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El sonido del gallo despertó a Kyle del sueño profundo en el que había estado. Tuvo un momento de confusión de donde se encontraba hasta que su cerebro medio dormido recordó. Se tomó un segundo antes de tallarse los ojos y empezar a despertar por completo. Si no se apuraba Carmelita le iba a ganar para llegar a la cocina y no pararía de reírse de él de que a su edad pudiera estar lista para trabajar antes que aún no tenía ni treinta. Ya le había pasado y no quería repetirlo, muchas gracias. Tenía un poquito de dignidad, no importaba lo que Hiro y Tadashi dijeran.
Se apuró para estar listo en menos de cinco minutos y salió corriendo para la cocina. Caminó por los amplios pasillos de la gran hacienda donde ahora vivía. Sus primeros días se maravilló simplemente por la gran cantidad de espacio y campo libre que había alrededor, quedando fascinado por la arquitectura y la decoración tan distintal a todo lo que conocía.
Pero ahora tenía prisa y no tenía tiempo de ver como empezaba a salir el sol. Llegó justo dos minutos antes de su compañera, quien le sonrió tan grande que las arrugas alrededor de sus ojos se le marcaron aún más a la señora que podría ser s
—Buenos días, Kyle —le dijo Carmelita con calidez—. Ya te estás acostumbrando a levantarte más tempranito.
—Es difícil no despertar con el gallo cante y cante —contestó con un leve bostezo que se le escapó—. Mejor que cualquier otro despertador que haya tenido. Incluso que mi hermano cayendo encima de mí la mañana de Navidad.
—Bueno tu hermano suena más adorable —contestó mientras sacaba las ollas e iba sacando los ingredientes del gran refrigerador que había en la cocina—. Pero vamos que hoy tenemos que preparar mucha comida para todos y luego la comida de los patrones.
—Eso me recuerda que ayer comentaron que querían comer pollo a la jardinera —le dijo Kyle recordando su conversación el día anterior con Hilda—. Pero para cenar dice que le gustaría unos dumplings.
—Ay que bueno que estas aquí, yo no se como preparar esas cosas —dijo continuando su labor—. Me angustia pensar que seguro ha querido comer esas cosas varias veces y no me las había pedido porque sabe que no tengo ni idea de cómo se hacen.
—No son tan difíciles —le aseguró Kyle ayudándole a bajar una de las cazuelas más grandes—. Puedo enseñarle al rato.
—Si, si. Pero primero hay que preparar todo esto —dijo poniendo sus manos en sus caderas—. Lo bueno es que podemos hacer enchiladas con pollo para todos los muchachos y la comida de los patrones no es complicada. Sólo es pollo en distintas formas.
—Es lo bueno —confirmó Kyle recordando que a veces no tenían ese tipo de suerte.
—Bueno yo creo que voy a preparar la salsa y las verduras. ¿Podrías ir tú por los pollos? —le preguntó poniendo cara de quien no quiere la cosa—. Ya te mostré como y tu caminas mucho más rápido que yo. Estás en la flor de tu juventud.
Kyle asintió y tomó lo necesario para ir. Fue caminando por los pasillos de la hacienda hasta salir al gallinero que había a los costados de uno de los jardines. Seguía estando un poco oscuro afuera pero ya se veía como le iba ganando terreno el sol a la oscuridad de la noche. Había una leve neblina por el frío, cortesía del estado de Hidalgo que tenía de manera perpetua frío en la mañana.
Se acercó al gallinero con un poco de nervios. Carmelita le había enseñado cómo se debía de matar a los pollos de manera eficiente y que no las hiciera sufrir. Incluso lo había hecho un par de veces pero siempre bajo los ojos vigilantes de su compañera. En teoría no debería de afectarle tanto porque en la cocina lidia a diario con carne, pero no es lo mismo eso a tener que matar directamente a los animales.
Se quedó viendo a los pollos unos segundos, que subieron sus cabezas con curiosidad. Ay no. Lo estaban viendo. No es lo mismo que no te vean a que ya hagan contacto visual. Desvió la mirada. Podría ir a buscar a Carmelita pero lo iba a regañar porque ya debería de poder hacerlo solo. La pinche escuela de gastronomía carísima en la que había estado no lo había preparado para tener que matar a su comida de su propia mano, iba a pedir un reembolso.
—¿Qué demonios haces? —una voz la sacó de la chaqueta mental que se estaba haciendo.
Se volteó para ver a Marco viéndolo con extrañeza y el acostumbrado desdén con el que lo trataba. Maldijo hacia sus adentros porque de todas las malditas personas que lo vieran fallar miserablemente en algo sencillo tenía que ser él—
—Carmelita me mandó a matar a los pollos para la comida de hoy —contestó simplemente frunciendo el ceño. Solo le faltaba que este sujeto lo llegara a molestar.
—¿Y los vas a matar a base de miradas mamonas? —preguntó el moreno alzando la ceja como retandolo.
—No —contestó tan estoicamente como pudo para no mostrar su molestia.
—¿Entonces? —preguntó con claro juicio en su voz—. Ya sabes como hacerle.
—Si —contestó porque al parecer no podía ir más allá de monosílabos. Se quedó viendo a los pollos fijamente otra vez.
—Ya vas —lo incitó el moreno.
—Voy.
—Yo te veo parado igual, entonces no vas —le replicó con sarcasmo.
—No me apresures —le reclamó lanzandole una mirada feroz.
—Te apuro porque no todos tenemos tu tiempo —le contestó apuntando a su muñeca como simulando un reloj—. Ya metete y trabaja.
El chef dio un paso y todo el corral se alborotó. Retrocedió una vez más y suspiró pesadamente.
—No me digas que te dan miedo —le dijo Marco dirigiendole una mirada con sus bonitos ojos miel que claramente lo juzgaba y se burlaba de él al mismo tiempo.
—No me dan miedo —contestó molesto.
—Entonces muevelas —le dijo con leve desesperación—. Al ritmo que vas nos vamos a ir antes de que acaben la comida.
El chef intentó pensar en alguna excusa plausible pero no se le ocurrió ninguna.
—Es que siento feo —confesó Kyle—. Yo se que son comida y que los he preparado muchas veces, pero no me gusta matarlos.
Marco soltó un grito de desesperación.
—Puta madre, pinches citadinos —dijo antes de entrar al corral, tomar con confianza uno de los pollos y retorcerle el cuello. Lo siguió haciendo un par de veces y le extendió la mano a Kyle con impaciencia para pedirle la bolsa que traía colgada en el hombro—. A ver pasame la maldita bolsa.
—Falta uno —dejó salir Kyle sin querer, pero supuso que ya que estaba ahí no le costaba nada intentar extender el favor—. Los patrones también van a querer pollo.
Marco le rodó los ojos pero agarró otro y pasó por el mismo procedimiento. Salió del gallinero y le empujó la bolsa a Kyle con brusquedad.
—Ahí tienes —le dijo con impaciencia—. Más te vale que Carmelita no se meta en problemas por tus mamadas de no querer matar a los pollos porque te hago puré.
Kyle no estaba seguro de porque se metería en problemas ella si el que no había podido hacer su trabajo era él pero decidió no discutir con Marco.
—Gracias —dijo con sinceridad.
—Ni me agradezcas que lo hice por ella, no por ti —le dijo lanzándole la misma mirada llena de dagas que le llevaba dando desde hace un mes. Ya hasta se estaba acostumbrando.
Ambos se fueron encaminando pero Marco se detuvo y le hizo un gesto para que lo escuchara.
—No te puedes tocar el corazón con este tipo de cosas, aquí tenemos a los animales para comerlos y para trabajar. Nada de esas mamadas de tener puerquitos para tener en casa, hasta los perros nos ayudan para ciertas cosas —le dijo con seriedad—. Si dudas puedes hacer todo mal y el animal se espanta. Si no aprietas bien puede sufrir más porque no acaba de morir a la primera. Piensa que es mejor que sea rápido y limpio a que tus propios pedos sufran de más.
Kyle solo pudo asentir con aplomo para dar a entender que había entendido. Se fue corriendo rápidamente, sabiendo que aun tenía que desplumar para cocinar. Ya en la cocina vio que tenía el tiempo un poco justo pero si se apresuraba un poco debería dar tiempo de todo sin tanto problema.
—Te tardaste —le dijo Carmelita mientras desplumaban y cortaban—. No es reclamo, pero ya estaba a punto de irte a buscar. ¿Qué pasó?
—Me congelé frente al gallinero —admitió Kyle sabiendo que no tenía caso mentirle.
—Ay mijo —le dijo con empatía—. Yo se que no estás acostumbrado a hacer esa clase de cosas pero tienes que aprender.
—Me voy a acostumbrar —dijo con determinación. Si había salido como de los mejores de uno de los institutos culinarios más prestigiosos del mundo, debía de poder matar un pollo.
—Bueno, irás pudiendo —le dijo con una leve sonrisa al verlo tan determinado—. Pero ¿cómo lo hiciste ahorita?
—Marco me ayudó —aceptó, esta vez con algo de pena—. Me vio parado ahí y lo hizo él.
—Ay, que bueno que ya se están llevando mejor —comentó alegremente.
—No realmente, me regañó por hacerlo perder el tiempo, por cobarde y me dijo que si te regañaban por mi culpa me iba a hacer puré —comentó encogiéndose en hombros.
—Ay ese Marco —contestó con un suspiro—. No entiendo porque es así contigo, normalmente es muy amigable.
—Me gustaría decirte que es la primera vez que me pasa —comentó Kyle metiendo el pollo a la olla express—. Pero tiendo a tener ese efecto en algunas personas.
—Ay, pero si eres un amor —comentó con calidez y sin rastro de ironía. No se conocían de tanto pero la mujer sólo había necesitado un par de días con él para ver que debajo de su mirada pesada había un gran corazón —. Ojalá Marco dejé de portarse tan majadero. Creo que se podrían llevar muy bien.
Kyle sinceramente dudaba que Marco fuera a cambiar su actitud y le parecía casi imposible que llegaran a ser amigos. Pero sabía que Carmelita quería mucho a Marco, como quería a muchos de los trabajadores de la hacienda como si fueran de su familia. Y ahora lo había acogido bajo su ala y nunca podría pagarle por eso.
—Espero que sí —decidió contestar diplomáticamente.
Lograron tener todo listo antes de que salieran los trabajadores a su jornada. Lo empacaron y salió para allá como todas las mañanas. También habían adelantado una buena parte de la comida.
Kyle aprovechó el tiempo que habían ganado para enseñarle a Carmelita un poco de cómo se preparaban los dumplings. Todo fue muy bien hasta que hora de pellizcar la masa para que tomara forma y a ella simplemente no le salía la forma. Le terminó diciendo que esas cosas eran del diablo y que se las iba a pagar cuando prepararan mole.
El chef solo soltó una leve sonrisa.
—Hoy es tu llamada con tus hermanos ¿verdad? —preguntó cuando estaban limpiando y solo esperando la hora de la cena.
—Si —confirmó Kyle con un tono de molestia fingida—. A ver si esta vez no acaba la llamada con una pelea de quien está más cansado.
—Sigo sin entender porque no los llamas a diario —comentó con intriga.
Kyle se detuvo unos segundos para pensar su respuesta. No estaba seguro de cómo expresar que a pesar de que ver a sus hermanos lo hacía inmensamente feliz, lo llenaba de añoranza de su casa y su familia. Miles de kilómetros no parecían tan lejos cuando decidió venir a México pero ahora veía que ni toda la tecnología del mundo era lo mismo a estar en la misma habitación que su familia. No se arrepentía de su decisión, había tenido que salir de San Fransokyo con desesperación. Aquí sentía que podía empezar a respirar de nuevo. Y no quería que Carmelita creyera que no era feliz aquí, aun si seguía adaptándose.
—Es más fácil lidiar así con la distancia —respondió intentando sonar despreocupado—. Y así tenemos más cosas que contarnos que si nos habláramos diario.
—Bueno, un día tendrás que presentarmelos —le dijo sin estar convencida por completo—. Y a tu tía.
—Claro.
La cena pasó sin mayores problemas y tanto Antonio como Hilda dijeron que les habían gustado los dumplings.
—Ay, no sabes como los extrañaba —le comentó risueña cuando Kyle entró al comedor a quitar los platos—. Los paquetes de dumplings me mantuvieron con vida muchas veces cuando era más joven.
—Me da gusto que les hayan gustado —respondió el chef con un asentimiento de cabeza.
—Yo no sabía cómo iban a ser pero están ricos —dijo Antonio tomando la mano de su esposa—. Supongo que tienes razón de que debo probar cosas diferentes a veces.
—Claro que tengo la razón, siempre la tengo —le respondió con una sonrisa juguetona—. Y solo es una de las cosas deliciosas que podemos probar ahora que Kyle está aquí.
—Cualquier cosa que pueda hacer y que tengamos los ingredientes me la pueden pedir.
—Bueno cualquier cosa que no tengamos se puede mandar a pedir a la ciudad —aseveró Antonio con aplomo—. Solo avisen antes para poder hacer todos los arreglos necesarios.
—¡Si! Y si tu quieres preparar algo que se te haga muy especial o rico también nos lo puedes sugerir —le dijo Hilda con su gran sonrisa—. Por cierto, ¿cómo vas? Ya llevas un mes con nosotros.
—Bien —contestó el chef con sinceridad—. Estoy aprendiendo mucho de Carmelita. También me gusta el aire fresco y la falta de ruido de autos.
—Me da gusto escuchar eso —le dijo con un asentimiento que movió sus largos cabellos—. No le des mucha lata a Carmelita y dinos si necesitas algo.
—Gracias.
—Gracias a ti por traer de su vieja vida a mi esposa —le dijo Antonio con franqueza mientras tomaba la mano de Hilda con cariño—. Se que no te trajeron las mejores condiciones pero me da gusto que hayas accedido para que ella esté más contenta.
—Gracias a ustedes —contestó quedamente, aún le dolía lo que lo había traído hasta aquí—. Estoy para servirles.
—Ay, siempre tan serio —comentó Hilda negando con la cabeza—. Desde pequeño.
Kyle se limitó a darles las buenas noches antes de mover los platos a la cocina. Lavar era el trabajo de alguien más entonces decidió retirarse a su habitación en una de las alas más lejanas de la hacienda y preparó su computadora para su videollamada.
A la hora acordada entró a la llamada y lo primero que vio fueron las caras de Hiro y Tadashi.
—Hiro, no necesitamos que el internet vaya más rápido. Deja eso —escucho que decía su gemelo mientras su hermano menor claramente intentaba hacer algo con la computadora.
—No me dejas explotar las capacidades de nuestra conexión de Wi Fi —respondió Hiro con un puchero.
—Hiro, ya. Se va a volver a desconectar la llamada —le instruyó Kyle, ya había aprendido que Hiro usualmente acababa haciendo que se cayera la conexión.
—Bueno, lo haré más al rato —accedió el menor con un suspiro.
—¿Cómo te va por allá? —pregunto Tadashi con la misma preocupación de siempre.
—Pues bien, ha sido una semana un poco larga pero todo bien —contó con sinceridad—. Hoy me tocó matar a los pollos para la comida.
—¿Y si pudiste? —preguntó Hiro extrañado porque sabía que debajo de su fachada ruda su hermano mayor era algo sensible.
Kyle consideró mentirles pero decidió que no tenía demasiado sentido.
—No.
—¿Y luego? —pregunto Tadashi—. ¿Qué hiciste?
—Me ayudaron y me echaron un discurso de que no sirvo para la hacienda.
—¿Marco? —preguntó Tadashi con un suspiro.
—¿Quién más?
—Deberías de preguntarle cuál es su problema contigo —dijo Hiro molesto—. Y si no te quiere decir, le rompes la nariz.
—No soy un niño de preparatoria para arreglar mis problemas a golpes —dijo Kyle.
—Querrás decir que ya no eres —le dijo Tadashi recordando la reputación que se cargó su hermano un rato.
—Estaba defendiendo a Hiro —contestó Kyle encogiéndose en hombros. Tadashi había tomado la ruta de quejarse ante los maestros y otras autoridades, él prefería ser más práctico y dejarles en claro a los bravucones que nadie se metía con su hermano menor —. Pero ya superé eso y Hiro ya se sabe defender.
—Puedo ir a patear su trasero por ti —se ofreció el aludido—. Ni siquiera tengo que hacerlo yo, con el robot de luchas tengo suficiente.
—No —dijeron Tadashi y Kyle en unísono. A pesar de la distancia su telepatía de gemelos se podía poner de acuerdo para regañar a Hiro cuando era necesario.
—Bueno —dijo Hiro frunciendo el ceño, gesto que hacía que quedara claro que era hermano de Kyle—. Igual deberías hacer algo.
—Ay Hiro, acuérdate que Kyle le gusta Marco —le dijo Tadashi con una sonrisa burlona—. Siento que hasta te dejas porque así tienes excusa de que te hable tu crush.
—No seas ridículo, Dashi —le dijo Kyle rodando los ojos—. Creeme que no me gusta que me hablen como si fuera un pendejo.
—Pero no vas a negar que es tu crush —le dijo su gemelo con un brillo travieso en los ojos.
Kyle suspiró. Maldito Tadashi.
—Es muy guapo, no te lo voy a negar —admitió haciendo una mueca—. Tengo ojos y puedo apreciar que es muy apuesto pero eso no lo hace mi crush. Su odio contra mi le gana todo lo demás.
—Bueno entonces deberías conquistarlo —contestó Hiro, que a pesar de sus 20 años y ya ir en la maestría seguía viendo todo con mucha simpleza—. Así consigues novio y te deja de molestar.
—Ja, no creo —Kyle no pudo evitar soltar una leve carcajada.
—Nunca digas nunca —le advirtió Tadashi —. A ti siempre te acaba gustando gente que algo peculiar.
Kyle no iba a negar que tenía gustos medio extraños y que siempre había preferido a la gente con carácter fuerte para ir de la mano con su propio temperamento. Pero tampoco era masoquista y no le iba a empezar a gustar un sujeto que lo veía con tanto desdén y desconfianza que estaba empezando a pensar que lo había ofendido en una vida pasada. No importaba que tuviera un trasero envidiable.
—Oigan ¿y mi tía? —preguntó como quien no quiere la cosa para cambiar el tema.
—Ya viene, estaba terminando unas cosas del café —le contestó Hiro—. Prepárate para que te pregunte más por la comida mexicana.
—Ella y yo hablamos el mismo idioma —contestó Kyle esperando que su tía no tardará mucho para poder platicar como lo habían hecho desde que era pequeño.
—Pero antes de que llegue, dinos como estas —le pidió Tadashi con preocupación—. La verdad, no la versión censurada que le decimos para que no se preocupe.
El chef se tomó un segundo para pensar.
—Más o menos —acepto con algo de renuencia—. Mejor que cuando llegué. Mucho mejor que cuando aun estaba allá.
—¿Cómo duermes? —preguntó Hiro con preocupación.
—Profundamente —le aseguró Kyle con honestidad, era una de los grandes cambios que había experimentado desde que llegó.
—Eso ya es ganancia —alcanzó a decir Tadashi antes de que entrara su tía deseando hablar con su hermano.
