Actions

Work Header

Marcha Atras

Summary:

Franco no entendía nada. Un segundo estaba revisando telemetrías en alpine y al siguiente, el mundo parecía haberse desajustado. El paddock era el mismo, pero no del todo. El logo de Rolex brillaba en los monoplazas, las cámaras tenían ese aire dosmilero, y los rostros… más jóvenes. Todo demasiado fuera de lugar

Notes:

Este es un AU medio falopa jasjasj, espero que les resulte tan entretenido como a lo fue para mi escribirlo.

Work Text:

Marzo de 2008

Franco no en tendía nada. Un segundo estaba revisando telemetrías en alpine y al siguiente, el mundo parecía haberse desajustado. El paddock era el mismo, pero no del todo. El logo de Rolex brillaba en los monoplazas, las cámaras tenían ese aire dosmilero, y los rostros… más jóvenes. Todo demasiado fuera de lugar.

Y ahí estaba él.

Lewis Hamilton, apenas un veinteañero, arrogante hasta en la forma de cruzarse de brazos. Sus ojos oscuros se clavaron en Franco como si el simple hecho de existir en el mismo espacio ya fuera una provocación.

Por su parte Lewis estaba caminando cuando lo vio.Un chico que no encajaba en nada de eso.Un muchacho que parecía caminar fuera de tiempo.

No era su ropa, ni siquiera su andar tranquilo; era la serenidad con la que observaba todo, como si el mundo no pudiera perturbarlo. Había algo casi magnético en esa calma, y Lewis, que siempre se había movido con la necesidad de demostrar, sintió que esa presencia lo desarmaba sin permiso.

Cuando sus miradas se cruzaron por primera vez, Lewis se detuvo sin darse cuenta. Fue apenas un instante, pero bastó: un latido que se le clavó en el pecho, fuerte y desconcertante. Había una claridad en esos ojos, un misterio que lo descolocaba.

Lewis tragó saliva, molesto consigo mismo. ¿Por qué lo miraba así? ¿Por qué le parecía que el aire se volvía más pesado solo porque estaba cerca?

Intentó convencerse de que era simple curiosidad. Un rostro nuevo, nada más. Pero mientras el desconocido pasaba a su lado, Lewis notó que quería girar la cabeza y seguir mirándolo, que quería saber cómo sonaba su voz, de qué color era su risa, por qué lo hacía sentir, en cuestión de segundos, más vulnerable que cualquier rival en pista.

—¿Y vos quién sos? —preguntó Lewis con un tono entre la burla y el fastidio.

Franco tragó saliva. Tenía que pensar rápido. Decir “ soy un piloto del futuro del cual estas enamorado, además, está el pequeño detalle: En el futuro nos llevamos casi 20 años y nuestra relación es secreta ” no era una opción.

—Soy reserva —Lo soltó casi sin pensarlo, sosteniéndole la mirada.

Lewis arqueó una ceja. Una sonrisa ladeada se formó en su boca, una que no tenía nada de amable.

—Novato, ¿eh? Entonces no te encariñes demasiado con estar acá. No todos aguantan.

Franco respiró hondo. Quiso responder con calma, pero algo en el tono de Lewis lo sacaba de quicio.

—Eso depende de qué tan duro esté el camino… o de qué tan insoportable sea la compañía.

Los ojos de Lewis brillaron, como si le divirtiera más de lo que quisiera admitir. Dio un paso más cerca, acortando la distancia hasta un punto incómodo.

—Tenés carácter para ser alguien que solo está de reserva  —Lo dijo con acento burlón.

Franco sintió un calor extraño subiéndole al cuello, mezcla de bronca y de algo que prefería no nombrar. Al parecer en este tiempo era reserva en Williams, reserva nuevamente, parecía hasta irónico. 

—No me llames así.

Lewis sonrió, satisfecho. Como si hubiera encontrado un botón rojo en él y decidiera presionarlo una y otra vez.

Lo que Franco no sabía era que detrás de esa fachada de arrogancia, Lewis estaba lidiando con algo que jamás admitiría: lo atraía. Mucho. Demasiado. Y cuanto más lo atraía, más necesitaba empujarlo lejos.Pero Franco no era de los que se dejan empujar.

Lewis nunca había soportado pasar desapercibido. Era como si naciera con un reflector apuntándole siempre, y cuando no lo había… lo encendía él mismo.Por eso Franco le resultaba insoportable.No porque fuera molesto,de hecho, era todo lo contrario, sino porque no reaccionaba. A nada.

—Ey, reemplazo —le decía Lewis, arrastrando las palabras con sorna mientras tiraba de la visera de su casco—. ¿Seguro que sabés manejar algo más que un karting?

Franco apenas levantaba la mirada de las hojas de telemetría, con una calma casi insultante.

—Seguro. —Respondía seco, sin devolverle el golpe.

Lewis apretaba los dientes. No entendía cómo alguien podía desarmar su arsenal de provocaciones con una simple indiferencia.Al día siguiente, lo intentó de nuevo. En plena reunión técnica, cuando todos estaban concentrados, Lewis dejó caer un bolígrafo sobre el cuaderno de Franco, interrumpiendo sus notas.

—Ups. —Lo dijo sin ni siquiera molestarse en sonar convincente.

Franco lo recogió en silencio, se lo devolvió sin mirarlo, y siguió escribiendo. Ni una mueca, ni un suspiro.La indiferencia lo estaba matando.

Lewis se acercaba más, lo rozaba con el hombro. Probaba comentarios sarcásticos, miradas desafiantes, hasta empujones “accidentales” en el pasillo. Y nada. Franco permanecía sereno, casi aburrido.

Lo que Lewis no sabía era que Franco sí sentía. Que cada provocación lo atravesaba, que cada vez que escuchaba ese diminutivo se le erizaba la piel. Pero también sabía cómo terminaba esa historia. Sabía lo que el futuro le deparaba a Lewis, sabía cuán alto iba a llegar, sabía lo que iba a sufrir en el camino. Y no pensaba darle más de lo que ya tenía: atención y rivales en desmedida.

Una tarde, Lewis ya no aguantó más. Lo arrinconó en el garaje, sin testigos, los brazos cruzados y el ceño fruncido, aunque en sus ojos había algo más que rabia.

—¿Qué te pasa? ¿Te creés demasiado bueno para hablarme? —escupió con impaciencia.

Franco lo miró con esa calma que Lewis empezaba a odiar y admirar al mismo tiempo.

—No, Lewis. Solo que no todo gira alrededor tuyo.

Por primera vez el Ingles se quedó sin palabras. Y ese silencio fue lo más perturbador de todo.Lewis había construido una muralla de arrogancia. Pero las murallas, pensó Franco mientras lo observaba desde el muro de boxes, siempre terminan mostrando grietas.

Primero fueron los silencios. Entre burla y burla, a veces Lewis se quedaba mirándolo demasiado tiempo, como si olvidara qué insulto venía después. Una fracción de segundo donde la máscara se caía.Después, la insistencia. Lewis parecía orbitar alrededor suyo buscándolo sin admitirlo. Lo provocaba en cada pasillo, en cada reunion, incluso en los entrenamientos. Y cuando Franco lo ignoraba, lo veía tensar la mandíbula como si le doliera de verdad.

Lo más extraño era que no solo lo buscaba a él. Franco se dio cuenta rápido: había otra persona. Nico Rosberg.

Con Nico era distinto. No había indiferencia, no había serenidad. Había competencia. Risas y bromas cargadas de pólvora. Una amistad que parecía demasiado intensa para ser solo eso. Franco lo veía con claridad, quizá porque ya sabía en qué terminaría esa relación años más tarde: una ruptura dolorosa, una rivalidad insostenible.

Pero en ese presente… Lewis tenía los ojos puestos en Nico, con una mezcla de admiración y furia. Después de un test, Franco estaba guardando su casco cuando Lewis apareció de golpe, como siempre, demasiado cerca.

—¿Vas a seguir fingiendo que no existo? —preguntó, esta vez sin tono burlón. Había cansancio en su voz.

Franco alzó la vista. —No estoy fingiendo nada.

Lewis se inclinó un poco, casi desafiándolo a retroceder. —¿Entonces qué? ¿Soy invisible? Porque con Nico hablás. Con Nico te reís.

Franco sintió una punzada. Lo había dicho sin pensarlo, con celos mal disimulados.

—Vos no necesitás que nadie te vea, Lewis. Ya hacés suficiente ruido solo. —La frase le salió más dura de lo que quería.

Los ojos de Hamilton brillaron, pero no de rabia. De vulnerabilidad. Y fue entonces cuando Franco lo entendió: el juego de provocaciones nunca había sido un juego. Era desesperación. Una manera torpe y orgullosa de decir me atraés y no sé qué hacer con eso .

Franco bajó la mirada.

Sabía que Lewis estaba enredado, dividido entre lo que sentía por Nico y lo que empezaba a sentir por él. Y sabía también que esa encrucijada era peligrosa.Porque una cosa era ignorar las bromas. Otra muy distinta sería ignorar el temblor en la voz de alguien.

 

Septiembre de 2008

El paddock bullía de mecánicos, ingenieros y periodistas. Entre ese ruido constante, Franco había aprendido a moverse con calma, casi invisible. Pero esa tranquilidad lo abandonó en cuanto sintió a Lewis y Nico detrás de él, discutiendo en voz baja con esa intensidad que no dejaba de crecer.

Franco intentó concentrarse en su tarea: estaba viendo ajustar un sensor en el coche de pruebas. Tenía las manos ocupadas, pero los oídos no podían ignorar la tensión a unos pasos.

—Siempre tenés que competir hasta en lo que no importa, ¿no? —la voz de Nico era suave pero cortante.

—Mirá quién habla —replicó Lewis, con una risa breve y amarga que Franco ya conocía.

Franco apretó el destornillador con más fuerza de la necesaria. Sabía cómo terminaba esa historia, había visto sus consecuencias en el futuro. Quiso apartarse, dejar que se desgastaran entre ellos, pero justo en ese momento, un roce involuntario con una pieza recién retirada del motor lo hizo retroceder de golpe. Un chispazo de calor le quemó la mano.

—¡Mierda! —soltó Franco, sacudiendo los dedos.

El dolor era soportable, pero intenso. Y bastó para que la discusión se cortara en seco.

Lewis fue el primero en reaccionar. Dio un paso al frente, el gesto arrogante deshecho en segundos. 

—¿Estás bien? Déjame ver. —Intentó tomarle la mano con torpeza.

—Yo lo reviso —intervino Nico, apartándolo con el hombro. Sus ojos claros estaban fijos en Franco, serios, preocupados.

—No, déjame a mi.

—Lewis, dejá de hacer un problema por todo—escupió Nico, más brusco de lo que pretendía.

Franco, entre los dos, sintió el aire densificarse. Lewis lo sujetaba suavemente por la muñeca mientras Nico trataba de apartarlo.

—¡No es drama, Nico! —la voz de lewis se quebró apenas, como si el accidente hubiera encendido algo que llevaba conteniendo mucho tiempo—Él se lastimó porque vos no sabés cuándo callarte

Franco abrió la boca para intervenir, pero Nico lo adelantó, fulminando a Lewis con la mirada.

—¿En serio? ¿Ahora la culpa es mía? Siempre necesitás un enemigo para justificar lo que sentís.

Franco sintió la tensión estallando justo a centímetros suyo. Lewis apretó la mandíbula, bajó la vista hacia la mano quemada y luego volvió a levantarla, directo a Nico.

—¿Y vos qué sabés de lo que yo siento?

El silencio posterior pesó como plomo. Franco tragó saliva, atrapado en medio de los dos, consciente de que lo que acababa de escucharse era más revelador que cualquier otra discusión.

Y lo más perturbador fue ver cómo ambos lo miraban a él, como si en su herida estuviera la chispa que acababa de incendiar todo.

La discusión escaló como un incendio sin control.

—No uses excusas conmigo, Lewis—Nico estaba con los ojos encendidos, la mandíbula tensa.

—¿Excusas? Lo único que hago es aguantar tu soberbia—replicó Lewis, el pecho subiendo y bajando con cada palabra.

Franco estaba en medio, con la mano ardiendo y la paciencia en llamas. Los dos lo miraban, usándolo como excusa, como detonante, como muro donde estrellar sus reproches.

Él dio un paso atrás. Luego otro. Nadie lo notó.

Cuando finalmente se giró y se escabulló por el pasillo del garaje, sintió el alivio de un preso que encuentra una rendija abierta en la celda. El eco de las voces de Lewis y Nico todavía lo alcanzaba, pero cada paso lo alejaba más.

En la sala contigua, James Vowles repasaba datos en una libreta, serio como siempre, aunque con esa calma meticulosa que parecía envolverlo todo. Franco se detuvo en la puerta. Por un instante, solo lo miró, con una punzada extraña en el pecho.Ese hombre,ese ingeniero concentrado, casi desapercibido en el caos del paddock,algún día le cambiaría la vida. Le daría una oportunidad cuando nadie más lo haría. Le extendería una mano cuando el futuro parecía cerrarse.

Franco lo sabía. 

James todavía no.

—¿Qué pasó con tu mano? —preguntó James al levantar la vista, con una voz cálida que contrastaba con la frialdad de los pasillos.

Franco bajó los ojos. 

—Nada grave. Un accidente con el coche.

James dejó su cuaderno a un lado y se acercó sin dudarlo.

—Déjame ver.

La suavidad con la que sujetó su mano sorprendió a Franco. No había impaciencia, no había juicio. Solo cuidado genuino. James examinó la quemadura con el ceño fruncido, y por un momento, Franco vio en sus gestos el mismo hombre del futuro, el que se preocupa por él no como un piloto más, sino como por alguien en quien realmente creía.

—Tenés que ponerte una crema. No quiero que se te infecte —dijo James, casi paternal.

Franco esbozó una sonrisa breve y contenida. 

—Gracias.

James lo miró, curioso. Hubo un silencio que no pesó, sino que se sintió ligero. James le dio una palmada leve en el hombro.

—No te preocupes. Sos parte del equipo. Eso significa que siempre voy a preocuparme.

Franco apartó la vista, tragando la emoción que le subía. Si supiera cuánto significaban esas palabras. Si supiera que, en otro tiempo, esa promesa sería la diferencia entre rendirse y seguir adelante.Por primera vez en todo el día, Franco se sintió a salvo.

James lo llevó hasta un rincón más tranquilo del garaje, lejos del bullicio, y buscó un botiquín. Franco lo observaba en silencio, como si cada movimiento quedara grabado en una película que él ya había visto antes.

—Tenés suerte de que no sea grave —dijo James mientras le aplicaba la crema con cuidado—. Pero tratá de no meterte en medio de… bueno, ya sabés.

Franco soltó una risa baja. 

—Lo decís como si hubiera elegido estar ahí.

—Con vos parece que las cosas siempre pasan, aunque no quieras —contestó James, y su tono no era de reproche sino de un afecto extraño, como si lo conociera desde hacía más tiempo del que realmente tenían.

Franco lo miró, apretando los labios. Había tanto que quería decirle. Quería contarle que años más tarde, cuando nadie apostara por él, James sí lo haría. Que le debía más de lo que nunca podría explicar. Que en el futuro, esa preocupación que ahora parecía rutinaria se transformaría en una oportunidad que cambiaría todo.

Pero no podía.

Así que solo dijo: 

—Gracias por cuidarme.

James levantó la mirada y sonrió, esa sonrisa calma que parecía sacada de otro mundo, sin la arrogancia del paddock ni el ego de los pilotos. 

—Alguien tiene que hacerlo.

Hubo un silencio cálido, cómodo. Casi familiar. Franco sintió un nudo en la garganta, porque esa figura que tanto necesitaba en el futuro estaba justo delante suyo… sin saberlo.

Después de unos minutos, James lo soltó con una palmada en el hombro. 

—Anda, que seguro ya te están buscando.

Franco regresó con pasos lentos hacia la zona donde había dejado a Lewis y Nico. El murmullo de voces elevadas le llegó primero. Pero algo había cambiado: ya no discutían con la misma furia de antes.Los dos se habían detenido, mirando alrededor como si rastrearan algo. O alguien.

Cuando Franco apareció, lo vieron casi al mismo tiempo. Nico arqueó una ceja, Lewis frunció el ceño, pero en ambos había un gesto idéntico: alivio disfrazado.

—¿Dónde te habías metido? —preguntó Lewis, más brusco de lo necesario.

—Con James —respondió Franco, tranquilo, como si nada hubiera pasado.

Nico soltó un resoplido, cruzándose de brazos. Lewis lo fulminó con la mirada, pero no dijo nada más. Lo único que Franco notó fue cómo, en ese momento, toda la pelea parecía haberse evaporado, reemplazada por una tensión distinta.Y Franco, en silencio, entendió que ese era el verdadero problema.

Más tarde llegó una confrontación que franco no esperaba. Apenas terminó la jornada, Lewis apareció en el pasillo del paddock y lo interceptó, bloqueándole el paso con ese aire desafiante que parecía imposible de apagar.

—Así que… —Lewis entrecerró los ojos— estabas con James.

Franco parpadeó. 

—¿Perdón?

—Con James Vowles. —Lewis lo dijo con un énfasis cargado de sospecha, como si estuviera revelando una verdad prohibida—. Te vi. Se nota que te gusta quedarte con él.

Franco lo miró, incrédulo, y después soltó una risa breve, inesperada. No pudo contenerla.

—¿De qué te reís? —chispó Lewis.

Franco negó con la cabeza, divertido. 

—De vos, Lewis. ¿De verdad pensás que estoy “con James”?

Lewis apretó la mandíbula, sin querer ceder. 

—Lo mirás distinto. Y él también a vos.

Eso casi hizo que Franco se doblara de la risa, casi pero se contuvo, apoyando la espalda en la pared. Si supieras… pensó. Si supieras que en el futuro James y vos van a tener casi veinte años de diferencia conmigo, y que precisamente el que tendría esas intenciones con él no era james. 

—No es lo que pensás —dijo al fin, con calma.

—Entonces, ¿qué es? —Lewis dio un paso más cerca, buscando la confesión, la grieta.

Franco lo sostuvo con una media sonrisa. 

—Es alguien en quien confío. Eso es todo.

Lewis apretó los labios, pero sus ojos lo traicionaron. Franco lo notó enseguida. No era que desconfiara de James, era que no soportaba la idea de que él, Franco, pudiera mirar a otra persona con el mismo brillo con el que Lewis quería ser mirado.

Franco se inclinó apenas hacia él, bajando la voz. 

—No necesitás inventar rivales donde no los hay.

Por un instante, Lewis se quedó quieto, desarmado. Franco lo observó en silencio, reprimiendo la carcajada que amenazaba con escapársele. El mundo era extraño: él, conociendo el futuro, sabiendo qué papel iba a tener cada uno… y Lewis, atrapado en un presente lleno de inseguridades, convencido de que estaba perdiendo una batalla que ni siquiera existía.Franco suspiró y se apartó, dándole un toque en el hombro. 

—Dejá de preocuparte por fantasmas, Hamilton .

Lo dejó ahí, con la duda clavada en el pecho, mientras se alejaba sonriendo.

Desde aquella confrontación, Lewis no pudo dejar de mirarlo.
Era como si Franco se hubiera convertido en un imán al que odiaba y necesitaba al mismo tiempo.

Con Nico era fácil: cada encuentro era un duelo. Palabras filosas, risas cargadas de pólvora, choques de hombros que siempre terminaban en fuego. Lewis ardía con Nico, aunque a veces el calor le quemara más de lo que quería.

Pero con Franco… era distinto.

Una tarde, en el hospitality, Nico y Lewis discutían sobre telemetrías. Nico, con la sonrisa desafiante, lo empujó verbalmente hasta el límite. Lewis respondió con la misma energía, la misma rabia disfrazada de pasión. Franco estaba ahí, escuchando en silencio, anotando cosas en su libreta como si nada lo afectara.Y esa tranquilidad fue peor que cualquier provocación.

Cuando Nico se fue, dejándolo hirviendo, Lewis giró hacia Franco con un gesto brusco.

—¿Vos tampoco vas a decir nada? —espetó.

Franco lo miró un segundo, sereno. 

—¿Qué querés que diga?

Lewis dio un paso más cerca, demasiado cerca, como si quisiera arrancarle una reacción a la fuerza. Lo que encontró, en cambio, fue la misma calma.

Ese contraste lo enloquecía. Con Nico sentía que iba a explotar, que lo odiaba y lo deseaba en la misma medida. Con Franco, en cambio, lo único que quería era quedarse quieto. Quería apoyarse en él, quería abrazarlo hasta que la rabia se le fuera del cuerpo.

Pero ese impulso lo avergonzaba.Así que lo disfrazaba.

—Sos insoportable, ¿sabías? —dijo con el ceño fruncido, aunque la voz le temblaba apenas.

Franco levantó la vista, apenas divertido. 

—¿Por qué?

Lewis apretó los labios. No podía decir la verdad. No podía decir porque me hacés sentir tranquilo, y eso me asusta más que todo lo que siento por Nico .Así que lo empujó suavemente con el hombro y bufó. 

—Porque sí.

Franco dejó escapar una sonrisa mínima, esa que Lewis odiaba y adoraba al mismo tiempo. Lewis giró la cara, avergonzado, con la sensación ardiente de que se estaba rompiendo en dos: el fuego incontrolable que lo ataba a Nico, y esa calma devastadora que solo Franco sabía darle.

Más tarde, cuando Franco había terminado de revisar unos apuntes Nico se acercó, casual, con una sonrisa eléctrica que siempre encendía discusiones.

—Tenés buena cabeza para esto —le dijo, inclinándose un poco sobre su libreta.

Franco levantó la vista y sonrió apenas. 

—Intento no distraerme.

Nico soltó una carcajada breve, inclinándose todavía más, con la confianza de alguien que no temía invadir espacios. Franco lo toleró, sin incomodidad: después de todo, estaba acostumbrado a lidiar con egos.

Pero a unos metros, Lewis lo veía todo.La sangre le hervía en las venas. Cada segundo que Nico permanecía el cosquilleo de los celos se convirtió en fuego, y antes de pensar, ya estaba allí.

—¿Qué están haciendo? —soltó con la voz dura, clavando la mirada en los dos.

Nico arqueó una ceja, divertido. 

—Charlábamos, ¿problema?

—Sí, problema. —Lewis ni lo disimuló. Giró hacia Franco, los ojos oscuros, la mandíbula tensa—. ¿Y vos qué hacés dejándolo tan encima?

Franco parpadeó, sorprendido. 

—Lewis… estábamos hablando, nada más.

—Siempre es “nada más” —estalló Lewis mirando directamente al hombre más rubio y el tono demasiado alto cuando se giro hacia Franco—. Con Nico siempre es lo mismo. Te acercás, te reís, y parecés olvidar que él… —se interrumpió, mordiendo las palabras.

Nico sonrió con veneno. 

—¿Que él qué, Lewis? 

Franco abrió la boca, intentando calmar el fuego, pero el golpe ya había caído.

—Los dos son insoportables —escupió Lewis, mirándolos como si quisiera quemarlos con los ojos. Y después, directo a Franco: —No esperaba que vos también.

La frase lo atravesó más de lo que debería. Franco sintió un nudo en el estómago, tragó saliva y apartó la vista. No iba a defenderse, no con ese nivel de irracionalidad.

Pero el gesto le dolió a Lewis más que cualquier respuesta.

Nico se marchó con un gesto burlón, encantado de haber dejado a Lewis tambaleando.

El silencio que quedó entre Lewis y Franco fue pesado, incómodo. Franco se quedó quieto, el corazón apretado, mientras Lewis respiraba como si acabara de correr.De repente, el peso de sus propias palabras lo golpeó. Lo había tratado mal, como a Nico, cuando Franco realmente lo único que hacía era existir. 

La culpa lo desarmó.

—Yo… —Lewis murmuró, bajando la voz por primera vez—. No quise decir eso.

Franco lo miró, sereno, aunque en sus ojos todavía quedaba el eco de la herida.

Lewis dio un paso, dudando. Por un instante, lo único que quiso fue abrazarlo, hundir la cara en su hombro y quedarse ahí hasta que la rabia se apagara. El impulso fue tan fuerte que tuvo que apretar los puños para no hacerlo.

En cambio, gruñó, con un gesto torpe. 

—Sos insoportable.

Franco arqueó una ceja, la calma de siempre en su voz. 

—Ya lo dijiste.

Lewis giró la cara, sintiendo el ardor de la vergüenza y la culpa. Era incapaz de confesar que lo único insoportable era su propio deseo de estar cerca, de tocarlo, de calmarse en él.

 

Octubre de 2008

La carrera había sido un caos.
Lewis, en su ímpetu, había arriesgado demasiado en una curva cerrada, y el resultado fue inevitable: contacto. El coche de Franco derrapó apenas, pero lo suficiente para sacarlo de pista y arruinarle la vuelta.

Cuando volvió al garaje, la bronca lo quemaba por dentro. Y lo peor era que Lewis ni siquiera parecía demasiado afectado: estaba sentado, el casco a un lado, con esa mezcla de orgullo y nerviosismo que lo hacía insoportable.

Franco se acercó directo a él.

—¿Qué mierda te pasa? —soltó.

Lewis levantó la mirada, el ceño fruncido. 

—Fue un error.

—¿Un error? —Franco arqueó una ceja, dando un paso más cerca—. ¿O no soportas verme adelante? Al final voy a tener que darle la razón a Nico.

Lewis apretó la mandíbula. 

—No necesitás inventar cosas.

Franco no se detuvo. Otro paso, y ya estaba tan cerca que podía sentir la respiración agitada de Lewis contra su piel. La tensión era eléctrica, brutal.

Lewis se quedó inmóvil, los ojos oscuros clavados en los suyos. En su cabeza, el tiempo se detuvo. El corazón le latía tan fuerte que creyó que Franco podía escucharlo. Y cuando este inclinó apenas la cabeza hacia adelante, Lewis juró que iba a besarlo.

Pero Franco se detuvo a un suspiro de distancia. Sonrió.

—Tranquilo —murmuró— Yo no soy Nico,no muerdo.

Lewis tragó saliva, desconcertado, los labios entreabiertos como si no supiera qué hacer con esa cercanía. Franco se apartó de golpe, dándole una palmada ligera en el hombro.

—Aunque… capaz debería, para que aprendas a no molestarme.

Lewis lo miró, con una mezcla de frustración y deseo que le quemaba los ojos. Había esperado un beso, y en su lugar recibió una broma. Franco lo había dejado colgando, vulnerable, desarmado.

El Argentino se alejó con una sonrisa tranquila, disfrutando el poder del momento. Y Lewis, todavía sentado, sintió que estaba perdiendo una batalla que ni siquiera había entendido que estaba peleando.

 

Diciembre de 2008 - Monaco

La fiesta rugía en el salón, luces parpadeantes, música que vibraba en el pecho. Franco estaba tranquilo, con una copa en la mano, observando a Lewis de reojo. 

Lewis estaba junto a Nico, demasiado cerca, demasiado intenso. La discusión comenzó con risas cortantes y comentarios filosos, un juego que siempre terminaba en fuego. Franco lo sabía, podía leerlo como un libro abierto: cada mirada, cada roce accidental, cada palabra cargada de desafío era una danza peligrosa entre ellos.

—Nico —Lewis espetó, visiblemente irritado y con la voz un poco más alta de la cuenta.

—¿Tonterías? Es tu ego el que no soporta que alguien te lleve la contraria—Nico replicó, divertido, casi burlón, provocando a Lewis hasta sacarlo de quicio.

La tensión escaló rápidamente, y antes de que Franco pudiera reaccionar, Lewis lo agarró del brazo, jalándolo hacia él con fuerza, y Nico respondió igual, pegándose a Lewis, todo en un torbellino de emociones que nadie más parecía notar.

Y entonces sucedió lo inevitable. En un movimiento impulsivo, una mezcla de desafío y deseo, Lewis y Nico chocaron sus labios en un beso intenso que hizo que Franco parpadeó incrédulo antes de apartar la mirada.

Cuando se separaron, la discusión continuó, todavía cargada de fuego y tensión. Franco los vio empujarse, mirarse con rabia disfrazada de deseo, y entendió al instante que nada de esto era simple.Franco respiró hondo, consciente de que Lewis estaba incendiado: la mezcla de celos, furia y atracción lo hacía vulnerable, aunque él no lo supiera todavía. 

Franco simplemente sonrió con calma, disfrutando del espectáculo, sin intervenir.

—Algún día vas a aprender… —murmuró Franco para sí mismo— pero no hoy.

Y fue justo después de este momento que la atención de Lewis se volcó hacia él, borracho y desarmado.

Mierda 

Mierda 

Mierda

Franco, aunque con pánico por dentro, no se movió. Simplemente sostuvo su mirada, tranquilo, imperturbable, como si pudiera leerlo sin esfuerzo. Ese gesto bastó para que Lewis, en lugar de seguir persiguiendo a Nico, se girara hacia él.

Tropezó un poco entre la multitud, el vaso en la mano casi cayéndosele, y llegó hasta donde Franco estaba recostado contra la pared, observando todo como un espectador ajeno.

—Vos… —Lewis masculló, con una sonrisa torcida, el alcohol nublando su tono desafiante—. Siempre mirándome, siempre tan tranquilo… ¿Qué te creés?

Franco lo dejó acercarse, hasta que estuvo peligrosamente pegado a él. El olor a whisky lo envolvía, mezclado con la colonia cara que Lewis solía usar. Y sin que Franco hiciera nada, fue Lewis quien lo invadió, apoyando el brazo contra la pared, encerrándolo.

—No sos mejor que yo… —susurró Lewis, aunque la voz le temblaba apenas—. Pero no puedo dejar de mirarte…

Franco sostuvo la mirada, sin alterarse. Una calma casi cruel que desarmaba a Lewis más que cualquier golpe.

Y ahí, entre el ruido de la fiesta y la rabia que todavía hervía bajo la piel de Lewis, sucedió: se inclinó hacia él, más cerca, cada segundo, buscando algo que ni él mismo entendía del todo..

Franco arqueó una ceja, acercándose todavía más. La cercanía hizo que Lewis cerrara los ojos por un instante, casi derrotado por la atracción que había estado reprimiendo durante semanas. Franco sonrió y en un movimiento calculado, lo besó.Lewis se rindió a ese beso, a esa mezcla de juego y deseo. El alcohol y la pasión quemaban en sus venas, pero Franco mantenía el control, guiando cada contacto, cada caricia.No importaba el ruido de la fiesta ni la gente alrededor: el universo entero se redujo a ellos dos. Franco lo tomó de la cintura, Lewis se pegó más, perdido y firme a la vez. La química que había estado hirviendo durante semanas finalmente explotó.

Lewis estaba pegado a él, la respiración entrecortada, los dedos temblando apenas sobre la cintura de Franco. La música de la fiesta se desvanecía a su alrededor; todo lo que existía era ese momento, esa cercanía que había estado reprimiendo durante semanas.

Franco inclinó la cabeza lentamente, dejándole el espacio para reaccionar. Lewis no lo pensó: se lanzó al beso como si fuera lo único que podía salvarlo del mundo. Esta vez el choque de labios fue eléctrico. Lewis se derritió inmediatamente en sus brazos, como si toda su arrogancia, todos sus celos y toda su impaciencia se deshicieran en ese instante. Sus manos se aferraron a la espalda de Franco, buscando sostén, buscando no soltarse nunca.Franco lo sostuvo firme, con calma, guiando cada contacto. Sentía cómo Lewis se entregaba sin reservas, cómo su cuerpo se relajaba contra el suyo, cómo la rigidez que siempre lo caracterizaba desaparecía por completo.Lewis cerró los ojos y dejó escapar un suspiro profundo, casi de alivio. Su frente se apoyó en el hombro de Franco, la respiración mezclándose, el corazón latiendo al unísono. Era un abandono total, un rendirse a algo que había estado negando durante demasiado tiempo.

Franco sonrió suavemente antes de separarse apenas, suficiente para mirar sus ojos. Lewis estaba rojo, tembloroso, con el pecho subiendo y bajando rápido, completamente derrotado… y completamente feliz.

—¿Ves? —susurró Franco, divertido—. No hacía falta pelear tanto para que te rindieras.

Lewis lo miró, incapaz de hablar al principio, y luego soltó un murmullo ronco:

—Vos… vos me volvés loco.

—Y todavía no viste nada —murmuró, apenas rozando sus labios otra vez, dejándolo temblar, completamente atrapado en sus brazos.

Lewis prácticamente se derretía ahí, en sus brazos, perdido, rendido y totalmente cautivo de Franco. Y Franco, tranquilo y dueño del momento, sabía exactamente el efecto que tenía sobre él.

 

Diciembre de 2025

Franco parpadeó varias veces, desorientado. El rugido lejano de un motor moderno lo sacó de golpe de esa especie de sueño extraño. Estaba de vuelta en su presente, en el paddock que conocía. El aire olía a gasolina y goma caliente, pero distinto, más familiar.

Tardó un segundo en darse cuenta de lo que había pasado. Había vuelto. El viaje se había terminado.Se llevó una mano al pecho, como si todavía pudiera sentir los latidos de aquel Lewis joven contra su piel, su voz cargada de orgullo y vulnerabilidad escondida. Era absurdo, irreal… y sin embargo, lo había vivido. Cada mirada, cada roce, cada palabra cargada de tensión.

—Franco. —La voz lo sacó de sus pensamientos.

Se giró y ahí estaba. Lewis. Pero no el chico impulsivo de hace unas horas o de hace décadas, según la línea del tiempo, sino el hombre que conocía: calmado, con esa madurez que imponía respeto, aunque sus ojos seguían teniendo ese fuego que nunca había cambiado.

Franco lo miró de una manera distinta. No podía evitarlo. Conocía ahora las dos caras: el Lewis joven, caótico, celoso, necesitado de ser visto; y este, el Lewis adulto, que había cargado con todo ese peso y había aprendido a domarlo.

—¿Estás bien? —preguntó Lewis, genuinamente preocupado, inclinándose hacia él.

Franco asintió, aunque por dentro sentía un torbellino. Parte de él quería contarle todo, decirle que lo había visto, que había sido testigo de su fragilidad más pura.Pero se mordió la lengua.

Solo sonrió un poco, con esa calma que tanto lo desconcertaba al Lewis del pasado.
—Sí… estoy bien.

 

EPÍLOGO 

Septiembre de 2024-Monza

Lewis había aprendido a ver miles de rostros en el paddock. Caras nuevas aparecían cada año, jóvenes con hambre de triunfo y la arrogancia de quien aún no entiende del todo lo que cuesta sobrevivir en la Fórmula 1. Pero cuando lo vio a él, cuando sus ojos se cruzaron con los de Franco, algo dentro de su pecho se sacudió.

No podía ser. Era imposible. Y, sin embargo…

Ese gesto. Esa calma en la manera de sostenerle la mirada. La sonrisa que parecía desafiarlo sin una palabra. Era idéntico al chico que había conocido en el pasado, al que se le había quedado grabado en la piel como una cicatriz invisible.

Lewis parpadeó, tragando saliva. No podía dejarse llevar por fantasmas. Quizás solo era una coincidencia cruel, alguien parecido. Pero aun así, no pudo evitarlo: la forma en que se le acercó fue distinta. No como a cualquier piloto nuevo, ni como a un colega que se presenta en el circuito. Lo trató con un cariño inmediato, casi reverencial, como si temiera que se deshiciera frente a él si lo tocaba demasiado brusco.

—Bienvenido —le dijo, con un calor extraño en la voz. Un calor que ni él mismo se esperaba.

Franco sintió un nudo en el estómago.Lewis Hamilton, EL LEWIS HAMILTON, lo estaba viendo, le estaba hablando A ÉL.

—Gracias, Lewis —respondió con sencillez, cuidando cada palabra, porque lo último que quería era delatarse en su fanatismo.

Lewis sonrió. Había algo de alivio en ella, como si hubiera esperado años para volver a ver un rostro tan familiar. Como si, sin poder explicarlo, sintiera que lo tenía otra vez frente a él.

No era amor, no era deseo desenfrenado. Era otra cosa, algo más íntimo: un cariño profundo, instintivo, que brotaba de la herida de no haber podido decir lo que sentía en el pasado.

Lewis no lo sabía, pero en ese instante, lo había vuelto a reconocer… aunque su mente se negará a aceptar lo imposible.