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Español
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2026-02-01
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El día en que Spiker, la planta leal de Catachán, se convirtió en un desertor

Summary:

Spiker, el Archimilitante de Kiran Vinter, está hasta los cojones de todo.
Ha tenido una fuerte discusión con su Lord Capitán. Al parecer, a su Lord Capitán no le gusta que se sepa que Annalena Vinale, una proscrita imperial que actúa bajo un sinfín de identidades falsas, es su ex-mujer. Spiker le ha preguntado por ello y Kiran se ha cabreado. Y su cabreo ha cabreado a Spiker.
Y por eso ahora Spiker necesita recordar.
Necesita recordar el día en que se convirtió en un desertor y el día en que conoció a un xeno que le cambiaría la vida... ¿Para bien? ¿Para mal?
Spiker no puede darle una respuesta a esa pregunta. El presente le genera sentimientos contradictorios. Ahora más que nunca.
En este capítulo, Spiker recordará. Recordará y actuará. El pasado y el presente se vinculan entre sí, empujándolo hacia un futuro que se le antoja un poco más negro y un poco más caótico.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

 

La Ellara, camarote del Archimilitante

Tiempo presente

Spiker no es una persona muy reflexiva.

Piensa cuando tiene que hacerlo; no antes, ni después. Y piensa solamente sobre lo que tiene que pensar, sobre lo que Kiran Vinter, su Lord Capitán, le ordena o le pide. No le gusta perder el tiempo con tonterías, por muy «profundas» o «trascendentes» que sean; es un soldado, un líder militar, y no un filósofo, un político, un escritor o todo a la vez. Hace su trabajo lo mejor que puede y se va a una taberna, a una casa de juegos y apuestas o a un burdel. Piensa en cosas prácticas, en cosas importantes, y después, en su tiempo libre, apaga el cerebro. Cosa que, por otro lado, le permite (o eso cree) trabajar mejor. 

Pero, a veces, cuando está (como suele decir él) hasta los cojones de todo y de todos, Spiker hace un pequeño y raro ritual. Se encierra en su habitación, se toma tres chupitos de amasec, se quita la ropa, se tumba en su amplia cama (algo que es, a todas luces, un putísimo lujo) y se coloca la gema de Elrial ahí, sobre el corazón. Después cierra los ojos y piensa, reflexiona, sueña. Sueña con el momento en que todo cambió para él, el momento en que se convirtió en un desertor, y el momento en que conoció al eldar que malvive ahí, en esa bonita gema que, si fuera descubierta, podría generarle algún que otro problema. Kiran está demasiado ocupado en aprender a jugar al juego de la política, y Basil es demasiado cobarde como para matarlo así porque sí, pero Thedosius, Alexandra, Decius o cualquier otro estúpido imperial podría tomar represalias contra él o podría, simple y llanamente, darle un sermón. Y si hay algo que Spiker odia con toda su alma, eso son los sermones.

Pero ese riesgo, piensa, merece la pena. Así al menos puede sentir a Elrial y revivir el momento en que vio su bonita cara por primera vez. Así al menos tiene algo a lo que aferrarse, algo que le dé sentido a su miserable, repetitiva y peligrosa vida. Todo lo demás, como las tonterías religiosas de Decius, los tejemanejes políticos de Alexandra o los caprichos de su Lord Capitán, carecen de importancia. Nada le llena tanto como la presencia etérea de Elrial o el recuerdo de su extraña pero reconfortante presencia. Gracias a Elrial y a sus propios recuerdos, Spiker puede enterrar todo ese odio y ese rencor que siente hacia todo, hacia ese mundo hipócrita y cruel que le rodea. Puede trabajar mejor, hacer lo que se espera de él, y pasar un buen rato en los variopintos antros de la Ellara. Esta es la vida que tiene y esta es la vida que quiere. Ha vivido lo suficiente como para saber que no hay alternativas mucho mejores que ésta.

Hoy, Spiker ha discutido (otra puta vez) con Kiran. No ha sido una discusión normal, de esas que se olvidan en un par de horas y no se rescatan de ese famoso «cajón de mierda». Ha discutido con él porque Kiran, además de ser un «pasota» y un auténtico gilipollas, es un mentiroso. Spiker sabe que la sinceridad no es una cualidad muy común en el Imperio y piensa que a veces un líder debe mentirle a sus subordinados (él, de hecho, lo hace a menudo), pero le jode que Kiran mienta hasta con las cosas más superficiales y más infantiles. Parece un crío, un quinceañero criado entre algodones. ¿Qué problema hay en que todos sepan que Annalena es su ex mujer? ¿Por qué finge que él no tiene un pasado, un lugar donde nació, donde creció y toqueteó las pollas y los coños de otros quinceañeros igual de salidos que él? Menuda tontería. 

Así que sí: hoy Spiker necesita a Elrial más que nunca. Hoy necesita recordar, regresar a ese primer momento y sumergirse en él, como si nada de lo que le rodea fuera real. Como si su presente fuera una pesadilla y ese pasado aún siguiera vivo. Dicho de una manera mucho más simple y mucho menos cursi: como si todo estuviera al revés, como si se encontrara en ese momento decisivo, en ese punto de inflexión. Como si su vida no fuera tal y como es, sino como él desearía que fuera. 

Tras atravesar el marco de la puerta, Spiker cruza el vestíbulo que lleva a su camarote: una estancia cómoda, lujosa, amplia. Una estancia que pide a gritos que alguien —alguien pijo, superficial, demasiado pagado de sí mismo— la llene con objetos de valor, cosas heréticas y tonterías varias, como esas inútiles armas y armaduras «ceremoniales» que tanto gustan a la gente poderosa, a esos zorros cabrones y pretenciosos que gobiernan el Imperio. Él, por supuesto, no se para a pensar en que él es —técnicamente— uno de esos cabrones, uno de esos «zorros pretenciosos». Él es Spiker, un soldado, un desertor, un criminal y todo eso a la vez. Kiran y ese papelito suyo sellado por el Dios-Cadáver podrán decir lo que quieran, pero la realidad es la que es; Spiker no es el Archimilitante de la Dinastía Vinter, Spiker es Spiker, una de las plantas más peligrosas y venenosas de Catachán. Y ya está. 

Frustrado, Spiker saca una botella de amasec del enorme, acristalado y resplandeciente minibar ubicado en ese enorme, acristalado y resplandeciente salón. Le da un primer trago, sube —o, más bien, salta—  los veinte escalones que dan al segundo piso y camina —o, más bien, corre— hacia su dormitorio. Pasa por delante de un retrato de Kiran (un  retrato, huelga decir, idealizado, que muy probablemente ha sido colocado ahí por orden de Alexandra y no por iniciativa de Basil o del propio Lord Capitán) y empuja la puerta de su alcoba. Allí deja el amasec sobre una mesita y comienza a desnudarse. Primero se quita la armadura (pechera, casco, grebas, toda esa parafernalia fea y abollada), después se quita el mono aislante y finalmente se desprende de esa larga, ajustada e incómoda tira que le presiona los pechos. Esto último no tendría por qué llevarlo —el traje aislante es muy ajustado de por sí, y la armadura de caparazón no marca la forma de sus pechos o la curva de su cintura—, pero se ha acostumbrado demasiado a ello, es una seña de identidad de la que no puede (y no quiere) desprenderse. 

Una vez desnudo, Spiker toma la botella y le da tres cortos tragos. Después acomoda los enormes almohadones de su cama y se recuesta en ella. Continúa bebiendo, con la mirada clavada en el techo y los labios aún convertidos en esa última y despreciativa sonrisa que le ha dedicado a Kiran. «Es un gilipollas», piensa, y entonces, esa otra voz de su conciencia (una voz que le recuerda a su yo del pasado), añade: «Elrial también tenía sus taras y sus manías, pero no era tan gilipollas». En general, Spiker cree que los xeno —o, por lo menos, los eldar— no son tan gilipollas. O quizás sí que lo son, pero de una manera muy distinta. De una manera que él puede tolerar. Antes no pensaba de esta manera. Pero, como dice Decius, el tiempo siempre te da algo de perspectiva y algo de paciencia. A él solamente le ha dado lo primero. 

Y así, mientras divaga, sus dedos ascienden hacia la gema de Elrial. No siempre la lleva encima; a veces la oculta ahí, en el último cajón de su escritorio, lejos de miradas indiscretas. Otras veces, como hoy, se la cuelga del cuello y la oculta bajo sus ropas. Sabe que es algo arriesgado, algo que le podría generar más de un problema, pero tampoco le importa. Con Elrial ahí, tan cerca de su corazón, se siente acompañado, escuchado, visto. Cosa que, piensa, es de agradecer.

De pronto, mientras bebe de la botella y toquetea la gema, Spiker se da cuenta de una cosa: Elrial nunca lo vio desnudo. Nunca lo vio así, tal cual es él. Nunca observó sus pechos, la curva de su cintura, la forma de sus caderas. Nunca tuvo frente a él esa contradicción, esa disonancia entre lo que Spiker decía ser —un soldado catachano, con énfasis en esas dos os— y lo que éste ocultaba bajo sus ropas, bajo su forma de caminar y su forma de hablar, de expresarse, de ser. Ahora, desnudo y tumbado en su catre, con ese amasec que calienta su cuerpo y adormece sus sentidos, Spiker se pregunta cómo hubiera reaccionado. Y se pregunta también a qué Spiker preferiría, quien de las dos (o, más bien, tres) versiones se ganaría su amistad, su amor.

A veces, en sus momentos de mayor debilidad, Spiker envidia a Alexandra. Envidia lo muy segura que se siente en su feminidad, el cómo ha convertido ésta en una fuente de poder e influencia, y en el poco complejo que le genera el ser así, el tener ese cuerpo, el ser una mujer en todas las dimensiones de la palabra. Y también —que el Dios Ausente le perdone—envidia a Kiran, con ese vozarrón, esa enorme estatura y esa risa temeraria, rebosante de confianza, de masculinidad. La Cosa lo cambió todo para él; no la quería o, más bien, no quería lo que había detrás de su concepción, la posición de debilidad en la que lo situaba. Pero ahora, piensa, ya no hay vuelta atrás. No puede volver a ser Fiora, esa «pequeña flor», y tampoco puede ser Spiker, el-hombre-de Kiran. No del todo, al menos. Spiker (de nuevo) es Spiker. Una planta letal.

—¿Es eso suficiente, Elrial?—murmura, sabiendo que no tendrá ninguna respuesta. La gema permanece fría y no cambia de color ni hace nada especial. Nunca lo ha hecho, a decir verdad. Elrial está ahí, dentro de esa gema, pero no tiene forma de hacerse entender, y Spiker tampoco sabría muy bien cómo interpretar lo que dice. Lo único que sabe, lo único en lo que se ha fijado, es que ante un peligro inminente la gema empieza a emitir un calor insoportable. Pese a estar muerto, Elrial es capaz de percibir el peligro, la amenaza, y Spiker es lo suficientemente inteligente y perceptivo como para relacionar ambas cosas. 

Pero esta vez no sucede nada de eso. La gema permanece tranquila, fría al tacto, y Spiker (de nuevo) se siente un absoluto y completo gilipollas. Con lo pragmático y racional que es él, no debería esperar nada de Elrial, ese corsario aeldari al que apenas conoce. «Supongo», piensa, «que hasta un cínico como yo necesita a alguien a quien aferrarse». Y no le falta razón. A fin de cuentas, todo el mundo lo hace. Todo el mundo parasita a alguien, se aferra a esa «persona favorita» hasta que pierde la cabeza o directamente la palma. Es el curso natural de las cosas. 

Y es el curso que Spiker pretende seguir. 

Le da un último trago a la botella y la deja ahí, en la mesita de al lado. De pronto, se siente mareado y adormilado. Le quema la garganta, le duele el estómago y todo a su alrededor da vueltas. Señal, piensa, de que ha bebido demasiado rápido y de que no debe beber más. No pasa nada. A fin de cuentas, esto es lo que buscaba. Lo ha hecho mil y una veces. Decius dice que es un milagro que aún siga vivo.

Poco a poco, Spiker se va quedando dormido. Sus dedos permanecen alrededor de la fría gema de Elrial, y su mente vuela hacia ese primer momento, hacia el momento en que lo conoció y él se convirtió oficialmente en un desertor, en un criminal, en un auténtico y verdadero traidor.


 

Mundo salvaje de Heraldo II, Segmentum Ultima

Hace cinco años

Spiker no quería morir. 

Y mucho menos así, devorado por el carnífex que acababa de abatir a Tannia Maloran, la sargento de su escuadra. No importaba lo que el resto de compañeros y compañeras pensasen al respecto; Spiker,  esa planta letal nacida en Catachán, no iba a convertirse en el sustento de aquella masa de dientes, garras y extremidades quitinosas. La 12ª Tropa de la Jungla, el Grupo de Batalla Python, la Flota Primus y el mismísimo Lord Regente podían irse, simple y llanamente, a tomar por el culo. 

Apretó el gatillo. El proyectil del bólter salió disparado hacia delante e impactó de lleno en la frente púrpura del carnifex. La bestia no llegó a chillar; antes de que un estallido de rabia abandonase su garganta, su rostro y parte de su cráneo estallaron en una sanguinolenta marea de carne y hueso. Se tambaleó y cayó al suelo, aplastando bajo su peso lo poco que quedaba de Maloran. Unos metros más atrás, justo sobre el borde de un cráter, otro carnifex chilló y se dispuso a cargar contra la destartalada escuadra. 

Spiker pensó en apuntar y en disparar. Pensó en seguir combatiendo, en tratar de insuflar coraje en sus compañeros y compañeras, pero un rápido vistazo a su alrededor bastó para hacerle cambiar de opinión. No solamente Maloran había sido abatida; toda la tundra estaba llena de cadáveres, y el cielo estaba totalmente despejado, sin una sola nave de refuerzo a la vista. Los pocos soldados que aún quedaban trataban de mantener la línea, escondiéndose tras barricadas improvisadas y tanques humeantes para contener a una horda tiránida que no paraba de crecer. Las redes de comunicación estaban llenas de gritos, disparos y aullidos indescriptibles. La cadena de mando había sido bruscamente interrumpida; no había nadie a quien obedecer y nadie a quien darle órdenes.

Así que Spiker salió corriendo. 

Salió corriendo hacia el sur, hacia las montañas nevadas que se extendían más allá, en el horizonte. Leiáh se giró, horrorizada, y trató de detenerlo. Extendió un brazo hacia él y lo agarró, pero Spiker se giró, grácil como un gato, y le asestó tal puñetazo en la nariz que la chica lo soltó y retrocedió varios pasos. Con la cara ensangrentada, la boca llena de dientes partidos y esos ojos azules suyos llenos de ira, Leiáh lo llamó cobarde, desertor, traidor. Spiker no le hizo caso y siguió corriendo, con el dedo índice listo para apretar el gatillo de su bolter en caso de que cualquiera de esas hambrientas bestias lo emboscase desde los pinares. No sabía qué sería de él cuando los altos mandos de Python lo encontrasen —seguramente lo matasen o lo convirtiesen en servidor—, pero tenía claro una cosa: no iba a ser la próxima comida de un tiránido. Ni de coña. Ni de putísima coña. 

Toda aquella operación había estado condenada desde el principio. La Flota Primus no tenía los efectivos y los recursos suficientes para hacer frente a la Flota Enjambre que se había asentado en Heraldo II, Gaia y otros mundos salvajes del sector. Los (pocos) remanentes del Grupo de Batalla Typhon habían tenido que abandonar Heraldo I, y todo indicaba que Python tendría que hacer lo mismo. Esos cabrones de Teus no eran alienígenas cualquiera; eran tiránidos, un saco gigantesco de bichos quitinosos y babeantes que raras veces se retiraban del campo de batalla. Se alimentaban de toda materia orgánica que encontrasen, convirtiendo cualquier mundo mínimamente fértil y próspero en una roca inerte e infértil. Eso mismo había sucedido en Heraldo I y eso mismo sucedería en Heraldo II. Al Grupo de Batalla Python no le quedaba más remedio que retirarse con el rabo entre las piernas. 

Pero Spiker no iba a esperar a que eso sucediera. Había empuñado un arma prácticamente desde que tenía uso de razón; sabía que los generales y almirantes imperiales solamente autorizaban una retirada cuando la situación era muy crítica, y para que una situación fuera calificada como «muy crítica», tenía que palmarla mucha más gente. Y Spiker no quería formar parte de esa panda de desgraciados, así que corrió, corrió y corrió.

Corrió como alma que lleva el diablo. Corrió hasta que sus pulmones exclamaron: «¡Basta!». Corrió hasta que la suela de sus botas se desintegró y sus pies quedaron en carne viva, expuestos al frío helador de Heraldo II y al tacto punzante de sus arbustos, árboles y plantas. Corrió hasta que el paisaje se convirtió en un pinar denso y oscuro. Corrió hasta que los disparos y los gritos se convirtieron en un murmullo lejano y los monstruos de Teus fueron reemplazados por las pocas bestias que aún moraban los bosques de Heraldo II. Corrió hasta que se sintió en casa, en Catachán, en ese mundo-jungla que le dio la bienvenida a aquella galaxia llena de mierda y llena de imbéciles. 

—¡Joder!—resolló, al tiempo que tiraba el bolter al suelo y apoyaba las manos en las rodillas, tratando de recuperar la respiración. El corazón le latía a mil. Su auspex marcaba una temperatura de unos -15° grados centígrados, pero él no tenía frío. Estaba ardiendo; la sangre corría y bullía por sus venas. No recordaba la última vez que se había esforzado tanto

Se incorporó poco a poco y examinó su estado. Además de las botas, también se le habían roto las placas que protegían sus piernas; ahora, el traje aislante era lo único que lo protegía del frío y del peligro. Las palmas de sus manos estaban llenas de raspones y heridas supurantes, y algo —Spiker no sabía el qué ni el cuándo— le había abierto una raja en la coraza. Estaba, dicho de manera simple, en la mierda. En la más absoluta y completa mierda. 

Recogió el bólter del suelo y miró a su alrededor. Se encontraba en un claro cubierto de escarcha y nieve. Los pinos y la maleza bordeaban el límite del bosque, formando un espacio amplio e irregular. Aquí y allá se podían atisbar restos de un antiguo asentamiento militar imperial; bidones de combustible, cogitadores en claro desuso, enormes cajas de suministros y tiendas de campaña. Heraldo II nunca había pertenecido como tal al Imperio —la propia naturaleza del mundo y las tormentosas corrientes disformes se habían encargado de ello—, pero era evidente que alguien había intentado capturarlo. 

La joya de la corona —o sea, el elemento que más crispaba a Spiker— era una enorme y semi-circular estructura ubicada en lo alto de una escalinata medio derruida y medio desdibujada. Ese «arco» invertido (Spiker no tenía claro cómo definirlo) estaba hecho de un material beis, similar al color de un hueso humano, y presentaba extrañas runas en la base y en los dos brazos que se extendían hacia el cielo. Parecía ser, pensó Spiker, algo mucho más antiguo que el olvidado campamento imperial. Algo alienígena, supuso, si bien no tenía ni la más remota idea de a qué especie pertenecía. 

Agarró firmemente su bólter y comenzó a caminar por el campamento, sin apartar su mirada de la linde del bosque. Tras ver que no había peligro a la vista, se colgó el bólter de la espalda y se dispuso a rebuscar entre los suministros abandonados, en busca de algo útil. Después de quince minutos de infructuosa búsqueda, encontró un par de botas, un cuchillo serrado, tres barritas de proteínas y una pequeña bolsa de granadas cegadoras. Todo en buen estado.

—Como solías decir, Tania, menos da una piedra…—murmuró, mientras cerraba la riñonera que le colgaba de la cintura y se sacudía la nieve de las piernas. Estaba a punto de calzarse las botas cuando el suelo comenzó a temblar y una poderosa ráfaga de viento salió del corazón del arco, sacudiendo todo a su paso. Spiker clavó los pies en el suelo y se inclinó hacia delante, tratando de resistir el embate del viento. En un abrir y cerrar de ojos, una intensa luz azul comenzó a formarse en el interior del arco. Era una suerte de «energía», una masa oscilante de partículas que brillaban con una intensidad muy poco natural. 

Cuando la afilada y brillante proa de una nave emergió del interior, Spiker entendió que aquello no era ningún arco invertido o ninguna estructura «ceremonial» cualquiera. Era un portal. Un puto portal alienígena. 

Se dio la vuelta rápidamente y echó a correr. Intuyendo que no le daría tiempo a esconderse entre los árboles, saltó hacia el otro lado de la barricada más cercana y se escondió detrás de ella. Apretó la mandíbula y permaneció ahí, quieto, mientras una nave de diseño inconfundiblemente alienígena salía del portal y se asentaba ahí, en lo alto de las escaleras. Esa nave no era, sin embargo, «manufactura» tiránida; era muy pequeña, muy alargada y muy ligera. La proa tenía una forma triangular, muy afilada, y el resto de la estructura —alas, popa, los cañones apostados en la parte superior de la proa, etc.— simulaba un ave de gran envergadura, como un águila o un halcón. 

La escotilla se abrió. Nueve altas y delgadas figuras salieron del interior. Cinco machos y cuatro hembras, todos ataviados con una armadura ligera que, más que una armadura, parecía una segunda capa de piel. Uno de los «hombres» iba acompañado de un ave que Spiker no supo identificar, una de las «mujeres» portaba un extraño báculo dorado y otro, el que parecía el líder, llevaba sobre los hombros un enorme y azul estandarte. El resto parecían soldados rasos, combatientes normales. 

Spiker juraría que alguna vez había oído hablar de esas cosas. Juraría que había oído historias que hablaban sobre unos xeno de orejas picudas, particularmente inteligentes, particularmente escurridizos y particularmente traicioneros. Él nunca había tenido que lidiar con ellos, pero en Catachán sí que eran conocidos, y Drake, su colega de la infancia, una vez le contó, muy orgulloso, que había matado a uno cuerpo a cuerpo y que después se había quedado su… ¿Joya? A decir verdad, Spiker no recordaba los detalles de aquella historia. Y el chico siempre había sido un fantasma, así que lo mismo todo era mentira. 

Respiró hondo y trató de concentrarse. No podía hacerles frente él solo, tenía que buscar una manera de escapar sin ser visto. Si las historias eran ciertas, aquellos alienígenas eran mucho más inteligentes y mucho más rápidos que un carnifex. Dos aspectos que los hacían más difíciles de matar. 

Maldijo para sus adentros, contuvo la respiración y los observó. Los nueve estaban reunidos a los pies de la escalinata y estaban discutiendo algo. La hembra del báculo tenía el ceño fruncido y estaba apuntando con el dedo índice al cabecilla, quien se había dado la vuelta y estaba mirando al cielo con una cara marcada por la exasperación. Cuando le respondió, lo hizo con una entonación muy cantarina, muy pomposa. Más que hablar, parecía que estaba cantando, cosa que a Spiker no le gustó nada. No tenía ni idea de dónde venían aquellos seres, pero estaba claro que no habían nacido ni crecido en la mierda. Esto le resultaba bastante desagradable. 

Volvió el rostro y se quitó el bólter lentamente, sin hacer ruido y procurando no levantar los brazos por encima de la barricada. Lo depositó en el suelo, se ajustó las granadas al cinturón y respiró hondo. No le gustaba tener que deshacerse de su arma favorita, pero no podía cargar con tanto peso; si quería salir de allí sin ser visto, tenía que hacer el menor ruido posible y tenía que moverse lo más rápido que pudiera. Un bólter como el suyo tan solo lo ralentizaría más. 

Observó el sendero que tenía delante y comenzó a arrastrarse lentamente hacia la barricada más cercana: cuatro cajas de suministros y un enorme bidón de combustible. El suelo estaba tan húmedo y tan frío que se le cortó la respiración, pero siguió caminando igualmente, con la mirada clavada en la oxidada base circular del bidón. Cuando su mano alcanzó esa deseada altura, Spiker rodeó el bidón y se pegó a él, sin apenas aliento. De nuevo, miró hacia atrás y suspiró aliviado cuando observó que los xeno seguían allí, reunidos a los pies de la escalinata. 

Estaba a punto de reanudar aquella silenciosa (y patética) huida cuando escuchó un graznido. Sus ojos siguieron aquel sonido y se clavaron en una sombra alada que se cernía sobre él. 

El ave.

El puto pájaro de los cojones. 

No se había fijado en él. No lo había considerado una amenaza. 

Menudo gilipollas. 

Levantó los brazos y se protegió con ellos el rostro. El ave graznó de nuevo y, en un arranque de «hijoputismo», intentó arañarlo. Spiker se revolvió y echó mano del cuchillo, dispuesto a rebanar a ese maldito pajarraco por la mitad, pero entonces notó el frío tacto de una espada en la nuca. 

 —Quieto—dijo la cosa, el dueño del pájaro. Spiker lo miró y levantó las manos en señal de rendición. El cuchillo cayó al suelo. El ave dejó de atosigarlo y se posó plácidamente en el hombro del xeno. 

«Pues ya está», pensó. «Soy hombre muerto». 

Qué equivocado estaba. 

El cabecilla fue el que llegó primero. Se situó delante de Spiker, se arrodilló y lo observó con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, como quien observa con curiosidad a un extraño animalillo. Era rápido, silencioso y suave; algo que lo situaba, pensó Spiker, «fuera» de la realidad, de ese espacio tosco y lleno de mierda llamado Catachán, llamado Imperio o llamado Vía Láctea. Su piel era tan pálida como la nieve que cubría el suelo y sus ojos almendrados eran, además, de un profundo color azul, similar al de esa masa oscilante de agua que algunos imperiales llamaban «mar». Llevaba su largo cabello castaño recogido en una cola de caballo. 

—Pareces un fantasma, xeno—dijo, y entonces miró brevemente a la xeno del báculo, la «mujer» con la que el xeno había estado discutiendo. Seguía cabreada por su presencia, por la actitud del cabecilla y por las circunstancias; o sea, por todo—. Un fantasma que no está pasando precisamente por el mejor día de su vida. 

—Y tú, mon-keigh, pareces un desertor y pareces también un traidor—replicó él, y enseguida añadió, con una sonrisa que oscilaba entre la crueldad y la arrogancia—: Un desertor y un traidor cuya vida pende de un hilo. 

Spiker se encogió de hombros. Hacía exactamente un minuto que lo había asumido. 

—Si no me matas tú, lo harán los jefes. —Recostó la cabeza en el bidón, rebuscó entre su riñonera y sacó el último cigarrillo que le quedaba. Lo encendió con ayuda de unas cerillas y le dio una primera, larga calada—. Lo importante, xeno, es que no me he convertido en un aperitivo de esos tiránidos. Esos cabrones son un pedazo de grano en el culo, ¿sabes? Se lo comen todo y no dejan nada. Se han comido a mi jefa, se han comido a mis compañeros, y lo mismo me habría pasado a mí si no hubiera salido echando hostias. —Dio una segunda calada—. Todos tenemos un límite. La obediencia tiene un límite. Me he pasado la vida matando por y para otros. Pero no pienso palmarla así porque sí. Ni de coña. 

—Ya veo…—Con una expresión totalmente inescrutable, el xeno se levantó y colocó la punta de su espada justo debajo de la barbilla de Spiker. Le instó a mover la cabeza de un lado a otro y lo examinó en silencio, como si se tratara (de nuevo) de un curioso e inusual espécimen—. Así que por eso has huido. Has visto tu vida en peligro y has sacrificado todos tus ideales para ponerte a salvo y engañar así al destino. 

»—Lo que me llama la atención, mon-keigh, es que ahora mismo no estás haciendo nada para salvar tu vida. Has aceptado tu destino con una entereza sorprendente e inusual. He matado a decenas de humanos y ninguno de ellos se ha mostrado tan tranquilo ante el tacto frío de mi espada. —Clavó la punta en la piel de Spiker, seguramente (pensó él) con la intención de ver cómo reaccionaba, y cuando Spiker no hizo absolutamente nada para contraatacar, parpadeó y sacudió la cabeza en un gesto de incredulidad. 

—Impresionante…—dijo—. Hemos dado con una alimaña particularmente reflexiva. Se requiere de un mínimo de inteligencia y personalidad para aceptar la muerte con tanta templanza. 

—¡Por el amor de Isha, Elrial Aeshymaar!—bramó la «mujer» del báculo, en un gótico tan cantarín y tan empalagoso como el del cabecilla—. Acaba con el sufrimiento de este pobre animal y marchémonos de este mundo podrido. ¿Cuántas veces he de repetírtelo, mi amado ae-veshyr? ¡No está aquí lo que buscamos! ¡Escúchame, por favor…!

¡Zavek-oh elenmya osh, Daanyra!—exclamó el tal Elrial, en un arranque súbito de ira. Spiker no tenía ni idea de lo que significaban aquellas tres palabras, pero supuso que la frase querría decir algo así como: «cállate de una puta vez, Daanyra». Contuvo una sonrisa incómoda y continuó fumando, a la espera de que los dos alienígenas continuaran discutiendo, se dieran un morreo o se mataran. Le daba igual. 

¡A'zavek-en eleys merh, Elrial! ¡Nos ann creimos esh dannan et atherakia!—La xeno dio un paso adelante, clavó el báculo en el suelo y miró al cabecilla con una expresión que en otras circunstancias quizás hubiera inquietado a Spiker. Después prosiguió su discurso, una retahíla de insultos y moralinas que Spiker no consiguió retener. Ello le llevó a preguntarse si aquellos xeno tenían algo parecido a los dialectos o si, por el contrario, todos hablaban ese mismo idioma cantarín y pomposo de mierda. Era curioso, pensó, en la de tonterías que pensaba uno cuando ya había asumido que iba a morir.

El cabecilla respondió con otra retahíla de insultos y (seguramente) menos moralinas. Entonces ambos se sumieron en un silencio incómodo y el dueño del pájaro dio un paso hacia delante. Lo que dijo calmó un poco los humos, pero no detuvo la discusión. El resto de xenos se limitaron a asentir en silencio y permanecieron inmóviles, sin tomar parte en aquel asunto. Spiker se había fijado, no obstante, en que algunos asentían cuando el cabecilla hablaba y otros, en cambio, miraban a la del báculo con fervor, determinación, seguridad. El grupo estaba claramente dividido. 

Lástima que Spiker se encontrara con una espada al cuello y prácticamente rodeado. 

Aunque, si hacía uso de esas granadas, quizás podría…

No se lo pensó dos veces. Agarró una de las granadas y la lanzó a unos metros de él. La pequeña bomba estalló, provocando un estruendo que ensordeció momentáneamente a Spiker y extendió una densa nube grisácea a su alrededor. Aprovechando esos segundos de confusión y ceguera, Spiker se incorporó, echó a un lado al alienígena que tenía más cerca y salió corriendo entre todos ellos. Sabía que no tenía mucho tiempo antes de que comenzaran a disparar, así que se giró, tiró una segunda granada a escasos metros de donde se encontraba y continuó corriendo, casi sin aliento. 

Estaba a punto de salir del claro e internarse en el pinar cuando algo le hizo tropezarse.

Calló al suelo y trató de incorporarse, sin pensar en el dolor, en la falta de aire, pero entonces alguien, uno de esos xeno, le pegó una fuerte patada en el estómago. Spiker rodó unos centímetros sobre su espalda e intentó levantarse de nuevo. El xeno fue más rápido. Le puso un pie en el pecho, lo apuntó con su extraña pistola y lo mantuvo ahí, pegado al suelo. Cuando Spiker le miró, se dio cuenta de que se trataba del cabecilla, el tal… ¿Cómo lo había llamado la otra? Ya no lo recordaba. 

—Menuda huida más patética y desesperada…—murmuró, con ese rostro anguloso suyo marcado a partes iguales por la lástima y por el desprecio. Spiker esbozó la sonrisa más retorcida que pudo y escupió una flema sanguinolenta en dirección a ese pie que le apretaba el esternón. 

—Mátame de una puta vez y cállate, xeno—graznó—. Estoy harto de tus tonterías y caprichos de niño pequeño. No sé cuántos años tienes, pero te comportas como un adolescente que vive con la cabeza metida en su propio culo. Si llego a saber que esto era lo que me esperaba, me hubiera dejado comer por ese carnifex. Al menos así no hubiera tenido que escuchar tus palabras rimbombantes y esa cosa a la que seguramente llamáis «idioma». 

El xeno alzó una ceja, visiblemente sorprendido ante su actitud y sus palabras.

—¡Por Isha! ¿Encontraré algún día a un mon-keigh que no sea zafio y vulgar…? —soltó, y no esperó a que Spiker le respondiera con ningún comentario mordaz—: Si no fuera por esos breves retazos de inteligencia, no te diferenciarías mucho de un orko. Admito, eso sí, que tienes una templanza inusual. Has aceptado la muerte cuando creías que ésta era tu destino y has intentado escapar cuando has creído que podías hacerlo. Menudas agallas tienes, humano. 

Spiker volvió a encogerse de hombros. 

—Si no tuviera tantas agallas hubiera muerto hace mucho tiempo, xeno. En esta galaxia, o matas o mueres. A veces toca hacer lo primero y otras toca hacer lo segundo. 

—¿Y ya está? —El xeno frunció el ceño, formando un gesto similar a la decepción—. ¿No vas a hacer nada más por evitarlo? Aún te quedan… ¿Cómo las llamáis en esa lengua primitiva tuya? Ah, sí. «Granadas». Aún te quedan granadas. ¿Por qué no lanzas otra, a ver qué pasa? ¡Lo mismo eres más rápido que yo! —Esbozó una sonrisa un tanto siniestra, una mueca marcada por una suerte de «sadismo» que estremeció a Spiker. Empezó a preguntarse si aquel xeno estaba en sus cabales y, como si le hubiera leído el pensamiento, la xeno de antes dio un paso al frente y clavó el báculo de nuevo en el suelo. Su voz temblorosa se alzó por encima de la incipiente queja de Elrial: 

—Ya basta, ae-veshyr. Déjalo estar. ¿Qué demonios crees que estás haciendo? Acaba… —Miró a Spiker y después miró a su cabecilla, con unos ojos, pensó Spiker, marcados por la… ¿Lástima? ¿O quizás era miedo, temor…? —. Acaba con el sufrimiento de esta criatura de una santa vez. ¿Qué piensas, sino, hacer con ella? ¿Acaso…? —Hizo una pausa. Su expresión se asemejaba tanto a una expresión propiamente humana que Spiker se sintió, por primera vez, genuinamente incómodo y genuinamente furioso. Que un xeno se apiadara de él o mostrase cualquier tipo de emoción ajena a la rabia le parecía algo insultante. Estaba totalmente fuera de lugar. 

¿Jelen grochnos meras et-osh druchii? —preguntó la xeno. Cuando esa última palabra llegó a los oídos del cabecilla, éste apartó sus ojos de Spiker y miró a la «mujer». Ambos se quedaron en silencio, mirándose el uno al otro. Los segundos pasaron. La tensión se extendió entre todos los integrantes y un nuevo plan comenzó a formarse en la cabeza de Spiker. 

Un plan que hubiera intentado llevar a cabo si no fuera por el estruendo que sacudió el claro cuando varias naves de transporte con el flamante símbolo imperial y el icono del Grupo de Batalla Python comenzaron a descender sobre ellos.

En un abrir y cerrar de ojos, los xeno desaparecieron. Se alejaron de Spiker, corrieron hacia la escalinata y allí tomaron control de su nave. Todo eso en apenas dos minutos. Antes de que la nave imperial se posara sobre el suelo, los alienígenas ya habían atravesado el portal, de vuelta al espacio material. El portal fue destruido (o, más bien, pulverizado) poco después, mientras el capitán de aquella compañía —un capullo llamado Pedro no sé qué— interrogaba y apresaba a Spiker. Al parecer, los mandos de Python habían recibido una urgente petición de ayuda y habían desviado hacia ese continente un buen contingente de la 12ª Tropa de la Jungla. Unas horas más tarde, mientras Spiker se pudría en una celda junto con un grupo nada desdeñable de traidores y desertores, los altos mandos de Python ordenaron que todas las fuerzas se retirasen de Heraldo II. 

Spiker pensó que ya estaba, que su destino ya había sido sellado, y que lo único que le esperaba era la muerte. Si no lo mataban sus superiores más directos, lo matarían los jefazos de Python. Solamente había dos alternativas posibles: la muerte o la servorización. Spiker no sabía cuál prefería. Supuso que preferiría morir antes que convertirse en un cadáver andante. 

Por supuesto, Spiker estaba equivocado. No iba a morir. Sí, se había convertido en un desertor, en un traidor, pero todavía estaba lejos de ser un proscrito y de ser un auténtico cabrón. Pasaría un largo tiempo antes de que consiguiera escapar del pelotón penal y el azar o los mismísimos Dioses del Caos lo impulsaran a reencontrarse de nuevo con Elrial. Ésa era, no obstante, otra historia. Otra historia que Spiker no estaba preparado para rememorar. 


La Ellara, camarote del Archimilitante

Tiempo presente

Spiker se despierta. 

Se despierta unas horas después, con un fuerte dolor de cabeza y la boca pastosa, llena de ese desagradable y amargo sabor a amasec. El lumen del techo sigue encendido. No escucha ni siente nada fuera de lo común, así que deduce que todavía no han iniciado el próximo salto disforme. Bien. No está en condiciones de enfrentarse a un posible asalto demoníaco. 

Se incorpora lentamente. La gema de Elrial sigue ahí, a su lado. La ha debido de soltar mientras soñaba. Hace un poco de memoria y recuerda qué ha pasado. Ha tenido una discusión muy fuerte con Kiran y ha acabado tan hasta los cojones de él que se ha puesto a beber. A beber, a llorar en silencio y a rememorar. 

Sigue cabreado con el Lord Capitán—joder, ¡cómo odia referirse a él de esa manera!—, pero ahora, tras recordar ese primer encuentro con Elrial, se siente algo mejor. Se siente algo más tranquilo.

No obstante, se siente algo incómodo. Se siente un poco vacío. Si bien no sabe por qué, el sueño no le ha sentado tan bien como otras veces. Quizás se deba a Kiran, quizás se deba a esa enorme resaca, pero es igual; no le ha sentado igual de bien. No le ha liberado de sí mismo. Ello le hace preguntarse hasta cuándo va a seguir así, hasta cuándo va a seguir parasitando el recuerdo de Elrial. Aunque él no está muerto (no del todo, vaya), para Spiker que lo está. No tiene forma de comunicarse con él. No tiene forma de hablar con él, de preguntarle todo lo que siempre deseó preguntarle. 

A menos que…

La bombilla se enciende. Spiker no es una persona muy introspectiva, y tampoco es una persona muy inteligente (no para cualquier cosa, al menos), pero a veces, como cualquier persona, tiene momentos de lucidez. Y ahora acaba de tener uno. Se le ha ocurrido una idea. 

Una idea terrible. Una idea estupenda. 

 

 

 

Notes:

¡FELICIDADES ATRASADAS, ALBA!

Mei y yo hemos sufrido los tejemanejes de las musas para darte este (atrasado) regalo de cumpleaños... Sí, sabemos que tu cumpleaños fue el nueve de noviembre, pero oye, si te lo hubiéramos entregado a tiempo yo creo que no te hubiera sorprendido tanto. No tendría tanta gracia. Nuestro grupo se caracteriza por no hacer nunca las cosas a tiempo. Eso es una cosa que nos une, el pegamento que nos convierte en esa mente colmena.

Espero que te hayan gustado muchísimo este relato y el pedazo dibujo que se ha marcado Mei. Creo que ambos representan muy bien a Spiker, y espero que después de todo rolees al personaje con más ganas y más ilusión. Es nuestro piratilla cabrón favorito <3

Te queremos mucho, guapi. ¡¡¡¡¡¡¡¡Feliz cumpleaños atrasado y feliz vida, en general!!!!!!