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Mi tomate cascarrabias

Summary:

Para la mayoría de los presentes, era un joven deslumbrante. Pero para la única persona que lo aguardaba al final del pasillo, era la materialización de todo lo bueno, lo valiente, lo resiliente y lo hermoso del mundo. Era, en una palabra, perfecto.

Notes:

Maggie: La inspiración se agotará en algún momento ( ノ ゚ー゚)ノ

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

El crepúsculo comenzaba a teñir el cielo de Konoha con tonos dorados y anaranjados cuando las primeras notas de "Perfecto" emergieron suavemente de los altavoces estratégicamente ocultos entre la vegetación del jardín de la Mansión Senju. No era música solista; Era la respiración misma de la tarde, una melodía que parecía susurrar promesas al viento. El jardín, normalmente un lugar de solemne tranquilidad cargado de historia, había sido transformado en un escenario de ensueño. Guirnaldas de flores blancas y amarillas—margaritas, rosas, girasoles—serpenteaban alrededor de los pilares y colgaban del dosel de seda blanca que protegía el altar. El aire, denso y dulce por el aroma del jazmín nocturno y la tierra húmeda recién regada, transportaba una sensación de paz tan profunda que incluso los shinobis más veteranos, aquellos cuyas manos estaban marcadas por incontables batallas, sentían cómo las arrugas de preocupación en sus frentes se suavizaban.

Bajo la imponente sombra del árbol milenario Senju, un testigo silencioso de generaciones de héroes y tragedias, se extendía una alfombra de terciopelo blanco inmaculado. Cinco metros de pureza que guiaban la mirada hacia un altar sencillo pero imbuido de significado, construido con madera de roble pulida hasta brillar y adornado con los símbolos entrelazados de la espiral Uzumaki y la hoja de Konoha, tallados con exquisita precisión. A ambos lados, en hileras perfectas de sillas de estilo clásico con cojines de raso en un celeste sereno, se sentaba lo más granado de la aldea. Allí estaba Kakashi Hatake, con su máscara habitual pero con los ojos visiblemente sonrientes; Sakura Haruno, con lágrimas de felicidad asomando en sus ojos esmeraldas; Sasuke Uchiha, de regreso brevemente de sus viajes, con una expresión inusitadamente suave; el Clan Hyuga completo, con Hiashi al frente mostrando un raro asentimiento de aprobación; los ancianos del Consejo, Homura y Koharu, cuyas expresiones normalmente severas se habían relajado en algo parecido a la benevolencia; e incluso emisarios de aldeas aliadas como Gaara de Suna con sus hermanos, y el Raikage de Kumogakure, cuya presencia demostraba el alcance del respeto que se había ganado la pareja.

El murmullo de la congregación era un zumbido bajo de anticipación y alegría contenida, un sonido rico en susurros de anécdotas compartidas y buenos deseos. Todos sintieron la importancia histórica del momento, no solo como una unión personal, sino como el símbolo de una nueva era para Konoha.

Entonces, la música se elevó, las cuerdas de la guitarra dando paso a una orquestación más completa que parecía elevarse hacia el cielo como una plegaria. Fue la señal. Todas las cabezas, como movidas por un mismo hilo invisible, giraron al unísono hacia la entrada del jardín, un magnífico arco floral tejido con rosas blancas y girasoles que parecían absorber los últimos rayos del sol. Y allí, enmarcado en ese umbral de belleza natural, apareció él.

Naruto Uzumaki.

El niño que una vez corrió por estas mismas calles siendo ignorado por todos, cuya soledad era tan palpable como el aire que respiraba, ahora se erguía como la visión más pura y radiante que Konoha había contemplado jamás. No era la figura alta e imponente de un Hokage, sino una silueta joven, esbelta y deslumbrante en su autenticidad. Llevaba un kimono de seda blanca de un corte impecable, un regalo personal de los más hábiles artesanos del País del Fuego. Sobre la tela, casi como un secreto íntimo compartido entre él y su prometido, finísimos bordados en hilo de plata y un celeste pálido formaban zorros de nueve colas jugueteando con espirales Uzumaki, un tributo conmovedor a la dualidad que definía su existencia. Su rebelde y espesa cabellera pelirroja, normalmente salvaje como un fuego, había sido domada con esmero en una intrincada trenza de espiga que descendía con elegancia por su hombro izquierdo, cada hebra en su lugar como un testimonio de la importancia del día. En su oreja derecha, un girasol perfecto, vibrante y solar, parecía capturar la esencia misma de su espíritu indomable. Su rostro, libre por una vez de cualquier sombra de soledad o inseguridad, irradiaba una felicidad tan genuina, tan deslumbrante, que era imposible no contagiarse. Para la mayoría de los presentes, era un joven deslumbrante. Pero para la única persona que lo aguardaba al final del pasillo, era la materialización de todo lo bueno, lo valiente, lo resiliente y lo hermoso del mundo. Era, en una palabra, perfecto.

Cada paso que Naruto dio sobre la alfombra blanca fue firme, medido y seguro. No había rastro de la inseguridad del huérfano que mendigaba atención, solo la certeza absoluta de quien camina con el corazón lleno hacia su destino. Sus ojos, del azul más profundo y claro del océano, no se desviaron ni por un segundo de los de su prometido, brillando con una emoción tan pura que hacía que el aire mismo pareciera cargarse de electricidad.

Al llegar al altar, el Daimyō del Fuego, un hombre de cabellos plateados y rostro sereno vestido con las ricas y ceremoniales telas de su cargo, sostenía el pergamino nupcial con manos firmes. Pero la mirada de Tsunao Senju, el Quinto Hokage, no estaba puesta en su soberano. Estaba completamente, irrevocablemente, absorbida por Naruto. Vestía su uniforme blanco de Hokage, símbolo de su máxima responsabilidad, pero la chaqueta estaba desabrochada, revelando una camisa de seda negra de gala y el haori rojo de "Fuego" descansando sobre sus poderosos hombros. Sus manos, esas mismas manos capaces de partir montañas y cambiar el curso de batallas, temblaban ligeramente, traicionando la emoción que su rostro de stoico luchador intentaba contener. Al ver a Naruto, tan sereno, tan hermoso y tan lleno de luz bajo el resplandor dorado del atardecer, una oleada de recuerdos, vívidos y abrumadores, lo arrastró a través del tiempo, sumergiéndolo en la poderosa corriente de su historia compartida.

...

El primer encuentro, tantos años atrás, había sido todo menos un cuento de hadas. Tsunao, con apenas diez años y el peso del ilustre apellido Senju oprimiéndole los hombros como una losa, deambulaba con fastidio por un parque polvoriento, aburrido de los rigurosos ejercicios de control de chakra y las miradas expectantes que siempre lo seguían. El eco de las risas de otros niños jugando libremente le resultaba ajeno, un recordatorio amargo de una normalidad que su linaje le negaba. De repente, su atención fue capturada por un grupo de chicos mayores, cuya crueldad era simple y directa como solo la ignorancia infantil puede ser. Habían rodeado a una pequeña figura de brillante cabello naranja, como un faro en la penumbra. "¡Monstruo!", "¡Fuera de aquí, zorro!", gritaban, empujándolo con saña hasta hacerlo caer de bruces en la tierra seca, levantando una nube de polvo que se le pegó a su sencilla sudadera naranja.

Tsunao, con un suspiro de fastidio más que de genuina compasión, se acercó. Era una molesta obligación, la expectativa tácita de que un Senju actuara con cierto decoro. "Oye, niño, ¿estás bien?", preguntó, mirando con desdén la ropa humilde y ahora manchada del pequeño.

La figura se levantó de un salto, sacudiendo la tierra con una furia que parecía desproporcionada para su menuda complexión. Sus ojos, de un azul eléctrico e increíblemente vivo, brillaban con una rabia indómita que desafiaba su edad. "¿Qué crees, cabeza hueca? ¡Me acabo de caer por esos malditos mocosos!", espetó, con un vocabulario que habría hecho sonrojar al marinero más curtido.

Tsunao, acostumbrado al respeto reverencial (o al miedo disimulado) que su linaje inspiraba, sintió que su orgullo se erizaba al instante. "Ese no es el vocabulario de un niño de tu edad. Tú también eres un mocoso", replicó, frunciendo el ceño con toda la arrogancia que un niño de diez años podía reunir.

El pequeño pelirrojo lo escrutó de arriba abajo, sus ojos azules se estrecharon en una mirada de puro y concentrado desprecio. "¿Quién te preguntó a ti, oxigenado? ¿Crees que por ser un Senju de narices altas puedes venir a darme lecciones? Métete en tus asuntos", gruñó con vehemencia, y antes de que Tsunao pudiera articular una respuesta que igualara su creciente ira, el niño giró sobre sus talones con una dignidad herida que era a la vez trágica y admirable, y se marchó a paso rápido. Tsunao se quedó plantado en el mismo lugar, observando la pequeña y decidida espalda que se alejaba hasta perderse entre el laberinto de casas, una mezcla de irritación profunda y una curiosidad punzante, afilada como una espina, clavada en lo más hondo de su pecho.

Esa noche, en la larga y solemne mesa de roble de la mansión Senju, su silencio era tan elocuente y denso que su abuelo, el mismísimo Hashirama Senju, no pudo ignorarlo. "¿Qué pasó, pequeño? Parece que un Jashin te hubiera robado la sonrisa hoy. ¿Los entrenamientos de control de agua con Tobirama fueron demasiado exigentes?".

Tsunao apuñaló su comida con el tenedor con más fuerza de la necesaria. "Un niño tomate. Insolente. Malagradecido. Estúpido. Odioso... ¡Cascarrabias!", soltó, escupiendo cada palabra como si estuviera envenenada.

Fue Mito Uzumaki, su abuela, cuya voz siempre era un susurro sereno pero cargado de una autoridad ancestral, quien intervino. "Oh, debes estar hablando de Naruto-kun".

"¿Naruto? ¡Qué nombre más ridículo! Sus padres deben ser unos idio...". No pudo terminar la frase. Un golpe seco, preciso y sorprendentemente fuerte en la parte posterior de su cráneo, administrado por el siempre serio e impasible Tobirama, lo silenció al instante.

"Sus padres", dijo Tobirama con su tono inexpresivo pero cortante como el hielo invernal, "murieron protegiendo esta aldea durante el Ataque del Kyūbi. Y ese 'cascarrabias', como tú tan groseramente lo llamas, carga con el peso de una bestia ancestral en su interior porque nuestro clan, nuestra propia familia, le falló al no poder contenerla por completo la primera vez".

Hashirama perdió su sonrisa característica, amplia y despreocupada, y su rostro se nubló con una sombra de culpa y profunda tristeza. "Hubo... complicaciones con el sello original, Tsunao", explicó, su voz más grave de lo habitual. "Cuando encerré al Kyūbi en mí, no era perfecto. Con el tiempo, la prisión se debilitó. Le pedí a Uzushiogakure, el hogar de tu abuela, que nos enviara a alguien con la maestría necesaria en fuinjutsu. Kushina, la madre de Naruto... lo logró. Contuvo al zorro, lo dominó con su voluntad, pero el costo... el costo final fue que el Kyūbi fue re-sellado dentro de su hijo recién nacido. Le impusimos un destino terrible, una carga monumental, a un niño completamente inocente".

Las palabras, simples, directas y devastadoras en su veracidad, cayeron sobre Tsunao como un balde de agua helada. Su irritación infantil se evaporó al instante, reemplazada por una comprensión incómoda, vergonzosa y un rubor ardiente que le quemó las mejillas. El "tomate cascarrabias" no era solo un niño maleducado y grosero; era un huérfano, un héroe no reconocido, un niño que llevaba un solitario y pesado fardo que ni siquiera él, con todo el peso de su linaje Senju, podía comenzar a comprender en su totalidad. Al día siguiente, después de las aburridas clases de la academia, Tsunao no fue directamente a los campos de entrenamiento. Con una determinación nueva y un nudo de culpa en el estómago, fue a buscar a ese niño pelirrojo.

Lo encontró, como intuía que lo haría, sentado solo en el columpio más alejado del parque, meciéndose levemente mientras miraba fijamente el suelo entre sus pies, completamente absorto en sus pensamientos. Tsunao se acercó, sintiéndose inusitadamente torpe y fuera de lugar. "Oye... Naruto, ¿verdad?".

Naruto lo miró con un recelo inmediato, sus ojos azules como escudos. "¿Qué quieres ahora, oxigenado? ¿Viniste a darme una lección de modales o a recordarme lo que soy?".

Tsunao, sin decir una palabra más, sacó de su bolsillo una barra de dango, todavía envuelta, que había comprado en un puesto del camino. "No", dijo, su voz más suave de lo que pretendía. "Vine a... a disculparme. De verdad. Y a ofrecerte esto". Extendió la barra de dango hacia el niño.

Naruto miró la barra, luego clavó sus ojos escrutadores en los de Tsunao, evaluando su sinceridad. El hambre física y, quizás, un hambre aún mayor de compañía, pudieron más que su orgullo herido. Tomó el dango con cuidado y le dio un mordisco pequeño. "Está... bueno", murmuró, sin levantar la vista del todo, pero el tono defensivo había desaparecido.

Fue el comienzo. Un comienzo torpe, lleno de silencios incómodos, de conversaciones a medias y de miradas furtivas, pero un comienzo al fin. Un frágil puente tendido sobre un abismo de incomprensión y dolor.

...

Los años pasaron, y esa incipiente y frágil conexión se transformó, lenta pero inexorablemente, en una amistad inquebrantable, un refugio único para ambos. Tsunao, ahora un joven de quince años cuya fuerza física y potencial ya eran materia de leyenda entre los Jōnin, encontraba en Naruto un escape vital de las asfixiantes expectativas y los oscuros y recurrentes recuerdos de la guerra. Naruto, por su parte, había encontrado en Tsunao el primer y único amigo verdadero, alguien que no le temía ni lo despreciaba por el zorro, que no veía al monstruo o al paria, sino simplemente a "Naruto".

Su santuario personal, su lugar secreto a plena vista, era la cabeza del Primer Hokage en la Montaña Hokage. Allí, sentados en la nariz de piedra de Hashirama, con todo Konoha extendiéndose a sus pies como un mapa en miniatura de sueños y luchas, el mundo y sus problemas parecían quedar a una distancia manejable, lejos del alcance de sus preocupaciones.

Una tarde particularmente serena, con el cielo transformado en un lienzo de tonos rosa, naranja y púrpura por el sol poniente, Naruto, balanceando sus pies en el vacío sobre el abismo, rompió el silencio cómodo que compartían. "Oye, Tsuna..." (el apodo había surgido de forma natural, sin forzar, un tesoro secreto y preciado que solo Naruto se permitía usar, y solo cuando estaban solos).

Tsunao, tumbado boca arriba con los ojos cerrados, intentando activamente ahuyentar las imágenes de campos de batalla ensangrentados y las caras de amigos caídos que a veces lo visitaban, murmuró un "Mmm..." profundo de reconocimiento. Su atención, siempre, de manera constante e inquebrantable, estaba anclada en Naruto.

"¿Tú crees que algún día... habrá paz de verdad?", preguntó Naruto, su voz más baja y vulnerable de lo habitual. "No solo aquí, en Konoha. En todas partes. En todos los países. Porque... los jinchurikis y sus bijuus... sufren mucho. Kurama... él no es malo, Tsuna. No realmente. Solo está... enojado. Está terriblemente solo. Lo puedo sentir aquí, y duele". Apuntó a su propio pecho, justo sobre el sello espiral que era el centro de su existencia. Su voz se quebró ligeramente, cargada de una empatía que trascendía su propia experiencia. "Y a veces me pregunto... ¿alguien como yo, un... un monstruo para tantos... podrá tener una familia algún día? Una de verdad, con... con alguien que me quiera por quien soy". La tristeza y la esperanza en su tono eran tan palpables, tan honestas, que Tsunao no pudo permanecer impasible.

Se incorporó de un salto fluido, su sombra alargada cayendo sobre Naruto como un manto protector. Lo miró directamente a los ojos, con una intensidad que hacía que el aire a su alrededor pareciera vibrar con la fuerza de su convicción. "Si sigues hablando de esa forma, te juro que te tiro de la cabeza de mi abuelo ahora mismo", dijo, pero su voz no era de enfado, sino de una férrea, inquebrantable certeza. "Escúchame bien, Naruto Uzumaki, y escúchame para siempre. Tú no eres un monstruo. Eres el niño más terco, más molesto, más testarudo y ruidoso que he tenido la desgracia de conocer en toda mi vida, pero también, sin lugar a dudas, el más brillante, el más tenaz y el de corazón más puro. Eres un maldito haz de luz en esta aldea a veces tan oscura. Y te lo aseguro, si hay una sola persona en este mundo entero que pueda cambiar los corazones de esta gente de cabezas duras, que pueda acabar con este ciclo estúpido de odio y conseguir una paz verdadera y duradera... esa persona eres tú. Y en cuanto a una familia...". Hizo una pausa breve, su mirada de ámbar se suavizó de una manera que muy pocos habían visto. "Ya la tienes, idiota. Me tienes a mí. Siempre".

Dicho esto, intentó recuperar rápidamente su pose de dureza y desdén, recostándose de nuevo con los brazos cruzados sobre su pecho como si nada hubiera pasado. Pero era demasiado tarde. Una sonrisa, tan amplia, radiante y poderosa como el sol del mediodía, se había apoderado por completo del rostro de Naruto, iluminando sus facciones hasta hacerlo parecer etéreo. Con un grito de alegría pura, desinhibida y contagiosa, se lanzó sobre Tsunao, envolviéndolo en un abrazo tan fuerte, tan sincero y tan lleno de gratitud que por un momento le cortó la respiración y le hizo tambalear el equilibrio. "¡Gracias, Tsuna! ¡Gracias!", gritó, enterrando su rostro en el hueco del hombro de su amigo. Y allí, en lo alto del mundo, con las primeras luces de Konoha empezando a titilar como un enjambre de luciérnagas a sus pies, los dos, primero Naruto y luego, casi a regañadientes, el propio Tsunao, se echaron a reír. Una risa libre, profunda, que surgía de lo más hondo de sus almas, una risa que limpiaba heridas y que, por un instante mágico y perfecto, logró silenciar todos los demonios del pasado y todas las incertidumbres del futuro.

...

La adolescencia, sin embargo, trajo consigo cambios más complejos, más difíciles de nombrar. Naruto, ahora un genin con su propio lazo de frente que batallaba inútilmente por domar su rebeldía capilar, comenzó a ver a Tsunao no solo como su protector, su amigo o su ancla, sino como algo más, algo que le aceleraba el pulso y le nublaba la razón. Sus miradas se sostenían un segundo, a veces dos, más de lo estrictamente necesario, y un sonrojo traicionero, delator, aparecía con una frecuencia alarmante cada vez que Tsunao, en un gesto desprevenido, le ponía una mano en el hombro para guiarlo o lo felicitaba por un jutsu bien ejecutado.

Tsunao, por su parte, se debatía en una guerra interna contra sus propios y formidables demonios. La adicción al juego que lo llevaba a acumular deudas con los acreedores, el trauma recurrente y paralizante de haber perdido primero a su adorado hermano pequeño Nawaki y luego a su amado Dan, y un creciente cinismo hacia el mundo shinobi. Veía en Naruto su ancla a la cordura, el faro de esperanza más brillante en su paisaje interior cada vez más sombrío, pero se negaba ferozmente a reconocer, incluso en la privacidad de sus pensamientos, que lo que sentía por ese chico pelirrojo y obstinado iba más allá de una profunda, casi fraternal, amistad. Temía, con un pánico visceral, manchar esa luz pura e incorruptible con las sombras que habitaban en él.

Una tarde tranquila y perezosa, sentados en su banco favorito del parque, compartiendo una caja de dango que Tsunao había "conseguido" tras una afortunada, aunque probablemente tramposa racha en los dados, Naruto, con las mejillas visiblemente teñidas de un rosa encendido, jugueteó nerviosamente con su palito de dango.
"Hey, Tsuna... ¿te puedo hacer una pregunta?".

Tsunao, mordisqueando su tercer dango con una expresión de fastidio cuidadosamente fingida, respondió sin mirarlo, concentrado en su botín dulce. "Ya la hiciste. Pero, en fin, hazla. No me interrumpas mientras disfruto de los frutos de mi victoria".

Naruto tomó una bocanada de aire, como si se preparara para sumergirse en aguas profundas. "A ti... a ti te... ¿te gusta alguien?" La pregunta salió en un susurro casi ahogado, cargado de una vulnerabilidad que hizo que Tsunao se tensara, y sus ojos se clavaron en los de su amigo con una mezcla de miedo paralizante y esperanza temblorosa.

Tsunao se quedó absolutamente paralizado. El dulce y pegajoso sabor del dango se volvió de repente ceniza en su boca. Su corazón, ese órgano que él creía endurecido, cicatrizado y blindado por el dolor y la pérdida, comenzó a martillear contra el interior de sus costillas con una fuerza salvaje, primitiva y aterradora que no recordaba haber sentido jamás. "Pues yo..." Tragó saliva con dificultad, sus ojos de miel, ahora oscuros y serios, se encontraron y se encerraron con los océanos azules de Naruto, y por un segundo que se sintió como una eternidad, el mundo entero—los sonidos del parque, la brisa cálida, el futuro, el pasado—se desvaneció por completo, reducido a solo dos pares de ojos y un corazón al descubierto. Iba a decirlo. Iba a confesar, con todas sus letras, que la persona más irritante, más testaruda, más brillante y más significativa que había tenido la fortuna de conocer en su vida era la única que llenaba sus pensamientos diarios y sus sueños nocturnos, la única que hacía que su corazón se acelerara de esta manera tan ridícula, maravillosa y aterradora.

Pero el destino, caprichoso, cruel y con un sentido del timing impecable, intervino de la manera más abrupta posible. Un destello de hojas secas y una pequeña nube de humo revelaron la figura imponente de Jiraiya, el legendario Sannin y sensei de Naruto, con una expresión inusitadamente grave que no auguraba nada bueno. "¡Naruto! Misión de emergencia, de rango A. Han avistado un movimiento sospechoso de un grupo de mercenarios de élite cerca de la frontera norte. ¡Necesitamos movernos, ya!"

Naruto se puso en pie de un salto felino, la momentánea y frágil vulnerabilidad reemplazada al instante por la alerta aguda y disciplinada del shinobi que llevaba dentro. "¡Me lo dices cuando vuelva! ¡Nos vemos en tu casa, como siempre, Tsuna!", gritó, y antes de que Tsunao pudiera articular palabra, protestar o simplemente terminar su pensamiento, un segundo destello—el característico Shunshin de Jiraiya—se lo llevó de la realidad, dejando tras de sí solo el leve olor a polvo de camino, a tinta de pergamino y a oportunidad perdida flotando en el aire quieto de la tarde.

Tsunao se quedó completamente solo, con el último bocado de dango a medio masticar en su boca y un vacío doloroso, físico, que se abría en el centro de su pecho. Miró fijamente el espacio vacío donde Naruto había estado sentado solo segundos antes, el banco de madera que aún parecía conservar el calor fugaz de su cuerpo, y susurró hacia la nada, con una voz tan baja, tan cargada de una emoción cruda y no filtrada que le ardía en la garganta como fuego: "Me gustas tú... Idiota".

...

Esa misión, sin embargo, no fue una simple escaramuza fronteriza o una patrulla de rutina. Era una trampa perfectamente orquestada, una celada urdida con paciencia y precisión. Un grupo de mercenarios de élite, conocidos en los círculos más oscuros como "Las Garras de Iwa", había tendido una emboscada calculada. Su objetivo no era solo el Kyūbi y su inmenso poder; ansiaban, con una codicia visceral, capturar a un Uzumaki de sangre pura, un tesoro viviente e inigualable para aquellos que estudiaban con avaricia los secretos arcanos del chakra y los sellos prohibidos. La batalla que siguió fue brutal, despiadada, una danza de muerte y acero en las gélidas y silenciosas profundidades de un bosque nevado en el País del Hierro.

Cuando el equipo de rescate, liderado por un Kakashi Hatake inusitadamente serio y preocupado, logró finalmente llegar al lugar y repeler el ataque a un costo significativo, la imagen fue dantesca. Los compañeros de Naruto, Sakura y Sai, estaban heridos, magullados, pero estables y conscientes. Naruto, sin embargo, era una visión que le heló la sangre en las venas a Tsunao cuando la maltrecha caravana llegó por fin a la puerta principal de Konoha, bajo la mirada preocupada de los guardias. Estaba consciente, pero apenas. Se sostenía en pie por pura terquedad y fuerza de voluntad, su icónica chaqueta naranja hecha jirones y grotescamente empapada de una mezcla oscura y seca de su propia sangre y sudor frío. Su rostro, pálido como la cera de un cirio, estaba surcado por cortes superficiales y moretones profundos que pintaban su piel de tonos violáceos y verdosos. El chakra del Kyūbi, en un acto de supervivencia simbiótica, había sellado las heridas más graves, evitando una hemorragia fatal, pero el esfuerzo titánico había dejado su sistema al borde del colapso, y su propio y rudimentario ninjutsu médico, aprendido a escondidas de los pergaminos antiguos de su abuela Mito, solo había logrado estabilizarlo de manera precaria. Sus ojos, normalmente tan llenos de fuego, de vida y de determinación, estaban vidriosos, perdidos en un mar de agotamiento extremo, dolor y una confusión residual.

Y entonces, justo cuando Tsunao, que había corrido desde la Torre Hokage al recibir el mensaje urgente con el corazón encogido, llegó jadeando y empujando a través de la pequeña multitud reunida, Naruto se desplomó. No fue una caída dramática con aspavientos, sino un colapso silencioso, terrible en su falta de resistencia, como si la última y tenaz chispa de voluntad que lo mantenía erguido contra viento y marea se hubiera extinguido de repente. Tsunao, con unos reflejos sobrenaturales alimentados por el puro terror, lo atrapó en sus brazos justo antes de que su cuerpo inerte y febril tocara la tierra fría de la entrada de la aldea, y el miedo visceral, absoluto, que sintió en ese preciso instante fue más paralizante que cualquier enfrentamiento con un Kage, más doloroso que cualquier herida recibida en batalla. Sintió cómo su propio corazón se estrujaba en un puño de hielo, cómo el mundo perdía todo su color, su sentido, y se volvía una pesadilla en blanco y negro y silencio. El pánico a perderlo, a que esa luz única, irrepetible e indispensable se apagara para siempre en sus brazos, fue un dolor físico, un vacío abismal y devorador que amenazaba con consumirlo por completo. "¡Médico! ¡Necesito un médico ahora mismo, carajo!", rugió, con una voz ronca, destrozada, que no reconocía como propia, cargada de un pánico y una desesperación que hicieron que incluso los shinobis más experimentados presentes se estremecieran.

Se pasó las siguientes setenta y dos horas interminables sentado en una incómoda silla de plástico junto a la cama blanca e impersonal de la enfermería, negándose a moverse, a comer, a dormir, a apartar la mirada. Solo observaba, con una intensidad hipnótica, el débil e irregular subir y bajar del pecho de Naruto, agarrando su mano fría y vendada entre las suyas, transmitiéndole su propio calor, su propia fuerza, rezando, suplicando, a cualquier dios, a cualquier fuerza del universo, a cualquier precio, para que no fuera más que un desgaste de chakra extremo, un agotamiento profundo. Para que su tomate cascarrabias, su sol, su razón de ser, volviera a abrir esos malditos y hermosos ojos azules y, con suerte, lo insultara con toda su alma por preocuparse tanto.

...

El recuerdo de ese dolor, tan vívido, tan desgarrador y tan reciente, pasó como un escalofrío mortal por toda la espalda de Tsunao mientras estaba de pie, firme y orgulloso, en el altar, sosteniendo las manos cálidas y vivas de Naruto entre las suyas, sintiendo el suave roce de las alianzas de platino. Pero al mirarlo ahora, directamente a los ojos, viendo la salud vibrante que emanaba de su piel sonrosada, la fuerza tranquila en su postura erguida y, sobre todo, el amor absoluto, incondicional e inquebrantable que brillaba en sus ojos azules como un faro en la noche, ese antiguo y paralizante miedo se transformó, se fundió, en una certeza férrea, protectora y eterna. Ahora, en este mismo instante, convertido en su esposo, su voto sería su escudo inquebrantable. Lo protegería con su vida, con su nombre, con todo el inmenso poder y la influencia que conllevaba el título de Hokage. Nunca más. Nunca más permitiría que la oscuridad, el dolor o la malicia tocaran siquiera un pelo de la cabeza de su sol.

El Daimyō del Fuego, con su voz serena, clara y proyectada para que todos la oyeran, sonrió a la pareja con genuina calidez. "Hoy, reunidos bajo el cielo benévolo de Konoha y ante la mirada atenta de nuestros antepasados y del futuro que juntos construirán, nos congregamos para unir en sagrado matrimonio al Cuarto Hokage, Tsunao Senju, pilar de fortaleza, legado viviente de la Voluntad de Fuego y guardián de este pueblo, y a Naruto Uzumaki, cuyo espíritu indomable, corazón purísimo y fe inquebrantable en los demás representan la esperanza más brillante y el futuro prometedor de nuestra amada tierra...".

Las palabras del Daimyō, sabias y cargadas de tradición, se convirtieron en un murmullo lejano, en una melodía de fondo para la poderosa sinfonía que resonaba con fuerza en el corazón de Tsunao. Su mundo, una vez vasto y lleno de responsabilidades, se había reducido, se había purificado, hasta contener solo a la persona que tenía frente a él. Veía a Naruto, prestando atención a cada palabra con una sonrisa serena y una ligera, brillante humedad en el rabillo de sus ojos, un suave y encantador rubor adornando sus mejillas pecosas, y esa mirada que, a lo largo de los años, había pasado de la rabia defensiva a la confianza ciega, de la camaradería cómplice a un amor tan profundo, tan devoto y tan total que hacía que el propio corazón de Tsunao, curtido en mil batallas y cicatrizado por incontables pérdidas, se sintiera vulnerable, renovado, completo y poderoso al mismo tiempo. Cada cicatriz, cada momento de dolor compartido, cada risa robada a la adversidad, cada lágrima derramada en secreto, cada promesa susurrada en la oscuridad... todo, absolutamente todo, había valido la pena, cada segundo de angustia, cada instante de duda, para llegar a este preciso, perfecto y eterno instante.

La ceremonia en sí fue un sueño hecho realidad, un cuadro viviente de felicidad. Los votos, intercambiados no con voces temblorosas, sino con voces firmes, claras y llenas de una emoción tan pura que conmovió hasta al más estoico de los presentes. El intercambio de anillos, dos bandas de platino simples, elegantes y eternas, grabadas en su interior no con sus nombres, sino con los apodos que encapsulaban su historia: "Mi Oxigenado" y "Mi Tomate". Y finalmente, el beso. No fue un beso apasionado y fogoso destinado a los espectadores, sino uno lento, tierno, profundamente significativo y lleno de promesas tácitas. Un sello de pertenencia, de un futuro que construirían codo con codo, de un amor que había superado toda prueba. Cuando sus labios se separaron suavemente, el jardín entero, conteniendo la respiración hasta ese momento, estalló en una ovación unánime, en vítores sinceros y en lágrimas de felicidad que nadie se molestó en ocultar. La música de "Perfecto", que había estado sonando en un segundo plano, pareció elevarse, envolviéndolos a ambos en su letra profética como un manto de bendiciones y buenos augurios.

En la fiesta de recepción, bajo la cálida luz de las linternas de papel y el ritmo alegre y contagioso de una banda en vivo, el ambiente era una mezcla de euforia y emoción contenida. Tsunao, con una sonrisa relajada y genuina que rara vez exhibía en público, rodeó la cintura de Naruto con su brazo, atrayéndolo hacia sí con suavidad, pero con firmeza en medio de la pista de baile, ignorando por completo las miradas de los demás. Se inclinó hacia él, su alianza de platino fría contra la piel caliente de la oreja de su esposo, y susurró con una voz que era solo para él, un rumor íntimo, áspero y cargado de todo el amor de una vida: "Te amo, mi tomate cascarrabias".

Naruto fingió una mueca de falso enfado, un eco juguetón de sus primeros encuentros, pero sus ojos brillaban con lágrimas de pura e incontestable felicidad. "Solo porque hoy es nuestro día y no quiero quedar como un viudo lamentable y patético tan pronto, te perdonaré ese comentario, oxigenado...", dijo, pero sus dedos se entrelazaron con fuerza en el cabello de Tsunao en la nuca, acercándolo aún más, hasta que sus frentes se tocaron y sus alientos se mezclaron. "Aun así... yo también te amo. Te amo más de lo que las palabras más elocuentes podrían jamás llegar a decir, mi oxigenado celoso, posesivo y terriblemente testarudo. Y lo haré por siempre. Hasta que el último de los girasoles deje de seguir al sol y las estrellas se apaguen en el cielo".

Tsunao entusiasmado entonces, una sonrisa amplia, despreocupada y genuina que iluminó su rostro y llegó hasta sus ojos, borrando por completo cualquier rastro del Hokage severo o del shinobi atormentado. Si bien la primera vez que vio a Naruto pensó, con toda la arrogancia de su linaje, que era un niño grosero, malagradecido, estúpido, cascarrabias, una molestia andante... ahora, con el corazón lleno y la vista nublada por la emoción, ese mismo niño era SU grosero, SU malagradecido, SU cascarrabias. Era su pequeño tomate cascarrabias, su sol personal, su razón para levantarse cada mañana y creer, de verdad creer, en la promesa de un mañana mejor.

...Y él, Tsunao Senju, el Dios de los Shinobi, el Cuarto Hokage, el hombre más fuerte de la aldea oculta de la Hoja y uno de los shinobis más poderosos que el mundo hubiera conocido...

...era, con todo orgullo y sin la más mínimaduda, su oxigenado celoso y posesivo. Y en ese momento de absoluta claridad, comprendió que no había título, ni hazaña, ni leyenda en todo el mundo shinobi, ni gloria pasada ni victoria futura, que se comparara ni por asomo a la perfección absoluta, humilde y abrumadora de ser simplemente eso. El hombre queamaba y era amado por Naruto Uzumaki. Porque Naruto, con todas sus imperfecciones, su terquedad legendaria, su pasado doloroso y su futurobrillante e ilimitado, era, y siempre sería, perfecto para él. Y su amor, forjado en el yunque de la adversidad, templado en el fuego de la lucha y florecido finalmente en el jardín de una paz duradera, era la victoria más grande, el legado más perdurable y el tesoro más preciado que jamás, en todossus años de vida, tendría la fortuna de poseer.

Notes:

Maggie: ¿Suena raro que haya llamado Tsunao a la versión masculina de Tsunade? Tal vez si se me ocurre un nombre mejor lo cambie o(*^▽^*)┛

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