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Mi hermoso sol

Summary:

—¿Es cierto? —preguntó, sus ojos ciegos, tan azules y tan vacíos, mirando hacia un punto indefinido en el espacio, como si su misma esencia intentara perforar la realidad para encontrar una respuesta diferente.

Sasuke, por un instante, se sintió desnudo, expuesto. Pero su orgullo, su viejo y tóxico compañero, salió a la defensa. —No importa —respondió con una arrogancia forzada, aunque una grieta de inquietud se abrió en el tono de su voz—. Tú me perteneces. Un error, un desliz insignificante, no cambia eso. Nada cambia eso.

Notes:

Maggie: No pregunten, solo gozenlo (〜 ̄▽ ̄)〜

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Existe una leyenda que se susurra en los callejones sombríos de Konoha cuando la luna se encuentra en su punto más alto y el viento trae consigo ecos del pasado. Una historia que las madres cuentan a sus hijos en voz baja, no para arrullarlos, sino para advertirles sobre los peligros del corazón roto y los misterios insondables que acechan más allá de los muros seguros de la aldea. Es una narrativa tejida con hilos de verdad y deseo, de traición y de un amor que desafía toda lógica y comprensión. Nadie, ni el Hokage en su torre ni el anciano más sabio junto a la fogata, puede afirmar con certeza absoluta dónde termina la realidad y comienza la fantasia. Pero aquí, en el silencio cósmico que precede al amanecer, donde las historias respiran con más fuerza, te la contaremos con todo el detalle que merece.

Hace mucho, mucho tiempo, en una era donde los nombres a menudo se los llevaba el viento del olvido y solo las consecuencias de los actos perduraban talladas en la memoria colectiva, vivía en Konoha un joven de una belleza tan etérea que parecía un destello de luz solar capturado en forma humana. Naruto Uzumaki, con su cabello como hebras de oro bruñido y unos ojos de un azul profundo como el cielo del mediodía, era, para todos los que lo veían, la personificación de la luz misma. Sin embargo, esa luz estaba velada por una sombra perpetua e inmutable: Naruto era ciego de nacimiento. Su mundo no estaba definido por colores, formas o perspectivas, sino por una sinfonía de sonidos —el crujir de la madera bajo sus pies, el rumor del mercado, el tono de las voces—, por una cartografía de aromas —el pan recién horneado, la tierra mojada, la fragancia de los cerezos en primavera—, por el lenguaje táctil de las texturas y, sobre todo, por el calor sutil de las almas que lo rodeaban. Podía sentir la envidia disfrazada de amabilidad, la lástima genuina, la indiferencia gélida. Y podía sentir, más que ninguna otra cosa, la fría y asfixiante posesión que emanaba de la persona a su lado.

Esa persona era Sasuke Uchiha, un hombre de cabello negro como el azabache de la medianoche y una mirada tan afilada y penetrante como la hoja de un kunai. Para el mundo exterior, Sasuke era su prometido, su protector, el heredero de un clan orgulloso que velaba por su bienestar. Pero en la intimidad de su relación, y en la percepción agudizada de Naruto, Sasuke era algo más: su dueño, su guardián y, en muchos sentidos, su prisión dorada. La posesividad del Uchiha era una cadena invisible pero tangible que ahogaba cualquier muestra de compasión o acercamiento de los demás. Todos en la aldea sabían, con una certeza instintiva, que el rubio ya tenía un dueño, y el temor ancestral a la venganza de los Uchiha era un muro infranqueable que mantenían incluso los más valientes a una distancia respetuosa.

La relación, sin embargo, se había construido sobre los cimientos movedizos de una mentira y la conveniencia. Sasuke, último heredero de un linaje poderoso pero en decadencia, veía en la inocencia, la dependencia y la belleza singular de Naruto un trofeo viviente, un símbolo de control y normalidad en un legado marcado por la tragedia. No era el corazón lo que guiaba sus acciones, sino el orgullo y un sentido distorsionado de la propiedad. Pero el poder, cuando no se equilibra con la virtud, corrompe, y la lujuria por lo nuevo y prohibido terminó por seducirlo. En un acto de arrogancia monumental, creyendo que la ceguera de su prometido lo convertiría en el último en enterarse, Sasuke engañó a Naruto con un viajero de paso, un mercenario de sonrisa fácil y palabras tan vacías como el eco. Se confió en la oscuridad de Naruto, sin comprender que su mundo, privado de visión, estaba agudizado en otros sentidos mucho más confiables.

Se equivocó de manera catastrófica. Konoha, a pesar de su tamaño, funcionaba como un organismo vivo, y sus nervios eran los murmullos que recorrían sus calles, más agudos y precisos que cualquier mirada. Esos murmullos, cargados de pena y un secreto regodeo, llegaron finalmente a los oídos de Naruto, no como un estruendo, sino como un susurro lento y venenoso que fue filtrándose en su conciencia. El día en que finalmente reunió el valor para confrontar a Sasuke fue un punto de inflexión silencioso y desgarrador. No hubo gritos histéricos ni escenas de ira descontrolada. Solo hubo un silencio denso y pesado, cargado de la verdad que se alzaba entre ellos como un muro de hielo, roto únicamente por la voz temblorosa y dolorosamente serena de Naruto.

—¿Es cierto? —preguntó, sus ojos ciegos, tan azules y tan vacíos, mirando hacia un punto indefinido en el espacio, como si su misma esencia intentara perforar la realidad para encontrar una respuesta diferente.

Sasuke, por un instante, se sintió desnudo, expuesto. Pero su orgullo, su viejo y tóxico compañero, salió a la defensa. —No importa —respondió con una arrogancia forzada, aunque una grieta de inquietud se abrió en el tono de su voz—. Tú me perteneces. Un error, un desliz insignificante, no cambia eso. Nada cambia eso.

Naruto hizo un leve movimiento con la cabeza, una negativa lenta y llena de una tristeza infinita. —Algo se rompió, Sasuke —susurró, llevándose una mano al pecho, justo sobre su corazón—. Algo aquí, dentro de mí, se ha quebrado de una manera que no se puede reparar. Lo que teníamos... el compromiso... ha terminado.

Al día siguiente, sin drama ni anuncios, Naruto Uzumaki desapareció de Konoha. No dejó rastro alguno: ni una carta de despedida, ni un mensaje cifrado, ni una prenda olvidada. Fue como si la tierra misma, conmovida por la profundidad de su dolor, se lo hubiera tragado en un acto de piedad. Sasuke, lejos de sumirse en un dolor reflexivo, fue consumido por una furia egoísta y ardiente que confundía con apasionado amor. Para él, no era la pérdida de una persona lo que lo atormentaba, sino la idea de que una posesión valiosa, un bien que consideraba inherentemente suyo, se le hubiera escapado. Inició una búsqueda desesperada y obsesiva. Recorrió cielo, mar y tierra, interrogó a mercaderes y viajeros, siguió pistas falsas que lo llevaron a callejones sin salida y maldijo su propia estupidez, no por haber traicionado, sino por haber sido descubierto. Pasaron días, luego semanas, y finalmente dos meses completos de fracaso absoluto. La desesperación inicial se transformó en una obsesión malsana que devoraba sus días y sus noches, y esa obsesión, a su vez, fue moldeando su físico hasta convertirlo en una sombra pálida, demacrada y febril de lo que una vez fue el orgulloso y sereno heredero del clan Uchiha.

La reaparición de Naruto fue tan silenciosa y enigmática como su partida. Una mañana de primavera particularmente radiante, simplemente estaba allí, en el bullicioso mercado central, moviéndose entre la multitud con una serenidad y una confianza que nadie le recordaba. Ya no llevaba los costosos y elaborados ropajes que denotaban su pertenencia al clan Uchiha, sino una sencilla túnica de lino blanco, casi ascética, que contrastaba vivamente con el dorado de su cabello. Y en su mano, sujeto no por una cadena, sino por un suave cordel de seda negra, llevaba una maceta de terracota simple que contenía la planta más extraña, grotesca y fascinante que los aldeanos hubieran visto jamás.

Era una planta carnívora, eso era evidente, pero no se parecía a ninguna de las que crecían en los pantanos cercanos. Su "boca", la trampa, estaba formada por dos pétalos gruesos y carnosos de un tono violáceo profundo, casi negro en los bordes, que se asemejaban inquietantemente a unos labios entreabiertos. Su tallo, retorcido y nudoso, estaba moteado de verdes oscuros, negros y toques de un amarillo pálido y enfermizo. De toda la planta emanaba un leve pero persistente aroma a tierra húmeda de bosque profundo, a raíces antiguas y a flores exóticas y desconocidas. Para los aldeanos, era una visión horrible, una monstruosidad de la naturaleza que inspiraba repulsión. Para Naruto, era su único y más preciado compañero, su confidente, su ancla en un mundo de oscuridad.

—Se llama Zetsu —respondía Naruto con una sonrisa suave y genuina, un gesto que le había sido extraño durante su tiempo con Sasuke, cuando alguien, con un tono entre curioso y repelido, se atrevía a preguntarle por ella—. Es un oyente excepcional. Nunca juzga.

La noticia de su regreso llegó a oídos de Sasuke como un relámpago en un día despejado. Su corazón, entumecido por meses de frustración, comenzó a latir con un ritmo salvaje, una mezcla tóxica de esperanza renacida y posesividad reafirmada. Corrió al mercado, empujando a la gente a su paso, hasta que sus ojos, febriles y hundidos, encontraron la figura que había perseguido en sus sueños y pesadillas.

—Naruto —llamó, su voz áspera por el desuso y la emoción contenida—. He estado... he estado buscándote por todos lados.

La voz de Sasuke, tan familiar y tan cargada de recuerdos amargos, hizo que Naruto se estremeciera levemente. Pero no fue un estremecimiento de miedo, sino de una fría y resignada indiferencia. Sus ojos ciegos se dirigieron hacia la dirección aproximada de la voz con una precisión que sorprendió a los presentes.

—Sasuke —dijo el rubio, su tono era plano, carente de la calidez o el temor que el Uchiha esperaba—. Espero que estés bien.

—¡No estoy bien! —estalló Sasuke, su grito atrajo todas las miradas del mercado—. ¿Bien? ¿Cómo podría estarlo? Lo siento, Naruto, lo siento más de lo que las palabras pueden expresar. Fue un error, una tontería, un momento de locura. Te necesito. Vuelve a casa. Vuelve conmigo.

Naruto negó lentamente con la cabeza, con una tristeza que no era por Sasuke, sino por la situación en sí. Una de sus manos se extendió, acariciando instintivamente el borde de la maceta de Zetsu, buscando consuelo en su textura familiar.

—Esa ya no es mi casa, Sasuke —respondió con una calma que resultaba desarmante—. Yo tengo una nueva ahora.

—¿Dónde? —exigió Sasuke, su posesividad resurgiendo con fuerza, ahogando cualquier atisbo de genuino arrepentimiento—. ¡Dime dónde! Te acompañaré.

—Eso —dijo Naruto, y su voz adquirió una firmeza final, de acero— ya no te importa. Mi vida ya no te importa.

Y sin añadir una palabra más, sin permitir una réplica, se dio la vuelta con la seguridad sorprendente de quien conoce su camino sin verlo, y continuó su paseo, la extraña planta carnívora balanceándose suavemente a su lado como un fiel y silencioso guardián.

Esta se convirtió en la nueva y desconcertante rutina. Casi a diario, Naruto visitaba la aldea para comprar provisiones sencillas o simplemente para dar un paseo tranquilo, siempre, siempre, con Zetsu acompañándolo. Sasuke, desde la penumbra de un porche o la esquina de un edificio, lo observaba con una intensidad que rayaba en lo patológico. Cada vez que lo hacía, su obsesión crecía, alimentada por la serenidad que ahora emanaba su ex prometido, una serenidad que él no le había podido dar. Su mirada, cargada de un odio visceral y creciente, se clavaba en la maceta, en la planta. Esa cosa horrible, esa aberración de la naturaleza, se interponía en su camino, robaba la atención, el cuidado y la devoción que solo a él, Sasuke Uchiha, le pertenecían por derecho.

Fue así, en el caldo de cultivo de su frustración y su orgullo herido, donde urdió un plan desesperado y siniestro. Una tarde, decidió seguirlo con extremo cuidado, manteniendo una distancia prudente. Así descubrió que Naruto no vivía en la aldea, sino en la antigua y semi-abandonada Mansión Namikaze, ubicada a unos dos kilómetros de los muros de Konoha, en el lindero mismo del temido Bosque de la Muerte. La ubicación, aislada y rodeada de naturaleza salvaje, era perfecta para sus propósitos oscuros. Su estrategia era simple, directa y brutal: esperaría pacientemente a que Naruto emprendiera el regreso a casa, lo interceptaría en un punto del sendero que estuviera a una distancia segura de la aldea y de miradas indiscretas, le quitaría "amablemente" —es decir, por la fuerza si era necesario— esa monstruosidad vegetal y la destruiría ante sus ojos, demostrando así quién tenía el verdadero poder. Luego, usando una mezcla de persuasión cargada de amenazas veladas y apelaciones a su pasado compartido, lo obligaría a regresar con él, a casarse de inmediato y a cumplir con el destino que Sasuke, en su mente distorsionada, había diseñado para ambos. Era un plan perfecto, se repetía a sí mismo, porque restablecería el orden natural de las cosas: él en control, Naruto a su lado.

—Oh, pequeño mío —murmuró para sí, escondido entre la frondosa vegetación que bordeaba el camino, observando la figura dorada que se alejaba—, pronto, muy pronto, serás mío nuevamente, y esa planta horrible, esa pesadilla viviente, desaparecerá para siempre de tu vida y de la mía.

La emoción del momento, la anticipación del triunfo, lo traicionó. Pronunció esas palabras en un susurro audible, cargado de un triunfo anticipado que nubló su usual precaución. No vio, agazapado en la base de un roble centenario a pocos metros de distancia, al pequeño Shikamaru Nara, un niño de nueve años de inteligencia precoz y una pereza legendaria, que se había refugiado allí para escapar del "fastidio" de sus deberes y disfrutar de una siesta tranquila. Los oídos del niño, siempre alerta a pesar de su aparente desinterés, captaron cada palabra, y su mente, afilada como la hoja de una katana y entrenada en la estrategia desde la cuna, comprendió al instante la gravedad y las intenciones siniestras detrás de ese monólogo. Con un profundo suspiro de "qué molestia", pero movido por un sentido de la justicia que superaba su comodidad, Shikamaru salió de su escondite y corrió hacia su casa con una velocidad que rara vez demostraba. Una vez allí, relató lo escuchado a sus padres con una claridad y concisión alarmantes. La noticia, como una piedra lanzada a un estanque tranquilo, se extendió en ondas concéntricas por el vecindario, de casa en casa, de susurro en susurro. Un grupo de aldeanos, consternados y enfadados, se organizó rápidamente. Iba encabezado por el médico de la aldea, un hombre práctico y serio, y su propósito era claro: seguir a Sasuke en la distancia e impedir, por la fuerza si era necesario, que cometiera una locura contra el indefenso Naruto.

Mientras tanto, en el sendero polvoriento que serpenteaba hacia la Mansión Namikaze, Naruto caminaba con una paz que había aprendido a valorar. Sentía la cálida y dorada caricia del sol del atardecer en su rostro, el familiar y reconfortante peso de la maceta de Zetsu balanceándose en su mano, y el suave crujir de la grava bajo sus sandalias. De repente, una figura alta y oscura emergió de entre los árboles, bloqueando la luz del sol y proyectando una sombra fría sobre él.

—Hola, Naruto —dijo la voz de Sasuke, forzando una calma que sonaba falsa y tensa—. Qué casualidad encontrarte aquí.

Naruto se detuvo en seco. Su agarre en el cordel de seda de la maceta se tensó de forma instintiva.

—Sasuke —respondió, sin sorpresa en su voz—. Esto no es una casualidad y lo sabes. ¿Qué quieres?

—Solo hablar. Un momento a solas, sin testigos —dijo Sasuke, y su sonrisa era un gesto forzado y desagradable—. Y... deshacernos de este estorbo de una vez por todas. —Antes de que Naruto pudiera reaccionar, con un movimiento rápido y brutal, le arrancó la maceta de las manos. El forcejeo hizo que Naruto, desequilibrado, cayera al suelo con un grito ahogado de dolor y sorpresa.

—¡Por favor! —suplicó Naruto, arrastrándose de rodillas hacia donde el ruido le indicaba que estaba Sasuke, sus manos extendidas en un gesto de súplica desesperada—. ¡Te lo ruego, n-no le hagas nada a Zetsu! ¡No es solo una planta, es todo lo que tengo!

Sasuke miró la maceta con una expresión de profundo desprecio y triunfo. —Esta estúpida planta, esta mala hierba repulsiva, se interpone en mis planes, en nuestro futuro —declaró, y con un gesto de rabia pura, arrojó la maceta de terracota al suelo con toda su fuerza. El recipiente estalló en mil pedazos con un crujido seco y definitivo, esparciendo tierra negra y raíces pálidas—. ¡Y eso, querido mío, tiene una solución muy simple! —Sin darle tiempo a Naruto a reaccionar, Sasuke saltó sobre la masa confusa de tierra y planta, pisoteándola con sus pesadas botas, aplastando los pétalos violáceos con saña, retorciendo y quebrando el tallo nudoso bajo sus talones—. ¡Así! ¡Ya no te separará de mí! ¡Nunca más!

Naruto lloraba en silencio, arrodillado en el polvo, sus manos con los nudillos blancos arañando la tierra seca. Sentía cada vibración, cada crujido siniestro de la planta siendo destruida, como si fueran puñaladas directas en su propio corazón. Era inútil. Su mundo, que ya era de oscuridad perpetua, se volvía de repente más frío, más vacío y más desolado que nunca antes. Había perdido su último consuelo.

Cuando Sasuke consideró que la planta estaba reducida a una pulpa irreconocible y muerta en el suelo, se giró, jadeando por el esfuerzo y la excitación del acto destructivo. Su respiración era entrecortada. Agarró brutalmente el brazo de Naruto, sus dedos como tenazas de acero.

—¡Vamos! —ordenó, tirando de él con fuerza para que se pusiera en pie—. Se acabaron los juegos. Volvemos a casa. Olvidarás esta ridiculez. Seremos felices, nos casaremos, tendremos hijos. Será como si nada de esto hubiera pasado jamás. Como si este... este monstruo nunca hubiera existido.

Pero entonces, en el preciso instante en que sus palabras cortaban el aire, ocurrió lo imposible. Del amasijo vegetal pisoteado y aparentemente muerto en el suelo, surgió un brillo sobrenatural, una luz verde pálida y oscura que pulsaba con una energía vital y antigua. Un zumbido lento, como el de un enjambre de insectos ancestrales o el crujir de miles de hojas secas, comenzó a llenar el aire, creciendo en intensidad hasta volverse ensordecedor. Sasuke soltó el brazo de Naruto y dio un paso atrás, instintivamente, su mano yendo a la funda de su kunai. De los restos de la planta, la materia orgánica comenzó a agitarse, a retorcerse, a crecer y a elevarse a una velocidad sobrenatural, antinatural. Se alzó desde el suelo, tomando forma y volumen, creciendo hasta alcanzar la altura de un hombre y luego superarla ligeramente.

La criatura que emergió de la destrucción era una dualidad viviente, una simbiosis de opuestos forzada en una sola forma. La mitad derecha de su cuerpo era de un blanco pálido y ceroso, como el mármol de una tumba, con un solo ojo amarillo, grande y sin pupila, que carecía de cualquier rastro de alma o emoción humana. La mitad izquierda era de un negro azabache profundo, como la noche sin estrellas, con un ojo verde penetrante, estrecho y lleno de una inteligencia salvaje y una ira glacial. De su cabeza crecían mechones de "cabello" que se asemejaban a hojas puntiagudas y afiladas de un verde intenso y venenoso. Su presencia era abrumadoramente antinatural, antigua, y estaba cargada de una furia tan fría y calculadora que hacía que el aire alrededor se volviera pesado y difícil de respirar.

—Miserable humano —su voz era un coro discordante y perturbador, la fusión de un susurro ronco y áspero (la mitad negra) y un silbido agudo y siseante (la mitad blanca)—, ¿Cómo te atreves a mancillar con tu existencia? ¿Cómo te atreves a tocar, con tus asquerosas y mortales manos, lo que por derecho y por destino me pertenece sólo a mí?

Naruto, desde el suelo, contuvo la respiración. Una lágrima, esta vez no de dolor sino de un alivio abrumador y un asombro reverencial, recorrió su mejilla sucia.
—Zetsu... —susurró, y ese nombre no fue solo una identificación; fue una plegaria, una bienvenida, una confirmación de todo lo que había intuido y esperado en secreto.

Sasuke, con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro aterrorizado, desenvainó su chokuto. El terror se mezclaba con la rabia, alimentando su arrogancia hasta el final.
—No sé qué clase de demonio o engendro de la foresta eres —escupió, blandiendo el arma—, ¡pero te mandaré de vuelta al infierno putrefacto del que saliste!

Con el grito de batalla de su clan, un sonido que una vez fue temido y respetado, Sasuke se abalanzó. Su ataque era rápido, letal, el mismo movimiento perfeccionado que había derrotado a numerosos oponentes en el campo de entrenamiento. Pero la criatura, Zetsu, no se inmutó. No adoptó una postura defensiva. Su cuerpo, compuesto de una materia vegetal y espiritual maleable, simplemente se abrió en el punto de impacto, permitiendo que la espada y el brazo de Sasuke lo atravesaran de lado a lado sin encontrar la más mínima resistencia, como si su torso fuera agua densa o lodo movedizo. No hubo un grito de dolor, ni un solo hilo de sangre. Solo un crujido húmedo y fibroso de materia vegetal siendo perturbada.

—Patético —silbó la mitad negra de Zetsu, con un desdén infinito.

Antes de que Sasuke pudiera siquiera comprender lo que sucedía, antes de que pudiera intentar retirar su brazo, el cuerpo de Zetsu se cerró alrededor de su miembro como una trampa de acero viviente, inmovilizándolo por completo. La mitad blanca, con un movimiento fluido y desprovisto de urgencia, extendió una de sus manos pálidas y, con una fuerza que no parecía emanar de los músculos sino de la tierra misma, arrebató la espada del puño inmovilizado de Sasuke. En un movimiento que era a la vez brutal y terriblemente eficiente, giró el arma y, con la punta hacia abajo, la clavó profundamente y con precisión quirúrgica en el corazón del Uchiha.

Los ojos de Sasuke se abrieron de par en par, un reflejo de incredulidad absoluta, de horror congelado y del entendimiento tardío de su error monumental. Un jadeo breve, un espasmo que recorrió todo su cuerpo, y luego... la nada. Su cuerpo, privado de vida al instante, se desplomó pesadamente sobre el sendero polvoriento, un montón de ropas oscuras y carne inerte. Su mirada vacía, desprovista de su arrogante fuego, se quedó fija para siempre en el cielo crepuscular que nunca más volvería a ver.

Zetsu se liberó del brazo sin vida, dejando el chokuto clavado en el pecho de Sasuke como una lápida macabra. Se giró entonces, y su actitud cambió por completo. La ira homicida, la furia glacial, se disiparon de su ser, reemplazadas por una posesividad infinitamente más gentil, pero igualmente absoluta e inquebrantable, que la que había mostrado Sasuke.

—Naruto —dijo su voz dual, que ahora sonaba notablemente más suave, casi un arrullo—. Levántate. Ya no perteneces a este suelo.

Una de sus manos, una amalgama de blanco y negro, tomó la mano temblorosa de Naruto. La otra se posó con firmeza protectora en su cintura, ayudándole a ponerse en pie. Naruto se aferró a él, su cuerpo aún convulso por los sollozos de angustia y la conmoción, pero también por una emoción nueva y poderosa: la liberación.
—Está destruido... —murmuró Naruto, refiriéndose a la maceta rota, al símbolo de su vieja vida.
—Solo un caparazón, un cascarón terrenal —respondió Zetsu, su ojo verde fijo en el rostro ciego de Naruto—. Mi verdadera forma, mi esencia, ya la has sentido junto a ti todo este tiempo. Este mundo —dijo, con un desprecio que no iba dirigido a Naruto, sino a toda la creación mortal— es inmundo, corrupto hasta la médula, lleno de mentiras y traiciones. No es un lugar para un sol como tú. Ya no debes permanecer ni un segundo más en este planeta miserable. Te vendrás conmigo. A mi hogar. A nuestro hogar.

No era una pregunta. No había espacio para la negociación. Era una orden, un decreto del destino, una verdad que resonó en el corazón de Naruto con la fuerza de una revelación. Él, que había perdido todo, que había sido traicionado y que acababa de presenciar la muerte violenta de su pasado, no encontró miedo en esa orden. No encontró opresión. Encontró un consuelo profundo, una pertenencia definitiva. Había cuidado de Zetsu, le había hablado durante interminables horas, le había confiado sus sueños más íntimos y sus pesadillas más oscuras, y ahora, Zetsu lo había protegido, lo había reivindicado, había eliminado la única amenaza real y tangible en su vida. Era un intercambio justo. Su libertad por una devoción absoluta.

—S... Sí —aceptó Naruto, y su voz, aunque temblorosa, era un susurro claro de rendición y de una esperanza renovada.

Zetsu asintió, una leve inclinación de su cabeza de hojas verdes. Inmediatamente, una luz verde oscura, del color de la vegetación en la profundidad de una cueva, los envolvió a ambos por completo. Era un vórtice de energía pura que no calentaba sino que enfriaba el aire, haciéndolo vibrar con una frecuencia extraña. Los aldeanos, que llegaban corriando y jadeando al lugar guiados por el pequeño Shikamaru, solo alcanzaron a ver el destello final, el último resplandor de esa energía antinatural, antes de que las dos figuras, el joven rubio de ojos ciegos y la criatura dual de blanco y negro, se desvanecieran por completo de la faz del mundo, sin dejar rastro alguno. Solo encontraron, en el silencio súbito y aterrador, el cuerpo sin vida de Sasuke Uchiha, su mirada vacía y acusadora fija en el cielo, y los restos esparcidos y rotos de una simple maceta de terracota.

Lo que Naruto nunca supo, y quizás nunca necesitó saber, fue que el "accidente" que había llevado a Zetsu a su vida no fue en absoluto casual. Zetsu, una entidad ancestral, un espíritu de la tierra y la oscuridad que buscaba un ancla, un consorte en el mundo físico, había estado observando durante mucho tiempo. Había visto en Naruto, en su pureza de espíritu, en su capacidad de amor incondicional a pesar de la oscuridad que lo rodeaba, el faro perfecto. Una noche, había vertido una esencia, un néctar de conexión espiritual y simbiosis, en la taza de té del joven solitario y de corazón puro. No fue un hechizo de amor coercitivo, sino una llave. Una llave que abrió el corazón de Naruto a la posibilidad de amar algo más allá de lo comprensible, de lo humano, y que aseguró que su devoción por la planta fuera inquebrantable, un vínculo que trascendía la razón. Zetsu no quería un esclavo; quería un igual, un compañero, un sol para su existencia eterna, fría y solitaria.

La verdad de lo sucedido aquel día en las afueras de Konoha nunca se supo con certeza. Las teorías florecieron y se marchitaron con las estaciones: algunos decían que Naruto, en un arrebato de desesperación, había matado a Sasuke; otros, que un justiciero misterioso había intervenido; los más imaginativos hablaban de bestias del Bosque de la Muerte. Pero la historia oficial, la que quedó registrada, habló de una riña entre ex amantes y una tragedia evitable. Sin embargo, de algo, en el fondo de sus corazones, podemos estar seguros: el amor no siempre viste la forma que la sociedad espera o aprueba. No siempre sigue los caminos trillados ni se expresa en lenguajes convencionales. A veces, florece en los lugares más oscuros, en los corazones más heridos, y toma formas que otros, en su miopía emocional, podrían tachar de horrendas o antinaturales. Pero su esencia, su poder redentor para sanar las heridas más profundas, para ofrecer un hogar en los brazos más inesperados y para proteger con una ferocidad incuestionable, es lo único que realmente importa, lo único que perdura cuando todo lo demás se desvanece.

En la Luna, un lugar de silencio cósmico absoluto y de una belleza desolada y plateada, Zetsu había creado un santuario. No era un palacio de cristal o mármol, sino una catedral orgánica, un jardín gigantesco y bioluminiscente donde la flora y fauna de mundos lejanos coexistían en simbiosis bajo una gran cúpula de energía traslúcida que filtraba la luz de la Tierra y las estrellas. Era allí, en ese edén selenita, donde Naruto, cuyos ojos ciegos no podían apreciar el paisaje surrealista, podía sentir la vida a su alrededor de una manera que nunca había experimentado en la Tierra. Podía sentir el latido lento y poderoso de las plantas exóticas, el susurro musical de las flores que cantaban melodías inaudibles, la caricia de brisas que olían a otros sistemas solares, y, sobre todo, la presencia constante, protectora y devota de Zetsu, una presencia que era tan tangible para él como el suelo bajo sus pies.

Una noche lunar eterna, sentados en un claro donde la hierba emitía una suave luz plateada y las flores parecían constelaciones en miniatura, Zetsu rompió el silencio armonioso del jardín. Su voz, por una vez, era casi uniforme, un susurro profundo, ronco y sincero que carecía de su habitual dualidad discordante.
—¿Sabes una cosa, Naru? —guardó silencio un momento, su ojo verde observando cómo la luz azulada del planeta Tierra, un mármol lejano y brillante, bañaba el rostro sereno de su amado, iluminando sus cejas rubias y la curva de sus labios—. Eres mi sol. Eres el centro de mi universo, la fuente de calor que da vida a todo esto —una de sus manos hizo un gesto lento que abarcaba el jardín—. Y este jardín, estas criaturas, son mis estrellas. Brillan gracias a ti. Sin tu calor, sin tu luz, todo esto sería frío, oscuro y sin vida. Sin ti, yo no sería más que una sombra vacía, un susurro olvidado en la noche eterna.

Naruto sonrió, una sonrisa genuina, despreocupada y llena de una felicidad tranquila que no había mostrado en todos sus años en la Tierra. Giró su cabeza hacia la dirección de la voz de Zetsu, como si pudiera verlo a través de la oscuridad de sus ojos.
—Aún sigo sin saber cómo me enamoré de ti, "planta carnívora" —dijo, y las últimas palabras las pronunció con un tono juguetón, burlón y profundamente cariñoso, mientras una de sus manos se extendía para acariciar el brazo de textura extraña, mitad lisa y cerosa, mitad áspera como la corteza, de Zetsu.

Zetsu emitió un sonido que podría asemejarse a una risa tranquila, un crujido suave de hojas secas meciéndose o el rumor de un arbusto al ser rozado.
—¿Por qué? —preguntó, fingiendo un tono ofendido que no lograba ocultar su afecto—. Es porque soy irresistible para todas las plantas del universo. Es un hecho biológico.
—Pero yo soy humano —replicó Naruto, riendo suavemente, un sonido claro como un campanillo en el silencio lunar.
—Eres mío —corrigió Zetsu, y su tono, aunque seguía siendo posesivo, estaba ahora imbuido de una devoción tan profunda que resultaba conmovedora—. Eso trasciende todas las categorías, todas las biologías, todas las realidades. Eres el sol que eligió, libremente, iluminar a una simple planta perdida en la inmensidad. Eso es todo lo que importa.

Quizás esta relación no era normal en ningún sentido convencional de la palabra. Quizás desafiaba todas las leyes de la naturaleza, la razón e incluso los dioses. Quizás unía dos mundos que nunca deberían haberse encontrado. Pero si existe el amor, un amor que es capaz de curar las heridas más profundas, de ofrecer un hogar en el exilio más absoluto y de encontrar belleza en la forma más inesperada...

¿Qué importa lo demás?

 

Naruto, en su soledad más absoluta tras la traición, encontró un amargo refugio en el vacío emocional, convenciéndose de que el amor era solo una fuente de dolor, una enfermedad del corazón que era mejor evitar.

Decidió cerrar su corazón con llave, construir muros altísimos e infranqueables alrededor de sus sentimientos más profundos para nunca más ser vulnerable, para nunca más sentir el filo cortante de la decepción.

Desafiaba al destino, rogando en silencio que la flecha dorada de ese cazador alado llamado cupido nunca más encontrara su pecho, que su nombre fuera borrado del libro del amor para siempre.

Pero no conté contigo.... Zetsu.

El destino, sin embargo, es un tejedor de paradojas. No envió a un dios alado con arco y flechas, sino a una entidad ancestral de la tierra y la sombra, a una criatura de raíces profundas y naturaleza dual, que llegó no con una flecha, sino con una semilla que germinó en la oscuridad de su corazón.

Me curaste las heridas y con unas simples palabras me conquistaste al instante...

La protección feroz e incuestionable, la compañía silenciosa y comprensiva, y la aceptación total y absoluta de Zetsu, sanaron su alma rota de una manera que las palabras humanas, vacías y traicioneras, nunca pudieron. Fue una sanación que vino de la tierra, de lo primitivo, de lo verdadero.

"Tú eres mi sol y yo soy tu planta. Sin ti yo no podría tan siquiera existir... Mi hermoso sol."

 

Y en esa declaración, en esa metáfora de dependencia mutua y devoción eterna, Naruto Uzumaki encontró, por fin, no una prisión de expectativas y mentiras, sino la libertad más absoluta y reconfortante: la libertad de ser amado exactamente por quien era, en la oscuridad perpetua de sus ojos y en la luz inextinguible de su espíritu, por una criatura cuyo amor era tan extraño, único, complejo y permanente como las estrellas silenciosas que custodiaban, eternas testigos, su nuevo y verdadero hogar en la luna.

Notes:

Maggie: Tengo que decir que me siento decepcionada de no poderle coquetear a un personaje de un videojuego siendo hombre, pero si siendo mujer (┬┬﹏┬┬)

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