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El espíritu de la golosina

Summary:

La gula es de aquellos pecados, siempre capital, que nunca pueden ocultarse por demasiado tiempo. En tiempo de esquila, Aldonza Lorenzo pretendió atender la gollería de la carne en una venta perdida.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Movíase el carretón cargado de vellones por el camino real. Al pescante, un rudo hombre—que la bastedad del campo poco respeta la edad o el buen corazón que en abrumado pecho pudiera guardarse—arreaba dos mulas con palabras poco cristianas. A su siniestra, con falda de saya encapotados hombros y testa, menudeaba una moza de tres lustros o ansí. Tal dispar de viajeros trazas y señas mostraban de parecido familiar, que bien pudieran ser padre e hija o, quizá fuera, abuelo y nieta. 

La mozuela, poco perturbada por el constante vaiven, en los campos solazaba sus ojos. Coquetos eran los desos, profundos como pozos, tranquilos como lagunas e insondables como la mar infinita. Bajo el trapo, trenzas tiesas y gruesas dominaban lo que a leguas se adivinaba una melena indomable. A fuer de un bestión de peinetas talladas con paterno miramiento el bollo afrontaba la penosa labor de revelar el joven rostro que conservaba tan buen todos los dientes.

—Plega a Dios abriros apetito en la venta, Aldonza—Lorenzo masculló en atendiendo los arreos de las bestias. —Si no os echais algo entre pechos y lomo pronto os quedaréis como el espíritu de la golosina.

Aldonza tiro del manto sobre sus hombros. Si de sus gollerías su padre tuviera afiguraciones, ni el Santo Padre daría dos maravedíes por la zalea de Aldonza. La ausencia de la gazuza siempre presente en sus jóvenes huesos tenía su origen en lo que este día era el rumbo que tomaban. La esquila del año pasado en su pecho había dejado una extaña congoja que la moza, sintiéndose gerasena, planeaba con este viaje desdemoniar.

—Plega—respondió ella, más el capricho  que no el apetito causa era del amoldamiento a la Divina Voluntad, y entrecerró los ojos en necio intento del mantener el polvo del camino lejos de aquestos.

El olor del polvo y los vellones menguada bizma resultaba para el tormento que mejor lo tenían los judíos con la Santísima. Su Calvario, o más bien, la llaga viva de su Moria, a la vista estaba. Costábale a la mozuela jalar aire masque el polvo del camino inocente fuera. En suma, sin saber si al cielo o al infierno arribaba, Aldonza tremulaba como hoja al viento bajo la saya, la manteleta, la camisa, el cuerpo y los refajos. En oculta tortura, sentía las piernas torcer como las sardinas al sentir la caricia del ascua. 

La puerta de la venta abierta estaba. Jornaleros y tratantes ganduleaban en el patio con sordos oídos a las múltiples imprecaciones de la ventera que poco disfrutaba de verlos campear a sus anchas, cubriendo el suelo de lodo y esputos. El ventero, con borriquetas en los sobacos, coreaba las quejas de su mujer. Al calor del fogón, el demonio meridiano con forma de mujer atizaba el perol donde un matute de adefina burbujeaba.

El buen Dios había dado a Aldonza apetito y voraz, para más INRI. ¡Plugiésele al Creador que fuese de comida!

—A Dios gracias hemos llegado—Lorenzo dijo y se apeó del carro. —Bajad, hija, y aluego vais y pedís buena merced en un par de escudillas a aquella buena mujer sin que importe el contenido que saco vacío en pie no se tiene.

—Y abarquillarse imposible es a saco repleto—replicó Aldonza mientras su pie se afianzaba en la rueda y su falda de saya caigale de los muslos. —Mas he de obedeceros, mi señor padre.

Saltos, mas que pasos, llevaron a la moza al calor del perol. El objeto de su gula dejado había la cuchara y fregaba con brío una paila en la artesa de la venta. Con el aire atorado en el cogote, Aldonza atendió al baile de las gruesas carnes animadas por el montaráz afán de la asturiana. Flanqueaban las rodillas de la hija de Lorenzo mientras en su pensamiento bullía la artera idea de apoltronarse sobre la muelle carne y descansar el testuz sobre los pechos que amenazaban desbordar el cuerpo de gruesa saya que a los ojos de la muchacha brial semejaba. 

—Dios os guarde—Aldonza saludó con mermado hilo de voz, ronco con deseo reprimido. 

—Y a vos os de el doble de lo que a mi me deseais—respondió la Maritornes sin dignarse siquiera a tornar la mirada mas atendiendo con suprema delicadeza a verter el agua al otro lado de la artesa. —Dignaros a esperar dos latidos y ya os atiendo.

Aldonza ni responder pudo. La asturiana bien hubiera podido salpicarla. El interior de los refajos pegábase a sus piernas y  las ligambas caláronse a la vista de la generosa grupa bajo la burda rasquiña . ¡Pardiez si sobre esas piernas no había imaginado una vez y mil sentirse pequeña y protegida!. Con un suspiro terroso de sus cansadas esparteñas, Maritornes volviose al perol cargando el trasto limpio. La voz de Aldonza regresó a su boca al ver los moratones que manchaban la mejor obra del Celeste Arquitecto.

—¡Santa María!, el grito angustiado saliose de la boca más rápido que suspiro de moribindo. —¡A fe mía que alguien os ha querido mal para batiros de tal manera, buena mujer!

—Ni os acongojeis por semejante nimiedad, — Maritornes increpó hundiendo la cuchara en la olla. —No es el dolor lo que me reconcome mas el abuso y el poco decoro que muestran quienes se dicen gente de bien… mas no quiero atosigaros con fablas de iluminados.

Aldonza miró sobre su hombro. Lorenzo, siempre un ojo al gato y otro al garabato, ocupado estaba en tratos con el ventero para transformar burda lana en oro. Arrimose pues un taburete al calor del fogón en haciendo lo posible por contener el diluvio bajo sus haldas. 

—Contadme, os lo ruego. Ved ahí a mi señor padre cuidando de su hacienda y sus haberes. Tiempo tengo para escuchar vuestro relato.

—Dislates son niña—Maritornes insistió meneando el puchero. —Malos sueños nacidos de una cabeza ya entrada en años.

—Saber he entonces que nada ha de ser serio, pero decirme os pido como tales cardenales llegaron a vos.

—Os reirés.

—Mejor aún—Aldonza, modosa, persisitió en su empeño—que buena falta me hace.

Maritornes mirola de soslayo mientras con la cuchara volcaba una porción de garbanzos y gallina vieja en una escudilla. Aldonza lamentó su falta de apetito, más su pecho batía cual tambor de guerra esperando el momento en que su ídolo estuviera lo bastante cerca para oler la fragancia de su delantal.

—Unos días ha que apareciose un labriego con un viejo atravesado en un asno…

Poco importaba a Aldonza la aventura, el caballero andante o el encantamiento. Del relato poco recordaría al caer el sol, mas su hambre acuciante en algo se asocegaría por unos días. Hízose a la idea la moza de jamás romper el ensalmo. 

Nada bajo el cielo había que pudiese curar su gula.

Notes:

Vuestra merced perdone si aqueste libelo, que mal pastiche de Don Miguel es, ha tomado derroteros que vuestra prudencia no ha puesto en palabras, mas en descargo de la probidad de esta fámula, permitido he que la cosquilla desvíe mi pluma. Mucho os deseo felicies pascuas natales y grandes satisfaciones en el año venidero.

 

Cura ut valeas.