Chapter Text
Quizá el amor sea acariciar la fragilidad del otro y no culparla.
Ser amparo donde hubo miedo.
Robar no era algo que enorgulleciera a Jayce Talis. No era el tipo de hombre que había sido criado para aquello. Su madre le había enseñado a trabajar con las manos, a usar su mente como su mayor herramienta, a mantenerse firme en la verdad incluso cuando el mundo se desmoronara. Pero vivir en Zaun cambia a las personas. Lentamente, como el veneno en el aire, como la humedad que se cuela por las rendijas hasta asentarse en los huesos, como la desesperación que se vuelve costumbre.
No importa quién seas ni de dónde vengas. Zaun no perdona. No se adapta a ti. Tú eres quien debe adaptarse a ella, si quieres sobrevivir.
Jayce lo había aprendido a la fuerza.
Ser expulsado de Piltover no había sido solo una caída. Fue una ejecución pública sin ceremonia. Tras la explosión en su laboratorio, nadie le dio oportunidad de explicarse. Las palabras de los supuestos aliados, como la concejal Cassandra Kiramman, desaparecieron en cuestión de días. Nadie quiso comprometer su prestigio por un joven inventor venido de las casas bajas. Nadie se atrevió a levantarle la voz al sistema cuando el sistema había decidido que Jayce Talis era un peligro.
Así que lo abandonaron. Lo borraron.
Y él cayó.
Durante meses, intentó sostenerse con lo que le quedaba de dignidad, de ideales, de humanidad. Se negó a robar. Se negó a estafar. Se negó a usar su fuerza para algo más que cargar piezas o arreglar maquinaria oxidada a cambio de monedas que apenas bastaban para un pan duro y un catre compartido.
Pero un año entero en Zaun enseña lecciones que ningún maestro de la Academia podría impartir. El hambre es un maestro más severo. La fiebre, una amenaza constante. Y la soledad, la peor enfermedad de todas.
Fue entonces cuando entendió que sus valores no lo alimentarían. Que la moral era un lujo para quienes dormían bajo techos de cristal y discutían en salas decoradas con mármol. Para quienes tenían alguien que les respondiera el teléfono cuando todo iba mal. Para quienes no temían que los apuñalaran por mirar demasiado tiempo al hombre equivocado en el callejón equivocado.
Así que aquí estaba. De nuevo.
La noche lo envolvía como un abrigo raído mientras se deslizaba entre las sombras de Piltover, envuelto en harapos y mugre, con los nudillos fríos y las botas cubiertas de barro seco. El aire de las alturas era más limpio, sí, pero también más cruel. Frío y altivo, como la ciudad que lo había repudiado.
Jayce respiraba hondo, controlando el ritmo de su corazón. No era la primera vez que hacía esto. No sería la última.
Tenía bien estudiadas las rutas de patrulla de los guardias. Sabía cuántos pasos daban antes de girar en la esquina. Cuánto duraban las pausas cuando se encendía un cigarrillo. Conocía las mansiones que quedaban vacías los fines de semana, cuando las familias ricas viajaban a sus casas de campo. Estudiaba los horarios, las ventanas sin protección, los jardines sin perros.
Esta vez, había escogido una residencia más grande pero alejada. No era la casa de un miembro del Consejo, ni mucho menos, pero sí de alguien con dinero suficiente como para no notar que faltaban un par de objetos de plata o una joya guardada en un cajón mal cerrado. No buscaba riquezas. Solo lo suficiente para cambiar por comida, medicinas, alguna pieza que pudiera vender en el mercado negro.
Avanzó agachado por el costado del muro de piedra, luego escaló con la agilidad de alguien que ya lo había hecho muchas veces antes. No necesitaba pensar. Su cuerpo ya sabía qué hacer. Las manos se aferraban a las repisas, a las ramas, a los barrotes. Cayó al otro lado del muro sin un solo sonido, y cruzó el jardín como una sombra.
Jayce no quería robar.
No quería vivir así.
Pero morir por orgullo le parecía, en ese momento, mucho más estúpido.
Abrió su vieja navaja con cuidado. No era su favorita, pero era la única que le quedaba. Se acercó a una de las ventanas traseras, forzando la cerradura sin prisa. Una chispa metálica, un clic silencioso. La ventana cedió.
Y entonces se deslizó dentro como un fantasma, con la mirada gélida, el estómago vacío y el corazón endurecido por la necesidad.
Jayce se movió con cautela, manteniendo la espalda pegada a la pared y los pasos tan suaves que ni el piso crujía bajo sus botas. La habitación en la que había irrumpido era oscura, y el aire olía a encierro: una mezcla de madera barnizada, polvo antiguo y flores muertas. No parecía una habitación usada con frecuencia. Extendió la mano con lentitud, tanteando a ciegas en busca de un interruptor, algún picaporte, cualquier indicio que le dijera dónde estaba.
Sus dedos rozaron una superficie metálica, probablemente una perilla.
Se inclinó un poco, girándola con extrema lentitud, para que no chillara. La puerta se abrió apenas un resquicio, lo suficiente para que él pudiera asomar un ojo por la abertura y observar el pasillo contiguo. Lo primero que notó fue la luz cálida proveniente de una lámpara de pie. Lo segundo, y mucho más alarmante, fue la presencia de alguien más.
Un alfa.
Jayce se congeló.
El hombre estaba de espaldas a él, delgado pero erguido, con la postura autoritaria y rígida de alguien acostumbrado a ser obedecido sin cuestionamientos. Vestía ropa bien cortada, elegante, y cargaba en brazos a un niño dormido, no mayor de cuatro años. Jayce entrecerró los ojos, intentando ver más allá del cuadro silencioso. El alfa hablaba en voz baja, pero su tono era tenso, amenazante, como si cada palabra fuera una cuerda enrollada alrededor del cuello, lo suficientemente apretada como para advertir que no debía ser desafiado.
Frente a él, de pie en el pasillo, estaba un omega.
Tenía la cabeza alzada, pero la mirada extraviada, como si no viera realmente al alfa frente a él, sino una imagen ya conocida, repetida tantas veces que había dejado de afectarlo. Una rutina de sumisión. Un acto aprendido.
Pero a Jayce nada de eso se le escapó. A la tenue luz del pasillo, distinguió el morado desdibujado que se extendía desde el pómulo izquierdo del omega hasta la sien, parcialmente disimulado por la sombra de su cabello. El labio inferior estaba partido, aún sangrante, la herida reciente. El contraste de esa sangre contra su piel lo hizo parecer frágil, casi irreal. Un espectro acostumbrado a recibir daño.
El estómago de Jayce se contrajo.
Carajo.
Había cometido un error grave.
Había fallado en asegurarse de que la casa estuviera vacía.
Por un momento, su mente corrió con mil escenarios posibles.
Maldijo en silencio su desesperación. Se había dejado llevar por la necesidad y había bajado la guardia. Era una estupidez, una que podía costarle caro.
—Volveré por la mañana —dijo el alfa entonces, con un tono que no buscaba agradar ni fingía afecto. No era una promesa. Era un recordatorio. Una advertencia.
El omega no contestó.
El alfa giró levemente sobre sus talones, como si fuera a avanzar hacia el interior de la casa, y en ese instante, Jayce supo que corría peligro. Desde su posición, entendió que el hombre se dirigía directamente a la habitación donde él se ocultaba. Tal vez a dejar al niño en una cuna. Tal vez a recoger algo. Pero si lo veía, todo terminaría.
Jayce apretó la mandíbula, evaluando. Podía con él. El tipo era más flaco, y ahora mismo tenía al niño en brazos. Jayce era más alto, más fuerte. No sería la primera vez que se enfrentaba a alguien en una pelea rápida, y menos si su vida estaba en juego.
Ya estaba flexionando las piernas, preparado para abalanzarse, cuando ocurrió algo inesperado.
El omega se movió.
Rápido, sin pensarlo dos veces, como si supiera que era su única oportunidad para desviar el curso de los acontecimientos. Alargó una mano temblorosa y tomó al alfa del brazo, sujetándolo con una súplica muda que caló hasta los huesos de Jayce.
—No... no es necesario —murmuró el omega, en voz baja, como si cada palabra le doliera. Y luego, con un poco más de urgencia—: Solo vete... por favor.
El alfa se detuvo. Jayce no alcanzó a ver su rostro, pero pudo notar la tensión en su espalda. Por un segundo, el aire se volvió más denso. El niño en sus brazos se removió levemente, soltando un suspiro somnoliento.
Jayce no podía moverse. Estaba atrapado en esa escena como si fuera un intruso en un teatro sin quererlo. Lo único que podía hacer era observar, escuchar, y decidir con extrema precisión el momento en que intervendría... si es que debía hacerlo.
El alfa, de postura refinada y movimientos ensayados, respondió al contacto del omega con un acto de rechazo brutalmente natural. Sacudió el brazo que el omega había osado sujetar como si su sola piel lo hubiera ensuciado. No lo miró. No le respondió con palabras suaves ni una mínima muestra de respeto. Solo giró un poco el rostro, los labios fruncidos con desdén.
—Bien. Me llevaré al niño. —La frase no sonó como un anuncio, ni siquiera como una decisión. Fue una sentencia, seca y despiadada, dicha con la misma ligereza que alguien usaría al avisar que se lleva un abrigo olvidado.
Jayce observó cómo el hombre retomaba su camino hacia el extremo opuesto del pasillo, alejándose del cuarto donde él se ocultaba. El niño dormía aún sobre su hombro, con el rostro sepultado contra su cuello, ajeno a todo. La escena habría sido tierna si no estuviera teñida por una tensión tan cruel.
Jayce permaneció inmóvil durante varios segundos, observando al omega que quedaba atrás.
El portazo que siguió retumbó con violencia en la casa silenciosa. Un segundo después, se oyó el arranque de un motor, y luego el vehículo alejándose por la calle adoquinada. El sonido fue menguando hasta disolverse del todo.
Pero el omega no se movió.
No suspiró. No lloró. No corrió tras el auto. Simplemente se quedó ahí, en el mismo lugar donde lo había dejado su esposo, con los brazos a los costados del cuerpo y el rostro apenas iluminado por la lámpara del pasillo. Parecía una estatua viva, abandonada a propósito en un museo donde nadie entra.
Y entonces...
—Sé que estás ahí. —La voz quebró el silencio como una piedra lanzada a través del cristal.
Jayce se tensó de inmediato. Dio un salto involuntario con el ceño fruncido, los músculos listos para pelear o correr. Maldita sea. ¿Le estaba hablando a él?
El omega no se movió aún. Pero lentamente, giró el rostro. Y justo donde Jayce aún mantenía asomado un ojo por la abertura de la puerta, las miradas se encontraron.
Ya no había duda.
Le hablaba a él.
El omega ladeó la cabeza levemente, con un movimiento suave, casi felino, y sus ojos lo observaron con una intensidad que Jayce no supo cómo interpretar. Eran grandes, oscuros... y extrañamente dilatados. Las pupilas, desproporcionadamente abiertas, brillaban con una fijeza inquietante, como si sus ojos no estuvieran registrando la realidad completa... como si hubiera una capa de niebla entre él y el mundo.
Jayce entrecerró los suyos, analizando. Esos ojos no eran naturales. No de ese modo.
Estaba drogado. Medicado. O peor, entumecido con algo que lo mantenía a flote por la fuerza.
—¿Quieres cenar? —preguntó de golpe el omega, con una voz que sonó tan repentina como fuera de lugar.
No parecía burlón. No parecía asustado.
Simplemente se giró, como si acabara de invitar a un huésped invisible que sabía que llevaba rato espiando. Jayce lo vio empezar a caminar hacia el otro extremo del pasillo, donde la luz era más suave y comenzaba un corredor de madera adornado con tapices antiguos. Fue entonces cuando notó la cojera.
Era leve, pero real. Cada tercer paso, el omega desviaba el peso de su cuerpo con un mínimo temblor, como si una pierna le doliera. O estuviera herida.
Jayce lo observó alejarse, sorprendido, confundido, algo molesto. Nada de esto estaba en sus planes. Había venido a robar una casa vacía. A tomar un par de cosas y marcharse sin ser visto. Pero en lugar de eso, había presenciado la entrega de un niño, una violencia doméstica apenas disimulada, una escena de abandono... y ahora, una invitación a cenar como si fueran viejos conocidos.
La voz del omega, sin embargo, aún flotaba en su mente.
Jayce salió de la habitación en completo silencio, su cuerpo aún tenso, la navaja firmemente sujeta en su mano derecha, alzada a la altura del pecho, lista para usarse si llegaba a ser necesario. Su respiración estaba controlada, contenida por pura experiencia; había aprendido a no confiar en lo que parecía inofensivo. El instinto le decía que algo no estaba del todo bien, que esa invitación improvisada no era producto de la cortesía sino el reflejo distorsionado de una mente alterada.
Pisó el pasillo con pasos lentos y firmes, la mirada recorriendo cada rincón. Las luces cálidas revelaban una decoración sobria, clásica, con marcos de madera tallada en las paredes y alfombras perfectamente alineadas a lo largo del suelo. El ambiente era frío, pero no por falta de calefacción; era un frío emocional, como si la casa estuviese construida sobre hielo. Las paredes, los muebles, todo parecía impoluto... y muerto.
Fue entonces cuando lo notó.
Los cuadros.
Cada uno colgado con precisión matemática. Cada imagen cuidadosamente elegida. El alfa elegante —el que había presenciado minutos antes— aparecía en la mayoría de ellos: sonriendo con rigidez, en eventos sociales, posando junto al niño que acababa de llevarse. En algunas, el pequeño era un recién nacido envuelto en mantas suaves, en otras, ya caminaba, sostenido por una mano adulta.
Pero en ninguno de esos cuadros aparecía el omega.
Al menos no completamente.
Jayce se detuvo frente a uno en particular. Era una fotografía tomada en lo que parecía ser una sala de hospital, o tal vez una habitación acondicionada para el nacimiento. El alfa estaba de pie, orgulloso, con el bebé en brazos. Pero no lo sostenía solo. Justo al borde del encuadre, se alcanzaban a ver unos brazos pálidos envueltos en una bata, extendidos hacia el recién nacido. Las manos eran delicadas, claramente de un omega, y por la forma en que abrazaban al pequeño, no cabía duda de que era su otro progenitor.
Pero eso era todo. Solo brazos.
Ni el rostro. Ni el cuerpo.
Jayce frunció el ceño. Un padre sin nombre. Un omega sin rostro.
La omisión era deliberada. El borrado, brutal.
Volvió a avanzar, guiado ahora por el más tenue rastro de feromonas. Dulces, suaves, pero artificialmente contenidas, como una flor marchita rociada con perfume para parecer aún viva. Era un olor agradable —olor a lirios, con un toque casi medicinal, como si hubieran intentado ocultar otro aroma más profundo y desordenado debajo de una fragancia predecible. Jayce sabía reconocer el estado hormonal de alguien como él por la densidad del aroma, por la forma en que se impregnaba en el aire. Aquel omega estaba desequilibrado. Demasiado calmado para alguien que había recibido una paliza. Demasiado sereno para estar solo en casa con un intruso armado.
Siguió ese rastro hasta el final del pasillo, doblando a la derecha hacia una amplia cocina iluminada por luces frías y blancas que colgaban del techo en hileras ordenadas. El contraste con la penumbra del resto de la casa era casi doloroso. No solo por el cambio de luz, sino por la escena que lo recibió.
El omega estaba de pie frente a la cocina, con la espalda recta, tarareando suavemente una melodía que Jayce no reconoció. Vestía un camisón dormir de tela delgada, seda cara, ligeramente arrugada, lo que dejaba ver aún más claramente los moretones bajo la piel expuesta del cuello y las piernas. No llevaba zapatos. Caminaba descalzo sobre las baldosas frías, sin dar muestras de incomodidad.
Sobre la mesada había algunos ingredientes dispersos. Nada complejo. Pan, un poco de queso, jamón. Estaba preparando algo rápido, mecánico, como quien sigue una rutina antigua, sin pensar demasiado en lo que hace.
Jayce se mantuvo en el marco de la puerta, observando sin bajar la navaja. El contraste entre la fragilidad del omega y su aparente tranquilidad era desconcertante. No mostraba miedo. No se inmutaba ante su presencia. No lo miraba de reojo ni buscaba un teléfono, ni una salida. No temblaba.
Era como si ya estuviera acostumbrado a que irrumpieran en su vida sin pedir permiso.
Como si, después de todo lo vivido, un ladrón con un cuchillo fuese lo menos preocupante de su noche.
Jayce tragó saliva, incómodo, los ojos fijos en la figura del omega mientras su mente trataba de entender. Aquello no era normal. Ni lógico. Ni seguro.
Y sin embargo... ahí estaba él. Con hambre, con culpa... y con una pregunta sin respuesta golpeándole el pecho:
¿Qué demonios le habían hecho a ese hombre para que ya no le temiera a nada?
Era hermoso. Pero no de una belleza suave o infantil, no de esas que inspiran ternura o se desdibujan con el tiempo. Era una belleza afilada, precisa como el filo de una navaja. Rasgos marcados, simétricos, pero no por ello duros. Pómulos altos, mandíbula sutilmente angulada, labios carnosos y pálidos, ligeramente partidos por la herida reciente. Bajo su ojo derecho había un lunar oscuro, pequeño, como una lágrima perpetua. Otro lunar se posaba sobre su labio superior, del lado izquierdo, tan perfectamente ubicado que parecía dibujado por una mano experta.
Tenía la piel clara, tersa, pero no inmaculada. Jayce, aún desde la distancia, notó las cicatrices finas sobre una de sus piernas, signos inequívocos de una cirugía pasada. No eran recientes, ya habían sanado, pero la piel no mentía: había habido bisturí, recuperación, dolor. Era el tipo de marcas que la mayoría ocultaría... pero el omega no parecía preocupado por ello.
Los ojos del omega eran ámbar. O al menos, eso alcanzaba a distinguir Jayce detrás de las pupilas dilatadas que consumían casi todo color. Parecían pozos profundos, carentes de luz interna, o más bien saturados por ella. No enfocaban del todo. No temblaban tampoco. Seguían tarareando en el eco de sus movimientos como si su mente estuviera a medio camino entre esta cocina y algún otro lugar donde el peligro no existía.
Jayce dio un paso al interior. La navaja aún estaba en su mano, pero ya no en alto. El filo apuntaba al suelo, como si su cuerpo estuviese demasiado ocupado procesando lo que veía como para mantenerla en posición de ataque.
El omega rompió el silencio con una pregunta inesperadamente doméstica.
—¿Tienes alguna alergia?
Jayce parpadeó.
La voz era suave. Monótona, sí, pero clara. Como si acabara de preguntarle la hora. Como si no hubiera nada extraño en su presencia, en la sangre seca aún visible en su labio, en el hecho de que él fuera un ladrón armado, y él simplemente estuviera preparando la cena.
—No —masculló Jayce, la voz más ronca de lo que esperaba. Se aclaró la garganta. Bajó un poco más la navaja, aunque no la guardó.
El omega asintió con simpleza, como si eso cerrara una conversación que Jayce ni siquiera sabía que había comenzado.
—Bien. Hay té y café, si quieres. —Dicho eso, continuó lo que estaba haciendo, como si su respuesta fuera suficiente para asumir que Jayce se quedaría. Como si ya fuera parte de esa escena absurda.
Jayce no se movió de inmediato. Su mente se debatía entre lo racional —huir, robar algo y desaparecer, dejar esa casa y su dueño en la miseria donde estaban— y lo instintivo, lo profundamente humano: la necesidad de entender. De preguntar. De intervenir.
—¿Por qué no estás asustado? —preguntó de pronto, con voz baja, midiendo cada palabra.
El omega no respondió enseguida. Terminó de colocar las rebanadas de pan en el plato, giró levemente el rostro y dijo:
—Porque hay cosas peores que un ladrón con hambre.
Jayce sintió que esa frase, dicha con una naturalidad aterradora, le caló más hondo que cualquier amenaza.
Y como si esas palabras fueran tan triviales como el aire, como si no estuviera compartiendo su casa con un desconocido que se había infiltrado en plena noche, el omega simplemente colocó un único plato sobre la mesa. El sonido de la cerámica contra la madera fue suave, casi inaudible, pero en la tensión del ambiente pareció resonar con una intensidad inusual. Luego, sin decir más, se sentó con toda la calma del mundo en la silla justo frente a donde había dejado el plato. Sus movimientos eran pausados, refinados sin pretensión, casi perezosos pero con la elegancia natural de quien está acostumbrado a ser observado.
Entonces, sin urgencia pero con firmeza, hizo un gesto mínimo con la mano—una invitación más que una orden—señalando la silla vacía delante de él.
—Por favor, disfruta —dijo con suavidad, su voz baja, melódica, como si el peligro nunca hubiera sido parte de la ecuación. Se acomodó en su silla, cruzando las piernas con un movimiento tan grácil que parecía más el inicio de una danza que un simple cambio de postura. Su mirada, sin embargo, seguía perdida en alguna parte de la cocina, o quizá más allá, como si su cuerpo estuviera presente pero su mente muy lejos.
Jayce se quedó donde estaba, dudando, rígido, su cuerpo aún en alerta. Su estómago, en cambio, tenía otras prioridades, gruñendo con una intensidad que le traicionaba. Llevaba horas sin probar bocado. Su plan inicial había sido rápido: entrar, tomar lo que pudiera y salir sin hacer ruido. Dinero, joyas, algo de valor. Pero ese plato, caliente, humeante, tan sencillo y a la vez tan cuidadosamente preparado, era otra clase de tesoro.
Finalmente, el hambre pudo más. Jayce caminó hasta la mesa con pasos cautelosos, como si esperara que en cualquier momento el omega lo atacara con una cuchara afilada o le arrojara el plato a la cara. Pero nada de eso ocurrió. El otro apenas parpadeó. Jayce se sentó, manteniendo los músculos tensos y la mirada fija en él, como si intentara descifrar si todo aquello era una trampa.
El plato era simple: dos rebanadas de pan tostado, con queso fundido y jamón, sazonados con una pizca de orégano y gotas de aceite de oliva. Pero para alguien como Jayce, acostumbrado a sobrevivir con sobras frías o enlatados, aquello era una delicia. Tomó un bocado, primero pequeño, apenas un mordisco cauteloso. Y luego otro, más grande. En el tercero, ya no pudo evitarlo: un sonido casi involuntario, gutural, escapó de su garganta. Fue apenas un suspiro ahogado de satisfacción, pero el omega lo escuchó.
Jayce se detuvo en seco, incómodo por haber revelado algo tan vulnerable, tan... humano.
Pero el omega no se burló. No dijo nada cruel. No lo miró con sorna. En lugar de eso, dejó escapar una leve risa, como un jadeo de viento entre los labios. Una risa seca, pero no carente de encanto. Había en ella una especie de resignación divertida, como si ver a un ladrón clandestino comiendo como un niño hambriento fuera lo más lógico del mundo.
—Supuse que te gustaría —comentó con voz baja, mientras se inclinaba hacia la mesa para alcanzar un paquete de cigarrillos. Lo tomó sin apuro, con la punta de los dedos, extrayendo uno con la facilidad que da la costumbre. Luego buscó un encendedor y lo encendió con un clic limpio, el destello del fuego iluminando por un instante sus ojos ámbar, aún dilatados, aún bellos, aún ausentes.
El humo ascendió en espirales lentas, llenando el aire con un aroma fuerte pero limpio, de tabaco de calidad. El omega se llevó el cigarro a los labios, exhaló sin prisa y se reclinó de nuevo en su asiento.
Jayce, entre bocado y bocado, no dejaba de observarlo. Aquel hombre era un enigma, una mezcla peligrosa de calma, belleza y misterio. Su camisón ligero apenas cubría lo justo, y la tela translúcida dejaba entrever una piel decorada con lunares, moretones y marcas de cirugía perfectamente cicatrizadas. Había algo vulnerable en él, pero también algo inquebrantable.
—¿Tienes algo con lo que llevar las cosas? —preguntó el omega de manera calmada, con la mirada aún perdida en un punto indefinido de la habitación.
La pregunta cayó como una piedra en el silencio tenue, apenas quebrado por el crujir del pan tostado entre los dientes de Jayce. Este levantó la vista, desconcertado, aún con la boca parcialmente llena. Parpadeó una vez. Luego otra. No respondió de inmediato. En lugar de eso, masticó con lentitud, como si la pregunta necesitara ser digerida tanto como el alimento en su boca. Sus ojos se posaron en los del omega, buscando una trampa en la serenidad de su rostro, alguna tensión mal disimulada en la comisura de sus labios. Pero no había nada. Solo una expresión neutra, casi ausente.
—Advierto que deberás caminar un poco más —continuó el omega, sin esperar una respuesta, llevándose el cigarro a los labios con una elegancia mecánica—. En el sur de Zaun te será más fácil vender o intercambiar mis joyas. He viajado por allí. Nadie cuestionará de dónde las sacaste. Nadie dirá nada sobre el emblema en las pertenencias.
Sus palabras fluían con la misma suavidad que el humo que exhalaba, como si hablara del clima o de una anécdota sin importancia. Ni una sola nota de amargura, ni una sombra de sarcasmo. Y, sin embargo, el contenido de lo que decía era absolutamente desconcertante.
Jayce detuvo, sus cejas fruncidas levemente. Lo observó con atención. El moretón violáceo que se extendía desde el pómulo izquierdo del omega hasta su sien le daba un aire espectral, casi irreal, como si su belleza se hubiese quebrado en un punto preciso pero aún conservara una extraña armonía. La forma en que la luz tenue de la cocina delineaba su rostro hacía que pareciera pintado con sombras en lugar de piel.
—De todos modos —prosiguió el omega, dándole otra calada al cigarro—, te recomiendo enviar a alguien de complexiones más pequeñas. Aunque... bueno, creo que has vivido en Zaun lo suficiente como para saber cómo es. Sabes quién puede pasar desapercibido y quién no.
Jayce pestañeó. Dos veces esta vez. ¿Lo estaba escuchando bien? ¿Le estaba explicando, paso por paso, cómo deshacerse de sus cosas? ¿Cómo traficar con joyas que, por el peso de su diseño y el emblema que portaban, debían pertenecer a una familia importante? No solo le estaba indicando dónde podía venderlas, sino que le daba consejos sobre a quién enviar, qué rutas tomar, cómo evitar llamar la atención. Como si fuera una transacción perfectamente ordinaria. Como si él, el omega dueño de todo lo que iba a desaparecer, estuviera ofreciendo esa información por simple cortesía.
Jayce tragó lentamente, sin dejar de observarlo. Se sentía como si hubiese sido absorbido por una lógica completamente ajena, un mundo donde nada tenía sentido, y al mismo tiempo todo estaba perfectamente ordenado... bajo reglas que él no comprendía.
—¿Estás... —empezó, con voz baja, insegura— explicándome cómo robarte?
El omega lo miró entonces. Por primera vez desde que se había sentado, sus ojos se enfocaron en Jayce con claridad. Una chispa muy leve —casi imperceptible— de humor brilló en su mirada, apenas curvando la comisura de sus labios.
—Lo siento ¿Estoy siendo descortés? —preguntó suavemente, con la voz envuelta en humo y resignación. No parecía burlón. No parecía molesto. Solo... indiferente.
Jayce no supo qué responder. Porque sí, había entrado a esa casa para robar. Sí, había planeado meterse sin hacer ruido, tomar todo lo que pudiera cargar y salir antes de que alguien notara su presencia. Pero nada —nada— en esa noche se estaba desarrollando como lo planeó.
Y ahora, estaba sentado, comiendo pan tostado con jamón y queso —un manjar para su estómago hambriento—, mientras el dueño de la casa, cubierto por una bata ligera y con un cigarro entre los dedos, le enseñaba la mejor forma de vender sus pertenencias.
El alfa desvió la mirada, incómodo. Sentía algo raro en el pecho. Una incomodidad que no era culpa del hambre, ni de la vergüenza, ni del miedo. Era otra cosa. Como si el mundo estuviera patas arriba, pero nadie más se hubiera dado cuenta.
El omega volvió a hablar, su tono suave, casi somnoliento:
—¿Tienes con qué cargarlo?
Jayce bajó la mirada hacia sus manos. Luego, sin responder aún, asintió lentamente. Su garganta se sentía seca, a pesar del bocado que acababa de tragar.
Nada tenía sentido.
El omega asintió con un movimiento lento, casi pausado, como si necesitara un segundo más para que su cuerpo obedeciera a su mente. Parecía conforme con la respuesta de Jayce, aunque no dijo nada más al respecto. Sus ojos, grandes y oscuros, estaban dilatados, brillosos, claramente enturbiados por el efecto de alguna sustancia. No era difícil de notar. No había ira en él, ni desesperación. Solo una calma extraña, demasiado espesa, casi antinatural.
—Por favor, termine de comer —murmuró, su voz volviendo a ese tono tenue y suave que parecía provenir de otra habitación, o incluso de otra persona.
Jayce asintió con cierta rigidez, volviendo a enfocarse en la comida. Aunque no bajó la guardia. A cada bocado, miraba de reojo al omega, que fumaba con la mirada perdida hacia un punto indeterminado en la pared. Exhalaba el humo con lentitud, sin prisa alguna. Tenía la postura de alguien acostumbrado a esperar por largos periodos.
Jayce terminó de comer sin decir palabra. No sabía qué responder a tanta quietud, a tanta contradicción. Estaba desconcertado. El lugar, el ambiente, el comportamiento del omega, todo le parecía tan extraño que comenzaba a pensar que esto no era simplemente una casa cualquiera.
Pero una parte de él, la parte que había aprendido a sobrevivir desde que era niño, supo identificar rápidamente los rastros de un entorno cargado de violencia. El aire mismo estaba impregnado con la tensión crónica de alguien que vivía conteniéndose, adaptándose. Ese tipo de domesticidad rota que se vuelve rutina: pasos suaves para no molestar, gestos mínimos para no provocar. Y esa cojera. Jayce la había notado antes, pero ahora la entendía mejor.
El omega apagó el cigarrillo con un movimiento elegante y se levantó sin decir palabra. Su cuerpo delgado se estiró ligeramente antes de encaminarse hacia una de las puertas que Jayce había visto al entrar, atravesando el pasillo con paso calmo pero con una leve irregularidad. Esa pierna, seguramente la derecha, arrastraba una operación mal sanada o una herida permanente. No se quejaba ni parecía prestarle atención. Estaba habituado.
Jayce se incorporó también, manteniendo una distancia prudente. Aunque no había señales de peligro inmediato, tampoco bajaba la guardia. Siguió al omega hasta el umbral de la habitación y se detuvo allí, observando sin cruzar la puerta.
El cuarto al que habían entrado estaba en penumbra, iluminado apenas por la luz filtrada de una ventana alta. El omega se estiró hacia un estante en la parte superior del ropero empotrado. El movimiento le exigió apoyarse en una silla cercana para estabilizarse. Jayce desvió la mirada por instinto, sintiéndose de pronto fuera de lugar. Era absurdo: estaba a punto de robar a esa persona, pero aún así no podía evitar ese atisbo de pudor.
El omega bajó una caja rectangular de madera oscura, decorada con herrajes antiguos y bien cuidados. La sostuvo entre sus manos con una familiaridad que sugería que la había preparado de antemano. La sostuvo un momento, como si pesara más de lo que realmente pesaba, y luego la extendió hacia Jayce sin decir nada.
El alfa tomó la caja con cuidado, más por la atmósfera que por su contenido. Al abrirla, la primera impresión fue el brillo: destellos dorados, plateados, reflejos de gemas pulidas. Era una colección impresionante de joyas. Collares pesados, anillos de compromiso con piedras azules, verdes, escarlatas. Aretes largos y delicados, broches de oro blanco. Todos organizados con sumo cuidado sobre un forro de terciopelo granate.
Pero lo que más llamó la atención de Jayce fueron los emblemas. Escudos tallados con precisión, grabados con inscripciones antiguas. Y todos llevaban el mismo apellido:
"Reveck."
Jayce sintió que se le helaba la sangre por un instante. Había oído ese apellido antes, claro que sí. Era un nombre importante, resonante. Asociado a la alta ingeniería médica, a la vieja nobleza académica de Piltover. Ese no era el tesoro de una familia cualquiera.
Volvió a mirar al omega, que simplemente se encogió de hombros, como si aquel acto no tuviera más significado que el de entregar una bolsa de pan. Como si estuviera deshaciéndose de algo que le sobraba.
—Llévelo todo —dijo el omega, sin emoción—. No lo necesito.
Jayce no supo qué decir. Sus dedos seguían suspendidos sobre las joyas, sin llegar a tocarlas. Porque por primera vez, en toda la noche, comprendió que había entrado a una casa que no entendía. Que este robo no era uno cualquiera.
Y que ese omega, roto pero sereno, ya lo había perdido todo.
El omega lo guio sin decir nada, sus pasos descalzos haciendo un sonido apenas audible sobre el suelo de madera mientras Jayce lo seguía en completo silencio, aún con la mochila ahora más pesada sobre el hombro y la conciencia más ligera de lo que esperaba. Cruzaron la casa en penumbra, los pasillos decorados con discretos toques de buen gusto. La escena tenía un aire fantasmal, un limbo entre lo real y lo imaginado, y Jayce se sentía cada vez más fuera de lugar.
El omega abrió la puerta trasera sin premura. Un clic suave, un rechinido tenue, y luego, el aire fresco de la noche se coló de inmediato, filtrándose entre sus cuerpos como una presencia invisible pero intensa. El contraste fue inmediato: el interior cálido y casi irreal del hogar frente al mundo frío y tangible de Piltover en la madrugada. La luna estaba alta, bañando con su resplandor pálido los callejones del barrio. Las farolas estaban lejos, y solo algunas luces dispersas en las casas cercanas rompían la oscuridad, como si la ciudad dormida apenas vigilara.
Jayce se detuvo en el umbral, cruzando por fin al exterior, mientras el omega permanecía en la puerta, con los brazos cruzados sobre su pecho. Se veía pequeño envuelto en ese camisón de tela costosa, el frío se le pegaba al cuerpo, erizándole la piel expuesta, pero no temblaba. Se mantenía erguido, sereno, como si estuviera acostumbrado a resistir los embates del mundo incluso con la ropa más delicada puesta.
—Qué tenga buen viaje —dijo entonces, alzando la mirada con calma para encontrarse con los ojos del alfa.
Jayce lo miró un segundo, sin saber bien qué responder. Había entrado a esa casa con un propósito claro. Había esperado encontrar una resistencia lógica, una pelea incluso, y sin embargo se marchaba con una bolsa llena de joyas ajenas, instrucciones precisas sobre cómo venderlas sin problemas, y un agradecimiento por el camino. ¿Eso era siquiera real?
—Gracias... —murmuró finalmente, casi por reflejo, sintiendo el peso de la noche acumularse en sus hombros más que el de la mochila.
Observó al omega por un momento más. Había algo en su expresión que lo confundía: no era resignación, ni desdén, tampoco lástima. Era... aceptación. Como si lo que acababa de suceder fuese solo un acto más de una rutina preestablecida, como si Jayce no fuera el primero en cruzar ese umbral con intenciones turbias, y probablemente tampoco sería el último.
Pero más allá de la calma inquietante del momento, más allá del moretón que le sombreaba el pómulo izquierdo y se extendía con perezosa violencia por su sien, más allá de la cicatriz apenas visible en la clavícula... ese omega era hermoso. Lo era con una belleza imperturbable, casi severa. No había rastro de coquetería ni de intención en su rostro: solo la evidencia rotunda de su existencia en ese lugar, de su capacidad para descolocar incluso a un ladrón.
—Buenas noches, señor ladrón —dijo entonces el omega, con una sonrisa casi imperceptible que no alcanzó a curvar del todo sus labios, pero sí encendió un destello leve en sus ojos ámbar.
Jayce parpadeó, y sin poder evitarlo, soltó una risa breve, baja, como quien se ríe sin entender por qué, vencido por el sinsentido amable de todo aquello. Asintió con la cabeza, un gesto mecánico, y se dio media vuelta. La mochila colgaba de su hombro como una prueba muda del delito consentido, y sus pasos lo llevaron pronto a perderse entre los pasillos oscuros de Zaun, donde el eco de esa risa, y de esa despedida, lo seguirían por más tiempo del que se atrevía a reconocer.
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Viktor exhaló lentamente el humo espeso, dejándolo flotar entre sus labios con una calma que no nacía de la paz, sino del abandono. El cigarro, apretado entre sus dedos largos, ardía con una luz tenue, y la marihuana ya hacía su trabajo: entumecerle los bordes del alma, empapar de bruma sus pensamientos y amortiguar las voces internas que a veces le gritaban más fuerte que los golpes. Se encontraba recostado en uno de los divanes de la biblioteca, rodeado de la penumbra elegante de su mansión, con las luces bajas y la música sonando suave desde un viejo tocadiscos. La aguja chisporroteaba cada tanto, como recordándole que, aunque su mundo estaba detenido, el tiempo no dejaba de avanzar.
Estaba solo. De nuevo.
Drogado. De nuevo.
Pero no lo consideraba un problema. No cuando el vacío era más amable que la compañía del hombre con quien se había casado por presión, por deber, por una mezcla de razones tan frías como el mármol de esa casa.
Su esposo se había llevado al niño esa tarde, probablemente para asistir a otro de esos banquetes sociales donde se mostraban como una familia modelo. La imagen perfecta. La mentira perfecta. No era que Viktor no quisiera ver al niño—cada fibra de su cuerpo lo deseaba—, sino que detestaba la forma en que el alfa utilizaba incluso al pequeño como parte del espectáculo.
El omega pasó los dedos por el borde del cenicero de cristal, sintiendo su frialdad, y se quedó así, contemplando el humo, escuchando cómo su corazón latía con desgano. Sus ojos ámbar, antes vivos, se veían opacos bajo la luz suave de una lámpara de lectura. Tenía puesto un camisón de seda negra, largo hasta los tobillos, apenas sostenido por tirantes delgados que dejaban ver parte de su clavícula y los huesos delicados de sus hombros. La tela se movía con gracia cada vez que se ajustaba en el asiento.
Y entonces...
Un sonido.
Leve. Apenas un crujido de madera. Como una pisada.
No fue suficiente para alarmarlo, pero sí para hacerlo girar el rostro con lentitud.
No era miedo lo que sintió, sino una suerte de curiosidad perezosa. Después de todo, la mansión debía estar vacía. Todos los sirvientes se habían retirado horas atrás, y él había apagado su teléfono. Nadie debería estar allí.
Y, sin embargo, al levantar la mirada hacia el umbral de la puerta de la biblioteca, lo vio.
Allí, recortado contra la sombra del pasillo, estaba él.
El mismo muchacho que había irrumpido en su casa hacía un mes.
El ladrón.
Ya no llevaba la chaqueta sucia de aquella noche. Estaba ligeramente despeinado, con una camiseta ajustada, unos vaqueros gastados, y una expresión entre desconcertada y decidida. Como si no supiera muy bien qué lo había traído de vuelta, pero no tuviera intenciones de marcharse. Su silueta grande contrastaba con la elegancia de la habitación, pero no desentonaba.
Viktor entrecerró los ojos, examinándolo sin moverse, su cigarro aún humeante entre los dedos mientras el corazón de Viktor latía un poco más rápido. Tal vez por la droga. Tal vez no.
