Actions

Work Header

Eva

Summary:

Interview with the vampire pero son dos mujeres en el 1900 así que hay corsets y mucho sexo con la mirada. En castellano río platense y muy hot.

Chapter 1: Tentación

Chapter Text

Lestat podía oler la sangre en ella, salada y persistente pero suave. Como entrar en una habitación y que el perfume de una mujer delate su presencia. En efecto, lo que sucedía en este momento. Y el aroma, para Lestat, era la mejor fragancia que Louisa podía llevar encima o debajo de su piel. Un matiz de petricor le inundaba las narices. La tormenta en Louisiana era sobrehumana, casi un castigo divino, golpeando las ventanas, haciendo rugir al viento, triste de no poder colarse en esta íntima velada. Se habían dañado varios postes de luz en la cuadra, generando un corte en varias casas. Por fortuna, la luz de las velas son más amables por las noches, endulzan en un néctar tibio la piel, la suaviza de solo posarse en ella. Lestat, a pesar del frío, vestía una suerte de vestido de cama, blanco, apenas translúcido. El pelo suelto y cepillado. Realmente no pensaba que Louisa fuera a aparecer con este clima. Ella se preparaba para una pequeña siesta, cuando la mujer de tez canela apareció en su entrada. Estaba particularmente saciada esa noche, razón de su cansancio. Había cazado a dos enamorados hacía un par de horas, dejándolos completamente secos. Sentía, un poco culpando a la sangre romántica y cargada de vino, un estremecimiento que iniciaba en la punta de las uñas, recorría puntos estratégicos en su espalda, la rodeaban paseando por su pecho y bajaban hasta su vientre, hasta sus caderas y la cara interna de sus muslos. Hambre, pero estando llena. Y la sangre de Louisa era el postre anhelado. Aunque saciarse no sería la finalidad, probar tan solo una gota era una excusa para tenerla consigo siempre. Quería saborearla, sentir la boca llena, extasiada en el matiz, la textura, el calor. Quería todo y todo ya.

– Es demasiado tarde para que una mujer ande sola con otra mujer, una nunca sabe qué terrores nocturnos planea el destino en aparecer. Bajo la falda, fina para la moda de ese momento, una única capa de tela, Lestat se cruzaba de piernas y buscaba contención con su cadera en perpendicular al asiento. Louisa podía verla, casi como si todo alrededor perdiera foco, efecto producido gracias a las velas. Agradecía a todos los círculos del infierno de Dante haber nacido en Nueva Orleans, punto estratégico de todos los desastres naturales y que, ahora, las bendecia con semejante tormenta. –No es cordial de mi parte dejarte ir en este clima. – dice Lestat llevandose los dedos, en realidad un cigarrillo pero Louisa solo podia ver el largo de sus uñas, las sombras en las falanges, a la boca. Da una pitada envolviendo los labios carnosos y rosados alrededor del filtro. Respira, exhala lento, replicando la forma circular de su boca. El aire se llena de humo, la atmósfera es densa pero dulce. –Además… odiaría que miserables transeúntes vean tu piel húmeda. Una gota cayendo por tu cuello podría ser una condena para cualquier hombre. Louisa toma un sorbo de vino, siente la mirada de la otra mujer en su garganta al tragar. Siente su corset demasiado ajustado, respira pesado. Su pecho sube luchando contra las ballenas de su prenda, contra cualquier constricción. Sabe que Lestat no puede evitar continuar el recorrido con sus ojos para ver la suave y rosada piel hincharse, colisionando sus pecho con el esternón con sus clavícula. La vampira pensaba que si había manera de matar a un inmortal sin siquiera tocarlo era precisamente esa: tener aquella vista y no recibir tacto alguno.

–¿Y para una mujer?

La palabra arrebata con mano firme el aire de dentro de Lestat.

– La más dulce tentación.

El cuerpo, estremecido, y los pensamientos de Louisa le hablan antes de que ella pueda decir nada. Vení a mí, más cerca, espero conocer perdón de Dios. Este último intoxica a Lestat de una ira enorme, tal es el punto que se levanta repentinamente, apretando los dientes. Gesticula con la mano del cigarrillo como buscando las palabras, completamente performatico.

–Dios es, si existiera tal cosa, quizás el común denominador de todas las cosas bellas.–El suelo resuena sus finas pisadas, el aire le acaricia el cabello y la falda. Toma otra pitada en lo que camina lentamente hacia Louisa, circundando su sillón. – Eva mordió la manzana y la manzana era dulce. Dios estaba en su boca, bajaba por su mentón y luego su garganta en forma de gota. Dios estaba en su sangre y estómago en pura dicha y armonía. Pasando por detrás de ella, continuando el recorrido de su orbita, el anular acaricia y retira el cabello que caía a los costados del rostro de Louisa, dejando su cuello expuesto. –Aquella fruta prohibida era sabrosa y quien la había hecho debía ser el autor de todas las cosas bellas.

Ya de frente, se arrodilla, poniendo sus manos en los muslos de la mujer que podría matarla y por la que aceptaría beata su fin. El humo subiendo en línea recta y curvandose y desvaneciéndose en el éter. Louisa ha agotado cualquier discurso ya, ante semejante paisaje. Los ojos azules profundos de Lestat parecieran implorar. La esfinge, la imponente, yacía a sus pies, inmensamente vulnerable. Algo suyo había desarmado el personaje. No sólo era la eminencia a merced, ahora conocía verdaderamente, a través de esa mirada, quien era Lestat. Le susurra sin separar los labios, sin turbar el aire, y resuena con un una claridad estremecedora en la mente de Louisa.

si el placer lo conoció la primera mujer al morder una fruta prohibida, ¿Qué me abstiene de intentarlo también?

Colocó su mano sobre la que tenía el cigarrillo, ambas pieles tan distintas y sin embargo se sentían cosidas entre sí, hilos invisibles tironeando para por fin juntarlas. Acarició con su pulgar y sus uñas cortas y luego de un instante eterno, roba de entre sus dedos el cigarrillo. Da una pitada final mirando a Lestat a los ojos, sin huir. Se sentía adorada, realmente ella pensaba que probandola se iba a acercar a Dios, si es que Dios, dentro de su cosmovisión, no era esta mujer criolla de ojos pardos. Louisa tenía muy claro que, definía mientras exhalaba el humo, el diablo la estaba seduciendo. Tan bien estaba haciendo su trabajo que ya no quería luchar contra el mal, solo quería ser consumida. ¿Así se habrá sentido la manzana?. Extingue el cigarrillo en el cenicero, vuelve a recostar su espalda en el sillón y ante la vista de Lestat no habiéndose movido un centímetro, observando cada pequeño detalle que pudiera albergar el cuerpo de Louisa, se muerde el labio sin poder contenerlo.

<Mon dieu>

Lestat apretó con sus manos la tela de la falda, reciprocando el gesto, pero esta vez ella mordía su propio labio con la fuerza que usaba para contenerse. Dentro suyo, habiendo besado tantas bocas, habiendo completamente corrompido su intimidad con nimiedades, sentía que la única forma correcta de hacerlo era si Louisa elegía por si misma, si ella la besaba primero.

–Probame, entonces.