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La prima vez

Summary:

Edi y Vicen tienen su primera vez

Disclaimer: Aclaro que este fanfic es un trabajo de ficción y forma parte de una exploración creativa dentro del mundo del fandom. Si bien los personajes están inspirados en figuras públicas, los eventos y relaciones narrados no tienen vínculo alguno con sus vidas reales. Todo lo que aquí sucede pertenece a un universo completamente ficticio, un universo alternativo.

Work Text:

El aroma del deseo flotaba en el aire del cuarto, denso y casi palpable. Edinson inhaló hondo, llenando sus pulmones con el dulce perfume del omega en celo, una fragancia a vainilla y pétalos de rosa bañados por la lluvia que lo hacía perder todo juicio. Vicente estaba en la cama, arropado por las sábanas de seda, la piel sonrosada por el calor y la expectación, sus castaños cabellos peinados sobre la almohada como un halo de tinta. Sus ojos, dos esmeraldas brillantes, lo miraban con una devoción que le revolvía las entrañas.

—Vicente... —murmuró Edinson, su voz un rugido grave y ronco. Se arrodilló al borde de la cama, su gran cuerpo cubriendo al omega, su sombra protegiéndolo del mundo exterior. Sus dedos trazaron la línea de la mandíbula de Vicente, descendiendo por el cuello hasta el hueco de su clavícula, donde el latido del omega era un tambor frenético contra sus yemas.

Vicente arqueó la espalda, un gemido suave escapándose de sus labios. —Sí, alfa... por favor, Edinson... —su voz era un hilo, tembloroso, cargado de una necesidad que lo desbordaba. —Necesito... necesito que me llenes.

Eso fue todo lo que Edinson necesitó oír. Con un movimiento fluido, se despojó de su ropa, revelando un torso musculoso, marcado por cicatrices de batallas pasadas que no hacían más que acentuar su poderío. Su miembro, ya erecto y grueso, palpitaba con cada latido de su corazón, la punta goteando un líquido transparente que prometía una posesión completa.

Se inclinó sobre Vicente, sus labios encontrando los carnosos del omega en un beso voraz. No era un beso tierno, sino un acto de reclamación, una promesa de lo que estaba por venir. Vicente se rindió inmediatamente, su boca abriéndose para darle paso a la lengua de Edinson, que exploró cada rincón, saboreando la dulzura de su omega, la esencia misma de su ser.

—Sos mío —siseó Edinson contra sus labios, sus dientes ligeramente presionando el labio inferior de Vicente, un gesto de dominio que hizo al omega temblar de placer.

—Tuyo —susurró Vicente, sus piernas abriéndose más, una invitación tácita, una ofrenda. —Soy todo tuyo, alfa. Tomame.

Edinson deslizó su mano por el cuerpo de Vicente, sus dedos recorriendo cada curva, cada músculo tenso por la anticipación. Llegó a la entrada húmeda y caliente del omega, rozando el anillo contraído de músculos. Vicente emitió un gemido agudo, su cuerpo respondiendo con un chorro de lubricante natural, un río cálido y viscoso que empapó los dedos de Edinson.

—Ya estás tan preparado para mí... —dijo Edinson, su voz llena de asombro y lujuria. —Tu cuerpo sabe lo que necesita, ¿verdad, mi omega? Sabe que necesita a su alfa.

—Sí —jadeó Vicente, levantando las caderas, buscando más contacto. —Sólo a vos. Siempre te he esperado.

Con una lentitud que era tortura y éxtasis a la vez, Edinson introdujo un dedo en el calor de Vicente. El canal se abrió para recibirlo, los músculos internos contrayéndose alrededor de él en un abrazo húmedo y perfecto. Añadió un segundo dedo, y luego un tercero, escudriñando, preparando, estirando esa entrada hasta que estuviera listo para él.

—¡Ah! Edinson... ahí... —gimió Vicente cuando los dedos de Edinson encontraron su punto más sensible, un nódulo de nervios que hizo que una descarga eléctrica de placer recorriera toda su columna vertebral. —¡Sí! ¡No pares!

—No voy a parar —prometió Edinson, su voz baja y poseedora. —Voy a hacerte gritar mi nombre hasta que no recuerdes el tuyo.

Cuando finalmente el uruguayo retiró los dedos, Vicente protestó levemente por la sensación de vacío repentina, un sonido desvalido que se cortó de inmediato cuando sintió el peso del miembro de Edinson contra su entrada. Era enorme, mucho más grande que sus dedos, una columna de carne caliente y dura que prometía una posesión absoluta.

—Relajate, mi amor —murmuró Edinson, aunque su propio cuerpo estaba tenso por el esfuerzo de contenerse. —Confiá en mí. Te haré sentir bien.

Vicente asintió, sus ojos cerrados, sus labios entreabiertos. —Confío en vos, alfa. Siempre.

Con una precisión agonizante, Edinson comenzó a entrar. La cabeza de su miembro atravesó el anillo de músculos, y Vicente gritó, una mezcla de dolor y un placer tan intenso que casi lo ahogaba. Se detuvo, permitiendo que el omega se adaptara, que su cuerpo se acostumbrara a la invasión.

—Respirá conmigo, Vicente —ordenó Edinson, su voz firme pero tierna. —Inspirá... y ahora exhalá.

Vicente siguió sus instrucciones, y con cada exhalación, Edinson avanzaba un poco más, introduciéndose centímetro a centímetro en el calor del omega. Era un viaje al infierno y al paraíso, un estiramiento quemante que se transformaba en una plenitud inefable. Cuando finalmente estuvo completamente dentro, sus testículos reposando contra los glúteos de Vicente, ambos soltaron un gemido de satisfacción.

—Estás... estás todo dentro —jadeó Vicente, sus ojos llenos de lágrimas de placer. —Te siento... siento cada pulgada de vos, alfa. Me estás rompiendo.

—Y vos estás arreglándome —respondió Edinson, su voz ahogada por la emoción. Se inclinó y besó las lágrimas de Vicente, saboreando la sal, la esencia de su omega. —Eres perfecto. Tan apretado, tan caliente... sos la vaina perfecta para mi espada.

Comenzó a moverse entonces, lentamente al principio, con movimientos largos y profundos que sacudían a Vicente hasta los cimientos. Cada embestia era una declaración de propiedad, cada retirada una promesa de regreso. Vicente se aferró a la espalda de Edinson, sus uñas arañando la piel, marcándolo, reclamándolo a su vez.

—Más rápido —suplicó Vicente, sus caderas levantándose para encontrarse con cada embestida de Edinson. —¡Por favor, alfa! ¡Más fuerte!

Edinson obedeció, aumentando el ritmo, sus caderas martilleando contra los de Vicente con una fuerza primal. La habitación se llenó con los sonidos de su unión: el golpeteo de la piel contra la piel, los gemidos de Vicente, los gruñidos de Edinson, el crujido de la cama. Era una sinfonía de deseo, una cacofonía de pasión que resonaba en sus almas.

—¡Sí! ¡Así! ¡Edinson! —gritó Vicente, su cuerpo arqueándose en un arco de pura bliss. —¡Me estás matando! ¡No pares!

—Nunca —rugió Edinson, su ritmo volviéndose errático, sus movimientos más caóticos. —Nunca te soltaré.

Cambió de ángulo entonces, buscando ese punto dentro de Vicente que lo haría perder el control. Y lo encontró. Con un movimiento preciso, su miembro golpeó directamente el próstata de Vicente, y el omega explotó en un grito de placer puro, su visión volviéndose blanca, su cuerpo convulsionando bajo el de Edinson. Su propio miembro, erecto y goteando, eyaculó entre sus estómagos, un chorro caliente y espeso que los unió aún más.

La contracción de los músculos internos de Vicente fue el último empujón que Edinson necesitaba. Con un rugido que sacudió las paredes, el alfa llegó al clímax, liberando una torrente de semen caliente dentro del omega, marcándolo desde adentro, reclamándolo como suyo para siempre.

Cayeron agotados sobre la cama, sus cuerpos entrelazados, sudorosos y satisfechos. Edinson no se retiró de Vicente inmediatamente, permaneciendo dentro de él, disfrutando de la calidez, de la conexión, de la sensación de pertenencia. Vicente suspiró, un sonido de paz y contentamiento, y se acurrucó contra el pecho de Edinson, su cabeza buscando el hueco de su hombro.

Permanecieron así en silencio durante varios minutos, solo el sonido de su respiración llenando la habitación. Edinson acarició el cabello de Vicente, sus dedos deslizándose por los hilos oscuros y sedosos.

—¿Estás bien, mi amor? —preguntó Edinson, su voz suave, muy diferente del rugido dominante de hacía un rato.

Vicente asintió, su cara oculta contra el pecho del alfa. —Más que bien. Estoy... completo.

Edinson sonrió, un gesto raro en él, genuino y tierno. Besó la frente de Vicente, un gesto protector y posesivo a la vez. —Yo también. Estoy completo con vos.

Se retiró entonces, con una delicadeza que sorprendió al mismo Vicente. La pérdida del miembro de Edinson lo hizo sentir vacío, pero el sentimiento duró poco, porque Edinson se movió rápidamente, yendo al baño y regresando con un paño húmedo y tibio.

—Quedate quieto —ordenó suavemente. —Dejame cuidarte.

Con una reverencia que casi parecía religiosa, Edinson limpió a Vicente, sus dedos trazando las marcas rojas que sus uñas habían dejado en la piel del omega, el semen que goteaba de su entrada, las huellas de su pasión. Vicente se dejó hacer, sus ojos cerrados, un murmullo de satisfacción escapándose de sus labios.

Cuando terminó, Edinson arrojó el paño a un lado y se acostó de nuevo a su lado, cubriéndolos con la manta. Atrajo a Vicente hacia sí, hasta que el omega estaba recostado sobre su pecho, su cabeza sobre su corazón.

—Dormite, mi omega —murmuró Edinson, su voz un bálsamo para el alma de Vicente. —Ya estás a salvo. Te tengo.

—Te amo, mi alfa —susurró Vicente, sus palabras ya dormidas, una confesión que surgió del corazón, sin filtros, sin miedo.

Edinson apretó el abrazo, su corazón latiendo con una fuerza que casi le dolía. —Y yo a vos, mi omega. Más de lo que nunca imaginé.

Se quedó despierto, observando a Vicente dormir, su rostro relajado, sus labios ligeramente abiertos. Era la primera vez que se sentía así, la primera vez que el amor y el deseo se mezclaban de una forma tan perfecta. Vicente era su ancla, su puerto seguro, el omega que había conquistado su corazón.

Y en la quietud de la noche, con el aroma de su amor flotando en el aire, Edinson supo que nunca podría dejarlo ir. Era suyo, ahora y por siempre.

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