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A la medida

Summary:

Martín es un jugador profesional de Quidditch con un futuro prometedor y buenos amigos que no siempre parecen tan buenos. Manuel tiene su propia tienda de escobas, y vive en un constante intento por ocultarse.

Y esta es la historia de cómo se reencuentran.

Notes:

Este fic iba a ser de 5k, terminado en un día y ya. En vez de eso se volvió su propio dueño y se comió varios días de mis vacaciones.

** JK Rowling dijo que todos los latinoamericanos van a un colegio en brasil, llamado Castelobruxo, a cumplir con su educación mágica. Eso es canon. Todos los demás detalles no lo son. Pueden ver el extracto oficial en pottermore, en https://www.pottermore.com/writing-by-jk-rowling/castelobruxo

*** Gracias A MI HERMOSA BETA @foldingcranes por la paciencia y los ruidos que hizo mientras leía el final. You are so good bro.

Chapter Text

Aún están en el aire cuando nota la diferencia: usualmente Martín no tiene excusas para estar cerca de los postes, pero luego de que el entrenador dejara escapar cinco snitch al aire al mismo tiempo, era difícil que no fuera a pasar por el territorio de Luciano de vez en cuando. El capitán está ocupado con sus propias quaffle de entrenamiento en ese momento, moviéndose de aquí a allá en los arcos de práctica, y luciéndose con piruetas innecesarias para los periodistas que están espiándolos desde las gradas. Luciano hace que todo se vea fácil, incluso si todo el equipo sabe, por experiencia y por escucharlo quejarse en las duchas, que nada lo es.

Martín pone los ojos en blanco, ligeramente irritado por el desplante mientras busca la bolita dorada entre los arcos. Sabe que está ahí, vio el brillo hace rato, pero con Luciano y las quaffle yendo y viniendo, es difícil no perderla de vista de vez en cuando. Es la única que le va faltando, de las cinco que se liberaron, y el bolsito de cuero en que las ha ido poniendo es un peso fantasma en su cintura. Su récord hasta la fecha son las cinco en veinte minutos, pero si agarra esta pronto, quizá, quizá podría hacerlos diez.

La pura idea hace que su escoba vibre con magia, está ansioso por refregárselo en la cara a María la siguiente vez que se enfrenten a las Cihuateteo.

Acaban de ganar un gran torneo, así que no tiene nada de raro que haya un par de intrusos de los diarios y revistas en sus prácticas, seguramente darán una o dos entrevistas en la semana, pero Martín no tiene la más mínima idea de cuál pueda ser el horario ni el día, y tampoco es que le preocupe realmente. Él es la estrella del equipo, no necesita preparar sus entrevistas, solo necesita estar presente ese día.

— ¡Atento, Martín! —le grita Luciano, justo antes de ponerse enfrente en una maniobra totalmente innecesaria. La bludger rebota contra la punta de su escoba, y Martín ahoga un jadeo de sorpresa, echándose atrás inconscientemente, pero eso es todo, y la bola se va zumbando lejos de ellos. — ¡Tengan más cuidado! —grita Luciano, para luego voltearse a él con el ceño fruncido y los dientes apretados, Martín conoce esa cara, la recuerda de sus peleas en el colegio e instintivamente se sienta un poco más derecho en la escoba. — ¿Y tú? ¿En qué estás pensando? ¡No te puedes lesionar ahora!

—No pero, tu escoba…, —murmura, buscando con la mirada los pedazos de madera que deberían quedar luego de la forma en que recibió la bludger, sin embargo, la escoba sigue en perfectas condiciones. La madera rojiza brilla bajo el sol como si estuviese recién pulida, cosa que no puede ser, piensa Martín, porque el Luciano que él conoce jamás recuerda pulir su equipo.

Los bateadores de reserva vuelan hacia ellos en apenas unos segundos, llenándolos de disculpas y preguntas preocupadas, al igual que su entrenador, pero Luciano lo desvía todo, riéndose y encogiéndose de hombros como si no acabase de ladrarle a Martín. Van a aparecer en las revistas, Luciano poniéndose frente a Martín para desviar la bola, van a volver a ser un tema, y las especulaciones van a volver a aparecer, pero en ese momento no le importa, ni siquiera le importa la humillación de no haber notado la bludger antes, porque todo lo que puede ver es el grabado en el mango rojizo de la escoba de Luciano.

Conoce ese grabado, es el mismo que el brasileño se tatuó en la pierna luego de salir del colegio.

— Tu escoba es negra —se escucha decir, y luego, cuando levanta la mirada, se encuentra con la sonrisa de Luciano, llena de dientes blancos, perfectos, hechizados.

— Creo que ya no —responde Luciano, risueño. — Anda, Martín, todavía te falta una snitch, ¿O no?

— ¿Pero de dónde la sacaste? Nunca he visto ese modelo, ¿Te dieron un contrato de publicidad nuevo? —pregunta, dándole una vuelta a Luciano solo para poder ver la escoba de todos los ángulos, ahora que la ve mejor, es más corta que la último modelo extranjera que usaba antes, y el mango parece más ancho también, sin mencionar los detalles estéticos, el grabado, la punta curvada de las cerdas, el color. Incluso el apoyo de los pies parece distinto al antiguo.

Luciano se está riendo cuando vuelve al poste, seguido de cerca por Martín y sus preguntas, medio gritadas en el aire.

— ¡MARTÍN! —grita su entrenador, con la voz tan mágicamente aumentada que Martín está seguro de que incluso los muggles del pueblo más cercano pueden escucharlo. — ¡SI YA TERMINASTE, PUEDES VENIR ACÁ Y CORRER UNAS VUELTAS AL CAMPO!

— ¿Pero para qué voy a correr, si volamos? –gruñe, acelerando su escoba tanto como puede, para estar lo más lejos posible de Luciano y sus carcajadas.

Le toma otros diez minutos volver a encontrar la snitch, y después de eso aún tiene que dar cinco vueltas al campo, simplemente porque su entrenador  fue criado por muggles y cree que el trabajo físico es la mejor disciplina, o algo por el estilo, la verdad es que Martín no lo está escuchando. No escucha a nadie, y ni siquiera se deja pensar en la humillación pública de ese día, porque al final, cuando por fin puede ir a las duchas, Luciano sigue ahí.

— Tu escoba nueva, deja probarla —demanda, apenas cierra la puerta, y Luciano lo mira como si lo estuviese viendo por primera vez. Martín supone que es válido, está hecho mierda, por falta de una mejor expresión, pero aun así camina hasta estar frente a su amigo, con la mano extendida. — Dale, que me quiero bañar.

— No, si ya me estoy yendo, además vas a llenarla de sudor…,

— Sebastián va a venir a buscarte, ¿verdad? Por eso sigues aquí —interrumpe Martín, sonriéndole mientras flexiona los dedos de la mano aún estirada. Luciano frunce el ceño cuando sus ojos se encuentran, y de muchas formas, Martín sabe que ya ganó. — Tú sabes que no le gustan los relojes.

— Solo unas vueltas. —gruñe Luciano, pasándole el mango con más fuerza de la necesaria, quizá Martín se tambalea un poco hacia atrás. — Mientras yo llamo a tu primo.

Martín solo se ríe fuerte, porque sabe que Sebastián seguro no ha empezado a pensar siquiera en salir del departamento.

EL nuevo modelo de Luciano le queda algo corto, pero es resistente, y mucho más flexible que cualquier modelo de escoba que Martín haya probado en su vida, da giros completos en el aire sin necesidad de bajar la velocidad, y está casi seguro de que incluso la reacción a sus comandos es más rápida en este modelo.

Parece hecha a la medida, aunque no es exactamente su medida.

Casi se le olvida que solo la está probando, al menos hasta que aparece Sebastián, con el pelo aún mojado y la varita en la mano todavía después de haberse aparecido. Martín no lo ve llegar, pero se imagina que se debe haber aparecido en la puerta del complejo donde entrenan, porque las defensas no permiten aparecer ni desaparecer dentro de la cancha, y Luciano ya está gritándole para que le devuelva la escoba cuando su primo se detiene a su lado.

— ¿Dónde la mandaste a hacer? —pregunta Martín, apenas sus pies tocan suelo firme. Sebastián detiene sus disculpas para mirarlo confundido, y Luciano se queja ruidosamente, levantando la cara hacia el cielo.

Se está sobreactuando, Luciano ama sobreactuarse, pero antes de que Martín pueda decírselo, el moreno ya tiene su escoba en una mano y Sebastián tomado del brazo con la otra.

— No es asunto tuyo, Martín. Ahora, si me disculpas, tengo reservaciones en la Sirena de plata esta noche, y no vas a arruinarlas.

— ¡¿En serio?! —pregunta Sebastián, olvidando inmediatamente cualquier mezcla de confusión y culpabilidad que pudiera tener hasta ese momento.

— Era una sorpresa —gruñe Luciano, y Sebastián lo besa en los labios antes de que pueda decir cualquier otra cosa, pasando el brazo libre por el cuello del brasileño.

Martín soporta dos segundos de ellos besándose antes de huir dentro de los camarines. Nunca se le ha dado bien la paciencia, especialmente la paciencia para ver a sus primos besuqueandose con otros hombres (o mujeres, no es asunto suyo de todas formas). Martín no está seguro si lo que tiene es envidia o simplemente es repulsión, porque esa persona es precisamente Luciano, sea cual sea, es un sentimiento demasiado irritante como para aguantarse el show, la escoba nueva no lo vale.

Nada lo vale, de hecho, y apesta a sudor.

 


 

 

No necesita una escoba nueva, la suya tiene apenas cuatro meses de uso y está tan acostumbrado que se siente como una extensión de sí mismo, pero aun así no puede evitar mirar hacia los arcos al siguiente día. Se queda cerca, esperando que Luciano hable de su nueva escoba durante la entrevista del martes, sin embargo cuando se lo preguntan, el brasileño solo dice que fue un regalo de aniversario. El periodista se distrae fácil con eso, y Luciano se larga a hablar de una vida amorosa que Martín no quiere escuchar, pero a juzgar por el ruido de las cámaras y la lucha de los periodistas por ser la siguiente pregunta, todos están encantados con el cambio de tema.

Al final, se dedica a intentar sacarle el secreto a Luciano durante el resto de las prácticas de esa semana. Tiene tres horas para intentarlo cada día, y siempre le ha costado admitir la derrota, así que para el viernes, Luciano se ve listo para rendirse o romperle la cara. Martín ha tenido experiencia en ambas reacciones a lo largo de los años que llevan como amigos, pero siempre le ha costado diferenciar una de la otra.

Esa tarde, cuando van caminando hacia los camarines, Luciano no se detiene, solo sigue caminando hacia afuera del complejo sin importar lo que Martín le grita. Se va cubierto en sudor y aún vestido con el equipo completo de Quidditch, así que Martín decide no seguirlo. Es capaz de admitir que pensó en hacerlo, por supuesto que lo pensó, pero los años le han enseñado a elegir sus peleas, y de todas formas, todas sus cosas están guardadas en el casillero.

 

— Por alguna razón, Luciano cree que puedo hacer que dejes de ser un pelotudo —le dice Sebastián, apenas unas horas después en el café de su tía, dejándole una taza y una rana de chocolate sobre la mesa.

El olor de su café favorito le arranca una sonrisa, de alguna forma Sebastián siempre lo tiene listo antes de que Martín pueda pedirlo, e incluso tiene tiempo de dibujar a su gata en la espuma. A veces sospecha que tiene un rastreador, y por eso Sebastián siempre está preparado para sus visitas, pero nunca ha tenido la motivación de comprobarlo en realidad.

El dibujo en su taza parece ofendido cuando Martín pasa de largo hacia la rana de chocolate, e incluso le maúlla sin sonido, pero Martín no se retracta. Sebastián lo mira con ambas cejas enarcadas, y Martín le sonríe inocentemente mientras abre el paquetito.

— Intenté explicarle que ya he intentado y no se puede. Pero no me escuchó.

— Está haciéndose el interesante nomás —dice Martín, riéndose entre dientes. — Vos sabés cómo es.

— Martín, cállate un rato y escúchame —suspira Sebastián, robándole un sorbo de café. Martín resiste apenas las ganas de arrebatarle la taza, haciendo un ruido ofendido al fondo de la garganta. El dibujo de su gata maúlla de nuevo, intacto a pesar de todo. — Le compré la escoba como regalo de cumpleaños en la tienda de un amigo.

— Él dijo que era de aniversario.

— Luciano dice muchas cosas —responde Sebastián con una mueca irritada en el rostro.— Si dejas de insistir, te conseguiré una nueva.

— Pero quiero ver la tienda, Seba, solo dime dónde está y voy yo mismo

— ¿Para qué? Solo es una escoba…,

— Porque es una escoba, Seba, una escoba hecha a mano. Te apuesto a que Luciano fue a hablar con el artesano el mismo, ¿o no? —pregunta Martín, recibiendo la taza con ambas manos — ¿Qué les pasa a ustedes con esa tienda? De Luciano entiendo, ¿pero tú también?

Sebastián lo mira durante tanto rato que cuando se para y vuelve al mostrador, Martín no puede evitar sentirse más aliviado que ofendido. Está apunto de gritarle que vuelva y le explique como un adulto, cuando Sebastián se voltea, armado con su propia taza de café y la pecera de vidrio llena de ranas de chocolate en la mano.

— Ha pasado harto tiempo desde que salimos del colegio, ¿verdad? —murmura, como si estuviese hablando consigo mismo, y Martín pone los ojos en blanco.

Se termina el café en dos tragos, y pide más, porque está seguro de que le espera una larga conversación antes de obtener lo que quiere. Casi sin querer se encuentra a sí mismo pensando que debió haberlo sabido desde un comienzo, que era obvio que no iba a ser fácil con su primo tampoco, porque  al final del día, a Sebastián también le gusta hacerse el interesante. Si no fuera así, -piensa, masticando la segunda rana de chocolate con más fuerza de la necesaria- no podría estar con Luciano.

 


 

 

Martín siempre fue un poco cabeza dura, incluso él mismo puede admitirlo mientras recorre el pasaje de tiendas viejas y torcidas que Sebastián le mencionó la tarde anterior. Es un barrio mágico, al menos de eso sí está seguro, incluso si le falta la exuberancia y el ruido usual de los magos. La sensación de la magia en el aire es algo imborrable, y respira profundo un par de veces para reafirmarse a sí mismo mientras mira alrededor. El lugar entero le recuerda un poco a sus años en Castelobruxo, principalmente porque puede ver magos caminando en túnicas por las calles zigzagueantes del pasaje, y eso es algo que usualmente solo ve cuando va al extranjero hoy en día. Son los menos claro, y destacan como un signo de luces neón al lado de los locales, que como él, solo usan ropa muggle hoy en día, pero nadie les dirige más de una mirada.

La gente lo mira más a él, de hecho, y Martín se maldice mentalmente por no haber pensado en usar un poco de multijugos para el viaje. Siempre podría haber pasado directo por la red flu de la tienda de pociones de Miguel, que está a un par de cuadras de hecho, pero no quiso hacer eso tampoco.

Es como una prueba, para él, como Castelobruxo, supone, sin dejar de caminar incluso luego de que escucha su nombre siendo murmurado por un grupo de transeúntes. Si cierra los ojos, casi está en el colegio de nuevo, usando el uniforme a pesar de lo incómodo y del calor húmedo que siempre hacía en ese lugar; esa horrible túnica verde brillante, que no se veía bien en nadie, y que de alguna forma lograba hacerlos sentir iguales a todos, sin importar de qué país venían.

La tienda en cuestión es pequeña y extremadamente disimulada, como si en realidad no quisiera ser vista por nadie, y la idea le arranca una sonrisa reluctante a Martín. Por supuesto que no quiere ser vista, si quisiera, le habría avisado a alguno de sus amigos en vez de hacerlos descubrirla. Habría mandado cartas, habría pedido publicidad a los jugadores profesionales de Quidditch, habría dicho que había vuelto al país.

Habría hecho algo, en vez de eso, la tienda en la que está proyectando al dueño, está ahí, con dos modelos comerciales de escoba en la vitrina, y un pequeño cartel de madera tallada que dice “Escobas y artículos de Quidditch”.

Contrario a sus expectativas, la puerta no rechina cuando la abre, y por dentro, el lugar es mucho más grande de lo que parece, lleno de estanterías y mostradores con distintos modelos de escoba, algunos de los cuales nunca ha visto. Pero lo que más le impacta es ver a Julio detrás del mostrador, ojeando aburrido una revista de chismes y curiosidades.

Martín la reconoce inmediatamente, porque la recibe cada mes desde que Victoria empezó a trabajar ahí como periodista.

— ¿En qué puedo ayudarle? —pregunta Julio, dando vuelta la página sin siquiera hacer el intento de levantar la mirada.

— ¿Qué mierda hacés acá? 

Para satisfacción personal de Martín, Julio reacciona inmediatamente a su voz, levantando la cabeza tan rápido que apenas un segundo después, está ahogando un gemido y pasándose la mano por el cuello. Martín espera ver algo de resentimiento en su cara cuando se vuelven a mirar, pero Julio aún está demasiado sorprendido (y avergonzado, Martín lo sabe incluso sin necesidad de ver cómo sus orejas se van poniendo rojas con cada segundo), como para ponerse a pelear, aún.

— ¿Y bueno? ¿Qué hacés? —Martín lo apremia, caminando hacia el mostrador.

— Estoy trabajando, ¿qué no ves? —gruñe Julio, recuperándose lo suficiente como para dedicarle una mirada irritada. — Qué haces tú acá.

— ¿Trabajando? ¿En la tienda de Manuel? —pregunta Martín, ignorando la propia pregunta del menor.

Julio hace un ruido mortificado cuando lo escucha, y si Martín no estuviese en medio de su propia mortificación, se habría reído en voz alta. Quizá aún podía, definitivamente estaba sonriendo con el sufrimiento del hermano menor de Miguel, así que seguramente podía dar el otro paso y reírse en voz alta hasta que se le olvidara por qué había ido en primer lugar.

— ¿Cómo sabes que…, ? ¡No, no importa, no me digas! ¡Cállate! —le grita Julio, incluso antes de que Martín pueda dejar escapar la primera carcajada. — ¡Cállate y ándate!

— Julio, qué mierda, ¿quieres reducir tu paga hueón? No le puedes hablar así a los clientes…

Martín y Julio se callan al mismo tiempo cuando lo escuchan, Manuel no está gritando, y eso basta para hacerlos retroceder un poco antes de que el moreno aparezca por la puerta. Siempre es más peligroso cuando Manuel no está gritando, Martín no está seguro de cómo es que Julio lo sabe, pero él aún recuerda perfectamente las maldiciones y las peleas de puños y patadas en las que se enfrascaban cuando niños. Recuerda que antes de lanzar su ataque, Manuel siempre se callaba, o pasaba a hablar bajito, masticando las palabras lento, una por una, antes de disparar.

Martín no está seguro de qué es lo que está esperando, quizá en alguna parte de su cerebro, está esperando ver a Manuel como un adolescente, usando su túnica verde, y el pelo algo más largo de lo que el resto de los niños se atrevía a usar. Quizá está esperando ver un niño de once años, con la mirada clavada en el piso y las manos retorciéndose en torno a las mangas demasiado largas de su chaleco, aunque sabe que es imposible.

En vez de eso, el hombre que atraviesa la puerta tiene los mismos veintinueve años que él y usa el pelo corto, con la sombra de una barba de dos días en las mejillas y el mentón. Se ve algo más flaco de lo que recuerda, o quizá es el hecho de que tiene puesta una camiseta sin mangas y unos shorts gastados, en vez del uniforme de colegio en el que Martín lo había estado imaginando, pero sigue siendo Manuel.

Indudablemente es el mismo Manuel, y Martín siente el estómago darle un vuelco desagradable cuando sus ojos se encuentran. Es como volver a ser joven por unos segundos, y Martín quiere decir un millón de cosas, quiere acercarse y preguntarle por qué no le avisó que había vuelto al país, por qué no se juntaron para tomar unos tragos, si habían quedado en que era un rompimiento amistoso, pero no puede.

— No es un cliente —gruñe Julio, rompiendo el momento tan efectivamente que Martín lo siente como un puñetazo en el estómago.

No está aquí por Manuel, está aquí por una escoba nueva, eso es lo que le había dicho a Sebastián, es lo que se había jurado a sí mismo una y otra vez antes de salir de su casa, y bueno, es que había sido hace mucho.

Todo lo de ellos había sido hace mucho, obvio que lo había superado.

— Sí lo es —gruñe Manuel, pasándose una mano por la cara, como si Julio fuese la carga más pesada en su vida. Martín puede imaginar que lo es, cuando piensa en sus años de colegio. — ¿Puedes intentarlo por lo menos?

— Si tú lo intentaras no tendría que estar acá —sisea Julio, mandándole una mirada asesina, pero Manuel solo niega con la cabeza, sin siquiera dedicarle una segunda mirada.

Se ve mucho más adulto de lo que Martín se siente.

— No. No vamos a hacer esto. Al menos, yo no hueón. Y ya te dije ya, si queris irte, la puerta está ahí, al frente tuyo. —gruñe Manuel, dándose media vuelta. — El taller está atrás –añade, sin mirarlo, antes de volver a cruzar la puerta.

Julio ni siquiera levanta la mirada cuando Martín cruza el umbral detrás de Manuel.

 

 

— De verdad, sí soy un cliente —dice Martín luego de un rato de caminar en silencio. El pasillo es angosto y oscuro, pero cuando termina, da a un patio cuadrado, con un techito de madera y un montón de herramientas esparcidas por doquier.

Al centro de la mesa hay un mango de escoba a medio tallar. Es una madera pálida, casi blanca, que parece emanar magia. Incluso puede sentir un sonido estático alrededor de ella cuando se acercan, y el leve brillo de un hechizo rodeándolo todo en una burbuja. Martín no está seguro de qué hechizo es, pero se siente como un niño cuando lo mira, como si la magia fuese una novedad todavía, y en cierta forma lo es, si toma en consideración que jamás ha sabido cómo se hacen las escobas.

— Sí sé oh, —dice Manuel devolviéndolo a la realidad con un resoplido irónico. — El Seba me escribió para avisar.

— Ah, claro, obvio que lo hizo —murmura Martín, irritado. — ¿Se escribían? Mientras estabas en el extranjero, digo, no me quiso contar mucho –no es su intención decir eso, al menos, no es lo que pretendía decir cuando imaginó esta conversación la noche anterior, pero ya es demasiado tarde para arrepentirse. En vez de eso, soporta pacientemente la mirada desconfiada de Manuel, falsamente tranquilo.

Es una mentira, Sebastián le contó prácticamente toda la historia de su amistad la tarde anterior, pero Manuel no tiene porqué saberlo, o al menos eso se dice mientras se sostienen la mirada, esperando a que alguien dé el brazo a torcer.

— No…, bueno, no al comienzo. Le comencé a escribir un poquito antes de venirme —dice Manuel por fin, desviando la mirada a su mesa de trabajo. — Y no, no le avisé cuando puse la tienda, si eso quieres saber. Tampoco le dije a Miguel… Hueón, habría escondido el lugar si hubiera sabido que me iba a tirar a su hermano encima.

Martín se ríe, principalmente porque a diferencia de Manuel, él ha estado ahí para ver a Miguel intentar guiar a su hermano hacia una vida adulta, con aún menos resultados que sus propios padres allá en Lima. Julio ha pasado por todo tipo de trabajos apitutados desde que sus padres lo enviaron a vivir con Miguel, uno o dos años después de que terminara sus años de colegio, pero nada ha resultado demasiado bien y a Miguel se le han ido acabando las ideas con el paso del tiempo.

Martín ha intentado decirle que está tomando mal el problema, que el problema, de hecho, es que sigue tomando a Julio de la mano y llevándolo donde sus amigos a trabajar, pero Miguel no escucha y Martín no intenta tanto tampoco.

A fin de cuentas, qué podría saber él sobre guiar a otros.

— ¿Por qué no le dijiste que no? —pregunta, y Manuel le dedica una sonrisa irónica antes de sacar su varita, deshaciendo la burbuja de magia alrededor de la escoba con varios movimientos de muñeca y palabras que Martín no alcanza a escuchar. — Ni siquiera te cae bien.

— No sé, no pude. —responde Manuel, encogiéndose de hombros. — Pero filo, no importa. Toma esto, mejor.

Martín obedece sin pensar, tomando el mango como si fuera su propia escoba, sin embargo, el peso es totalmente distinto, y se va un poco hacia adelante antes de lograr balancearse. No sabe de dónde sale el peso en un trozo tan delgado de madera, incluso si es algo más largo que el promedio, pero supone que tampoco tiene porqué saber en realidad.

— ¿Y esto?

— Sé que debes tener tus propias ideas de lo que quieres, pero asumí…, bueno, Luciano no me dio muchas especificaciones en verdad, le tomé medidas y ya, contigo pensé que no iba a ser necesario, pero quizás está muy largo.

Manuel habla rápido, sin mirarlo de frente mientras anota en una agenda de hojas amarillentas, llena de papelitos de colores en los bordes. El mundo se siente ligero cuando vuelve a mirar el mango tallado que tiene en la mano, el mango de su nueva escoba, de madera casi blanca y tallada a mano por su ex novio.

— ¿Qué le tallaste? —le pregunta, medio aturdido por todo. Manuel no lo mira, pero Martín nota que está apretando la libreta con más fuerza cuando le responde.

— Runas, pero no te preocupes, es legal, muchas escobas tienen. Después se rellenan, así que si la quieres lisa, o con otro diseño puedo…

— ¡No! No…, ósea, está bien. Se ve bien así.

En otro momento Martín se sentiría mortificado por su propia respuesta, pero cuando Manuel lo mira, tan sorprendido que sus cejas casi desaparecen bajo el flequillo, se le olvida todo lo que pudiese estar mal con la situación.

Nada está mal, solo está comprando una escoba.

— ¿Martín? ¡Martín! —escucha que lo llaman, y cuando se voltea, Miguel está dividido entre la sorpresa y una sonrisa tan honesta que se siente avergonzado de no haberle dicho que iba a pasar por ahí.

Manuel suspira detrás de él, como si estuviese estado conteniendo la respiración, pero Martín no tiene demasiado tiempo para pensar en eso con Miguel en frente. El peruano tiene los brazos llenos de bolsas de comida para llevar, pero aun así regaña a Manuel por no avisarle que tenía que traer para cuatro.

— Pensé que iba a ser más rápido —murmura Manuel, arrancándole el mango de las manos y ocupándose en volver a formar la burbuja de magia a su alrededor. Martín no alcanza a reaccionar, principalmente porque antes de que pueda pensar siquiera a abrir la boca, Miguel ya está a su lado, agarrándolo del brazo para arrastrarlo de regreso a los pasillos angostos de la tienda de Manuel.

— Bueno, ya estás acá, ayúdame a poner la mesa.

Julio le dedica miradas rencorosas durante todo el almuerzo, pero Martín lo ignora con facilidad mientras habla con Miguel. Le cuesta creer que han pasado más de cuatro meses desde la última vez que se juntaron, pero retoman el ritmo sin problemas, como siempre lo han hecho.

Su amistad es así, simple y espontánea, así que no es raro que el almuerzo se alargue entre historias y chistes malos que hacen que Miguel casi escupa la bebida de vez en cuando. Martín se ríe fuerte cada vez que pasa, e incluso Manuel sonríe: a medias, sin mirarlos mucho, pero sonríe, y eso es bastante, viniendo de él.

Llevan un poco más de media hora de sobremesa cuando Manuel se levanta, excusándose con que tiene que volver al trabajo y que pueden quedarse todo lo que quieran mientras laven sus platos antes de irse. No mira a Julio siquiera, pero el hermano de Miguel se levanta y lo sigue, apenas cinco minutos después de que Manuel cruza la puerta.

— ¿Cómo lo convenciste?

— ¿A Julio o a Manuel? —pregunta Miguel con una sonrisa satisfecha, palpándose el estómago por encima de la camisa.

Ha subido de peso, Martín supone que es lo natural, si pasas todo el día frente al caldero, sin embargo eso es todo lo que ha cambiado de Miguel en los años, y la idea es extrañamente reconfortante en su cabeza.

— Le ha hecho bien trabajar acá. A los dos, creo. —Martín resopla incrédulo cuando lo escucha, y Miguel lo mira fijo antes de volver a hablar— ¿Puedes creer que este huevón pasó casi un año entero viviendo acá sin decirle a nadie? Yo me enteré por accidente, pero después me contó que Victoria sabía, que había llegado a la tienda hace ocho meses porque estaba escribiendo un artículo sobre escobas o algo así.

La indignación en la voz de Miguel le recuerda un poco a sus propios sentimientos, y no puede evitar la carcajada mordaz que se le escapa. Miguel lo mira como si pudiera leerle la mente, y Martín se esfuerza por no mirarlo a la cara mientras se termina el último sorbo de su bebida.

No es que esté pensando en mucho en realidad, su mente es una mezcla confusa de sentimientos e imágenes, Manuel allá en su patio cuadrado, haciendo escobas en silencio. Manuel sentado solo en la biblioteca en Castelobruxo.

Manuel jugando Quidditch con ellos en el equipo del colegio.

Manuel yéndose a Europa con una despedida de cinco personas, y la falsa promesa de que iba a mantenerse en contacto.

— Es un pelotudo. —concluye, dejando que Miguel le sirva otro vaso de bebida.

 


 

 

Martín pasa todo el domingo en la tienda de Manuel, mirándolo trabajar y hablando de cualquier cosa que se le ocurre. Le habla de lo que ha hecho en estos años, de su carrera, de los lugares que ha conocido, y los campeonatos que ha ganado. A cambio, Manuel le habla sobre sus viajes por Europa, del tiempo que pasó viviendo en Londres, y la anciana que había tomado como maestra en Alemania. Le cuenta que aprender a hacer escobas fue más un accidente que una decisión, que durante uno de sus viajes se le ocurrió meterse a una anomalía mágica, en un bosque de Finlandia. Según él, bastaba con el mapa y su propia varita, pero la noche lo había tomado por sorpresa antes de que pudiese devolverse, y antes de darse cuenta, estaba perdido en medio de un mar de árboles gigantes.

— Intenté escalar, para ver si podía encontrar el camino desde lo alto, ¿cachai?—le cuenta, riéndose avergonzado— Pero después de caerme un rato decidí que era la tontera más grande que se me había ocurrido en la vida. Incluso peor que meterme al bosque. Qué iba a escalar yo, hueón, si apenas corro.

Al final, se le había ocurrido inventarse una escoba, o algo parecido al menos, y había terminado aterrizando apenas unos días después, encima del techo de una señora en un pueblo muggle, lleno de astillas, de las manos hasta los muslos, pero que al final, eso había sido lo único que había querido hacer por más de un mes.

— La vieja, que tenía un nombre bien complicado, como los hueones allá, así con hartas consonantes y pocas vocales —dice distraído, tallando el otro extremo de la escoba de Martín con un pequeño cuchillo que parece igual de artesanal que las escobas que hace— siempre se reía de mí cuando hablábamos de eso, decía que… —Manuel hace una pausa ahí, volteándose a Martín con una expresión solemne. Y cuando vuelve a hablar, su voz parece más el grito de un pájaro que otra cosa— “los artesanos nacen para su arte, niño, es lo único que pueden hacer. Su magia solo existe para crear”, o algo así, bien profundo todo.

La imitación de Manuel es exagerada y ofensiva a veces, Martín está seguro de que la mujer que está describiendo, lo habría maldecido al menos cinco veces a lo largo de la historia que está contando, pero Martín no puede parar de reírse. Casi puede ver lo que Manuel le está contando, y en su imaginación, la vieja no mide ni la mitad de Manuel, pero le pega de todas formas con el bastón que usa como varita, mientras le enseña todas las runas que no aprendió en el colegio, gritándole en alemán cada vez que se equivoca.

Se ríe tan fuerte con todo el cuento que Julio se asoma a verlos de repente, pasando la mirada desconfiada por encima de ambos antes de volver a desaparecer en el pasillo.

Manuel no retoma la historia hasta que siente la puerta cerrarse, pero Martín no piensa siquiera en pedirle una explicación.

— Ahora que estoy acá igual le creo —dice Manuel, al final, encogiéndose de hombros.— No me veo haciendo nada más, y a mis viejos les basta y les sobra con que haya vuelto.

— ¿No estaban felices? Pero si ellos te pagaron todo para irte, che.

— Ya pero, no les hizo tanta gracia cuando no me podían ubicar. Mi vieja me mandó varias howler. —explica, encogiéndose de hombros mientras sopla el mango. Martín lo ve deshacer la burbuja con tanta atención como puede, intentando descifrar el hechizo, sin muchos resultados. — A ver, toma esto.

 


 

 

Martín intenta seguir yendo durante la semana, pero nunca puede quedarse por mucho más de una hora o dos, considerando los horarios de su práctica y la extraña decisión de Manuel de no tener su tienda conectada a la red flu. Martín supone que eso es simplemente otro de los mecanismos que Manuel preparó para que no lo encontraran, y lo entiende (más o menos), incluso si ya es demasiado tarde para eso, ahora que todos sus amigos saben de la tienda. Lo que no entiende es el por qué, y a pesar de que ha pensado en preguntarlo, muchas más veces de las que le gusta admitir en realidad, no logra reunir el valor de decirlo en voz alta, no frente a Manuel al menos.

Le recuerda un poco a sus años de colegio, a todos los meses que pasó intentando reunir el coraje de pedirle que fueran novios. No es que dudara de sus sentimientos, y tampoco dudaba de los de Manuel, para ser sincero, pero no lograba decidirse a intentarlo, principalmente porque, una vez saliese de su boca ya no habría vuelta atrás.

La pregunta estaría hecha, la respuesta sería inminente, y él tendría que lidiar con todo eso volviéndose real frente a sus ojos, sin poder detenerlo, como un gigantesco efecto dominó. Y cuando cayese la última pieza, sabría si el resultado era lo que él estaba esperando o no.

Y si no lo fuera, ¿Qué haría entonces? Si cuando fueran novios ya no se gustasen ya no podrían borrarlo, ¿verdad?

Martín supone que está demasiado viejo para estar asustado de los quizás, pero aún así lo está, y se consuela diciéndose que, mientras nadie lo sepa, no hay ningún problema lo que le de miedo, o no.

— Manuel me contó que fuiste a verlo —dice Victoria a modo de saludo, cuando Martín llega tarde a su cena mensual ese miércoles.

— Hola para ti también, Victoria. Si, estoy bien, gracias por preguntar, ¿y vos? —sisea Martín, quitándose la chaqueta de un solo tirón antes de sentarse frente a ella.

Victoria le ofrece una sonrisa de labios pintados, y Martín pone los ojos en blanco, abriendo el menú sin leer nada. Ya sabe lo que va a comer, siempre come lo mismo, pero aun así siempre toma el menú, incluso cuando no lo está usando para esconder su cara de su mejor amiga.

— Yo solo decía, Martín, que me podrías haber contado antes —alega ella, poniendo los ojos en blanco. — podría ayudarte, ¿sabes?

— Tú igual pudiste haberme contado ¿o no? Me tuve que enterar por el Seba —gruñe Martín bajando el menú. — Pero en verdad, solo me está haciendo una escoba.

— ¿Y tienes que ir a diario para eso?

— ¡No lo veía hace años! Solo intento ponernos al día.

Victoria parece lista para exponer todas y cada una de sus mentiras, pero se detiene cuando la mesera aparece frente a ellos. Su sonrisa falsa es tan perfecta que Martín casi puede olvidar que la camarera lo odia, al menos hasta que la risa de Victoria se lo recuerda, inmediatamente después de que la mujer se da media vuelta.

— Nunca te va a perdonar lo del vino, ¿ah? —dice, entre risas, y Martín le lanza la servilleta de tela en la cara.

— ¡Esa fuiste vos! Fuiste vos, y la dejaste creer que había sido yo —gruñe Martín, avergonzándose con el puro recuerdo. — ¿Por qué seguimos viniendo acá, Vicky? Hay muchos otros lugares para cenar.

— No podía dejar que se enterara, solo mírala, Martín —murmura Victoria, mirando con una sonrisa boba la espalda de la camarera. Su cola de caballo se mueve de un lado hacia el otro con sus pasos, y Martín se la imagina dedicándoles un insulto distinto con cada uno de los taconazos que da. — Un día de éstos le voy a pedir su número.

— Hacelo rápido, Victoria, hacelo y libéranos a todos de tus técnicas de seducción, por favor.

Martín atrapa su servilleta en el aire, respondiendo la mueca de Victoria con una sonrisa llena de dientes. Se siente bien así, siendo él quién puede opinar de las vidas amorosas ajenas, en vez de tener a todos mirándolo con pena por algo que no está pasando, pero Victoria solo lo deja disfrutar el triunfo hasta que sus platos llegan, y de ahí en adelante, solo hablan de sus años de colegio.

No es exactamente sobre Manuel, pero se parece lo suficiente como para que Martín vuelva a su casa sintiéndose expuesto. Se siente incómodo en su propio cuerpo, como cuando aún era un adolescente, y cuando se mira al espejo, no puede evitar verse viejo.

No es el mismo Martín que era cuando le pidió pololeo a Manuel, y ciertamente tampoco es el mismo que aceptó terminar con él cuatro meses después de salir del colegio. Pero los tres son parecidos, todos esos Martín en los que piensa cuando se mira al espejo se parecen lo suficiente como para que los confunda a ratos.

— Solo quiero una escoba, — se dice en voz alta, algo avergonzado de cómo el sonido de su voz rebota en su baño. Repite la frase, un poco más alto, para reafirmarse, mientras se busca canas frente al espejo antes de irse a dormir.

No encuentra ninguna en realidad, pero sueña que tiene todo el pelo blanco esa noche. Se ve como la vieja de los cuentos de Manuel, y le pega con un bastón, preguntándole por qué nunca escribió. Por qué se fue, si cuando terminaron fue por los viajes de Martín.

Si quería viajar, pudieron haberlo hecho juntos, le dice, moviendo el bastón por todos lados.

En su sueño, Manuel tiene dieciocho, y le agarra el bastón con una mano, preguntándole a gritos lo mismo. — ¿Y vos? ¿Por qué no escribiste vos?

Cuando despierta, lo único que le queda del sueño es el acento argentino de Manuel, y decide que ha ido demasiado a la tienda.

Es fácil evitar el impulso durante el jueves y el viernes, las prácticas lo dejan lo suficientemente cansado como para ir directo a su departamento, y si se demora algo más de lo estrictamente necesario en las duchas, nadie dice nada.

 


 

 

Martín nunca fue bueno con los hechizos de limpieza, ni nada que implicara trabajo doméstico en realidad. Su madre los hacía sin decir las palabras, solo con el movimiento de su varita y el poder de su concentración, pero él nunca los había aprendido bien. Sus platos siempre quedaban algo sucios cuando lo hacía así de joven, y de adulto, prefiere no intentarlo siquiera. No le cuesta nada lavar los platos con una esponja.

No le cuesta nada pasar la aspiradora, lustrar los muebles, y limpiar las ventanas ese sábado tampoco, y a cambio del esfuerzo, consigue olvidarse de todo el tema con Manuel hasta la noche, cuando está demasiado cansado como para desperdiciar el tiempo mirándose al espejo o pensando en los quizás de su vida.

De hecho, se duerme apenas su cabeza toca la almohada.

El domingo es más complicado, porque todo el trabajo de su departamento lo hizo el día anterior, y aunque hay acciones que puede repetir, difícilmente le van a ocupar todo el día.  Está pensando en ir al campo de entrenamiento, de hecho, cuando siente el picoteo en la ventana.

Hay una paloma ahí, mirándolo, y a Martín le toma unos segundos recuperarse de la sorpresa lo suficiente como para partir allá y abrirle la ventana, recibiendo un pequeño picotazo por las molestias.

Los pájaros públicos siempre tienen mal humor,  por eso Martín prefiere usar pajarerías por cobrar hoy en día. Ha pensado varias veces en comprar su propia lechuza, pero siempre que pasa por la tienda de mascotas piensa que sería cruel comprarla, si casi nunca está en el departamento, y luego lo olvida, hasta la siguiente vez que quiere enviar una carta, que no es tan seguido hoy en día.

A fin de cuentas, para algo aprendió a usar el celular.

La carta está escrita en un pedazo de papel amarillento, y no es más que un párrafo de letras pequeñas y cuadradas. Hay un manchón de tinta negra en una de las esquinas, y marcas de arrugas invisibles en todo el papel, que probablemente vienen de cargar demasiado el lápiz en las otras hojas.

<<Quieres venir hoy?  JM.G>>

Martín intenta no estar feliz, pero no puede evitarlo mientras se baña, y cuando va en camino, pasa a comprarle un café a Sebastián, con una sonrisa boba en el rostro. Lleva todo el camino diciéndose que no es la gran cosa, que solo va a ver su escoba, pero no puede evitar sentir que acaba de ganar algo especial con esa triste excusa de carta.

Su primo solo lo mira con impaciencia, alargándole dos vasos de café, y una bolsa de papel.

— ¿Y esto?

— Manuel no desayuna si no tiene algo bueno que comer, y nunca tiene nada bueno que comer —explica Sebastián, encogiéndose de hombros. — Así que pueden desayunar tarde juntos.

— Son las doce.

— Lo sé, doce y media de hecho. Apúrate mejor, que se va a enfriar el café.

Está tan avergonzado, en nombre de sí mismo y todos sus amigos, que no logra articular ninguna queja, y al final, solo le paga en silencio, murmurando un gracias antes de irse.

No está seguro de a qué están jugando sus amigos, pero es un alivio llegar a la tienda de Manuel y ver que Julio no es parte del juego. Está tan aliviado de hecho, que le regala una de las medias lunas que Sebastián le dio.

— Manuel no ha llegado, —dice Julio, recibiendo el dulce con una pequeña sonrisa.

— Ya, pero…, ¿Está bien si lo espero atrás? —pregunta Martín, sin pensar, y Julio lo mira ligeramente confundido por unos segundos antes de poner los ojos en blanco, y devolver su atención a la revista.

No puede evitar notar que es exactamente el mismo número de la semana pasada.

— No me importa.

Martín se ríe bajito mientras va por el pasillo, debatiéndose si decirle o no a Manuel sobre la impecable ética de trabajo de su vendedor.

Ya va a la mitad de su café cuando Manuel llega, respirando agitado, con un bolso en el hombro y bolsas de plástico balanceándose en cada mano. Esta vez está afeitado, y su pelo da la impresión de que estuvo peinado en algún momento. Cuando lo saluda, Martín incluso puede sentir el olor de su perfume en el aire, y está sorprendido de comprobar que es exactamente el mismo olor cítrico que usaba en el colegio.

—Perdón, hueón, la Tiare se iba hoy al colegio y se le quedó una hueá, tuve que ir a buscársela.

— ¿Ya empezó el año? ¡Pero si todavía es verano! ¿A cuánto estamos?

— Estamos a primero de marzo, y las clases siempre empiezan el primero de marzo, lo sé porque la Tiare me lo gritó hoy en la mañana. —comenta Manuel, dejando todo apoyado en las patas de la mesa con un suspiro aliviado. — Estaba súper enojada conmigo

Martín lo mira empujar su escoba, que poco a poco va tomando forma con los días de trabajo, y sentarse luego al borde de la mesa. Martín piensa en comentar sobre los pitillos que está usando, en preguntarle si fueron una compra de su hermana menor o algo por el estilo, pero entonces nota las Converse rotas que está usando, casi hipnotizado por el balanceo de sus pies.

Él conoce esas zapatillas, o quizá no. No cree que un par de zapatillas puedan durar tantos años, en verdad.

— ¿El Seba mandó eso? —Pregunta Manuel, notando recién el vaso con café frío y la bolsa de papel que Martín había dejado sobre la mesa. — Ah, que bacán, ojalá hubiera puesto esta hueá cerca del café.

Manuel calienta el vaso con un movimiento de varita y palabras murmuradas. Toda su magia es así, apenas hace ruido para hacerla hoy en día, aunque Martín lo recuerda gritando hechizos cuando eran estudiantes.

— Oye, —empieza a decir, incómodo con su propia inseguridad mientras parte una media luna en pedacitos. — ¿Esas…, son las del colegio? Se parecen.

Le cuesta tomar la decisión de mirar a Manuel, pero cuando por fin lo hace, se siente aún más perdido que al comienzo. Manuel no se ha movido en absoluto desde la última vez que Martín lo miró, tiene la media luna en una mano, y el café contra los labios, pero no está tomando, solo está mirando el piso con el ceño fruncido, los pómulos y la nariz rojos de vergüenza.

— ¿Manuel?

— Sí…, sí, sí lo son —murmura Manuel entre dientes, tomando un sorbo largo de café. —Tú sabes que no me gusta comprar zapatos, y todavía funciona tirarles un reparo de vez en cuando —gruñe, mirándolo de frente, como si estuviese esperando a que Martín lo contradijera.

Es una buena suposición, sin embargo, lo que Martín hace es largarse a reír, las orejas ardiéndole por lo que supone, es un ataque de vergüenza ajena. Está esperando que Manuel lo eche en cualquier momento, pero el moreno ni siquiera habla durante su risa, y cuando por fin logra controlarse, Martín no dice nada tampoco. No está seguro de si quiere decir algo en realidad, en vez de eso se apoya en la mesa, a un lado de Manuel, comiendo sus pedacitos de media luna mientras lo escucha tragar sorbos de café.

— ¿Y todavía están ralladas abajo? —pregunta por fin, casi sin querer. La risa de Manuel es corta e irónica, más un resoplido que una verdadera risa, pero incluso eso le arranca una sonrisa en ese contexto.

— Si no pude quitar tu hechizo cuando éramos chicos, ¿qué te hace creer que lo intenté de grande? Igual es la suela nomás, me da lo mismo —replica Manuel, lamiendo algo de dulce de sus dedos antes de sacar su segunda media luna. — ¿A ti te molesta?

Martín piensa en sí mismo durante su último año en el colegio, piensa en todo lo que se demoró en lograr un hechizo que mantuviese la suela de las zapatillas limpias y legibles, a pesar del tiempo, y luego, todo lo que le costó poner suficientes barreras para que Manuel no pudiese borrar su arte.

Tiene ganas de arrodillarse y ver las suelas de nuevo, para saber si sus hechizos siguen iguales o no, pero en vez de eso se encoge de hombros, negando con una sonrisa.

— No, boludo, me da lo mismo. Yo todavía tengo la corbata.

Manuel se ríe bajito con eso, asintiendo distraído mientras corta la tercera media luna con los dedos. Martín no está seguro de qué hora es, pero imagina que ya debe ser hora de almorzar, y que debería empujar a Manuel a guardar las cosas que compró, a que vayan a comprar algo más que medias lunas.

Se imagina que Julio está en camino a la tienda de su hermano para almorzar juntos, viendo alguna novela probablemente.

— Toma —dice Manuel, alargándole el último pedazo de media luna. El dulce brilla bajo el sol, y Manuel le está sonriendo directamente, los rastros de su sonrojo aún visibles en la contextura pálida de su piel. Martín se olvida momentáneamente de todas sus ideas mientras lo mira, contento de estar ahí. No tiene tanta hambre, no la suficiente como para levantar a Manuel en realidad.

— Y al final, ¿qué se le había olvidado a la Tiare? —pregunta como quién no quiere la cosa, jugando con el pedazo de masa entre los dedos. Manuel lo mira confundido por apenas unos segundos antes de poner los ojos en blanco.

— Su escoba.

Esta vez, cuando Martín se ríe, Manuel también.

 

 

Esa tarde Manuel lo lleva al campo con un portkey de ida y vuelta, y lo invita a probar una de las escobas en las que está trabajando. Martín no lo piensa siquiera antes de decirle que sí, incluso después de que Manuel le dice que ha estado probando cosas nuevas en esa escoba: cerdas distintas, runas inusuales, de todo un poco. Incluso ha estado intentando inventar hechizos propios para volverla más ligera y rápida, pero esa parte en particular no está siendo tan fácil como esperaba.

Según él, es un trabajo más impredecible que lo que hace usualmente y no siempre cumple sus expectativas, de hecho, le advierte que la última vez que él mismo probó esa escoba en particular, se rompió el brazo chocando con un árbol.

— Había un par de hechizos contradictorios, así que cuando intenté pararla, se salió de control —dice Manuel, riéndose avergonzado mientras pasa la mano por el mango. — Así fue como Miguel cachó mi tienda. Tuve que ir a comprarle algo para arreglarme el brazo, porque no podía usar mi varita, no podía hacer nada, y estaba solo —le cuenta, encogiéndose de hombros. — Caminé como cinco cuadras con el brazo colgando, me dolía más que la cresta, y cuando se lo expliqué, ¿Sabí que hizo? Se puso a gritarme, hueón, pensé que se iba a quedar afónico.

— Serás boludo, Manuel —responde Martín una vez logra controlar sus carcajadas.— Tu igual gritarías, si Miguel llegara a tu tienda con el brazo roto.

El moreno se encoge de hombros, dándole la razón en silencio. Es un gesto inusual en él, pero Martín no se lo cuestiona demasiado, los dos están grandes ya como para andar discutiendo cosas que ya pasaron. Al menos eso es lo que se dice antes de que Manuel le ofrezca la nueva escoba.

— ¿Estás listo? —pregunta, mirándolo de arriba abajo con una media sonrisa  que le hace pensar en un Manuel distinto, uno más bajo, con la cara más redonda y un gusto particular por llevarle la contraria a todo el mundo.

Martín se pregunta vagamente si será lo mismo que Manuel ve en él cuando recibe la escoba.

El mango es más grueso que las escobas normales, pero pesa tan poco que el brazo se le va para arriba, y Manuel se ríe de su cara durante unos minutos antes de invitarlo a probarla. No está barnizada aún, y el trabajo de runas en la madera le parece aún más incomprensible que el de su propia escoba, le parecen los dibujos de un niño en realidad, temblorosos e irregulares, pero Martín confía en él lo suficiente como para montarla sin pensar, pateando el suelo como lo haría con su propia escoba.

El monstruo  de escoba que tiene entre las manos lo manda tres metros hacia el cielo, antes de que Martín piense siquiera en hacer algo. Le toma unos segundos orientarse de nuevo de hecho, y mientras tanto, Manuel le está gritando desde el piso que le devuelva la escoba, que la prueba terminó, pero Martín no lo está escuchando en ese momento.

Se siente un poco como volver a aprender a volar, pero después de los primeros diez minutos de tirones y movimientos en falso, está usando la escoba más rápida de su vida, y no quiere devolverla nunca. Es difícil de controlar, y parece tener una mente propia en las curvas, pero va tan rápido que el paisaje se ve borroso a su alrededor, y el corazón de Martín late tan fuerte que siente el golpeteo en todo el cuerpo al mismo tiempo, fuerte y claro, como si se le quisiera escapar por la piel.

No cree haber sentido tanta adrenalina desde el último torneo, e incluso en ese entonces era menos, porque su escoba es obediente, jamás giraría hacia el lado contrario que él apunta, pero esta escoba es más un ser vivo que un objeto, y Martín trata de soltar el control a ratos, solo para descubrir qué va a hacer.

Está esperando chocar con algo tarde o temprano, incluso desde antes de tocar la escoba, lo que no espera es chocar contra la magia protectora de Manuel. La barrera rodea casi todo el campo en el que están, y no está seguro cómo es que no lo notó antes, pero tampoco es que le importe porque apenas pasan la barrera la escoba deja de funcionar y el cae, y cae, hasta alcanzar el piso con un golpe seco que le arranca el aire de los pulmones.

Y ahí se queda, mirando los trazos brillantes de la magia de Manuel y el cielo, demasiado aturdido como para pensar siquiera en hacer otra cosa.  

 


 

 

Su medimago de cabecera es un hombre de unos sesenta y tantos años,  que usa camisetas de bandas muggle debajo de las túnicas verdosas que todo el resto de los médicos mágicos usan para el trabajo, tiene anillos en todos los dedos y el largo pelo canoso amarrado en una cola de caballo que fácilmente pasa su inexistente cintura.

Se ve como un chiste en medio de la consulta perfectamente blanca y cuadrada en la que trabaja, Manuel no parece particularmente sorprendido al comienzo, pero apenas el médico desaparece de su vista, le dedica una mirada de cejas enarcadas a Martín. Es un buen cambio en relación a la expresión grave y nerviosa que ha tenido desde que lo ayudó a levantarse, hace más o menos media hora, así que el rubio se la devuelve, intentando no sonreír.

No es que esté realmente mal, de hecho pasó un buen rato explicándoselo a Manuel antes de que fueran, para tranquilizarlo. Está bien, solo fue la sorpresa, no tiene nada roto, solo el dolor del golpe y ya, pero su entrenador lo mataría, si llegase a enterarse de que tuvo un accidente de vuelo y no fue a ver al doctor inmediatamente.

— Luciano me reviviría para matarme una segunda vez, y luego a ti, por no decir nada —comenta, echándose para atrás en los sillones negros de su médico. Su espalda protesta al tacto, pero se aguanta las ganas de quejarse. Al menos por ahora.

— Yo te dije que pararas.

— ¿Después de pasarme la escoba más rápida que he usado? Si boludo, obvio que iba a parar.

Martín está esperando otro alegato, pero en vez de eso encuentra la sonrisa más sincera que le ha visto a Manuel, jura que le llegan a brillar los ojos cuando se miran, y recién entonces se da cuenta de lo cerca que están.

Le parece difícil creer que pueda seguir agitado aún ahora que está sentado sin hacer nada, mucho después del vuelo y la caída, pero se siente como si estuvieran en el campo de nuevo, justo antes de empezar a volar.

— ¿La más rápida, en serio? —pregunta Manuel, acercándose hasta que sus rodillas se tocan. — ¿Y cómo te anduvo en las curvas?

Cuando el doctor Souza vuelve a la habitación, acarreando al menos tres frasquitos de pociones y una lista de cuidados totalmente innecesarios, Manuel y Martín están discutiendo las posibilidades de la nueva escoba, tan enfrascados en la discusión que ni siquiera se dan cuenta de su presencia hasta que el hombre empieza a carraspear a menos de un metro de ellos.

 


 

 

Martín no recuerda haber llorado el día que terminaron con Manuel. Fue en primavera, aunque no estaba seguro de la fecha exacta. ¿Noviembre? No, Septiembre, había sido en Septiembre, en uno de sus pocos días libres antes de partir para un torneo en Europa.

Norteamérica era un lugar extraño para él, especialmente con su poco dominio del idioma. Los hechizos de traducción siempre le habían parecido incómodos, y no siempre estaba dispuesto a usarlos, pero eso solo lo había hecho parecer más excitante en ese tiempo. Un país desconocido, una lengua a la que no estaba acostumbrado, todo le había sonado a una aventura.

Había sido el mismo Manuel, el que lo había convencido de tomar la oferta luego de que el equipo lo contactara. Él le había dicho que se fuera nomás, que era una gran oportunidad.

Martín no había pensado dos veces antes de hacerle caso, y cuando se presentó la oportunidad de mudarse permanentemente al extranjero, Manuel había repetido lo mismo: — Anda, Martín, —había dicho, con una mueca irónica y un cigarro a medio fumar entre los dedos. — ¿Qué otra cosa vas a hacer? ¿Quedarte en la liga de Castelobruxo hasta que tengas cincuenta?

— ¿Así nomás? ¿Y no me vas a extrañar flaco?

— Podemos llamarnos. Escribir. —Manuel le había sonreído a medias, encogiéndose de hombros. — Te puedo ir a ver y tú puedes venir en tus días libres. —Martín recordaba que la ceniza de su cigarro se había caído sobre sus pantalones un poco después de esa respuesta, totalmente consumido sin que Manuel alcanzara  a dar una sola calada.

En ese tiempo, se había reído, intentando ignorar lo mucho que le irritaba la indiferencia de su novio, y Manuel había cambiado el tema, limpiando la ceniza con un movimiento de varita.

Así nomás, se había ido.

Hace tiempo ya que la distancia no les estaba funcionando cuando terminaron, no fue algo repentino, sino más bien un proceso que Martín no había visto venir al comienzo, y que Manuel probablemente sabía desde el mismo instante en que le había dicho que se fuera.

Hablaban los viernes por red flu, pero era incómodo, y Martín no siempre conseguía llegar a la hora a su departamento. A veces se le hacía tarde, tan tarde que las conversaciones se quedaban en buenos deseos y un recuento rápido de sus días antes de irse a dormir. A veces mandaban cartas, pero las de Manuel siempre eran escuetas, y las de Martín eran más monólogos que conversaciones, cuando se acordaba de mandarlas.

Manuel no estaba haciendo nada en particular con su vida en ese tiempo, vivía en la casa de sus padres, en Santiago, y de vez en cuando iba a Brasil a encontrarse con el resto de sus amigos, pero eso era todo, eso y leer. Eso y las llamadas con Martín.

Martín, en cambio, no tenía muchos días libres en ese entonces, y los que tenía, trataba de usarlos en cosas productivas: pagar las cuentas, comprar la comida, limpiar su pieza, tramitar los papeles de su residencia, y cosas por el estilo. El entrenamiento era mucho más importante que todo lo demás, así que solo podía darle a Manuel lo que le sobrara de tiempo durante esos domingos libres cada semana.

Ahora que han pasado los años, no recuerda exactamente qué había ido a hacer a Santiago el día que terminaron, pero probablemente era algo más que solo ver a Manuel. O quizá no, quizá justo ese día había sido todo sobre Manuel, fuera como fuese, habían tenido una cita silenciosa en el centro de la ciudad, y a la noche, cuando Martín estaba esperando a que su portkey se activara, Manuel se había parado frente a él con los labios apretados, y las manos hundidas en los bolsillos de la sudadera negra que traía puesta.

Acababan de despedirse con un beso apenas unos segundos atrás, y Martín había pensado, estúpidamente, que Manuel iba a besarlo de nuevo cuando su portkey se activara.

— Terminemos.

— ¿Qué?

— No está funcionando Martín. Terminemos como amigos —había repetido, mirándolo a los ojos. — Todavía puedo ir a verte al campeonato, si quieres.

— Pero qué…, No es justo boludo, ¿cómo me decís ahora? —en ese tiempo, la sola idea había sido tan inesperada que no había logrado más que esa frase, y Manuel solo le había sonreído, como disculpándose. — No podés cortarme así…,

Afortunadamente (o desafortunadamente, dependía del punto de vista en realidad) el portkey había tirado de él antes de que alcanzara a ilustrarle donde podía meterse las disculpas. Martín había estado tan enojado durante esa semana, que no había alcanzado a sentir la pérdida, y luego había comenzado el torneo, y todo lo que había hecho había sido cazar la snitch, una y otra y otra vez.

Ahí fue cuando consiguió su primer gran contrato. Le tomó unas semanas conseguir el permiso para volver a Brasil y poder celebrarlo con sus amigos, pero cuando por fin lo hizo, Manuel estaba ahí también. Se habían reído juntos, pero de lejos, sin hablar mucho directamente, y sin una sola discusión sobre lo que había pasado.

Dos años y medio después, cuando el trabajo de Martín ya estaba lo suficientemente estable como para visitar los fines de semana y tomar al menos un mes de vacaciones por año, Manuel se fue a Europa.

 


 

 

— ¿Puedes terminar la escoba antes del diez? —pregunta Martin, a modo de saludo, la siguiente vez que se ven.

Es miércoles, y llegó un poco antes de lo usual, pero duda que Manuel esté conciente de eso. De hecho, el moreno ni siquiera aparta la mirada de lo que está haciendo, Martín incluso dudaría de que lo escuchó, si no fuera por el ruido que hace a modo de respuesta.

Esta vez la burbuja de magia está cubriéndole las manos también, mientras talla un nuevo mango de cerezo. Está usando la varita y el cuchillo al mismo tiempo, murmurando encantamientos que Martín no reconoce de vez en cuando, y parece tan concentrado, que Martín no se atreve a repetir la pregunta.

No es la primera vez que lo encuentra trabajando, de hecho, Manuel siempre está trabajando en algo, así que Martín simplemente sigue la rutina que han formado durante esas semanas, dejándose caer en la silla de madera al otro extremo de la mesa.

Todo es de madera en el patio, pero nunca ha preguntado si hay un motivo real o es una simple preferencia decorativa. En realidad duda que exista siquiera la posibilidad de que sea algo decorativo, pero los años le han enseñado a suponer lo menos posible cuando trata con otras personas, especialmente con Manuel.

— ¿Y para qué la quieres antes del diez? —pregunta Manuel luego de un rato, dejando todo de lado para estirarse. Su espalda cruje con el movimiento, pero Manuel solo continua estirándose por partes, rotando las muñecas y empujando sus propios dedos hacia atrás. Todas sus articulaciones suenan, en realidad, y Martín no puede apartar la vista. — Habíamos acordado que era para el veinte, ¿no?

— Vamos a tener un partido amistoso en México, y quiero usarla entonces. —Explica, encogiéndose de hombros con una sonrisa incómoda. — Sería buena publicidad che, después del partido siempre hay conferencias de prensa.

Manuel parece estar más confundido con cada palabra que sale de su boca, pero Martín continúa hablando de todas formas. Se siente como si estuviese intentando empujar a Manuel con el poder de sus palabras nomás, mientras le cuenta sobre la entrevista de Luciano, y está a medio camino de comenzar a hablar sobre la pésima señalética de la tienda, cuando Manuel lo detiene.

— ¡Yo le pedí que no hablara, Martín! No necesito publicidad. No quiero publicidad.

— Sí que la necesitás, boludo, no tenés ni un cliente. No me digás que es mentira, he venido prácticamente todos los días y nunca hay nadie.

Manuel tiene la cara roja, pero aún así logra sostenerle la mirada cuando niega de nuevo. Martín está silenciosamente sorprendido por eso en particular, porque Manuel siempre era el primero en desviar la mirada cuando algún tema lo avergonzaba, cuando estaban en el colegio. Verlo ahí, mirándolo a la cara, es algo nuevo, y no está seguro de como continuar su punto, pero tampoco quiere callarse.

Quiere que se queden así lo más posible, con Manuel mirándolo de frente, rojo hasta el cuello.

— ¡Okay, no, no tengo muchos clientes acá!  Pero hago pedidos para el extranjero, y los mando ¿ya? —responde por fin, algo más alto de lo que pretende. — Así se sostiene la tienda. Mi maestra me deriva clientes todos los meses también…, Y bueno, son los que ella no quiere, pero son harta plata igual.

— ¡Igual, boludo, deberías dejar que la gente sepa que esto existe! —gruñe, gesticulando tanto que está seguro de que en algún momento se va a pegar con la mesa, pero no puede evitarlo. Hay algo en toda la situación que le recuerda todas las cosas que siempre lo irritaron de Manuel— ¡Que vos existis! ¡Pero ni siquiera lo estás intentando! ¡Apuesto a que ni las firmás!

— ¿Qué sabis vo’ sobre lo que hago? —responde Manuel, levantándose de golpe. Martín no gasta un segundo siquiera en imitarlo, y pronto están frente a frente, gritándose cosas que Martín no alcanza a pensar dos veces antes de que salgan de su boca.

Se pregunta si Julio los escucha, si Miguel irá a cruzar la puerta con comida, si alguien se irá a enterar de que por fin están discutiendo una de esas tantas cosas que dejaron pasar hace años.

— ¡A quién le importa hueón! —grita Manuel por fin, lo suficientemente alto como para hacerlo callar. — ¡No necesito esas hueás! ¡Y tampoco necesito tu ayuda! ¡No estoy ni ahí con ser tu proyecto, así que te podí’ ir olvidando de la hueá!

No está seguro de qué es lo que lo hace avanzar, si es simplemente la rabia, o es el hecho de ver a Manuel darse media vuelta, como si se fuese a ir. Quizá es la sensación de que siempre están en el mismo círculo, dándose la espalda una y otra vez, o la idea estúpida que tiene de que Manuel se va a ir.

Sea cual sea, su cuerpo actúa antes de que su cerebro pueda llegar a una decisión, agarrándole la polera a Manuel y tirando de él hacia atrás con tanta fuerza que el moreno trastabilla hasta la mesa, botando el mango a medio tallar y otras de las cosas al piso.

— ¡Deja de escaparte conchudo!

Cuando Julio se asoma unos minutos después, todo está tirado en el suelo, incluidos ellos dos. Los golpes están comenzando a hincharse ya, pero Martín no tiene la motivación de levantarse, y Manuel ni siquiera sabe dónde está su varita en realidad.

Se siente infantil cuando se aparece fuera del lugar sin decir una palabra, forzando todas las barreras mágicas de la tienda de Manuel hasta romperlas; pero ya es demasiado tarde para arrepentirse.

 


 

 

El seis, Manuel lo está esperando fuera del complejo de entrenamiento, sin ninguna marca de su pelea, y con un paquete al hombro. Se ve incómodo y avergonzado, incapaz de levantar la mirada del piso mientras los jugadores que van saliendo lo miran sin siquiera intentar ser disimulados. Martín no está realmente motivado a ayudarlo, si es sincero, pero tampoco cree poder soportar mucho más del espectáculo.

— Si quieres voy yo a recibirlo —ofrece Luciano cuando pasa a su lado, con una sonrisa burlona en los labios. — Me puedo quedar con lo que sea que trae también.

Luciano ni siquiera se queda a escuchar el insulto de Martín, y cuando está afuera, saluda a Manuel como si nada, dándole unas palmaditas en la espalda que el chileno aguanta luciendo extremadamente incómodo. Las puertas del complejo están hechizadas para ser transparentes de adentro hacia afuera, pero no dejan pasar el sonido, así que Martín tiene que contentarse con intentar leerle los labios a Manuel.

Por supuesto que, incluso sin saberlo, Manuel tiene que hacer todo extremadamente difícil, y Martín no logra entender nada de la conversación, pero apenas Luciano se va, Manuel se voltea hacia la puerta, mirándola con ambas cejas enarcadas, como si supiese donde está.

Martín está seguro de que lo sabe, y piensa recordárselo a Luciano cada vez que le pida ayuda con Sebastián de ahora en adelante.

— ¿Qué hacés acá? —pregunta, cuando por fin tiene el valor de abrir las puertas.

Manuel se ve igual de reacio que antes, pero toma aire y camina hacia él de todas formas, alargándole el paquete con una mano.

— Terminé tu escoba. —responde Manuel, antes de que Martín pueda pensar siquiera en decirle algo. — Perdón.

— Pensé que ya no la ibas a hacer.

— Eres un cliente

No está seguro de qué clase de respuesta estaba esperando, pero claramente no es esa. Martín está seguro de que en un mundo donde Manuel realmente entendiese qué está pasando por su cabeza, jamás le diría eso, y tiene ganas de decírselo, ganas de tirarle la escoba por la cabeza y desaparecerse de ahí también.

Pero no lo hace, en vez de eso, lo mira hasta que Manuel pierde la paciencia, retrayendo la mano y su nueva escoba con ella.

— No es que solo seas un cliente Martín, no me refería a eso. —le gruñe, fuerte y claro, y Martín desearía recordar exactamente qué fue lo que él le dijo cuando comenzaron a pololear, porque está seguro que fue mejor. Pero no tiene la más mínima idea. — Pero también eras un cliente, obvio que te iba a hacer la escoba.

— ¿No era para el veinte?

Manuel hace un sonido al fondo de la garganta, pasándose una mano por la cara y el pelo mientras refunfuña cosas que Martín no entiende. Le parece que es otro idioma de hecho, quizá son hechizos extranjeros, y él jamás lo sabría. Pero como nada pasa, solo le queda suponer que son todos los garabatos que Manuel logró aprender en sus viajes.

Él hizo algo parecido hace unos días, le gritó a Manuel todos los insultos que se le ocurrieron, allá en su departamento, lejos de cualquier persona que pudiese escucharlos.

— Perdón, hueón, —suspira Manuel luego de un rato, mirando el paquete que tiene en la mano como si esperara sacar alguna respuesta de ahí— Ya, mira, las cagé, ¿Si? Sí sé que las cagué. No debí haber reaccionado así, y puta, sé que estabas intentando hacerme un favor, pero...,

— Yo igual te pegué.

— ¿Cómo?

— Que yo igual pegué, flaco, no tenés toda la culpa. —Martín sinceramente no está seguro de cuántas veces en total se ha disculpado con Manuel, ni cuántas veces lo ha hecho Manuel con él, pero tiene la sensación de que son muy pocas. De que mientras está parado ahí, mirando a Manuel balancear el peso de su cuerpo de un pie al otro, está pasando algo nuevo entre ellos. — Tenía que echarme para atrás cuando me dijiste que no querías que me metiera, es tu tienda, che. Vos sabrás qué querés hacer con ella.

Martín tiene dos segundos para sentirse como un gran ejemplo de madurez, y los disfruta, seguro de que este es el final de las peleas entre ambos, al menos hasta que Manuel lo arruina soltando un resoplido.

— No sé qué quiero hacer con ella, la tengo nomás porque algo tengo que tener —dice encogiéndose de hombros— Pero no podríai pasar tanto tiempo allá, si tuviera clientes de verdad yendo y viniendo.

La última frase la dice en un susurro tan bajo que a Martín le parece que se la imaginó, pero cuando Manuel lo vuelve a mirar, el color rojo de sus oídos y sus mejillas le llega hasta el cuello, y se ve tan miserable, que Martín sabe que fue real. Que están ahí, siendo sinceros en la puerta del complejo al que va a entrenar todos los días.

— Te iría a ver igual. Iría aunque estuviera lleno de gente —dice, sintiéndose estúpido. Manuel debe sentirlo igual, porque lo siguiente que sale de su boca es una risita nerviosa, que se vuelve una carcajada cuando intenta acallarla. — ¡De qué te reís, es en serio!

No pretende reírse, pero eso es lo que pasa, y cuando el conserje pasa por la puerta y los queda mirando, su risa aumenta aún más, hasta que apenas puede respirar y le duelen las mejillas. Manuel lleva un rato intentando hablarle entre risas, pero Martín no entiende nada, y al final de su ataque de risa, tampoco tiene la concentración como para preguntar.

— Sos un pelotudo, siempre lo fuiste —murmura, apenas recupera el aliento, y Manuel se encoge de hombros, ofreciéndole el paquete de nuevo.

— ¿Y siempre lo seré? —pregunta Manuel cuando Martín le recibe el paquete en silencio, intentando no sonreír.

No pesa casi nada, y puede sentir las hendiduras del tallado a través del papel café con que está envuelta. Sigue siendo larga para el promedio de las escobas, y tiene tantas ganas de probarla que sinceramente piensa en devolverse, ponerse su equipo de entrenamiento y pedir prestado el campo.

Pero también puede sentir los ojos de Manuel encima de él mientras revisa el paquete que tiene en las manos, y el silencio expectante que cae sobre ellos cuando lo aparta.

— Vamos a mi casa —dice por fin, y Manuel lo mira confundido por unos segundos, antes de encogerse de hombros y asentir.

— ¿No quieres probarla? —pregunta de todas maneras mientras le toma el brazo, y Martín asiente.

— Obvio que sí, llevo esperando casi un mes.

Martín los aparece a ambos en su departamento antes de que Manuel alcance a decir algo al respecto, y se niega a abrir la escoba hasta mucho después de que Manuel se queda dormido en su sillón, con el vaso de vino firmemente sujeto en la mano derecha.

No tiene una razón real para resistirse a abrirlo en realidad, no ahora que Manuel está durmiendo, y luego de todo el alcohol que ha tomado le cuesta razonar consigo mismo el por qué le pareció importante no hacerlo cuando estaban en el campo de entrenamiento en primer lugar, así que se sienta frente a la mesa de centro, con la escoba sobre las piernas, y se dispone a sacar, pedazo a pedazo, el papel café de la envoltura. Supone que podría hacerlo rápido, terminar e irse a dormir con una imagen clara de su nueva escoba, pero prefiere ir lento, imaginando a Manuel poniendo el papel esa misma mañana.

No se demora tanto tampoco, no importa lo mucho que intente alargarlo, el mango blanco de su escoba aparece de inmediato, con hileras e hileras de runas talladas desde la punta hasta la placa de metal que la une a las cerdas. Aún así, cuando pasa la mano por encima, la superficie es perfectamente lisa, no importa lo mucho que insiste en intentar sentir las hendiduras de la madera.

No se ve igual que la primera vez, más bien, es un diseño donde las runas van aumentando de tamaño hacia el final de la escoba, y no puede evitar pensar en Manuel tallando, encorvado sobre la madera con su varita y su cuchillo, uno en cada mano. Martín nunca tomó runas en realidad, pero reconoce algunas sueltas, hechizos de peso que Manuel le ha enseñado en sus tardes de mirarlo trabajar, algunas de rapidez, y protección, pero nada más. No sabe ni la mitad de lo que hay en su escoba de hecho.

Las cerdas son rectas, a diferencia de las de Luciano, empiezan de color ceniza cuando salen de la placa de plata que Manuel puso para los apoyos, y terminan negras en las puntas. Martín intenta tirar de una, solo para saber si puede sacarla, pero no importa lo mucho que insiste, la cerda sigue ahí, perfectamente rígida en su posición original.

No puede evitar arrepentirse un poco de su decisión de no probarla de inmediato, especialmente cuando empieza a pasar las manos por los apoyos de plata que Manuel le añadió, principalmente lisos, a excepción de uno o dos detalles forjados en la placa que une las cerdas al mango.

Quiere volarla, si no fuera porque vive en un barrio muggle, lo intentaría ahí mismo, medio ebrio y muriéndose de cansancio, solo para descubrir si corre como la otra que probó, o da giros perfectos como la de Luciano.

O si, quizás, es algo totalmente nuevo.

 


 

 

Martín despierta con el sol en la cara, y su nueva escoba en brazos. No sabe qué hora es, pero le duele todo el cuerpo por dormirse en el piso, y su boca se siente asquerosa, pero nada de eso es lo suficientemente importante como para hacerlo levantarse.

El sonido de la ducha le llega de lejos, acallado por el tac-tac-tac que resuena en su ventana, una y otra y otra vez. Su cerebro aún está luchando por ponerse al día con toda la información que está recibiendo cuando Manuel aparece en el pasillo, los pies descalzos y el pelo húmedo mojando todo el cuello de su polera.

— Martín, hay una lechuza en tu ventana.

 

La howler de su entrenador estuvo gritando por al menos media hora mientras desayunaban. Manuel se había detenido varias veces, intentando convencerlo de hacer algo al respecto, o al menos lucir preocupado, pero Martín solo había continuado con su vida, sorbeteando el mate mientras miraba la televisión.

— ¿Y qué? Si ya me atrasé, —había dicho Martín, encogiéndose de hombros, y Manuel lo había aceptado a regañadientes, jugueteando con el cordel de su té mientras miraba la carta, visiblemente incómodo. — Iré luego.

Toda la mesa y parte del suelo de la cocina tenían trocitos de pergamino, para cuando la howler por fin terminó de gritar su mensaje, y aunque Manuel hizo lo mejor que pudo por sacudir las cosas al comienzo, la indiferencia de Martín se le había pegado rápido. Lo suficiente como para  hacerlo reír cuando encontró un pedazo de papel en su pan con mantequilla.

— No había visto una de esas desde que estaba en el colegio —comenta, esparciendo la mermelada sin mirar. — ¿Te acuerdas? María recibió una de sus viejos una vez.

— ¿Cuándo? Ah, ah no, espera, sí me acuerdo. —responde entre risas. No tiene el recuerdo completo en realidad, pero cuando cierra los ojos casi puede ver a María frente a él, tratando de callar la carta con todos los hechizos que se le ocurrieron. Todos se habían quedado estáticos en ese entonces, menos Miguel, que había pasado todo el resto del día lamentándose la comida llena de papel. — ¿Qué había sido?

— No cacho, ¿algo con la hermana?

— No, no, ¿No se habían escapado a la selva con el Pancho? ¿O fue la Cata?

— ¿Cuándo pasó eso hueón? Estai puro inventando.

El desayuno se alarga lo suficiente como para que, cuando Martín por fin parte al entrenamiento, ya haya una segunda howler gritando en su departamento. No es que le importe tanto, en realidad, a fin de cuentas, le da lo mismo quedarse hasta tarde ese día.

Le da lo mismo incluso si tiene que llegar a correr hasta que su entrenador se aburra de verlo dar vueltas al campo.