Chapter Text
Franco estaba agotado. Había terminado los test y solo quería desaparecer por un rato.Todavía no podía creer que, por tener que asistir, había tenido que rechazar la oferta del mismísimo Lewis Hamilton. Lo había invitado a viajar con él. Cada vez que lo recordaba, sentía ganas de golpearse la cabeza contra la pared.Estaba tirado en el sillón del departamento que alquilaba, sin energías.
Los últimos días de competencia lo habían dejado completamente drenado: el calor, las entrevistas, las horas en el simulador, las estrategias (muy malas estrategias), y la presión constante.Cerró los ojos un segundo, con el teléfono aún en la mano, y por fin sintió esa primera brisa veraniega que anunciaba las vacaciones.Pero justo cuando se estaba quedando dormido, el celular vibró.
Desbloqueó la pantalla sin mirar, esperando que fuera alguno de sus amigos o su mamá preguntando si ya había comido.
Pero no.Era un mensaje directo de Lewis Hamilton.
Lewis H:
Hey, ¿ya estás libre?
Franco se incorporó. Dudó un segundo, pero sus dedos actuaron por él.
Sí, recién ahora y no pienso moverme en una semana jaja.
La respuesta llegó más rápido de lo que esperaba.
Lewis H:
Parece un plan triste. tengo uno mejor¿si estás interesado?
Franco frunció el ceño, divertido. Algo en ese mensaje tenía un tono distinto.Por lo que envío un simple:
?
Lewis H:
Tengo una casa en una playa privada. Vista al mar, piscina, nada de prensa ni horarios. Tranquilo. Estoy saliendo mañana. Si querés, te paso los datos del jet privado y venís conmigo.
Franco se quedó mirando el mensaje. No estaba seguro de qué lo sorprendía más: la invitación, la naturalidad con la que Lewis la hacía, o el hecho de que parecía decirlo en serio.
¿De verdad?
Lewis tardó más en contestar esa vez.
Lewis H:
Si. Parecías cansado. También sé lo que es estar en tu lugar. Y porque creo que podrías ser una buena compañía .
Franco sintió un pequeño cosquilleo en el pecho. Lewis no era de escribir por gusto. Menos aún de invitar por que si.
Pasame la info del vuelo, entonces. Pero si hay que hacer yoga a las seis de la mañana, me bajo.
Lewis H:
jajaja Trato hecho.
Franco no entendía del todo por qué Lewis lo había invitado pero decirle que no le parecía una falta de respeto al universo.La villa estaba escondida a pocos kilómetros de la costa. Tenía muros blancos, techos bajos y ventanas enormes. Desde la terraza se veía el mar, extendiéndose como un espejo azul hasta el horizonte.Franco se quedó quieto en la entrada, con la mochila colgada de un solo hombro. Lewis pasó junto a él y abrió todas las puertas de par en par.
—Bienvenido a tu no-casa durante una semana —dijo, estirándose como un gato.
Franco lo miró de reojo. Era extraño ver a Lewis sin la ropa del equipo, sin relojes caros ni gafas de diseño. Solo una remera sin mangas, bermudas flojas y una sonrisa que parecía más grande de lo habitual.
—Es increíble —murmuró Franco, caminando hacia la galería.
—Te doy el cuarto de huéspedes. Tiene vista al mar y cortinas que se cierran solas con un botón. Pero si te da miedo dormir solo, podemos negociar.
Franco lo miró de golpe, entre confundido y divertido.
—¿Eh? No, no... está bien. Solo decía... que es mucha vista.
Lewis levantó las cejas, conteniendo la risa.La habitación era amplia, con sábanas blancas y frescas. Franco dejó su mochila sobre la cama y se asomó al balcón.No se escuchaba nada. Solo viento, alguna gaviota lejana. Y el mar, respirando tranquilo.Suspiró. No sabía muy bien qué hacía ahí. Pero estaba agradecido de haber dicho que sí.
Los primeros días pasaron sin apuro.Desayunaban juntos, cada uno con su taza. Lewis a veces cocinaba, otras veces simplemente vian alguien que dejaba todo listo, Franco le hablaba hasta por los codos y para su sorpresa el hombre mayor le seguía la conversación con la misma intensidad, la verdad era que se estaba divirtiendo muchísimo.
Pasaban las tardes junto a la pileta o en la playa. Franco a veces se metía con torpeza, chapoteando como un chico, mientras Lewis lo miraba desde la reposera con las gafas oscuras puestas.
Una tarde, cuando cayeron en un silencio largo, Franco dejó que su cuerpo flotara en la pileta, los ojos cerrados, respirando hondo..Pero por primera vez en mucho tiempo, no sentía que tenía que demostrar nada.Solo estar.Asi la noche había caído sin prisa, como todo en esa casa. Desde la terraza, el mar era apenas una mancha negra salpicada de luces. El aire traía olor a sal y a algo que Franco no terminaba de identificar, quizás jazmín, quizás el perfume suave de Lewis.
Estaban los dos sentados en el borde de la pileta, con los pies en el agua. Franco con una camiseta vieja y el pelo todavía húmedo
—No puedo creer que nadie se haya enterado que estás acá —dijo Franco, rompiendo el silencio.
—Es un arte desaparecer —respondió Lewis, sonriendo—. Aunque ayuda tener una casa a la que nadie más viene.
Franco lo miró de reojo.
—¿Nadie?
Lewis negó con la cabeza, lento.
—Sos el primero. Desde hace mucho.
Franco no supo qué contestar. Sentía una especie de calor interno que no venía ni del clima ni del agua.Pasaron unos segundos en silencio, hasta que Franco preguntó:
—¿Estás bien?
Lewis tardó en contestar.
—No sé.
Eso solo. Dos palabras que pesaron más que cualquier explicación. Franco lo miró, sorprendido por la franqueza, por el tono bajo y casi... derrotado.
—Desde que llegué a Ferrari —empezó Lewis— Todo se siente… fuera de lugar. Como si estuviera jugando un papel en una película que no es mía. Pensé que iba a ser diferente, pensé que podía dar pelea. Pero a veces siento que el auto no responde, que yo no respondo, que ya no sé si estoy a la altura. La prensa no ayuda. Y… —pausó un segundo, y cuando siguió, su voz era apenas un susurro— a veces me pregunto si estoy persiguiendo algo que ya pasó. Si estoy fuera de tiempo.
Franco tragó saliva. Nunca lo había visto así, el tipo que había sido su ídolo de chico, el siete veces campeón del mundo, ahora era solo un hombre agotado.
—Es solo una mala racha —dijo despacio—. ¿Y si es solo parte del proceso? Nadie puede brillar todos los años. Pero vos... vos marcaste una era, Lewis. No tenés que probarle nada a nadie.
Lewis soltó una risa breve, sin alegría.
—Decís eso porque todavía creés que el talento alcanza. Yo también creía eso a tu edad. Pero con el tiempo te das cuenta de que no siempre es suficiente.
Franco lo miró con más atención.
—¿Y qué te hace pensar que ya no lo tenés?
Lewis no respondió. Miraba al frente, a la oscuridad,Franco continuó más firme:
—Sos el tipo que cambió la Fórmula 1. Que abrió caminos. Que inspiró a millones, a mí incluido. No podés decir que eso ya no vale. Porque si lo que hiciste no tiene peso, entonces lo que yo estoy intentando tampoco lo tiene.
Lewis se volvió hacia él. Lo miró. Tenía los ojos ligeramente brillosos, y una expresión difícil de leer.
—No sabía que pensabas así de mí —dijo, con la voz quebrada.
Franco se encogió de hombros, medio sonriendo.
—Nunca te lo dije. Pero pensé que lo sabías.
Lewis bajó la vista, tragó saliva. Su mandíbula tembló apenas.
—Gracias —murmuró.
Franco se acercó un poco más y le apoyó la mano en el brazo.
—No estás solo en esto.Mirame a mi, tuve la peor parada del año y todo el mundo está a la expectativa de que me estampe contra la pared para que me echen del equipo.
En ese momento, Lewis sintió cómo algo en él se aflojaba. Como si toda la tensión, el cansancio y la presión encontrarán por fin un lugar donde caer. No estaba acostumbrado a que alguien lo sostuviera. Mucho menos alguien como Franco, tan joven y sincero.Le tomó la mano con fuerza.La intensidad fue tan repentina que Franco bajó la vista de inmediato. Un mechón de pelo se le pegó a la frente, y cuando quiso sacárselo, Lewis se le acercó sin aviso y lo hizo él mismo, con un roce de dedos tan suave que apenas se sintió… pero bastó para que Franco se quedara helado.
—Ahí —dijo Lewis, como si nada.
Franco tragó saliva. Agradeció la oscuridad; sentía que tenía las mejillas calientes.
—Gracias —murmuró.
Se hizo un silencio. No incómodo. Como si el aire hubiera cambiado de forma.
—¿Vos sabías desde chico que querías correr? —preguntó Lewis, buscando alivianar el ambiente.
—Sí. Era eso o nada. Nunca me imaginé otra cosa. Ni siquiera sabía si era bueno. Solo... lo deseaba. Como si fuera lo único que me hacía sentir vivo.
Lewis asintió. Lo entendía. Lo entendía demasiado bien.
—Te vi desde el principio —confesó—. No solo corriendo. Sino cómo mirás el auto. Lo noté en las primeras prácticas, tenés esa cosa que no se enseña.
Franco se tensó un poco, sorprendido.
—¿Me observás?
Lewis se rio bajito.
—Más de lo que debería.
Y otra vez ese silencio. Franco no sabía cómo reaccionar. No estaba seguro de qué estaba pasando. Solo que su corazón iba más rápido, y que sentía que cada palabra que decía Lewis tenía una capa más abajo.
—Yo no sé muy bien cómo hacer esto —dijo Franco de repente, sin pensarlo.
Lewis lo miró.
—¿Hacer qué?
Franco se encogió de hombros.
—Hablar. Relajarme. Conectarme, creo. Siempre estoy... corriendo en la cabeza, como si alguien estuviera mirándome.
Lewis apoyó una mano en su brazo.
—Acá no hay nadie más —dijo—. Podés dejar de correr.
El cuarto día amaneció más cálido de lo habitual.Franco se despertó con la piel pegajosa, el cabello revuelto y una pereza dulce recorriéndole el cuerpo. Salió a la galería con una remera suelta y un short de baño. No esperaba ver a Lewis ya en la pileta, pero ahí estaba: nadando en línea recta, con una precisión casi hipnótica.Lewis se acercó al borde, saliendo con movimientos lentos, el torso brillando bajo las gotas. Franco intentó no mirarlo demasiado.
—¿Siempre nadás a la mañana? —preguntó, sentándose en el borde.
—Cuando quiero pensar. O dejar de pensar.
Franco metió los pies en el agua.
—¿Y qué era?
Lewis sonrió. Se sacudió un poco el agua del pelo y se sentó a su lado, más cerca de lo que Franco esperaba.
—Últimamente pienso demasiado en ciertas cosas.
Franco asintió, aunque no entendía del todo. Sentía que Lewis le hablaba en un código más profundo. Como si cada palabra tuviera dos significados, y él solo llegará al primero.
—¿Querés meterte? —preguntó Lewis, sin moverse.
Franco lo miró, dudando.
—No traje toalla.
—No importa —contestó Lewis, sin pensarlo. Su voz fue más baja—. Después te presto una mía.
El tono fue tan casual y distinto a la vez, que Franco se metió al agua solo para escapar de él.Chapoteó un poco, nervioso, mientras Lewis lo seguía con la mirada. Luego, sin decir nada, Lewis volvió a meterse también.Estuvieron un rato en silencio, flotando cerca, sin hablar.Hasta que pasó.
Un roce accidental de piernas bajo el agua.
Una de esas cosas que podrían ignorarse. Pero ninguno de los dos lo hizo.Franco se quedó quieto.Lewis tampoco se movió.Los ojos de Franco lo buscaron con cierta confusión, como si esperara que él dijera algo que justificara lo que acababa de pasar.Pero Lewis no dijo nada. Solo se le acercó un poco más y entonces, otra vez. Esta vez con intención.La mano de Lewis rozó la suya bajo el agua. Franco observó los dibujos de su mano sobre la suya pálida. No fue una caricia abierta, pero tampoco inocente.Fue un testeo y el argentino, por puro reflejo, no se alejó.
—¿Frío? —preguntó Lewis, en voz baja.
Franco negó, con la garganta seca.
—No... está bien.
Estaban a centímetros. El agua templada y la tensión flotaba entre ellos como vapor pero no cruzaron la línea.Todavía no.
Lewis se alejó con un movimiento suave, como si no hubiera pasado nada.
—Voy a preparar algo para comer —dijo, saliendo de la pileta con calma.
Franco se quedó flotando solo, el corazón enredado en el pecho.Pero cada vez tenía más claro que algo, definitivamente, estaba pasando.
La tarde había sido larga, calurosa, y bastante callada.Después de nadar, Franco se dedicó a leer un libro viejo que encontró en la biblioteca de la villa.La noche cayó espesa, sin brisa.Franco estaba acostado boca abajo sobre uno de los sillones grandes de la galería. Tenía la camiseta pegada a la espalda y un suspiro escapándose entre dientes.
—Estás todo tenso —dijo Lewis desde algún lado detrás de él.
Franco levantó la cabeza, perezoso.
—Es la pileta. O el calor. O todo junto.
Lewis se acercó sin pedir permiso.
—Vení un rato a mi cuarto, si querés. Puse algo de mi música que me gustaría mostrarte. Y hace menos calor que afuera.
Franco dudó un segundo. No porque le molestara, sino porque... no se lo esperaba.Pero luego asintió.
—Dale.
El cuarto de Lewis era amplio, oscuro, con una luz suave viniendo desde un parlante antiguo que reproducía su voz junto a un ritmo tranquilo. Había una campera colgada de una silla, una vela encendida sobre la cómoda y el perfume de Lewis flotando en el aire. Franco se sentó en el borde de la cama, sin saber bien qué hacer con las manos.Lewis en cambio se le acercó sin apuro, se sentó detrás de él y apoyó una mano en su hombro.
—¿Te molesta si…?
Franco negó con la cabeza antes de escuchar la pregunta completa.
—No.
Las manos de Lewis encontraron el cuello, los omóplatos, la espalda. Esta vez no eran solo cuidadosas. Había algo distinto en la forma en que se deslizaban. Más lentas. Más intencionadas.Franco cerró los ojos, exhalando por la nariz.Sintió cuando Lewis se acercó más,el aliento tibio contra su cuello.
—Podés decir que pare —susurró Lewis.
Franco se quedó quieto, luego giró el rostro apenas.
—¿Y si no quiero?
Hubo un silencio y entonces, Lewis rozó con los labios el borde de su cuello.Apenas. Una caricia. Un gesto de absoluto cuidado.
Franco tragó saliva.
No se movió.
—¿Franco? —dijo Lewis, con voz tan baja que apenas la escucho.
Franco giró apenas la cabeza. Sus ojos se encontraron.
Y entonces lo besó.
Sin urgencia.Sin apuro.Como si hubiera esperado cada segundo de esa semana solo para eso.Franco lo beso con torpeza al principio.Lewis lo guió. Lo empujó hacia atrás con cuidado, hasta que Franco estuvo recostado sobre la cama.
Las sábanas frescas.
La piel ardiendo.Franco abrió los ojos cuando Lewis se alejó apenas, buscando permiso en su mirada.
—Estoy bien —susurró.
Lewis asintió, acariciándole la mandíbula con los nudillos.
—Solo decime si querés que pare.
Pero Franco no dudó.
—No pares.
Y esa fue la última palabra antes de que el silencio se llenara de respiraciones entrecortadas, manos explorando y ropa cayendo despacio al suelo.
No hubo prisa.
No hubo ansiedad.Solo dos cuerpos que, después de tanto rodearse, finalmente se encontraron.Sus cuerpos encajaban como piezas de algo inevitable. Franco se dejó caer en la cama con los dedos de Lewis bajándole el pantalón con precisión criminal. No había apuro, pero tampoco paciencia. Solo necesidad
Cuando Lewis intentó sacar su remera, Franco lo detuvo, agarrándole la muñeca con firmeza.
—Dejame a mí —le dijo, la voz un poco más grave de lo normal.
Lewis arqueó una ceja. Esa fue la primera sorpresa.Franco se inclinó sobre él y lo besó otra vez. Más profundo, más intenso. Le mordió el labio. Lo empujó contra el respaldo con una mano en el pecho. Se le montó encima con las piernas abiertas.Franco deslizó las manos bajo la camiseta de Lewis y se la quitó sin delicadeza, rozándole los brazos con los nudillos. Bajó a besarlo por el cuello, marcando el ritmo con la cadera, fricción contra fricción. Lewis soltó un suspiro contenido.
—Pensé que no te dabas cuenta de mis intenciones —murmuró, ya con voz entrecortada.
Franco sonrió contra su clavícula.
—Me di cuenta. Y ahora tengo las mías.
Lo besó otra vez. Profundo. Luego bajó por su pecho, por su abdomen, hasta que Lewis se arqueó involuntariamente bajo él. Pero Franco no iba con apuro. Quería hacerlo sentir. Quería ver cómo el hombre se desarmaba debajo suyo.
Y lo logró.
Lewis lo miraba desde abajo, con los labios entreabiertos y la piel brillando de deseo, mientras Franco se deshacía de la ropa que quedaba y lo recorría con las manos como si cada parte de su cuerpo fuera nueva.Cuando llegó el momento, Franco se tomó su tiempo bajó por su espalda con besos abiertos, húmedos, hasta la curva de la cintura. Su lengua lo rozó, provocadora. Sus dedos lo separaron, con calma, con precisión, mientras su otra mano lo sostenía con fuerza.Lo hizo entre gemidos bajos, respiraciones irregulares.
Lewis lo abrazó por la nuca cuando finalmente lo sintió entrar. Cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo y entonces Franco se movió.Lewis jadeó, se aferró al acolchado, y levantó la cadera apenas, ofreciéndose sin una palabra más.Fue lento al principio. Lento pero firme. Un ritmo medido. Lewis gemía contra su cuello, murmuraba su nombre, se aferraba a él. Franco lo sujetaba de la cadera con fuerza. Le besaba el cuello, el hombro y la boca. Cada empuje era más profundo, más caliente. Y no había nada más que eso: piel contra piel, deseo compartido, y dos cuerpos encontrándose en una coreografía íntima.
Lewis no dijo nada cuando llegó al límite. Solo se quebró, con un gemido ronco y largo, mientras Franco lo sostenía fuerte, empujando hasta el final, hasta que el propio lo atravesó Después, se dejaron caer juntos envueltos en calor, sudor y algo más grande que eso: confianza.Lewis apoyó la cabeza en su hombro. Respiraba agitado con la piel mojada. Piernas temblando y el aire denso,Lewis se giró con dificultad, el pelo revuelto, las mejillas rojas, y una expresión que Franco no se le iba a olvidar nunca.
El sol apenas asomaba cuando Franco abrió los ojos.
La habitación seguía envuelta en la penumbra, pero ya no era una noche cerrada. Había una brisa entrando por la ventana entreabierta, cargada con el olor del mar y el silencio que sólo existe a primera hora de la mañana.Lewis dormía a su lado, de costado, el pecho desnudo subiendo y bajando con suavidad. La mano extendida sobre el colchón.
Franco se quedó mirándolo un momento.Tenía el cuerpo todavía tibio, la piel sensible. Pero lo que más lo desbordaba era la mezcla de calma y vértigo. Como cuando uno va bajando una montaña rusa, riendo pero con el estómago en la carganta.
No sabía del todo qué sentía.Solo sabía que necesitaba moverse.Se levantó despacio, se vistió y bajó las escaleras descalzo.
El aire afuera lo recibió como una caricia y sin pensarlo, caminó hasta la playa.La arena todavía estaba fría bajo sus pies. El mar fresco frente a él. Franco se sentó cerca de la orilla, las piernas cruzadas, el viento en la cara. No había nadie. Solo él. Y la idea de Lewis todavía sobre su piel.No se arrepentía.Pero le costaba entenderlo.No porque no lo hubiera querido… sino porque nunca se había imaginado que realmente pasaría.Suspiró, cerrando los ojos.
—Franco.
La voz lo sobresaltó.
Se giró de inmediato.Lewis venía corriendo desde la villa, sin remera, con los ojos muy abiertos y el rostro desencajado.
—Franco —repitió, más aliviado ahora—. Estabas… no estabas.
Franco se puso de pie enseguida.
—Perdón. No quise asustarte. Solo… me desperté temprano y necesitaba un poco de aire.
Lewis se frenó frente a él, todavía respirando agitado.Tenía las manos temblorosas y en los ojos, algo más que susto. Miedo real.
—Creí que te habías ido —murmuró—. Que no sabías cómo decírmelo.
Franco frunció el ceño, y se acercó sin dudar. Le tomó las manos, cálidas y tensas.
—¿Eh? No. No me fui. Solo salí a pensar un rato. Me hizo bien.
Lewis bajó la cabeza, como si sintiera vergüenza por su reacción.
—Es ridículo, no me pasa esto. No me pasa despertarme y preocuparme por si alguien se fue sin despedirse. No dejo que me pase.
Franco apretó sus manos un poco más fuerte.Esa confesión le estrujó un poco el pecho.
—No sos ridículo. Fui yo el que se fue sin decir nada. No quería asustarte .
Lewis lo miró, por fin con los ojos más tranquilos.Franco se mordió el labio. Y luego, sin decir nada más, lo abrazó.El pecho desnudo de Lewis contra su camiseta.Sus brazos envolviendolo fuerte.
—No me fui —dijo Franco, con la boca apoyada en su hombro—. Y no tengo pensado irme.
Lewis apoyó la frente contra su sien.Se quedaron así unos minutos más, con el mar respirando a su lado.Y por primera vez desde que llegaron a esa villa, ya no flotaban en tensión.
Sino en algo más profundo.
Más real.
