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Victor nunca olvidaría la primera vez que vio a la USS Enterprise completa desde el ventanal del muelle orbital. No era sólo una nave: era una presencia. El casco blanco parecía absorber la luz de las estrellas y devolverla en silencio, como si la Federación misma respirara allí dentro. Él, con su uniforme todavía rígido de cadete, sentía que cada paso hacia la compuerta era un examen más.
Su nombre apareció en la consola de ingreso.
Cadete Victor — Sector de Ciencias.
El sonido del cierre hermético marcó el inicio real.
Dentro, la Enterprise olía a metal limpio, ozono y algo casi imperceptible que Victor asociaría después con el trabajo constante: energía en movimiento. Pasó por pasillos curvos, paneles luminosos, tripulantes que caminaban con seguridad aprendida. Él aún no la tenía.
El Ala de Ciencias estaba más silenciosa que el resto de la nave. No por vacío, sino por concentración. Consolas activas, analizadores flotantes, cámaras de contención, mesas de espectros moleculares que cambiaban de forma como si respiraran.
Victor fue asignado a tareas básicas al principio: clasificación de muestras, calibración de sensores, apoyo en análisis preliminares. Observaba más de lo que hablaba. Tomaba nota mental de todo. La forma en que los oficiales se movían sin estorbarse. Cómo nadie levantaba la voz, pero todo se entendía.
Y entonces lo vio.
Spock estaba inclinado sobre un banco de trabajo, las manos largas ajustando un modulador espectral. Su postura era exacta, sin tensión visible. No parecía apresurado, pero todo en él indicaba control. Victor supo quién era incluso antes de que alguien lo dijera. Había estudiado su nombre en la Academia como si fuera parte de la física misma.
Durante los primeros días, apenas intercambiaron palabras. Spock observaba. Victor trabajaba. Pero el vulcano veía cosas que otros no: la forma en que Victor anticipaba fallos, cómo corregía lecturas antes de que el sistema marcara error, cómo no necesitaba repetir una instrucción.
Fue en la tercera semana cuando Spock lo llamó directamente.
—Cadete Victor.
Victor se detuvo de inmediato.
—Señor.
—He revisado su desempeño en análisis estructural. Su margen de error es inferior al promedio del sector. —Pausa breve—. Acompáñeme.
No era una invitación.
El laboratorio asignado estaba aislado del tránsito general. La luz era más baja, más técnica. En el centro, una cámara de contención mantenía suspendidas partículas brillantes como polvo cristalino.
—Proceden del planeta Theta-Rho IV —explicó Spock—. Clase L modificado. Su composición no responde completamente a las leyes químicas conocidas.
Victor se acercó con cuidado.
—Se reorganizan... —murmuró al ver el patrón—. Como si reaccionaran a microvariaciones térmicas.
Spock giró apenas la cabeza.
—Correcto.
Desde entonces, comenzaron a trabajar juntos.
Al principio era pura ciencia: espectros, resonancias, simulaciones. Victor aprendía más en horas junto a Spock que en semanas enteras de entrenamiento. Spock no enseñaba con emoción, sino con precisión. Corregía posturas, ángulos, tiempos. Y Victor absorbía todo.
Pasaban largos periodos en silencio, interrumpidos sólo por datos flotantes y el zumbido bajo de los instrumentos.
Fue inevitable que la cercanía se volviera constante.
Spock se colocaba a su lado para observar pantallas. Victor extendía un sensor y Spock ajustaba su muñeca con dos dedos. A veces las manos se tocaban al cambiar un módulo. A veces el brazo de Spock rozaba el suyo cuando ambos se inclinaban sobre la misma muestra.
Ninguno comentaba nada.
Victor sentía cosas que no sabía nombrar: el aire parecía distinto cuando Spock estaba cerca, más denso, más cargado. No era miedo. No era admiración solamente. Era algo corporal, silencioso.
Spock, por su parte, clasificaba todo como concentración.
Eso se decía.
Las partículas de Theta-Rho IV reaccionaban a la presencia viva. A veces emitían una vibración casi imperceptible cuando Victor las manipulaba. Spock lo notó antes que nadie.
—Su temperatura corporal genera un cambio molecular mínimo —comentó una vez.
—¿Eso es malo?
—No. Es... interesante.
Victor sonrió sin darse cuenta.
Las semanas se transformaron en meses.
Victor dejó de sentirse un visitante. Ya caminaba por el Ala de Ciencias como si siempre hubiera pertenecido allí. Sabía cuándo Spock estaría en el laboratorio sin que se lo dijeran. Sabía qué taza tomaba cuando replicaba té. Sabía cuándo no debía hablarle y cuándo una observación era bienvenida.
Y Spock empezó a contar con él.
No lo decía, pero lo hacía: asignándole muestras, pidiéndole verificaciones, esperando sus lecturas antes de cerrar un análisis.
A veces trabajaban hasta que el ciclo nocturno de la nave oscurecía los paneles. Las estrellas se reflejaban en el vidrio del laboratorio. El silencio se volvía más largo.
Una noche, Victor ajustaba un modulador cuando Spock se colocó detrás para observar la pantalla. Su proximidad fue mayor de lo habitual. El hombro de Spock quedó a centímetros del suyo. Victor contuvo la respiración sin notarlo.
—Está tensando innecesariamente los dedos —dijo Spock en voz baja.
Tomó su mano.
No fue brusco. No fue clínico del todo.
La giró apenas, corrigiendo la presión.
El contacto duró dos segundos más de lo requerido.
Victor sintió el pulso en la garganta.
Spock retiró la mano.
Continuaron trabajando.
Pero algo había cambiado.
Victor ya no sólo pensaba en moléculas cuando Spock estaba cerca. Pensaba en la forma de su voz. En la precisión de su perfil. En cómo el laboratorio parecía más pequeño cuando compartían el espacio.
Spock, por primera vez desde que Victor llegó, comenzó a notar interrupciones en su lógica. Microdesviaciones. Una fracción de segundo más al observarlo. Una pausa innecesaria antes de hablar. Sensaciones que no encajaban en ninguna ecuación.
Los impulsos biológicos, ignorados al principio, empezaban a pedir espacio entre datos y partículas.
Y sin que ninguno lo admitiera todavía, la Enterprise ya no era sólo una nave científica para ellos.
Pero Victor era joven, hormonas descontroladas y atracción fuerte hacia las personas.
Spock estaba quemando cara neurona razonable y lógica que le quedaba. Cada roce inconsciente, tacto, respiraciones que se mezclaban por el acercamiento.
Lo estaban dejando loco.
[...]
Con el paso de los meses, el trabajo entre Spock y Victor dejó de ser sólo eficiente: se volvió inevitablemente cercano.
El laboratorio de Ciencias Físicas ya no parecía tan amplio cuando compartían el mismo banco de análisis. Antes, Spock se mantenía a una distancia precisa, casi ceremonial. Ahora, esa distancia se reducía sin que ninguno la midiera. Victor se inclinaba sobre una muestra y Spock se colocaba a su lado, tan cerca que sus hombros casi se tocaban. A veces sí lo hacían.
Pequeños contactos. Repetidos.
Nada escandaloso. Nada evidente para un observador casual. Pero constantes.
Victor empezó a notarlo antes que Spock.
Lo notaba en su propio cuerpo: en la forma en que se ponía rígido cuando Spock aparecía detrás de él sin anunciarse, en cómo su pulso se aceleraba cuando el vulcano se inclinaba demasiado para ver una lectura, en la torpeza repentina que le tomaba las manos cuando sabía que Spock estaba mirándolo.
Antes era seguro. Ahora, se volvía consciente de todo.
Una tarde, Victor ajustaba un contenedor de partículas cuando Spock se acercó por detrás.
—El ángulo es incorrecto —expresó.
Spock estiró el brazo por encima del hombro de Victor para corregir el modulador. Su pecho quedó a centímetros de su espalda. Victor se quedó quieto, demasiado quieto.
El movimiento fue lento. Demasiado.
Cuando Spock retiró la mano, Victor tardó en respirar.
—¿Cadete? —preguntó Spock.
Victor parpadeó.
—S-sí, señor. Perdón.
Spock lo observó un segundo más de lo necesario.
—Su ritmo cardíaco se ha alterado.
Victor sintió calor en las mejillas.
—Debe... ser el turno largo.
No era mentira. Pero tampoco toda la verdad.
Desde entonces, Victor comenzó a ponerse nervioso con una facilidad que no tenía antes. Se le caían herramientas. Repetía lecturas. Evitaba mirar directamente a Spock cuando lo tenía demasiado cerca. Y aun así, no podía evitar notar cada detalle: la voz baja del vulcano, la precisión de sus dedos, la serenidad que contrastaba demasiado con el caos que él empezaba a sentir por dentro.
McCoy lo notó antes que nadie más.
Entró una mañana al Ala de Ciencias con una bandeja médica para recoger unas muestras bioquímicas. No tenía por qué quedarse mucho. Pero se quedó.
Observó.
Spock estaba de pie junto a Victor. Demasiado junto. Victor hablaba rápido, con una leve torpeza que no coincidía con su historial impecable. Spock lo escuchaba inclinado hacia él, la cabeza apenas ladeada, los ojos fijos en su perfil más que en la pantalla.
McCoy alzó una ceja.
—¿Interrumpo una cita científica o puedo llevarme mis muestras? —murmuró.
Victor se sobresaltó.
—¡Señor McCoy!
Spock se enderezó de inmediato, como si recién notara su propia postura.
—Doctor McCoy. Su comentario carece de fundamento.
McCoy caminó lento alrededor de la mesa.
—Ajá... —miró a Victor—. Cadete, ¿siempre se pone así de colorado cuando analiza partículas?
Victor abrió la boca. La cerró.
—Es… calor del equipo.
McCoy sonrió de lado.
—Claro. El famoso calor molecular emocional.
Spock frunció apenas el ceño.
—Su humor es improcedente.
—No es humor, Spock. Es observación clínica.
McCoy tomó las muestras, pero antes de irse volvió a mirar a ambos.
—Nada más digo: cuidado con mezclar química con... química humana y media humana.
Victor casi dejó caer un contenedor.
Cuando McCoy se fue, el silencio quedó más pesado que nunca.
Victor no se atrevía a moverse.
—Cadete Victor —dijo Spock con voz neutra—. Su desempeño se ha vuelto... irregular.
Victor tragó saliva.
—Lo siento, comandante. No es a propósito.
Spock lo observó con detenimiento.
—¿Está experimentando distracciones externas?
Victor dudó.
—No... externas.
El silencio volvió a crecer.
Spock apartó la mirada primero.
—Regrese a su tarea.
Pero desde ese día, los roces dejaron de ser sólo accidentes.
Spock se acercaba más de lo lógico. Corregía más de lo necesario. Permanecía junto a Victor incluso cuando la tarea podía hacerse a distancia. Victor, por su parte, estaba cada vez más nervioso. Se mordía el labio sin notarlo. Evitaba el contacto visual. Y, aun así, sentía que algo tiraba de él hacia Spock como un campo gravitacional silencioso.
Una noche tardía, casi sin tripulación en el sector, Victor analizaba una muestra cuando sintió la presencia antes de verla.
Spock.
—Sus lecturas finales son incorrectas —comentó.
Victor se giró.
—¿Dónde?
Spock dio un paso adelante. Luego otro.
Quedaron demasiado cerca.
Spock señaló la pantalla, pero no retiró la mano. Su brazo quedó al lado del torso de Victor. Muy cerca.
Victor sintió que se le secaba la garganta.
—Aquí —mostró Spock—. Observe.
Victor lo hizo, pero su atención ya no estaba del todo en los datos. Estaba en la cercanía. En el calor que no era del equipo. En el silencio que parecía tensarse.
Spock lo notó.
Y por primera vez, no pudo clasificarlo sólo como distracción.
Su mente vulcana registró un aumento en su propio ritmo interno. Una presión conocida, antigua, biológica.
Una que no correspondía al presente.
Spock se apartó de golpe.
Victor lo miró sorprendido.
—¿Comandante?
Spock respiró lento, controlado.
—Suspenda el análisis por hoy.
—¿Hice algo mal?
Spock tardó un segundo en responder.
—No.
Pero su voz no sonó tan segura.
Esa misma noche, Spock se dirigió a Enfermería.
McCoy estaba revisando informes cuando alzó la vista.
—Vaya, si no es el señor "no necesito médico".
Spock se detuvo frente a él.
—Doctor. Necesito una consulta privada.
McCoy dejó la tableta.
—Eso suena serio. ¿Te estás muriendo o enamorando?
Spock no respondió de inmediato.
—Mis ciclos biológicos indican una anomalía.
McCoy frunció el ceño.
—Explícate.
Spock juntó las manos a la espalda.
—Mi Pon Farr se adelantará.
McCoy abrió los ojos un poco más.
—¿Cuánto?
—Semanas. Quizás menos.
McCoy soltó un silbido bajo.
—Eso es... inconveniente.
Spock sostuvo su mirada.
—Existe un factor externo que está alterando mi control neuroquímico.
McCoy pensó inmediatamente en Victor.
—Ah.
Spock no dijo su nombre, pero no hizo falta.
—Doctor —continuó—. Requiero que no permita que el cadete Victor permanezca demasiado cerca de mí.
McCoy cruzó los brazos.
—¿Porque podrías perder el control?
—Porque ya estoy perdiendo eficiencia lógica.
McCoy suspiró.
—Spock, ese chico te mira como si fueras una supernova.
Spock apretó apenas la mandíbula.
—Precisamente por eso.
McCoy lo observó con seriedad ahora.
—Está bien. Me encargo. Pero tú también tienes que mantener distancia.
Spock asintió.
—Por el bienestar de ambos.
Cuando salió de Enfermería, Spock caminó por los pasillos de la Enterprise con una certeza nueva, incómoda y peligrosa: Victor no sólo era un cadete prometedor.
Era el detonante.
Y el Pon Farr no perdona desviaciones emocionales.
[...]
Después de la visita de Spock a Enfermería, algo cambió de forma abrupta.
Fue ausencia.
Victor lo notó al segundo día.
Spock ya no aparecía detrás de él sin aviso. No corregía su postura con los dedos. No se inclinaba a su lado para observar lecturas. Cuando trabajaban en el mismo laboratorio, Spock se mantenía al otro extremo de la mesa, usando pantallas remotas, hablando sólo lo necesario.
Distante.
Victor intentó convencerse de que era normal. De que quizá había cometido un error. De que tal vez Spock simplemente estaba ocupado.
Pero no lo estaba.
Porque Victor lo veía pasar por el Ala de Ciencias. Lo veía detenerse frente a una consola, y luego retirarse sin acercarse a él. Lo veía girar apenas la cabeza cuando sus miradas coincidían, y cortar el contacto visual de inmediato.
Eso dolía más que cualquier regaño.
El tercer día, McCoy apareció como si nada.
—Cadete —expresó revisando un monitor—. ¿Todo bien?
Victor dudó antes de responder.
—Sí, doctor.
McCoy lo miró por encima de la pantalla.
—Mentir no es una habilidad que hayas desarrollado todavía.
Victor apretó los labios.
—El comandante Spock... ya no trabaja conmigo.
McCoy fingió interés por la consola.
—A veces los superiores rotan tareas.
—No es eso.
McCoy suspiró.
—Mira, muchacho, no todo en una nave es química y datos.
Victor lo miró.
—Entonces dígame qué hice mal.
McCoy lo observó unos segundos, más serio.
—Nada. Precisamente ese es el problema.
Y se fue, dejándolo con más preguntas que respuestas.
Los días siguientes fueron las más incómodas que Victor había vivido en la Enterprise.
Spock seguía asignándole tareas, pero por registro. Por comunicador. Por intermediarios. Cuando coincidían físicamente, la distancia era casi dolorosa. Antes el laboratorio se sentía pequeño. Ahora se sentía vacío.
Victor empezó a perder concentración.
No por falta de capacidad, sino por exceso de pensamientos.
Recordaba el roce de manos, la cercanía, las correcciones suaves.
Y ahora sólo había formalidad.
Una tarde, Victor no pudo más.
Estaban solos en el laboratorio 3-Gamma. Las partículas de Theta-Rho IV flotaban todavía en su cámara de contención, como un recuerdo constante de cómo había empezado todo.
Spock revisaba datos desde el extremo opuesto.
Victor dejó el sensor en la mesa.
El sonido fue más fuerte de lo necesario.
Spock alzó la vista.
—¿Cadete?
Victor respiró hondo.
—¿Hice algo mal, comandante?
Spock tardó un segundo.
—No.
—Entonces, ¿por qué ya no trabaja conmigo?
El silencio se tensó.
Spock cerró la pantalla lentamente.
—Su desempeño sigue siendo adecuado.
—No hablo de eso.
Victor dio un paso al frente sin darse cuenta.
—Antes confiaba en mí. Ahora apenas me mira.
Spock sostuvo su mirada. Por primera vez en días.
—Es una medida necesaria.
—¿Necesaria para quién?
Spock no respondió enseguida.
Victor tragó saliva.
—Yo pensé que... —se detuvo, incómodo—. Pensé que al menos me diría si había cruzado algún límite.
Spock observó cómo Victor apretaba los dedos, nervioso, vulnerable de una forma que no tenía en los informes.
—Cadete Victor —habló más bajo—. Hay circunstancias que no pueden discutirse en un laboratorio abierto.
Victor alzó la vista.
—Entonces hágalo en otro lado.
El aire pareció cambiar.
Spock evaluó la distancia, el entorno, la tensión que ya no podía seguir ignorando.
—Acompáñeme.
Victor parpadeó.
—¿Ahora?
Spock ya caminaba hacia la puerta.
—Ahora.
Victor lo siguió por los pasillos de la Enterprise con el corazón golpeándole las costillas. No sabía si estaba a punto de recibir una sanción o una explicación que llevaba semanas esperando.
Las puertas del sector residencial se abrieron con un siseo suave.
Spock se detuvo frente a una de ellas.
La consola reconoció su identidad.
La puerta se abrió.
Victor dudó apenas antes de entrar.
La habitación de Spock era exactamente como él había imaginado: ordenada, silenciosa, iluminada con una luz tenue que imitaba el ciclo nocturno de Vulcano. No había desorden, pero tampoco frialdad. Todo estaba colocado con intención.
Spock cerró la puerta detrás de ellos.
El sonido fue definitivo.
Victor se giró lentamente.
—Comandante... ¿qué está pasando?
Spock lo observó en silencio. Ya no como superior. No sólo como científico.
Sino como algo más peligroso.
—Usted merece una respuesta —dijo finalmente—. Pero lo que voy a decirle no puede repetirse fuera de esta habitación.
Victor asintió, nervioso.
Spock dio un paso hacia él.
La distancia volvió a desaparecer.
—Le daré una explicación sencilla. Los vulcanos nos apareamos cada 7 años, lo que llamamos "Pon Farr" —declaró mirándolo directamente a los ojos. Victor entreabrió los labios por un segundo, las palabras se le atoraron en la garganta, su rostro se volvió más colorado de un momento a otro. Su cerebro acababa de conectar todos los cables para formar un circuito.
—¿Quiere decir que yo...? ¿Yo lo...? —tartamudeo nervioso, sintiendo la vergüenza en todo su cuerpo.
—El término correcto que usarían los humanos es "me calientas" o "haces que mi entrepierna palpite al verte o estar cerca tuyo" —Victor tuvo que volver a entreabrir sus labios, pero no salió nada por unos cuantos segundos.
—Entonces no me evitabas... —no era una pregunta, pero Spock asintió de igual forma.
—Cadete. Debe ser consciente que no es algo casual, esto implica un vínculo afectivo luego de días de encuentros sexuales.
—¿Y el problema? —dudó por un momento, masajeo su propia sien y luego soltó un ligero suspiro. —Quiero decir... ya sabe, lo del laboratorio.
—Lo sé. También he notado el cambio de comportamiento, tanto de usted como mío.
Entonces Spock acortó toda distancia, lo sujetó del mentón, atrajo sus rostros y el momento había empezado.
No había vuelta atrás.
Sus besos en un momento se volvieron apasionados; casi frenéticos, por parte de Spock porque realmente desea a Victor; por parte de Victor porque controlar y manipular a su mano derecha le produce una deliciosa excitación.
Apenas se interrumpen mientras se desnudan, quitándose la ropa descuidadamente y reanudando los besos frenéticos momentos después de verse obligados a detenerse para quitarse la parte superior del uniforme o agacharse para quitarse las botas o los pantalones.
Finalmente, Spock interrumpe el beso para girar a Victor, empujándolo contra la pared colocando una mano en la espalda de Victor y la otra agarrándole la muñeca.
—¡Señor Spock...! —grita Victor, sobresaltado por lo repentino, extendiendo las manos contra la pared de la nave para estabilizarse.
Spock está cerca de él, su aliento cálido en el cuello de Victor. No necesita mirar para saber dónde encontrar el frasco de aceite en la mesita de noche junto a la cama. Manteniendo una mano presionada contra la espalda de Victor, se inclina para agarrar la pequeña botella.
Victor aprieta los dedos y suelta un jadeo cuando Spock desliza un dedo aceitado dentro de él.
—¿No es lo que esperabas, cadete? —le dice Spock al oído, en voz baja y peligrosa. Su mano izquierda se mueve hacia la cadera de Victor, agarrándolo firmemente para mantenerlo quieto mientras introduce un segundo dedo. —Dime si quieres que pare.
Victor se muerde el labio inferior. Sus ojos se han entrecerrado. Debería decir basta; no debería haber terminado así, tan ansioso, no, desesperado, por tener al hombre dentro de él. Con Spock, sin embargo, a menudo ha luchado por dominar a Spock en ciertas situaciones; en ocasiones se lo ha dado; Aunque se somete con más frecuencia, y se encuentra ansioso por hacerlo.
Spock hunde sus dedos más profundamente en Victor y luego los curva ligeramente. —¿Quieres que pare?
Victor inclina la cabeza, presionando la frente contra la pared y cerrando los ojos con fuerza.
—No, señor —dice y su respiración se atasca en su garganta mientras el vulcano acaricia cuidadosamente profundamente dentro de él.
—¿Entonces qué quieres? —pregunta Spock, retirando sus dedos hasta el primer nudillo, luego presionándolos de nuevo dentro de su compañero, ganándose un siseo de aliento de él.
—A ti —respira Victor. —Te deseo a ti.
—Tendrás que ser más específico, cadete —Spock retira sus dedos por completo, aunque mantiene su agarre contundente en la cadera de Victor. —Dime exactamente qué quieres.
Victor gira la cabeza para mirar al vulcano por encima del hombro.
—Fóllame —dice. —Quiero que me folles.
—Lenguaje, cadete. —Spock suelta la cadera de Victor para darle una bofetada en las nalgas. —Muy bien.
Es un leve suspiro de alivio lo que oye de Victor mientras se unta el aceite. Quizás debería hacerlo esperar un poco más, pero Spock no está de humor para juguetear con él demasiado tiempo esta noche. Además, Victor se ve delicioso, ahí de pie, listo para él.
Empuja su polla dentro del cadete con una presión constante, sintiéndolo tenso por la intrusión al principio. Cuando Spock se detiene un momento para que su compañero se adapte a la sensación, Victor suelta el aire que había contenido sin darse cuenta y sus músculos se relajan, permitiendo que el vulcano presione aún más dentro de él.
Spock agarra ambas caderas de Victor para mantenerlo en su lugar, sus dedos clavándose con fuerza en su piel; presionando contra sus afilados huesos de la cadera mientras embiste. Sin duda esto terminará con el cuerpo de Victor marcado con moretones, pero así es como él lo desea: la mezcla perfecta de ternura y dominio.
Victor está inclinado hacia adelante por la cintura; sus dedos están extendidos contra la pared de nuevo y su respiración sale en jadeos. Claramente no va a durar mucho en absoluto.
—Spock... —dice, mientras Spock continúa empujándolo, chasqueando las caderas a un ritmo rápido pero constante. —Oh, Dios. Spock.
Spock oye su respiración cambiar; siente a Victor tensarse a su alrededor, y cuando cambia una mano para bombear bruscamente la longitud del cadete de la raíz a la punta, Victor se queda momentáneamente quieto, luego se corre, tres fuertes pulsos de calor y humedad que salpican parcialmente su propio abdomen. Spock continúa acariciándolo a través de las contracciones menguantes del orgasmo hasta que siente a Victor relajarse y desplomarse hacia adelante, sus piernas doblarse ligeramente.
Spock desplaza el brazo, deslizándolo por el cuerpo fibroso y sudoroso del cadete, rodeándolo con él para levantarlo; para atraer a Victor por completo contra su cuerpo mientras lo penetra cuatro veces más antes de tensarse también. Muerde con fuerza la nuca de Victor al correrse, derramándose en el calor apretado del cuerpo de su amante.
—¡Spock...!—refunfuña Victor. Es difícil saber si por los dientes del vulcano mordisqueándole el cuello o por la sensación de correrse dentro de él, pero en cualquier caso es una protesta a medias y, como tal, solo le gana una sonrisa pícara a Spock por algunos segundos.
—Victor... —Una vez agotado el orgasmo, se separa de su compañero y lo gira para que vuelvan a estar cara a cara. Vuelve a sujetar las caderas de Victor, pero ahora con más suavidad. —Como si no hubieras imaginado este momento todo el tiempo que trabajamos juntos.
Victor, jadeando levemente, aunque menos que Spock, ríe y rodea el cuello del vulcano con los brazos, cruzando las manos por detrás de la cabeza de Spock. Es un abrazo, en cierto modo. Sus ojos marrones, ahora con un brillo travieso, están fijos en los de Spock mientras se inclina, exigiendo otro beso.
Spock pone los ojos en blanco levemente, pero accede de todos modos, aunque se reafirma tras el encuentro inicial de sus bocas mordiendo el labio de Victor entre los dientes momentáneamente, mordiéndolo con suavidad para no romper la piel, pero con la suficiente firmeza para dejar claro que podría dañar a Victor si así lo deseara, antes de deslizar la lengua en la boca de Victor. Se besan durante otro medio minuto más o menos antes de que Victor gire la cara y sonría.
[...]
Dos semanas después, la USS Enterprise había vuelto a su ritmo normal.
Exploración, turnos, informes.
Para casi todos.
Para Victor, no.
Desde hacía días, su cuerpo no se sentía propio. Al principio pensó que era cansancio: noches mal dormidas, turnos largos, la resaca emocional que deja algo que cambia la vida sin pedir permiso. Después vinieron las náuseas. Primero leves, como un mareo constante. Luego más insistentes. Olores que antes ignoraba ahora le revolvían el estómago. El replicador le daba hambre y rechazo al mismo tiempo.
Y el recuerdo.
El Pon Farr había pasado. Spock estaba estable otra vez. Distante, pero distinto.
Más cuidadoso.
Victor, en cambio, se sentía... raro.
Esa mañana, después de casi vomitar sólo por el aroma metálico del laboratorio, decidió que ya no podía seguir fingiendo que era estrés.
Caminó hasta Enfermería con pasos lentos.
Las puertas se abrieron.
McCoy estaba revisando una tableta médica cuando alzó la vista.
—Bueno, si no es el cadete estrella —comentó sin levantar demasiado la voz—. No sueles venir sin que te arrastren, muchacho.
Victor se sentó en la camilla.
—Doctor... llevo días con náuseas. Mareos. No puedo concentrarme.
McCoy dejó la tableta.
—¿Desde cuándo?
—Una semana, más o menos.
McCoy activó el escáner médico y lo pasó por su torso.
—¿Dolor?
—No. Sólo raro.
McCoy frunció apenas el ceño cuando el escáner pitó suave.
—Vamos a hacerte análisis completos. Sangre, química, genética básica.
Victor asintió sin mucha energía.
McCoy tomó muestras con movimientos rápidos y profesionales.
—Quédate aquí. No te vayas a desmayar en un pasillo y hacerme papeleo.
Victor soltó una risa mínima, nerviosa.
—Sí, doctor.
McCoy salió hacia el área de análisis.
El tiempo pasó lento.
Victor se quedó mirando el techo blanco de Enfermería, escuchando los sonidos suaves de la nave. Su mente no podía evitar volver a Spock. A cómo lo miraba ahora. A cómo se detenía antes de acercarse demasiado. A esa mezcla de responsabilidad y algo más que no terminaban de nombrar.
Cuando McCoy regresó, no venía bromeando.
Eso ya era mala señal.
Se apoyó contra el panel frente a Victor, cruzándose de brazos.
—Bien, esto se puso interesante.
Victor se incorporó un poco.
—¿Es algo malo?
McCoy negó con la cabeza.
—No exactamente. Pero tampoco común.
Activó una pantalla holográfica con datos genéticos.
—Tus análisis químicos están normales. Nada de infecciones, toxinas o fallos metabólicos. Pero tu perfil genético...
Victor tragó saliva.
—¿Qué tiene?
McCoy suspiró.
—Victor, ¿alguna vez te dijeron que tu estructura biológica es flexible?
—¿Flexible?
—Voy a decirlo simple: no eres completamente estándar para un humano masculino.
Victor frunció el ceño.
—No entiendo.
McCoy lo miró con seriedad médica, no con juicio.
—Eres lo que en xenomedicina llamamos un m-preg genético latente. Es raro, pero existe. Algunas personas nacen con la capacidad biológica de gestar sin saberlo. No se activa hasta que ocurre un detonante compatible.
Victor sintió que el estómago se le apretaba más que por las náuseas.
—¿Detonante...?
McCoy no lo nombró, pero tampoco hacía falta.
—Contacto genético adecuado. Hormonas específicas. Compatibilidad.
Victor bajó la mirada.
—¿Y mis mareos?
McCoy tocó la consola y proyectó otro dato.
—Son síntomas tempranos de gestación.
El silencio cayó como gravedad artificial.
Victor levantó la cabeza muy despacio.
—Doctor ¿qué está diciendo?
McCoy habló con voz baja.
—Que estás embarazado, cadete.
Victor no respondió.
No porque no quisiera.
Porque el cerebro necesitó segundos para aceptar la palabra.
—...¿Qué?
McCoy se acercó un poco más.
—Muy temprano todavía. Casi dos semanas. Por eso son sólo náuseas, cambios químicos leves y sensibilidad olfativa.
Victor sintió que el mundo se deslizaba un centímetro fuera de eje.
—Eso no es posible.
—Biológicamente, en tu caso, sí lo es.
Victor se pasó una mano por el rostro.
—Pero yo... yo no sabía nada de esto.
—La mayoría no lo sabe —expresó McCoy—. Es genético y silencioso. Sólo se activa en circunstancias muy específicas.
Victor pensó en Spock sin querer. En su biología. En el Pon Farr.
La garganta se le cerró.
—¿Está... seguro?
McCoy asintió.
—Tus niveles hormonales ya cambiaron. No hay margen de error.
Victor se quedó mirando el suelo.
—Entonces, llevo días...
—Casi dos semanas, sí.
Victor apoyó los codos en las rodillas.
No estaba asustado todavía.
Estaba desbordado.
—¿Spock...?
McCoy lo miró con cuidado.
Victor cerró los ojos.
—Doctor... —susurró—. ¿Qué hago ahora?
McCoy apoyó una mano firme en su hombro.
—Primero, respirar. Segundo, cuidarte. Y tercero...
Lo miró directo.
—Hablar con el padre antes de que tu cuerpo empiece a notarlo más que tú.
Victor tragó saliva.
Porque sabía exactamente quién era.
Y también sabía que nada, absolutamente nada, volvería a ser simple entre él y Spock.
Victor no salió de la efermería de inmediato.
McCoy le había pedido que descansara unos minutos, que dejara que el cuerpo se estabilizara después del impacto emocional, pero en realidad era la mente la que no sabía dónde ponerse.
Se quedó sentado en la camilla, con las manos apoyadas sobre los muslos, mirando un punto fijo de la pared blanca.
Embarazado.
La palabra no encajaba todavía en su cabeza.
No sentía nada distinto más allá de las náuseas. No había dolor. No había una señal clara que gritara que algo estaba creciendo dentro de él. Y, sin embargo, los datos de McCoy seguían flotando como una verdad imposible de esquivar.
Respiró hondo.
No había sido un error.
Pero tampoco había sido algo que Victor imaginara que pudiera cambiarle la vida así.
Se llevó una mano al abdomen, apenas, sin presionar. El gesto fue más reflejo que intención. No sintió nada. Sólo calor propio.
—Genéticamente compatible... —murmuró sin darse cuenta.
La nave vibró suave bajo sus pies, como si la Enterprise siguiera con su rutina sin importar que su universo personal acabara de reconfigurarse.
Cuando por fin se levantó, McCoy ya lo esperaba con una tableta médica.
—Bien, cadete. Vamos con la parte aburrida: cuidarte.
Victor se sentó otra vez.
McCoy activó un escáner más fino, pasándolo despacio por su torso.
—Es muy temprano —explicó—. Todavía es más químico que físico. Pero tu cuerpo ya está ajustándose.
La pantalla mostraba variaciones suaves.
—Tus niveles hormonales están subiendo despacio. Nada peligroso, pero sí nuevo para ti.
Victor tragó saliva.
—¿Voy a... cambiar mucho?
McCoy lo miró de lado.
—No de golpe. Primero cansancio, náuseas, sensibilidad. Después veremos.
Guardó el escáner.
—Nada de sobrecarga de turnos. Nada de exposición a toxinas. Y si te mareas, vienes directo aquí.
Victor asintió.
—¿Y... el trabajo en ciencias?
McCoy sonrió apenas.
—Sigues siendo un cadete brillante. No te estoy rompiendo la carrera, chico. Sólo te estoy protegiendo.
Victor soltó una respiración que no sabía que estaba conteniendo.
McCoy bajó la voz.
—Pero hay algo que no puedo hacer por ti.
Victor lo miró.
—Decírselo a Spock.
McCoy asintió.
—Eso es tuyo.
Victor salió de la enfermería con pasos lentos.
Los pasillos de la Enterprise parecían iguales, pero él los sentía distintos. Cada puerta, cada luz, cada oficial que pasaba sin saber nada, le recordaban que llevaba algo que nadie más podía ver todavía.
Pensó en retroceder.
Pensó en esperar.
Pensó en fingir que las náuseas eran sólo estrés.
Pero no podía.
No después de saber.
Spock estaba en el sector de Ciencias, revisando informes cuando el sensor de proximidad marcó una presencia conocida.
Victor.
Spock alzó la vista.
El cadete estaba de pie en la entrada, con el uniforme impecable pero la expresión tensa, como si no supiera si debía avanzar o huir.
—Cadete Victor —habló Spock—. ¿Se encuentra bien?
Victor dio un paso dentro.
—Necesito hablar con usted.
Spock notó de inmediato el cambio en su postura, en su respiración, en el leve temblor que intentaba ocultar.
—Esto no es un asunto de laboratorio —añadió Victor.
Spock guardó la tableta.
—Entonces no hablaremos aquí.
Caminó hacia él.
—Acompáñeme.
El trayecto hasta el sector residencial fue más silencioso que la primera vez. Victor sentía el corazón golpeándole las costillas, no por miedo, sino por la magnitud de lo que estaba a punto de decir.
La puerta de la habitación de Spock se abrió otra vez para ellos.
Entraron.
Spock cerró.
Victor se quedó de pie, sin saber dónde poner las manos.
Spock se giró hacia él.
—Ahora puede hablar.
Victor respiró hondo.
—Fui a Enfermería.
Spock entrecerró apenas los ojos.
—¿Por qué?
—Náuseas. Mareos. No me sentía bien desde hace días.
Spock avanzó un paso.
—¿Qué diagnosticó el doctor McCoy?
Victor levantó la vista.
Y ahí, frente a él, se le rompió la compostura.
—Estoy embarazado.
El silencio fue absoluto.
Spock no reaccionó de inmediato.
No por falta de comprensión, sino porque su mente necesitó reorganizar toda la lógica conocida.
—Explíquese —dijo finalmente, muy bajo.
—Soy genéticamente m-preg —continuó Victor—. No lo sabía. Se activó por... compatibilidad. McCoy dice que llevo casi dos semanas.
Spock lo observó como si el universo acabara de cambiar sus constantes físicas.
—¿Dos semanas...?
Victor asintió.
—Desde el Pon Farr.
La palabra quedó suspendida entre ellos.
Spock inhaló despacio. Sus manos se cerraron apenas detrás de la espalda, un gesto mínimo de contención.
—Victor... —murmuró, usando su nombre sin rango por primera vez desde entonces—. Esa consecuencia no estaba prevista.
Victor sonrió sin humor.
—Créame. Para mí tampoco.
Se hizo un silencio distinto.
Spock dio otro paso hacia él.
No invadiendo.
Cuidando.
—¿Su estado es estable?
—Sí. Muy temprano todavía.
Spock bajó la mirada un segundo, como si procesara no sólo datos, sino responsabilidad.
—Entonces no está solo en esto.
Victor levantó los ojos.
—¿Qué?
Spock sostuvo su mirada.
—Ese niño —corrigió—, ese ser, es consecuencia directa de mi biología y de mis actos durante el Pon Farr. No permitiré que cargue con ello sin apoyo.
Victor sintió que algo se aflojaba en el pecho.
—Tenía miedo de que... no quisiera involucrarse.
Spock negó despacio.
—No es una opción lógica ni ética.
Se acercó un poco más.
—Ni personal.
Victor tragó saliva.
—No sé qué va a pasar ahora.
Spock observó su rostro, la mezcla de nervios, cansancio y algo frágil que antes no estaba ahí.
—Entonces lo descubriremos juntos.
El silencio que siguió ya no era incómodo.
Era nuevo.
Y por primera vez desde que McCoy pronunció aquella palabra imposible, Victor sintió que la Enterprise no sólo seguía avanzando por el espacio.
Sino que él no estaba avanzando solo.
