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Secretos al Aire

Summary:

Durante una entrevista científica transmitida a nivel internacional, el cientifico Senku Ishigami ve cómo su mundo perfectamente calculado se desmorona en segundos: una niña de dos años irrumpe en escena llamándolo “papá”.

Minutos después, Gen Asagiri aparece en pijama, con su inconfundible cabello bicolor, intentando sacarla del lugar… pero ya es demasiado tarde.

Frente a millones, queda al descubierto lo impensable: Senku Ishigami, el cientifico mas serio de todo el circulo academico está casado con la celebridad más mediática del momento, y juntos han construido una familia que nadie sabía que existía.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

El estudio de Senku estaba perfectamente iluminado, cada libro colocado estratégicamente para dar la impresión correcta durante la entrevista, la imagen exacta que el mundo esperaba de él: el científico que había llevado el nombre de la NASA a nuevas fronteras, tal como lo hizo antes su padre.

Ajustó su corbata por tercera vez, no por nerviosismo —eso no existía en su vocabulario—, sino por hábito. En su monitor brillaban esquemas complejos: trayectorias orbitales, cálculos de propulsión, modelos de un sistema capaz de reducir drásticamente el tiempo de los viajes espaciales.

—Prueba de audio, uno, dos... —murmuró hacia el micrófono, observando los niveles en su monitor.

Desde la cocina llegaba el aroma del café que Gen le había preparado antes de desaparecer con Suika hacia la sala de juegos. Su omega sabía exactamente cómo mantener a su hija de 2 años entretenida durante las dos horas que duraría esta entrevista para "Ciencia Hoy", uno de los programas de divulgación más importantes del país, donde Senku presentaría un avance que prometía reescribir la forma en que la humanidad se movía entre estrellas.

Senku sonrió ligeramente al recordar cómo Gen había organizado toda una agenda de actividades: pintura, rompecabezas, cuentos, y como último recurso, la tablet con sus videos educativos favoritos. Su pareja era muy meticuloso cuando se trataba de cuidar de Suika, especialmente durante los compromisos profesionales de Senku. Porque cuando Senku hablaba del espacio, el mundo entero escuchaba.

La notificación de la videollamada entrante interrumpió sus pensamientos.

—Dr. Ishigami, ¡qué gusto tenerlo con nosotros! —La voz entusiasta de la conductora llenó el estudio—. Su nombre ya es sinónimo de innovación en la NASA, pero hoy viene a hablarnos de un proyecto que podría cambiar los viajes espaciales tal como los conocemos. ¿Podría explicarnos de qué se trata?

Senku se irguió, y en un instante su presencia cambió: la calma afilada de quien entiende el universo mejor que a sí mismo. Sus ojos brillaron con esa chispa indomable que siempre aparecía cuando hablaba de ciencia.

—Es simple —comenzó, con esa seguridad que rozaba la arrogancia—. Hasta ahora, viajar largas distancias en el espacio ha sido una cuestión de tiempo y combustible. Lo que estamos desarrollando es un sistema de propulsión que optimiza ambas variables, reduciendo trayectos de años a fracciones significativamente menores…

Hizo una pausa, levantando una mano, como si dibujara en el aire rutas invisibles entre planetas.

—Imaginen poder acortar el camino entre la Tierra y Marte no solo en velocidad, sino en eficiencia energética. No se trata de ir más rápido… se trata de viajar de forma más inteligente.

Mientras Senku desglosaba teorías complejas en palabras accesibles, completamente absorto en su universo de cálculos y posibilidades, no contaba con la pequeña figura que avanzaba sigilosa por el pasillo, guiada por la simple y peligrosa curiosidad de quien aún no entiende lo que significa irrumpir en la historia.

Gen Asagiri estaba en la puerta principal, recibiendo la pizza que había pedido para hacer más llevadera la espera. Había dejado a Suika tranquilamente dibujando en su andador, concentrada en sus colores, tan absorta que parecía imposible que se moviera de ahí. Por eso abrió la puerta con total confianza, sin mirar atrás.

El repartidor lo reconoció al instante.

—Oye… tú eres Gen Asagiri, ¿verdad?

Gen sonrió con esa calidez ensayada que siempre desarmaba a cualquiera. Firmó rápido, pero el chico no se movió, atrapado por la emoción de tenerlo enfrente.

—Soy muy fan tuyo, vi todos tus shows… ¿de verdad puedes leer a las personas así de fácil?

Gen soltó una risa ligera, apoyándose contra el marco de la puerta, entrando sin darse cuenta en ese pequeño escenario improvisado.

—No es magia, cariño. Es observación… y un poco de intuición bien entrenada.

La conversación se alargó más de lo que debía. El entusiasmo del repartidor, las preguntas, la forma en que Gen respondía casi por inercia… todo lo envolvió en un instante suspendido, ajeno al resto del mundo.

Y en ese descuido mínimo —ese parpadeo en el tiempo—, el suave rodar de pequeñas ruedas sobre el piso pasó completamente desapercibido, avanzando en dirección al estudio donde el silencio era demasiado perfecto para durar.

Suika había terminado su dibujo con una sonrisa satisfecha, sosteniendo la hoja entre sus pequeñas manos como si fuera un tesoro. No pensaba en cámaras, ni en entrevistas, ni en la importancia del momento; solo en algo mucho más simple: quería mostrárselo a su papá. Porque su papá siempre la miraba como si cada trazo suyo fuera extraordinario, como si en esos garabatos viviera algo digno de admirarse.

Con esa lógica pura y luminosa de sus dos años, se puso en marcha. No necesitaba preguntar ni buscar demasiado: el mundo para ella aún se ordenaba a través de los sentidos más íntimos. Y entre todos, el más seguro era ese aroma familiar que siempre la guiaba, cálido y reconocible, como un hilo invisible que la llevaba directo a él.

Así, avanzó por el pasillo, siguiendo el rastro de Senku Ishigami, hasta encontrar la puerta entreabierta del estudio. Se deslizó dentro sin hacer ruido, aferrando su dibujo, mientras la voz de su padre llenaba el aire, hablando de estrellas lejanas, de distancias imposibles y de un invento capaz de acercarlas. Y en medio de todo ese universo, Suika solo veía una cosa: a su papá, a quien quería mostrarle su pequeño mundo de colores.

Suika entró al estudio con ese silencio torpe y dulce de los niños pequeños, empujando su andador con esfuerzo. Desde su altura diminuta, todo parecía más grande, más lejano… incluso su propio padre. Senku Ishigami estaba de espaldas, completamente absorto, su voz firme llenando la habitación mientras hablaba de trayectorias imposibles y viajes entre estrellas, sin notar la pequeña presencia que se acercaba a él como si fuera atraída por gravedad propia.

Suika intentó avanzar más rápido, acercarse lo suficiente para que la viera, para mostrarle su dibujo. Pero su tamaño jugaba en su contra: apenas alcanzaba a ver más allá del escritorio, y su voz, si la usaba, se perdía en el ritmo constante de la explicación de Senku. Se detuvo entonces, dudando… hasta que algo capturó su atención.

Una persona.
Dentro de la pantalla.

Sus ojos se abrieron con asombro absoluto. Se quedó quieta, mirando fijamente a la entrevistadora como si hubiera descubierto un pequeño mundo encerrado en ese rectángulo luminoso. Inclinó ligeramente la cabeza, curiosa, fascinada… observando cada gesto, cada movimiento, como si intentara entender cómo alguien podía vivir ahí dentro.

Al otro lado de la transmisión, la conductora fue la primera en notar la anomalía.

Parpadeó. Dudó. Y luego volvió a mirar.

—Dr. Ishigami… disculpe —dijo con una sonrisa tensa, tratando de mantener la compostura—, pero… ¿hay alguien más con usted en la habitación?

Senku apenas reaccionó, aún dentro de su flujo mental.

—¿Eh? No, estoy solo en mi estu—

Se giró.

Y el mundo se detuvo.

Ahí, en una esquina perfectamente visible para la cámara, estaba Suika. Pequeña, luminosa, sosteniendo su dibujo con orgullo, como si hubiera llegado al destino más importante del universo. Sus ojos —tan parecidos a los de Gen Asagiri— brillaron al encontrar los de su padre.

Sonrió.

—¡Papí! —lo llamó con una dulzura desarmante—. ¡Mira!

El color abandonó el rostro de Senku en un segundo brutal. Su mente, capaz de descifrar ecuaciones imposibles, quedó completamente en blanco. No había cálculo, no había lógica… solo esa escena imposible reflejada en la pantalla frente a millones de personas.

—Yo… esto no… —intentó, pero las palabras no existían.

Del otro lado, la conductora ya no disimulaba su desconcierto.

—Dr. Ishigami… —murmuró, observando a la niña, luego a él—. ¿esa… es su hija?

Y en ese instante suspendido, entre la ciencia y el caos, entre el secreto y la verdad, todo lo que Senku nunca planeó comenzó a revelarse sin pedirle permiso.

Desde la entrada principal, Gen Asagiri se despidió del repartidor con una sonrisa ligera, todavía envuelto en esa conversación casual que había estirado más de lo debido. Cerró la puerta con tranquilidad… pero en cuanto se giró, algo no encajó.

El silencio.

Suika ya no estaba donde la había dejado.

Y entonces lo escuchó.

—¡Papi, mira!

La voz dulce, clara… viniendo directamente del estudio de Senku Ishigami.

La sangre se le heló.

No pensó. No calculó. No respiró.

Solo corrió.

Atravesó el pasillo con el corazón golpeándole el pecho, la adrenalina quemándole las venas, sabiendo —con esa certeza instintiva— que algo ya se había salido de control. Que había llegado tarde.

Empujó la puerta.

Y el mundo se detuvo en una imagen imposible.

Las cámaras.
La transmisión en vivo.
Senku de pie, inmóvil.
Y Suika… en el centro de todo.

—¡Mami! —exclamó la niña al verlo, alzando los brazos con alegría, como si todo fuera exactamente como debía ser.

El silencio del otro lado de la pantalla fue absoluto.

La conductora, que segundos antes intentaba mantener la compostura, quedó completamente paralizada al ver a Gen ahí, tan reconocible, tan imposible de confundir: el cabello bicolor, la ropa informal, la presencia magnética incluso en medio del desastre. Sus ojos iban de la niña a él, y de él a Senku, intentando unir piezas que simplemente no habían existido… hasta ahora.

Gen sintió cómo todo su cuerpo se tensaba. Años. Años cuidando ese secreto, protegiendo ese pequeño universo que habían construido lejos de los reflectores… y bastó un segundo, un descuido, una puerta abierta, para que todo se derrumbara con una suavidad devastadora.

Se acercó rápido, tomando a Suika en brazos, aferrándose a ella más de lo necesario, como si eso pudiera contener lo que ya era imposible de ocultar.

La conductora abrió la boca, claramente a punto de preguntar, de nombrar lo evidente, de convertir ese momento en algo irreparable.

Pero Senku reaccionó primero.

—Bueno —interrumpió, con una voz firme que contrastaba con el caos que se le desbordaba por dentro—, eso es todo por hoy.

Y sin dar espacio a nada más, cortó la transmisión.

El silencio que quedó fue pesado, denso… real.

Senku se giró lentamente.

Sus ojos se encontraron con los de Gen.

Y en ellos no había enojo. Solo esa resignación seca, inevitable, de quien sabe que incluso el plan más perfecto puede fallar ante lo único que nunca intentó controlar.

Gen, aún con Suika en brazos —que lo miraba sin entender, ajena a todo—, desvió la mirada por un segundo, avergonzado, atrapado entre la culpa y algo mucho más profundo.

Porque su mayor secreto… ya no les pertenecía solo a ellos.

El silencio cayó como un telón pesado en el estudio en cuanto la transmisión se cortó.

Ni Senku Ishigami ni Gen Asagiri dijeron nada al principio. El aire parecía más denso, cargado con años de secretos que acababan de romperse en un solo instante. Todo lo que habían protegido con tanto cuidado —su relación, su matrimonio, su pequeña vida escondida del mundo— se había desmoronado con la suavidad inocente de una niña que solo quería mostrar un dibujo.

Y en medio de ese silencio… Suika lo sintió.

Los niños siempre lo sienten.

Su cuerpecito se tensó en los brazos de Gen. Sus ojitos, que hace unos segundos brillaban de orgullo, comenzaron a llenarse de duda. Bajó la mirada hacia su dibujo, como si de pronto ya no fuera algo bonito, como si hubiera hecho algo mal.

—Lo siento… —murmuró con voz temblorosa.

Y entonces, rompió a llorar.

El sonido fue pequeño, pero lo suficientemente fuerte como para quebrar todo lo demás.

Gen reaccionó de inmediato, apretándola contra su pecho, meciéndola con suavidad.

—No, no, no… mi amor, está bien, está bien… —susurró, besando su cabello, aunque su propia voz no estaba del todo firme.

Porque él también estaba temblando.

Porque si no fuera por esos bracitos aferrados a él, probablemente también estaría llorando.

Senku exhaló despacio, como si con ese suspiro soltara el peso del mundo entero. El shock comenzaba a disiparse, dejando algo más claro, más humano.

Se acercó.

Se inclinó frente a ambos.

—Oye —murmuró, su voz más suave de lo que cualquiera esperaría del gran científico—. ¿Quién dijo que hiciste algo malo?

Suika alzó la mirada, aún con lágrimas en las mejillas.

—¿No…? —preguntó, quebradita.

Senku negó ligeramente, secándole una lágrima con torpeza, como si ese gesto fuera más complicado que cualquier ecuación.

—Para nada. De hecho… —miró el dibujo— está diez mil millones por ciento bien hecho.

Eso arrancó un pequeño sollozo entre risa y llanto.

Gen lo observó en silencio, y fue ahí donde Senku lo notó de verdad: sus hombros tensos, su mirada baja, el temblor apenas contenido.

Así que, sin dejar de acariciar la cabecita de Suika, estiró la otra mano… y sujetó la muñeca de Gen con suavidad.

—Y tú deja de hacer esa cara —añadió, casi con un deje de burla—. No es como si hubieras causado una explosión nuclear.

Gen dejó escapar una risa débil, más por reflejo que por calma.

—Díselo a todo el mundo que acaba de ver esto…

—Ya está hecho —respondió Senku, encogiéndose de hombros—. No hay forma de revertirlo, así que no tiene sentido seguir calculando el error.

Hubo una pausa.

Una más ligera.

—Además… —continuó, bajando un poco la voz—, supongo que ya era hora.

Gen alzó la vista.

—¿Hora de qué?

Senku lo miró directo.

—De que sepan lo nuestro.

El silencio que siguió ya no era pesado. Era… distinto.

Suika, aún en medio de ellos, se aferró a ambos como si fueran su único mundo. Y, de alguna manera, lo eran.

La escena era casi absurda: Senku, intentaba consolar a su hija mientras, al mismo tiempo, tranquilizaba a su esposo con comentarios medio torpes, medio sinceros. Y Gen, el maestro de las palabras, completamente desarmado, dejándose sostener por alguien que siempre fingía no necesitar a nadie.

—Vaya caos… —murmuró Gen, apoyando ligeramente su frente contra la de Senku.

—He manejado peores —respondió él.

Y entre lágrimas que aún no terminaban de secarse y risas que apenas comenzaban a nacer, el mundo, que hacía unos minutos se había venido abajo… encontró una forma extraña, imperfecta y muy suya de volver a encajar.



⟡ ⟡ ⟡





El mundo no esperó.

Apenas unas horas después, el silencio de su casa fue devorado por un ruido imposible de contener. Afuera, la calle que siempre había sido tranquila se convirtió en un escenario: al menos veinte furgonetas de noticias alineadas como una constelación invasiva, luces, cámaras, voces superpuestas llamando nombres que ya no podían esconderse.

El caos mediático fue inmediato. Implacable.

En internet, todo explotó.

#SenkuGen
#LaHijaSecreta

Se volvieron tendencia mundial en cuestión de minutos, creciendo como una ola que nadie podía detener. Twitter colapsó bajo el peso de miles de publicaciones por segundo. TikTok se llenó de reacciones, teorías, fragmentos de la entrevista repetidos una y otra vez como si cada reproducción buscara encontrar una explicación distinta.

Los fans analizaban cada detalle: el parecido de Suika, la forma en que Gen había aparecido, la manera en que Senku había cortado la transmisión. Preguntas, hipótesis, asombro… todo mezclado en un ruido interminable.

¿Cómo lo ocultaron tanto tiempo?
¿Desde cuándo?
¿De verdad estaban casados?

Dentro de la casa, los teléfonos no dejaban de sonar.

Agentes. Productores. Contactos de la NASA. Mensajes urgentes, llamadas perdidas, correos que llegaban sin pausa. El mundo exigía respuestas, y lo hacía a gritos.

Pero ahí dentro… el tiempo era distinto.

Gen Asagiri ya no podía sostener el ritmo de todo aquello. El peso del día, del secreto roto, del ruido exterior, se le había acumulado en el pecho hasta volverlo insoportable. Se había quedado en silencio, más callado de lo habitual, más frágil de lo que le gustaba mostrarse.

—Oye —murmuró Senku Ishigami, con una calma que no coincidía con el caos afuera—. No te sobrecargues procesando todo eso.

Gen estaba especialmente mortificado. Su orgullo profesional como mentalista estaba herido de muerte. Él, que podía leer a las personas como libros abiertos, que podía manipular situaciones complejas con facilidad, había sido derrotado por un repartidor amigable y una niña de dos años con un dibujo.

—Mi reputación está arruinada —murmuró mientras se asomaba por las cortinas de la ventana—. ¿Cómo puedo ser un mentalista creíble cuando no pude prever que mi propia hija iba a arruinar nuestro secreto más importante?

Gen no respondió. Solo se dejó caer.

Terminó recostado contra él, la frente apoyada en su pecho, buscando algo estable en medio de tanto ruido. Senku, sin decir nada más, lo sostuvo. Una mano en su espalda, firme, constante, como si marcara un ritmo que Gen pudiera seguir para no perderse.

—Yo me encargo —añadió en voz baja.

No era una promesa grandilocuente. Era algo más simple. Más real.

Gen exhaló.

Y, poco a poco, el agotamiento ganó.

Se quedó dormido ahí, entre sus brazos, como si el mundo pudiera esperar si él cerraba los ojos.

Suika ya lo había hecho antes. La pequeña dormía cerca, ajena a todo, abrazando su dibujo arrugado, con rastros de lágrimas secas en las mejillas. Para ella, el universo seguía siendo un lugar pequeño donde todo terminaba en los brazos correctos.

Afuera, las cámaras seguían apuntando a su casa como si quisieran atravesar las paredes.

Adentro, Senku no se movía.

Sostenía a ambos.

Con una paciencia que no aparecía en ninguna ecuación.

Con la certeza silenciosa de que podía enfrentar al mundo entero… pero primero, tenía que mantener intacto ese pequeño universo que respiraba entre sus brazos.

La noche avanzó, pero Senku Ishigami no durmió.

Con Gen aún recostado contra su pecho y Suika profundamente dormida a su lado, su mente ya no estaba en el caos… sino en la solución. Como siempre. Porque incluso esto —el escándalo, la exposición, el mundo entero mirando— era, en el fondo, un problema que podía resolverse.

El teléfono vibró en su mano, rompiendo el hilo de sus pensamientos. Senku ni siquiera necesitó mirar la pantalla para saber quién era.

—…Viejo.

Hubo un pequeño silencio al otro lado. No incómodo… más bien denso, cargado de algo que no necesitaba palabras.

—Senku —la voz de su padre sonó distinta—. Ya lo vi.

Claro que lo había visto. Todo el mundo lo había hecho.

El recorte de la entrevista se repetía en cada pantalla, en cada canal, en cada rincón digital donde el escándalo se alimenta como fuego en pasto seco.

Senku cerró los ojos un instante, dejando escapar el aire lentamente.

—Lo sé —respondió—. Estoy bien.

No hubo necesidad de más palabras.

Después vinieron otros.

Sus amigos cercanos,Chrome, Kohaku, Ukyo, Ryusui, dejaban mensajes, llamadas, audios de voz que rompían el ruido exterior con algo mucho más importante: estaban de su lado.

Y luego…

Xeno.

La pantalla brilló con ese nombre, y por primera vez en toda la noche, Senku dudó medio segundo antes de responder.

—Vaya forma de hacer un anuncio —fue lo primero que escuchó.

Seco. Directo. Pero no frío.

—No estaba en mis planes —replicó Senku.

Hubo una pausa breve.

—Lo imaginé.

Y entonces, sin rodeos:

—Tienen mi apoyo.

No como colega.
No como otro científico de la NASA.

Sino como algo mucho más personal.

Senku bajó la mirada hacia Gen, que dormía sin saber nada de esa conversación.

—Lo sé —dijo al final—. Gracias.

Cuando colgó, encendió la pantalla del televisor y pudo ver como los noticieros ya estaban en pleno frenesí.

Fragmentos de la entrevista se repetían en bucle: Suika apareciendo, Gen entrando en escena, el momento exacto en que todo se rompía. Los titulares gritaban teorías, los programas de espectáculos armaban historias con una precisión casi insultante.

“La relación secreta del siglo”

“El genio de la NASA y el ilusionista mediático: ¿cuándo empezó todo?”

Las imágenes cambiaban: Fotos de eventos antiguos. Galas de recaudación de fondos. Conferencias.

Y ahí estaban Senku y Gen.

En el mismo espacio.

A veces cerca.
A veces no tanto.
Pero ahora…era imposible de ignorar.

—Míralos —murmuró una voz en la televisión—. Coincidieron en múltiples eventos organizados por la NASA…

Las piezas comenzaban a encajar.

—Además, recientes investigaciones revelan que Gen Asagiri es hijo del reconocido científico Xeno y del militar de alto rango Stanley…

Las conexiones se volvían más claras con cada segundo.

—…y curiosamente, el padre de Senku también trabajó con Xeno en el pasado…

Senku alzó una ceja.

Eso… era información que no cualquiera tenía.

Las imágenes siguieron.

—Y hay más —añadió otro presentador—. Hace dos años, Gen Asagiri anunció un año sabático completo, desapareciendo prácticamente del ojo público…

Silencio breve.

—…el mismo periodo que coincide con la edad aproximada de la niña que vimos hoy.

Senku soltó una risa baja.

No pudo evitarlo.

El movimiento hizo que Gen se removiera ligeramente en su pecho, abriendo los ojos con pesadez.

—¿Qué…? —murmuró, medio dormido.

Senku giró un poco la pantalla para que pudiera ver.

Gen tardó unos segundos en procesarlo.

Luego parpadeó.

Y luego…

Se rió.

Una risa suave, incrédula, todavía cansada.

—No puede ser… —susurró—. ¿En serio…?

—Diez mil millones por ciento preciso —respondió Senku, con una ligera sonrisa.

Gen apoyó la cabeza otra vez contra él, mirando la pantalla como si estuviera viendo una versión dramatizada de su propia vida.

—Nos investigaron mejor de lo que esperaba…

—Mm. Dejamos demasiados datos sueltos.

Su conversación se vio interrumpida por la voz insistente de la conductora que aún llenaba la pantalla, como si el mundo exterior se negara a dejarlos en paz incluso en ese pequeño refugio improvisado.

—…aunque, según nuestros cálculos —decía con seguridad—, la relación entre Senku Ishigami y Gen Asagiri tendría al menos cinco años. Incluso creemos haber identificado un patrón: cada mes de abril, Asagiri desaparece completamente del ojo público. No acepta entrevistas, no realiza presentaciones… lo que nos lleva a teorizar que ese sería el mes de su aniversario.

El silencio que siguió dentro de la habitación fue breve, apenas un latido suspendido en el aire.

Gen alzó lentamente la cabeza desde el pecho de Senku, todavía adormecido, y lo miró. Senku respondió con una ceja apenas arqueada, como si evaluara una hipótesis particularmente cuestionable.

Se sostuvieron la mirada un segundo más.

Y entonces, sin necesidad de palabras, algo encajó entre ellos.

Se rieron.

No fue una risa contenida ni educada, sino una de esas que nacen solas, inevitables, como si la situación entera se hubiera vuelto absurdamente ligera de pronto. Gen fue el primero en rendirse ante ella, dejando caer la frente contra el pecho de Senku mientras intentaba recuperar el aliento.

—¿Cinco años…? —repitió entre risas—. Vaya, nos acaban de recortar la mitad de la historia.

Senku exhaló con diversión, negando apenas con la cabeza.

—Un cálculo mediocre.

—Oye, al menos acertaron el mes —añadió Gen, aún riendo—. Hay que darles algo de crédito.

—Coincidencia estadística —respondió Senku con total naturalidad.

Gen levantó la mirada otra vez, y en sus ojos ya no quedaba rastro del agotamiento de antes, sino esa chispa juguetona que siempre encontraba la forma de volver.

—Deberíamos llamar y corregirlos.

—Claro —replicó Senku, seco—. “Disculpen, en realidad llevamos diez años ocultándolo todo”.

La risa de Gen se suavizó, volviéndose casi un suspiro.

—Diez años… —murmuró.

La cifra quedó flotando entre ellos, densa y luminosa al mismo tiempo. No era solo tiempo. Era todo lo que había vivido dentro de él: las primeras miradas, las discusiones, los silencios incómodos, los momentos en que eligieron quedarse incluso cuando hubiera sido más fácil irse.

No eran cinco años.

No era algo reciente ni improvisado.

Eran diez años de historia tejida en secreto, de amor creciendo fuera del alcance del mundo.

Gen cerró los ojos un instante, dejándose atravesar por ese peso dulce.

—Supongo que eso sí no lo vieron venir… —susurró.

—Nadie lo hizo —respondió Senku.

Y por una vez, su voz no tuvo filo ni orgullo.

Solo verdad.

Afuera, el mundo seguía armando teorías incompletas, reconstruyendo su historia con piezas sueltas. Pero ahí, en ese pequeño espacio compartido, ellos tenían la versión completa.

Y, por ahora, eso era suficiente.



⟡ ⟡ ⟡

 

 

Pasaron unos días antes de que el ruido dejara de ser un golpe constante y se volviera… manejable. No desapareció —nada que se vuelve tendencia mundial lo hace—, pero cambió de forma. Y fue entonces cuando Senku Ishigami y Gen Asagiri tomaron una decisión que, en otro momento, habría parecido impensable.

Aceptar una entrevista.

No para alimentar el escándalo.
Sino para cerrarlo.

El set del programa de espectáculos estaba iluminado con esa calidez artificial que intenta suavizar las verdades incómodas. Esta vez, sin embargo, no había tensión en sus posturas. Gen sonreía con una calma distinta —no ensayada, no calculada—, y Senku, aunque igual de firme, ya no parecía estar a la defensiva.

Simplemente… estaban.

—Supongo que lo mejor es empezar por el inicio —dijo Gen, entrelazando sus dedos con naturalidad sobre su regazo—. Nos conocemos desde niños.

Las miradas del público cambiaron.

—Nuestros padres trabajaban juntos —continuó, haciendo una leve referencia a Xeno y Byakuya Ishigami—. Así que… bueno, crecimos en los mismos espacios.

Senku asintió apenas.

—La relación empezó hace diez años.

El murmullo fue inmediato.

Gen no pudo evitar sonreír con un dejo divertido.

—Sí, diez —repitió, como si corrigiera al mundo entero—. No cinco.

Hubo una risa suave en el estudio.

—Nos casamos hace seis años —añadió Senku, directo, sin adornos.

Y entonces, sin rodeos, llegó la verdad que ya nadie podía ignorar.

—Y tenemos una hija —dijo Gen con una ternura que no ocultó—. Suika. Tiene dos años.

El nombre pareció asentarse con delicadeza en el ambiente, como algo que siempre había estado ahí, esperando ser dicho en voz alta.

—Así que sí —continuó Gen, con un pequeño encogimiento de hombros—, acertaron en algo. Me tomé un año sabático cuando me enteré de que estaba embarazado.

La conductora asintió, fascinada.

—¿Y por qué mantenerlo en secreto tanto tiempo?

Esta vez, Senku respondió primero.

—Porque queríamos.

Simple.

Claro.

—Nuestra vida personal no es parte de nuestro trabajo —añadió, sin dureza, pero con firmeza—. Y así éramos felices.

Gen lo miró de reojo, y algo en su expresión se suavizó aún más.

—Aunque… —intervino con una sonrisa traviesa— ya no tiene mucho sentido esconderlo.

Con un gesto natural, apartó ligeramente el cuello de su ropa.

Y ahí estaba.

La marca.

Visible. Reciente. Inevitable.

El símbolo de un vínculo que antes habían decidido postergar… y que ahora mostraban sin miedo.

El set se llenó de un murmullo contenido.

—No nos habíamos enlazado antes —explicó Gen con calma— porque sabíamos lo que eso implicaba. Preguntas, exposición… cosas que no queríamos en ese momento.

—Ahora ya no importa —añadió Senku.

Y no sonó como resignación.

Sonó como elección.

La entrevista continuó, pero ya no como un interrogatorio, sino como una ventana.

Fueron ellos quienes ofrecieron más.

Fotos.

Momentos.

Imágenes que nunca debieron salir… pero que ahora compartían con una tranquilidad casi desafiante: el día de su boda, sonrisas que no necesitaban esconderse, manos entrelazadas lejos de cámaras. Senku esperando fuera de los shows de Gen, con ramos de rosas, con cajas de chocolates, con esa paciencia silenciosa que siempre había sido su forma de amar.

—Así que no —dijo Gen en un momento, riendo suavemente—. No fueron cinco años.

—Diez —confirmó Senku.

Y esta vez, nadie lo dudó.

Al final, cuando la entrevista llegó a su cierre, Gen habló con una serenidad que no necesitaba adornos.

—Solo… pedimos algo.

El estudio guardó silencio.

—Respeto.

Senku asintió.

—Nada más.

Y, curiosamente, fue suficiente.

En los días que siguieron, el tono cambió.

En Twitter y TikTok, las teorías dieron paso a algo distinto: admiración, sorpresa, emoción. Las fotos que ellos mismos habían compartido comenzaron a circular, a transformarse en ediciones, en videos, en pequeñas piezas de cariño digital que reconstruían su historia desde otra mirada.

Ya no como un escándalo.

Sino como una historia.

Su historia.

Y aunque el mundo seguía mirando… esta vez, no se sentía como una invasión.

Se sentía, extrañamente, como cerrar una puerta con cuidado… y dejar una ventana abierta por decisión propia.



⟡ ⟡ ⟡



—¿Sabes qué? —dijo Gen cuando finalmente pudo respirar, dejando caer su peso contra el pecho de Senku—, esto es… liberador.

No había prisa en su voz. Solo una calma nueva, casi desconocida, como si por primera vez en mucho tiempo no estuviera calculando cada palabra, cada gesto.

—Ya no tenemos que inventar excusas para no ir juntos a los eventos —continuó, cerrando los ojos un instante—. Ya no tenemos que fingir vidas separadas para las fotos… ni esconder nada.

Senku asintió despacio, pasando un brazo alrededor de su omega y acercándolo más, con una naturalidad que antes habría sido impensable frente a cualquier mirada externa.

—La presión constante de mantener el secreto se ha esfumado por completo —respondió, y en su tono había algo ligero, casi satisfecho.

Se quedaron en silencio un momento, observando la pantalla donde el mundo seguía reaccionando a su revelación. Memes, titulares, teorías… todo girando alrededor de algo que, para ellos, siempre había sido tan simple.

Tan suyo.

Suika lo había hecho en minutos.

Lo que ellos no se atrevieron en años.

Gen soltó una risa baja, negando suavemente.

—Nuestro experimento de secreto fue un fracaso rotundo.

—Completamente —confirmó Senku sin dudar.

Pero no había frustración.

Solo una aceptación tranquila.

Y entonces, como si ambos pensaran lo mismo al mismo tiempo, sus miradas se dirigieron hacia las escaleras.

Hacia el silencio suave de la casa.

Hacia donde su hija dormía.

Gen sonrió, esta vez más despacio, más profundo.

—Pero nuestro experimento de ser una familia… —murmuró— ese sí que es un éxito rotundo. Diez mil millones de puntos.

Senku no respondió de inmediato.

Solo lo miró.

Y sonrió.

Una de esas sonrisas suyas, raras, pero absolutamente sinceras.

—Diez mil millones de puntos —repitió, atrayéndolo más cerca.

La televisión siguió hablando en segundo plano, pero ya no importaba.

Nada de eso importaba.

Gen suspiró suavemente, acomodándose mejor contra él, y fue entonces cuando Senku habló otra vez, con una voz más baja, más íntima.

—Siempre me molestó un poco.

Gen alzó una ceja, curioso.

—¿Hm?

Senku desvió la mirada un segundo, como si evaluara si valía la pena decirlo… y luego simplemente lo hizo.

—Cuando en esos programas intentaban emparejarte con otros alfas.

Hubo una pausa breve.

—Especialmente con los famosos.

Gen parpadeó.

Y luego—

Se rió.

No una risa contenida.

Una real.

Brillante.

—¿Estás diciendo que estabas celoso? —preguntó, con una sonrisa que rozaba lo travieso.

Senku bufó suavemente.

—Era una reacción lógica ante una situación irritante.

—Claro —respondió Gen, apoyando el mentón en su hombro—. Totalmente lógico. 

Senku no lo negó.

Y eso… lo dijo todo.

Gen soltó otra risa más suave, más cálida, y entrelazó sus dedos con los de él.

—Menos mal que alguien decidió acabar con ese circo.

Ambos miraron de nuevo hacia las escaleras.

—Gracias, Suika —murmuró Gen, con una ternura que le desarmaba la voz—. Nos liberaste.

Senku asintió apenas.

—El experimento más eficiente de todos.

El silencio que siguió ya no tenía peso.

Era un silencio lleno.

De esos que no necesitan llenarse con palabras.

Poco a poco, la noche se fue acomodando alrededor de ellos. La luz tenue, el murmullo lejano de la televisión, el calor compartido… todo encontró su lugar sin esfuerzo.

Gen se deslizó un poco más en el sofá, apoyando la cabeza sobre el pecho de Senku, mientras una de sus manos descansaba, casi por instinto, sobre su vientre.

Senku, sin pensarlo, acomodó una manta sobre ambos.

Su otra mano se quedó ahí.

Sobre la de Gen.

Sobre la vida que crecía.

Sin prisa.

Sin ruido.

Como si ese simple gesto fuera suficiente para sostenerlo todo.

—¿Sabes? —murmuró Gen, con los ojos ya medio cerrados—. Creo que, por primera vez… puedo respirar de verdad.

Senku no respondió con palabras.

Solo inclinó levemente la cabeza, apoyándola contra la de él.

Y se quedó.

Así.

Con Gen entre sus brazos.

Con su hija durmiendo arriba.

Con el futuro, por primera vez, sin esconderse.

Se quedaron dormidos en el sofá sin darse cuenta, envueltos en esa calma doméstica que no necesitaba nada más para ser perfecta.

La televisión siguió encendida, murmurando historias ajenas.

La casa respiraba en silencio.

Y en medio de todo eso… ellos tres ya eran una familia.



 

 

 

Notes:

Ok, esto fue demasiado bueno como para no escribirlo 😭 Estaba scrolleando en TikTok y me salió un video de una entrevista en vivo donde TODO se salió de control: entra un niño, luego la pareja corriendo detrás, caos total… y yo solo me quedé mirando como “esto es literalmente ellos”.

Así que sí, lo vi y dije: necesito mi versión SenGen ahora mismo. Porque díganme si no es exactamente el tipo de desastre que les pasaría 😭✨