Work Text:
Saberlo no ayudaba mucho.
Saber que todo tiene causas y consecuencias, que estaba haciendo lo mejor que podía y que a veces eso no era suficiente, no le ayudaba a sentirse mejor. Saber las razones de sus formas de actuar, pensar y sentir no hacía que esa desesperación pasara.
Aún era temprano, la hora del almuerzo se acercaba, pero el delicioso olor de la comida de la taberna no llegaba a su nariz congestionada. A Kaveh se le salían las lágrimas mientras caminaba a casa, repitiendo en su cabeza las palabras que el cliente le había dicho.
¿Mediocre? ¿Inepto? ¿Desadaptado?
Sabía que sus emociones eran fuertes y que podían ser disparadas por lo más mínimo. Llevaba años trabajando para convencerse a sí mismo de que cuando su cabeza le decía todos esos insultos, no eran más que mentiras, interferencias que pasarían, a veces con la ayuda de un par de copas.
Pero después de que su cliente escupiera todas aquellas palabras sobre su trabajo y su autoestima, ¿quién era él para negarse a escuchar y creer en sus pensamientos?
Caminaba con la cabeza baja por las calles ocupadas de la ciudad de Sumeru, apretando sus uñas contra sus antebrazos mientras pensaba que, efectivamente, era solo un desperdicio de tiempo y dinero para otros.
Empezó a hiperventilar mientras abría la puerta de su casa compartida, sintiendo el hormigueo en las manos y un pozo sin fondo creciendo en su pecho.
Deslizándose rápidamente por la puerta, soltó su valija y se dejó caer en el diván, ocultando su rostro en el sofá mientras se permitía llorar libremente por fin.
"No está mal llorar, dejarlo ir", recordó que le había dicho Alhaitham.
Pero lo que sentía iba más allá de un simple llanto. Sentía que todos sus logros y oportunidades se escurrían entre sus dedos, reemplazados por aquellas palabras que le habían dicho esa mañana:
Mediocre. Inepto. Desadaptado.
Sus piernas y brazos se ponían tensos, tan tiesos como la madera de abedul de la mesa frente a él, pero temblaban como si un sismo lo sacudiera por dentro.
Las lágrimas ya no chorreaban, caían como cascadas, y su maquillaje parecía una mancha de acuarela.
"Ow, ow, ow", se quejaba entre llantos, el dolor que sentía en su pecho, en su corazón, haciéndose cada vez más insoportable.
"Tal vez debería simplemente morir", dijo su cabeza.
"¡Cállate!" gritó al instante, pero el dolor empezaba a expandirse aún más y su mente se llenaba de visiones grotescas y desagradables. Kaveh derrotado, sin manos y con su arma ensangrentada. Kaveh colgado en una ruina del desierto. Kaveh cayendo desde la copa del gran árbol de Sumeru. Kaveh bebiendo hasta derrumbarse en la calle y ser asesinado por alguien.
"¡AAAAAAAAGHHHH!", gritaba Kaveh con los dientes apretados.
Su cuerpo sentía que iba a morir, y esas imágenes mentales no le ayudaban a salir de su miseria.
"¿Por qué tengo que ser así? ¿Por qué no puedo ser una persona normal y simplemente enojarme y ya?", se preguntaba, como si ignorara que su abandono y los eventos dolorosos del pasado fueran los causantes.
Imágenes de una casa vacía y manos malintencionadas llenaron su cabeza. Volvió a gritar, abrazándose a sí mismo con más fuerza, luchando por respirar, mientras su mente repetía que este mundo sería mejor sin él.
"Por favor, paren, no más..."
Sus manos volaron hasta encontrar su cabello y apretó los mechones, listo para jalar, cuando recordó la voz de Alhaitham:
"Puedes buscarme o llamarme cuando sea que lo necesites. Estoy aquí para ti."
¿Pero no era él una molestia para Alhaitham, verdad?
Asintió con la cabeza, pero su propia voz lo corrigió, murmurando:
"No, no es verdad..."
Abrió los ojos un segundo y, antes de darse la oportunidad de dudarlo, alzó su voz ronca, llamando a Mehrak, su valija mágica, quien despertó de inmediato.
"Alhaitham. Tráelo", dijo sin más, entre llanto y tos, sintiendo cómo se quedaba sin aire y cómo la urgencia de golpearse la cabeza contra la esquina de la mesa o arrancarse las pestañas aumentaba más y más.
Mehrak se fue.
Volvió a cerrar los ojos y lloró desconsoladamente, dejando escapar gritos de vez en cuando. Sabía que debía hacer algo, pero ¿qué? Su cabeza solo le decía que debía morir.
"¡Quiero hacerme daño!" gritaba su cerebro.
"... Pero no lo haré, o al menos intentaré no hacerlo..."
Empezó a sentir su ropa incómoda, la joyería pesada y el cuerpo adolorido. Se quitó los zapatos como pudo y empezó a deshacerse de la ropa y los accesorios hasta quedarse en ropa interior, jadeando por aire, por oxígeno que por fin llegara a su cabeza.
"Si Alhaitham no viene, podríamos intentarlo. Morir", dijo su mente, y él pateó el aire.
"Él va a venir y yo voy a estar bien. Todo va a estar bien", se murmuraba.
La puerta principal se abrió y escuchó los pasos de Alhaitham acercándose a su cuerpo derrotado por la emoción.
"Hola, príncipe, aquí estoy", dijo, sentándose en el sofá junto a él. Le tomó la mano y empezó a acariciar su cabello. "Aquí estoy, y todo va a estar bien", añadió mientras besaba sus dedos.
"Debería cortarlos", dijo su cabeza.
"Ca... a... lla... te", murmuró Kaveh entrecortado, apretando la mano de Alhaitham, aunque mantenía su rostro oculto.
"Ya veo... Muchos pensamientos malos. Pobrecito, mi niño", le dijo, sobándole la espalda y revisando sus manos. Entendía que Kaveh estaba rogando a su cabeza un momento de paz. "¿Quieres contarme qué pasó?", se acercó más.
"¡Ellos! Ellos son malos...", decía Kaveh. "Son malos conmigo, mamá... Y mi cabeza... yo... daño."
"Ajá... ¿fueron malos con mi príncipe? ¿Puedes decirme quién fue? ¿Qué pasó?"
Pero la voz de Kaveh no parecía querer responder, y Alhaitham le dio un momento más antes de decir:
"Está bien, mi amor. Aquí estoy yo. Mamá está aquí y sabe que, aunque tienes pensamientos malos, no vas a hacerte daño." Acariciaba a Kaveh aún más y le daba besos en la cabeza. "Te amo mucho, mi vida."
Kaveh pasó de llorar enterrado en el sofá a envolverse en su pareja, que lo mecía mientras le cantaba una canción de cuna.
"Mamá...", decía Kaveh entre sollozos, y Alhaitham respondía con más mimos y besos.
"Aquí estamos, y no me voy a separar de ti, mi principito."
Observó el rostro de Kaveh: los ojos pequeños, las lágrimas mojando sus mejillas. Se veía más tranquilo, pero a veces su niño necesitaba ayuda para calmarse. Buscó en sus bolsillos un pequeño frasco de vidrio.
"¿Bebé tomaría un sorbo de esto? ¿Por mami?", dijo mientras destapaba el extracto floral calmante que Tighnari le había regalado cuando supo de sus crisis, junto con una colección de tés para el insomnio.
Después de un pequeño sorbo, Kaveh se dejó recostar sobre el pecho de Alhaitham y su respiración empezó a estabilizarse un poco.
"Te amo, mi niño", dijo Alhaitham de nuevo. "Mi príncipe pequeño. Eres lo más importante para mí."
Después de un rato de consentimientos y mimos, notó que Kaveh se hacía más pesado. Parecía que empezaba a quedarse dormido. Lo llevó a su cuarto y le limpió el rostro con un trapo de agua tibia. Le puso su pijama más cómoda, una con un patrón de hojas y duraznos. Poco importaba que aún estuviera el sol en el cielo. Lo acostó en la cama y lo cubrió con su cobijita. Le dio su peluche de pájaro crepuscular que tanto amaba.
"Los bebés necesitan tomar siestas", dijo Alhaitham, acurrucándose a su lado y acariciándolo. "Y tú eres un bebé muuuy pequeño."
Kaveh sonrió ante esta observación. Claro que era un bebé pequeño.
"¿Mamá conmigo?"
"Sí, mamá va a estar aquí hasta que despiertes de tu siesta, príncipe", ambos se miraban fijamente en la cama. "Hiciste muy bien al llamarme, mi niño. Sabes que siempre estoy aquí para ti."
Kaveh cerró los ojos y dejó que la cálida sensación de ser cuidado lo invadiera, sonriendo un poco. El sueño empezó a ganarle rápidamente, dándose cuenta de que toda esa tensión y pánico habían dejado su cuerpo exhausto.
"Mamá... ¿Un cuento?", susurró.
Escuchó cómo su mamá sonreía.
"Ajá, claro que sí. Había una vez un príncipe muy pequeñito..."
