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El aire gélido de la noche en Metroville no molestaba a Lucius Best; de hecho, lo hacía sentir en casa. Desde la azotea del edificio de Seguros Insuricare, observaba a Simón Paladino —conocido en las calles como Gazerbeam— revisar los planos de un almacén sospechoso con la intensidad de un cirujano.
Simón era el orden personificado. Su traje era impecable, su postura rígida y su silencio... bueno, su silencio era lo que volvía loco a Lucius.
El Ojo del Huracán
Hacía apenas año y medio que Simón había dejado de ser un simple civil para unirse a las filas de los vigilantes. Había sido idea de Bob, Lucius y Jack. Simón siempre tuvo el poder, pero le faltaba el empujón. Ahora, era el estratega del grupo.
—Si cortamos la cerradura térmica con un pulso de tres segundos, la alarma no se activará —dijo Gazerbeam, con esa voz grave y pausada que parecía vibrar en el pecho de Frozono. Sus ojos, tras el visor, eran dos puntos de concentración absoluta.
—O... —intervino Frozono, deslizándose sobre un arco de hielo para quedar a su lado—, yo podría congelar el panel y tú simplemente lo haces añicos. Menos matemáticas, más estilo, ¿no crees?
Gazer levantó la vista. No sonrió él casi nunca lo hacía, pero asintió con una cortesía que Lucius encontraba exasperantemente encantadora.
—Tu método es funcional, Frozono. Pero el mío es silencioso. Un caballero no hace ruido innecesario.
A unos metros, apoyado contra una gárgola, GammaJack soltó una carcajada burlona mientras Mr. Increíble se ajustaba los guantes, ignorando la tensión eléctrica en el aire.
—"Un caballero", dice —se mofó Jack, mirando de reojo a Lucius—. Sabes, Hielitos, si sigues mirando a Gazerbeam con esa cara de "ayúdame a derretir mi helado", hasta los ciegos de la Quinta Avenida se van a dar cuenta.
Bob parpadeó, confundido.
—¿De qué hablas, Jack? Frozono solo está... concentrado en el plan. ¿Verdad, Amigo?
Frozono sintió que el frío de sus propias manos se le subía a las mejillas.
—Cállate, Jack. Solo admiro la... precisión técnica de nuestro compañero.
—Sí, claro. Y yo solo admiro el reflejo de mis bíceps en las ventanas —respondió Jack con una sonrisa depredadora—. Anda, "Frío", dile algo que no sea sobre el punto de congelación del nitrógeno.
Un Momento de Fuego y Hielo
La misión fue, como todo lo que tocaba Simón, metódica. Gazerbeam cortó las vigas de acero con la precisión de un escalpelo láser, permitiendo que Mr.Increíble entrara como un ariete humano. Al finalizar, con los sospechosos arrestados y la policía en camino, el grupo se dispersó.
GazerBeam se quedó atrás un momento, guardando un pequeño dispositivo de datos. Frozono aprovechó la oportunidad.
—Oye, Gazer —dijo, tratando de sonar tan relajado como siempre—. Mañana hay una inauguración en el club de jazz de la calle 4. Pensé que, ya sabes, después de tanta "precisión" y "caballerosidad", te vendría bien un poco de improvisación.
Telescopio se detuvo. Se giró lentamente, manteniendo esa distancia respetuosa que lo caracterizaba. Por un segundo, el brillo rojo de su visor pareció suavizarse.
—El jazz no tiene una estructura lógica, Lu —respondió Simón con calma y suavidad en su voz.
—Ese es el punto, hombre. Es sentir, no calcular.
Simón se acercó un paso. Estaba tan cerca que Lucius podía oler el rastro de ozono que dejaban sus ojos láser. El "tipo callado" extendió una mano y, con una delicadeza impropia de alguien que podía atravesar tanques con la mirada, ajustó el cuello del traje de Lucius.
—Sería un honor acompañarte —dijo Simón, con una leve inclinación de cabeza—. A las ocho. No llegues tarde, Frozono. La puntualidad es la cortesía de los reyes.
Simón se dio la vuelta y se alejó en la oscuridad, dejando a un Lucius Best absolutamente congelado en su sitio, no por sus poderes, sino por la sutil sonrisa que juraría haber visto en la comisura de los labios de Paladino.
Desde un callejón cercano, se oyó la voz de Jack:
—¡De nada, Cupido de hielo! ¡Bob, me debes veinte dólares!
El Blue Note de Metroville era el refugio perfecto.
Entre el humo de los puros, las luces tenues de color cobalto y el saxofón que lloraba una melodía suave, Simón Paladino parecía en su elemento natural.
Simón no llevaba su visor de héroe, sino unas gafas oscuras de cristales gruesos, diseñadas especialmente para contener su mirada. Vestía un traje gris Oxford perfectamente entallado. Era el epítome de la sofisticación: un caballero de la vieja escuela que sabía exactamente qué cubierto usar y cómo escuchar sin interrumpir.
Lucius, por otro lado, estaba en su salsa de una manera diferente. Mientras Simón apenas mojaba sus labios en un Old Fashioned de alta calidad —manteniendo el control absoluto de sus sentidos—Lucius ya iba por su cuarto Martini.
—Paladino... de verdad deberías relajarte —dijo Lucius, riendo por algo que el pianista ni siquiera había tocado aún— El mundo no se va a acabar si te tomas otro.
—Alguien debe mantener la vista clara, Lucius —respondió Simón con una media sonrisa, moviendo su vaso con elegancia—. Además, disfruto más de tu elocuencia cuando mis reflejos están intactos.
A pesar de su seriedad, Simón mostró una faceta que Lucius no conocía: era un melómano. Habló de la estructura del be-bop y de la historia de los locales nocturnos con una pasión contenida que fascinó a Lucius. Cuando la banda tocó un estándar de ritmo lento, Simón se levantó y, con una reverencia casi imperceptible, extendió la mano hacia su amigo.
—¿Me concedes esta pieza? —preguntó con voz aterciopelada.
Bailaron. Simón guiaba con una firmeza impecable, sosteniendo a Lucius justo lo necesario para que el otro no tropezara con sus propios pies entusiasmados. Por un momento, entre las sombras del club, no eran héroes ni leyendas; eran simplemente dos hombres moviéndose al compás del contrabajo.
A las 3:00 AM, la burbuja estalló. La puerta del club se abrió y entró una ráfaga de energía caótica. Jackson Heart apareció con una sonrisa de oreja a oreja, arrastrando a un Bob Parr que parecía un niño atrapado en una travesura.
—¡Vaya, vaya! —exclamó Jack, acercándose a la mesa donde Simón intentaba que Lucius bebiera un poco de agua— Pero si es la pareja del año. ¿Interrumpimos el idilio o solo el reporte de patrulla?
—Jack, por favor —suspiró Simón, ajustándose las gafas—. Estamos en un establecimiento público. Ten algo de decoro.
—¡Jack! ¡Bob! — gritó Lucius, tratando de abrazar a Bob, quien reía con incomodidad.
—Hola, Lucius. Veo que la estás pasando... bien —dijo Bob, dándole una palmadita en la espalda que casi lo manda al suelo.
—¡Está mejor que bien! —se burló Jack, apoyándose en el hombro de Simón—. Mírate, Paladino. Ni una arruga en el traje, pero tus ojos... están brillando más de lo normal bajo esos cristales. ¿Es el amor o es que vas a vaporizarme?
Una hora después, la situación escaló. Simón tuvo que retirarse un momento al servicio para refrescarse y limpiar sus cristales. Cometió el error de dejar a Lucius bajo la "supervisión" de Jack.
Cuando regresó, se encontró con un cuadro desastroso: Lucius tenía una copa vacía de algo que olía a alcohol puro y estaba riendo a carcajadas mientras Bob intentaba, sin éxito, quitarle otra botella.
—¡Simón! ¡Ahí está mi rayo de sol! —gritó Lucius al verlo volver.
El hombre del hielo se tambaleó hacia él y lo rodeó con los brazos, pegándose a su pecho sin ningún sentido del espacio personal. Lucius empezó a soltar incoherencias, mezclando palabras sobre "congelar el tiempo" y lo "increíblemente simétrico" que era el rostro de Simón.
—Simón... tienes... tienes una boca muy... seria —balbuceó Lucius, acariciándole la mandíbula con dedos torpes mientras se acercaba peligrosamente a sus labios—. Deberíamos... deberíamos ver si mis poderes pueden... derretirte un poco...
Simón lo sostuvo por la cintura para evitar que se cayera, manteniendo la compostura aunque un leve rubor subió por su cuello. Giró la cabeza hacia Jackson con una mirada que habría fundido acero si no tuviera las gafas puestas.
—Jackson —dijo Simón con un tono gélido que hizo que hasta Bob se pusiera firme— Te pedí un solo favor. Cinco minutos.
Lo dejaste beber con Bob mientras yo no estaba.
—¡Oye, él insistió! —se defendió Jack, levantando las manos con una sonrisa cínica— Además, se ven tan lindos así. Admítelo, Paladino, te encanta que sea tan... "pegajoso".
—Es un comportamiento impropio y poco seguro para su salud —sentenció Simón, aunque no soltó a Lucius ni un milímetro. Al contrario, lo acomodó mejor contra él—. Vámonos, Lucius. Ya es suficiente por hoy.
Simón se despidió de Bob con un gesto seco y sacó a Lucius del brazo, cuidando cada paso del otro como si fuera de cristal, mientras Jack se quedaba atrás riendo y planeando cómo contar esto en el cuartel al día siguiente.
El trayecto en el coche fue un ejercicio de voluntad sobrehumana para Simón. Lucius no se estaba quieto; sus manos buscaban las de Simón, su aliento con olor a ginebra y menta rozaba su cuello, y susurros incoherentes sobre lo mucho que lo había deseado durante meses llenaban el habitáculo.
Al llegar al apartamento de Simón —un lugar tan ordenado y minimalista como su dueño—, la puerta apenas se cerró tras ellos cuando la sobriedad estratégica de Simón empezó a desmoronarse.
Lucius lo acorraló contra la pared del recibidor. No había rastro del hombre relajado y bromista de hace unas horas; ahora era puro fuego, una contradicción viviente para sus poderes de hielo. Sus manos subieron por el pecho de Simón, desabrochando los botones de su camisa con una urgencia desesperada, mientras buscaba sus labios con una sed que ninguna copa había podido saciar.
—Sii... por favor... —jadeó Lucius contra su boca—. No más reglas, no más cortesía... Te quiero a ti. Ahora.
Simón, que siempre se enorgullecía de su control, sintió cómo algo dentro de él se rompía. La devoción absoluta de Lucius, esa forma de entregarse en cuerpo y alma, lo desarmó. Sus manos, grandes y fuertes, bajaron hasta la cintura de Lucius y lo atraparon con una fuerza posesiva. Sus dedos se hundieron en la carne firme, apretando con tal intensidad que sabía que dejaría marcas allí al día siguiente, un recordatorio físico de que Lucius le pertenecía en ese momento.
Lo atrajo hacia sí, eliminando cualquier espacio, sintiendo el calor abrasador que emanaba de la piel de Lucius. La piel de Lucius picaba, ardía, pidiendo por más de esa fricción, más de esa fuerza que solo Simón podía darle.
—Eres un imprudente, Lucius —gruñó Simón, su voz ahora era un rugido bajo y cargado de deseo—. No tienes idea de lo que estás pidiendo.
—Sé exactamente lo que quiero —respondió Lucius, empezando a deshacerse de su propia ropa, queriendo quedar desnudo ante el único hombre que lograba doblegar su voluntad—. Doblégame, Simón. No quiero ser un héroe esta noche... solo quiero ser tuyo.
Simón lo levantó en vilo, haciendo que las piernas de Lucius se enredaran en su cintura. La precisión del láser de sus ojos no era nada comparada con la precisión con la que sus labios empezaron a marcar el territorio del cuello de Lucius. El control se había ido; esa noche, el caballero metódico se permitió ser el hombre pasional que Lucius tanto necesitaba, respondiendo a esa entrega total con una intensidad que prometía quemar incluso al más frío de los súpers.
La atmósfera en la habitación era densa, cargada con el aroma del deseo y el ozono residual que parecía emanar de la piel de Simón cuando su control se fragmentaba. La pulcritud del apartamento había quedado atrás; ahora solo existía el sonido del cuero cabelludo rozando las sábanas de seda y la respiración entrecortada de dos hombres que habían pasado demasiado tiempo fingiendo que solo eran compañeros de patrulla. Simón lo tenía anclado, sus dedos hundiéndose en la piel expuesta y delicada de Lucius, con una posesividad que solo un hombre ha deseado en secreto por años podría tener.
Estás caliente, Lu… —gruñó Simón contra su cuello, sintiendo el contraste de la piel de Lucius, que luchaba por mantener su propia temperatura habitual pero fallando ante el fuego de la situación.
Lucius arqueó la espalda, buscando más contacto, su compostura “cool” totalmente quebrada.
—Es… es tu culpa, Paladino— jadeó Lucius su voz quebrada mientras echaba la cabeza hacia atrás— Tienes esa maldita forma de mirar… como si quisieras desintegrarme. No me dejes… no te detengas ahora,Láser.
Simón soltó una risa baja, vibrante, que Lucius sintió directamente como una descarga en su columna vertebral, los dedos ahora resbalando en su entrada abriéndose paso poco a poco, el frío de sus poderes siendo apaciguado por el calor ferviente de esa mirada intensa, su vientre bajo tan caliente como un volcán en erupción, palpitante por atención.
—No voy a ninguna parte — aseguró Simón, subiendo una mano desde su cadera hasta su nuca para obligarlo a mirarlo a lo ojos, esos ojos que ahora lo miraban con una intensidad que ningunos lentes especiales para súper podría contener —Te tengo justo donde quería, derretido en mi cama. Y voy a asegurarme de que esta noche no puedas pensar en nada más que no sea este calor.
Lucius solo pudo responder con un gemido ahogado cuándo Simón atacó su boca sin piedad con una urgencia que decía sin necesidad de palabras, que ya no eran solo amigos y que el tiempo de las sutilezas había terminado. Con su otra mano sigue trabajando, buscando el mejor ángulo a un ritmo suave y medido provocando espasmos y escalofríos de placer.
Simón, con la eficiencia de quien conoce cada punto débil, no dejó que el ritmo decayera. Sus estocadas eran metódicas pero implacables, cada una calculada para llevar a Lucius al borde del delirio. Sus manos, que aún mantenían ese agarre firme en los muslos de Lucius, eran el único anclaje de este último a la realidad mientras su mente se nublaba de puro placer.
—Mírame, Lucius —ordenó Simón con un gruñido ronco, su voz resonando en el pecho del otro.
Lucius abrió los ojos, empañados por las lágrimas de la excitación, y se encontró con el reflejo de los cristales oscuros de Simón. A pesar de no ver sus ojos directamente, sentía el calor láser emanando de ellos, una energía que parecía quemar el aire entre ambos.
El mundo exterior quedó en el olvido, para solo ser ellos en la privacidad de las cuatro paredes, el hombre que podía congelar una bala en el aire, estaba experimentando una derrota absoluta y deliciosa. Su naturaleza siempre relajada y su temperatura bajo cero, estaba siendo desmantelada pieza por pieza por las manos expertas de Simón.
Lucius hundió los dedos en el cuero cabelludo de Simón,buscando un anclaje mientras sentía como se derretía su interior se agrietaba entre espasmos silenciosos — Simón… —el nombre salió con un suspiro herido, una rendición— Me estás… me vas a derretir…
Simón no se detuvo sus labios besando cada extensión de piel, su aliento cálido que le hace estremecer cada célula de su ser, quemando como brazas ardientes que marcaban un camino errático descendiendo por la clavícula, dejando tras de sí una camino de piel encendida. Lucius soltó un gemido largo y agudo que vibró en el aire denso. Ya no intentaba enfriarle ambiente; al contrario, su cuerpo buscaba el calor de Paladino con una urgencia casi violenta, como un hombre que a pasado toda su vida en el invierno y ahora descubre el sol.
Ahh~… Más profundo…— jadeó Lucius,con los ojos entrecerrados y vidriosos, nublados por él placer, su cuerpo perlado en sudor de pequeñas escarchas formando un contraste de niebla húmeda— Simón, mi Rayo… quémame. No quiero estar frío… no contigo.
Simón lo apretó más fuerte,sus caderas chocando con una cadencia posesiva que arrancó un grito ahogado de placer de la garganta de Lucius entregándose totalmente, arqueando más su cuerpo para ofrecerse más.
Entre jadeos que quemaban los pulmones, Lucius dejó escapar esas palabras que había guardado celosamente para sí mismo, bajo capas de profesionalidad y amistad cautelosa:
— Te… te he querido tener así siempre… desde esa primera vez que te vi — susurró contra su oído,su voz rompiéndose en miles de pedazos — Tan cerca… que me dejes sin aliento.
Eres extremadamente perfecto e insoportable, Simón… y te amo por eso. Dios, como te amo.
Simón sé detuvo apenas un segundo, con la respiración pesada golpeando el pecho de Lucius, antes de sellar esa confesión con un beso cargado de una voracidad contenida. Siendo recibido con la boca abierta,entregando su lengua,su aliento y su voluntad. Lucius cerró los ojos dejándose llevar por las sensaciones de las manos de Simón en su cuerpo, siendo su única ancla.
— ¿Me amas? — repitió Simón su voz rompiéndose en una nota ronca,casi incrédula.
Entonces una sonrisa lenta y depredadora, pero cargada de absoluta devoción curvo sus labios. Era la sonrisa de un hombre que acababa de ganar el único premio que realmente importa.
—Llevo tiempo intentando contenerme— murmuró Simón,su mano subiendo para acuñar su rostro de manera posesiva, sus pulgares delineando sus labios húmedos — Pero yo siempre esperé tenerte así, tan mío.
—No te voy a soltar —prometió y esta vez fue un juramento — Te he deseado, y he odiado que no fueras mío… pero ahora que lo has dicho, no hay vuelta atrás. Eres mi todo.
Para demostrarlo, Simón volvió a embestir con una intensidad renovada, pero cargada de una ternura salvaje. Cada beso que dejaba en el pecho de Lucius era una respuesta a su confesión, cada marca que sus dedos dejaban hundidos en su cadera es una firma.
—Dilo otra vez— suplicó Simón contra su piel perlada, perdiendo su habitual elocuencia por la necesidad pura — Dime que eres mío, Lu. Dime que esto es lo único que quieres.
— Todo tuyo… — gimió Lucius, envolviendo sus piernas alrededor de Simón para no dejar ni un milímetro de espacio entre sus cuerpos— Soy todo tuyo, Rayitos. No te atrevas a soltarme.
En ese momento Simón lo devoraba con la mirada, sus ojos recorriendo cada espasmo de placer en el rostro ajeno. El mundo exterior no eran nada comparado con ellos dos derritiéndose en llamas de placer.
—Eres lo único que necesito, el único que me enciende al máximo y no pienso soltarte nunca.
El choque de sus cuerpos era rítmico, un compás salvaje que recordaba a las batallas que libraban en las calles, pero con un propósito mucho más íntimo. Simón encontró ese ángulo exacto, ese punto donde la resistencia de Lucius se quebraba por completo. Un grito agudo, despojado de toda inhibición, escapó de la garganta de Lucius mientras arqueaba la espalda, entregándose por completo a la sensación de ser reclamado por el hombre que admiraba en secreto.
La liberación llegó como una explosión coordinada. El calor de Simón y la descarga de Lucius se mezclaron en un caos de fluidos y jadeos exhaustos. Lucius se desplomó contra el colchón, con el pecho subiendo y bajando violentamente, mientras Simón se dejaba caer sobre él, enterrando el rostro en el hueco de su cuello, dejando que el silencio volviera a reinar, aunque ahora era un silencio compartido y cálido.
Unas horas más tarde, la luz azulada del amanecer de Metroville comenzó a filtrarse por las persianas. Lucius despertó con la cabeza pesada, el eco de la ginebra aún martilleando en sus sienes, pero con una sensación de plenitud que nunca antes había sentido.
Al intentar moverse, sintió el peso de un brazo posesivo sobre su cintura. Simón ya estaba despierto, apoyado en un codo, observándolo con una serenidad que Lucius encontraba aterradora y fascinante a la vez.
—Buenos días, Lu —dijo Simón, su voz perfectamente clara, como si no hubiera pasado la noche en vela— Te he preparado café y algo para la cabeza. Pero antes de que te levantes... tenemos que hablar sobre cómo vas a explicarle a Bob por qué no puedes caminar bien hoy.
Lucius se hundió en la almohada, soltando una profunda risa ronca.
—Oh, por favor... Jack se lo dirá antes de que yo siquiera abrir la boca. Pero valió cada segundo, Rayito. Cada maldito segundo.
La cocina de Simón era, como todo en su vida, un santuario de orden.
El aroma a café recién molido y pan tostado llenaba el aire mientras Lucius, envuelto en una bata de seda de Simón que le quedaba ligeramente corta, intentaba lidiar con la resaca y la euforia.
—Sabes, Paladino... —comenzó Lucius, removiendo su café con una sonrisa pícara—, siempre pensé que tus ojos láser eran tu arma más peligrosa, pero anoche descubrí que tienes otros "argumentos" igual de contundentes. Deberías registrarlos como armas de destrucción masiva.
Simón, que estaba cortando fruta con una precisión geométrica, ni siquiera levantó la vista, aunque las puntas de sus orejas se tiñeron de un rojo sutil.
—La disciplina es la clave del éxito en cualquier campo, Lucius —respondió Simón con voz plana— Incluyendo el campo de batalla... y el dormitorio.
Lucius soltó una carcajada que terminó en un quejido por el dolor de cabeza.
—¡Dios! Hasta para eso eres un señor. "Disciplina". Podrías haber dicho que me diste la paliza de mi vida y habría sonado más real. Mis piernas parecen de gelatina, Simón. Si intentara patinar ahora, terminaría pareciendo un pingüino ebrio — dijo teniendo cuidado al sentarse, sintiendo una clara puntada desde las caderas pasando por toda su espalda.
Simón dejó el cuchillo, se acercó a él y le puso una mano en el hombro.
—Entonces es una suerte que el "pingüino" tenga a alguien que lo sostenga. Come, Lucius. Necesitas recuperar energías antes de enfrentarnos al verdadero villano del día: la boca de Jackson.
Al medio día el grupo se reunió en la guarida privada de Bob. Lucius intentaba caminar con la mayor naturalidad posible, pero cada vez que sus articulaciones protestaban, Simón estaba allí, extendiendo un brazo o colocándose estratégicamente para ofrecerle apoyo, con una caballerosidad que antes habría parecido normal, pero que hoy gritaba "posesivo".
Jack, que los observaba desde una mesa de billar, no tardó ni tres segundos en explotar.
—¡Oh, miren eso! —gritó Jack, señalándolos con el taco de billar—. ¡Bob, saca la cámara! ¡El Caballero Oscuro finalmente ha derretido el glaciar!
Bob, que estaba revisando unos informes, levantó la vista confundido.
—¿De qué hablas ahora, Jack? Frozono solo se ve un poco... cansado. Quizás la patrulla de anoche fue dura.
—¿Cansado? —Jack soltó una carcajada escandalosa—. ¡Grandullón, por favor! Lucius camina como si hubiera intentado montar un rinoceronte y Simón lo mira como si fuera a vaporizar a cualquiera que respire en su dirección. Se acostaron, Bob. Se entregaron al "amor heroico". Gazerbeam finalmente usó su mira telescópica para algo más que buscar criminales.
Bob se quedó de piedra. Miró a Simón, que mantenía la barbilla en alto con una dignidad imperturbable, y luego a Lucius, que se encogió de hombros con una sonrisa de "culpable".
—¿Es... es cierto? —preguntó Bob, sintiendo que sus mejillas se calentaban—. Yo... bueno, yo no me di cuenta. Es decir, ¡es genial! Pero... Lucius, ¿estás bien? Te mueves un poco raro.
Simón dio un paso al frente, rodeando protectoramente la cintura de Lucius ante la mirada burlona de Jack.
—Está perfectamente, Bob —sentenció Simón con autoridad—. Pero agradecería que Jackson guardara sus chistes de mal gusto para alguien que no sea mi pareja. Lucius necesita descansar, y si alguno de ustedes tiene un problema con eso, podemos discutirlo afuera.
Bob se rascó la nuca, genuinamente avergonzado pero feliz por sus amigos.
—No, no, Simón. Nada de peleas. Estoy... estoy muy feliz por ustedes. Solo... —miró las marcas que asomaban por el cuello de Lucius— trata de no romperlo, ¿sí? Aún lo necesito para patrullar el muelle.
A partir de ese día, el dinamismo del grupo cambió. Simón Paladino seguía siendo el tipo serio y metódico, pero su caballerosidad ahora tenía un filo de acero. Si un villano se acercaba demasiado a Frozono, Gazerbeam no solo lo detenía; lo fulminaba con una mirada (y un rayo) que dejaba claro que estaba tocando propiedad privada.
Lucius, por su parte, nunca dejó de hacer bromas, pero ahora siempre encontraba la mano de Simón buscándolo en la oscuridad, recordándole que, aunque fuera el hombre de hielo, había encontrado el fuego que necesitaba para no volver a sentir frío jamás.
