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CASO MORNINGSTAR INC. -INFORMACIÓN CLASIFICADA

Summary:

Liberar al mundo de la mayor cantidad de desgraciados posible. Esa fue la razón por la cual Alastor comenzó en este trabajo, bueno esa y la necesidad visceral de encontrar un sentido a su vida tras la muerte de su madre. Y lo ha estado haciendo muy bien, gracias. Pero un nuevo caso puede acabar con su salud mental mucho mas rapidamente que cualquier tortura que se haya imaginado, porque Lucifer no deja de descolocarle, Charlie no deja de abazarle y Vox no deja de joderle.

Donde Alastor es un policía infiltrado, Lucifer no es el objetivo que le habían dicho que era y todo se jode sin que pueda controlarlo.

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To free the world from as many scumbags as possible. That was the reason Alastor started this job, well that and the visceral need to find meaning in his life after his mother's death. And he has been doing very well, thanks. But a new case could destroy his mental health much faster than any torture he could ever imagine, because Lucifer never stops messing with him, Charlie never stops hugging him, and Vox never stops screwing him over.

Where Alastor is an undercover cop, Lucifer is not the target he was told he was, and everything goes to hell without him being able to control it.

Notes:

Hola! Vuelvo con otra locura, esta vez en castellano. Estoy trabajando en una obra mas grande, que si traduciré de la mejor manera posible, pero mientras mi cerebro decide salir de un atasco de trama, esta historia se ha abierto paso y ha acabado siendo realidad.

Mi versión de AU Mafia/Policia que queria que fuera algo mas relajado que lo que suelo escribir y no se si lo he conseguido.
Espero que tenga entre 7 y 10 capítulos como mucho y poder publicarlo todo lo antes posible.

Para todos los que me conocen de nuevas, muchas gracias por interesaros por una de mis historias. Para los que ya me conocíais y habeis vuelto, me alegro de volver a veros!

For those of you who don't know Spanish, you can use Google Chrome's translation feature to translate the text, and it works pretty well! (the three dots on your browser).
Thanks for reading!

Chapter Text

"Lo he pasado bien, lo he pasado mal. Me he sentido bien y me he sentido mal. Pero volvería a hacerlo igual. A arriesgarlo todo igual"

Extremoduro

 

La noche no es demasiado fresca, el aire del otoño aun no trae consigo el futuro frío y el atardecer colorea las calles de tonos anaranjados y rojos intensos antes de que en un rato, la oscuridad tome el relevo.

Nada interrumpe la tranquilidad de uno de los edificios más altos y más modernos del viejo Manhattan.

—¡No te sueltes, desgraciado! —Gritó Alastor. Sus manos se resbalaban poco a poco, el sudor de la tensión se acumulaba en las palmas, deslizando poco a poco sus pieles entre sí.

El hombrecillo rubio, que había estado con la mirada perdida desde que Alastor decidió saltar y agarrarlo, levantó la vista y sus ojos se encontraron. No sabía que esperaba encontrar en esos enormes charcos azules pero no era eso.

Miedo quizá

Arrepentimiento, o eso debería, maldito inconsciente.

Ira… Él habría sentido ira.

No… ese hombre transmitía una curiosidad casi infantil.

Le hizo perder la concentración un segundo. Un solo segundo donde notó que sus manos cedían ante el peso del hombre, arrastrándolos a los dos sobre la barandilla, al otro lado de la cornisa, a una caída de más de veinte plantas que acabaría con los dos convertidos en una mancha desagradable en la acera.

No era como pensaba morir, la verdad.

Tensó los músculos de la espalda, forzando anti-naturalmente una postura estirada mientras conseguía que sus pies hicieran palanca con el pequeño bordillo que formaba el canalón de cemento que delimitaba la terraza. Las manos se le clavaban en el metal bruñido que soportaba todo su peso.

—¡Agárrate, maldita sea!

Notaba como poco a poco recuperaba verticalidad, llevándose consigo al estúpido suicida.

No sabe como fue capaz de escuchar los pasos frenéticos en el pasillo, los gritos y el golpe de la puerta al abrirse, pero no desvió su mirada, anclada en los ojos azules que trataba de salvar con toda su fuerza .

Joder… porqué narices habré…

No consiguió terminar su pensamiento. Sintió más que escuchó el ruido de un arma amartillándose a su espalda. —¡Aléjate de él! —La voz furiosa tronaba en su cabeza.

Casi cedió, a la mierda con todo, completamente perdido ante la idea de morir por culpa de lo que podría ser el cabrón más desalmado con el que se hubiera juntado. Pero en ese momento, sintió unas manos aferrándose a sus muñecas. Pequeñas pero fuertes. La mirada del rubio cambio, mostrando una determinación que antes no había.

Obviando el resto de la habitación, Alastor tensó hasta el limite sus músculos, levantando lo más rápido posible el cuerpo del hombre rubio y usando su propio peso como péndulo para ganar fuerza.

Todo su cuerpo protestaba con furia, pero consiguió que aquel imbécil dejara de estar suspendido en el aire para estar solo suspendido, pero dentro de la terraza.

Pero como todo en su vida tiene que joderse de alguna manera, en los pasos que dio hacia atrás para terminar de introducir el cuerpo en el espacio seguro, uno de sus pies pisó algo que sonó sospechosamente a un quejido de un juguete. La inercia, la fuerza de los tirones y el cuerpo que se abalanzaba hacia él con demasiada velocidad catapultaron su cuerpo hacia atrás con fuerza.

Volvió a perder la verticalidad sin poder evitarlo. No le dio tiempo a sentir el cuerpo que presionaba el suyo antes de que un dolor le atravesara el cráneo y la visión se volviera negra.


—No creo que sea seguro. —Las voces llegaban difusas, a través de la neblina que cubría sus sentidos.

Al menos no estoy muerto.

—Será todo lo seguro que yo considere, Satanás.

Un bufido acompaño a la primera voz. —No estas en la mejor posición para decidir… puede ser casi síndrome de Estocolmo.

Pero qué esta diciendo esta gente.

—Por favor, no seas imbécil. —Una tercera voz grave, melosa y dulce, se une a la conversación. —Eso es cuando secuestran a alguien, no esto.... Aunque yo tampoco estoy convencido del todo Luci…

—Se os olvida que ésto no es una democracia. —La segunda voz sonaba fuerte… convencida.

Donde narices estoy…

Los pasos alejándose de él, la puerta cerrándose suavemente y la falta de ruidos en su espacio cercano le permitió pensar que podría estar solo… donde sea qué estuviese. Abrió los ojos lentamente, dejando pasar la luz a través de las pestañas. No es que fuera la mejor idea de todas, pero tampoco tenia mas opciones. No llevaba gafas, así que todo lo que apareció ante él estaba ligeramente borroso. A pesar de ello, pudo distinguir un armario, un escritorio que parecía de madera, una ventana con cortinas y la puerta por donde deberían haber salido las voces de antes.

La suavidad de las mantas sobre su cuerpo, lo cómodo del colchón sobre el que estaba tumbado… todo se filtró a través de sus doloridos músculos. Pero nada podía superar el pinchazo constante en su cráneo, al tocarse, notó una venda fuertemente atada a su cabeza.

Trató de hacer memoria, recordar porque había acabado así…

Estaba en esos apartamentos que prácticamente eran una cárcel, recuerda la entrevista… el balcón…

Los ojos azules….

La puerta se abre apenas haciendo ruido y una cabeza rubia se asoma a través de la abertura. Unos enormes ojos dorados se encuentran con los suyos y los siguientes segundos son, si empieza a hacer memoria, uno de los momentos más extraños de la vida de Alastor.

Una chica rubia, joven y delgada se arroja sobre su cuerpo. La falta de movilidad, el dolor de cabeza y las mantas sobre su cuerpo hacen que la reacción ante la velocidad de aquella muchacha sea inútil. En dos segundos se encuentra siendo aplastado entre dos brazos mucho más fuertes de lo que parecían teniendo en cuenta al cuerpo al que estaban unidos.

—¡Gracias! Gracias, gracias, gracias… —La voz de la mujer sonaba acuosa en su oído.

—Charlie, cariño… deberías soltarle… —Una segunda voz entró en escena.

— Muchas gracias señor, no se que habría hecho sin usted… —La mujer seguía llorando en su hombro mientras una segunda chica les miraba con el ceño fruncido desde el borde de la cama.

Alastor se encontraba en shock, todos sus años de entrenamiento habían decidido irse de vacaciones ante el ataque inesperado de una joven rubia con mucha fuerza e igual cantidad de mocos.

Consiguió sacar una mano de bajo la manta para golpearle torpemente la espalda, esperando que le resultara suficiente consuelo para que aflojara su agarre y poder volver a respirar.

—Charlie… Vamos, —La segunda mujer se acercó y agarró suavemente a la rubia, liberándolo de su agarre — Necesita respirar y tu también.

—Si, si… tienes razón Vaggi. —La mujer se alejó, y sorbiendo los mocos se retiró las lágrimas con la manga— Soy Charlie Morningstar, muchas gracias por salvar a mi padre.

Morningstar… la hija del magnate mas importante del país. Ahora que la ve más de frente, puede apreciar el increíble parecido. Podrían ser dos gotas de agua de no ser por los ojos.

Un flasback de los ojos azules y el cabello rubio colgando tras la barandilla atravesó su mente.

—Un placer señorita. —Le molestó lo agarrotada que sonaba su voz ante la falta de uso. No pudo continuar antes de que la puerta se abriera de nuevo y más personas ocuparan la habitación.

El primero en entrar fue el interpelado, Lucifer Morningstar. La foto del informe no le hacía justicia. Era la primera vez que le veía de frente, los momentos previos a su impulsivo y, ahora definitivamente, inconsciente acto de salvamento, no fueron precisamente de presentaciones y adulación.

Sin embargo, aunque fue el primero en entrar, no fue el primero en hablarle. —Charlie, aléjate de él. Podría ser peligroso.

Ah, esa voz… Satanás. Ahora puede asociar sus escasos recuerdos de hace unos minutos con las caras que ya había visto en esa casa. Jefe de seguridad de los Morningstars y un enorme montón de músculos cabreados.

—Tío Satán! No puedes estar hablando en serio? —La indignación de la mujer le habría divertido mucho si su situación no fuera tan precaria. —Este hombre ha salvado a papa, de no ser por él, se habría caído de la terraza!

—Charlie, como sabes que fue un accidente! Por lo que sabemos, podría haberle empujado él!

¿Espera, qué?

Alastor estaba viendo como todo esto derrapaba a una velocidad asombrosa hacia unos caminos que no le gustaban nada, pero antes de intervenir, otra voz silenció todas las demás.

—Fue un accidente. —Dijo Lucifer con un tono que no daba pié a dudas pero también, ligeramente avergonzado. —Y seremos agradecidos con nuestro invitado por salvarme de… mi propia torpeza.

Esos ojos azules no se habían alejado en ningún momento de los suyos. Habían sido vacíos antes de saltar, curiosos en el abismo, precavidos cuando entró en la habitación y suplicantes ahora.

Maldita sea…

De nuevo, su situación no era la mejor. Pero quizá podría sacarle provecho y así no tener que presentar un informe en el que dijera que no había podido conseguir el contrato en la casa Morningstar por su bocaza ante las preguntas sesgadas del Jefe de seguridad, que ahora estaba convencido no le había caído bien antes incluso de entrar por la puerta.

Quizá siguiéndole el juego pueda ganarse su confianza, un hueco que le permita actuar y acabar con esto siendo otro éxito en su historial. Además, cuanto más cerca más fácil de desenmascarar.

Decidido, prefería arriesgarse a lo que sea que pueda pasar en esta extraña compañía que tener que presentar informe ésta noche y aguantar las gilipolleces de ese imbécil desagradecido.

No, no, mejor ésto.

Así que… aceptó su papel con gracia. —No ha sido nada. —Su voz ya tenía un mejor tono, menos cercano a la agonía y más a su adulador tono habitual. —Seguramente usted habría hecho lo mismo por mí, ¿no es así?

Un pié en una conversación casual, una rama de olivo para las dudas del jefe de seguridad y una forma de ganarse el corazón de la hija de ese hombre, que sospechaba jugaría un papel fundamental en que le dejaran quedarse.

El sorbo de mocos de la muchacha le dijo que había dado en el blanco. Pudo ver por el rabillo del ojo como la otra mujer la sujetaba para que no se tirara sobre Alastor de nuevo. Pero él no le prestaba atención. Su vista, a pesar de la falta parcial de foco, seguía fija en los ojos del magnate, una mirada extraña y profunda que no le permitía advertir sus próximos pasos.

Lo odiaba profundamente.

Con un gesto de una mano y una sonrisa calidad, Lucifer se giró hacia su hija. —Cariño, porqué no le dejamos descansar. Bel ha dicho que enseguida se recuperará, solo ha sido un golpe en la cabeza.

—Se queda usted a cenar verdad, señor…— Charlie le miraba con unos enormes ojos de cachorro obviando a su padre y todos los demás elementos de la habitación como si fueran estatuas. Tenía que admitir que su instinto de supervivencia estaba por los suelos, no era de extrañar que la otra mujer se pegara a ella como una lapa.

Aprovechando la oportunidad de oro que era, se incorporó un poco en la cama para parecer más digno. —Alastor, me llamo Alastor Hartfelt, señorita Morningstar. Y sería un placer acompañarles.

Un bufido de detrás de Lucifer asustó a la mujer. —¡Eso será si el resto lo permitimos!

—¡Es increíble!— Ella se lanzó hacia el enorme jefe de seguridad, con un dedo levantado y apuntando directamente entre los pectorales del tamaño de enciclopedias. —Es por ésto que estoy desarrollando mi proyecto, para que gente como tu, tío, no puedan malinterpretar a los demás sin pruebas!

—Pero, Charlotte…

—Ah! Eso me ha dado una idea… necesito apuntarla! — Se giró a mirarle. — Nos vemos ésta noche señor Hartfelt!

Y con ésto desapareció dejando tras de sí solo la estela dorada de su pelo y varias miradas de confusión y diversión casi a partes iguales. La mujer que la acompañaba la siguió sin mediar palabra.

—Déjanos.

Lucifer se giró a su jefe de seguridad y le toco el brazo amistosamente. El hombre se resignó y con un resoplido cansado, abandonó la habitación, cerrando la puerta dejándolos solos.

Se miraron durante unos eternos segundos antes de que el rubio suspirara derrotado. Pasándose las manos por el pelo y bajando por la cara mientras gemía de disgusto.

—Supongo que tengo que agradecerte que no decidieras delatarme.

Alastor lo miró con curiosidad. Toda esa fachada de jefe estricto se deshizo de golpe.

—No seré yo quien se meta en lo que una relación sana familiar debería significar, pero supongo que saber que estuvo a punto de suicidarse entraría en esa categoría. —Alastor recuperó la verticalidad completa, aunque significara un mareo considerable.

El hombre se dejó caer en unos sofás que Alastor no había notado hasta ahora y volvió a tirarse del pelo con saña. Si eso era costumbre, le sorprendía que aun mantuviera esa mata de pelo dorada.

—Ya bueno… no es que tengamos una relación que pudiese aguantar ese golpe.

Alastró frunció el ceño, aquello no tenía sentido.

—No se diría viendo la efusividad de emociones de su hija. —Encontró las gafas en la mesilla de noche y todo su mundo volvió a tener la nitidez esperada. Los ojos del hombre se posaron en los suyos. Había una tristeza en su interior que sobrecogió a Alastor.

Lucifer se inclinó hacia un pequeño armario cercano y sacó una botella con un liquido dorado y dos vasos. Los llenó un par de dedos y le hizo una seña a Alastor, que aceptó sin dudar. —No sabía que me habían recetado este tipo de medicina.

—Tienes cara de llevar bien la automedicación. —Dijo el hombre —Bel dice que solo es un mal golpe pero que cuando despertaras estarías bien. Darte alojamiento mientras tanto me pareció lo más correcto después… de todo.

Tarareó mientras saboreaba lo que podría ser el mejor whisky que se ha tomado en su maldita vida. —Ciertamente no esperaba ese tipo de ejercicio físico cuando entre por la puerta de su casa, señor Morningstar.

—El señor Morningstar es mi hermano, yo solo Lucifer, si no te importa. Creo que tenemos la confianza suficiente para ello.

—Claro, que une más que una barandilla que aguanta el peso de dos personas ante la perspectiva de veinte pisos de caída libre.

El hombre soltó una risa triste. —Ya se porque Satanás no te soporta.

Alastor se sentó con toda la gracia que pudo en el sofá enfrentado. —No creo haber hecho nada para merecerlo.— Mentira, casi seguro que todos los que le conocen no dirían lo mismo.

—El no dice lo mismo. — Touché. El rubio apuró su vaso y se sirvió otra copa antes de continuar.— Está convencido de que tu presencia en el balcón no es una… bendita casualidad.

Alastor se mofó.

—Dudo que lo haya dicho así.

—Si bueno… digamos que algo parecido. —Lucifer le miró con curiosidad.

Alastor sopesó sus opciones. Debía conseguir el trabajo, la información indicaba que este era el centro de operaciones más importante de la costa este del caso que estaban investigando. Y él era el mejor en lo suyo.

Lucifer no encajaba prácticamente en nada de lo que le habían dicho antes de comenzar todo ésto, mucho más emocional de lo esperado. La mirada perdida en el fondo de un vaso, otra vez vacío, era un ejemplo perfecto de un momento que debía aprovechar.

—Ciertamente… si me interesaba el trabajo.

El hombre no se movió un ápice.

¿Se había equivocado Alastor? ¿Habría visto algo de debilidad en lo que era una máscara tan buena como la suya?

—¿Que hacías en la terraza?— Su voz le trajo de vuelta a la realidad.

Alastor se encogió de hombros. —Después de la desastrosa entrevista de trabajo… necesitaba fumar. —No era mentira, había necesitado unos minutos para pensar después del desastroso intercambio de insultos velados y antes de tener que aguantar a su jefe cabreado.

—Podrías haberme dejado caer. No me debes nada.

Y esas palabras fueron las más dolorosas que había dicho el hombre hasta entonces. ¿Creía fehacientemente que nadie le quería allí? No le pareció que la relación con su hija fuera un engaño pero… cosas más raras ha visto.

Da igual, muerto no consigue su objetivo, alguien pasaría a controlarlo todo y no cambiaría nada.

Lucifer continuó. —Mi jefe de seguridad dice que no cumples con los requisitos especificados y no tienes referencias que nos sirvan.

El se rió por lo bajo. —¿Lo ha dicho así?

— Pomposo, raquítico y soberbio con pintas de dandy antiguo. —Lucifer tenia una pequeña sonrisa, la primera que Alastor le veía desde que comenzaron a hablar. —Creo que eso ha sido más correcto.

Le palpitó el ojo ante lo despectivo de su descripción. Si ese imbécil musculoso supiera de lo que es capaz no diría…

—Creo que puedes empezar mañana.

Eh?

Alastor debía de haberse perdido parte de la conversación mientras imaginaba como destriparía al Jefe de seguridad. Ante su propio horror, no pudo evitar la sorpresa de su rostro.

El hombre levantó la mirada y dejó su vaso en la mesa.

—Dije que si sigues queriendo el trabajo, puedes empezar mañana. Mandaré a alguien para que te explique el resto de condiciones.

Alastor asintió mientras Lucifer se levantaba del sofá, dejando el vaso tras de sí. Le miró una vez más, en completo silencio, antes de desaparecer tras la puerta.

Sus ojos eran tristes, como si todo fuera en vano.

Alastor empezaba a acumular dudas… y las dudas en su trabajo pueden matarlo.


La cena había sido… incomoda.

Para que mentirse.

Antes de bajar, un hombre corpulento y de color, con el pelo azul vibrante y unos ojos amables que pudo asociar a la voz melosa de su momento de duermevela, le entregó la oferta de trabajo. Ya se la sabía de memoria, pero era mejor disimular.

Guardaespaldas personal del Sr. Morningstar.

Servicio 24 horas, 365 días.

Una paga verdaderamente considerable.

Y sobre todo…acceso constante a prácticamente todas las áreas de la casa y contacto constante con Morningstar.

Lo del peligro para la vida, la necesidad de estar siempre disponible, el impepinable acuerdo de confidencialidad… lo habitual.

Era un caramelo imposible de dejar pasar.

Sus credenciales habían sido creadas concienzudamente para generar la suficiente duda entre sus empleadores. Ninguna persona que se dedique a ser seguridad de alguien como Morningstar tiene un expediente inmaculado, pero quizá se pasaron de sucio si al Jefe de seguridad le generó dudas.

O solo era un imbécil prejuicioso, tendrá que averiguarlo.

Por ahora estaría agradecido a la providencia de que todo haya salido bien.

Firmó con disimulo, sin demostrar su entusiasmo ante el cambio dentro de lo que pensaba iba a ser un verdadero fracaso y le devolvió el contrato al hombre.

— Bien. —Dijo Asmodeo.— Te alojaras en esta misma habitación a partir de mañana, aunque se te proporcionarán trajes para el trabajo, te recomiendo traer suficientes enseres. Nunca sabes cuando podrás tener libre para ir a comprar nada.

Alastor asintió con firmeza.

—Ah, se me olvidaba.—Sacó la mano del bolsillo con un objeto rectangular.

Alastor se congeló en el sitio de la manera más disimulada posible. Era su teléfono móvil. El que le prepararon en la oficina para comenzar el trabajo. El hombre lo sujetaba con destreza en la mano, ofreciendoselo con alegría.

Había estado buscándolo desesperado por la habitación desde que Lucifer se había ido, casi pensó que se había caído por el balcón durante su heroico acto, pero no había encontrado nada antes de que este hombre le hiciera compañía. Ahora sabía porque. Aunque está cifrado y nada en su interior puede determinar quien es en realidad, no deja de ser preocupante que se lo hayan llevado para investigarlo.

No podía ser otra cosa.

—Te he grabado los números relevantes para tu trabajo, espero que no te moleste.

Si gesto era tranquilo y abierto, pero Alastor sabía que faltaba algo… y no era capaz de averiguar qué.

Asintió con una sonrisa agradecida. O todo lo agradecida que podía poner sabiendo que la falta de instinto de supervivencia de Charlie no se extendía al resto de su familia.

Cuando se quedó solo nuevamente, se paró delante del espejo. Los ojos marrones que su madre adoraba, ahora tras las gafas de montura dorada, le devolvieron la mirada. Se colocó el traje, se arregló el pelo y respiró profundamente. Era hora de meterse en el papel.

Al comenzar en estos trabajos siempre repetía el mismo ritual, le ayudaba a mantenerse centrado y no olvidar nunca de donde venía. Por eso conservaba el nombre.

Le ha costado años de peleas, gran cantidad de servicios de limpieza de rastro digital y mucha habilidad, pero fue algo que decidió el primer día que tuvo que fingir se otra persona. Cambiaría todo lo necesario, menos el nombre. Su madre se lo había dado y no cometería tal sacrilegio.

Una persona del servicio le guió hasta el comedor, donde Charlie, la mujer que siempre la acompañaba, Vaggi, y Asmodeo estaban ya sentados en la mesa. Le indicaron un puesto frente a las dos muchachas y tomó asiento agradeciendo la invitación.

Llevaban ya un rato de cena cuando Lucifer hizo acto de presencia. No se parecía en nada al hombre que había abandonado la habitación. Con una enorme sonrisa, el traje arreglado y el pelo colocado, se acercó a besar a su hija en la cabeza antes de sentarse.

—Perdonadme, tenia unos asuntos que atender.

Alastor le observó el resto de la cena. ¿Cuál era la mascara? ¿Cuál de todas las expresiones, formas de hablar, de moverse, que había visto a ese hombre era la realidad, cuáles no lo eran? Habían tenido diferentes interacciones desde que se habían conocido en ese maldito balcón y ninguna de ellas se parecía en nada entre sí.

Bueno, eso no es cierto.

Todas ellas siempre tenían la presencia de esa mirada triste de vez en cuando. Como si no pudiera evitarla todo el tiempo.

—Me ha dicho el tío Ozzie, señor Hartfelt, que se queda con nosotros de guardaespaldas de mi padre, ¿es así?

Asintió mientras terminaba el postre. —Así es, señorita.

Ella aplaudió con alegría. —¡Genial! Pues entonces, creo que basta de formalidades. ¡Charlie sólo está bien, señor Hartfelt!

Y ahí estaba su entrada. Desplegó todo su encanto para asegurarse el favor de aquella risueña mujer, a pesar de la mirada de desconfianza de su acompañante. Pero, aunque obtuvo mucha información valiosa, su padre apenas habló en la cena. Sonreía, acompañaba las conversaciones y mantenía una figura cercana y paternal con ella… pero prácticamente era como si no estuviera allí.

Era tarde cuando se despidió de todos, asegurando que estaría pronto por la mañana para comenzar su nuevo trabajo. Lucifer despareció en silencio, como si fuera su modus operandi habitual, pero Charlie le dio un efusivo abrazo que estuvo a punto de tirarle al suelo.

Iba a tener problemas para acostumbrarse a eso ya que, de normal, él prefería a la gente, cuanto más lejos, mejor.

Lo que hacía por el trabajo.

Se alejó lo suficiente del edificio antes de realizar la llamada de rigor.

—Ya era hora. ¿Estabas de fiesta?

La voz metálica del otro lado le hizo poner los ojos en blanco.

—Estaba terminando la infiltración, no es que haya sido la más fácil de mi carrera.

—Si si, lo que tu digas. Donde siempre, en veinte minutos. —La llamada se colgó sin que pudiera contestar.

—Desagradable imbécil….

No podía hacer mucho mas que poner rumbo a una cafetería 24 horas que había en uno de los peores barrios de la zona del Bronx. Era sucio, el café era lo más parecido a la sopa de rata muerta que podrías llevarte a la boca y la camarera no sabía lo que era llevar un delantal limpio… pero era discreto, oscuro y nadie hacía preguntas.

Se sentó en una de las parejas de sofás más alejados de la puerta, siempre de espaldas a las ventanas y pidió ese café que podía servir de desatascador para torretas de tanques mientras esperaba.

Cuando dieron la una de la mañana, la puerta se abrió y un hombre alto, de pelo oscuro y una cicatriz que le cruza la cara, atraviesa el local y se sienta frente a él. Con un gesto despectivo de la mano pide un café y se enciende un cigarrillo.

—Has tardado.

—Tenía cosas que hacer. Además, te recuerdo que soy tu jefe, te toca esperarme todo lo que me de la gana.

Imbécil.

El comisario Vox es un verdadero gilipollas. Lo ha sido desde que se conocieron en la academia pero antes le hacía gracia. Su descaro, su forma de pensar y de desmontar a todo el mundo a base de cinismo. Ahora le da ardor y tiene unas ganas locas de darse una ducha en cal viva cada vez que tienen que tener éste tipo de reuniones.

Menos habituales desde que le ascendieron, pero por alguna razón, Vox sigue aferrandose a esta parte del trabajo.

Alastor quiere centrarse en que no sabe porqué. Pero es mentira, si lo sabe, prefiere no pararse a pensar en ello… le da demasiado asco.

—Bien señor ocupado, quieres el informe o no?

—Si, quizá podrías empezar porqué cojones no escribiste antes de las malditas doce de la noche si la entrevista era a las seis. —Dio un sonoro y desagradable sorbo a su bebida.

Y aquí es donde empieza éste extraño juego de poder. Decirle la verdad, completa, a Vox, es una carta complicada. No se fía de él, de que use todo lo que averigua para construir sus propios puestos políticos cuando nadie mira. Pero por otro lado es su jefe, si quiere seguir manteniendo este puesto y hacer lo que hace, tiene que tenerle contento.

Opta por la sinceridad, pero sin demasiados detalles.

—No conseguí el trabajo. El jefe de seguridad me echó de mala manera de la oficina.

—No me jodas, Al… que cojones…— Le interrumpe.

—Pero ya lo he solucionado. —Alastor continuo como si nada, se centró en su abominable café mientras Vox le miraba con los ojos entrecerrados. —Salvé al viejo Morningstar de un accidente y me gané la confianza de su hija. Así que al final, si conseguí el trabajo.

Alastor esperaba el silencio que vino después. Vox lo usa como forma de intimidación. Menos mal que a él no le afecta lo mas mínimo.

—¿Accidente? ¿Que tipo de accidente?. —Y ahí está la curiosidad.

—El imbécil tropezó y estuvo a punto de caerse por una barandilla. —Si, una mentira. Porque decirle que la angustia con la que el hombre miraba hacia el cielo abierto antes de acercarse a la barandilla le apretó el pecho y se lanzó sin pensar a salvar al hombre que era su objetivo. Por que eso sería demasiada pólvora en su contra en manos de Vox y ya le había dado demasiado a este cabrón a lo largo de su vida.

—Podrías haberle dejado morir. Así habríamos acabado con todo mucho antes.

Cómo se llega a comisario siendo tan corto de miras es algo que nunca entenderá.

No, espera si… dejando una gran cantidad de cadáveres políticos a su paso.

—Y entonces, alguien que desconocemos y menos accesible tomará el relevo y perderemos años de investigaciones. —Alastor se acabó el maldito café de un último trago. —No, gracias. Ahora me tiene en buena estima, eso tendría que facilitar las cosas.

Vox se rió demasiado escandalosamente para el sito en el que estaban. —Claro, usando el cariño como arma. No se como no se me ocurrió, mecanismo oficial Hartfelt.

Se negó a contestarle. No permitiría que esos comentarios abrieran viejas heridas que ya habían sanado.

Retomó el tono oficial de la conversación. —Empiezo mañana. No creo que me hayan intervenido el móvil, pero lo han investigado, seguro.

—No digas tonterías. Esta preparado personalmente por mí y nadie es mejor que yo.

La soberbia hecha policía.

—Obtendrás mis informes como siempre. Cuando crea que tengo algo te lo haré saber. —Pasó de sus comentarios, otra vez.

Vox asintió. Metió la mano en el bolsillo interno de la chaqueta y le dio un objeto. —Ésta vez vamos a probar otra cosa. —Dejó sobre la mesa un pen drive azul. —Aquí hay un virus que copia todas los documentos y los encripta para que no puedan destruirse. Cuando encuentres lo que necesitamos, enchúfalo. El solo hará el resto.

—Ésto no es lo acordado.

—No hay nada acordado Al, las mejoras surgen sobre la marcha. Hay que adaptarse o morir, ¿entiendes? —El hombre dio una última calada a su cigarro agotado. —Se que te gusta trabajar a la antigua usanza pero eso ya es cosa del pasado, esto… es el futuro.

Se levantó, dejando varios dólares sobre la mesa como pago de la cuenta y se acercó a él.

—Y recuerda. —Le dijo al oído, con su aliento calentando incómodamente su oreja. —Que no te pillen, ¿eh?

Un escalofrío desagradable le recorrió la espalda.

Su sonrisa demasiado blanca estaba mucho más cerca de lo que Alastor consideraba cómodo y estaba dos segundos de darle un buen puñetazo cuando se levantó, le dio un par de golpes condescendientes en el hombro y desapareció de la cafetería.

—Será asqueroso…. joder… —Se sacudió el hombro del polvo imaginario intentando que la desagradable sensación de su toque se desvaneciera poco a poco antes de salir él también y dirigirse a lo que seria su casa sólo esta noche.

En el camino abrió el móvil para enviar un solo mensaje, un seguro de vida.

Deer: "Estoy dentro."

Rye: "Entendido. Si requieres sedal, tira de la cuerda."

Y con eso, apagó el móvil y dejó que la noche lo consumiera y la tensión del día se filtrara de sus huesos.