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El agua de la regadera caía sin cuidado en el mismo patrón de siempre, no cambiaba, aún así te quedabas para esperar un ligero vestigio de la sensación en tu piel desnuda. Conectando punto por punto cada gota que caía en cascada.
Ligeramente la temperatura de las que se deslizaron alrededor de las mejillas cambió, pero era apenas un engaño. Aquellas eran tus lágrimas.
Con la mirada perdida una de tus manos encontró el camino hacía el origen, el origen de porqué estabas ahora mismo en esta fría habitación lujosa.
La regadera ahogaba el sonido del piano, el piano que Jin tocaba, allá afuera en su habitación.
Solía hacerlo como una forma de disculpa, una disculpa ¿por qué se disculpa?
En tu mejilla irradio un escozor, una marca que tu no dejaste ahí, mientras abrazabas tu cuerpo para frenar el frío de la regadera te diste cuenta.
Lo hizo de nuevo, pero no lo notaste por el shock del momento. Él era así, él te juro amor, pero su amor dolía.
Dolía como un golpe directo, pero él realmente te lo dió, sus besos posesivos eran una máscara para darte veneno.
Pero él solía decir que eras como el veneno, entonces ¿por qué?
Cerrando la regadera con las manos temblorosas, un recuerdo fresco vino como un bucle, era de hace unos minutos atrás.
Se mantenía vivido, la forma en que ambos compartían un abrazo, te sostuvo tan bien que se sintió como el cielo.
Una sonrisa se dibujó en su rostro, las memorias son engañosas.
Estabas en sus brazos, entonces ¿por qué terminó así?
¿Fué quizás porque quisiste irte?
Ah, ya lo recuerdas, fué ese mensaje que te envío Alan, eso inició la discusión.
Él estaba enfadado, aún siendo solo una memoria, su expresión sigue provocando temblores a lo largo de tu columna.
Ambos se dijeron palabras duras, pero hubo una que empeoró el conflicto.
Quizás fué tú culpa por gritarle sin cuidado lo mucho que odiaba a su padre y al final estaba convirtiéndose en lo que más evitaba.
O quizás fué su culpa por llamarte una puta fácil.
Ya habías escuchado las sirenas, pero las ignoraste.
Pero te golpeó, de nuevo, te lastimó.
Tus ojos brillando de miedo y decepción, la suya propia convirtiéndose en pánico, te llamó por tu nombre tratando de disculparse, extendiendo exactamente la misma mano con la que te hizo daño, tu miedo se intensificó y huiste de él. Y así fué como terminaste encerrada en su baño, él sólo empezó a tocar la misma melodía una y otra vez, no podías ver su expresión para saber si se arrepentía o no.
Y finalmente, tu mente salió del transe en el que te adheriste como un mecanismo de defensa. Cayendo de rodillas a la tina, abrazando el borde de la bañera.
Tu garganta se apretó en sintonia con el dolor punzante de tu pecho, empezando a sollozar, desde que cruzaron caminos todo iba de mal en peor.
La primera vez juró jamás volver a hacerlo de nuevo, pero aquí estabas, destruida en un costoso baño con heridas del corazón y un amor que verdaderamente producía dolor.
Trató de ahogar sus lamentos bajo sus blandas palmas, inútilmente, sus sonidos empezaron a intensificarse y en cuestión de minutos sus sollozos eran largos alaridos que producían escalofríos, depurando cada gota de dolor por cada lágrima.
Sus manos frías sosteniéndose de alguna parte, pensó que realmente moriría ahí, porque él estaba junto a ella.
Jin la tomó entre sus brazos, sosteniendo su cuerpo húmedo y desnudo contra su costosa ropa. No pudo resistir escuchando más sus lamentos.
Caminando lentamente de regreso a la habitación, ella temblaba y sollozaba, pero entre sus brazos su dolor había menguado, irónicamente.
Con una sutileza apretó aún más su cuerpo, el agua filtrandose sobre su piel.
Arrastró su propio castigo, él te lastimó, verte le lastimaba.
Dudó en siquiera tocar tu rostro con sus manos, esas manos te habían dañado.
Pero eras tú quién se aferraba a él, buscando consuelo, él ya te había demostrado que amarlo no sería suficiente.
Murmuraste su nombre, sus brazos rodeando con vehemensia cada rastro de piel y de sus labios brollaron las disculpas, miles de disculpas y nuevamente promesas. Más y más promesas.
Sus manos frías conectaron con tus mejillas, viste a sus ojos, esos zafiros vacíos que tanto amabas, él mismo se encontraba derramando lágrimas.
Uniendo sus belfos con desesperación, él tenía tu alma, pero tú tenías la suya.
Lo amaste desde el principio y lo harías hasta el final de los tiempos, aún si eso significa seguir llorando lágrimas doradas.
Porque te golpeó, pero se sintió como un beso.
