, al fin tenían algo que podía ser suyo. Algo solo de los dos. Algo donde nadie se podía meter, su propia burbuja, donde se dejaban soñar con su vida perfecta. Aunque sabían que el contraste con el mundo real cada vez les dolería más. Porque al fin y al cabo, no podían pasar de ser eso, un secreto.
Manuel hubiera dado su propia vida por poder gritar que ese ángel de pelo rubio era suyo, que sólo él podía reclamarlo, que era dueño de sus súplicas. Pero entendía que la única condición para que lo deje estar con él, era justamente ocultar, guardar, callar. Y Manuel hubiera hecho hasta lo imposible por tenerlo a su lado, así que aceptaba el silencio. Aceptaría todo para quedarse un rato más con él.
Manuel también sentía que tenía un reloj que contaba los segundos que les quedaban, una bomba a punto de explotar. No encontraba tranquilidad del todo, porque sabía que en cualquier momento su sueño se terminaba. Y Lautaro lo dejaría de querer, en algún momento su rubiecito decidiría qué tener una vida normal es más importante que quererlo a él, que ser auténtico. Era cuestión de que se aburra, de su intensidad, de sus vueltas, de su chispa, y busque estabilidad. Una que él no le podría dar. Esperaba que ese ser tan puro se de cuenta de que Manuel no era merecedor de su amor, y lo cambie. Y él lo dejaría, como podría no dejarlo?
Sabía que estaba a merced de Lautaro, que él podía hacer lo que quisiera con Manuel.
Los dos sabían que estaban empezando algo que no iban a poder terminar, que no había un final feliz destinado para ellos. Eso no existía en la vida real, no estaba guardado para ese tipo de amores. Pero Lautaro quería disfrutar mientras podía, hasta que se le termine la fantasía y tenga que conseguirse un futuro real. Y Manuel estaba demasiado enamorado como para darse cuenta de que a más tiempo pase, más fuerte iba a ser la caída. Más le iba a doler separarse. Los dos estaban ciegos. Y que mayor acto de amor que ese? Qué es más auténtico que estar cegado por los sentimientos? Que sentir todo con tanta intensidad?
Viéndolo en retrospectiva, ambos sacrificaron algo por el otro. Manuel se moría por presumirlo por todos lados, que todos sepan el amor que se tenían. Pero sabía cuáles eran sus condiciones para poder seguir con eso. No importaba si siempre había soñado con un amor público, gritado a los 4 vientos. Preferiría estar con su Lauti, aunque es significara callar. Y Lautaro fue en contra de todos sus principios, tuvo que enfrentarse a ser el causante las cosas que le dijeron que estaban mal. Mientras él traicionó todo lo que creía correcto, Manuel dejó de lado todo lo que alguna vez había querido.
Era inevitable que terminen mal, como lo hicieron, era solo cuestión de tiempo. Había veces que Manuel pensaba en que si hubiera sabido cómo iba a terminar todo, ni siquiera lo hubiera empezado. Pero en el fondo sabía que no era real, que probar esos labios soñados valían la pena todo.
Manuel se acordaba de las primeras veces que se besaron, de Lautaro temblando en sus brazos, de sostenerlo aunque era él mismo el causante de su miedos. Se acordaba de la contradicción, de odiar ver a su Lauti mal, de odiarse porque era él el culpable de que esté mal, pero de todas formas seguia buscando sus labios, una y otra vez. Lautaro le correspondía, por supuesto, en esos momentos se dejaba llevar. Pero a los segundos de separarse se desmoronaba, temblaba, de miedo y angustia mientras era envuelto entre los brazos de Manuel, quien, contradictoriamente, era el único que podía entenderlo.
Manuel también se juraba que cada vez sería la última, no quería lastimarlo ni lastimarse más, pero cuando lo tenía entre sus brazos se olvidaba de todo, sentirlo derretirse bajo su tacto valía la pena cualquier consecuencia.
A él también le daba culpa, no por querer besar a un chico sino por querer besar a Lautaro, quien sentía en cada parte de si que eso era incorrecto. Quien no podía parar de temblar por ese mismo motivo.
También sabía que se lastimaba a si mismo, sabía que por cada beso que le daba, solo alimentaba su ilusión, falsa claro, porque en el fondo también sabía que nunca podrían estar juntos bien. Pero decidía ignorarlo por un rato más al lado de su ángel.
Y con el tiempo, Lautaro dejó de derrumbarse al final de cada beso, de cada toque, de cada vez que la situación pasaba algo más. No estaba muy seguro de por qué, no estaba muy convencido de que sea porque empezó a creer que era correcto, porque una parte suya todavía le gritaba con todas sus fuerzas que se aleje, y es por esto que se construyó su propia burbuja, que dividió su vida.
Sentía que su vínculo con Manuel iba por otro lado, que no era “él” realmente. Como si tuviera dos vidas y su romance no encajara en su vida real. Como si estuviera actuando, pero no sabía si su versión más auténtica era la que tenía cuando estaba con Manuel, o la que tenía el resto del tiempo. Pero el caso es que Lauti era uno cuando estaba a solas con Manu, y otro todo el resto del tiempo. Eso lo dejaba dormir por las noches al menos, cuando se olvidaba de que amaba a alguien imposible, prohibido, y podía planear su futuro perfecto de la mano de una mujer.
Lautaro sentía su cadena cada vez que lo besaba, cada vez que sus manos se aventuraban más allá, cada vez que se dejaba llevar por el deseo. La cruz le pesaba, el oro lo quemaba. Sabía que estaba mal, y cuanto lo sabía. Todo en el le indicaba que debía parar, el peso en su pecho era cada vez más grande, se lo adjudicaba a su amuleto, aunque sabía que no era del todo así. Era él quien estaba traicionando años de valores, de creencias, de rezos. Pero había algo en Manuel que lo hacía magnético, era fascinante de la misma forma que lo era el fuego, al que no podes sacarle los ojos de encima, pero nunca se va el miedo de quemarte. Y Lautaro estaba dispuesto a hacerlo, cuando no lo pensaba demasiado. Y era imposible pensar cuando esas manos le recorrían el cuerpo y lo dejaban suspirando fuerte. Corría toda su percepción de moralidad a un costado para poder besarlo un rato más.
A diferencia de Lautaro, Manuel no era demasiado creyente, hasta se sentía poco merecedor de tener esos ojos miel mirándolo, con tanta devoción, porque lejos estaba el de ser un ángel. Se sentía culpable y orgulloso a partes iguales de haber corrompido su pureza. Manuel era la excepción de Lautaro, y a su forma, eso era romántico. Saber que este dejaba de lado sus creencias solo para dejar que lo toque.
Le gustaba hacer que deje de pensar un rato, le gustaban los sonidos que salían de su boca, le gustaba como no sabía dónde poner sus manos, le gustaba ser su primer todo. Muy en el fondo, sabía que no terminarían en nada bueno, pero sabía que siempre que tuviera que pensar en su primer beso, Lautaro recordaría sus ojos verdes, aunque intentara con todas sus fuerzas de no hacerlo. Y eso lo tranquilizaba, nadie podría borrar eso. Ni siquiera Dios, no importaba cuánto le rezara para olvidarlo.
Y es que Manuel, en el fondo tenía la esperanza de que algún día, Lauti cambie de opinión. Que el amor los haga valientes.
Estaba convencido de que él podría hacer que cambie de opinión, contra todo lo que le decía su cabeza, decidió ignorar el presentimiento de que las cosas no terminarían mejorando. Y gran error, pensó viéndolo en retrospectiva, esa voz siempre tenía razón, no fue la excepción.
Pero Manu estaba convencido de que de la mano de la persona correcta, todo podía revertirse, de que el amor puede transformarlo todo. Pero ese amor no había alcanzado, no esta vez. No fue más fuerte que los pensamientos de Lauti, ni de su idea de vida perfecta. En la que Manuel claramente no entraba.
No importa lo mucho que Manu le repitiera que lo iba a cuidar, que no iba a dejar que les pasara nada, Lautaro no podía hacer que entre en su vida. No se imaginaba cruzando la puerta de su casa de la mano de un hombre, no podía, ni siquiera cuando ese hombre era Manuel, su mejor amigo, la persona que más lo conocía en el mundo y con quien sabía que estaba más seguro, el que sabía hacerlo más feliz.
Y Lautaro lo intentaba, realmente. Los primeros meses, cuando su romance se puso más “serio” dentro de sus posibilidades, aún sin decirle a nadie, llegó a pensar en qué tal vez, podría llegar a ser valiente. Valiente por su Manuel, por esos ojitos que eran su perdición. Intentó no escuchar a cada parte de su cabeza que le gritaba que se aleje, creía que podría llegar a cambiar.
Pero a medida que los meses pasaban, se daba cuenta de que nunca estaría realmente listo para darle la mano en la calle, ni para robarle un beso sin asegurarse dos veces que nadie los estuviera mirando. Mucho menos para gritarle su amor a todo el mundo. Y Manuel no se merecía eso, no podía atarlo a una vida en secreto, no cuando sabía todo lo increíble que era, y lo mucho que se merecía alguien que esté realmente orgulloso de amarlo. No podía atarlo a estar escondido para siempre, sobretodo sabiendo que él nunca sería ese alguien que lo pueda amar sin esconderse.
Pero Lautaro era egoísta, e igual de terco que Manuel, decidió empujar ese pensamiento al fondo de su cabeza un rato más, solo un rato para poder abrazarlo por más tiempo.
Cada vez que Manuel piensa en calma, piensa en Lautaro, en sus ojos ámbar, en su respiración pausada cuando duerme y su pelo despeinado al despertarse.
Para Lautaro, Manuel no es la calma. Es mas bien la chispa que enciende su vida, el motor que lo impulsa a animarse. Pero toda persona de bien sabe que el futuro debe ser calmado, tranquilo, no hay espacio para divertirte cuando creces y debes procurarte una vida seria, real.
Cuando buscas llevar una vida estable, no podes permitirte tener una chispa que en cualquier momento pueda volar todo. No importa cuánto tu corazón grite que es eso lo que buscas.
Manuel fue su mejor forma de arruinarse sus mejores años. Aun estaba dispuesto a elegirlo, creía. Lo haria con los ojos cerrados aunque eso le cueste deformar toda su idea de amor, porque, como iba a volver a amar después de él? Como se conformaria con la calma cuando ahora sabia, que lo que en realidad le gustaba a él era volverse loco de amor.
Y Manuel sabía que lo que Lautaro buscaba era paz, estabilidad. Una paz que él nunca le daría, no estaba hecho de eso. Entro en su vida para mostrarle lo que es jugartela por alguien que amas. Para enseñarle que es la pasión, que el corazón late muy rápido cuando amas en serio. Le enseño también que eso no alcanza. Que no importa cuando lo amara, no podía elegirlo a él.
Se prometieron las estrellas y la luna, ir más allá. Manuel construiría un planeta nuevo al que mudarse, si eso implicaba hacer sentir seguro a su Lautaro, si eso lo permitía entregarse a su relación. Y Dios como le gustaría a Lautaro mudarse allí, con Manuel para que nadie los moleste. Pero sabía que eran pensamientos infantiles de Manuel, que no existía forma de mudarse a otro planeta, que en el fondo él no merecía ser feliz. Porque su felicidad era pecado.
Y Manuel sabía que no había forma posible de mudarse a ningún lugar para que Lautaro cambiara de opinión, simplemente le gustaría que su ángel pudiera entregarse a él aún en ese universo en el que vivían. No quería tener que construirle un lugar lejos de todos para que se puedan amar. Quería una vida sencilla, tomados de la mano. Cumplirle la casa grande en el campo, los hijos corriendo libres, como ellos. Pero sabía que Lauti nunca aceptaría eso.
Y de repente a los dos se les había esfumado de las manos la única idea de amor real que habían tenido, y la más auténtica que alguna vez tendrían. Porque Lautaro podía buscarse una chica hermosa que le cumpla su vida “soñada”. Y Manuel podía buscarse un chico que no lo esconda, que le siga el ritmo estridente. Pero Lauti siempre buscaría la chispa de Manuel en todo los demás. Y Manu siempre buscaría la calma de Lauti en el resto de personas.
Quizás, el hecho de no poder terminar juntos era su último acto de amor, de devoción, de sacrificio. Saber que por más de que los dos habían dejado de lado sus creencias, eso no había bastado para mantenerlos juntos. El amor no había alcanzado. Su conexión no fue suficiente.
