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Capítulo I: El Sueño del Rey
El sol de la mañana colaba sus rayos por los altos ventanales del salón del trono, iluminando las piras de incienso que intentaban, sin éxito, enmascarar el hedor a enfermedad y poder que impregnaba Desembarco del Rey. Pero en sus aposentos privados, el Rey Viserys I Targaryen se sentía inusitadamente vigoroso. Los dolores que durante años lo habían consumido parecían haber remitido, no por la magia, sino por una férrea determinación que ardía en su pecho con más fuerza que cualquier fiebre. Se miró en el espejo de plata pulida, ajustando la túnica de seda negra bordada con hilo carmesí. No era el espectro moribundo que muchos creían ver. Había color en sus mejillas, un brillo en sus ojos opacos. Todavía no, pensó. Todavía tengo una última gran obra que completar.
Hacía años, casi una década ya, que había tomado la primera decisión firme de este gran designio. Recordaba la furia contenida en los ojos verdes de Alicent, la frialdad pulida de Otto Hightower cuando, en una audiencia privada, les había negado la boda entre Aegon y Helaena.
–“No será.” –había dicho, su voz temblorosa pero final. –“Helaena es… especial. Merece un destino a su medida, no ser un mero eslabón en una cadena. Y Aegon… Aegon necesita otra cosa.”
Otto había argumentado sobre la consolidación de la línea, la pureza del linaje. Alicent había hablado del bienestar de sus hijos, de mantenerlos unidos. Viserys los había escuchado, asintiendo débilmente, y luego, con una tos que sonó más a teatro que a debilidad, había repetido: –“Mi decisión es final. No se hablará más de ello.”
Aegon, entonces un adolescente flaco y desgarbado, había estado presente, bebiendo vino aguado. Viserys vio, o creyó ver, un fugaz destello de alivio en sus ojos violeta apagados antes de que la habitual capa de fastidio los cubriera de nuevo. Aliviado de no cargar con esa responsabilidad, pensó el Rey, de no tener que acostarse con una hermana que habla con arañas. No lo culpaba. Él mismo había encontrado el consuelo en alguien que no era su primera esposa. Aegon se merecía… más.
Ese “más” tenía un nombre y una forma, y hoy, por fin, vería la luz.
El Gran Salón de la Fortaleza Roja estaba abarrotado como pocas veces. El rumor de que el Rey, en un raro momento de lucidez y energía, convocaba a toda la corte había hecho volar a cuervos por todo el reino. Todos estaban allí.
En el flanco derecho, cerca de la base del Trono de Hierro, estaba el núcleo de los Negros. Rhaenyra, radiante y severa en un vestido de terciopelo negro y rojo, con el collar de rubíes de su padre. A su lado, Daemon era una silueta de peligro contenido, una mano descansando casualmente sobre el pomo de Hermana Oscura. Sus hijos con Rhaenyra, los príncipes Aegon el Menor y Viserys, niños de ojos grandes, estaban junto a Baela y Rhaena, estas últimas flanqueando a su abuela, Rhaenys, la Reina Que Nunca Fue**, cuya mirada era una daga analítica. Corlys Velaryon, Señor de las Mareas, estaba erguido como el mástil de un navío, su rostro impasible pero sus ojos escudriñando cada movimiento. Y junto a Rhaenyra, lo más preciado de su progenie con Laenor Velaryon: sus hijas. Lucaera, de catorce años, con el pelo platino ondulado cayendo como una cascada sobre sus hombros y una belleza serena que prometía tormentas. Jocelyn, de doce, más pequeña, con el carácter indómito de su tío Daemon ya visible en sus ojos oscuros. Y en el centro, celebrando su día, Jacaera.
A sus quince años, Jacaera Targaryen era el vivo retrato de lo que Rhaenyra había sido en la flor de su juventud, pero con un toque de su padre, Harwin Strong, que la hacía… impactante. Llevaba un vestido de seda azul marino que realzaba el color miel de sus ojos y hacía juego con las ondas castañas de su larguísimo cabello, entrelazado con hilos de plata. Pero era su figura la que robaba miradas furtivas: caderas estrechas que se curvaban en una cintura de avispa para luego abrirse en un pecho generoso y redondo que el escote, modesto pero imposible de ignorar, apenas contenía. Era una tentación con corona de flores de invierno, una bomba de delicadeza y sensualidad que muchos en la sala, incluido su tío Aegon desde el otro lado, no podían dejar de notar.
En el flanco izquierdo, los Verdes. Alicent, vestida de un verde esmeralda austeramente elegante, con las uñas clavadas en las palmas de sus manos, su sonrisa tensa tallada en mármol. Otto Hightower, la Mano, con la cadena de su cargo reluciendo bajo la luz, calculando, siempre calculando. Aemond Tuerto, su único ojo violeta ardiendo con una intensidad que recorría la sala, deteniéndose un segundo de más en Lucaera antes de volver al frente, despreciativo. Helaena, murmurando algo sobre gusanos con coronas a un insecto invisible en su vestido lila. Y, para sorpresa de muchos, hasta había venido Daeron, el menor, desde Antigua, un muchacho apuesto y de modales pulidos, enviado por sus tutores Hightower. Parecía más un espectador cortés que un participante.
Y en el centro de este lado, Aegon. A sus veinte y pocos años, el heredero varón del Rey tenía la belleza decadente de los Targaryen: pelo plateado desordenado, ojos violeta claros, facciones finas marcadas por el hastío y los excesos. Llevaba una túnica verde oscuro, pero se veía incómodo, como si la tela le picara. Había estado sobrio por fuerza durante tres días, desde que su padre, en un raro acceso de energía, lo había arrastrado a preparativos frenéticos y conversaciones en las que Viserys hablaba y hablaba, y Aegon solo podía asentir, aturdido por la novedad de que su padre le prestara tanta atención.
Viserys entró en el salón apoyado en un bastón de ébano con cabeza de dragón, pero su paso era firme. Subió los escalones del Trono de Hierro con un esfuerzo visible pero triunfal, y se sentó, no como un enfermo, sino como un soberano. Su mirada recorrió la sala, deteniéndose en los rostros de sus seres queridos.
–“Miembros de la corte, familia, leales súbditos” –comenzó, su voz más fuerte de lo que habían escuchado en años. –“Me habéis visto débil. Me habéis visto aferrarme a la vida entre dolores. Pero un rey, como un dragón, guarda siempre fuego en las entrañas. Y hoy, ese fuego arde por una causa que ha consumido mis pensamientos, mis sueños, durante muchos años: la unión de mi casa. La paz de mi reino.”
Un murmullo recorrió la sala. Otto frunció el ceño. Daemon clavó la mirada en su hermano, desconfiado.
–“Hace años, negué una unión pensada más en la conveniencia que en el corazón.” –Viserys miró brevemente a Alicent, que palideció. –“Lo hice porque soñaba con algo mayor. Con un vínculo que no solo uniera sangre con sangre, sino que curara heridas, cerrara brechas y forjara un futuro donde el dragón, nuestro dragón, volara unido.” Se inclinó hacia adelante, un brillo casi fanático en los ojos. –“Por eso, en este día en que mi queridísima nieta, la princesa Jacaera, alcanza la flor de su juventud, anuncio el compromiso que sellará ese futuro.”
Rhaenyra dio un paso involuntario hacia adelante. Daemon tensó los músculos. Corlys intercambió una mirada con Rhaenys. ¿Con quién?, pensaban todos.
Viserys extendió un brazo, primero hacia el lado de los Verdes. –“Mi hijo, el príncipe Aegon Targaryen.” Aegon parpadeó, como si lo hubieran despertado de un sueño. Luego, con un gesto amplio hacia los Negros. –“Y mi nieta, la princesa Jacaera Targaryen.”
El silencio que siguió fue absoluto, tan denso que se podía oír el roce de la seda de los vestidos. Fue el silencio del horror paralizante.
Jacaera. El nombre resonó en la mente de Aegon antes que cualquier otra cosa. Sus ojos, automáticamente, fueron hacia ella. La vio allí, con ese cuerpo de diosa de las canciones y ese rostro dulce y serio. Un calor brusco y totalmente ajena a la política le recorrió el estómago. Eso… eso sí es un consuelo. Un consuelo de los dioses. Cien mil veces mejor que la loca de Helaena. El alivio fue tan visceral que casi sonrió, hasta que la realidad lo golpeó. Era la hija mayor de Rhaenyra. La heredera de su heredera. Y estaba viendo cómo Daemon, lentamente, desenfundaba Hermana Oscura solo un par de pulgadas, suficiente para que el sonido del acero rozando la vaina de cuero llegara como un susurro mortífero hasta sus oídos. Un sudor frío le brotó en la nuca.
Jacaera, por su parte, no se inmutó externamente. Solo sus ojos, esos ojos miel que eran un legado de Harwin Strong, se encontraron con los de Aegon. No había miedo en ellos, sino una evaluación fría, rápida. Midió su asombro, su evidente apreciación física, su pánico posterior. Un niño asustado y borracho, fue su primer y despiadado veredicto. Pero su abuelo no había terminado.
–“Que se acerquen los prometidos” –ordenó Viserys, con una sonrisa beatífica.
Aegon sintió que las piernas le pesaban como plomo. Vio a su madre, Alicent, con los ojos desorbitados, la boca abierta en un grito mudo. Vio a Otto, cuya cara de cálculo perfecto se había resquebrajado, dejando al descubierto una rabia helada e impotente. No había plan para esto. No tenían ni idea. Eso, al menos, le dio una chispa de sombría satisfacción. Caminó hacia el centro del salón, sintiendo todas las miradas como lanzas.
Jacaera se desprendió del lado de su madre. Rhaenyra la agarró del brazo, un gesto instintivo, protector. –“Padre, esto es…” –comenzó la princesa de Rocadragón, su voz cargada de furia.
–“¡Es mi voluntad!” –rugió Viserys, y por primera vez en una década, el dragón que llevaba dentro despertó. La sala tembló con su voz. –“¡La voluntad de vuestro Rey! Este compromiso, esta boda, se celebrará. Lo he planeado todo. Cada detalle. Y será… o la princesa Rhaenyra será removida de la línea de sucesión, y el príncipe Aegon será desheredado y enviado a la Guardia de la Noche!”
La amenaza, tan clara, tan brutal, cortó el aire como una guillotina. A Rhaenyra se le fue el rostro. Se quedó sin aliento. Desheredar a Aegon era una cosa. Arrebatarle a ella su derecho, el derecho por el que había vivido, luchado, soportado… Era inimaginable. Miró a Daemon, buscando el fuego de la rebelión, pero en los ojos de su esposo vio, por un instante, el mismo cálculo frío que había visto en Otto. Una batalla aquí, ahora, era suicidio. El Rey, milagrosamente lúcido y fuerte, tenía a todos los señores del reino como testigos. Negarse era perderlo todo.
Con un movimiento casi imperceptible, Daemon empujó suavemente la espalda de Jacaera. Fue una orden. Camina.
Jacaera avanzó. Sus pasos eran firmes, su cabeza alta. Llegó al centro, frente a Aegon, que la miraba como un conejo frente a una serpiente… una serpiente hermosísima.
Viserys descendió del trono con ayuda de su bastón y se acercó a ellos. Tomó la mano derecha de Aegon, fría y húmeda, y la mano izquierda de Jacaera, firme y seca, y las unió.
–“Mirad” –dijo a la corte, su voz ahora emocionada, arrulladora. –“Mirad esta unión. Sangre de mi sangre. El primer hijo varón de mi cuerpo y la primogénita de mi primogénita. Es la unión que Jaehaerys y Alysanne soñaron para nuestro linaje. No una unión de conveniencia, sino la unión. Él, con el fuego de la juventud. Ella, con la sabiduría y gracia de las antiguas reinas. Juntos, gobernarán un día… juntos, sanarán este reino.”
Alicent sintió que el mundo se desmoronaba. Él lo ha planeado todo. Durante años. Fingiendo debilidad, mientras tejía esta telaraña. Otto comprendió, demasiado tarde, que su mayor error había sido subestimar la tenacidad del sueño de un hombre moribundo. La boda Aegon-Helaena, su ancla maestra, había sido saboteada hacía años no por capricho, sino como el primer movimiento de un plan mucho más grande y más tonto.
Viserys hablaba, ya perdido en su fantasía. –“La boda será en dos lunas, cuando la luna esté llena sobre la bahía del Aguasnegras. No habrá verde, ¡no! Será rojo y negro, los colores de nuestra casa unida. Aegon llevará una túnica de terciopelo negro con dragones bordados en hilo carmesí. Jacaera… ah, Jacaera, mi dulce niña, llevarás el vestido de mi madre, el de la reina Alyssa, lo he mandado adaptar. Y la capa… la capa será la mía, la del Conquistador, la que usé en mi boda con tu abuela. La pondré sobre vuestros hombros yo mismo.”
Aegon y Jacaera se tenían las manos, escuchando la divagación del Rey. Aegon pensó, aturdido: Prefiere que gobierne ella. Me usa como un semental, como un complemento. Para darle nietos a la dinastía y que de paso yo no sea un estorbo. Pero miró a Jacaera de reojo, el escote de su vestido, la curva de sus labios. Un semental con una yegua así… no es el peor de los destinos. Sintió, también, algo extraño: era la primera vez que su padre hablaba de él con algo que no fuera desdén o desilusión. Hablaba orgulloso. Era un orgullo prestado, robado por la presencia de ella, pero era más de lo que había tenido en toda su vida.
–“Y bailaréis” –continuaba Viserys, eufórico. –“El primer baile, el del dragón unido. He ensayado con los músicos…”
Así siguió, detallando flores, banquetes, los dragones que iluminarían el cielo (Sunfyre y Vermax, por supuesto), los juramentos que se prestarían. Era el sueño de un anciano, impuesto con la fuerza de un martillo. Ni Otto, con toda su astucia, ni Rhaenyra, con toda su determinación, pudieron interponerse. La maquinaria real, impulsada por la voluntad repentina y férrea de Viserys, se puso en marcha.
En los días siguientes, mientras la noticia sacudía los Siete Reinos, Aegon se encontró sobrio por necesidad. Viserys lo tenía constantemente a su lado, revisando diseños de túnicas, catando vinos para el banquete, paseando por los jardines con Jacaera a su lado bajo la atenta mirada de un Rey que sonreía como si hubiera ganado la guerra más grande de todas.
En uno de esos paseos forzados, bajo un cenador de rosas, Viserys los dejó “solos” por un momento, aunque media docena de guardias reales estaban a distancia de vista. Aegon, incómodo, miró a su prometida.
–“Supongo que preferirías que tu primer esposo no tuviera la cabeza separada del cuerpo por Hermana Oscura” –masculló, sin poder evitar mirar cómo la luz del atardecer se reflejaba en su cabello castaño.
Jacaera lo miró, sin sonreír. –“Prefiero que mi esposo tenga la cabeza bien puesta sobre los hombros, y bien usada dentro de ella” –respondió, su voz suave pero firme. –“Mi tío Daemon no cortará nada si no le das motivo. Así que, por tu propio bien y el mío, contente. No te emborraches. No toques a las criadas. No digas estupideces. Y podrías… llegar a vivir para disfrutar de ser Príncipe Consorte.”
Aegon la miró, sorprendido. No era el discurso de una niña asustada. Era la advertencia de una futura reina. Y en sus ojos, además del cálculo, vio algo más: una determinación feroz que igualaba a la de su madre. No era solo una flor bonita. Era un acero envuelto en seda.
–“¿Y si no quiero ser Príncipe Consorte?” –preguntó, por hacer ruido.
Ella se acercó un poco, y el perfume a jazmín y hierbas de Rocadragón lo envolvió. –“Entonces, príncipe Aegon” –susurró, su aliento caliente rozándole el oído– “podrías descubrir que hay cosas peores que Daemon con una espada. Como una esposa decepcionada con el apoyo de un Rey que la adora. Elige sabiamente.”
Se apartó, justo cuando Viserys regresaba, sonriendo al verlos tan “cercanos”. Aegon se quedó mirando su espalda, el grácil movimiento de sus caderas bajo la seda. El miedo se mezcló con una fascinación perversa y un destello de algo que no sentía desde hacía mucho: un desafío que no venía de la desesperación, sino de una extraña, peligrosa oportunidad.
Viserys los tomó a ambos del brazo. –“Mirad” –dijo, señalando el cielo donde las primeras estrellas empezaban a titilar–. “Así de brillante será vuestra unión. Así de eterna.”
Y mientras el Rey soñaba en voz alta con nietos rubios y dragones dorados y plateados volando juntos, Aegon y Jacaera, cada uno a su manera, empezaban a trazar sus propios planes en la sombra del sueño de un anciano. La partida había comenzado, y el primer movimiento, increíblemente, lo había hecho el peón que todos creían sacrificado.
Capítulo II: El Telar del Rey
La revelación del compromiso había sido un terremoto. Pero lo que siguió fue la lenta, meticulosa e implacable demostración de que el temblor no había sido un accidente, sino el producto de años de paciente excavación. Viserys I Targaryen, el rey enfermo y soñador, se transformó ante los ojos de la corte en un arquitecto obsesivo, desplegando los planos de su obra maestra con la minuciosidad de un maestre y la terquedad de un dragón.
Esa misma tarde, después del anuncio, Viserys convocó a Aegon y Jacaera a sus aposentos privados, una estancia donde el olor a medicina había sido reemplazado por el de pergamino nuevo, tinta y muestras de tela. Las paredes, antes austeras, estaban cubiertas de bocetos y listas clavadas con alfileres dorados.
–“Venid, venid, hijos míos” –los recibió Viserys, con una energía febril. Sentado en un gran sillón cerca de la chimenea, tenía un enorme libro abierto en su regazo. No era un libro cualquiera; era un códice iluminado, creado expresamente para la ocasión. En la primera página, con letras doradas, decía: «La Unión del Dragón: Celebración Matrimonial del Príncipe Aegon y la Princesa Jacaera».
Aegon, todavía aturdido, miró a su alrededor. Jacaera, en cambio, observaba con curiosidad clínica. Era la mirada de quien evalúa una fortificación enemiga.
–“Siete años” –anunció Viserys, golpeando suavemente la cubierta del libro. Su voz era cálida, orgullosa. –“Siete años he estado tejiendo este día. Desde que Jacaera tenía ocho años y mostraba ya la gracia de una reina, y tú, Aegon… bueno, desde que empezaste a dejar atrás los juegos de niño.” Fue un eufemismo tan generoso que hasta Aegon se sonrojó. Sabía que a los quince él ya frecuentaba burdeles y bodegas. –“Veintidós y quince. Una edad perfecta. Jóvenes, llenos de vigor, pero no tan niños como para no entender la solemnidad del voto. Tiempo de sobra para construir una gran familia, para que yo pueda conocer a mis nietos… tal vez hasta criarlos un poco.” Sus ojos se perdieron en la distancia, viendo un futuro dorado.
Luego abrió el códice y comenzó el desfile. Página tras página de detalles anotados con letra pulcra, algunos con pequeños dibujos al margen hechos por el propio Rey.
–“La ceremonia será en el Septo de Piedra, por supuesto, para honrar a la Fe… pero la celebración” –acentuó la palabra– “será en el patio exterior de la Fortaleza, bajo las estrellas y la luna llena. He consultado a astrónomos. La luna estará en su punto más brillante y rojiza esa noche. Un augurio. Rojo y negro, ningún otro color. Los estandartes, las guirnaldas, las libreas de los sirvientes… todo.”
Aegon no pudo evitar una sonrisa torcida al imaginar la cara de su madre cuando viera que no había ni un ápice de verde. Era un pequeño consuelo, pero lo abrazó con fruición.
–“Habrá siete días de festejos previos” –continuó Viserys, pasando una página con ilustraciones de justas. –“Justas cada mañana, con un torneo final el día antes de la boda. Los caballeros competirán por una armadura de escamas de dragón de oro… simbólica, por supuesto, hecha por los mejores armeros de la ciudad. Por la tarde, representaciones: la historia de Jaehaerys y Alysanne, la de la Conquista, y una nueva que he encargado sobre… la unión de dos linajes bajo un solo propósito.” No mencionó nombres, pero todos en la habitación supieron a quiénes se refería.
–“Y el banquete…” –sus ojos brillaron. –“He seleccionado personalmente cada plato. No será esa papilla insípida que me sirven. Cordero asado con miel y hierbas de Dorne, estofado de ciervo de los Bosques del Ojo de Dios, salmón ahumado del Norte, pasteles de anguila de las Tierras de los Ríos… y para el postre, tortas de limón y bayas con azúcar glass de las Tierras de la Tormenta. Y vino, claro. Vino tinto de Arbor, el de la cosecha del año de tu nacimiento, Aegon. Un barril entero.”
Aegon parpadeó. Su padre no solo sabía el año de su nacimiento, sino que había reservado un barril de esa cosecha. Era un detalle absurdo y conmovedor. “El vino… suena bien, padre.”
–“¡Ya lo creo! Y para vos, querida Jacaera, néctar de peras de los Reinos del Río y leche de almendras con especias de Essos, para que no te embriagues antes de la… bueno, de la parte importante.” Viserys guiñó un ojo, un gesto que a Jacaera le resultó grotesco pero que mantuvo oculto tras una leve sonrisa.
Los días siguientes fueron un torbellino de decisiones impuestas. Viserys arrastraba a la pareja a todas partes. A los talleres de los sastres reales, donde rollos de terciopelo negro, seda carmesí y brocado de hilo de oro cubrían las mesas.
–“Para ti, hijo” –dijo Viserys, señalando un terciopelo negro tan profundo que parecía tragarse la luz. –“Una túnica de corte sencillo, pero aquí, en el pecho y los hombros, bordaremos el dragón de tres cabezas en hilo carmesí y oro. Y el manto… el manto será de piel de oso blanco, forrado de carmesí. Como el que usaba el Viejo Rey en invierno.”
Luego, con una ternura que Aegon nunca le había visto, Viserys se volvió hacia Jacaera. –“Y para mi joya…” De un cofre de ébano sacó un vestido. No era nuevo. Era de un blanco marfil, con delicados bordados plateados que, al desplegarlo, revelaron ser dragones y caballitos de mar entrelazados. –“Es el vestido de tu abuela, la reina Alyssa. Lo he guardado todos estos años. Lo he hecho adaptar para ti. Los costureros dicen que… que el ajuste en el torso y los hombros necesitará ser generoso.” Sus ojos se posaron, sin vergüenza, en el opulento pecho de su nieta. –“Para honrar tu floreciente feminidad.”
Jacaera tocó la tela, fría y suave. Era un gesto político impecable. Honraba a su abuela Targaryen, y el tejido, aunque modificado, calladamente homenajeaba a su padre Velaryon con los caballitos de mar. Un mensaje para Corlys. “Es hermoso, abuelo. Un honor.”
–“Pero el manto nupcial” –anunció Viserys, bajando la voz como si compartiera un secreto– “no será el mío, el del Conquistador. He reflexionado. Tú, Jacaera, eres la hija de Rhaenyra *y* de Laenor Velaryon. Debes honrar a ambos. Por eso, llevarás el manto matrimonial que tu madre usó al casarse con el príncipe Laenor.”
Sacó otro cofre. Dentro, plegado con cuidado, estaba un magnífico manto de terciopelo azul marino, el color de la Casa Velaryon, bordado en un lado con el dragón de tres cabazas de los Targaryen en hilo rojo y oro, y en el otro con el caballito de mar de los Velaryon en plata y madreperla.
El gesto era una obra maestra de política doméstica. Jacaera vio inmediatamente el cálculo: aplacaba a Corlys y a Rhaenys, honraba la memoria de Laenor (tan convenientemente difunto) y reforzaba la legitimidad de su línea como la verdadera unión de las dos grandes casas de sangre Valyria. Era un guiño a los Negros más astuto que cualquier discurso.
–“Y tú, Aegon” –dijo Viserys, colocando una mano en el hombro de su hijo– “pondrás sobre sus hombros la capa de mi padre, el príncipe Baelon, el Valiente.” Era una capa de lana fina color vino tinto, con el dragón bordado en negro. Simbólicamente, Aegon, como Baelon, sería el apoyo fuerte, el “valiente” consorte de una gran mujer. Aegon no captó la totalidad del simbolismo, pero sintió el peso de la prenda, literal y figurativo.
Mientras Viserys se perdía en éxtasis explicando el orden de los brindis, Aegon disfrutaba de un placer más mundano: la furia impotente de su madre. La vio en la sala del trono, intentando acercarse a Viserys con una sugerencia sobre las flores (“El verde jade combinaría tan bien con el negro, mi Rey…”), solo para que Viserys, con una distraída palmadita en su mano, dijera: “Todo está decidido, mi amor. No te preocupes por ello.” Y la apartara suavemente, como a un moscardón. Alicent se retiró con los labios apretados en una línea blanca, sus nudillos blanqueando alrededor de su copa. Aegon bebió de la suya (agua, por orden de su padre) saboreando su miseria. Al menos no tendría que verla en días, atrapado como estaba en el mundo de algodón de los sueños de su padre.
Pero no todo era algodón. También estaba el acero.
Una mañana, unos días después del anuncio, Daemon Targaryen entró en las estancias reales sin anunciarse. Su presencia era como una ráfaga de aire helado del Norte. Se dirigió directamente a Viserys, ignorando a Aegon y a Jacaera, que revisaban muestras de joyas con el Rey.
–“Hermano” –dijo Daemon, su voz un susurro cargado de significado– “un asunto de la mayor importancia para la… salud de la futura unión.”
Viserys frunció el ceño. “¿De qué hablas, Daemon?”
–“Del príncipe Aegon” –dijo Daemon, girando lentamente para clavar sus ojos lilas en su sobrino. –“Todos conocemos sus aficiones. Sus frecuentes viajes a la Calle de la Seda. La Sombra de la Puta, le llaman algunos.” Aegon palideció. –“Sería una tragedia, una verdadera abominación, si en su entusiasmo por darle nietos a la corona, nuestra dulce Jacaera…” –hizo una pausa, dejando que la imagen se formara en la mente de Viserys– “contratara alguna enfermedad repugnante de esos antros. Una enfermedad que pudiera arruinar su salud, su fertilidad… o peor, transmitirse a la línea de sucesión.”
Viserys se puso lívido. La mera idea hizo que su mano temblara. “¿Qué sugieres?” preguntó, su voz ahora dura.
–“Una revisión” –dijo Daemon, suavemente, como si sugiriera probar un nuevo vino. –“Una revisión completa e íntima por el Gran Maestre Orwyle y sus acólitos. Para asegurarnos de que el príncipe está… limpio. Para la paz de tu mente y la seguridad de tu nieta.”
“¡Es una indignidad!” estalló Aegon, levantándose. “¡No soy un animal!”
“Precisamente por eso no deberías temer la revisión” –replicó Daemon sin inmutarse, una sonrisa cruel en los labios.
Viserys miró a Aegon, luego a Jacaera, que había bajado la vista, sus mejillas sonrosadas de vergüenza o ira. En sus ojos, el Rey solo vio el miedo a un peligro invisible. Su deber de abuelo aplastó cualquier consideración por la dignidad de su hijo.
–“Se hará” –decretó Viserys, con una frialdad que heló la sangre de Aegon. –“Inmediatamente. Y será exhaustiva. Nada quedará sin revisar. No permitiré que un riesgo así se acerque a Jacaera.”
Fue una humillación meticulosa y brutal. En una cámara adyacente, bajo la fría mirada de Daemon que se recostó en la puerta, los maestres examinaron a Aegon con una impersonalidad clínica que lo hizo sentirse menos que un caballo de carreras. Lo peor fue la expresión de Alicent cuando se enteró. No fue de furia protectora hacia su hijo, sino de un horror absoluto por el escándalo, por cómo manchaba su reputación como madre de la futura Reina Consorte. “¿Cómo pudo ser tan irresponsable?” murmuró a Otto, sin importarle que Aegon pudiera oír. “Ahora todos pensarán que lo crié como un cerdo.”
Milagrosamente, o quizás porque los dioses tenían un sentido del humor retorcido, Aegon estaba limpio. El Gran Maestre Orwyle anunció los resultados a Viserys con una inclinación de cabeza. “El príncipe no presenta signos de enfermedad venérea, Su Gracia. Goza de buena salud… física.”
El alivio de Viserys fue palpable. El de Aegon, mezclado con una ira hirviente. Pero la lección no había terminado.
Al día siguiente, Viserys, con una severidad que Aegon no le conocía, lo llevó a los barracones de la Guardia de la Ciudad. No a los cuarteles limpios, sino a una celda subterránea donde guardaban a los criminales enfermos. Allí, bajo una luz de antorcha parpadeante, Viserys le mostró a una mujer, una prostituta vieja y consumida, con la piel llena de llagas purulentas y la nariz medio comida.
–“Esto” –dijo Viserys, con voz grave– “es la ‘sonrisa del caballero’ en su etapa final. Ella era hermosa, dicen. Como esas que a ti te gustan.” Luego señaló a un hombre demacrado, tosiendo sangre en un rincón, sus dedos deformados. –“Y eso es lo que le pasa a un hombre que la contrae. Se pudre por dentro. Pierde la razón antes de perder la vida.”
Aegon, que había visto miserias en los burdeles pero nunca se había detenido a contemplar las consecuencias finales, sintió que el estómago se le revolvía. El hedor a enfermedad y muerte, combinado con las imágenes grotescas, fue demasiado. Se giró y vomitó violentamente contra la pared de piedra, vaciando el escaso contenido de su desayuno.
–“Tu esposa” –susurró Viserys, agarrándolo del brazo con fuerza– “no es una de ellas. Es pura, virgen, sana. Un regalo de los dioses. Y la única que debe compartir tu lecho a partir de ahora. Si alguna vez la pones en riesgo… si alguna vez deshonras ese cuerpo sano con la suciedad que acabas de ver… no necesitaré a Daemon para ocuparme de ti. ¿Entendido?”
Aegon, pálido y tembloroso, asintió. El miedo era ahora un sabor concreto en su boca, mezclado con el ácido del vómito. Y, de manera perversa, la imagen de Jacaera, de su cuerpo exuberante y sano, se impuso sobre la de la mujer llagada. Era un contraste tan extremo que lo hizo desearla con una intensidad nueva, no solo lujuriosa, sino casi… posesiva. Ella es mía. Limpia. Y nadie, ni yo mismo, la va a manchar.
Esa noche, Daemon lo encontró solo en un balcón, mirando a la bahía. El Príncipe de la Ciudad se apoyó junto a él, su presencia silenciosa más amenazante que cualquier grito.
–“Mi hermano es un hombre blando” –empezó Daemon, su voz tranquila– “pero sus amenazas, cuando las hace, suelen ser pintorescas. Las mías no. Escúchame bien, sobrino. Si tocas a una criada, si miras a otra mujer, si la haces llorar o si la forzas… no te enviaré al Muro. Te ataré a una losa en los calabozos más profundos de Rocadragón y dejaré que Caraxes te escupa ácido. Poco a poco. Empezando por los pies. Te derretiré como la cera de una vela, y tu padre, en su lecho de muerte, solo oirá que te perdiste en el mar durante un paseo en velero. ¿Queda claro?”
Aegon no necesitó fingir el terror. Lo sintió, genuino y helado, recorriendo su espina dorsal. Asintió, sin poder articular palabra.
–“Bien” –dijo Daemon, y se fue tan silenciosamente como había llegado.
Sorprendentemente, en medio de este torbellino de humillaciones y amenazas, Aegon experimentó destellos de una vida distinta. Viserys, satisfecho con su “limpieza” y su aparente sumisión, empezó a tratarlo no como un desastre, sino como un proyecto. Y, para asombro de Aegon, algunas de sus opiniones fueron escuchadas.
–“Aburridos, los pasteles de anguila” –masculló un día durante una de las interminables catas de menú. –“Todo el mundo los sirve. ¿Por qué no… pichones rellenos con ciruelas y nueces? Es más… real.”
Viserys lo miró, sorprendido. Luego sonrió. –“Pichones… sí. Tienes razón. Es más apropiado para una boda real. Anótalo, maestre.”
Fue una victoria minúscula, pero para Aegon, acostumbrado a que todas sus palabras fueran desechadas como tonterías de borracho, fue un balde de agua fría. Me escuchó.
Las veladas con Viserys se volvieron más íntimas. El Rey sacaba otro libro, este con ilustraciones de Jaehaerys y Alysanne: cabalgando juntos, gobernando en conjunto, rodeados de hijos y dragones.
–“Mira, Aegon” –decía, su dedo tembloroso señalando una imagen de Alysanne aconsejando a su esposo– “así debe ser. El Rey y la Reina. Un equipo. Ella era su más sabio consejero. Él, su más feroz protector. Jaehaers nunca habría sido ‘El Conciliador’ sin ella. Eso es lo que debéis ser tú y Jacaera.”
Aegon miraba las imágenes. Alysanne era hermosa, segura. Jaehaers, fuerte, respetado. No parecían despreciarse. Era un cuento de hadas, sin duda, pero uno atractivo. Y al lado, Jacaera escuchaba, sus ojos brillando con una luz que Aegon no podía descifrar: ¿ambición? ¿Cálculo? ¿O el destello de una chispa de ese mismo sueño?
El colmo de la venganza implícita de Viserys hacia los Verdes, y su bendición tácita a los Negros, llegó durante una audiencia pública. Sir Criston Cole, Ser Perro Fiel de la Reina, estaba de guardia cerca del trono. De repente, Viserys, en medio de un discurso sobre la ley, se detuvo y lo señaló.
–“Ser Criston” –dijo, y su voz, aunque débil, cortó como un látigo. Toda la corte se quedó en silencio. –“Te veo allí, recordando viejos tiempos. Te veo y recuerdo la boda de mi hija Rhaenyra con el príncipe Laenor. Recuerdo la sangre en el suelo del festín. La sangre de un hombre bueno, de un caballero, derramada por tu mano en un arrebato de… ¿qué fue? ¿Celos? ¿Rabia?”
Cole se puso rígido como una estatua, su rostro de mármol agrietándose por una pizca de pánico.
–“Escúchame bien, Ser” –continuó Viserys, y ahora su tono era glacial, mortal. –“La unión de mi hijo y mi nieta es sagrada para mí. Si durante los festejos, por acción u omisión tuya, se derrama una sola gota de sangre que no sea la del torneo… si hay un altercado, un insulto, un mal gesto que empañe su felicidad…” Hizo una pausa, dejando que el silencio se cargara de terror. –“No te enviaré al Muro. Haré que mi hermano, el príncipe Daemon, se ocupe de ti. Y te prometo, ante los dioses y los hombres, que lo que él te haga hará que los castigos de Maegor el Cruel parezcan actos de piedad piadosa. Lo haré espectáculo para que todos recuerden el precio de interponerse en el sueño de su Rey. ¿Está claro?”
Fue más que una advertencia. Fue una sentencia de muerte prematura, un permiso real escrito en sangre. Rhaenyra, sentada a su lado, contuvo la respiración, un brillo de lágrimas de vindicación y odio en sus ojos. Corlys Velaryon asintió, casi imperceptiblemente, una deuda de sangre parcialmente saldada con palabras. Daemon, desde la sombra de una columna, sonrió. Era una sonrisa que no llegaba a los ojos, una promesa de pesadillas hecha carne.
Alicent parecía a punto de desmayarse. Su perro guardián, su campeón, había sido públicamente despojado de su armadura y dejado desnudo y amenazado. Otto miraba al suelo, su mente calculando frenéticamente nuevos ángulos, encontrando solo paredes.
Aegon, entre la audiencia, sintió un escalofrío. Pero también un regusto extrañamente dulce. Su padre, el Rey débil, acababa de levantar un muro infranqueable alrededor de su boda. Un muro construido con la humillación de sus enemigos. Por primera vez, Aegon no se sentía como la pieza sacrificada en el tablero. Se sentía… protegido. Y en el centro de todo, como un faro de belleza y peligro, estaba Jacaera. Hermosa. Pura. No-loca. Y, quizás, la clave para sobrevivir a este juego en el que, milagrosamente, los dados parecían estar cayendo a su favor por primera vez en la vida. Solo esperaba que su madre y su abuelo fueran lo suficientemente inteligentes para no intentar saltarse el muro. Porque Viserys, en su locura lúcida, había dejado claro que del otro lado solo esperaba a Daemon, y a sus dragones.
