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Capítulo I El sello de la promesa
Todo comenzó con un encuentro desafortunado entre los restos del metal sagrado de las armaduras.
Lune de Balrog se materializó en la penumbra como un monstruo que solo emerge bajo la luz mortecina de la noche más tenebrosa. Su figura alta, cubierta por un abrigo color perla y enguantada como si tocar cualquier cosa viva le causara repugnancia, resaltaba entre las paredes rocosas de la cueva. Entró con un paso lento que captó de inmediato la atención del niño que ya estaba ahí. Buscaba un compañero con quien compartir su conocimiento y lo halló en el lugar menos esperado: bajo el manto protector de Atenea, la rival por excelencia de su señor, Hades. Los puntos en la frente y el cabello pajizo del pequeño le robaron una sonrisa casi imperceptible a su siempre estoica expresión. Era perfecto: una página en blanco dotada de una belleza devastadora que merecía ser escrita por su propia mano. Quiso romperlo y adorarlo al mismo tiempo.
—Eres igual a mí —aseguró Lune con la voz derretida, como terciopelo quemado al ras de una hoguera.
La criatura de exquisitos rasgos arrugó el entrecejo; el pánico reflejado en sus ojos avivó la llama que había surgido en el pecho del espectro como un segundo corazón. El intercambio de palabras, aunque breve, tenía la cadencia de una melodía tétrica que Lune deseaba bailar al mismo tiempo que le abría las entrañas a tan divino ser.
Lo tentó con la promesa de la inmortalidad y el saber inconmensurable; pero, justo cuando creyó tenerlo a su merced, listo para ser devorado, sus destinos volvieron a separarse, quedando a milímetros de la consumación eterna.
Aquellas reliquias moribundas emitieron un grito agudo que incluso él pudo percibir. La expresión del niño era la de alguien que ha visto los secretos de aquel a quien más admira: fragmentos de algo que en otras circunstancias no le sería revelado.
—Necesito pensarlo un poco más —le dijo con su vocecita cargada de inocencia rota. De un pecador que conocía su crimen y aceptaba su inminente castigo.
El desdén no fue lo que transformó el rostro de porcelana de Lune en una máscara de furia, sino la indecisión. En ese titubeo, el espectro leyó la humillación de su propio rechazo: él, un vigilante de la eternidad, guardián del conocimiento de la humanidad entera, le había tendido la mano a un mortal y este se atrevía a dudar.
Sin previo aviso, el aire de la cueva se rasgó con un chasquido seco. El látigo de Balrog cobró vida propia y abrió un surco violento sobre la carne tierna del cuello de Shion.
La tibieza de la sangre salpicó el abrigo perla de Lune, pero él no retrocedió con asco. Al contrario, sus ojos se dilataron al ver el contraste del rojo sobre la piel pálida del niño. Shion no gritó; simplemente se dobló sobre sí mismo, cerrando los ojos con una resignación tan absoluta que pareció aceptar el golpe como pago por su pecado. En ese instante, el velo entre la vida y la muerte no solo se agitó, sino que se enredó entre ambos. Lune lo vio allí, vulnerable y sangrante, y supo que si no lograba reclamarlo en vida, devoraría su alma para saciar el hambre que no gruñía en su estómago, sino en otra parte de su cuerpo, en cuanto pusiera un pie en el tribunal de los muertos. Se detuvo en la boca de la cueva. Le dedicó una última mirada cargada de un deseo que sería insano para cualquier ser humano; pero para él, cuya alma se había acostumbrado a vivir sin el calor del sol, resultaba tan natural como enviar a las almas a un abismo de tormentos eternos.
Pero el ansiado encuentro no ocurrió como esperaba. Lune permaneció rodeado de sus interminables libros y el conocimiento que le había ofrecido al niño, sintiendo que ninguna historia escrita ahí era capaz de llenar el hueco que sentía en su pecho cada vez que pensaba en él. La espera por esa alma se le estaba haciendo eterna. Necesitaba saciar su deseo de quemarse en esa hoguera que tenía nombre propio. Cerró el tomo que contenía la vida del infeliz que sería juzgado ese día.
¿Cuánto tiempo más tendría que aguardar rodeado del hedor de los muertos esperando que el encantador aroma a sándalo que olió en esa cueva impregnara su vida por completo?
Shion. Shion. Su inocente y dulce Shion.
Debió traerlo a rastras cuando tuvo la oportunidad. Pero, ¿no era su filosofía de vida cultivar la paciencia como una virtud? Después de todo, en los terrenos del señor Hades el tiempo perdía sentido y la única medida que importaría cuando por fin lo tuviera entre sus brazos sería la eternidad.
Sonrió en la oscuridad del pasillo, alisando su túnica antes de revelar su presencia en el tribunal, que requería su completa atención mientras su líder, Minos, estuviera ausente. Dictó sentencia, castigó pecados e impartió la justicia de Hades —bruta y cruel— con el rostro impasible que ocultaba una obsesión cada vez más fuerte.
…
Pero la espera no estaba peleada con la observación. Por el contrario, si quería hacerlo suyo, aunque demorara un siglo o dos, tendría que comenzar a abonar la pequeña semilla oscura que había caído en la tierra fértil que era Shion. Relamiéndose los labios, lo vio evolucionar bajo la tutela de Hakurei, confirmando que era una flor que debía ser arrancada para ser trasplantada en mejores tierras. Athena no merecía tener entre sus filas semejante tesoro. Lune lo robaría para su señor y se ofrecería a ser el carcelero. Era una oportunidad única de humillar a la diosa de la guerra justa de una manera que ni descuartizando a sus ochenta y ocho santos podría experimentar.
Aunque era un hombre sumamente ocupado, Lune se tomó el tiempo para observar a Shion durante cada uno de los setecientos treinta días que estuvieron separados, con las ansias de un depredador acechando a su presa y la paciencia de un río que conoce su fuerza, capaz de erosionar hasta la roca más firme.
Una noche sin luna decidió que era momento de hacerle una visita para recordarle a quién pertenecía, por si había hecho el intento de olvidarlo. La quietud de las habitaciones de Shion en Jamir fue profanada por la sombra de Lune que se materializó entre las paredes como una presencia gélida que hizo vacilar las velas hasta extinguirlas, como si el fuego mismo se negara a ser testigo de su encuentro. Pasos silenciosos avanzaron hasta el borde del lecho donde el muchacho dormía con el ceño fruncido, atormentado por pesadillas que Lune sabía que provenían del propio Hypnos: una estrategia para enturbiarle el camino hacia la santidad después de que le expusiera su plan.
El sudor perlaba su frente y las sábanas yacían a sus pies, un revoltijo de tela que revelaba una figura que, aunque frágil en apariencia, ya emanaba la fuerza de los devotos de Atenea. El colchón crujió bajo el peso del espectro: un chillido agudo que anticipaba el grito desesperado que todavía no escapaba de la garganta de su dueño.
Lune se inclinó sobre él y delineó sus facciones: los pómulos redondeados —vestigio de su juventud— y la nariz pequeña, hasta detenerse en los labios entreabiertos, del color de un fruto maduro listo para ser cosechado. Bebió de ellos como un moribundo que halla el elixir de la vida. Sus manos hábiles se deslizaron bajo la túnica, explorando el lienzo que ansiaba marcar; recorrieron el sinuoso camino más allá de donde el vientre adquiere otro nombre. Palpó la carne que despertó gustosa entre sus dedos, derramando su preciado líquido como lágrimas que Lune saboreó. Atrapado en la red del sueño, Shion ahogó un gemido contra la boca del espectro: el único sonido que Lune consideraba digno de romper su preciado silencio. Depositó suaves toques en sus brazos, besos pálidos como el aleteo de las mariposas infernales.
Sus gemas congeladas lo escrutaron como a una crónica antigua cuando los ojos de Shion, del color de una almendra tostada a fuego lento, se abrieron de golpe. El nudo de la túnica cedió y la piel de alabastro emergió de la tela como un pergamino que revela un secreto prohibido. El cabello largo de Lune rozó la piel desnuda del pecho cuando se inclinó para marcarle el cuello. Sus manos eran como escarcha que, en vez de congelar, despertaba un incendio bajo la piel del muchacho.
En una rebelión silenciosa y pecaminosa contra todo lo que sabía le habían enseñado, Lune lo sintió arquearse levemente hacia el toque demente que le propiciaba. Sonrió complacido.
—Ven conmigo —susurró Lune, dibujando círculos en la piel de sus caderas—. Te lo pediré hasta el cansancio, hasta que aceptes que ya eres mío, querido Shion; aunque tu mente luche, tu cuerpo ya me reconoce. Naciste para mí.
—No —respondió Shion, relamiéndose los labios, con la mirada nublada como si creyera que seguía perdido en un sueño.
—Ven…
La puerta se abrió con violencia. El cosmo violento de Hakurei irrumpió en la estancia y su figura curtida por la guerra se impuso bajo el umbral luminoso de la puerta. Sus manos temblaban y parecía estarse conteniendo de lanzar su ataque más feroz a sabiendas de que, si lo hacía, destrozaría a su pupilo también. Lune lo retó con una sonrisa cínica de victoria antes de evaporarse como humo entre las sombras. Su audacia de esa noche le había confirmado lo que más quería: que el hilo del destino de su amado ya no era de seda pura; entre sus hebras se entrelazaba ahora el brillo violáceo de la perdición.
…
Para Shion, los días y las noches se volvieron una tortura. Se despertaba con la sensación de una lengua fría recorriendo el lóbulo de su oreja o el peso de un cuerpo invisible aprisionándolo contra el colchón. Recordaba perfectamente aquella visita en la que el deseo afloró por primera vez en su anatomía. ¿Qué habría pasado si su maestro hubiera retrasado un segundo su entrada? ¿La negativa que le dio al ser de sombras seguiría firme?
—No quiero. No quiero. No quiero —pronunciaba bajo las sábanas antes de dormir. Quería que ese maldito espectro escuchara su respuesta una y otra vez.
Se dormía por puro cansancio. Sus sueños ya no eran un refugio, sino un vaivén de experiencias que parecían tan reales que, al despertar, lo primero que hacía era buscar el rastro de una presencia ajena entre sus muslos. Pero no encontraba nada; y con el pasar de los días, ya no sabía si aquello lo aliviaba o le provocaba una profunda decepción.
En una ocasión, al encender una vela tras una pesadilla, encontró una pluma negra —del mismo tipo que usaría un juez para escribir sentencias— descansando sobre su almohada, justo donde su cuello había estado apoyado segundos antes. El mensaje era claro: su vida ya no le pertenecía. La torre de Jamir, protegida por el cosmo de su maestro y sus antepasados, había sido violentada salvajemente. Y él sería la próxima víctima si bajaba la guardia.
Yuzuriha le preguntó, en la quietud de una cena en la que su mentor no estaba presente, el motivo por el cual su energía parecía haberse apagado. Shion guardó silencio. Deseaba evitar que la dolorosa sensación de sentirse insuficiente, de ser un débil, lo asfixiara. Si no podía ser un digno guardián de la armadura dorada de Aries, al menos no revelaría que su orgullo como guerrero se filtraba por las grietas de su voluntad en forma de gemidos, provocados por un cuerpo alto y ancho que se mecía contra él en una fantasía que engullía su santidad antes del amanecer.
Incluso en los entrenamientos con Hakurei, la presencia fantasmal lo perturbaba. Mientras su maestro le hablaba del honor y del sacrificio que implicaba ser leal a Atenea, Shion vislumbraba a Lune de pie en el horizonte, allí donde el sol se escondía tras las montañas de Jamir, inmutable, observándolo. Saboreándolo.
Hakurei lo devolvía a la realidad con un ataque sorpresa para espabilarle los sentidos, como si supiera que su discípulo había sido marcado.
—Si pretendes ser un santo, Shion, debes elegir el camino correcto por ti mismo. De lo contrario, ni la diosa Atenea tendría el poder para salvarte —le dijo el anciano, acompañando su consejo con una palmada cariñosa con la que pretendía demostrarle que confiaba en él; que el asedio solo era una prueba que, estaba seguro, lo haría emerger como alguien más poderoso. Maduro.
Shion comenzó a sentir que el aire mismo tenía ojos. En los mercados, cuando salía a comprar víveres entre el bullicio de los aldeanos y el olor a pan fresco, percibía de pronto un descenso brusco de la temperatura. Una ráfaga de viento gélido le erizaba el vello de la nuca; su cicatriz palpitaba y, al girarse, creía ver entre la multitud la túnica oscura y la palidez cadavérica de aquel que lo llamaba suyo en sueños. No había nadie. Yuzuriha rodaba los ojos ante su piel descolorida y ambos continuaban su camino, pero cada vez Shion sentía más ansias de girar la cabeza para comprobar, una vez más, que Lune no estaba detrás de él. Y se sentía tan desesperado que desconocía cuál sería su reacción al verlo aparecer: huir despavorido o entregarse a él si con eso paraba de torturarlo.
A cuentagotas su voluntad comenzó a mostrar pequeñas fisuras, visibles en el mundo de los vivos solo para los ojos agudos de su maestro.
—Necesitas meditar, Shion —le dijo Hakurei con un tono paternal de genuina preocupación. Comenzaba a sentir que, si no intervenía, la oscuridad arrastraría a su muchacho a un foso repleto de bestias hambrientas del que no podría escapar—. Para ser digno de portar una armadura, debes eliminar por completo cualquier semilla podrida que luche por germinar en tu corazón. Y si alguna ya echó raíces, arráncala cuando todavía es una planta joven; porque, cuando sea un árbol que dé sus frutos, te será imposible volver atrás.
Hakurei lo dijo con la sinceridad de un guía, de un padre desesperado por abrirle los ojos a un hijo cuyo semblante se había empañado por la sombra de la duda. Pero en Shion, la advertencia no trajo consuelo, sino una punzada de resentimiento. ¿Cómo podía hablarle de «semillas podridas» después de tantos años de entrega?
Se esforzaba tanto por ser el discípulo perfecto, por alcanzar la vara altísima que su maestro le imponía, que cada palabra de cautela de Hakurei sonaba en sus oídos como una sentencia de fracaso. Si su maestro ya veía la mancha en él, ¿qué sentido tenía seguir luchando? La semilla no solo había echado raíces; se alimentaba del propio sentimiento de insuficiencia que Shion cargaba como una armadura de plomo.
Presa de un arrebato, corrió hacia la quietud del páramo más lejano al hogar de su maestro, llorando de impotencia por la dureza de sus palabras. ¿Por qué no era capaz de confiar en él? ¿Tan mal alumno había sido? Ya le había demostrado su lealtad al rechazar a Lune a costa de su vida; la cicatriz que ardía al rojo vivo cada noche sin luna era la prueba. Se sentía acechado, sí; pero, aunque su mente se estuviera resquebrajando poco a poco, se aferraba a la idea de que superaría con honor la prueba cuando se le presentara. Pero si su maestro no lo consideraba lo suficientemente valiente para esquivar la tentación otra vez… ¿valía la pena seguir esforzándose?
¿Qué más necesitaba para complacerlo? ¿Para demostrarle que su lealtad a Atenea era tan fuerte como la suya?
En su andar tumultuoso, tropezó con una roca; sus rodillas amortiguaron la caída y las lágrimas empaparon el terroso y seco suelo que estrujó entre sus manos. Estaba enfermo de todo, de todos. Se limpió la cara con determinación furiosa. Bien: si su maestro lo consideraba indigno de ser el santo de Aries de aquella era, le daría el gusto. Huiría de allí arrastrando el manto de la deshonra; Yuzuriha, o cualquier otro, ocuparía su lugar y Hakurei, a quien amaba como si lo hubiera engendrado, sería feliz de haber legado sus conocimientos a un discípulo que sí valiera la pena.
Vagó sin rumbo con las rodillas en carne viva, alejándose cada vez más de la protección de Jamir. Sus manos, incrustadas de piedras, escocían. En el borde del desfiladero, vislumbró una figura mortecina que se alzaba imponente, brillando con un resplandor semejante a la piedra recién pulida. Detuvo sus pasos; su respiración se volvió más lenta, como si pretendiera que el encuentro durara el mayor tiempo posible antes de huir.
Sus piernas temblaban, pero no de miedo; era excitación reprimida y un deseo oculto por develar el misterio de ese hombre que se había ensañado con su cordura. ¿Por qué lo buscaba con tanta insistencia? No recordaba que en los registros antiguos que había leído se contara que los subordinados del averno usaran tácticas así. Eran fríos, despiadados, orgullosos guerreros capaces de despedazar a sus enemigos sin pestañar; en cambio este hombre de tez pálida y cabellos de plata, que lo desnudaba con la mirada, distaba mucho de lo que su imaginación concebía como un espectro. Era como un amante desesperado a quien le habían arrebatado el objeto de su afecto. Y el destinatario de su locura… ¿era él? ¿Un chiquillo que después de años de entrenamiento todavía no merecía la armadura de Aries?
Shion dio un paso al frente, tragándose el miedo que bombeaba su corazón. No. No podía ser cierto. La única razón por la que ese ser lo atormentaba era porque quería destruirlo por ser un aspirante a santo: una amenaza en construcción para la próxima guerra santa que, según su maestro, les respiraba en la nuca. Era imposible que hubiera algo más. Principalmente que él albergara el deseo de verse reflejado en esos ojos de luna otra vez.
Por eso se plantó con el orgullo de un guerrero dispuesto a enfrentar a un enemigo legendario. Moriría, sí; la diferencia de poder entre ambos era brutal, podía sentirla crepitar en el aire y, sin una armadura que lo protegiera, el tal Lune lo haría pedazos. Esperó a que el enemigo soltara el primer zarpazo; sin embargo, cuando el espectro se desvaneció en un parpadeo y se materializó a milímetros de él, violando su espacio personal, lejos de toparse con la hostilidad fría que imaginó, se derritió entre unos brazos que lo sostuvieron con la delicadeza de quien amasa oro entre sus dedos.
—Por fin te tengo —susurró Lune sobre sus labios agrietados por el frío.
—¿Me tienes? —Shion parpadeó lánguidamente. Temía que, si sus ojos se encontraban, se entregaría definitivamente a la oscuridad que prometían esas manos, las cuales ya tiraban de las cuerdas que, a modo de vestidura, lo mantenían anclado a la realidad.
—No sabes cuánto te he querido, Shion. Desde que te vi en aquella cueva hace exactamente novecientos setenta días. —Con su boca sabor a sal, con sus palabras empalagosas como la miel y pesadas como alquitrán, lo ahogó en un mar de besos y caricias que Shion no tuvo fuerzas para rechazar, hambriento como estaba de aceptación sin condiciones.
—¿Para qué me quieres? —preguntó con voz temblorosa y los labios hinchados.
—¿De verdad todavía no lo sabes, mi bien?
Shion no respondió. Estaba ocupado manteniendo el equilibrio, aferrado al cuello de Lune para no caer. El espectro comenzó a besarlo con una intensidad devoradora que adormecía cualquier intento de huir; sus manos enguantadas lo recorrieron sobre la tela de su túnica, delineando sus formas con una avidez que hacía que el tejido quemara como si no existiera. Shion se arqueó, buscando el contacto, gimiendo contra los labios del enemigo. Sus rodillas cedieron y su cuerpo se volvió agua y fuego, entregándose con una sumisión animal que lo avergonzaba y excitaba a partes iguales.
Fue entonces cuando Lune se detuvo. Shion observó cómo, con una lentitud tortuosa, comenzó a despojarse de sus guantes. Hipnotizado por el terror y una fascinación que le subía por el bajo vientre, vio la piel de alabastro de Lune —tan pálida y fría como la muerte misma— emerger de la protección del cuero negro, revelando unas manos de dedos afilados cuya palma era lo suficientemente grande como para cubrir casi por completo su pecho. Para arrancarle el corazón de un tajo.
Lune lo recostó allí mismo e inmovilizó sus muñecas sobre su cabeza; la tierra seca y las piedras que daban fe de su caída escocían su espalda, protegida apenas por la débil tela de su ropa desajustada que exhibía sus clavículas y hombros. Bajo la gélida y desolada planicie, con las estrellas como testigos, Shion sepultó su pudor bajo un cementerio de huesos. Se abrió para él, suplicando en silencio una invasión que terminara con el tormento de la incertidumbre: quería que lo partiera en dos para no tener que cargar más con el peso de la traición que lo estaba matando.
Sus manos, pequeñas y callosas por su vida como aprendiz de un santo, delinearon el rostro de Lune con la devoción de un artista que ha encontrado a su musa. Se dejó desnudar por la mirada hambrienta del hombre que no había dejado de atormentarlo desde su primer encuentro en la cueva.
Lune lo recorrió con fragilidad, deteniéndose en la estrechez de sus caderas que aún no conocían el peso de un hombre. Lo besó. Fue un beso largo, que le transmitió a Shion el deseo contado en segundos que se volvieron días y, después, años. Sus lenguas se entrelazaron en una danza de poder donde él era como un pájaro aprisionado en las manos de un gigante. Se sentía como una hoja de papel frente a un viento impetuoso capaz de derribar montañas. La diferencia de envergadura era obscena; Lune, alto como un roble, se cernía sobre su cuerpo, que parecía diminuto en comparación, proyectando una sombra que engullía la poca luz que las estrellas permitían. Los besos de Lune descendieron por su mandíbula hasta su cuello, dejando marcas de succión que arderían durante días, mientras sus manos seguían explorando el relieve de su cuerpo sobre la ropa, amasando su piel con una delicadeza que era, en sí misma, una forma de tortura.
—Tómame... —el ruego fue un suspiro húmedo contra el cuello de Lune—. Rompe lo que queda de mí, pero no me dejes así... no me dejes otra vez. Llévame contigo.
Shion sentía que sus costillas eran varillas de cristal a punto de romperse por la presión de aquel peso desconocido. Lune se irguió y se posicionó entre sus piernas, presionando su masculinidad madura y endurecida contra la delicada zona. La barrera de algodón era lo único que los separaba: una tela delgada que pronto se volvió un conductor de calor y desesperación.
—¿Lo sientes, Shion? —gruñó Lune, enterrando el rostro en el hueco de su cuello, donde su pulso galopaba desbocado. Raspó la piel con los dientes, como si quisiera encajarlos al mismo tiempo que se empujaba contra él, pero sin invadirlo todavía.
Lune comenzó un movimiento rítmico y potente, embistiendo contra el cuerpo más pequeño con una cadencia que no buscaba la marca física, sino la del alma. El roce de los cuerpos a través de la tela generó una fricción abrasadora que hizo que Shion soltara un gemido desgarrado, arqueando la pelvis instintivamente, buscando desesperadamente el alivio que no llegaba.
Cerró los ojos, sus manos arañando la tierra de Jamir mientras sentía la fuerza bruta del espectro aplastándolo.
—Por favor… hazlo ya —suplicó Shion; con la cara manchada de lágrimas y los dedos enterrados en el suelo, se entregó al ritmo devastador. Sus caderas se movían por instinto, tentando a Lune a consumar la invasión, celebrando anticipadamente el dolor que se transformaría en un éxtasis eléctrico.
El silencio sagrado que tanto amaba Lune fue profanado por el sonido más hermoso que jamás hubiera registrado: el grito de Shion. Fue un gemido desgarrador, agudo y pleno, que resonó en el desfiladero como el eco de una vasija rota. Un cántico de liberación. Shion invocó su nombre entre jadeos rotos, aferrándose a sus hombros anchos, su propia esencia liberada por la fricción igual que aquella noche en que el gusto por lo prohibido lo sedujo. Si sintió que hasta sus huesos se derretían con estos toques superficiales, ¿cómo sería cuando Lune se deslizara en él? Cuando sus entrañas se abrieran para recibir la dureza que todavía palpitaba contra su vientre.
—No —susurró Lune contra su oído, su voz vibrando como un órgano antiguo. Reanudó el vaivén de sus caderas con una urgencia que delataba su propia excitación—. Eres apenas un capullo, mi tesoro. Si te tomo hoy, mi intensidad te destrozará el cuerpo antes de que tu alma pueda saborearme como es debido. Y yo te quiero entero en mi cama, Shion, no roto.
Shion sollozó, un sonido de pura frustración y culpa. Se sentía sucio por anhelar a esta bestia —un enemigo—, pequeño por no poder forzar el encuentro y desesperado por la promesa que le había hecho. ¿La cumpliría o solo eran palabras para endulzar el momento? Sentía que después de esta intimidad, si no lo hacía, se volvería loco.
—Te romperé cuando seas un hombre —continuó Lune, presionando su virilidad contra él, permitiéndole sentir una vez más, a través de las telas, la magnitud de lo que le estaba prometiendo—. Cuando tu cuerpo esté bañado en oro y tu voluntad sea mía por elección, no por miedo. Hasta entonces, futuro santo de Aries, vas a vivir con esta hambre. Vas a buscarme en cada sombra y en cada hombre que te posea, en cada mujer a la que tomes. Y no me vas a encontrar. Llorarás mi nombre en la soledad de tu cama, añorando algo que todavía no has probado y que solo te daré cuanto estés a punto de romperte.
El deseo de Lune, alimentado por la promesa, estalló con una violencia que hizo temblar el cuerpo de Shion. Sintió la descarga: una humedad caliente y pesada que se filtraba a través de su túnica, empapando la tela contra su piel en cuestión de segundos. El semen lo manchó; lo marcó para siempre. Selló el deseo en forma de maldición.
Ya no había vuelta atrás. Shion le pertenecía al hombre que le había robado la inocencia en esas tierras gélidas. No importaba que su cuerpo continuara siendo virgen, que no lo hubiera recibido como era debido; su alma ya había sido usada por él. Tenía su nombre grabado con la tinta de la traición.
Shion disfrutó del tiempo que Lune descansó sobre su pecho, jadeando, asimilando la quietud temblorosa de su propia descarga; se sentía un prisionero en una cárcel de carne. Luego, con una parsimonia cruel, Lune se incorporó y observó el líquido blanquecino que ahora ensuciaba la ropa de aprendiz.
—Conserva eso como el primer sello de nuestro pacto —susurró Lune con la voz ronca, excitada por el olor a almizcle que emanaba de ambos. Recogió con la yema de los dedos el rastro que quedaba en su propio cuerpo y pintó con él los labios de Shion.
Shion se pasó la lengua, saboreando el acre regusto como si fueran gotas del vino más fino.
—Ah, Shion. Cómo anhelo hacerte mío ahora mismo, reclamarte como es debido —admitió el espectro con un tono cargado de una promesa letal que avivó la excitación de Shion.
—Haz lo que quieras conmigo. Soy tuyo —jadeó Shion con las mejillas sonrosadas por imaginar la plenitud de Lune en su interior.
—Tentador —respondió sobre sus labios—. Sin embargo, la paciencia, luz de mi vida, siempre entrega jugosos frutos que saben más dulces que la impulsividad.
Se besaron una y otra y otra vez hasta que de la boca de Shion brotó sangre. Entre espasmos y susurros rotos, le reveló su secreto, ese que su maestro le había advertido que guardara en el cofre de su corazón porque revelarlo le acarrearía desgracias:
—Mi cuerpo es una anomalía entre los hombres, pero común entre mi gente. Mi estirpe... nosotros podemos albergar vida. Puedo darte un hijo... en unos años tu semilla puede germinar en mi vientre si así lo deseas.
Shion guardó silencio esperando el veredicto. Su maestro le había llenado la cabeza de advertencias sobre lo peligroso que resultaría que alguien extraño lo supiera. Que habían muerto muchos de los suyos por considerarlos malditos, seres anómalos que no deberían existir. Incluso entre las filas del ejército de Atenea era un tema tabú que se olvidaba entre los deberes y la sangre derramada durante las batallas; porque los santos no dejaban de ser hombres, y los hombres siempre le temen a lo que no logran comprender. Sollozó anticipando el rechazo hasta que sintió una mano fría acariciando su vientre no con asco, sino con expectativa.
La sonrisa perlada que recibió como pago por su secreto terminó de desarmarlo. Se rindió ante él, le permitió tomarlo de múltiples maneras, contorsionar su cuerpo desnudo a su antojo para saciarle el hambre, pese a que ni con las caricias más profundas logró apaciguar su propia necesidad. Lo quería por completo, no a medias, no como un niño al que no le era permitido amar.
—Quiero darte descendencia, bajar contigo al abismo… —sollozó, roto de placer—. Si nací para ti, ¿por qué mi deber me ata a la superficie?
—No te angusties, amor mío —Lune lamió el llanto de Shion por la pérdida de su inocencia del alma—. Pelea por tu diosa, yo haré lo mismo por mi señor; pero, cuando el momento llegue, toma mi mano y no mires atrás. Desapareceremos juntos o emergeremos victoriosos, solo las moiras lo saben.
—¿Lo prometes? —Shion soltó un último susurro, un murmullo que selló su destino mientras el rastro de sus encuentros, inequívocamente, goteaba entre sus muslos.
—Te lo juro —selló la promesa con un beso cuya intensidad ofendería a la mismísima Afrodita.
Se vistieron mutuamente, arropándose entre roces de pieles que se habían acostumbrado al calor del otro y besos que revelaban una complicidad surgida en unas horas pero que aparentaba ser de siglos. Una última mirada silenciosa bastó como despedida momentánea. Cada uno tomó su camino.
Shion caminó de regreso a la torre con las piernas temblorosas y la túnica pegada al cuerpo, sintiendo cómo el fluido del espectro se endurecía, convirtiéndose en una costra de culpa que ningún baño lograría borrar de su memoria.
Al pie de la torre la culpa lo azotó con púas que le desgarraron la carne. Salió de ahí como un hijo amado, había vuelto como un ladrón que se escabullía para no ser visto. Pasó frente a la puerta del cuarto de su maestro, la luz escapaba debajo de la puerta. Sintió el asco de su pecado reptarle por el cuerpo. Corrió a su habitación y cerró la puerta, dejándose caer contra ella.
—¿Qué hice? ¿Qué hice? —Se deshizo de sus vestidos y se miró en el espejo. Era como un libro que alguien había marcado con tinta imborrable. El horror se atoró en su garganta. Vomitó adentro de un cesto cuando sintió que su cuerpo desprendía un aroma que nunca había sentido antes: a hombre. A posesión.
Deseó ahogarse en el río, pero ir hasta ahí, aunque fuera teletransportándose levantaría más sospechas. Se conformó con limpiar su cuerpo con una toalla empapada en el agua fresca que siempre tenía como reserva en un cuenco; talló la piel hasta exponer la carne, mas no pudo alcanzar la podredumbre de su alma. Se perfumó con mirra y cepilló su cabello. La sensación de los dedos de Lune tirando de las hebras rubias, mientras le susurraba todo lo que planeaba hacerle en el futuro, lo asaltó. Soltó el peine de nácar y se pasó la mano por el rostro lloroso. Con los labios temblando enredó sus vendajes alrededor de las marcas que la pasión desenfrenada dejó en él. Serían su escudo hasta que el recordatorio de su pecado se desvaneciera. Enrolló sus ropas sucias en una manta vieja y la metió adentro de la misma cesta que contenía su vómito. Quemaría todo mañana a primera hora, argumentando que se sintió mal durante la noche y ensució algunas de sus cosas.
A la mañana siguiente, después de apagar la hoguera, su maestro le dedicó una mirada larga durante el desayuno, pero no dijo nada; lo vio apretar los labios y ceñirse el cinto antes de remarcarle, otra vez, que no estaba listo para reclamar la armadura dorada de Aries.
Shion asintió, sabiendo que él tenía razón. Las acusaciones ya no eran infundadas, cargaba con la traición a cuestas. Quería huir, desertar de su misión, pero la mano de su maestro lo detuvo. Los ojos cristalinos de Hakurei le transmitieron un mensaje que parecía provenir de la mismísima Atenea: «Todo estará bien, Shion».
Se echó a llorar sobre el pecho de su padre de crianza. Jurando que estaba arrepentido, que lo sentía en el alma. Yuzuriha se quedó de pieda, con la comida a medio masticar en la boca, ajena al motivo del llanto doloroso que también le punzaba el corazón. Hakurei lo abrazó como nunca lo había hecho y le dijo que, aunque todavía le faltaba camino por recorrer, estaba seguro de que a su tiempo sería uno de los santos de Aries más brillantes y valientes de todos los tiempos.
Shion le creyó. Pidió perdón a su diosa por haberle fallado, a su padre por no comprender su amor. Y a Lune porque ya no le interesaba su promesa.
Al poco tiempo, después de un explosivo enfrentamiento contra su mentor, la armadura de Aries brillaba imponente cubriendo su cuerpo. El ropaje de oro resonó en la misma frecuencia que su alma; la armadura estaba satisfecha por haber encontrado finalmente a un portador que comprendía el lenguaje de los restos sagrados, pero vibraba con una cautela silenciosa, temerosa de no ser capaz de extinguir el incendio que consumía el corazón de su nuevo dueño.
Años después, con la guerra a punto de estallar, Shion vestía su armadura con la dignidad de un guerrero preparado para la ofrenda máxima. Ante sus compañeros de orden, se mostraba sereno, casi etéreo en su aparente inocencia. Pero tras el frío resplandor del oro que revestía su cuerpo, se escondía una verdad que el tiempo no había logrado marchitar: una podredumbre silenciosa que recordaba, con cada latido, que su alma ya tenía un dueño en el Inframundo.
