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Mi Tipo, De Nuevo

Summary:

Cinco años sin una buena navidad han convertido a Charlie en un ser rencoroso y patético.

Ella solo quiere olvidarse de su ex, trabajar tranquila en algo que odia y no humillarse otra vez en una fiesta navideña. Pero no, el universo nunca podrá ser amable con ella.

Aunque quizás si lo fue, porque le entregó en bandeja de plata la oportunidad de arruinarle las fiestas, o casi que la vida, a su ex. Y Charlie será tonta, pero ni ella dejaría pasar tan buena oportunidad.

O

Charlie solo quiere destruir la navidad de su ex. Ya si Alastor esta en el medio no es su culpa.

Chapter 1: Un Desastre

Chapter Text

―No.

Charlie, en ese momento, no sonrió. No podía hacerlo cuando sentía que su corazón se estaba partiendo en miles de pedazos por una sola palabra. Era impresionante y desastroso.

Nunca debió de darle tanto poder a Sylvie.

Pero es que Charlie lo hizo porque confió en que Sylvie nunca iba a lastimarla.

―¿En serio? ―Charlie había titubeado. Recuerda que sus labios temblaban demasiado y solo quería llorar más de lo que ya había llorado en toda la discusión―. ¿Ni siquiera vas a dar una excusa?

Sylvie aún tenía sus brazos cruzados. Sus mejillas tenían rastros de las lágrimas que hacía menos de un minuto había soltado. El delineador de sus ojos se corrió. Los ojos estaban rojos y sus lentes empañados. Su cabello… Oh, su hermoso cabello estaba erizado y desastroso.

Charlie quería abrazarla. Tenía tantas ganas de hacer que se acurruque contra ella, en su pecho, acariciarle la cabeza y prometerle que todo estaría bien. Le iba a besar la frente y luego los labios. Al final, se irían a la cama y dormirían desnudas sin haber hecho nada, porque Sylvie necesitaba el contacto más directo de piel con piel para tranquilizarse.

Y ella, Charlie, casi lo hace.

Pero luego recordó a su papá… No, ella no podía hacerle eso a su papá… No de nuevo.

Fue por eso que, con el dolor de su alma, Charlie dijo aquello que nunca pensó decirle a Sylvie.

―Entonces ya no tiene sentido seguir juntas.

 

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Resulta que a una persona se le acaban las excusas para no celebrar las fiestas navideñas luego de que vomitas borracha en el tacho de basura que hay en la sala de fotocopias que nadie nunca usa.

Y Charlie lo está descubriendo en ese mismo momento.

―¿Obligada? ¡Papá, soy una adulta, no puedes obligarme a viajar a ningún lado!

Ella se está pintando las uñas de los pies y de fondo dejó olvidado un programa de televisión que está transmitiendo su especial navideño, aunque apenas sea 2 de diciembre, mientras sus perros dormían con la panza para arriba en una esquina de la sala. No, en realidad, ella estaba intentando pintarse las uñas de los pies, mientras charlaba con sus padres por videollamada, hasta que su papá decidió decir la mayor estupidez de todas.

―Si puedo y lo hago. ―Su papá frunce tanto el ceño que Charlie tiene miedo de que se quede congelado con esa horrible expresión el resto de su vida―. ¡No te he visto en años!

―¡Que maldito mentiroso, si nos vimos el día de Acción de Gracias!

Su papá parpadea.

―Eso fue el año pasado.

―No, eso fue este año.

―¡No, fue el año pasado! Creo. ―Su papá se aleja de la cámara y mira sobre ella, hacía donde debería de estar la cocina de la casa, y grita―: ¡Lilith, ven acá, amor! ¡Tu hija está intentando manipularme! ¡Corrígela!

―¡No metas a mamá en esto!

―¡Tu no metas mi mala memoria en esto! ¡Eso es un alzhéimerfobico!

―¡Oh, vete a la mierda, papá!

―¡Niña, no me hables en ese tono que soy un hombre sensible, mierda!

Entonces, Charlie piensa seriamente en llamar a su padre viejo. No lo hace, más que nada porque sabe que es el único insulto, no tan insulto, que su padre nunca sería capaz de permitirle ni perdonarle decir. Odia que le digan viejo, aunque este a dos años de los 60. Y Charlie podrá putear a su padre todo lo que quiera, ¿pero decirle viejo? No, eso nunca.

Aunque sí que quería, mierda.

Su padre se estaba pasando de idiota. Cosa que no es novedad. Siempre ha tenido un comportamiento infantil y torpe. Es un idiota con mucho poder y encanto. Un hombre respetable, cabe aclarar. Charlie no lo odia, pero sí que le saca canas verdes cuando empieza a joder y joder con la misma porquería de siempre de que la familia tiene que estar junta durante las fiestas.

Pero no hay que malinterpretar a Charlie. Ella no es un grinch de la navidad o algo así.

Charlie ama las fiestas, usar suéteres feos con renos mal cocidos y narices rojas, cocinar galletas de jengibre que va a decorar muy rápido y eso hará que todo se derrita antes, y decorar un árbol que va a soltar muchas hojas y nadie querrá limpiar después.

Si, uno no se emborracha tanto en navidad por puro odio. No, normalmente eso ocurre por exceso de cariño a una festividad cristiana que como que ya no tiene nada de cristianismo. Al menos, Charlie ya no arma ningún pesebre, pero si empieza a decorar su departamento a mediados de diciembre.

Entonces, bien, no hay problema en festejar navidad.

El problema es el lugar donde su querido papá quiere festejar la navidad.

Lugar al que Charlie no tenía pensado volver ni, aunque le prometieran un ascenso que sabía que se merecía desde hace dos años, mierda.

―Papá, voy a colgar, no quiero tener esta discusión por videollamada donde, en serio, lo único que puedo ver es tu pálida cara. ¡Nos vemos!

―¡No te atrevas a colgarme, Charlotte Morningstar! ―Grita su papá. Su voz sonaba un poco extraña por el ruido artificial de la computadora―. ¡Aun no terminamos de hablar!

Nah, si habían terminado de hablar y por eso Charlie decide que cortaría la maldita llamada… Hasta que la cara de su madre apareció.

Lo peor del asunto es que no es intimidante. No, claro que no, porque ni su mamá ni su papá parecen entender aún que no tienen que estar con las mejillas pegadas para caber en la pantalla de la llamada. O quizás si lo saben, pero no les importa. Con el historial que tienen de ser tan dependientes del contacto físico, a Charlie no le sorprendería que ellos solo quisieran pasar pegados porque si y ya.

Su mamá no miraba directamente a la pantalla. Mentira, en realidad Charlie no podía saberlo porque su madre estaba usando lentes oscuros de playa y sus ojos no se notaban. No tenía mucho sentido que los usara a esa hora de la noche, pero Charlie entendía la razón: Es rara.

―¿Charlie? ―Pregunta su mamá, como si no estuviera segura de que ella seguía ahí. Unos mechones de su cabello plateado caen y golpean directamente la pantalla. Su papá, sin decir nada, se apresura a acomodarlos detrás de la oreja de su mamá―. ¿Sigues ahí?

―Si, mamá. Aquí sigo. No me iré. ―Charlie frunció el ceño y miró fijamente a su papá―. En serio no pienso irme.

Su papá bufó y la ignoró.

Maldito berrinchudo.

―¿No? ¿Qué? Espera, no puedo verte bien. ¿Qué te pasó en la frente?

Charlie se toca la frente con un poco de pena. Le había salido un grano que aún no maduraba y no podía destruirlo hasta que no quedara rastro. En su lugar, parecía una bolita roja que brillaba de forma molesta justo entre sus cejas.

Era el colmo que su madre no pudiera verla bien a todo lo que es ella, pero si era capaz de ver el puto grano.

―Un grano, mamá.

―Has comido mucho chocolate. ―Su mamá asiente ante sus propias palabras―. Qué bueno. ¿Has hecho galletas? Acá no hemos hecho nada aún. Estamos esperando a que llegues.

Charlie suspira, mientras se pasa las manos por el cabello que tenía tres días sin peinar. Ni lavar. Ella tampoco se había lavado los dientes en casi una semana. Estaba cayendo en un pozo depresivo que se negaba a admitir en voz alta, pero que era el completo responsable de toda la discusión que está teniendo con su papá, y, ahora, con su mamá.

Porque claro que mamá se iba a poner del lado de papá. Ni modo que sea amable con su hija y la apoye en su madura decisión de no visitarlos durante la navidad de ese año simplemente porque no quiere volver al maldito pueblo donde está su estúpida ex que, de seguro, tiene una vida tan patética que sigue trabajando en esa maldita carnicería sin futuro.

Bueno, quizás Charlie si se estaba pasando, pero antes muerta que admitir algo tan ridículo como no haber superado a su ex luego de cinco años sin verla.

―Mamá, ya se los dije, no iré este año.

―Pero siempre pasamos las navidades juntos, amor ―dijo su mamá―. Tus tíos vendrán este año.

Menos ganas de ir le dieron a Charlie.

―Bueno, ya tienen a más gente con la que pasar el tiempo, ¿no? Yo sería solo una molestia.

―¿Lo ves, Lily-Lu? ―Su papá volvió a acercarse a la pantalla―. ¡Tú hija es una malagradecida! ¿Quién no querría pasar navidad comiendo pato al horno?

―¿Van a comer pato? ―Charlie no podía creerlo―. ¿En serio?

Su papá pareció ofendido. Incluso puso una mano en su pecho y todo eso.

―¿Ahora si te interese saber qué haremos en navidad? ¿Solo cuando menciono la muerte de un pato? ¡¿Quién te hizo tanto daño, mi niña?!

Charlie rio, porque fue gracioso y, aunque todo el asunto fuera una discusión real, ni ella ni su padre lo hacían de forma seria. Ambos eran unos berrinchudos dramáticos que exageraban todo para que fuera más divertido.

Aun así, esa última y simple pregunta hizo que un dolor molesto apareciera en el pecho de Charlie, mientras un nombre aparecía en su mente. Se sintió como un golpe directo con un palo en el pecho.

Sylvie.

Maldita zorra.

―Lulu, cállate. ―Su mamá, siempre con ese sexto sentido maternal, obviamente notó que su pendeja hija había vuelto a pensar en su ex. Era bueno saber que, mínimo, Charlie tenía a su madre para apoyarla en silencio―. Ya sabes que Sylvie es un tema sensible para Charlie.

Bueno.

Parece que la estupidez viene de familia.

―¡Mamá! ―Charlie grita, porque no puede quedarse callada ante la humillación que hace que su sangre palpite en sus oídos del puro coraje―. ¡Ya dijimos que no se habla del sujeto S!

―¡Ay, amor, lo siento! ―Su madre parece apenada cuando habla. Se acerca tanto a la pantalla que Charlie ya no puede ver a su papá―. Pero me preocupas. ¿Cuándo fue la última vez que te bañaste?

Charlie siente que su rostro se calienta, pero realmente no reacciona a tiempo, ya que, de verdad, se pone a pensar cuando fue la última vez que se bañó y cuando nota que fue hace semana y media se quiere pegar un tiro por ser tan cochina.

―Mamá, basta.

―¿Por qué no quieres venir, Charlie? ¿Es por Syl- digo, sujeto S?

―Papá, tú también guarda silencio.

―¡No debes de permitir que esa chiflada tenga tanto poder sobre ti! ¡Y menos que te arruine las navidades!

―¡Oh, no, estática! ¡Chsssss! ¡Los estoy perdiendo! ¡Chsssss! ¡Oh, ya no puedo verlos!

Charlie no espera a que sus padres digan nada. Simplemente termina la llamada y cierra su computadora, con más fuerza de la necesaria.

Suspira, se pasa las manos por la cara y se levanta, rumbo a la cocina, queriendo comer otro chocolate que le dejaría los dientes más sucios de lo que ya estaban.

Porque el chocolate nunca le guardaría secretos ni permitiría que una relación de casi tres años terminara en una estúpida gasolinera.

Sylvie.

¿Cómo estaría? Charlie esperaba que mal. Ojalá estuviera muy mal. Pero mal serio, ya sabes, como que no tuviera dinero para darse un gustito o que se golpeara contra una mesa al regresar borracha a casa.

Porque, claro, ella no podía desearle un mal muy feo como la muerte o la pobreza extrema o algo así. Sin embargo, si podía pedir que, de tener una nueva novia, ojalá le hiciera tanto daño como a se lo hizo a ella.

Sylvie LeBlanc.

Maldita puta, perra, zorra, malparida desgraciada que tenía un cabello hermoso. ¡Pero no era natural! Bueno, si lo era, pero… ¡Usaba lentes y era tonta!

Una tonta desconfiada que, aunque Charlie era, dah, Charlie, el ser más confiable de todo el amplio mundo, no fue capaz de contarle nada. Aun cuando llevaban 4 años de conocerse, 3 de relación y 1 maldito mes de estar comprometidas.

¡Y para colmo todo ocurrió en navidad!

En una gasolinera que tenía un letrero enorme de Santa Claus que brillaba en neón e hizo que la estúpida cara de Sylvie se viera ridícula. ¡Ja, Charlie ahora sí que podía reírse de la patética de su ex!

Si.

Ya podía reírse y festejar navidad sin pensar en ella.

Sin recordarla nunca.

Ni un poco.

Si.

Charlie solo necesitaba encontrar un maldito chocolate antes de ponerse a llorar.

 

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De forma completamente lamentable, Charlie era una mujer adulta cuya vida dependía enteramente de sí misma.

Por eso, ella tenía que levantarse temprano para trabajar, cosa que no le gusta, para tener dinero y gastarlo en cosas útiles, que le gusta mucho menos, y así poder vivir, cosa que, de plano, detesta.

Y solo para llevarle la contraria a sus amorosos y tontos padres, Charlie se bañó antes de irse.

Bueno, decir que se bañó es una mentira muy grande para su patético intento de higiene que hizo en esa ducha. Solo estuvo de pie bajo el chorro de agua durante 15 minutos, luego se lavó el cabello muy por encima con el jabón que usaba para lavar ropa, y al final se volvió a quedar bajo el chorro por otros 15 minutos.

Charlie, entonces, nota que los psicólogos son unos mentirosos y bañarse no ayuda a levantar el ánimo. Ella solo se siente peor.

Ese día era día de ser una escritora mediocre, como todos los días anteriores, por lo que Charlie decide usar un traje oscuro, mal planchado y que hacía que su delgadez se notara aún más. De hecho, cuando se lo pone, se da cuenta que le queda más flojo aún.

Genial, siendo tan delgada, con el cabello tan seco y rubio que parece paja, Charlie ahora siente que luce como una escoba mal cuidada. Es más, ¿quién en su sano juicio cuidaría una escoba? Charlie no lo haría.

Tal vez si la escoba no le mintiera, si la cuidaría… Oh, ella ya se está yendo a la mierda.

No se maquilla, pero tiene maquillaje de emergencia en el auto. Su auto. Charlie siente orgullo de su auto porque lo consiguió con mucho esfuerzo hace menos de dos años. Antes de eso, iba al trabajo en bicicleta. Ahora, ella no recuerda cuando fue la última vez que usó una. Ni le importaba, en realidad.

En ese momento solo siente una pesadez horrible en el estómago al llegar al edificio de la empresa inmobiliaria en la que trabaja y donde ella es solo otra de los muchos fracasados que nunca pudo cumplir su lindo sueño de cambiar el mundo al crear un salón de belleza para perritos. Era eso o escribir novelas infantiles navideñas.

Okey, mierda, la navidad nunca era el problema.

No.

Charlie era una fanática de la navidad al completo. El único problema de las fiestas era el estúpido recuerdo de su ex más seria e intensa que le arruinó las últimas 5 navidades con ese amargo malestar en el pecho que la hacía vomitar.

De hecho, fue por eso que vomitó tanto en la fiesta navideña de la empresa el año pasado. Pero, claro, si alguien preguntaba, era mucho menos humillante decir que solo había bebido mucho y era una mala borracha.

Ella tomaba mucho, claro, pero nunca tendría tan poco estomago como para caer luego de una sola botella. No. Lo que pasó fue que Charlie vio un suéter de navidad con un muñeco de nieve con lentes, se acordó que Sylvie usaba lentes, le dieron ganas de llorar al pensar en ella y luego solo salió corriendo hasta que vomitó el pavo que comió hacía dos horas atrás en el cubo de basura de la sala de fotocopias que estaba fuera de servicio, pero que todos parecían usar para fumar o coger.

Charlie esperaba que ella no hubiera sido la primera en usarla para vomitar. Quizás alguno de sus compañeros de trabajo tenía un fetiche con el vómito o algo así. Mierda, ese pensamiento no le hizo sentir mejor ni un poco.

Ni siquiera ver la nieve caer por la ventana desde dentro de su auto le hizo sentir mejor.

Ella solo suspira, se pone su gorrito de la nada super lindo (que combina con sus guantes y bufanda, porque ella es una mujer con estilo) con astas de ciervo y sale del auto, resignada a trabajar frente a una computadora haciendo cualquier cosa que no sea ser feliz.

El frío clima le hace estremecerse. La nieve no le cae encima porque, contrario a los últimos días donde solo iba a la empresa para firmar asistencia y luego irse a casa, ella se ha estacionado en el… Estacionamiento… Dah.

Bueno, la nariz le pica un poco y siente que va a empezar a moquear donde ella no entre rápido al elevador. Por eso, ella no se detiene y casi que corre hasta él. Luego, Charlie simplemente espera mientras sube y sube hasta su piso, donde empieza su martirio a las 7 de la mañana.

Charlotte Morningstar trabaja siendo la asistente principal, pero no personal (eso dice su placa) de Carmilla Carmine. Esa mujer tan imponente siempre la llama como su mejor escritora, lo que es solo un halago barato para pedirle que le traiga el café bien caliente. ¡Ni que fuera un pasante!

Al menos ahora si se acuerda de su nombre. Antes de eso, la llamó de 17 formas distintas cada tres meses durante todas sus pasantías. Era una perra, pero una admirable que tenía un puesto de gerente que Charlie quería desde hace mucho tiempo.

Bueno, desde los últimos dos años, cuando decidió que no quería seguir siendo una fracasada laboralmente. Y un ascenso siempre significaba estar mejor, aunque tu único sueño era salir y hacer libros infantiles con pinturas al óleo.

A Charlie le gustaba mucho el óleo.

No había pintado en mucho tiempo.

Ella suspira cuando las puertas se abren, fuerza una sonrisa y camina con la confianza que una pobre idiota como ella no debería de tener. Todos siempre son amables con Charlie porque, claro, ¿por qué no serías amable con una rubia sonriente con cara de muñeca que ama a todos y nunca la han visto enloquecer en público?

Énfasis en la última palabra, porque si alguien pregunta quien es la idiota que llora todos los jueves, dos veces al mes, en el último cubículo en el baño de las mujeres, no es Charlie.

―¡Charlie, hola! ―Le saluda Velvette, con una alegría completamente falsa y apenas levantando la mirada de su teléfono―. ¿Nuevo peinado? Te queda mejor el anterior.

¿Sería muy racista decir que todas las morenas son unas perras con Charlie? Qué bueno que solo lo piensa, mierda.

―¡Buenos días, Velvette! Te ves radiante.

―¿Yo? Todo el tiempo, mujer.

Charlie siente un tic en su ojo derecho. No dice nada, solo sonríe y sigue caminando sin ganas de enfrentarse a nadie. Solo quiere llegar a su cubículo, abrir su computadora y escribir todo lo que Carmilla quiera durante las siguientes 10 horas, porque Charlie es tan buena trabajadora que siempre hacía horas extras.

Sylvie odiaba que hiciera horas extras. Decía que solo las personas sin autoestima lo hacían, porque lo único que ganas haciendo aquella tontería es buscar la aprobación de un gerente que, de seguro, ni se acuerda de tu nombre.

Charlie frunció el ceño cuando llegó a su cubículo, mientras pensaba que estaba pensando mucho en su ex últimamente. Todo era culpa de sus padres por mencionarla. Fue un acto muy grosero, más aún cuando ellos estuvieron a su lado en todo momento, viendo como ella casi que se partía el alma intentando salvar una relación que, pues, nunca dio para funcionar.

Vete a la puta verga, Sylvie.

Nombre todo estúpido.

―¡Charlie, que bueno verte de nuevo, cariño!

Ah, cierto, Valentino sigue trabajando aquí, que puto asco.

―¡Buenos días, Val! ―Charlie se sienta en su silla e, inmediatamente, prende su computadora. Por mientras, se pone a organizar todo su escritorio, intentando lucir lo más ocupada posible―. ¿Cómo te va? ¡Espero que bien! Yo tengo mucho con lo que ponerme al día.

Valentino se recarga en las paredes todas temblorosas que creaban esa jaula que Charlie estaba obligada a visitar 6 días a la semana y que llamaba cubículo. El hombre le sonríe con suficiencia detrás de sus lentes asquerosamente brillantes y que Charlie ha intentado robas cinco veces ya. Valentino se quejó a Recursos Humanos por eso y a ella le dieron una advertencia y una charla de dos horas sobre respetar la propiedad ajena.

―Veo que la fiebre si te pegó mal. ¡Te ves terrible! Aunque aún eres atractiva y ese tipo del departamento de marketing sigue queriendo invitarte a salir. Le dije que no podías porque eres lesbiana.

―Soy bisexual.

―¡Tras que te ayudo a evitar a un acosador, te quejas! Bueno, espero que te coja en la sala de fotocopias junto a tu vomito, ¿sabes? ¡Nos vemos luego, amor!

Valentino se fue y Charlie se quedó pensando si en verdad había sido grosero corregirle su orientación sexual o si él solo era un imbécil. No pudo decidirse, pero su computadora ya había prendido, por lo que no lo pensó más y simplemente se puso a trabajar.

―¡Charlie, ya volviste!

Oh, claro que sí, ella tenía que encontrarse con los tres, ¿no? Primero fue la envidiosa obsesionada con los chismes, luego el idiota que tenía un maní por cerebro y ahora con la abeja reina fabulosa que, en realidad, era un tarado con traumas que parecía proyectarse en cualquiera con el que hablara.

Vincent Whittman.

Si, con apellido y todo para que se entienda lo hijo de puta que es.

Sin embargo, contrario a los otros brutos que le hablaron a Charlie, Vincent si tenía más poder que ella y faltarle el respeto sería cavar su propia tumba en una empresa donde, ya de por sí, ella tenía un valor inferior a un terreno de 4x4.

―¡Señor, buenos días, que felicidad volver a verlo!

A Charlie le crecería la nariz como pinocho si seguía en ese maldito trabajo.

Vincent le sonríe con falsa elegancia. Pone una mano en su cintura y Charlie nota que ha bajado de peso. No sabe si debe de mencionarlo, ya que la última vez que le dijo a un hombre que estaba flaco casi presencia un suicidio en primera fila.

―Tan emocionada como siempre. Si sigues así vas a conseguir ese ascenso antes que Lute.

Eso no le importaba a Charlie, pero ella tenía que fingir que las palabras de Vincent eran lo mejor que le podían dar en todo el día para, ya sabes, no ser enviada a Recursos Humanos… De nuevo.

―¿En serio lo cree?

―No, pero es bueno que superes nuestras expectativas en ti. ¡Sigue así, guapa!

La da dos palmadas vergonzosamente sonoras en la espalda antes de irse, meneando la cadera y guiñándole el ojo a una mujer que parece al borde de un derrame porque el loco de Vincent le dirigió la mirada.

Charlie le tenía especial resentimiento a ese hombre.

Bueno, realmente no tanto, pero si lo tuvo en su tiempo. Más que nada porque intento bajarle a la ex novia es más de una ocasión, aunque Sylvie era esa clase de lesbiana que detestaba a los hombres y parece apunto de vomitar cada que le mencionan a uno. Nada de eso fue capaz de detenerlo.

Ella recuerda con vergüenza como era la nueva en la empresa y se abrió, un completo error, con él y le contó sobre lo horrible que había sido su relación con Sylvie. Le mostró una foto mientras lloraba y comía donas que un tipo había traído por el cumpleaños de alguien de otro departamento, y Vincent simplemente le pidió el número porque se le había hecho guapa Sylvie.

Así de descarado fue.

Charlie, desde ese momento le tenía cierta manía a ese hombre. No le gustó lo poco empático que fue. Secretamente, se puso muy feliz cuando le llegó el chisme de que nunca pudo contactar con Sylvie. ¡Genial! Merecido por imbécil.

Ella suspira.

Dos semanas sin pisar esa empresa le hizo darse cuenta que ya no recordaba cómo se trabaja. Principalmente porque su rutina siempre incluía que ella le hiciera un café a Carmilla y se lo llevara a su oficina antes de las 8.

En ese momento, Charlie casi grita cuando nota que son las 8:15.

Sale corriendo, dejando su documento sin guardar abierto en Excel, hacía la pequeña cocina en el piso, mientras repite como un mantra que el café de Carmilla solo tiene que tener dos cucharadas de azúcar, un chorro de miel que de dos vueltas y dos galletas de vainilla para acompañar.

Siempre lo tenía que servir en esa taza de color negro con blanco que parece una cebra. Es horrible, pero a Carmilla le gusta y como nadie más quiere usarla, nunca está ocupada.

Hasta esa mañana, aparentemente, porque Charlie la encuentra en el lavamanos, sucia.

―¡Mierda! ―Dice, enojada.

Se quita los guantes, se arremanga las mangas y se pone a lavar la taza. Cuando se siente mal por dejar los otros platos sucios, decide lavarlos también. Aunque antes seca la taza de cebra y la pone a llenar en la cafetera. Luego, busca las galletas y justito quedaban solo dos. Fue casi como si el mundo le tuviera piedad.

Le subió suficiente el ánimo como para ir genuinamente feliz a la oficina de Carmilla. Cuando llega, toca dos veces, como sabe que tiene que hacerlo.

―Pasa.

Charlie sonríe porque Carmilla no suena enojada. Abre la puerta con cuidado y sigue sonriendo cuando la cierra y luego camina hasta el escritorio donde ya está Carmilla, luciendo ligeramente frustrada mientras leía algo en la computadora.

―Lamento la demora, alguien usó tu taza ―se apresura a decir Charlie, mientras deja el café del lado derecho porque Carmilla es diestra y ella aborrece que le den las cosas por el lado izquierdo―. No sé quién fue.

―¿Tanto demoraste por una taza?

―Tuve que pelear por ella. Creo que los de Recursos Humanos me van a citar de nuevo.

Una completa mentira, que valió la pena al completo cuando Carmilla soltó una pequeña risa.

―Bienvenida de nuevo, Charlie. Te extrañe. ―Si, extrañó a la tarada que le hace los informes, así cualquiera―. Siéntate, por favor.

―Tengo que volver al trabajo ―dijo, pero se sienta por pura costumbre a ser complaciente con su jefa.

Carmilla no levanta la mirada por un tiempo. Parecía estar leyendo algo que le molestaba. Luego, se puso a escribir cosas, siendo que cada tecla presionada un peso más en los hombros de Charlie que ni sabía porque estaba ahí.

¿Había hecho algo mal? No que ella recordaba. Quizás le iban a dar un regaño por las dos semanas que se dio de baja por enfermedad. Tuvo que usar suero y todo eso, pero tal vez eso a Carmilla no le importaba.

Ojalá no la despidan. Claro, Charlie odia su trabajo, pero necesita dinero. Ojalá no la despidan.

Carmilla, entonces, sonríe y asiente.

―Charlie, me has alegrado el día como no tienes una idea.

Oh, eso tiene que ser una pésima señal.

―¿Disculpe?

―Tú vienes de un pueblito en las montañas, ¿verdad? ―Carmilla la mira a los ojos, sonriendo―. Hazbin Hollow, ¿me equivoco?

Charlie parpadea, con un mal presentimiento creciendo dentro de su pecho.

―Si. Vengo de ahí… No está realmente en las montañas.

―¿Dónde es que esta?

―En Vermont, cerca del lago. Bueno, justo en el lago. Bueno, no en el lago como tal, pero si está ahí en grande, como al lado. Antes el lugar se llamaba Hazbin Lake, ¿sabe? Lo siento, creo que no lo sabe.

―Está a unas 5 horas de Pentagram City. Un pueblo mágico, ¿verdad?

Oh, esto está muy mal.

―¿Qué?

―Celebran mucho la navidad ahí, ¿no?

―Todo, en realidad. Ese es el lema del pueblo. ―Charlie, entonces, dice con un acento de comercial que tiene quemado en el cebero desde los 2 años―: “Si hay motivo, celebramos. Y si no, lo inventamos.”

Carmilla sonríe, complacida. Charlie no entiende nada.

―Asumo que vas a pasar las fiestas allá, ¿verdad? ―Dijo Carmilla. Y antes de que Charlie pudiera explicarle que no iba a hacer eso, la mujer se apresuró a agregar―: Cosa que queda perfecto para tu nuevo trabajo.

Mierda.

―¿Qué nuevo trabajo?

―Probablemente ubicas a uno de nuestros clientes habituales: Heaven Clouds. Actualmente, ellos quieren expandirse más. ¡Precisamente en Vermont! Quieren abrir más refugios ambientales en lugares llenos de naturaleza.

Ah.

Vaya.

Heaven Clouds es una empresa de porquería que insiste en ser bioamigable con cualquier cosa que hagan, lo que va desde refugios para animales hasta hoteles “accesibles” para todos. Se habían expandido como parásitos por todo el norte del país desde hace cinco años, normalmente acabando con pueblitos perdidos en el mapa que nadie recordaba cuando desaparecían.

Charlie nunca había hecho un trabajo directo con ellos. Simplemente escribía los informes que le pasaban todos sus superiores y así descubrió que un pueblo en Alaska fue casi que demolido por completo para crear un centro comercial turístico con colores neón muy fuertes.

Eran una empresa hipócrita, ciertamente. Y Charlie una de sus muchas ayudas para seguir creciendo. Sin embargo, nunca lo había hecho de forma directa.

Hasta ahora, aparentemente.

―¿Qué quiere decir?

―Hay unos lugareños que no quieren firmar para entregar los terrenos. ¡Nada muy extremo! Y son negocios nuevos, así que no les tienes cariño, ¿sabes? ―Carmilla sonríe y Charlie se siente profundamente insultada―. Seraphine exige que vaya uno de los nuestros a hablar con esa gente para convencerlos de firmar unos simples papeles, Charlie.

Oh.

Mierda.

―¿Quiere que yo vaya a convencerlos?

―¡Siempre tan lista! ¡Esa sí que es una verdadera mujer! ―Carmilla toma su taza y le da un ruidoso sorbo. Luego, la deja de nuevo en su lugar y toma una galleta―. De paso te puedes quedar para pasar las fiestas con tu familia por allá. ¡Todos ganamos!

Charlie no creía estar ganando nada.

De hecho, se sentía como un monstruo.

Carmilla de verdad la estaba mandando al pueblo que dejó hacía apenas cinco años para decirle a personas a las que conocía de toda la vida que firmaran unos estúpidos papeles que pedían permiso para demoler todas sus vidas y crear un… ¿Un qué?

―¿Qué es lo que quieren hacer?

Carmilla pareció muy contenta de que ella preguntara. Voltea la pantalla de su computadora hacía ella y le muestra los planos de un centro comercial promedio, pero gigante.

―Un mega centro comercial con hotel boutique. ¡Ayudara tanto al turismo del lugar!

Charlie frunce un poco el ceño, acercándose para mirar mejor.

―¿En qué zona?

―Justo al norte.

¿Al norte? ¿Qué había al norte? Charlie podía recordar que había una panadería que hacía las mejores galletas de jengibre del mundo, una escuela a la que iban todos los niños y también… ¡Oh, mierda!

La carnicería de Sylvie.

Oh.

Carajo.

Charlie iba a arruinarle la vida a su ex.

¡Genial!

―Cuente conmigo, jefa. ―Charlie sonrío―. ¡Todos van a firmar antes de noche buena!

―¡Que maravilloso! Puede que, si te ganes un ascenso por esto, Charlie.

Vaya, al final si le iba a dar un ascenso por volver a ese lugar. Quién lo diría.

 

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―¡Sabía que cambiarías de opinión!

Charlie hace una mueca, mientras sigue doblando y guardando ropa en su maleta. No es ropa de ella, es ropa de sus perritos. Razzle y Dazzle, de raza cockapoo, que tienen mucha energía y una calma perfecta para vivir en un departamento en la gran ciudad. Ella los mima mucho y no quiere que no tengan lindos trajecitos para navidad.

Su papá está muy feliz desde que le contó que, al final, se iría a casa por las fiestas. No agregó el asunto de que iba a destruir medio pueblo por su trabajo y el rencor a su ex, pero pronto se lo diría.

Y hablando del diablo… Uff.

Okey, Charlie no es una mala persona. Al menos, se esfuerza de forma constante por no serlo.

Siempre saluda a las personas que ve mientras camina, se disculpa cuando choca accidentalmente con alguien y nunca ha peleado con nadie en la oficina. Se guarda sus opiniones que nadie pidió, les da comida a los animalitos callejeros y siempre dona una parte de su sueldo a organizaciones benéficas que ayudan con la rehabilitación. Aparte, también ayuda a mantener a sus padres, aunque ellos ya le dijeron que están ahorrando ese dinero para alguna emergencia porque no necesitan de su ayuda.

El punto es que Charlie es una buena persona. No juzga, no lastima, no vota por partidos que van en contra de los derechos básicos de los seres humanos. ¡Y siempre tiene una linda sonrisa para todos!

Pero… Todos tienen un talón de Aquiles.

El de Charlie es Sylvie.

¿Recuerdas que ella dijo que esperaba que le estuviera yendo mal a su ex? Bueno, era un deseo al aire, sin mucho poder porque Charlie no es tan malvada como para orquestar todo un plan maquiavélico para acabar con su estúpida ex. No, ella no es esa clase de persona.

Ahora, sin embargo, le estaban poniendo la venganza en las manos, como un hermoso regalo navideño. No era algo directo, porque, ¿quién en su sano juicio pensaría que ella, la dulce y buena Charlie de 32 años que ayuda en un comedor publico todos los martes de 6 a 9 de la noche, sería tan cruel como para atacar de forma directa a su ex novia? ¡Nadie!

Charlie no estaba siendo mala, simplemente Sylvie tenía su negocio familiar de cuatro generaciones en el lugar incorrecto, ¿okey?

―Papá, fue algo de último momento. ¡Nada de emocionarse! Además, esto obliga a ti y a mamá a venir el próximo año en navidad acá a Pentagram City. Sin excusas.

―Claro, lo que digas, mi niña. ¡Hay tantas cosas que tenemos que hacer! ¿Llegaras a tiempo para decorar el árbol de la plaza? ¡Más te vale que sí! Tu madre te quiere ahí.

―¿Y tú?

―Yo te quiero siempre, Char-Char.

Charlie sonrió, un poco enternecida. Su papá casi logra ablandar todo su resentido corazón.

―Claro, papá. ¡Serán las mejores navidades de todas!

Carajo, sí que lo serían.

Charlie, por primera vez en toda su vida, iba a divertirse por hacerle la vida un maldito infierno a su ex. Antes de noche buena Sylvie estaría llorando, aunque ella nunca lloraba, pero lo haría ya que así de mala sería Charlie con ella, arrodilla suplicando por piedad. ¡Bien merecido lo tendría la muy perra!

Si, esto sería increíble.

 

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Charlie empacó más de lo que debería, pero teniendo en cuenta casi que iba a estar un mes por allá, tampoco pensó que fuera poco.

Su auto estaba lleno, pero ella se aseguró de dejarle espacio a Dazzle en los asientos traseros para acomodarse y dormir tranquilo. Razzle, por otro lado, iría de copiloto. Ellos se manejaban con esos asientos desde siempre, ya que Dazzle era más tranquilo y sensible que su hermano, por lo que estar con más espacio para acurrucarse le sentaba bien, mientras que Razzle, siendo más inquieto y con una adicción rara a tener su cabeza fuera de la ventana con el auto en movimiento, Charlie tenía que tenerlo vigilado de forma constante, por lo que estar de copiloto le caía como anillo al dedo.

Cuando termina de guardar todo, sonríe. Entra al asiento de piloto, se pone el cinturón, mira en la guantera y confirma que su carpeta con todos los documentos que arruinaran la vida de Sylvie siguen ahí. Ella vuelve a sonreír.

Enciende el auto y las próxima cinco horas de viaje no le molestan tanto como deberían. Ahora sí, Charlie está completamente segura de que serán las mejores navidades desde los últimos cinco años.

 

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―Entonces ya no tiene sentido seguir juntas.

Sylvie pareció sorprendida cuando Charlie dijo eso. Como si la sola idea de que Charlie pudiera cansarse de esperar por una pizca diminuta de confianza nunca se le hubiera pasado por la cabeza.

Ella no supo si eso era una buena señal o una mala.

Lo peor de todo era que, muy dentro de Charlie, ella aun esperaba algo de Sylvie.

Quizás que le pidiera que no se fuera. O tal vez explicarle con censura que era lo que tanto le pesaba. Incluso esperaba que no dijera nada y solo pidiera un abrazo o un beso. Charlie esperaba algo, cualquier cosa, que no fuera una rendición al completo.

Pero eso fue todo lo que obtuvo.

―Está bien.

Sylvie se paró lo más derecha posible. Siempre había sido más alta que Charlie y, aun así, en ese momento, le gana por apenas una pulgada. Se acomodó sus lentes rotos en el pecho de su camisa y sonrió, como si nada.

―Nos vemos, Charlie.

No le dijo ningún apodo lindo. No le pidió que se quedara. No le explicó nada. Simplemente aceptó todo, como si tres años juntas no fueran la gran cosa.

Cuando Sylvie no se acercó a darle un beso a Charlie, fue cuando ella se dio cuenta que, en realidad, esa discusión no era una discusión cualquiera. No era un drama pasajero. Nada de eso, ellas de verdad estaban terminando.

En una gasolinera.

Era tan patético que Charlie lloró más por eso.

Sylvie solo se dio media vuelta y se alejó caminando.

Charlie no lo supo en ese momento, pero una semana después le diría en voz alta a su padre que Sylvie se había llevado su corazón con ella. Y quizás nunca se lo devolvió.

Esa fue la peor navidad de todas. Para Charlie, al menos. Quizás esa noche solo fue otro 25 de diciembre para Sylvie.