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El Anhelo del Príncipe

Summary:

Los Merodeadores no pueden entender qué le pasa a James. De la noche a la mañana, prohibió terminantemente molestar a Severus Snape, Snivellus, después de que lo encontraran llorando en la biblioteca. Eso hubiera tenido sentido de no ser porque de pronto le regalaba cosas, lo abrazaba y se reía con él.

O donde James encuentra a Severus a punto de suicidarse y lo salva, descubriendo poco a poco que no es la persona terrible que pensaba que era.

Chapter Text

—¿Por qué tenemos que hacerlo todo juntos?

—Creo que somos dependientes el uno del otro.

—Qué ternura, pero ya en serio. No sé qué tan sano sea este hábito.

James rodó los ojos ante los dichos de Remus. Tenían que estudiar y la verdad no podían hacerlo con las distracciones en su habitación, o mejor dicho Sirius y James no podían, así que Peter y Remus propusieron que les dejaran el cuarto y se fueran a la biblioteca a estudiar. Sin embargo, de alguna forma convencieron a Remus de ir con ellos y, en consecuencia, también a Peter. El licántropo se estaba mentalizando de ser él quien tuviera que callar a esos dos estando en la única habitación donde sí o sí tenían que permanecer en silencio. 

—Si me hacen desaprobar por sus estupideces, les juro que no podrán dormir sin un ojo abierto — sin tonos sombríos, amenazó él. Sirius y James sabían lo peligroso que Remus podía ser si se enojaba.

—Relájate, Moony. En serio nos pondremos al día. Además, tú ya estás listo — le dijo James, relajado.

—Eso tú no lo sabes. No porque tú vayas atrasado significa que yo voy adelantado — le contestó buscando dónde acomodarse al llegar. Cuando iba a tomar asiento en una de las mesas, Sirius le quitó su pila de libros —. ¿Qué haces ahora?

—Aquí no, hay… distracciones — miró de reojo refiriéndose a las chicas sentadas en la otra punta. James y Peter se rieron por las típicas tonterías del Black, pero Remus no. Se levantó y caminó más lejos. En un lugar bastante solitario, clavó sus libros y se acomodó en su silla —. Aquí tampoco.

—Sirius, estoy a esto de golpearte.

—Es que hay serpientes.

Los Slytherin no los miraron hasta que ellos lo hicieron. Estaban metidos en sus cosas, en especial Regulus. Sin embargo, Lucius Malfoy se había encargado de comunicarles suficiente desprecio como para convencerlos de largarse.

—Sabes, podrías saludar a tu hermano para variar — dijo Remus a su mejor amigo. Sirius desvió la vista con un quejido.

—Él a mí no me saluda.

—Tú empezaste esa costumbre.

—Se junta con esos terroristas. Acordamos hace un verano que no somos parientes por nada más que por sangre.

—Eso es triste…

Pero James miró hacia atrás.

—Snape no estaba con ellos — pensó en voz alta. Cada vez se adentraban más a partes de la biblioteca que no sabían que existían —. Ahora que lo pienso, hace rato que no lo veo por ningún sitio.

—Mejor. Quizás consideró que ya es experto en el arte de torturar bebés o alguna otra cosa horrible — contestó con diversión Sirius.

—Oigan, no conocía este lugar — dijo Peter cuando se alejaron demasiado.

Esa parte de la biblioteca tenía pocas lámparas funcionando. Remus tomó la delantera para buscar la parte de las ventanas. No se escuchaban murmullos ni sonidos de páginas pasando. Se habían alejado demasiado.

—Es oficial, ya me perdí — anunció Remus, deteniendo el paso.

—Demonios que este castillo es grande — comentó James mirando los títulos de las estanterías. Estaban en un idioma desconocido para él, y otros tenían un sello de “prohibido” en el lomo.

—Pero al menos tenemos el lugar para nosotros solos — celebró Sirius. Sin embargo, miró hacia atrás al igual que el tembloroso Peter —, siempre y cuando podamos volver.

—Ya qué — se rindió el lobo —. Pongámonos a estudiar.

Antes de dejar la pesada pila de libros en la mesa, a James le pareció haber oído un lejano pero claro sonido.

—¿Alguien escucha eso?

—No.

—Suena a que no estamos solos.

—Debe ser uno de esos fantasmas tan molestos.

—Pero, Remus, hay alguien que…

—Quiero sentar el culo en alguna silla de este condenado lugar.

—Yo también lo oigo. Suena a que hay alguien… llorando.

Hicieron silencio para ver si volvía a sonar. Unos segundos después, se escuchó más claramente el sonido de un sollozo interrumpido. Como los Gryffindors y chismosos que eran, un sentimiento de heroísmo los orilló a buscar al causante de tales ruidos. A pasos cuidados, caminaron por los pasillos hasta sentir que estaban cerca del llanto, que cada vez era más errático.

Cuando James se detuvo, sus amigos supieron que habían llegado a destino.

—¿Y bien? — susurró Sirius a espaldas del Potter, sin poder ver su rostro — ¿Es una linda niña a la que podemos consolar?

—¿Está herido, James? — preguntó Remus apoyado en Sirius.

—¿De qué casa es? — consultó Peter escondido detrás de Remus.

Pero James no dijo nada.

Cuando los tres se hartaron de su silencio, buscaron confirmarlo por su cuenta. Al asomar la cabeza por la estantería, entendieron por qué el de lentes se había quedado sin palabras.

Él siempre se encorvaba o se escondía en la túnica del uniforme que tanto parecía gustarle. A los demás se les hacía un fastidio, más que nada a James, que era deportista. Le estorbaba en Quidditch y cuando quería correr a Pads en las más acaloradas discusiones. Ahora que lo veía envuelto en su capa, abrazando sus rodillas para ahogar el llanto, entendía por qué Severus tenía tan incorporada aquella prenda en su día a día.

Su cabello, que tenía aspecto descuidado como siempre le decían, no pudo cubrir lo suficiente su rostro. Se veían claramente las lágrimas gruesas y los esfuerzos reflejados en su ceño por no levantar la voz. Es que era tan pálido, analizó James, que llamaba la atención los tonos rojizos en sus ojos y mejillas. Él, que siempre estaba con esa cara de asco y resentimiento, ahora lloraba tímidamente, absorto de su alrededor. Conocía a Snape hace años y no sabía en realidad nada de él. Algo muy grave debió haber pasado para que alguien tan reservado como Severus Snape se largara a llorar en un lugar público, menos en la biblioteca que tanto frecuentaba.

Los Merodeadores guardaron silencio un rato, sin saber cuál era la reacción apropiada ante ese tipo de escenario. Repasaron en sus mentes el mismo pensamiento inevitable: nunca habían visto llorar a Snape, incluso después de las peores humillaciones o de la pelea con Lily. Snape parecía hecho de piedra, siempre habían dicho eso. Lo único que más o menos lo movía era la pelirroja y, cuando dejó de ser un factor en su vida, pensaron que finalmente no tenía nada que perder. Eso lo volvía, según Sirius, más peligroso que antes. Ahora, ¿qué tan peligroso podía ser alguien que había llegado a ese estado?

—Bueno, a ver si lo animamos — con picardía, Sirius estaba por moverse cuando James lo agarró automáticamente del brazo.

—¿Qué vas a hacer? — le susurró Potter, serio.

—No vamos a desaprovechar la oportunidad. Vamos, hace días que no lo vemos — imitó el Black su volumen mirando de reojo. Severus, que siempre estaba atento a todo, no sabía que ellos se ocultaban en dos estanterías delante de él.

—¿En serio, Sirius? No puedes ser tan… — tanto Remus como James fruncieron el ceño con disgusto. Peter no sabía de qué lado estar, no sabía cuál convenía aún.

—¿Vas a ser tan basura? Vámonos — dijo James, haciendo que Sirius se riera ofendido.

—¿Me dices basura a mí? Perdón, pero ¿acaso no fuiste tú quien le bajó los pantalones frente a toda la escuela el año pasado? Frente a Lily, y ya sabemos qué pasó — le recordó.

Era cierto, y cuando llevó al límite a Severus de decirle a Lily lo que le dijo, entendió que esa vez se había pasado. Incluso si le alivió que finalmente entendiera que no le convenía juntarse con él, a James nunca se le fue la idea de que Severus sólo le dijo eso para herirla y no porque realmente pensara mal de Evans, cosa que no hubiera pasado si no le hubiera jugado esa broma.

—Sí, bien. Para tu información, no estoy orgulloso de eso — le dijo empezando a abandonar la idea de susurrar —. Ahora el sujeto está llorando totalmente desconsolado y… es obvio que algo realmente grave pasó como para que rompiera la máscara de soberbia que tanto nos fastidia. Por favor, Sirius, no somos así. Digo que nos larguemos.

Pero cuando quiso huir de ahí, tropezó con una pila de libros que no había visto a su lado. Intentó evitar que se cayeran uno encima del otro, revelando su escondite a Severus. Los Merodeadores restantes se mantuvieron en silencio sepulcral, tiesos por miedo a ser vistos. Irónicamente, cuando uno salió a la luz, temieron cómo podía reaccionar Snape al saber que lo habían atrapado de esa forma.

Los ojos negros tardaron en entender qué estaba viendo. Se limpió el rostro con su largas mangas, urgentemente cuando sintió esa silueta tan familiar: James Potter estaba paralizado como un cervatillo que había encontrado a un cazador. Severus se paró de inmediato, viéndose tan descubierto como el Gryffindor. Sólo entonces James distinguió que arrugaba una carta entre sus manos.

—Snape, perdón. Sólo pasábamos por aquí, te lo juro. Disculpa — las palabras salieron disparadas sin pensarlas demasiado. Quería salir de esa situación lo más pronto posible. Entonces el Slytherin, haciendo honor a su casa, diseccionó sus palabras antes de hacer caso a un impulso.

—¿Pasábamos? — dijo en voz baja, pero audible.

Los Merodeadores se quejaron cuando James reveló su presencia. Los tres salieron uno por uno en un saludo avergonzado, menos Sirius, claro. Severus abrió los ojos, ahora húmedos y rojos, como aquellas veces en sus primeros años en los que lo acorralaban en las esquinas de las mazmorras.

—¿Qué te pasó, Snivellus? ¿Lucius Malfoy no te dijo que eras un buen chico hoy? — bromeó Canuto.

Snape no vio lo mal que lo miraron sus amigos al decir esas palabras. Cuando escucharon aquel jadeo entrecortado, no pudieron evitar moverse al verlo tomar sus cosas y salir corriendo.

—¡Snape, espera! — James incluso había corrido un tramo considerable, pero luego se le ocurrió que Snape consideraría que lo estaban persiguiendo. Se detuvo para recuperar aire, pero antes le dio un zape a Sirius.

—¡Au! ¿Y eso por qué? — se quejó él.

—Por idiota — contestó Remus en su lugar, más en forma que ellos por sus corridas como lobo —. ¿Por qué le dijiste eso?

—Para animarlo con un chiste.

—Ese chiste fue una mierda.

—Pero si le encanta que ese prefecto idiota lo felicite. No tiene amigos más que esos raros, seguro se peleó con alguno.

James negó parándose más erguido.

—No, algo pasó — dijo convencido —. Estaba leyendo una carta. Alguien le dio una mala noticia.

—¿Alguien le escribe a Snape? — Peter preguntó sin la misma burla que Sirius. Su duda era genuina y, de hecho, les hizo pensar. No recordaban que Snape recibiera alguna carta en el Gran Comedor alguna vez en la vida.

—Bueno, ya está. Chisme terminado. A estudiar — anunció Moony. Y nunca estuvieron más de acuerdo que en ese momento.

James se quedó con la duda comiéndole la cabeza. No pudo estudiar bien por eso, y esta vez no era una excusa. Bueno, de todas formas, se sabía en práctica esos encantamientos.

La imagen de Severus llorando se le había quedado grabada. Parecía tan triste, no enojado, sino miserable. Se acordaba cómo intentaba acallar sus propios gemidos de angustia, pero la sorbida de nariz incesante y las respiraciones erráticas le jugaban en contra. 

Pero lo último que hizo, cuando tomó aire con tanta dificultad y dejó escapar un agudo hipido viéndolos con expresión aterrorizada y finalmente rota, le había movido el corazón. El que no pudiera ni mandarlos al diablo le asustaba, porque ese no era el Snape que pensaba que conocía. Ese día estaba quebrado, había dejado que vieran sus grietas. O quizás ellos las vieron sin consultarle, eso tenía más sentido. Ahora, poniéndose en su lugar, en su situación no sabría cómo recomponer la fachada de maldito con la que siempre trataban. James estaba seguro de que no podría volver a mirar a Snape sin recordarlo en ese momento. Incluso si lo maldecía o lo insultaba, no se creía capaz de separar esa imagen tan extraña de lo que Severus hiciera en adelante.

En el comedor, a la hora de la cena, no pudo encontrar a simple vista a Severus en su mesa. Por eso, antes de irse a la cama, no se había puesto la ropa de dormir para estar preparado ante la respuesta que el mapa le daría.

Menos mal que no se había cambiado. Severus Snape aparecía en la Torre de Astronomía.

No les explicó a sus amigos a dónde iba. Le quedó la duda de cómo hubiera respondido Snape si sólo él lo hubiera visto así. Quizás hubiera necesitado ser contenido, quizás él le pudo ofrecer un hombro o un oído para desahogarse. Aunque era cierto que no se imaginaba a Snape llorando abrazado a él, no le había gustado cómo habían quedado las cosas. Sirius le había dado una idea equivocada de sus intenciones. Sin embargo, pensó con amargura mientras subía las interminables escaleras caracol, Sirius parecía tener una intención distinta a la de ellos.

El último pensamiento que tuvo cuando llegó al final de la torre fue que Severus parecía asustado de que le hicieran algo estando tan vulnerable. Nunca había pensado hasta ese momento algo que le daba una profunda vergüenza: ¿de qué los creía capaz Snape?

Pero olvidó cualquier pregunta o discurso que tuviera en mente al verlo.

Su capa ondeaba con el viento tan fuerte en el que estaban sumidos. No sabía si a un cuerpo así de delgado una ráfaga repentina podía hacerlo caer de la cornisa, si esperaba que la naturaleza le diera el empujón o reflexionaba si hacerlo él mismo. Estaba de espaldas, pero James vio bien cuando dio un paso al frente al vacío.

Un encantamiento hubiera hecho todo más fácil, pero entre que sacaba su varita y recitaba el conjuro, Snape habría muerto. Por eso tiró de él, arrojándolo encima de su cuerpo. El golpe seco de su cabeza contra el cemento lo dejó aturdido un rato.

Snape abrió los ojos con sorpresa por el lado en el que había caído. Reconoció inmediatamente el brazo del Gryffindor abrazando su cuello. Algunas veces se habían agarrado a los golpes como para no conocerlo. Además esa colonia horrible que se ponía en las muñecas era muy característica.

Giró como pudo, intentando separarse del cuerpo que tenía debajo, pero Potter se veía muy afectado por la caída. Gracias al dolor, no pudo ver la preocupación con la que de repente lo miró Snape.

—¿Qué hiciste? — masculló colocando instintivamente una mano debajo de su cabeza. La levantó para ayudarlo a sentarse, dándole un tiempo para contestar.

—¿Que qué hice…? ¡¿Y tú qué estabas por hacer?! — recobró la compostura, o al menos fingió bien que lo hizo.

Severus guardó silencio. Nada más hurgó los dedos en la coronilla del contrario, logrando que sólo sus quejas se escucharan por un rato.

—No tienes sangre, pero deberías ver si internamente…

—Te juro que estoy bien — le alejó la mano de ahí. Se le haría un chichón al rato. Odiaba los chichones, le daban impresión —. Snape, ¿te estabas por tirar de la maldita torre?

Otra vez, bajaba la mirada.

James esperó, pero no soltó nada por su cuenta.

—¡Snape…!

—¿Algún problema con eso?

Sólo había levantado la vista para verlo con un odio diferente al habitual. Este no era hacia él, no era personal. Estaba enojado por algo y él resultaba ser la persona favorita con la que molestarse. Pero era inconfundible, no había dejado atrás la expresión de la biblioteca, sólo la había controlado. Lágrimas no salían de sus ojos, pero el dolor no los había dejado.

—Varios, y que no lo sepas… Mierda, Snape. Me diste un susto — se dejó caer de espaldas, aliviado de haber llegado a tiempo. Cuando el azabache se movió mínimamente, James reaccionó agarrándolo del brazo con fuerza, alarmado.

—Por Dios, sólo iba a acomodarme — se asustó casi tanto como el Gryffindor. James lo soltó de a poco, sin sacarle la mirada de encima.

No dijeron nada por un rato. James permaneció acostado, adolorido, pero por sobre todo acelerado. Buscaba calmar su cuerpo después del impulso que le había exigido. Necesitaba tiempo para calmarse, y seguramente Snape también. Sintieron que pasó una hora, pero seguro sólo fueron diez minutos, cuando hablaron al respecto.

—Te ibas a matar.

—Brillante observación, Potter.

—Ibas a suicidarte… ¿Qué mierda, Snape? ¿Cómo ibas a hacer una cosa así?

Una risa nasal lo hizo erguirse para mirarlo. Severus reía negando con la cabeza, mirando el cielo estrellado como si le respondiera a la nada.

—Incluso si no tienes ni la más remota idea de lo que pasa en mi vida, ¿no crees que esa pregunta es estúpida? — marcando su acento, como siempre, lograba que las palabras calaran en lo más profundo. En otra vida, pensó tan rápido como se arrepintió, Severus pudo ser buen poeta — Dime, Potter, ¿por qué lo evitaste?

Era el turno de James de reír con disgusto.

—¿Crees que soy tan repugnante?

—No tengo ni idea. En realidad, no nos conocemos bien. Lo poco que conozco de ti es negativo — esa verdad ablandó el ceño del de lentes —. Sé que eso es mutuo. Por eso, ¿no te trae más problemas mi existencia que mi muerte? Sería lo único que tenemos en común.

—¡¿Eres estúpido?! — soltó de golpe, sólo así Severus lo miró — Creí que eras el más listo de todo ese séquito de idiotas con el que andas de un lado al otro, pero que veas toda esta basura como una solución me hace darme cuenta de que te has vuelto un idiota.

—Siempre me ha llamado la atención cómo debes insultarme para halagarme — suspiró con fastidio como si hablaran de lo más normal. James entonces lo tomó de los hombros, a ver si así lo hacía reaccionar.

—Tienes razón, no sé qué diablos te pasó hoy. No sé nada sobre tu vida, pero nada puede ser tan terrible como para que estés mejor muerto — afirmó.

Severus nunca había visto a Potter tan serio. Él siempre se reía o andaba con esa desagradable sonrisa ladina y presumida. Las manos en sus hombros claramente temblaban, aferrando sus dedos con desesperación hasta hacerle doler.

El dolor, de hecho, le recordó la razón por la que estaba ahí.

—Tú no sabes eso — dijo débilmente. James aflojó el agarre ante su lastimera voz.

—¿Qué te pasó hoy? Leías una carta. ¿Te dieron una mala noticia? — A Severus también le llamaba la atención lo observador que era Potter cuando se trataba de él. Nada se le escapaba.

Y no supo si era por eso o por las emociones que le generó el contexto, pero poco le importó romper personaje después de todos los pensamientos que lo orillaron a tomar esa decisión esa noche.

—Él murió… — ante la mención de una muerte, James no se alejó ni un centímetro de Severus incluso cuando bajó la vista hasta que su cabello negro cubrió su mirada.

—¿Quién murió, Snape? — le salió sin querer muy suave.

—Mi padre — con un tono indescifrable respondió.

Viniera de quien viniera, para James eso era equivalente al sentimiento que Snape estuvo a punto de concretar. Si se enterara por una carta que su padre había muerto, también tendría ese deseo momentáneo de ir con él. A todos les pasaba, estaba seguro, pero eso era demasiado.

Era empatía básica para él. No tuvo que esforzarse para decirle lo que le quería decir, ni tampoco cuando su agarre se convirtió en una especie de caricia a sus brazos.

—Lo siento tanto, Snape. Yo… no sé qué decir…

—Yo tampoco. Era un imbécil asqueroso.

Bueno, ahora realmente no sabía qué decir.

Pero Snape realmente se veía afectado, así que esperó que explayara su respuesta. Al cabo de un minuto entero, logró encontrar la motivación para seguir hablando.

—La carta era de parte de la familia de mi madre — le explicó —. En ella me detallaron mi estado legal. Me declararon oficialmente huérfano.

—Espera, ¿qué? ¿Y tú madre?

—Ella murió el año pasado.

Cada vez se arrepentía más de abrir la boca.

Aquel año, justamente, se había peleado con Lily.

—No me importa papá… O sí, no lo sé. No sé qué… — luchó porque las lágrimas no salieran. Con suerte, el contacto tan desconocido de James Potter en su clavícula y antebrazo lo mantenían en eje. Nunca se lo diría, claro — Es que con esa maldita carta finalmente entendí que no pertenezco a ningún lado.

—¿Estás loco? Perteneces aquí — contestó James, sintiendo cada palabras —. Perteneces a las mazmorras frías, con un caldero burbujeante, químicos terribles y con todos esos libros más grandes que tu cabeza.

La sonrisita casi imperceptible de Severus le dio una calidez en el pecho que no sentía ni cuando hacía reír a un salón de clases entero.

—Ellos dijeron que no piensan recibir a un ilegítimo mestizo como yo en su familia, menos algo que es producto de ese borracho inservible. En esto último, no podría estar más de acuerdo — reveló con amargura —. Es una carta extraoficial. Legalmente alegarán que soy un hijo extramatrimonial, lo cual es mentira, pero como mi padre era muggle no tienen sus registros, menos con el estilo de vida que llevaba. Me mandaron eso supuestamente para avisarme y darme tiempo de encontrar un tutor por fuera de la línea familiar, lo cual ni siquiera es tan terrible considerando que en un año maś seré legalmente adulto, pero de paso fueron tan amables de anticiparme que se llevaron el poco dinero que teníamos, cualquier propiedad a nombre de mis padres y que no me corresponde herencia.

James no podía creer que alguien fuera tan cruel para molestarse en enviarle eso a un niño. El asco se le veía en los ojos, y Snape irracionalmente buscó calmarlo.

—Creo que fue demasiado en un día — concluyó Severus —, pero vengo teniendo esta clase de impulsos impropios hace ya un año. Lamento que tuvieras que verlo.

—No, por fav…

—Más que nada lamento tener que estar vivo para escuchar lo que dirá Black al respecto. Admito que me daba curiosidad saber los chistes tan ingeniosos que haría con el hecho. Ahora que fue un fracaso, quizás se ría con más fuerza de lo que lo hubiera hecho si hubiera resultado bien.

James negó varias veces con la cabeza.

—No, no le contaré — Severus lo miró incrédulo —. En serio, esto queda entre tú y yo. Nadie tiene que saberlo.

Pero no mentía, muy a su pesar, porque así podría despreciar aquel acto tan lamentable. Que no fuera una actuación le hacía entender que, por segunda vez, le debía la vida. Esta vez no podía evitar hacerle caso a ese deber.

—Pero — condicionó el castaño — no puede volver a pasar, de ninguna forma. Busca ayuda o algo, pero esto tiene que cambiar. Si no veo que mejoras, iré con Madame Pomfrey o con el mismo Dumbledore. Esto que hiciste no puede volver a pasar, ¿podemos prometernos esto?

Severus no quería hacer promesas a ese sujeto. Sólo había hecho promesas a Lily, cuando eran niños, y al final se habían roto. ¿En verdad James Potter pensaba que él cumpliría una especie de juramento con él, su enemigo?

Pero se encontró asintiendo honestamente. Estaba muy cansado, tal vez, para discutir algo con él. Por eso mismo seguramente le contó todo.

James Potter le ayudó a levantarse tirando de su mano. No recordaba haberse dado la mano con él alguna vez, ni cuando se conocieron. No se imaginó que alguna vez estarían tan cerca uno del otro como para sentir sus respiraciones, pero no quedó de otra cuando tuvieron que usar la capa de invisibilidad para moverse por los pasillos de regreso a las mazmorras.

Severus se dejó llevar por James. Ya que tenía los ojos hinchados de tanto llorar, no podía ver bien en la oscuridad. Pero reconoció un par de lugares que le hicieron darse cuenta de que no iban a los dormitorios.

—¿A dónde me estás llevando? — susurró el azabache al oído del contrario, haciéndolo estremecer.

James los había despojado de la prenda mágica para quedarse mirando una pared totalmente vacía. Severus miró a los costados temiendo que alguien se apareciera.

—¿Qué haces? Vayamos a los dormi…

James le cubrió la boca y señaló detrás de él. Severus estaba enojado por ese acercamiento, pero se asombró cuando vio que la pared ahora era una puerta.

Al entrar, no pudo ocultar la impresión de ver una cama idéntica a la suya en el medio de lo que parecía un salón de clases vacío. Incluso su mesa de luz estaba ahí, y algunos libros. Miró con algo de temor a James por tal maravillosa réplica, pero él rápidamente entendió su inquietud.

—Esto es la Sala de los Menesteres — le presentó —. Aparece sólo para quien realmente lo necesite, e intuí que tú realmente la necesitas.

—No entiendo. ¿Para qué necesito este lugar?

—Para estar solo. Hoy estabas llorando en público, y sé cuánto odias expresarte en público. Compartes cuarto con gente, en las comidas estás rodeado de personas y creo que ni en el baño puedes llorar sin que haya un idiota midiéndote el tiempo. Este lugar es sólo para ti. De hecho, supo que necesitabas donde pasar la noche.

Severus miró la cama con duda, pero James notó que eso le dio cierto alivio. Severus asintió varias veces, colocando una mano en la mesa de luz mientras paseaba sus ojos por el lugar. James sabía que debía irse, que seguro Severus quería descansar, pero se vio a sí mismo sentándose a los pies de esa cama de edredón verde con las manos en el regazo. Snape miró su espalda, frunciendo el ceño en confusión. ¿Qué seguía haciendo ahí ese tipo?

—¿Me vas a vigilar toda la noche por si hago algo? — se paró frente a él de brazos cruzados. Snape siempre hacía eso de tomar los costados de su túnica y envolverse con ella cuando quería demostrar firmeza, y lo hacía. A James le parecía un gesto elegante que no pensaba mucho, por eso le resultaba gracioso cuando lo encontraba tan encorvado y metido en sus estudios al realizar y medir pociones, eran dos posturas muy diferentes.

—No. Quería seguir hablando.

—¿Para sacarme información?

—Escucha, la verdad es que te debo una disculpa.

Con una extraña sonrisa, el azabache levantó una mano rápidamente para detenerlo. Cerró los ojos y afirmó con la cabeza, sabiendo lo que le iba a decir.

—Ahora que casi me mato, te sientes culpable — rio sin gracia. James iba a negarlo, pero el otro no le dejó hablar —. Para que lo sepas, tenía la coartada de que iría a hacer una tarea de la clase de Astronomía y que quería… probar un hechizo nuevo o algo así le dije a Lucius — ahora estaba dudando de lo que había dicho. No recordaba tan bien y a James le asustaba que tampoco parecía importarle —. Quedaría como un idiota que accidentalmente cayó al vacío. Me aseguré de que ninguno de ustedes, idiotas, quedara bajo sospecha de nada. Ni directa ni indirectamente. Así que no debes preocuparte porque no pensé exactamente en ti o en Black cuando estaba por caer.

James asintió con vergüenza luego de un rato.

—¿Y en qué pensaste? — cuestionó.

El Slytherin dejó de mostrarse resentido con él. Tomó asiento al lado de Potter y miró el salón casi vacío con él.

—Me pregunté si Lily iba a llorar por mí.

Entonces James entendió que tenía que ser esa noche. Sólo esa noche podría aclarar las cosas, madurar de una vez. Lo había estado pensando en todo el verano después de lo que le hizo en aquella broma. Snape no le agradaba, lo cual era mutuo, pero había sido injusto con él.

—Sé que no me vas a perdonar, pero te pido que me escuches — se aseguró de no dejar pausas de más que Snape pudiera aprovechar para interrumpir —. Eras uno contra cuatro. Nosotros fuimos… Eso fue muy cobarde de nuestra parte. 

—No me digas.

—No había otra forma de molestarte, de lo contrario. Eres muy fuerte y tienes demasiados conocimientos. No por nada sólo los de años mayores se juntan contigo. Eres algo así como un prodigio, ¿verdad? Eso lo noté — Severus no pensaba que James Potter algún día le diría aquello. Sus notas hablaban por sí solas, pero eso no significaba que pensaran de él como alguien fuerte. Sabía que no se refería al área física, por supuesto que no; le reconocía lo que cargaba en la espalda, la forma en la que nunca se dejaba doblegar. James era impresionante en encantamientos, aunque para su gusto no usaba ese talento bien. No le diría eso tampoco, pero que un mago tan habilidoso le hubiera señalado eso, le dio cierto orgullo —. Fuimos crueles, envidiosos y…

—Un idiota mimado que nunca pudo ver más allá de su burbuja de privilegio.

Ahora que lo pensaba, Snape dijo algo sobre que su familia tenía poco dinero. Lo conocía hacía seis años y no tenía ni idea de su vida hasta esa noche. La vergüenza cada vez le dolía más.

—Sí, es verdad — le dijo —. Pero quiero cambiar.

—No necesitas mi perdón para eso — respondió tajante el de verde —. Si eso es todo…

—Lo que hizo Sirius, lo de la Casa de los Gritos — quizás era su imaginación jugándolo en contra por todo lo vivido en el día, pero creyó ver a Snape temblar al mencionar eso —. Eso fue terrible. Pudiste haber muerto.

—Esa hubiera sido una mejor coartada. Ahí sí que nadie se hubiera reído — James rodó los ojos por su maldito humor negro y continuó con sus disculpas.

—Sirius se pasó esa vez, y no se disculpó. Yo, en su nombre, te pido perdón. Todo esto que hicimos, lo del Levicorpus — no vio cuando la expresión de Snape se ensombreció —, nos hace objetivamente culpables de acosarte. No hubo igualdad en nada de esto. Todo se desvirtuó. Te debo una disculpa en nombre mío y de mis amigos. Sé que ellos también lo sienten. Remus se sintió tan mal al enterarse de que casi te hace daño, Peter es… bueno, Peter. Sirius es bueno en el fondo…

—Te puedes ir.

—¡Snape…!

—¡Ya no lo soporto!

El más alto ahora se sentía el más pequeño. El grito de Snape fue angustiante, harto. Tomó aire antes de levantarse y decirle todo lo que venía conteniendo en todos sus años en Hogwarts.

—Vienes aquí a expiar tus culpas, luego de lo que me pasó. Me agarras vulnerable y sólo aprovechas para decirme todo lo que te deje más tranquilo para irte a dormir.

—¡No, Snape…!

—¡Claro que pensé en ti cuando estaba a punto de hacerlo! — aquellas lágrimas no eran de tristeza, sino de rabia. Sus dedos huesudos se pasearon por su cabello negro, peinándolo hacia atrás con desesperación. James sabía que debía guardar silencio y dejar que se expresara. Ese era el verdadero Snape, lo demás había sido una armadura, entendió finalmente en años. Por eso no sólo el confirmar que había torturado a un chico le dolió, sino también el saber que ni siquiera lo había reconocido como un ser humano hasta ese momento — Pensé en… en aquella vez en la que le dije a Lily ese horrible nombre… — su voz se quebró de sólo recordarlo — Es que yo… Yo quería lastimarla, claro que sí. Porque me defendía, claro, pero eso no importaba. ¡Porque al final siempre te elegía a ti! — lloró aún más fuerte. Lo único que lo mantuvo en sus cabales fue ver la cara de angustia de Potter durante su revelación — Tiene todo el sentido del mundo. Desde que nací, todo esto está mal. Yo estoy mal, soy defectuoso. ¿Cómo ella podría querer andar conmigo? ¡Mírame! ¡Mírate! — señaló al Gryffindor — Cuando estaba subiéndome a la cornisa de la torre, lo primero que pensé es que, si fuera tú, en lugar de usar mi tiempo para hacer esos chistes de mierda, hubiera…

Le costó seguir. Casi rompe en llanto antes de decirlo, entendió el castaño. Por eso, tomó aire y fuerzas para continuar. 

—Sí — se levantó y se acercó a él. Forzó a Severus a que volviera a mirarlo a los ojos cuando se lo dijera. Buscó esa parte desafiante y autoritaria en él. Quería regalarle, al menos, una humillación apropiada —. ¿Qué hubieras hecho?

Esa suavidad, esa pena con la que le hablaba, le dio el empujón necesario a Snape para hablar.

—Hubiera usado esa oportunidad para ser quien yo quisiera — dijo en voz baja. Sus ojos vacíos, más negros que antes, lo miraban más cansado que furioso —. Porque ser tú significaba para mí el tener un padre que no está hecho un borracho cada hora de cada día, significaba no ver a mamá medio muerta por los golpes — y de pronto, al repasar sus memorias, esa oscuridad se fue desvaneciendo. No vio cuando James abrió los ojos con horror. Se cubrió para que no lo viera llorar, aunque en ese día ya se había vuelto una costumbre —. Se trataba de no usar los vestidos de la infancia de mamá para no morir de frío. Ni siquiera dudarías de en qué piensa la gente cuando te ve. Estoy tan seguro de eso. Lo noté cuando te conocí, totalmente impecable. Por eso quien te pide perdón soy yo.

Eso fue lo más sorprendente de todo lo que le pasó en el día.

Severus se limpió el rostro, asegurándose de estar prolijo al declararle a James aquello.

—Te odié por el hecho de ser yo, no porque fueras tú — contestó con toda la firmeza que pudo —. Tienes razón, no estamos iguales en la balanza. Pero, al dar el paso en frente, la razón por la que dudé en si a Lily le importaría mi muerte era porque ella tenía razón cuando dijo que yo también soy alguien malvado y peleador. La mierda esta de la muerte me hizo entender que no puedo seguir culpándote a ti, o a papá o a Black. Ya… Ya no puedo seguir así. Quiero cambiar de camino a ver si sufro menos el día a día. No sé cómo, pero quiero que, sea por la razón que sea, terminemos con esto. ¿Podemos hacerlo?

Estaba exhausto. Tenía tantas ganas de ser escuchado. Le dolía la garganta de tanto hablar. No hablaba con nadie más de dos palabras hacía un mes y ese asunto le tenía dando vueltas. 

Potter tardó en salir del shock. Le tomó un par de segundo hablar después de confirmar el acuerdo con un movimiento de cabeza.

—Claro que sí — le juró —. Te prometo que nunca más nadie en este castillo te va a joder.

Severus fingió estabilidad al ofrecerle la mano. James la tomó para apretarla fuerte. La mano de Severus era lánguida, sus dedos se sentían finos y frágiles. Nunca habían llegado realmente a los golpes, y eso le daba alivio. Le daba la impresión de que un puñetazo haría que se le rompiera la muñeca.

—Yo acepto esas disculpas — respondió con esfuerzo para mantenerse recto. No quería dejar de pensar con claridad sobre quién tenía al frente, no cuando el rostro pálido e inexpresivo le recordaba a las muñecas de porcelana de la madre de Sirius. Siempre le gustaron bastante esas muñecas, por mucho miedo que le dieran —. Tú no tienes que aceptar las mías, ya lo sabes — Snape hizo un sonido de ironía —, pero no quiero salir de aquí y que pienses que no te veo.

—¿Que no me ves?

—Es que, si me permites el atrevimiento — era de esas veces en las que se notaba que Potter venía de una buena familia, usando esas palabras diplomáticas y moviéndose con causión —, si me voy ahora, saldré con la sensación de que finalmente conocí quién es Severus Snape.

Él no supo lo que generó dentro del Slytherin, y no le importó. Era necesario serle totalmente sincero.

—Esta noche nunca pasó — le propuso James —. Tú nunca intentaste nada, a menos que estemos solos y quieras hablar al respecto de eso que nunca pasó — no hacía falta un guiño, pensó Severus cuando le dijo aquello —. No charlamos nada, pero mañana, por arte de magia… y madurez, seremos sólo dos compañeros cordiales que no interactúan de forma negativa con el otro. ¿Hacemos eso?

Y una vez más se dieron la mano.

—Se nos hizo largo — murmuró Snape al ver el reloj en la mesa de luz replicada. Las agujas marcaban las cuatro y diez de la mañana —. En tres horas nos veremos en el comedor.

—¿Vas a dormir? — vio cómo Snape analizaba la muda de ropa debajo de la almohada de la cama. Le impresionaba que el cuarto supiera que colocaba sus pijamas ahí.

—No, pensaba colgarme del candelabro.

—Es una lástima que no seamos amigos. Eres rápido mentalmente para responder.

Se dieron una última mirada, muy larga y silenciosa.

—Me tengo que ir, entonces.

—Sí. Gracias por… Ya sabes, y por esta habitación. No la conocía.

—No hay de qué. Para ir al comedor, tienes que doblar a la izquierda y…

—Sí, a la derecha. Luego están las escaleras.

—Exacto, exacto…

Se dio media vuelta, se colocó la capa y salió de la sala. Esa iba a ser tal vez su última conversación: indicaciones. Así de patético se sintió James Potter.