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Prologo:
La fecha de entrega sería en dos días y Chuck no podía dormirse si quería terminar a tiempo. Se había tomado un RedBull, dos cafés y otros tantos que acabaría bebiéndose en su taza de los Simpsons. Colocó sus lapiceros a un lado de la mesa, estiró sus dedos haciéndolos crujir y se preparó para que llegara su visión. Al principió no pasó nada, aunque la tensión de sus hombros le decía que algo importante estaba a punto de llegarle. Las yemas de sus dedos acariciaron el teclado. Estaba ahí. Notaba el cosquillo. No siempre funcionaba de la misma manera, pero esta vez lo haría. Sintió una sacudida en la espalda y como los ojos se volvían blancos y después…
Dicen que los libros contienen la sabiduría del universo. Dicen también que entre sus páginas se esconden mundos enteros. En ellos se puede volar hacía lugares desconocidos llenos de aventuras, magia y amor e incluso conocer el miedo. Estos los encontrarían en cualquier tienda, pero yo no hablo de estos. Hablo de aquellos hechos con piel humana, escritos con sangre y poseedores de fuerzas que uno desearía no enfrentar jamás.
Los muchachos más populares de SamerLims se reunieron una vez más en el granero abandonado. Llevaban haciendo esto mismo desde hacía un año, desde el momento en el que dejaron de ser los paletos del pueblo para convertirse en lo que siempre había deseado. Nadie imaginaba que lo que empezó como una noche más acabaría con las vidas de la estrella del equipo de fútbol americano, la animadora y tres estrellas del rock muertas.
En el centro de la sala se dibujaba una estrella de cinco puntas adornada con una serie de dibujos. Cada uno de los jóvenes se colocó en una esquina del pentagrama y recitaron el conjuro que habían encontrado en el libro. La escasa luz arrojada por las velas apenas permitía que se vieran el rostro entre ellos. En el centro de la sala había una pequeña caja, una de las que suelen usar los paramédicos para cargar con los órganos.
Cuando el demonio se apareció sentado en su trono no dijo nada. Sus largas uñas tamborilearon sobre el reposabrazos mientras los miraba uno por uno.
—¿Habéis traído lo que os ordené?—Su voz sonó como un trueno.
La única chica del grupo se atrevió a abrir la boca, pero él la calló alzando una mano. Alguien más se movió entre las sombras hasta colocarse al lado del demonio. Era una chica rubia de melena larga y un trébol tatuado en la mejilla.
—Mi señor—Dijo postrándose ante él—Traigo noticias. La han encontrado, mi señor.—La mujer con el tatuaje sacó una piedra negra del bolsillo y se la entregó.—Por fin podremos traducir las escrituras.
—Trae el libro.—Ordenó el demonio a uno de los muchachos.
El quarterback se movió para entregárselo, pero la joven junto a él le sujetó por el brazo:—Es una trampa. Si se lo entregas no cumplirá más con nuestras órdenes.
Cuando Chuck salió del trance miró la pantalla durante varios minutos. Era incapaz de dejar de temblar. Recordaba la sangre salpicándolo todo y una sensación de vacío como no la había sentido antes. ¿Lo que había visto había sucedido ya? ¿Estaría sucediendo en aquel mismo momento? La cabeza le dolía como si hubieran intentado arrancársela. Cogió el móvil y marcó el número de los únicos que podrían averiguar qué es lo que estaba pasando. La conversación no duró mucho ya que la barrería del móvil de los Winchester parecía a punto de agotarse y las interferencias eran aún mayores. Al terminar de contárselo todo colgó con la sensación de que algo importante se le olvidaba.
Recostado contra la silla Chuck empezó a juguetear con la barra del procesador de texto, arriba y abajo. ¿Qué se le había olvidado? Los ojos del profeta se abrieron de golpe al ver que había más texto unas páginas más abajo. El fondo se había vuelto marrón y las letras eran rojas con los bordes dorados.
“Dos cazadores entre demonios.
Dos mundos entre el cielo y los infiernos
Dos pecaderos, dos hermanos prisioneros del deseo.
Dos destruirán nuestro mundo, el mundo que conocemos”
—¿Qué significa, mi señor?—Preguntó la esbelta mujer del tatuaje.
—Significa que los Winchester no tardaran en dejar de molestar.
—¿Cómo?—Se atrevió a preguntar la mujer.
—Nosotros nos encargaremos de ellos. Tiene que haber algo que alguno de ellos desee tanto como para terminar con esto.
