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Summary:

Una derrota amarga, una habitación equivocada, y dos cuerpos que no saben si acercarse o huir. Richard entra sin querer, Jon ya está ahí, roto en silencio. Lo que sigue no es revancha ni consuelo: es una noche donde el deseo se filtra entre la tristeza, y el amor aparece justo donde nadie lo esperaba.

Notes:

¡Alto ahí! Antes de que leas el producto de mi extraña imaginación mezclada con tristeza porque mi selección quedó sin oportunidad de ir al mundial, debes de saber unas cositas:

1. Efectivamente, el shipp de este one shot es Jon Aramburu y Richard Ríos, me saqué el shipp del asterisco, pero hey, esa es la magia de shippear.

2. Con esto no pretendo ofender y ni faltarle el respeto a ninguno de los dos jugadores involucrados en el OS y mucho menos, faltarle el respeto a la hinchada colombiana y venezolana. Esto lo hago por mera diversión.

3. En los diálogos se procuró no usar muchos modismos, aunque hay uno que otro por ahí.

4. Quiero agradecer a Isabella por haber aportado enormemente en este One Shot, sin ella esta idea no hubiera agarrado forma.

Bueno, ahora sí, ¡Espero que les guste!

Work Text:

La ciudad de Maturín está en silencio. No por la hora, sino por el golpe. Venezuela perdió su oportunidad de ir al repechaje. Colombia desde antes ya tenía un puesto en el mundial. Afuera, los fanáticos vinotinto se dispersan entre rabia, decepción y resignación.

Richard abre la puerta con el eco aún vibrando en su pecho: gol, gritos, luces. Adentro, el cuarto está en penumbra. Con lo que no contaba es que por error logístico Jon está en su habitación, sentado en el borde de la cama, con su cabello ligeramente húmedo, con su camiseta de concentración puesta y, una mirada que parece haber ansiado su llegada.

Nadie habla. El aire huele a colonia de hombre, a jabón, a algo que hace días querían nombrar.

Richard deja la mochila en el piso. Se acerca despacio. No por duda, sino por respeto. Jon no retrocede. Le sostiene la mirada y solo entonces Richard extiende la mano, le roza la mandíbula con el pulgar.

—¿Te vas a quedar mudo toda la noche?—pregunta, sin sarcasmo.
Jon no responde. Solo lo mira.
—¿Viniste a celebrar?
—No. Vine a quedarme.

El silencio entre ellos no es incómodo. Es denso. Richard se acerca, se sienta a su lado. La tensión del partido aún les vibra en los músculos. Jon tiene en el rostro una notable expresión de frustración. Richard lo observa como si lo estuviera leyéndolo cual libro abierto.

—No fue justo —dice Jon.
—No lo fue, mi amor... —responde Richard— Pero vea, yo no vine a hablar de fútbol.

Jon lo mira. Hay algo en sus ojos que no se vió en la cancha, algo que no se puede gritar en un estadio. Richard extiende la mano, le roza la nuca.

—No tienes que ganar para que yo te elija —susurra Richard.

La frase cae entre los dos y no hace ruido. Solo abre la puerta que faltaba. Jon inspira hondo, como si fuera a lanzarse a correr, pero se queda ahí, quieto, esperando. Richard se inclina y lo besa. El beso es lento, no hay urgencia, hay reconocimiento. Sus labios se encuentran como si ya se conocieran el ritmo. Jon exhala dentro del beso y su mano, hesitante al principio, se posiciona en la mejilla de Richard. El mundo se acomoda alrededor de ese gesto.

Se separan un segundo. Lo justo para mirarse.

—No sé si estoy haciendo esto bien —admite Jon, con una honestidad que le tiembla en la boca.
—No hay forma correcta, amor —responde Richard, con el corazón golpeando— Solo se hace con el corazón.

Otra vez el beso, más profundo. El silencio se llena de respiraciones que van marcando su propio compás. Cuando los labios se apartan, Richard apoya la frente en la de Jon.

—Te vi cuando salí del campo. No estabas sonriendo, pero tus ojos me buscaron igual.
—Ni siquiera lo disimulé, no podía sonreír —confiesa Jon, sonriendo con vergüenza y orgullo— Pero tampoco podía dejar de mirarte. Me delaté solo.

Richard se ríe bajito. Sujeta el rostro de Jon entre sus manos. Le besa la comisura. Le besa el pómulo. Le besa el hueco donde el pulso late rápido. Jon cierra los ojos y lo abraza, ese abrazo que no busca esconder nada, que más bien dice “estoy aquí”. Se quedan así, respirando el uno en el otro, hasta que Jon susurra:

—Quédate. Porque esto… Esto se siente como algo que no quiero perder.

Richard aún recuerda aquella primera vez que lo vio, no fue en un partido, ni en una fiesta. Lo recuerda con una claridad que le incomoda. El primer día, después del vuelo, con el cuerpo aún entumecido y la cabeza llena de ruido, bajó al gimnasio del hotel. El amistoso era en España, y por alguna razón, las federaciones habían decidido que Venezuela y Colombia compartieran instalaciones durante la concentración. Logística, dijeron, pero para Richard, fue otra cosa. No había nadie, o eso pensó. Hasta que lo vio.

Jon estaba ahí, sentado en el suelo, estirando en silencio. No tenía audífonos, no tenía celular. Solo estaba ahí, con los ojos cerrados y la respiración lenta, como si el mundo no lo tocara.

Richard se detuvo. No por curiosidad. Por algo más parecido a una pausa que no sabía que necesitaba. Jon abrió los ojos, lo vio, y no dijo nada. Y sin embargo, Richard sintió que lo habían leído. Como si ese tipo, con su calma y su silencio, ya supiera lo que él venía cargando.

Su silencio, con esa mirada que no pedía nada pero lo desarmaba igual. No era misterio. No era arrogancia. Era otra cosa. Una calma que parecía esconder tormentas. Una presencia que no pedía espacio, pero lo ocupaba todo.

No fue un flechazo. Fue una grieta. Silenciosa, lenta, inevitable.

Lo último que recuerda de ese día fue haber vuelto a su habitación con el corazón a punto de romperle la caja torácica. También como se masturbó pensando en el chico de cabello castaño es situaciones bastante comprometedoras.

No podía seguir recordando, no ahora. No con él tan cerca, con esa mirada que le desnudaba el alma. El pasado podía esperar. Su cuerpo, no.

Richard suspiró en la oreja del menor, terminó el abrazo y tomó su mano, luego la llevó a su entrepierna ya bien despierta con una notable erección.

—¿Ves lo que me haces? —lo miró a los ojos con seriedad, como si se tratase de un asunto de vida o muerte.

Jon bufó sarcástico—. Que tú no te aguantes no es mi culpa.

—¿Cómo que no? Si no me dejas de ver con esos ojos, me llamas con esa mirada, y yo- ¡Ah! —jadeó cuando sintió la mano contraria apretarlo—. Y-y yo respondo como si no tuviera más cosas que hacer...

—¿Y tienes algo más que hacer?

Richard no respondió. No porque no tuviera sus responsabilidades, sino porque no había otro lugar en el que quisiera estar. Aunque también porque se quedó sin aliento por la presión en su entrepierna, se sentía a la completa merced de Jon. Desde aquel día en que cruzaron miradas en aquel gimnasio, está a su merced.

—Tengo todas las cosas del mundo por hacer, pero contigo.

El contrario apartó su mano para quitarse la camisa, se apoyó en la cama sin acostarse del todo, dándose en bandeja de plata para Richard, quién sin ningún reparo volvió a su camino de besos, sintiendo como Jon se estremecía y temblaba por estos cada vez más mientras llegaba más abajo.

Cuando llegó a su vientre levantó la mirada a Jon, quién también lo veía fijamente, lo tenía hipnotizado. Richard sin despegar su mirada de los ojos verdes del menor, procedió a lamer el bien formado vientre de este, observando de primera mano como Jon se mordía el labio para contenerse los jadeos.

Cuando estaba por bajarle los shorts, Jon, en un repentino ataque de nervios, lo detuvo.

—Ya va, no tienes que-

—Dejáme, quiero hacerlo...

—Richard, yo-

—Anda, papi. —se acercó a su oído y le susurró—. Quiero consentirte como te mereces.

Jon tragó saliva.

—... Está bien.

Richard rió bajito—. ¿Nunca te han hecho esto antes?

—Bueno, sí, pero... No un tipo...

—Ay que coincidencia, yo tampoco he hecho una mamada. ¡Vamos a ser la primera vez de ambos! ¡Otra vez!

En vez de emocionarse como Richard lo estaba, Jon se puso todavía más nervioso. Tenían meses viéndose en citas clandestinas, pero hasta ahora, ninguno de los dos había dado ese paso.

—No te preocupes, papi.

—¡Deja de decirme así!

—¿Por qué? ¿No te gusta?

Jon se tapó la cara con las manos para ocultar su gran sonrojo—. ¡Mámame el guevo y ya!

Richard dió una carcajada, lentamente le quitó el short, no pasando desapercibida la intranquilidad del menor. Adoraba fastidiarlo y burlarse de él, pero hoy trataría de ser... Más amable.

Al dejar en visto el boxer Calvin Klein con un bulto que sobresalía de este, Richard se aguantó todas las ganas de hablar y reírse, ya en otra ocasión sería. Comenzó a masajear sobre la prenda, provocando leves suspiros en el contrario, que deleitaban a Richard.

Cuando quitó la prenda, vió la entrepierna de Jon orgullosamente erecta y goteando.

—Auch. —dijo sarcástico.

Jon sólo podía verlo mientras se mordía furiosamente los labios. Pudo jurar que casi sintió el sabor metálico de la sangre en su boca cuando Richard dió una lamida larga al falo, la imagen no la pudo ver más lasciva.

—¡Nhg!

Richard sonrió sádico, y se metió el miembro completo a la boca como si de un simple helado se tratara, sin siquiera atragantarse, no lo suficiente como para parar.

Trató de emplear lo que a él le gustaba que le hicieran, chupó y pasó los dientes sin tratar de lastimar el pobre miembro.

—Aah~... Mierda~... ¿E-en serio es tu primera vez haciendo- ¡Ngh~...! Esto...?

El mayor sonrió para sus adentros, lo estaba haciendo bien, Jon se veía tan tenso y desesperado, no parecía que duraría mucho. Podía verlo en las lágrimas que amenazaban salir de sus hermosos ojos, él ya puede reconocer cuando Jon está en su límite.

—Richar- ¡Richard! ¡Espera!

Hizo caso omiso y siguió succionando, tan fuerte y profundo como su garganta inexperta le permitía. Tomó uno de los músculosos muslos de Jon y lo apretó para generarse más fuerza.

El pobre Jon gimoteaba completamente desesperado. Definitivamente no iba a durar más tiempo así.

—¡Coño, espe-! ¡AH~! ¡MIERDA~! —gritó sintiendo como su miembro se vaciaba en la boca de Richard, pequeñas tiras de semen blanco se escurría por la comisura de sus labios, y él simplemente se lo tragó, todo. Jon, completamente abatido y tratando de recuperar el aliento apenas podía creerlo.

Richard con toda la normalidad del mundo se limpió lo demás con su mano—. ¿Tan bien lo hice? No duraste nada.

Con el poco aire que había recuperado respondió—. Vete... A la mierda... Esa no fue tu primera vez, es imposible.

Sonrió con sorna—. Eso, o... Te tenían descuidado, amor.

Jon se limitó a seguir recuperando oxígeno.

—Sería bueno que bajaras un poquitito el tono de voz, hay gente al lado. —respondió con burla—. ¿Qué crees que digan cuando escuchen los gritos de hombre saliendo del cuarto de Aramburu? ¿Hm?

El nombrado gruñó bajo, no soportando la burla y aguantandose la vergüenza.

—Jódete. —Esbozó mientras recogía su short y se lo colocaba, para nuevamente recostarse en la cama.

Richard no respondió al insulto, sólo sonrió, se acercó a la mejilla del menor y plantó un suave beso en ella.

—Eso fue...

—Encantador, lo sé.

—Iba a decir "mariquísimo". —Respondió Jon, cortándole la nota a Richard.

—¡Ah, ok! —empezó a reír, seguido de Jon.

Cuando las risas cesaron, ambos se quedaron viéndose con sonrisas leves en sus rostros. Se sentían muy cómodos entre ellos y el silencio, sin palabras ni acciones, sus presencias bastaban para hacer el ambiente ameno.

Aunque claro, la tranquilidad nunca le iba a durar a Jon, no con Richard, que volvió a hablar.

—Te amo, Jon.

Jon no dijo nada. Pero en su mirada, Richard leía ese “Yo también te amo”.

—No tienes que decírmelo aún, papi, es sólo que yo soy incapaz de aguantarme el amor que te traigo.

—¡¿Puedes dejar de hablar?!

—Te amo, te amo, te amo.

Así pasó el resto de la noche. Jon, boca arriba, mirando el techo como si allí hubiera estrellas. Richard, de lado, diciendo cualquier disparate que le venga a la cabeza con tal de hacer molestar al menor.

Porque así eran ellos: Dos polos opuestos compartiendo el mismo espacio. Un equilibrio perfecto y terrible entre el silencio que necesitaba una voz y la voz que anhelaba, en el fondo, un silencio que solo el otro podía darle. Y en esa contradicción, encontraron su extraña, imperfecta y perfecta armonía.