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Ambos chicos se encontraban haciendo un stream al igual que casi todas las noches. Al cabo de un rato, entre boludeces que hablaban, moski al estar de acuerdo con algo que dijo el pelinegro, ambos se dan la mano.
Manuel deja de ver el chat para volver a ver a Lautaro.
-Que mano chiquita que tenes. -dice entre risas el pelinegro. Moski se ríe nervioso y confundido.
-¿Por qué chiquita? Es normal boludo.
-Es chiquita, es chiquita la manito. -Manuel no podía parar de sonreír y largar pequeñas risas mientras agarraba la mano del rubio poniéndolas una al lado de la otra mostrando a la cámara para que el chat pueda ver la diferencia. -Es chiquiiitaaa.
Manuel no se pudo aguantar más y se empezó a cagar de risa.
-¡Son iguales, boludo! -Reclamo Moski.
-¿Como iguales? -Mernuel agarró nuevamente la mano de Lautaro para esta vez si compararlas bien poniendo ambas palmas de las manos en contacto, en este momento se noto la gran diferencia de tamaños de manos, los dedos de Moski tan solo llegaban a la mitad de los dedos del pelinegro. Mientras que la mano de Moski no era solo chiquita en comparación a la de él, si no que hasta los dedos de Manuel eran mucho más gruesos.
Ambos se empezaron a cagar de risa mientras Manuel gritaba “¡¿Qué?!” sin poder creer la gran diferencia que tenían, a la vez el rubio decía “No, No. Me cagas la vida, boludo”. Sin más decir, siguieron con el stream, hablando de boludeces, de minas y de un montón de cosas más.
[..,]
La pantalla del chat ardía con comentarios y corazones. Otro stream llegaba a su fin, con esa mezcla de cansancio y adrenalina que dejaban las horas de boludear frente a la cámara. Manuel estiró los brazos por encima de la cabeza, haciendo crujir su espalda con un suspiro de alivio.
-Bueno, gente, creo que por hoy acá la dejamos -anunció, mirando a la cámara con una sonrisa cansada.
-Sí, ya fue, me quedé sin batería encima -agregó Lautaro, desenchufando su controlador y bostezando.
Los “chauuu” y los “buenas noches” llenaron la pantalla por unos segundos más, hasta que Mernuel apretó el botón de “Finalizar transmisión”. Un silencio repentino, casi denso, invadió el cuarto de stream. El único ruido era el zumbido tenue de las PCs.
Como en piloto automático, empezaron el ritual de siempre: guardar los auriculares, apagar luces, recoger algún vaso o botella vacía. Se movían en el espacio reducido con la familiaridad de quien comparte la vida. Y la cama. Porque después de ser amigos por un tiempo, la lógica de ahorrar espacio y plata los había llevado a compartir también la cama que ocupaba la mitad de la habitación.
Manuel se sacó la remera y se quedó en pantalón corto, mientras Moski, más conservador, se puso una remera limpia para dormir. Fue en ese momento, cuando Mernuel se acercó a la cama y Moski venía de vuelta del baño, que sus manos se encontraron en un saludo casual, un choque de palmas que terminó en un apretón tonto, igual al que hicieron antes sin darse cuenta.
Y ahí pasó (de nuevo).
La mano de Lautaro desapareció casi por completo dentro de la del pelinegro. Realmente no era una diferencia sutil, para nadal; era como si Manuel hubiera cerrado su puño alrededor de una pelotita de tenis.
-Che, pará -dijo Mernuel, sin soltarlo. Una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro-. ¿Siempre tuviste la mano así de chiquita posta?
Lautaro intentó retirar la mano, pero Manuel no cedió. -¡Dale, boludo, dejame! No es tan chica -protestó, con un tono entre avergonzado y divertido.
-¡Es minúscula! -insistió Manuel, abriendo su mano palma con palma contra la de Lautaro. La diferencia era obscena. Los dedos de Manuel sobresalían por lo menos tres centímetros más allá de los de su amigo-. Parece de muñeco. ¿Cómo hacés para agarrar las cosas?
-Me las arreglo, ¿viste? Tampoco es la gran cosa, es normal boludo. -Lautaro finalmente liberó su mano y la agitó en el aire, como si le ardiera-. Y bueno, yo soy más fino, no un ogro como vos.
Manuel se rió, un sonido grave y cálido, y se dejó caer en la cama. -Ogro con manos útiles, gracias. Vení, acostate, que mañana hay que laburar.
Apagaron la luz y se acomodaron en la oscuridad, cada uno de su lado. Pero la boludez de las manos había quedado flotando en el aire, una chispa de algo que no se apagaba del todo. Pasaron unos minutos, con solo el sonido de su respiración. Hasta que Manuel, mirando al techo, rompió el silencio. Su voz era baja, una mezcla de joda y una curiosidad genuina que ni él mismo entendía del todo.
-Y… che. Si hay tanta diferencia en las manos… -hizo una pausa, calculando las palabras-. ¿En otras cosas también será así?
El silencio que siguió fue distinto. Más pesado. Lautaro se movió incómodo. -¿Eh? ¿Qué decis, pelotudo?
-Y, no sé. A ver, es lógica pura -Manuel se dio vuelta, apoyándose sobre un codo. En la penumbra, apenas se veían las siluetas-. A mano más chica… miembro más chico. O al revés. Es una teoría.
-¡Flaco, estás re loco! ¡Estás re mal del bocho vos! -la voz de Lautaro sonó un poco más aguda de lo normal-. ¿En qué planeta eso es lógica pura?
-En el planeta de las probabilidades, Moskito. Dale, no me digas que no tenés curiosidad.
-¡No! ¡Qué curiosidad voy a tener! -pero su negación sonó débil, forzada.
Manuel no se dio por aludido. La joda ya había escalado, y ahora había un cosquilleo nervioso en su estómago. Era estúpido, arriesgado, pero no podía parar.
-Y… ¿y si lo probamos? -la pregunta quedó suspendida en el aire, cargada de un significado que los dejó a los dos sin aire por un segundo-. A modo de joda, obvio. No somos trolos. Una comparativa científica ponele, entre amigos.
-Mernu… -la advertencia en la voz de Lautaro era real, pero por debajo corría una corriente de algo más. Algo que los dos venían evitando desde hacía mucho tiempo.
-¿Sí o no? -insistió Manuel, bajando aún más la voz hasta casi un susurro-. Si pierdo, me tatuo tu mordida, dale.
Lautaro no dijo nada. En la oscuridad, Manuel escuchó cómo tragaba saliva. Luego, un movimiento. Un susurro de tela. Moski se estaba sacando el pantalón del pijama.
-Bueno, pero que sea rápido -murmuró Lautaro, y su voz temblaba levemente.
El corazón de Manuel empezó a latir con fuerza contra sus costillas. Esto ya no era una joda. Esto era otra cosa. Con movimientos torpes, él también se bajó el short. El aire fresco de la habitación les dio en la piel, haciendo que se estremecieran. No hacía falta ver para saber. La tensión era palpable, un cable vivo tendido entre los dos cuerpos en la cama.
-Bueno -susurró el pelinegro-. ¿Cómo hacemos? ¿A ver quién adivina?
-No sé… vos… vos tocá y adiviná -propuso Moski, con una voz tan baja que era casi imperceptible.
Mernuel extendió la mano con una lentitud exasperante. Sus dedos, esos mismos que minutos antes habían eclipsado la mano de Moski, encontraron primero el vello púbico de su amigo, y luego, con una timidez que no le era característica, cerraron alrededor de su miembro. Era… normal. Estaba bien. Pero la expectativa lo hacía sentir eléctrico.
-Mmm… está bien –dijo Manuel, tratando de sonar profesional y fallando miserablemente—. Ahora vos.
La mano diminuta y suave de Moski se posó sobre su muslo, y luego, con una hesitación que le partió el corazón a Manuel, se deslizó hacia arriba. Cuando los dedos de Moski lo rodearon, Mernuel contuvo el aliento. La diferencia era, efectivamente, notable. La mano de Moski no podía ni cerca de abarcarlo por completo.
-La puta madre -murmuró el rubio, sin poder evitarlo.
-¿Qué? -preguntó Mernuel, con la voz ronca.
-Nada… que… tu teoría es una mierda -dijo Moski, pero no retiró la mano. Al contrario, su pulgar se movió casi imperceptiblemente, acariciando la piel sensible.
Mernuel soltó un jadeo. -Lau…
Ese fue el punto de quiebre. El nombre dicho con esa necesidad desesperada. Ya no había vuelta atrás. La mano de Moski dejó de medir y empezó a moverse, con una presión firme y decidida que hizo arquear la espalda de Mernuel.
-Pará… -logró decir el ojiverde, poniendo su mano sobre la de Lautaro para detenerla-. Así no… no es justo.
-¿Y cuál es la forma justa? -preguntó el rubio, desafiante, aunque su respiración también se estaba acelerando.
En vez de responder, Mernuel se inclinó. En la oscuridad, sus labios encontraron primero una mejilla, luego la comisura de los labios de Moski, y finalmente, su boca. Fue un beso torpe, lleno de narices que chocaron y dientes que se rozaron, pero fue un huracán. Todas las miradas furtivas, los roces casuales que duraron de más, las bromas con doble sentido de los streams, estallaron en ese instante.
Moski respondió con una urgencia que sorprendió a ambos, abriendo la boca para dejar entrar la lengua de Mernuel. Su mano pequeña se aferró al hombro de Mernuel, mientras la otra seguía agarrada a su miembro, ahora inmóvil, pero presente.
Cuando se separaron jadeando, Mernuel apoyó su frente contra la de Moski. -¿Ves, mi amor? -susurró-. La ciencia nunca falla.
-Callate -respondió Moski, y lo empujó suavemente sobre la espalda.
Antes de que Mernuel pudiera preguntar qué estaba haciendo, Lautaro se deslizó hacia abajo en la cama. Manuel sintió su aliento caliente en el estómago, luego su lengua en su pelvis, y luego… uy, la puta madre. La boca de Lautaro, increíblemente cálida y húmeda, lo envolvió por completo.
El pelinegro dejó escapar un gemido largo y gutural, enterrando las manos en el pelo del rubio. Era demasiado. La sensación de esa boca, pequeña y ávida, trabajándolo con una determinación que no le conocía, lo estaba volviendo loco. Moski no era experto, se notaba la falta de práctica, pero la entrega, las ganas de hacerlo bien, de complacerlo, eso era mil veces mejor que cualquier técnica.
-Lau… ah… pará… me voy a venir -logró articular Manuel, tirándole suavemente del pelo.
Pero Lautaro, en un acto de rebelión que le detonó los últimos vestigios de cordura a Manuel, no se detuvo. Al contrario, lo tomó más profundo, ahogándose un poco, pero sin ceder. Manuel ya no pudo aguantar más. Con un gruñido ronco, se vino, con espasmos, en la cálida garganta de Moski, que tragó sin vacilar, con un sonido leve y satisfecho.
La habitación volvió a quedar en silencio, solo rota por los jadeos brutales de ambos. Moski se acomodó a su lado, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Mernuel, todavía tembloroso y mareado, lo miró en la oscuridad. Sin decir una palabra, lo atrajo hacia sí y lo besó de nuevo. Este beso era diferente: lento, profundo, saboreando el gusto salado de sí mismo en la boca de Lautaro. Era posesivo, agradecido, y terriblemente apasionado.
-Tenés la boca chica, pero la usás bien gordo -murmuró Manuel contra sus labios.
Lautaro se rió, un sonido suave y feliz. -Callate, nene.
Se acomodaron bajo las sábanas, esta vez entrelazados. Las piernas de Moski se engancharon entre las de Mernuel, la cabeza apoyada en su hombro. La mano pequeña de Moski descansaba sobre el pecho de Mernuel, que la cubrió con la suya, enorme, protegiéndola.
-El tatuaje de mi mordida te lo vas a hacer igual -dijo el rubio, con la voz somnolienta-. Gané yo.
-¿Ganaste? ¿En qué universo? -preguntó Manuel, sonriendo.
-En el universo donde yo digo que gané. Buenas noches manu.
Manuel no discutió. Apretó su mano y cerró los ojos. La ciencia, al final, había tenido razón. Pero el resultado había sido mucho, mucho mejor de lo que cualquier teoría podría haber previsto.
