Chapter Text
Siempre había vivido su vida siendo rechazado por todos a su alrededor, por cosas que no podía controlar y que... le dolía.
Lo dejo pasar, tenía que concentrarse en el fútbol y en mejorar.
Luego volvió, el aroma antes fresco y reconfortante, ahora era dulce y casi tóxico, tan dulce que se sintió amargo. El aroma de Itoshi Sae. Su hermano había vuelto.
Y había roto a Rin de una manera que él no creía posible, rompió su corazón en pedazos que no se podrían volver a juntar.
Hasta que lo conoció.
A Isagi Yoichi.
Al crecer, Itoshi Rin nunca cuestionó el mundo que lo rodeaba.
Su vida parecía sencilla dentro de las cuatro paredes de su hogar, su mundo era pequeño y sin complicaciones, y el fútbol ocupaba su mente casi por completo.
Desde niño, todo lo que necesitaba era el aroma calmante del aire justo antes de una tormenta, ese olor peculiar que él asociaba con su hermano mayor, Itoshi Sae. Para Rin, ese aroma representaba estabilidad y constancia. Era lo que lo calmaba después de un largo día de escuela, lo primero que notaba al tambalearse por la puerta de su casa, cansado pero tranquilizado por la presencia de su hermano.
El aroma de Sae siempre estaba ahí, como el humo persistente de una hoguera que nunca se apagaba. Se impregnaba en su ropa, en sus sábanas y en las esquinas de su habitación. Para Rin, era reconfortante y a la vez inquietante, una constante que lo hacía sentir seguro, pero también lo empujaba hacia el anhelo de ser digno de estar a su lado. El olor de Sae no era abrumador, era limpio, casi como la lluvia que purifica, pero también traía consigo una distancia intangible, algo inalcanzable. Un recordatorio de que, aunque compartían un mismo hogar, un mismo espacio, un mismo sueño, Sae siempre estaría un paso más allá.
Rin nunca se cuestionó el significado del pensar ni del sentimiento, para él, era simplemente parte de su vida, ese aroma se convirtió en el ancla de su vida.
A medida que crecía, Rin comenzó a notar cambios en el mundo más allá de su hogar. Lo que una vez le pareció sencillo y predecible se fue transformando. La escuela dejó de ser un lugar de rutinas fáciles; no solo por las materias que se volvían más exigentes, sino por los cambios en las personas a su alrededor. Los comportamientos de sus compañeros se volvieron extraños, sus interacciones más tensas, y lo más desconcertante para Rin fue el cambio en la forma en que todos comenzaron a oler.
Al principio, apenas podía reconocer lo que estaba sucediendo. Fue durante un partido de fútbol que lo notó por primera vez: el aire, que siempre había sido claro y fresco, ahora estaba cargado, denso con una mezcla de aromas que lo hacían sentir incómodo. Había algo en esos olores que lo irritaba, que lo hacía arrugar la nariz con desagrado, como si cada paso que daba lo envolviera en una neblina invisible de olores que hacían que su estómago se revolviera. Era como si el aire se hubiera vuelto más cargado, más incómodo, y aunque no podía precisar el momento exacto, la diferencia era clara.
Sentado en clase, la situación empeoraba. El aula, que antes olía a lápices, papel y tiza, ahora estaba impregnada con una mezcla abrumadora de fragancias ajenas.
Esos olores invadían su espacio, eran raros y algo más, algo extraño que no podía identificar pero que lo hacía querer levantarse y salir de la habitación. Ahora, todo estaba impregnado con una mezcla abrumadora de aromas ajenos, inconfundibles, que lo distraían sin remedio.
Los olores permanecían, colgando en el aire incluso después de que se habían ido, como una presencia persistente que no podía ignorar.
Al principio, Rin simplemente no lo entendió. Los niños de su edad lo miraban de una manera diferente, y él sentía esas miradas con una incomodidad que no podía explicar. No eran miradas de burla, sino de algo más profundo, como si ellos supieran algo que él no. Incluso en el fútbol, donde solía sentirse más seguro, esas miradas lo seguían, haciéndolo sentir observado y fuera de lugar, y aunque intentaba ignorarlas, la tensión aumentaba.
Pero lo que más lo frustraba era la sensación de estar perdiendo el control, como si algo en su entorno estuviera cambiando y él no pudiera detenerlo. El fútbol era su única constante, y ni siquiera allí podía escapar del cambio que lo rodeaba.
No podía evitarlo, pero tampoco lo comprendía del todo. La gente a su alrededor cambiaba, sus aromas y comportamientos se transformaban, y aunque él seguía sintiéndose el mismo, sabía que algo andaba mal.
Con el tiempo, las dinámicas en la escuela también comenzaron a cambiar. Ahora, los profesores comenzaban a hablar sobre los géneros secundarios en clase. Alfa, beta, omega...
En la sociedad que a Rin le habían inculcado, los omegas eran vistos como seres vulnerables y, por tanto, responsables de lo que les sucedía, especialmente durante sus ciclos de celo. En lugar de considerar la agresión como un abuso por parte del alfa, la cultura predominante culpaba al omega por "provocar" la situación con sus feromonas y su supuesta naturaleza seductora. El celo, un momento donde los omegas perdían el control sobre sus cuerpos, era interpretado como una especie de consentimiento implícito, aunque no lo fuera.
Los alfas, por otro lado, eran vistos como víctimas de sus instintos naturales, excusando su comportamiento bajo la premisa de que no podían resistirse a las feromonas de un omega en celo.
Este enfoque mantenía a los alfas en una posición de poder e inmunidad social, ya que cualquier agresión o abuso se consideraba como un "desliz biológico", mientras que los omegas eran sometidos a vergüenza y culpa.
Las leyes y normas sociales no protegían a los omegas de estas situaciones, sino que reforzaban la idea de que eran responsables de controlar sus ciclos y, si no podían, debían aceptar las consecuencias.
A menudo se les imponían regulaciones como el uso obligatorio de supresores o restricciones de movimiento durante sus ciclos de celo para evitar a los alfas, lo que reforzaba la desigualdad y el estigma.
Para Rin, esta realidad social era asfixiante.
Los profesores seguían hablando, él los escuchaba, pero esas palabras sonaban vacías para él, no tenían peso, no tenían sentido. Eran términos irrelevantes que no tenían nada que ver con lo que realmente le importaba: el fútbol.
No le importaba encajar en alguna de esas categorías. Su hermano mayor, como siempre, le había dicho que no debía preocuparse por cosas como esas a su edad, así que Rin, con su inquebrantable determinación de seguir el consejo de su hermano, no lo hizo.
Para él, su enfoque estaba claro: el fútbol. Eso era lo que importaba. Lo demás, esas etiquetas, eran distracciones. Sus padres tampoco le daban importancia, apenas mencionaban el tema, como si para ellos Rin ya estuviera fuera de esa conversación. Así que Rin lo ignoraba como lo hacían sus padres, o bueno, trataba.
A su alrededor, sus compañeros se preocuparían por estas cosas, pero él... él tenía cosas más importantes en las que centrarse.
Y si algún día debía enfrentarse a ello, lo haría a su manera, en sus propios términos, no tenía porque sentir miedo, alfa, beta u omega… Mientras continuara siendo él mismo, no tendría ningún problema con cualquiera de estos tres géneros secundarios. Y si llegara el caso… Lucharía, no dejaría que la sociedad le interpusiese sus prejuicios en él.
El aroma de su hermano también empezó a cambiar. Lo que antes era una fragancia fresca y limpia, un símbolo de seguridad y constancia, empezó a adquirir una suavidad dulce que Rin no supo cómo interpretar al principio. Era un cambio sutil, casi imperceptible, pero él lo notaba cada vez que su hermano estaba cerca. Esa dulzura añadía una capa de calidez a lo que siempre había sido familiar, y aunque lo hacía sentir tranquilo, también lo perturbaba de alguna manera. Era un recordatorio de que su hermano estaba cambiando, y que con él, el mundo de Rin también se transformaba.
Antes de que pudiera acostumbrarse a ese nuevo aroma, Sae se había ido. Partió a España para perseguir su carrera futbolística, y con su partida, el hogar de Rin se quedó vacío, no solo de su presencia, sino también de ese olor que lo anclaba. Fue entonces cuando comenzó a sentir una incomodidad persistente, como si algo en su mundo se estuviera desmoronando.
A medida que los días pasaban y los cambios a su alrededor se hacían más pronunciados, Rin comenzó a experimentar una incomodidad persistente, casi como una picazón bajo la piel, una molesta sensación de que algo no estaba bien. El mundo que alguna vez había sido simple, ahora estaba lleno de incertidumbre y aromas extraños.
Miraba distraído a sus compañeros, viendo cómo algunos se ausentaban más a menudo por "celos" o "rutinas" relacionadas con sus dinámicas biológicas que se repetían con una frecuencia que Rin no podía ignorar. ¿Por qué todos estaban tan diferentes? Lo dejaban solo en el aula, tampoco le importaba mucho, ya no como antes al menos, ahora había algo desconcertante en estar ahí mientras el mundo a su alrededor cambiaba.
Antes, el aire había sido claro, casi transparente, con pequeños rastros de los aromas de la vida cotidiana. Ahora, todo estaba cubierto por una neblina espesa, impregnada de fragancias más intensas que parecían querer atraparlo. Los pasillos, las aulas, incluso las habitaciones de su hogar... estaban llenos de rastros de otras personas, rastros que Rin no podía evitar percibir. Era como si el aire mismo se hubiera vuelto más pesado, obligándolo a estar más consciente de su entorno a cada paso que daba.
En más de una ocasión Rin deseó que todo volviera a ser como antes. Extrañaba a su hermano, no solo por la seguridad que sentía cuando estaba cerca, sino porque ese toque dulce en su aroma ofrecía una referencia en medio del caos que ahora sentía en todas partes. El mundo que conocía se estaba complicando, y Rin no podía entender por qué.
Rin pensaba que todo eso era normal. Que esa era simplemente la forma en que el mundo debía funcionar. Los olores fuertes, los comportamientos extraños, los compañeros que lo miraban de forma diferente. Creía que ese era el estado previsto del mundo, y que él simplemente necesitaba ajustarse. No entendía por qué había una distancia entre lo que él percibía y lo que parecía estar sucediendo a su alrededor.
No era solo el cambio en los aromas lo que le perturbada; era la manera en que, a su alrededor, las dinámicas sociales parecían transformarse de una forma casi imperceptible pero inevitable, al igual que sus profesores le habían dado a entender.
Las interacciones entre las personas comenzaron a adquirir un tono distinto. Los grupos se formaban de manera automática, como si una fuerza invisible los atrajera, basada en algo más que solo intereses comunes. Rin observaba cómo algunos chicos y chicas se adulaban mutuamente, intercambiando miradas cómplices y sonrisas que le parecían innecesarias, casi ensayadas, pero cargadas de un significado que él no lograba comprender del todo. Las relaciones se formaban con una rapidez que le parecía antinatural, y todo esto lo dejaba sintiéndose más apartado que nunca.
Aquellas sonrisas y comentarios susurrados parecían dirigidos a un objetivo específico, como si existiera una especie de guion invisible que todos, menos él, conocían.
También notó cómo algunos profesores, de maneras apenas disimuladas, alentaban ciertas conductas dependiendo del aroma que los alumnos desprendían. Algunos eran dirigidos hacia roles específicos dependiendo de sus aromas, las chicas y algunos chicos con fragancias dulces, ligeras y envolventes, casi siempre eran dirigidos hacia tareas más delicadas, como si su propio aroma los atara a un destino de labores domésticas o asistenciales.
En cambio, aquellos con aromas más fuertes y almizclado, con fragancias que evocaban poder o agresividad, eran empujados hacia el campo del deporte o las ambiciones más grandes.
Él notaba cómo esas personas caminaban con más confianza, respaldados no solo por sus habilidades, sino por la forma en que su olor parecía legitimar su lugar en el mundo.
A Rin, sin embargo, todo ese esquema le resultaba ajeno y absurdo, tampoco lo miraban dos veces. A él le permitían hacer lo que quisiera, como si estuviera fuera de esas reglas no escritas. Si deseaba saltarse algunas clases para entrenar más duro y mejorar, nadie le decía nada.
Al principio, eso le venía bien. No le importaba participar en esas interacciones, en esos roles que los demás asumían sin cuestionar. No tenía tiempo para distracciones. Su mente estaba completamente inmersa en el fútbol y en mejorar.
Y al pasar los días notó que no era él único al que excluían.
Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, una sensación creciente lo invadía. No era que se sintiera excluido, era más profundo que eso. Se sentía como si estuviera observando desde fuera, viendo cómo todos seguían un juego que él no entendía. Era como si algo importante se le escapara, como si hubiera un conocimiento al que todos tenían acceso, excepto él.
Rin veía cómo sus compañeros se frotaban las muñecas, intercambiando aromas como si fuera lo más natural del mundo. Cuando le ofrecieron hacerlo, se negó sin dudar. Sabía que su aroma desaparecía tan rápido que no tenía sentido participar. Siempre había sido así: un aroma tan efímero que nadie se molestaba en notarlo. Para él, eso estaba bien. Su vida giraba en torno al fútbol, nada más importaba, después de todo el fútbol era su escape, su refugio, donde los olores y las dinámicas no importaban. Así que se resignó a su rutina, aceptando que su vida seguiría igual que siempre.
De todas maneras, ya sabía la respuesta a la constante incógnita en su cabeza.
Fue una noche fría y hostil cuando sus padres lo etiquetaron como beta, un mero espectador en este teatro de aromas, roles y expectativas. Lo que Rin había sospechado se había cumplido.
La etiqueta de beta que le habían impuesto solo reforzaba esa sensación de invisibilidad. Era un mero espectador en un mundo donde los alfas y omegas parecían tener destinos grandiosos o trágicos, y él estaba atrapado en una línea recta de irrelevancia. A veces, se preguntaba si eso era una bendición o una maldición.
«— ¿Itoshi Rin? … ¿A quién le interesa? … es solo un beta. Una sombra, una mancha insignificante en esta sociedad, como los de su clase. Jamás serán relevantes, no como nosotros los alfas. Ni siquiera como los estúpidos de los omegas. Ese chico solo está... ahí. —»
El comentario había llegado con la precisión de una puñalada, directo y crudo, en medio de un grupo de chicos que se burlaban entre murmullos, pero lo suficientemente alto para que todos lo escucharan.
La voz tenía ese tono de superioridad, como si el que hablaba estuviera dictando una verdad absoluta e inmutable. Rin se mantuvo inmóvil, su rostro estoico, pero por dentro, algo en él se quebraba lentamente, una fractura que casi nadie podía notar.
Y Rin sabía que ser un beta significaba ser invisible, pero también significaba no tener que lidiar con los horrores que muchos omegas enfrentaban, había escuchado historias sobre omegas forzados a aceptar los deseos de otros. Para él, eso era mucho más aterrador que cualquier comentario hiriente que recibiera por ser un beta.
Y siendo Rin uno, no tenía que preocuparse por ser acosado o por perder el control de su propio cuerpo en un celo... pero tampoco se le permitía destacar como lo serían los alfas. Era un equilibrio miserable, una vida sin extremos, sin altos ni bajos, solo una línea recta. En una sociedad donde el valor parecía estar en lo que podías hacer con tu cuerpo y tu aroma, él era irrelevante.
Pero incluso en esa invisibilidad, en noches silenciosas, cuando los aromas familiares se desvanecían y solo quedaba el eco de sus pensamientos, Rin a veces se preguntaba si alguna vez sentiría esa conexión con alguien. Si acaso había algo más allá de lo que conocía. ¿Era él el único que no participaba en ese juego?
Sin embargo, esas dudas se desvanecían rápidamente. Sacudía la cabeza, alejando esos pensamientos. El fútbol era lo único que importaba, y su camino ya estaba trazado. No necesitaba complicar las cosas.
Todo cambió cuando su hermano mayor regresó. Sae, quien alguna vez había sido su punto de estabilidad, su refugio, ya no era el mismo. El aroma que antes le traía seguridad, que lo hacía sentir a salvo y reconfortado, ahora era agrio. Algo en su hermano había cambiado, algo que Rin no podía comprender del todo, pero que lo molestaba.
Ese olor nuevo no solo era diferente, era espeso, pesado, casi invasivo.
No era el Sae que él recordaba, el Sae que había dejado un vacío cuando se fue a España. Ahora, el aroma de su hermano le causaba una incomodidad que no podía ignorar.
Quiso llorar, quiso ser abrazado por su hermano, quiso hacer muchas cosas… lo había extrañado y sin embargo esto…
Su corazón le dolía, su respiración se agitaba y algo dentro de él se retorcía.
Fue ese cambio, esa ruptura en su relación con Itoshi Sae, lo que llevó a Rin a enfocarse aún más en el fútbol, ya no era solo una vía de escape, era su único camino.
Entrar a Blue Lock fue su decisión para no para convertirse en el número uno, sino para superar a su hermano de una vez por todas.
Quería demostrar que podía ser mejor que Sae, tanto en el fútbol como en cualquier otra cosa.
Recuerda el haber pensado que ser un beta implicaba no destacar en nada, ser alguien irrelevante en esta sociedad. Sin embargo… ¿Eso no era algo que la misma sociedad había adjudicado de los betas?
Rin era un beta y tenía claro que les demostraría a ellos que podía llegar a la cima a pesar de lo que creyesen de su género secundario.
Al llegar a Blue Lock, Rin se sorprendió al notar que los géneros secundarios y los prejuicios arraigados en la sociedad parecían ser irrelevantes en ese entorno.
Desde el primer día, Ego había dejado claro que en los partidos solo había espacio para el fútbol, la competitividad, y el deseo de ganar. Los alfas, betas y omegas estarían en igualdad de condiciones, no porque las diferencias no existieran, sino porque no tendrían ningún impacto en su desempeño o valor dentro de Blue Lock. Las habilidades y la ambición serían lo único que definiría su futuro.
A pesar de esta declaración, los prejuicios de algunos jugadores no desaparecieron de inmediato. No fue sorpresa para nadie cuando, un alfa no tardó en expresar su descontento con una mueca y un comentario lleno de desprecio al saber que omegas y betas también participarían en el proyecto y tendrían las mismas condiciones en la cancha que él.
—Aquí no eres un alfa, beta u omega. Eres solo un jugador de fútbol. Si no puedes entender eso, la puerta está ahí. —Ego señaló la salida sin mirar directamente al alfa, pero el mensaje era claro para todos.
El chico se mordió la lengua, su protesta acallada por el peso de la autoridad de Ego y por el recordatorio de que Blue Lock no era un lugar para la debilidad disfrazada de orgullo. Nadie le iba a conceder ventajas o excusas por su condición de alfa, y los omegas no recibirían concesiones por su supuesta fragilidad. Rin observaba en silencio, notando cómo esa interacción parecía romper, aunque solo fuera momentáneamente, los muros invisibles que dividían tanto a alfas, betas y omegas.
Sin embargo, a pesar del discurso de igualdad que Ego había proclamado con tanta seguridad, la realidad biológica de los alfas, betas y omegas no desaparecía con palabras ni intenciones. Los instintos inherentes y las diferencias biológicas seguían presentes, acechando bajo la superficie. Por mucho que el fútbol fuera el centro de Blue Lock, esas distinciones no podían ser ignoradas por completo.
Ego lo había dejado claro que: tanto los alfas como los omegas estarían obligados a tomar inhibidores/supresores, una medida para controlar sus calores y rutinas, evitando distracciones indeseadas o situaciones de riesgo que pudieran surgir en medio de la feroz competencia. No solo se trataba de fútbol, sino también de mantener el control de los cuerpos y las mentes bajo presión.
Para los omegas, las medidas eran aún más estrictas. Además de los supresores, estaban obligados a llevar collares diseñados para prevenir que un alfa pudiera marcarlos. Estos collares, finos pero resistentes, emitían una descarga o una señal inhibitoria en caso de que un alfa intentara morder la piel del omega cerca a su glándula olfativa.
Era un sistema que, aunque efectivo en teoría, nunca podía ofrecer una seguridad absoluta.
Rin reflexionaba sobre estas cuestiones mientras observaba a los otros jugadores. Aunque algunos parecían concentrados en el fútbol y otros como el anterior alfa estaban en desacuerdo por el nulo beneficio jerárquico, él sabía que los instintos y las emociones humanas eran complejos, y que las dinámicas podían cambiar en cualquier momento. ¿Serían suficientes los supresores y los collares para mantener a raya esos impulsos durante meses de encierro, presión y competencia? ¿O era solo cuestión de tiempo antes de que alguien cediera ante sus instintos, poniendo en riesgo no solo su permanencia en Blue Lock, sino también la seguridad de quienes lo rodeaban?
La idea de estar en un espacio tan cerrado, donde las emociones y los cuerpos estaban en constante tensión, hacía que la mayoría se preguntase si realmente estaban preparados para lidiar con lo que pudiera desatarse. Después de todo, las diferencias biológicas no podían ser suprimidas indefinidamente, y aunque Blue Lock prometía igualdad en el campo, sería cuestión de tiempo para que la verdadera prueba se presentase cuando los instintos superaran las reglas.
Poco sabía Rin que su desgracia no se daría entre las paredes de Blue Lock.
Y poco sabía también que su destino no fue haber sido un beta.
Un día de repente lo sintió.
Mientras esperaban en la nueva sala, Rin se mantenía concentrado, casi ausente, como si la realidad a su alrededor fuera una mera formalidad. Sin embargo, algo inesperado lo sacó de ese estado de enfoque. Sonaron pasos, al parecer otro equipo de tres había llegado y fue ahí cuando notó un ligero cambio en el ambiente. Al principio, no fue más que una sensación sutil, casi imperceptible, pero conforme el olor se hacía más presente, algo dentro de él se agitó.
De repente, el aire en la sala se cargó con un aroma que hizo que Rin se tensara. Era un olor extraño, pero fascinante, y lo atrapó en una espiral de sensaciones que no entendía completamente. Por un momento, sintió como si el mundo se hubiera detenido a su alrededor, sus sentidos se enfocaron exclusivamente en el aroma que el chico desprendía.
El aroma era inconfundiblemente alfa, con un equilibrio perfecto entre determinación y serenidad, una especie de mezcla entre frescura y poder latente. Era limpio, como la menta o el pino, evocando una claridad mental que le resultaba casi amenazante, pero al mismo tiempo había algo cálido y envolvente, todo lo contrario a lo que era su propio aroma sutil apenas sino inexistente de la tierra mojada tras la lluvia, o el de madera quemada. La de el alfa era una combinación que emanaba fuerza, control, y sobre todo, un instinto depredador que Rin no podía ignorar.
Lo que lo perturbo fue que… ¿Desde cuando un beta como él podía oler el aroma tan intenso y fuerte de un alfa, y sobre todo… por qué no le había parecido desagradable?
Gruñó internamente, disgustado por las emociones que despertaban dentro de él. No podía permitirse sentirse así. Ni siquiera conocía al tipo, y mucho menos quería hacerlo.
Ni siquiera fijo su mirada en él, para Rin, las personas eran prescindibles. No necesitaba a nadie, ni quería involucrarse con nadie. Los vínculos solo eran cadenas que lo distraerían de su verdadero propósito. Con un esfuerzo consciente, apartó esos pensamientos de su mente, volviendo a su estado de frialdad habitual. Siempre había sido así, manteniendo una barrera entre él y los demás, no permitiría que algo tan trivial como el aroma de un alfa rompiera esa barrera.
En ese momento, la voz de Ego resonó en la sala a través de un monitor, captando su atención. Rin se obligó a concentrarse en las palabras de Ego, alejando cualquier rastro de distracción.
— ¿Están bien con cualquiera no?
— ¿Qué?
El aroma embriagador, sutil pero inconfundible, llegó desde cierto chico de cabello azul que se acercaba a él.
— Hagámoslo.
El alfa era más bajo que él, pero el impacto de su presencia lo superaba en fuerza. Rin se limitó a apretar los labios y mirarlo con desprecio. Era casi ridículo, como ese aroma lograba sacarlo de sus casillas y sin embargo, ese olor que parecía filtrarse a través de cada capa de su piel le causaba muchas otras sensaciones que no entendía.
— Sí, cualquiera esta bien.
Pasaría de el, como siempre hacía con todos, después de todo estaba en Blue Lock con un único objetivo: Destruir a Itoshi Sae. No necesitaba distracciones. Lo ignoraría y seguiría avanzado.
Hubo un tiempo que los aromas de los demás comenzaron a desagradarle, eran agrios, molestos e incómodos. También recuerda el haber estado rodeado del aroma acogedor y seguro de su hermano mayor, el de sus padres no lo recuerda, puede que también sus olores le resultara molesto. Recuerda haber añorado el regreso de ese aroma dulce que lo hacía como sentir en casa. Cuando lo volvió a ver, no era la misma persona a la que una vez había llamado nii-chan.
Deseo con todas sus fuerzas suprimir su sentido del olfato, ya no quería oler el olor agrio. No quería volver a oler su propio olor a quemado.
Y así fue, un día no pudo oler el aroma de los demás como antes, sin embargo aún lo sentía a su alrededor, lo percibía y seguiría estando siempre con él, como si tratase de burlarse de Rin. Sus aromas apenas llegaban a él, casi inexistente.
Pero, ¿Esto no era lo que eran los betas? ¿No se suponía que ellos apenas eran capaces de oler y percibir los aromas de alfas y omegas? Entonces… ¿Por qué antes se le había permitido poder oler más allá de lo que un beta podría pero siendo estos aromas molestos para él para después quitarselo y quedarse sin nada apenas percibiendo los aromas en el aire?
¿Esto no era lo que querías?
El destino en verdad fue muy cruel.
Sí, lo era y lo era bastante como hacer que solo pudiera oler el aroma de un alfa en específico. Su aroma era el único toque para nada sutil como el de otros, no sabía interpretarlo y tampoco le importaba. Mientras no interfiriera en su fútbol, lo ignoraría.
Rin había estado cargando las piezas fragmentadas de su corazón desde que su hermano mayor, Itoshi Sae, se había ido. Y cuando Sae regresó, ya no era el mismo de antes. La distancia entre ellos no solo había crecido, sino que también había corroído lo que alguna vez fue un vínculo cercano. Las partes rotas de su alma estaban apenas unidas por cinta adhesiva hecha de rencor y orgullo herido. El resentimiento hacia su hermano había sido lo único que le dio impulso durante mucho tiempo, una motivación retorcida que lo mantenía en movimiento, pero al mismo tiempo lo hundía más en la oscuridad.
Y entonces apareció Isagi Yoichi. No era como los demás. Rin no podía negar la calma que sentía cuando estaba cerca de Isagi, esa inexplicable conexión que parecía surgir de lo más profundo de su ser. Era como si Isagi pudiera ver más allá de su fachada fría y distante, reconociendo algo dentro de él que incluso Rin se negaba a admitir. Había algo en esas manos gentiles y en esos gestos tranquilos que de alguna manera habían comenzado a juntar las piezas rotas de su corazón.
Isagi le había mostrado que podía haber algo más allá de la rabia y el resentimiento, algo más allá de las expectativas sociales. Pero eso solo hacía que la posibilidad de perderlo fuera aún más dolorosa.
