Work Text:
Said: I'm gonna buy a gun and start a war
If you can tell me something worth fighting for
Oh, and I'm gonna buy this place, is what I said
Blame it upon a rush of blood to the head
Maya se ha pasado la vida conviviendo con gente, en situaciones más o menos adversas, más o menos intervenidas por el deseo de compartir espacio con ellos. Hay algo vertiginoso en no estar casi nunca en soledad. La pone a una en una constante actitud vigía, como si los movimientos propios dependieran de quienes nos rodean más que de nuestras ganas. Instintivamente, si Maya piensa en lo que significa convivir con gente, piensa en ruido. En su infancia, en la casa que compartía con sus padres y su hermano, no había espacio para la tranquilidad, el ocio, el tiempo muerto. Quizás por eso Maya jamás lo sintió como un hogar: no hay nada que te abrace en un cuartel, en un régimen militar, en la estricta rutina de repetir todos los días el cuento de la superación. Esa casa nunca fue su casa, sino la base de operaciones de su padre: el espacio al que volver cada noche, a dormir, a reponer energías para lo que se venía al día siguiente. El silencio allí significaba una sola cosa: que Maya había hecho algo mal, y que estaba siendo castigada por eso.
Su apartamento, de hecho, durante mucho tiempo también se sintió así. Maya podía comprar cuadros y mantas, regodearse en sus domingos libres, llenar el espacio de pequeñas partes suyas… y aún así, al final del día, el silencio no era más que una compañía lúgubre, un recordatorio de su soledad palpable, una síntesis de la más absurda de las derrotas.
Su primera casa, su primer hogar, fue y es la sala de la Estación 19, junto a la cocina, con sus compañeros, en la charla sobre el café, en el gesto cansado de desplomarse sobre un sillón, compartir una ducha, mirar la televisión sin emitir palabra. Por eso es que le cuesta tanto dejar la Estación, a veces. Incluso cuando su turno termina. Porque allí subsiste esta sensación que Maya no querría sacudirse nunca: la de pertenecer a algo .
La estación nunca está en silencio. Ni cuando por un momento los embarga la paz pasajera, esa que se interrumpe usualmente con la alarma que los llama a volver a sus tareas. Vibra y late y se transforma constantemente frente a sus ojos, como si el edificio fuera un bombero, un teniente, una capitana más. El único momento en el que Maya resiente eso, esa electricidad que se respira en el ambiente de la Estación 19, es sobre el final de los turnos largos. Y el de hoy fue un turno eterno: 72 horas sin mayores sobresaltos, casi aburridas, con la excepción de tres llamadas particularmente difíciles. En la última, de hecho, no llegaron a tiempo: para cuando comenzaron con la tarea, el incendio ya se había propagado de tal forma que sólo pudieron rescatar a dos de las tres personas que vivían en ese apartamento.
Maya tiene todo el cuerpo cansado: los huesos, la espalda, la piel, e incluso la cabeza. Tiene la voz cansada, las ideas cansadas, las palabras cansadas. Por eso cuando termina su turno solo puede pensar en volver a su casa, en quedarse quieta y en silencio unos instantes, hasta que el sueño la venza, para despertarse recién al día siguiente cuando le toque nuevamente ir a trabajar.
Sin embargo, en cuanto cruza el umbral de la puerta, la recibe la luz sombría y tímida de la casa vacía… y el cuerpo, por un segundo, se le paraliza. Falta algo. Esa es la sensación. Es como si Maya se hubiera olvidado de un brazo o una pierna en el último incendio, mientras se duchaba, o antes de salir de la Estación.
Pero sabe que la sensación es una ilusión, una proyección de su cerebro. A Maya no le falta nada… salvo Carina.
No hace tanto tiempo que comenzaron a salir y sin embargo, hay una suerte de rutina en la que han entrado que a Maya la persigue y la revitaliza, especialmente en los días como hoy. Entrar a esa casa y encontrarla vacía, aun cuando Carina nunca está ahí cuando ella vuelve, le recuerda por un instante que Carina no está y que no sabe cuándo va a volver a verla. Quizás mañana, con un poco de suerte, se dice a si misma. Se quita las botas y el abrigo. Deja la mochila en el recibidor. Hay un par de zapatillas deportivas que no son suyas. Eso sólo logra deprimirla más.
Maya a veces tiene que reírse. ¿Por qué no pudo haberse enamorado de alguien con horarios normales, seguros, rutinarios? No. En su lugar, se enloqueció por una obstetra que además de tener turnos tanto o más pesados que los de la bombera, tiene que salir a cualquier hora a recibir bebés que vienen al mundo y esperan de sus manos profesionales. Camina hasta el sofá, y se tumba en un gesto dramático. Los almohadones huelen a Carina, al perfume caro que suele usar para los días especiales. Maya sabe esto: Carina tiene un perfume para trabajar, uno para los días libres, y uno para los momentos especiales (esos que, en realidad, comparte sólo con Maya).
Maya se abraza al almohadón, y suspira. Sólo eso interrumpe el silencio.
El tema es que cuando Carina está en la casa, hay de todo menos silencio, no porque Carina hable constantemente (cosa que a veces hace, pero Maya agradece) o porque sea una persona particularmente ruidosa, sino porque tiene una forma muy suya de ocupar el espacio, el tiempo a su alrededor. A veces es el sonido de alguna música de las que ella disfruta o la televisión puesta de fondo con las noticias internacionales, un ojo siempre en Estados Unidos y el otro en Italia. A veces es la cafetera al fuego, humeando, y los pasos de ella yendo y viniendo entre la habitación y la cocina. A veces es la ducha, el olor de su shampoo, la forma en la que su piel siempre, siempre está a menos de un metro de distancia de la de Maya, y como sus ojos la encuentran antes de que la encuentren su voz y sus palabras. Todo eso, se traduce en un lenguaje. Todo es una sinfonía que ocupa el espacio como un abrazo tibio.
Maya vuelve a suspirar, cansada de sí misma. Quizás eso es estar enamorada de alguien, piensa: buscarla siempre, como se busca la piel bajo las sábanas. Buscar vestigios de ella hasta en el último rincón de su alacena.
Maya no se considera a sí misma una persona oscura, sino todo lo contrario. Entiende que hay más lenguajes para el amor que simplemente el de las palabras. Quizás terminó de formular esa idea con Carina. Hay algo que se da en el territorio de los gestos, que recién ahora Maya está empezando a comprender. Entonces, como por un acto intuitivo, se pone de pie y aún con el cansancio que le invade se propone repetir los gestos. Se acerca a la cocina y comienza a preparar el café en la compleja cafetera metálica que Carina trajo a las pocas semanas de entrar en esa casa por primera vez. Si Maya cierra los ojos todavía puede verla y escucharla en una queja constante, susurrando para sí misma que el café que hace la carísima cafetera que Maya compró hace un par de años no es bueno.
- È orribile, non riesco a capire perché lo prendano con piacere…- había murmurado, olvidando en su indignación que Maya no iba a poder entender absolutamente nada de eso. A ella, de todas maneras, no le molesta cuando esto sucede: la Carina que habla en italiano está entre sus tres Carinas favoritas.
- No hay nada, nada como el café que se hace sobre el fuego, Maya. Nada en el mundo tiene ese sabor…- había dicho, como para reforzar la idea, hablando con las manos y los hombros y los ojos. Después le dió una larga explicación, hermosa, sentimental, casi romántica, como todo con Carina. - Mi nonna me esperaba todos los días a la salida de la escuela, me preparaba biscottis caseros, recién horneados, y una taza de café. Yo llegaba y mirábamos la novela de la tarde, una protagonizada por Marco Marelli, que contaba la historia de dos amigos que se enamoraban pero que eran separados por un crímen. Y antes de llegar a su casa, antes de cruzar el umbral, yo ya sentía el olor de su café. Estaba quizás a 50 metros y ya podía sentir el perfume de su cocina: canela, manteca, harina, café. Entonces cada vez que preparo café pienso en ella, en cómo se pone la cafetera en medio de la mesa y cada uno se va sirviendo, siempre en las tazas chiquititas, picolinas, para que no se enfríe…
Aunque Carina no está y esa conversación sucedió hace semanas, si Maya cierra los ojos la puede ver revoloteando en la cocina mientras el café susurra en el fuego. Quizás Maya debería haber prestado más atención al ritual del café y menos a Carina, porque mira ahora al elemento de acero que reposa sobre el mueble de la cocina y no sabe por dónde empezar. ¿Cuánto café se le pone? La primera vez, cuando Carina apareció con la pequeña caja de cartón con la cafetera dentro, se sintió un poco invadida. Y sin embargo ahora… ahora se ve tan bien ahí, entre las cosas de su cocina. Ahora es un vestigio de un abrazo, del beso de la primera mañana, de la forma en la que dos vidas pueden empezar a entrelazarse de a poco y en silencio, sin que nos demos cuenta.
Busca un video en Youtube acerca de cómo se hace este café. Le parece un despropósito total. Entonces hace lo que debería haber hecho desde un principio. Saca el teléfono y llama. Así, sin pudor.
- Puedo asumir que terminaste tu turno, llegaste a tu casa y me estás extrañando demasiado…- dice Carina, y no es en tono de pregunta, sino de enumeración. Tiene la voz rasposa y cansada, como si ella también hubiera tenido un día difícil. Maya sonríe.
- Vas a reírte mucho cuando te diga lo que estoy intentando hacer…- No dice ni que sí ni que no a la presunción de Carina pero cree que ella va a entender que sí, que la extraña, y demasiado. Casi como si fuera una especie de dolor en los huesos, en las articulaciones, que nada tienen que ver con el turno de 72 horas que acaba de terminar.
- ¿Qué estás intentando hacer, bambina ?
A Maya le da una especie de salto dentro del estómago cada vez que Carina habla en italiano y usa esas expresiones mínimas, profundamente amorosas.
- Quiero prepararme un café de verdad, del que se hace con tu cafetera.
- ¡Ah! La moka ...
- Sí. La moka…- repite Maya, imitando el tono, arrastrando un poco la “k”.
- Capitana Bishop… qué poca atención me prestas. A estas alturas ya tendrías que poder hacerlo sola. ¿Cuántas veces me viste preparar el café?- detrás de la voz de Carina, que ahora es casi un susurro, se oye el rumiar vertiginoso del hospital. Maya la puede imaginar con su uniforme rosa y su chaqueta blanca caminando por los pasillos, visitando pacientes, enamorando al 90% de la población intrahospitalaria.
- El problema es que usualmente me distraigo con otra cosa…- juega, sosteniendo la cafetera en su mano.
- Ah, ¿sí?- Carina baja la voz dos octavas. Maya se aferra un poco a la mesada de la cocina y hace uso de toda su fuerza de voluntad para contener el impulso de salir corriendo ahora hasta el Grey’s Memorial para abrazarla, besarla contra la pared, enredar los dedos en su cabello, sentirla suspirar contra su rostro....
- Sí. Y, ahora que lo pienso, creo que le guardo cierto resentimiento a esta cafetera.
- ¿ Perché, bella ?
- Porque cada vez que preparas este café estás cerca de despedirte…- dice Maya. Y en otro contexto jamás, jamás hubiera dicho algo así. Jamás le hubiera demostrado a otra persona este nivel de vulnerabilidad.
- Estás diciendo tanto sin decirme…- llega desde el otro lado de la línea. Por suerte Carina la está leyendo. La escucha. La ve.- Prendi nota, amore mio;- ordena, y Maya busca el pequeño bloc de hojas que tiene pegado a la heladera; algún día se preguntará, con más seriedad, cómo es que entiende estas pequeñas expresiones en italiano a pesar de que todavía no se ha puesto en serio a estudiar el idioma.- Una taza de agua, a temperatura ambiente. Nada de agua fría. Dos cucharadas del mejor café, el que está guardado en la lata florida, en la alacena. El agua va en la parte inferior, el café en el medio, en la parte pequeña que se desprende. Asegurate de aplastarlo un poco con la cuchara para que quede bien, bien compacto. Y después la cierras con fuerza, o el café caliente empezará a salir por todos lados. La colocas sobre la cocina, a fuego mínimo, sin dejar que hierva, y el agua de abajo va a comenzar a subir… si lo haces bien. Te darás cuenta de que está listo porque la parte superior estará llena de café caliente, y toda la cocina va a llenarse del perfume más magnífico del universo. Y te vas a acurrucar en el sillón con la taza en las manos, y vas a poner el canal de las noticias internacionales para no extrañarme tanto. ¿Si?
De vuelta, el silencio. Pero es porque Maya no sabe muy bien qué decir. Una parte de ella siente una especie de temor mezclado con ira al darse cuenta de que Carina la conoce de memoria, y que sabe exactamente lo que le genera hablándole así, en ese tono entre sexy y dulce, sin fingir siquiera inocencia, sin esconderse del hecho de que está tratando de seducir a Maya a través del teléfono. Entonces, en lugar de hacer alguna pregunta sobre el café o la tarea que le queda por delante, Maya opta por decir la verdad.
- ¿Cuándo termina tu turno?- Pregunta. Su voz suena urgente. Está bien que así sea. Puedes sentir a Carina sonriendo del otro lado de la línea, a pesar de que no la ve.
- Esta noche. En… una hora, más o menos. Eso si ningún bebé se opone.
- Sé que no hicimos planes pero si quieres… puedo pedir comida de ese lugar que te gusta, el tailandés. Y puedo esperarte con un baño, con esencia de lavanda. O una copa de vino. O las dos cosas. No son excluyentes.
- Bambina, ¿a qué se debe todo este… eccesso ?
- ¿Vienes o no?
- Pasaré por ahí a las 9.
Cortan el teléfono sin decir nada más. Maya se pone en la tarea de preparar el café, que en realidad es la tarea secundaria. En el fondo lo que realmente quiere hacer es sacudirse este silencio pesado de los huesos, hasta que Carina aparezca por esa puerta, usando la llave que Maya le dió para “emergencias” y que ahora se utiliza con bastante asiduidad.
Una taza de agua a temperatura ambiente, en el espacio de abajo. Dos cucharadas de café en el pequeño cuenco que va en medio, a las que aprieta con mucha fuerza, para asegurarse que esté bien compacto. Cierra la cafetera y manda todo eso a fuego medio. Se queda parada al lado unos dos o tres minutos, hasta que empieza a aparecer el inconfundible olor a café. Cierra los ojos. Inspira. Es cierto que es otro olor, no es el olor de la cafetera. No es el olor de los bares de Estados Unidos, esos que sirven café por la mañana. No es el olor del café de la infancia de Maya, aunque Maya no recuerda si en su infancia había café. Es simplemente algo que viene del otro lado del mar, del océano. Algo que le llega a ella de la mano de la persona con la que Maya está intentando por primera vez esto de enamorarse.
Cuando el receptáculo de arriba está completamente lleno, Maya apaga el fuego y sirve con cuidado en una taza el contenido. Piensa en ponerle leche o azúcar, pero al instante se da cuenta de que Carina nunca hace eso: para Carina el café siempre es café, y nada más. Termina de servirlo cuando se da cuenta de que lo volcó en una taza grande y no en una pequeña, como Carina le dijo. Pero infiere que de aquí a que ella llegue, Maya va a haber terminado su café y Carina no va a enterarse de esta brutal ofensa.
Se acerca hasta el televisor, se recuesta en el sofá, deja la taza en la mesa de al lado. No sabe si se lo va a tomar. En realidad le gusta el confort que da el olor, el perfume, el sonido que durante un ratito hizo la cafetera sobre el fuego. Pone la televisión en el canal de las noticias internacionales: están hablando acerca de un tifón en algún lugar que Maya no conoce. Y todo lo que puede pensar mientras se va quedando dormida, sintiendo los párpados cada vez más pesados, es específicamente en los bomberos. Mira con los ojos cansados como esos bomberos al otro lado del mundo ayudan a evacuar a la gente, sacando con la escalera a unas personas que quedaron atrapadas en un hotel de lujo. Se pone a pensar si podría ser un bombero en otro lugar, en cómo serán los bomberos en Italia. Le va a tener que preguntar a Carina cuando llegue. Ese es el último pensamiento que tiene, al menos lúcido, hasta mucho tiempo después, cuando una mano y un par de labios dulces, suaves, la despiertan.
- Llegaste.- dice, sin siquiera abrir del todo los ojos. Carina se recuesta sobre ella, y hunde la cara en el cuello de Maya.
- Llegué. Y no puedo creer que no hiciste el café en la tacita chica…
-°°-
Maya canta en la ducha, bajito, casi en un susurro. Quizá no quiere despertar a Carina. Y aunque la doctora todavía no abrió los ojos igualmente ya sabe cómo empezó este día: Maya ya debe haber hecho su carrera matutina, y ahora se ducha cantando en susurros, casi en silencio, para hacer algo con el tiempo muerto hasta que su compañera despierte. Carina podría levantarse y preparar la mesa para desayunar, preparar algo rico, algo que a las dos les guste. Los panqueques de banana por ejemplo, las tostadas francesas, una brusqueta incluso, para este último momento compartido entre las dos antes de que Maya tenga que irse a su turno.
Se queda un rato largo pensando por qué no se enamoró de alguien que trabajara en una oficina, en un banco, en Facebook. Se responde a sí misma que jamás se podría enamorar de una persona así. Cancela el plan de preparar el desayuno y opta por algo distinto: se queda en la cama, recostada boca arriba, con la luz de la primera mañana entrando disimuladamente entre las persianas oficiando como única fuente de iluminación. Se recuesta y trata de identificar que está cantando Maya: si lo escucha mal, es una vieja canción de Billie Holiday.
El concierto termina y se abre la puerta del baño de un tirón. La habitación se llena del olor a humedad, ducha, jabón, a ese shampoo que Maya usa y que a Carina secretamente la vuelve loca. La siente, la escucha rumiar en la habitación semi-oscura, busca entre los cajones la ropa interior, las medias, elige una camisa, un par de pantalones. Hasta que no termina de cambiarse completamente no se acerca hasta la cama para dejarle a Carina un beso en la frente, y es entonces que Carina la toma de la mano, tira, la obliga a recostarse a su lado.
- Buongiorno Bambina …- dice, y Maya sonríe.
- ¿Te desperté? No quise hacer ruido…- responde, mientras Carina entrelaza sus dedos en el pelo aún húmedo.
- ¿Qué estabas cantando?- pregunta, y el cuerpo de Maya se tensa bajo sus manos.
- ¿Escuchaste eso?
- Bella, estabas a dos metros, obviamente iba a escucharlo…
- Ah. Es una canción de Buddy Holiday…- la respuesta de Maya es escueta, lo que le da a Carina la idea de que quizás esto le da más pudor del que puede reconocer.
- Te despertaste de buen humor, entonces.
- Usualmente me despierto de buen humor cuando me duermo de buen humor…
La poca luz que entra por la ventana le alcanza para encontrar los labios de Maya al instante. Sabe a pasta dental, fresca, sonriente, distendida. Maya se derrite cuando Carina la toca, como si cada uno de los músculos de su cuerpo estuviera diseñado para eso. A Carina la vuelve loca. Le parece mentira que esta sea la misma persona que después puede cargar mangueras y escaleras e incluso, que puede vivir bajo la tensión constante de que la vida de tanta gente dependa de una decisión mal o bien tomada. Está la Maya Bishop que Carina conoció en un primer lugar: la capitana, la que corre, salta, da órdenes, acomoda… y después está ésta que no es otra cosa que una mujer hermosa, completamente derretida, respondiendo a cada una de las caricias que Carina le provee con un suspiro, un gemido, un gesto amoroso o de deseo o de las dos cosas junstas. Esos sonidos la van a seguir a Carina por el resto del día, en cada momento de silencio, en cada momento ocioso. Carina no va a hacer otra cosa que pensar en esta cama, estas sábanas, este olor, la piel de Maya, siempre ahí latente, como si algo de todo ese fuego que ha visto en su vida le hubiera entrado por los ojos, por los poros, y se le hubiera quedado adentro.
No tienen tiempo para hacer lo que Carina quiere hacer, que es lo que hicieron la noche anterior, y que es lo que van a hacer probablemente cuando se reencuentren en un par de horas. No hay tiempo, no se puede, y sin embargo… quizás la Carina de hace unos minutos, que prefirió quedarse en la cama antes de levantarse para hacer el desayuno, interpretó algo que la Carina de ahora recién está empezando a entender.
- Tenemos que ir a trabajar…- se queja Maya, cuando Carina mete sus manos dentro de los pantalones, sin siquiera desprenderlos.
- Ya sé, nadie dice que no vamos a ir a trabajar.- responde ella, tajantemente, sintiéndola a través de su ropa interior. Maya suspira, y el suspiro es pesado, hondo, letárgico, como si por un instante hubiera deseado que Carina le dijera lo contrario: que se iban a tomar el día, que se iban a pasar la mañana en la cama, sin hacer otra cosa más que olerse, sentirse, gustarse, moverse, enredarse.
- ¿Perché dovremmo iniziare la mattina in un altro modo in cui possiamo iniziare così? Quando posso lasciarti la sensazione della mia pelle sulla pelle per il resto della giornata…
Maya se separa un poco y la mira en los ojos en la semioscuridad. No queda casi nada del azul transparente característico: son pura pupila, todo deseo, un reflejo de lo que Carina presiente que debe verse en su mirada.
- No entendí una sola palabra de lo que acabas de decir…- dice, frustrada, pero no precisamente por el italiano.
- Yo creo que sí que entendiste bastante bien.- juega ella, porque a juzgar por la manera en que la mano de Maya se desliza por debajo de la playera que Carina usa para dormir, y sube, sube, sube por su estómago, su esternón, hasta que encuentra la parte de abajo de sus pechos, sin apretar, sin hacer otra cosa más que una caricia, ha entendido a la perfección.
- Repítelo, pero despacio, para que yo entienda…- ordena, y Carina repite directamente en su oído, respirando con dificultad cuando los dedos de Maya encuentran su pezón derecho. Maya se toma un instante.
- Creo que lo único que entendí es que vas a pensar en mi todo el día.- resume, mordiendo la piel suave del cuello de Carina, transformando las caricias inocentes en otra cosa, en algo que a las dos les resulta muchísimo más familiar.
- Están sirviendo las lecciones de italiano, bambina.- le celebra, abriendo sus piernas para que el cuerpo de Maya pueda ubicarse ahí, y ésta responde ejerciendo presión con la cadera, y tirando de la playera de Carina hasta que logra quitársela del todo.
- Sí, aunque usualmente se interrumpen. Pero yo soy una alumna muy, muy aplicada.
- Hay distintos métodos de enseñanza, eso es lo que tienes que entender.
- ¿Esto es un método de aprendizaje?
- Claro, no puedes decir que no es efectivo.
- Sí, voy a pensar en ti todo el día.- dice Maya, retirandose para verla desnuda, ahora que le ha quitado toda la ropa. Y cuando vuelve a besarla lo hace con mucha más pasión, con más fuego, apretándola contra el colchón. Y de pronto la mano que estaba en sus senos está en su cara, en su pelo, entre sus piernas. Y Carina sonríe, y se deja.
- ¿No es que íbamos a ir a trabajar?- pregunta, devolviendo cada gesto, con uno propio, mientras la casa a su alrededor guarda silencio, palpita lo que está por pasar, con la misma impaciencia que palpita bajo la piel de ellas dos.
- Y nadie dijo que no íbamos a ir, pero sería un desperdicio…¿no?
- Che cosa?
- No empezar así la mañana.
-°°-
Son 9569 kilómetros los que separan Seattle del pueblo en donde está Carina, 9 horas de diferencia horaria que no parecen muchas pero que hacen que cualquier conversación parezca casi imposible. 12 los días que Carina hace que se fue, otros tantos los que faltan para que vuelva. Esos son los cálculos que ocupan la mente de Maya todo el tiempo.
En el silencio de la estación de bomberos, mira su reloj. Lo configuró con las dos horas, la de Seattle y la de Italia. Donde quiera que Carina esté son las 7 de la mañana. Quizás está tomando el primer café del día o el último de su turno en el hospital, antes de irse a la casa que por estos días la cobija. La última vez que hablaron Maya pudo notar las ojeras, la marca del barbijo, de los lentes que suelen ponerse para protegerse, y algo más. El rostro pixelado de la mujer que ama irradia algo sombrío, oscuro en la mirada, que Maya solo reconoce por haberlo visto en los bomberos más experimentados. Es una especie de pesadumbre que embarga a aquellos que han presenciado demasiadas muertes en muy poco tiempo.
Esa sola idea le estremece la piel.
Se gira en el incómodo colchón de la cama que comparte con Travis, momentáneamente. Podría estar durmiendo en su cama de capitana, pero le cedió el espacio a Vic, que hoy tuvo un turno particularmente difícil. Así que ahora está confinada al pequeño colchón que es demasiado incómodo como para lograr aplacar las voces de su cabeza.
- Maya por favor, quieta…- dice Travis por tercera vez a la noche. Pero es que Maya no puede dormir. Podría correr, piensa. Podría bajar al gimnasio y ponerse a hacer unas vueltas en la caminadora, eso le despejaría la cabeza. Pero por algún extraño motivo tiene la idea de que no importa cuánto se esfuerce no va a poder sacarse de la mente la imagen de Carina, de sus hombros cansados, del tono de su voz en su última llamada, de lo lejos que estaba de la forma vibrante y dulce con la que Carina encara todos los días su vida, su trabajo, su relación. Maya había bromeado y le había dicho que se le notaba más que nunca el acento italiano, para intentar hacerla reír.
- ¿Sabes? Creo que estoy olvidando algunas palabras. Hoy quería responderle un mensaje a Miranda y no me salía la palabra “pronóstico".- le había confesado Carina en ese momento.
- No te preocupes, a tu vuelta las repasaremos las veces que haga falta…- fue lo único que le salío a Maya a modo de respuesta. Se da cuenta ahora que al menos con Carina hay algo del lenguaje del amor que se le escapa con la palabra: solo con “decir” no alcanza para cubrir de ninguna manera todo lo que Maya está sintiendo al tener a la mujer que ama, su prometida, del otro lado del océano.
La habitación está quieta, en ese silencio que en la estación de bomberos se agradece tanto, pero que suele presagiar que en algún momento la alarma va a sonar, interrumpiendo la momentánea calma, poniéndolos a todos de vuelta en modo alerta.
- Maya te juro por dios que si te mueves una sola vez más voy a subir ahí y te voy a ahogar con la almohada.- amenaza Travis, y sólo entonces ella recuerda que él está en la habitación.
- Perdón, perdón, perdón…- susurra, y se gira por última vez para quedar de costado, abrazada a la almohada.
- Puedo leerte la mente desde acá abajo.- sentencia Travis, sin dureza en su voz. Por un momento Maya piensa en no contestar. No sabe si tiene ganas de tener una conversación íntima. Pero entonces se da cuenta de que cualquier cosa que le saque la cabeza de ese lugar oscuro al que se está yendo, sirve.
-Estoy pensando en que en cualquier momento va a sonar la alarma y esto se va a transformar en un pandemónium, como siempre.- bromea, pero espera que él entienda que sí quiere charlar.
- No nos mintamos, Bishop. Nos conocemos demasiado.- responde Travis. Maya se ríe.
- Es la primera vez que siento algo parecido a lo que Carina debe sentir cada vez que vamos a un operativo.
- ¿Cómo así?
- Miedo. Constante. Miedo a que se esté extenuado. Miedo a que no vuelva. Miedo a que le pase algo y yo no pueda hacer nada desde aquí, desde el otro lado del océano. ¿Es así cómo se siente ella cuando suena la alarma? Cuando nosotros salimos corriendo sin pensar, sin mirar atrás, saltando al centro del peligro.
- Sí, es así como se siente.- dice Travis, simplemente, con un dejo de nostalgia en la voz. A Maya a veces le cuesta recordar que él estuvo de los dos lados del mostrador, como suele decirse. Se sienta en la cama, abrazando las rodillas contra su pecho.
- Se aprende a vivir con eso, ¿no?
- ¿Con qué?
- Con el miedo. Supongo que hasta aquí nunca lo sentí, porque Carina trabaja en un lugar riesgoso, pero haciendo algo increíble. Es la primera vez que siento realmente, ¿pavor? Pavor, sí.- Maya va formulando las ideas en voz alta, sin saber muy bien adónde quiere llegar. Debajo de ella, Travis también se mueve. Quizás él también se sentó.
- No lo creo. Lo que sí sé es que hay algo de ese miedo que también hace que las cosas tomen otra perspectiva.- dice él. Maya lo piensa por un segundo. Es cierto. Quizás hasta aquí no se había detenido ni un momento a reflexionar sobre ello. Pero esta forma de amar a Carina, esta manera de extrañarla, de sentirla cerca aun cuando hay un océano de distancia, de querer hacer hasta lo imposible por tenerla bien, cerca, con ella, es tan distinta, tan distinta a todo lo que Maya sintió antes. Tan distinta incluso de lo que sentía por Carina hasta hace dos semanas.
- Creo que ayuda a poner las cosas en perspectiva.- dice Maya.
- Claro que sí,- dice Travis, como si él hubiera entendido esto hace años. Cuando vuelve a hablar, su voz toma el tono de quien pretende decir una cosa muy, muy importante, sin asustar a la otra persona. Es el tono con el que le hablarías a un niño.- A veces saltamos tan rápido dentro de una casa en llamas, como si se nos hubiera nublado el cerebro, como si algo de esa urgencia nos hiciera olvidar que nosotros también somos material inflamable. Pero lo que nos hace buenos bomberos no es ese salto de fe a ciegas. Es el aferrarnos a algo que nos haga volver, que nos haga salir. Al menos así lo veo yo.
Maya no sabe si hasta aquí había tenido ese algo , más que la ambición. Ella vive contra el fuego como si el fuego estuviera por ganarle una competencia. Corre contra él, pelea, lucha, le saca ventaja. Hasta ahora simplemente era eso. Una necesidad que no se puede quitar. Una necesidad casi biológica. Animal. Primitiva. Pero ahora cada fuego que apaga la deja más cerca de volver a casa. A al abrazo cariñoso, amoroso. A dormir hasta el día siguiente.
- Creo que es la primera vez que me enamoro de alguien.- dice Maya en voz alta. Y a pesar de que no pueda verlo por la posición en la que están, Maya sabe que Travis se conmueve. El tono de su voz le dice que su compañero está profundamente movido por lo que ella acaba de decir.
- Te envidio mucho entonces. No hay nada más espectacular que sentir eso por primera vez. Todos deberíamos sentirlo al menos una vez.
Maya está por responder cuando la alarma rompe el sonido del silencio de la estación. En la habitación de al lado puede sentir a Ben y a Jack corriendo, moviéndose. Y Travis hace lo propio, saltando como si tuviera un resorte a la columna, como si esto lo hubiera vuelto a poner en “modo bombero” y no en “modo amigo”. Maya hace lo propio también. Corre. Corre a toda velocidad. Se pone el uniforme. Se mete dentro de la bomba. Cuando llega al incendio salta dentro de la casa y recorre la cocina hasta que encuentra el lugar en donde está el foco. Espera a que Jack coloque la manguera y comience a apagar el incendio. Y pelea y lucha porque sabe que en realidad no solamente está salvándole la cocina a esta familia que se dejó prendida en la olla eléctrica. También está ganándose el momento que va a venir después del incendio, cuando vuelva a su casa. A la casa vacía. A esa que ahora sí está llena de los recuerdos de Carina por todos lados, de las cositas que Carina dejó para que ella la recuerde. Como si se hiciera falta. Como si realmente Maya necesitara que Carina deje un par de medias en su cajón para recordarle.
Horas después, se coloca un pijama, unas medias gruesas y se mete a la cama propia, ahora con muchas más intenciones de dormir que las que tenía tiempo atrás en la litera de la estación. Mira al techo con los ojos vacíos. Lograron salvar a la familia pero la casa quedó destruida. Esto sería lo que le contaría Carina si estuviera aquí, al lado de ella. Empezaría a contarle con mucho detalle. Sin saber por qué, empieza a hablar en voz alta. Llena el silencio con esa conversación profundamente íntima que tienen todas las noches. A veces con palabras, a veces con gestos.
- Hoy fue un día largo…- empieza.- Hubo un momento en donde pensé que realmente la energía no me iba a alcanzar pero me alcanzó. Y me puse a pensar en... en que te debe estar sucediendo algo similar del otro lado del océano. En que también cada día que pasa es una victoria en contra del tiempo. En que falta menos para que vuelvas. Para que comencemos el próximo capítulo de nuestra vida juntas…- Estira la mano y la coloca en la almohada que Carina suele ocupar. Hay algo que le estruja el estómago cuando se da cuenta que ahí donde encontraría el cabello de la mujer a la que ama no encuentra más que vacío. Almohada, tela, sábanas, silencio. Mira su reloj. En Italia ya debe ser casi el mediodía. Quizás Carina esté comiendo un paini, tomando un jugo de naranja, disfrutando su almuerzo. Quizás esté en una cirugía, en un parto. Quizás esté diciéndole a una familia que la persona que ingresó a ese hospital no va a salir con vida. ¿Estará pensando en ella?
En ese instante su teléfono vibra. Maya se estira y presiona “responder” sin siquiera mirar quién es a persona que llama.
- ¿Cómo sabías que estaba pensando en ti?- Es lo primero que dice. Y Carina suspira.
- Eso es fácil, bella. Todo el tiempo estás pensando en mí.
A Maya le duele físicamente sentir en la voz de Carina el mismo anhelo que sabe que emana de su propia voz. Se quedan hablando durante un rato acerca de su día. Y Maya no le dice lo que descubrió antes, en su charla con Travis. No le dice que hoy, por primera vez, antes de pisar una escena en donde hay fuego pensó más en Carina que en la gente que estaba adentro. No le dice que es la primera vez en la que desea con todas sus fuerzas no estar ni en Seattle, ni en la Estación 19, ni en esta cama siquiera, sino del otro lado del océano. Compartiendo el panini con Carina. En una plaza casi desierta. En un país en cuarentena. En medio de una pandemia que las mantiene tan lejos y tan cerca al mismo tiempo.
- ¿Puedes sentir el silencio que hay?- murmura Carina.
Y cuando Maya dice que sí, no piensa en la calle desierta en la que Carina camina de regreso al hospital. Piensa en el hueco entre las sábanas que tiene acaso forma de fantasma.
-oo-
Honey, all the movements you've started to make
See me crumble and fall on my face
And I know the mistakes that I made
See it all disappear without trace
And they call as they beckon you on
They say, "Start as you mean to go on"
As you mean to go on
As you mean to go on
La memoria es un músculo como cualquier otro. Y si la memoria es un músculo, la memoria emotiva aún más. A veces se acalambra, se recarga, se estira demasiado. A veces le exigimos al máximo, y responde. A veces para sostener. A veces, para huir.
En el silencio del apartamento vacío, Carina suspira y hace el ejercicio de poner a trabajar a la memoria. Recuerda con mucha claridad cómo su hermano Andrea se había obsesionado en un momento con los Red Hot Chili Peppers. No había nada que le gustara más en el mundo. Ese verano, cuando Carina vino a visitar Estados Unidos, su madre no hizo mas que quejarse de lo cansada que estaba de escuchar el mismo álbum de los Red Hot en loop. Y Andrea había basado toda su personalidad en la banda. Se vestía como ellos, hablaba diferente, caminaba diferente. Para Carina eso fue magnífico. Le permitió tener una llave a su hermano aún a la distancia. Cuando volvió a Italia, se llevó en su valija un walkman con tres de los CDs que Andrea había elegido específicamente para ella. Cada vez que se sentía triste, sola o simplemente que extrañaba a su hermano, se tumbaba en la que era la habitación de su niñez, se ponía los auriculares, escuchaba atentamente, sentía la conexión con quien, desde el otro lado del océano, probablemente estuviera haciendo lo mismo. Desde que Andrea se fue, Carina no puede volver a escuchar ningún tema de los Red Hot Chili Peppers. Tiene una playera guardada en el fondo de uno de sus cajones, de esos que comparte con Maya, y no la usa, no se la pone, aunque a veces la usaba para dormir, porque tiene la idea de que a lo mejor en algún lugar todavía tiene el perfume de Andrea, aunque sabe que es imposible, considerando que él la regaló hace más de diez años. Es absurdo y es ilógico, pero Carina no puede explicarlo de una manera mejor. Es como si una parte de su hermano todavía respirara ahí, en esas letras, en ese ritmo, en ese algodón. Lo mismo le pasa ahora, cuando el único sonido que interrumpe la noche es el de las páginas del libro que está leyendo siendo pasadas. Está estudiando, de vuelta y de nuevo, porque hoy perdió una paciente, y cada vez que pierde una paciente hay algo de la inseguridad que la embarga, que no puede nunca, jamás, eliminar del todo.
Y por sobre ese sonido distintivo, por sobre el sonido de las palabras que Carina elige leer en voz alta, porque aún todavía sigue aprendiendo las pronunciaciones, las formas, las fonéticas del inglés, sólo prevalece el silencio, el silencio de la casa vacía, el silencio de la casa vacía en la noche. Vacía también está la cama a su lado. Ese vaccío es el que habla. Ese silencio es el que Carina no puede dejar de escuchar. Es más que la falta total y completa de palabras. Es distinto estar en silencio a forzar el silencio. Uno es comodidad y confort. El otro es una daga en el centro del estómago.
En otro contexto, en otro momento, Carina hubiera esperado sentada en el living del apartamento con dos vasos de vino en la mano, a que Maya volviera del turno para poder charlar lo sucedido en el día, para poder sacar afuera algo de toda esta angustia que siente. En otro momento y en otro contexto y no ahora, cuando su esposa la esquiva, cuando no sólo no le habla sino que no la mira, no la toca, no la busca, porque sabe que no hay otra conversación posible con Carina que la pendiente. Carina sabe que Maya no fue educada para querer bien. No fue educada para querer y punto, de hecho. Eso lo supo desde el principio, y no le importó. Y mintió descaradamente cuando le dijo que no tenía el hábito de arreglar a la gente rota: Carina no ha hecho otra cosa que eso durante toda su vida, tapar, remendar, coser, rearmar.
Fue Dianne la que le dijo hace unos días que le parecía muy interesante la elección de carrera de Carina. “Haber elegido”, dijo Diane, y esas fueron sus palabras textuales, “haber elegido una profesión que ayuda a que las familias nazcan”. A Carina le dio risa, lo cual no quiere decir que no haya cierto grado de razón en sus palabras. Lo ve en sus pacientes todos los días. Lo ve en las madres, los padres, los hermanos, los abuelos. Lo ve en sus rostros. Carina sabe que los lazos de sangre no significan mucho, y también sabe que la genética a veces se queda un poco corta. Y sin embargo, cada vez que ve la cabeza de un bebé saliendo de adentro de su madre, no puede evitar pensar en que está remendando algo adentro suyo. Como una especie de ritual, casi. Como si así pudiera rearmar la familia que su mamá y su papá desarmaron. Es extraño. Carina sabe que no funciona así, pero entiende que de alguna manera es la forma que encontró para sanar. Excepto hoy. Excepto cuando pierde a una paciente. Quizás debería hablar con Diane de esto. O con otra persona, otro profesional. Quizás debería empezar a plantearse si desde que intenta ser madre, no le pesa mucho más cuando las cosas no salen. Algo de su propia frustración empieza a permear en todos estos casos. Algo de sus propias expectativas. El ambiente se torna pesado a su alrededor. Es casi como si pudiera palpar el silencio. Es frío y filoso. Es un cuchillo en la oscuridad.
Y Maya no vuelve.
Deben haberse demorado con alguna llamada. No es que Carina ya no se preocupe más, se sigue preocupando como el primer día. Pero el tiempo le ha enseñado que si algo sale mal, esas noticias corren mucho más rápido que las buenas noticias. Siempre. En todo contexto. Ahora quiere que Maya vuelva, pero no la Maya que anda zombi por la casa en el último tiempo. No la Maya que no la mira, no la toca, no le habla. Quiere que su esposa vuelva. La mujer con la que ella se casó. La de los gestos. La de la risa fácil y las formas tímidas de demostrar ese amor que, todavía, no entiende y no cree merecer. La de la mirada transparente. Ahora Carina la mira, a veces, y no tiene ni la menor idea de lo que está pasando dentro de la cabeza de su esposa. No sabe, no lo puede entender. Y hay un filo de algo parecido a la violencia en sus palabras, a veces, que le hace congelar todo el cuerpo. Carina no teme por ella misma. Sabe que Maya jamás la va a lastimar, al menos no físicamente. Sus palabras, por otro lado, tienden a tener un filo que Carina, intuye, solamente puede empeorar. Pero lo que más teme es que Maya se haga daño a sí misma.
Se gira sobre la cama, le da la espalda al espacio vacío, intenta no pensar en eso. Ni en eso, ni en el momento en donde tuvo que ir a decirle a una familia que su hija… no puede ni pensarlo. No quiere volver a esa conversación que tuvo que tener en esta misma tarde. Deja el libro en la mesa de luz, cierra los ojos, y casi como por arte de magia escucha el ruido de la llave en la puerta.
La memoria, de nuevo. El músculo. El sonido de la llave que antes le generaba esa ansiedad idiota, hermosa, burbujeante, adolescente, ahora simplemente logra sumirla más en la tristeza. Maya llega en silencio. Carina le dejó comida y una notita en la mesa de la cocina, pero Maya no se sienta a comer. La escucha guardar en la heladera las sobras y meterse directamente en el baño, sin saludarla, sin siquiera chequear si su esposa está despierta o no. Prende la ducha. Carina la siente bañarse en silencio. Recuerda los días en los que Maya solía cantar, a veces incluso repasar algún protocolo. No recuerda haberla sentido nunca tan distante, ni cuando estaban separadas por un océano la sentía así. Piensa de vuelta en los Red Hot Chili Peppers. Piensa en cómo toda esta sinfonía que antes le ablandaba los músculos, le soltaba las palabras, le remendaba los besos, ahora es simplemente el sonido de la angustia.
Maya sale del baño, se coloca el pijama y se mete en la cama sin decir una sola palabra. A su lado Carina la siente, tibia, con olor a jabón y a pasta dental. Tiene que contener la necesidad casi visceral de girarse en la cama, de entrelazar las piernas, de meter la cabeza en ese hueco del cuello de Maya que siempre se va a sentir como su hogar. El problema es que ahora Carina tiene ganas de hacer dos cosas: todo eso, por un lado, y gritarle, por el otro. Sacudirla. Sacudirla hasta que Maya suelte lo que viene guardando desde hace meses. Todas y cada una de las herramientas que Carina tenía se le terminaron, quedaron finitas, obsoletas, y ahora solamente tiene esto, un silencio adormecedor, una electricidad que le recorre los dedos que no sabe dónde poner.
Maya se gira en la cama y Carina la puede sentir respirandole en la nuca. Su esposa estira el brazo tentativamente, sus dedos buscan el borde del pijama de Carina y mete la mano por debajo. No está buscando nada más que el contacto de la piel contra la piel. Carina la siente inspirar profundamente, como si simplemente eso a Maya le bastara para desenredar lo que sea que la tuvo todo el día rumiando. Entonces Carina habla, porque algo en ese intercambio silencioso le abre una compuerta, le sirve de llave para lo que viene después.
- Hoy perdí una paciente.- dice. Maya aprieta con su mano en la piel suave de su estómago, tira, invitándole a Carina a que se gire para poder verla a los ojos. A pesar de que las luces de la casa están apagadas y no se siente más que el murmullo de la gotera de la cocina que Maya prometió arreglar hace meses y que todavía no hizo, las miradas se encuentran al instante.
- ¿Cómo estás?- pregunta, y su voz suena cansada, pero no distante. Carina podría llorar, pero no por lo que pasó con la paciente, sino porque hoy necesita que su esposa esté ahí, presente, palpable. En la oscuridad se estira y le pone una mano en la mejilla, enreda sus dedos con el pelo de Maya, juega con su oreja, con su lóbulo, busca las palabras ahí.
- Uno nunca se acostumbra a esto, ¿no? No hacemos lo que hacemos para tener que dar malas noticias.
Maya vuelve a inspirar profundo.
- No, uno nunca se acostumbra. Pero tú, Carina, no pienses ni por un segundo que esto es culpa tuya.
A Carina le enfada la respuesta, porque Maya no sabe. Realmente no sabe. No sabe qué pasó. No está preguntando. No es que no le interese, sino que la fe ciega que tiene en su esposa hace que ni siquiera se le pase por la cabeza la posibilidad de que quizás Carina sí tuvo la culpa de esta muerte. No la tuvo, pero no importa. Es anecdótico.
- Creo que me voy a tomar unos días libres, bambina.- dice ella. Y es eso, esa idea, la que termina de poner a Maya en alerta.
- ¿Quieres tomarte unos días?- Repite Maya, como para estar segura.
- Sí, creo que no me está haciendo bien trabajar mientras intentamos tener un hijo. Hay algo de eso que no estoy sabiendo manejar, bambina.
Maya se congela en su lugar y Carina sabe, le puede leer el pensamiento: recién ahora está pensando en lo que significa para su esposa cada test negativo, cada una de las veces que se llena de ilusión para que después no pase nada, para que nada ocurra, y tener que ir trabajar todos los días de traer bebés a este mundo, incluso en las situaciones como las de hoy, en donde la mamá termina falleciendo, en donde nunca puede conocer a su hijo. Todo duele mucho más, todo se siente mucho más. Maya vuelve a tirar del cuerpo de Carina, la trae cerca, la recuesta encima de su propio cuerpo, y Carina está tan cansada que ese gesto, ese solo gesto la desarma. Ella se aferra al torso de Maya, deja que su cabeza caiga en el pecho de su esposa. Empieza a llorar desconsoladamente, pero ya no sabe muy bien por qué. Si por la paciente perdida, si por los bebés que no llegan, si por la frialdad de Maya, que ahora parece haberse disipado por un instante, como si la urgencia en la voz de su esposa le hubiera recordado algo que se prometieron hace tiempo, pero no hace tanto. Eso de estar juntas en la salud, en la enfermedad, en la riqueza, en la pobreza.
- Me parece bien que te tomes unos días. Me parece bien que trates de distenderte. Te lo mereces, mi amor.
Hace tanto que Maya no usa una expresión de esas, que a Carina casi se le había olvidado el sonido de su voz.
- Lo voy a pensar, lo voy a hablar con Bailey.
- Sí, sí, hazlo…- ahora Maya parece perdida en sus propios pensamientos. Carina se aferra a su cuello, esperando retenerla un poco más. No quiere que esta Maya vuelva a desaparecer detrás de la fachada sombría de los últimos meses.
- Carina, háblame. Habla conmigo. En ningún momento no te estoy escuchando.- dice, y su voz está teñida por una culpa rara. Carina no sabe si eso no es verdad, si es cierto o no, si es mentira. A esta altura no sabe. Y cree que el no saber es lo que peor le hace. A veces cree que Maya se distancia porque se mete para adentro. A veces cree que simplemente ya no la ama más. Y sin embargo, todo parece indicar lo contrario. Quizás ahora Maya la ama más a Carina de lo que se ama a sí misma.
- Non c'è niente che trasmetta la pace che questo abbraccio mi dà. - dice Carina. Cuando está muy cansada, muy triste, siempre el italiano es el primer idioma que se le viene a la mente. Y sabe que aunque Maya no entiende estrictamente qué es lo que está diciendo, entiende igual. Maya la rodea más con sus brazos, la aprieta más, mete las manos debajo de la remera de Carina, pone las palmas chatas contra su espalda, le siente los músculos relajándose, le besa la frente, la sien, la punta de la nariz, y tentativamente los labios. Es un beso lento, que no pretende otra cosa más que saborearla. Carina extraña tanto esta intimidad, no el tener sexo, eso nunca falta, sino esto, el sentir a la otra por un rato, el charlar con la piel.
- ¿Cómo puede ser que siempre huelas tan bien?- Dice Maia, su nariz contra la mejilla de Carina, sus labios ahora en su mandíbula, mordiendo sin lastimar. Carina se sonríe.
- Es un viejo truco que tengo, bambina, no te lo voy a revelar ahora.
- ¿No?
- Ahora no, no. Quizás en 10, 20 años.
Maya se ríe, se ríe como Carina hace rato que no le escucha reírse. Se ríe y se le sacude el cuerpo, sacudiendo también a Carina, que se aferra con sus brazos al torso de su esposa, como si fuera a caerse, como si fuera posible, como si no le sobrara cama hacia los dos lados, ahora que se han encontrado en el medio.
- 10 o 20 años entonces.- dice Maya. Y queda entre ellas flotando el significado de las palabras. Carina piensa mucho en Maya envejeciendo, en cómo va a ser el día en que no pueda ser más bombera, en el momento en el que ella ya no pueda traer más bebés al mundo, y se retiren en alguna casa con césped y jardín, con suerte cuidando algún perro, un gato, un nieto.
- Trata de dormir, bambina, mañana es un día largo.- dice Maya, y Carina asiente. La enternece sobremanera cuando su esposa usa palabras en italiano.
- Sí, dormi bene. Maya, ti amo così tanto .
- ¿Mucho?
- Muchísimo. Tanto, tanto.
- Qué suerte porque yo también te amo.
Es lo último que recuerda antes de sucumbir ante el cansancio del día. Carina no sabe cuánto tiempo duerme. Sabe, sí, que si no fuera por el despertador seguiría durmiendo. Ha dormido de forma pacífica, pesada. El fantasma de los brazos de su esposa a su alrededor todavía persiste en el aire, pero Maya ya no está. A juzgar por el olor a desodorante y jabón en el ambiente ya debe haber regresado de su corrida matutina. Quizás se cambió, se bañó y preparó café. La casa la recibe, de vuelta, en silencio.
Instintivamente Carina se levanta y cuando toma su celular, para encontrarse con una nota pegada con la caligrafía de Maya. “ Heladera ”, dice la nota, con una carita feliz. Carina se sonríe. Incluso si su esposa no fue capaz de despertarla antes de irse, para darle un beso o para despedirse, para terminar la conversación que empezaron la noche anterior, aún así al menos tuvo este gesto. Carina prácticamente corre hasta la heladera y cuando abre se encuentra con un plato con fruta cortada y dos de los muffins de crema red velvet que a Carina le gustan tanto, de la pastelería que queda a un par de calles de su casa. Hay otro papel pegado en el plato. “Chequea tu email”, dice. Carina abresu teléfono mientras se prepara el café, contenta de que Maya no haya hecho ni el intento de prepararlo. Porque Carina la ama y Maya hace muchas cosas bien, pero el café todavía no es una de esas cosas. Hay un mail reenviado, algo que Maya compró y que compró para Carina. Un día de spa, con fecha abierta, en uno de los hoteles más lindos de la ciudad, el que tiene vista a la bahía. Masajes, sauna, faciales, todo completo. El problema es que Maya compró el regalo solo para Carina. Y aunque el gesto le parece precioso también le suena insuficiente. Una parte de ella pensó que quizás Maya iba a venir, iba a proponer algún plan, iba a sumarse en esta cruzada de Carina de intentar no dejar que la tristeza las gane. Y entonces se queda sentada en la cocina, comiendo, sin mirar el teléfono, sin mirar la nota, sin mirar la casa vacía. Y aunque no mira, aunque tiene la mirada perdida, no puede dejar de sentir de fondo el ensordecedor sonido del silencio.
-oo-
Está siempre este momento en las sesiones, tanto si son en la casa de Maya como si son aquí en el consultorio, que es precedido por la charla pequeña y cotidiana de cómo está el clima, ya desayunaste, conseguiste espacio para estacionar, que a Maya le resulta tortuoso.
Dianne hace silencio y la mira, muy de frente, esperando que Maya inicie la conversación. A veces a Maya le cuesta un poco más. A veces piensa que no tiene nada de lo que hablar, aunque usualmente el tema central es Carina, su matrimonio, el trabajo que tiene por delante para recuperarse y recuperar a su esposa. A veces charlan sobre algo que sucedió en la Estación o que quedó de la sesión anterior. Hoy sin embargo Maya sabe perfectamente de qué quiere hablar, porque lo estuvo pensando durante varios días: es el pensamiento que la asalta cada vez que vuelve a su casa a dormir y la encuentra vacía. Y no sólo vacía, sino que en silencio, como si esa fuera la última muestra de que su esposa todavía no volvió.
Maya piensa en “todavía” porque no puede pensar siquiera en un escenario en donde Carina nunca vuelva.
- El silencio tiene un peso. Ni siquiera es el silencio, es no saber. Es como ese estado de alerta, como estar a la espera de que algo pase, ¿no? Porque a veces el silencio no es incómodo, es magnífico, cuando es recíproco…- empieza ella, acomodando las ideas.
- Como todo lo recíproco.- dice Dianne. Maya asiente, tratando de encontrar de vuelta las palabras.
- Creo que lo peor de todos estos días, desde que salí del hospital y estoy viviendo sola, no solo fue el silencio, sino el constante temor de que ese silencio pase a ser la regla y no la excepción. No solo en el caso de Carina. Pensaba en cuánta gente alejé, pensaba en que el silencio muchas veces es una expresión de eso, de cómo podemos aislarnos, de cómo podemos lastimar a la gente hasta el punto de que no quiera siquiera acercarse a nosotros con la palabra.
Dianne asiente y anota en su pequeña libreta. Antes Maya solía ponerse más nerviosa con ese gesto. Ahora la verdad es que entiende que todo, todo… la ayuda a mejorar. Lo ve, lo presiente, lo sabe.
- ¿Puedes pensar en algo que haya hecho que ese silencio sea tan pesado? ¿Puedes pensar en un momento en donde ese silencio empezó a ser algo doloroso?- le pregunta, para ayudarla. Maya trata de recordar. Juega con la alianza en su dedo, se la pone y se la saca, en un gesto que tiene desde hace poco tiempo. Es una especie de tic nervioso que lo único que hace es reafirmarle siempre adónde quiere volver: la alianza siempre regresa al dedo, todo el tiempo. Ese es el objetivo, y ningún otro. Todo lo demás es ganancia, extra, un bonus.
- Mi padre me castigaba con el silencio.- dice ella, después de un rato.
- ¿Cómo es eso?
- La primera vez que mi madre me dijo que nuestro padre era abusivo yo pensé en los gritos, en sus formas estruendosas, en sus castigos físicos, en el hacerme correr más, en no dejarme tener amigos, en no permitirme distraerme, en el “ojos al frente siempre sin importar nada”. Pero después me puse a pensar en cómo a veces el silencio es una forma de manipulación terrible. A veces, en alguna práctica, si yo no rendía al nivel que él pretendía, volvíamos a casa en el automóvil y él manejaba 10, 15, 20 minutos y no me dirigía la palabra, no me miraba, fingía que yo no existía y eso duraba días, hasta la próxima práctica, la próxima carrera. Yo me desvivía por llamarle la atención: dormía menos, entrenaba más y él lo único que hacía era guardar silencio. Era peor que… que me gritara, era peor que todo... era la muestra máxima de su desinterés.
-Y ahora lo sientes a él en el silencio. Sientes el silencio como un fracaso.
La palabra “fracaso” es la que más surge en estas charlas. Es el hilo central de toda la discusión, la piedra fundacional de todo lo que Maya quiere cambiar de sí misma.
- Ahora... ahora pienso que él tendría razón. Lo pienso a veces. Pienso en todas las veces que me dijo débil, en todas las veces en que me dijo que no... no me merecía la vida que tenía. Pienso en cómo entra y sale de mi vida cuando quiere y el resto del tiempo es solo silencio. Cómo no le importa con quién estoy casada, si soy o no capitana, si tengo más o menos éxito, más o menos dinero, más o menos... todo. El silencio es todo lo que hay, hasta que él define romperlo.
- ¿Y has intentado tú romper ese silencio con tu padre, con tus miedos, con Carina? Porque a veces Maya, el silencio también es un refugio en la incomodidad, una pregunta abierta. Hacer silencio de alguna forma es tener la última palabra. Tu padre haciendo silencio tenía la última palabra, creía que la tenía. Él no rompía el silencio por miedo a lo que pudieras decir. Y quizás ahora… tu también encuentras en el silencio una forma de controlar la narrativa.
A Maya le molesta mucho cuando Dianne hace esto. Ella sabe que es lo correcto, sabe que por eso viene aquí, para que Dianne le muestre las cosas que ella sola no puede ver. Y sin embargo tiene una forma de penetrar por debajo de la piel dura, de meterse en su cabeza, que a Maya a veces la pone a la defensiva. Ahora no tanto como antes.
- Supongo que ahora ya no me interesa qué piensa él, no genuinamente, él es simplemente la voz que quedó en el fondo de mi cabeza, para hablarme cada vez que siento que estoy fracasando. No hablaría con él, no le pediría consejo, no quiero reconciliar nada
- ¿Y con Carina?
Dianne interrumpe su monólogo para darle espacio a la pregunta que Maya no se quiere formular.
- Y con Carina… ese es otro tema. Creo que tengo miedo de decirle lo que le quiero decir y que su respuesta…
Maya deja los puntos suspensivos abiertos, porque ni siquiera aquí frente a Dianne se anima a decir lo que está pensando: que todo el tiempo, todo el día, está formulándose en su cabeza un discurso para pedirle disculpas a su esposa, que no es otra cosa que pensar en eso, en la mejor manera de decirle a Carina todo lo que le quiere decir, empezando por pedirle perdón y siguiendo por la cantidad de cosas de ella, de Carina, de su matrimonio que ha aprendido en las últimas semanas, las que quiere revisar, las que quiere valorar, las que quiere celebrar. Maya tiene miedo de decirle todo eso, de formularlo mejor o peor, de contárselo… y que Carina aún así elija irse.
- Tú y yo hemos progresado mucho Maya. Tú sobre todo, yo no he hecho casi nada. Espero que puedas verlo. Y creo que aunque todavía no puedas ver el fruto de ese progreso, aunque todavía te parezca algo abstracto, algo lejano, lo tienes en la punta de los dedos. Aún no es momento para entablar con tu esposa la conversación que quieres tener, pero si es momento para decirle que tu silencio no tiene que ver con una falta de amor. Tú ves en el silencio un castigo y a veces es así, el ejemplo que traes de tu padre es perfecto. Pero en el silencio también hay un gesto amoroso, un acompañamiento tácito, una distancia para dejar que algo respire, cambie de aire. Y tú sabes más que nadie, como cualquier bombera o bombero, lo importante que es manejar el aire en un incendio.
Esas últimas palabras a Maya las resuenan por varios días. Cada vez que tiene el impulso de escribirle a Carina, de buscarla en su trabajo, de acercarse, de charlar, vuelve a pensar en eso. En cómo el aire es necesario. En lo importante que es saber manejarlo en un incendio. En cómo a veces sirve para apagarlo y a veces simplemente para enfurecerlo más.
Si Maya no entiende mucho de silencios, de fuegos si entiende. Y con eso puede trabajar.
Todavía no está saliendo en las llamadas. Sigue en desk duty. Se la pasa sentada durante horas, recibiendo llamadas telefónicas que pocas veces son interesantes. Ha tomado el hábito de escribir. La mayor parte del tiempo, cuando escribe, le escribe a Carina, aunque nunca le envía lo que escribe. Tiene un cuaderno chiquito, con tapas de cuero, que guardaba en su casa desde hacía muchísimo tiempo. Ahora lo usa precisamente para eso: para recopilar esa información, esos datos, esa lectura de sí misma que va haciendo en el día a día. Lo llena de cosas que quiere hablar con Carina. También le escribe a Andy, a su madre, a su hermano, a su papá. Pero Maya estaría mintiendo si no dijera que la mayoría de las veces, la apabullante mayoría, le escribe a esa esposa que ya no duerme con ella.
Las palabras de ese cuadernito llenan, a veces, el silencio de esa cama vacía. Pero no siempre es tan simple, porque una cosa es tomar una decisión, y otra cosa es poder sostenerla las 24 horas del día, 7 días a la semana. A veces Maya es un poquito más débil que otras.
Como en ese martes, por ejemplo.
Aprovecha la excusa de los análisis de sangre que tiene que realizarse para ver si su recuperación continúa bien, y se dirige al Hospital Grey en medio de su turno. Ben se ofreció, en reiteradas oportunidades, a hacerle los exámenes en el Aid Car ahí mismo, en la estación. Pero dejó de insistir cuando se dio cuenta de que en realidad a Maya los exámenes de análisis de sangre le interesan entre poco y nada: le proponen, en realidad, la excusa perfecta para poder ver a su esposa, aunque sea un rato, unos segundos. Maya sabe que al menos Ben no la juzga.
El hospital está como siempre, pero Maya tiene una sensación extraña, como de cierta intranquilidad.Quizás es porque ahí se produjeron incontables encuentros, furtivos a veces, en medio de un turno. Quizás porque el olor a sanitizante, cloro, limpieza, le recuerdan demasiado a Carina. Lo real y lo concreto es que estar ahí adentro es casi una tortura, pero igualmente Maya aguanta.
- Tiene la presión arterial un poco alta.- le dice la enfermera que le toma primero sus signos vitales para poder extraerle la sangre.
-Lo sé, pero no tiene que ver con… mi episodio.- se explica.
- ¿Quién va a revisar estas muestras?
- La doctora Altman.- dice Maya.
- Perfecto… solo tomará un segundo.
Maya intenta no mirar. La enfermera le saca sangre y así como así, la deja ir. Ella podría volver a la estación de bomberos en ese mismo instante, pero no lo va a hacer. Piensa por un segundo en la oficina de Carina que está a una escalera de distancia. Abandona esa idea al instante: ¿y si su esposa está con alguien? ¿si está en medio de un parto o de una consulta o de una emergencia? En su mente, todo eso es “aire” y “fuego”.
Entonces hace algo que le parece lo más inocente de todo: se acerca hasta la cafetería. Sabe que si Carina está libre, probablemente está ahí, charlando con alguien y quejándose del café horrendo que producen en ese lugar. Y en cuanto cruza la puerta, todas las expectativas de Maya se cumplen. Carina está con Teddy, eligiendo algo para almorzar. Charlando animadamente sobre algo que Teddy le muestra en el teléfono y que obviamente Maya no llega a ver.
- Hola.- dice ella, mirando a las dos, pero en realidad está completamente pendiente de cada movimiento de Carina. Teddy se sorprende y sonríe.
- ¿Maya, viniste a dejarme las muestras?
- Sí, ya me saqué sangre
- Excelente. En cuanto tengan los resultados, te los daré. ¿Cómo te estás sintiendo?
Carina la mira fijamente, con ese dejo de tristeza en la mirada que Maya desearía poder borrar de un beso. Cuando responde, es tanto para ella como para Teddy.
- Bien. Mucho mejor. Todavía sigo en tareas de escritorio, pero creo que en cualquier momento voy a poder volver a los incendios.
- No te apures, no te apresures. Todo tiene su tiempo.
Maya ya no sabe si Teddy le está hablando del trabajo o de otra cosa. Porque mientras hablan, en realidad, todo el tiempo, ella y Carina se están mirando de reojo. Carina juega con el dedo en donde solía estar su anillo. Maya trata de que ese gesto no la destruya. El teléfono de Teddy suena de una manera que parece casi coreografiada.
- Ah, debo irme, tengo que atender a otro paciente. Te enviaré tus resultados por correo electrónico cuando los tenga. No hace falta que vengas hasta aquí.- dice, dándole un apretón en el hombro al pasar, como si supiera el doble sentido de lo que está diciendo. Lo sabe, en realidad. Sabe perfectamente que Maya sí va a venir y va a seguir viniendo las veces que hagan falta, más no sea para robarse estos momentos con Carina. En cuanto Teddy se va, Carina se tensa. Los hombros, el rostro, la leve sonrisa que antes tenía, desaparece. Antes de que Maya pueda hablar, la señora de la cafetería se acerca a Carina.
- ¿Doctora De Luca? Ya está su orden.
- Ah, gracias.
- ¿Vas a almorzar?- pregunta Maya. Y se golpea a sí misma porque es una pregunta muy estúpida. Pero no sabe ni siquiera por dónde empezar. No sabe qué decir en todo caso. T e amo. Te amo. Vuelve a casa. Estoy intentando. No es que no te escriba porque no te quiera. Todo lo contrario, pienso en ti todos los días. Las palabras se le amontonan en la lengua, en el cerebro, en el pecho. Y nada de todo eso le sale. Absolutamente nada. Se queda con un montón de pensamientos a medio decir. Entonces solo pregunta por el almuerzo.
Y Carina se ríe porque la conoce.
- Sí, estaba por almorzar. ¿Tú ya almorzaste?
- No. No podía porque tenía que sacarme sangre para los análisis.
Carina parece pensar 600 veces su próximo movimiento.
- ¿Me acompañas?- propone, y está tan linda con su pelo suelto y su piel perfecta y su conjunto negro que Maya no ve otra opción que decir que sí. Es mucho más de lo que había pensado cuando se acercó al hospital por primera vez. Más de lo que se había atrevido a prometerse a sí misma. Carina pidió pizza y Maya se ríe. Es obvio que pide para quejarse, piensa. No sabe cuántas veces le dijo en estos últimos años... ...que le parece horrible la pizza del hospital. Que no tiene gusto. Que no le gusta. Que la salsa es horrenda. Y sin embargo la sigue pidiendo. Probablemente porque es lo único más o menos pasable que puede comerse en ese lugar.
Se sientan en una de las mesas metálicas con el sonido de las conversaciones a su alrededor. Y vuelven a quedarse en silencio. Hasta que Carina se atreve a volver a hablar.
- ¿Te estás sintiendo mejor entonces?
- Mucho mejor. Volver al trabajo me ayudó muchísimo. La terapia con Dianne también. No se lo digas porque nunca se lo voy a reconocer.
- ¿Has estado corriendo?- pregunta Carina. Y Maya entiende que le está preguntando algo que no tiene nada que ver específicamente con el ejercicio.
- No. He estado pasando mucho tiempo... En casa. Tratando de ordenarme.
No dice nuestra casa. Pero cree que Carina la va a interpretar.
- Lo que más me cuesta de todas formas es…
- …dormir.- dice Carina interrumpiéndola. Maya siente un nivel de angustia que no podría siquiera describir. Va a intentarlo más tarde cuando se siente con su cuaderno, pero ahora lo único que siente es eso, angustia. Angustia de ver lo que le hizo a su esposa, lo que se hizo a ella misma. Angustia por ver en los ojos de Carina algo cercano a la desesperación, al miedo, a la profunda tristeza.
Aire y fuego. Para apagarlo o para hacerlo crecer.
Maya cree que se equivocó, que no debería haber venido al hospital, que es el último lugar en el que ambas se miraron con amor, el lugar en el que entraron como la pareja que eran y del que se fueron solas. El lugar en donde la hizo sufrir. Recién ahora en este instante piensa que Carina trabaja ahí todos los días en el mismo espacio en el que Maya le gritó, le dijo cosas horrenda, la lastimó.
- Sí, dormir, dormir, descansar.- son las cuatro palabras que le dice. Carina asiente y se termina el último pedazo de pizza, ese que en otro momento le hubiera ofrecido a Maya, y que ahora simplemente recoge y se lo mete entero en la boca. Por un instante breve se quedan en silencio, ambas pensando en que ya no tienen excusa para que esto se prolongue: el almuerzo se terminó y si tienen algo para hablar entre ellas no va a ser así, aquí, en este lugar. Y sin embargo se quedan en silencio, Maya mirándola, contemplando el rostro con el que solía despertarse todas las mañanas, el que tiene plenamente memorizado, el que cree que podría dibujar al menos a grandes rasgos a mano alzada. La mirada de Carina es un poco más esquiva. Es como si estuviera peleando consigo misma por algo. Maya la conoce demasiado: si Maya cree que quizás esto fue un error, para Carina parece que la situación fuera aún peor, como si estuviera en medio de una batalla interna que está perdiendo.
- Tengo que volver a trabajar, tengo pacientes…
- Sí, yo dejé el escritorio solo en la estación…
A Carina por algún motivo eso le da mucha risa. Del tipo de risa infantil, desde el estómago, que la dobla al medio. Maya se sonríe sólo de verla tan contanta.
- ¿Qué va a pasarle si se queda solo mucho tiempo?- le dice. Maya también se ríe.
- Es una expresión, no es que esté “solo” es que…
- No eso ya lo se, bambina.
Es la primera vez en muchísimo tiempo que le dice así. Es como si algo dentro de Maya hubiera hecho clic, como si algo desaparecido hubiera vuelto a aparecer. Es magnífico
Es el aire que entra en el incendio para dejarlo respirar. El comienzo de algo.
Se pregunta qué hizo en otro momento, no ahora, para merecer eso, esa forma de amar que tiene Carina, tan única y que durante tanto tiempo le fue propia, recíproca. Aún ahora, Maya sabe, Carina la sigue amando. A pesar de todo. El problema es que Maya no sabe cómo hacer para que la vuelva a respetar, para que la vuelva a querer en su vida.
- Cuando Teddy te pase los resultados, ¿me avisas?- le pide, y Maya se queda un poco congelada. Están en la puerta del comedor, es el momento de la despedida. Carina podría tener acceso a sus resultados cuando quisiera, pero está respetando a su esposa, quiere que ella se los comparta. Y se ilusiona, Maya. Quiere volver a entablar conversación quizás. Es una excusa pobre, pero entretenida.
- Sí, claro.
- Mañana es día de clínica, así que supongo que nos veremos.
- Sí, nos veremos, yo estaré ahí… en el escritorio.- dice Maya, ahora con una sonrisa cómplice que su esposa devuelve. Carina asiente, se acerca, le da un beso, en la mejilla casi en la comisura, el típico beso adolescente que se dan dos personas que se quieren mucho, que se tienen ganas, pero que no pueden hacer por ahora nada con eso.
Ambas se miran en silencio por un segundo, por un instante. Es el silencio que prolonga lo que va a venir después, semanas después, días después, años después, cuando las cosas vuelvan a su normalidad, o mejor aún, cuando las cosas sean mejores de lo que fueron antes. Ese silencio breve, después de un beso de dos personas que se despiden, cuando todavía quieren seguir hablándose, besándose, abrazándose. En ese silencio Maya se queda, y vuelve a la estación. Trabaja durante toda la tarde, se alegra cuando Teddy le manda los resultados de sus análisis y todo parece ir bien, encaminado. Le escribe a Carina, haciéndose un poco la tonta, poniéndole que no termina de entender qué es lo que dicen, y Carina promete que al día siguiente lo van a volver a mirar, entre las dos.
- Debes comer más banana, bambina.- escribe su esposa. Y Maya toma nota, no tanto de la directiva, sino de que es la segunda vez en el día en que se refiere a ella con ese nombre cariñoso que no usa para nadie más. Y en ese silencio, en esa espera, Maya se queda, hasta el día siguiente, cuando la ve buscándola con la mirada en medio de la estación que está abriendo su clínica. En ese silencio, Maya duerme esa noche, por primera vez durante varias semanas, en paz.
So, meet me by the bridge, oh, meet me by the lane
When am I gonna see that pretty face again?
Oh, meet me on the road, meet me where I said
Blame it all upon a rush of blood to the head
a rush of blood to the head - Coldplay
